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jueves, febrero 22, 2024

22 de febrero del 2022


Estabas sentado frente a la computadora, en una especie de trance maligno, alienado por las luces que emitía la pantalla —que parecían flashazos radioactivos de una resaca insoportable, que parecían una señal del fin de los tiempos—, esperando a que la Comisión te diera acceso a la sesión de Zoom. Las últimas semanas habían sido horribles. Habías pasado noches sin dormir, imaginando los escenarios más apocalípticos de los siguientes meses. Habías pasado días enteros revisando gacetas de distintas universidades, cargando documentos en distintas plataformas institucionales, llenando y firmando solicitudes en distintas convocatorias. Enviando correos-e a medio mundo de desconocidos.

Durante alrededor de dos años habías tenido “el empleo de tus sueños”. Y no podías dejar de pensar en que, en una realidad justa, ese sería el empleo al que correspondería (más o menos) tu CV: Profesor Titular A. Sin embargo, aunque no tenías motivos para quejarte –desde que obtuviste ese empleo, ya sabías que era temporal–, tampoco podías dejar de preguntarte por qué siempre tenías que estar cazando trabajos temporales; no podías dejar de pensar cómo podrías encontrar un empleo lo más pronto posible; por qué, cada 2, o cada 3 o cada 4 años, se repetía la misma historia; por qué siempre tenías que competir con biólogos, con químicos, con médicos y con psiquiatras; por qué los biólogos, los químicos, los médicos y los psiquiatras competían, casi exclusivamente, con biólogos, con químicos, con médicos y con psiquiatras. 

Concursaste por una evaluación curricular. 

Una evaluación curricular es un concurso abierto a personas con cierto perfil: con una licenciatura en X área (o áreas), con un posgrado afín a X área (o áreas), con experiencia específica en X actividades docentes o de investigación o de divulgación (o las tres). La ganadora o el ganador tiene un contrato de tres meses para impartir clases a nivel licenciatura, con el nombramiento de Profesor Asociado D –básicamente, un peldaño por debajo del nombramiento que habías tenido con el empleo de tus sueños– y es un contrato que no te permite crecer. En el mejor de los casos, pueden renovarte el contrato durante otros tres meses, pero no puedes planear nada a largo plazo: no puedes echar a andar ningún proyecto de investigación, no tienes recursos para hacer investigación, no puedes involucrar a ningún estudiante en ningún proyecto de investigación. Tienes que limitarte a impartir clases, a coordinar ciertas etapas de algunos proyectos de investigación de otras personas, a realizar actividades de difusión, a cubrir las necesidades que ningún académico contratado por tiempo indeterminado puede cubrir. 

Además de todo, en tu caso, nunca ha habido evaluaciones curriculares con tu perfil en los últimos trimestres del 2022 y del 2023, así que cuando los estudiantes empiezan a ubicarte –y piensas en que algunos de ellos podrían convertirse en tus estudiantes de licenciatura o de posgrado–, tienes que dejar la universidad y esperar, otros tres meses, a que sea publicada una evaluación curricular con un perfil similar al tuyo (puede llegar un momento en el que ya no haya evaluaciones curriculares), y esperar a que la Comisión esté de acuerdo con que tu perfil cubre los requisitos de la convocatoria (una vez me inscribí a una convocatoria y sólo pudo participar la persona ganadora) y a que te evalúe favorablemente en la prueba –una miniclase de un tema que te asigna un par de días antes de la prueba– y te declare (en caso de que así sea) ganador. 
 
En fin, estabas en esa especie de trance maligno, sentado frente a la computadora. No podías dejar de pensar en la posibilidad de perder esa evaluación curricular. No podías dejar de pensar en que ésa sería una señal para abandonar tu carrera académica definitivamente. No habías cumplido ni diez años de haber hecho tu examen de grado del doctorado y ya tenías tres años de experiencia posdoctoral y varios años como miembro del SNI —ya hasta tenías papers publicados como autor corresponsal— y más de diez años de experiencia docente, pero el futuro no era nada prometedor.

La Comisión aún no te daba acceso a la sesión de Zoom. 

Mientras la espera te desquiciaba y no podías evitar todos estos pensamientos catastróficos, repasaste los días previos: apenas el martes anterior habías enviado tu solicitud para concursar en la evaluación curricular, apenas el viernes anterior, el representante de la Comisión te había enviado un correo-e con una liga de Zoom y te había pedido que prepararas una presentación de diez minutos sobre un tema en particular y que te conectaras a la sesión de Zoom diez minutos antes del mediodía del 22 de febrero del 2022. 

El reloj en la computadora decía que ya eran las 12: 20. Tenías media hora esperando a que te dejaran entrar a la sesión de Zoom. Era –¿martes?– 22 de febrero del 2022.
 
La espera estaba desquiciándote. Ya no estabas seguro de nada. Ya no sabías si te habías equivocado de fecha. Revisaste rápidamente tu correo-e y confirmaste que ese –¿martes?– 22 de febrero del 2022 era tu Día D, uno más de los Días D de tu existencia. 

No tenías otra opción más que esperar. El estrés estaba alcanzando niveles discapacitantes. Te pusiste a
 estudiar dos o tres cosas que pudieran enriquecer la presentación que habías preparado, pero nada se te quedaba en la cabeza. 

Lo único que daba vueltas en tu cabeza era la parte del correo-e que te había enviado el representante de la Comisión y que decía: 

«Debe preparar una miniclase de diez minutos sobre el tema X, y debe estar preparado para que la Comisión le haga preguntas durante otros diez minutos».

Adquirir más información en ese momento en el que el estrés estaba llegando a un punto de no retorno, era contraproducente. Te acordaste de otros eventos similares. Muchas veces habías estado así: dándote cuenta de que, conforme más sabías sobre un tema, menos sabías sobre ese tema. La sensación era inherente a la academia, era tan familiar.

Todos los escenarios posibles relacionados con tu desempeño durante la entrevista, cruzaban tu mente, llegaban como escopetazos a tu cabeza, como un uppercut, y te dejaban viendo estrellitas que en realidad eran las luces de la pantalla de la computadora que emitían flashazos radioactivos.
 
Dieron casi las 12: 30. La Comisión finalmente te dio acceso a la sesión de Zoom. 

La entrevista terminó 40 minutos después. Tuviste la impresión de que no dijiste todo lo que querías decir. Tuviste la impresión de que habías perdido el concurso. No quisiste pensar en el futuro –¿cómo obtendrías ingresos durante los siguientes meses?, ¿hasta cuándo tendrías que vivir de tus ahorros?, ¿por qué, siempre, tenías que estar ahorrando y preparándote para escenarios catastróficos?– y te metiste a revisar twitter en tu teléfono. No buscabas nada en particular. Sólo querías distraerte. 

Apenas tenías unos cuantos segundos en la aplicación, cuando te topaste con un tweet.

Alguien, aparentemente muy cercano a Mark Lanegan, tuiteaba, desde la cuenta de Mark Lanegan, que Mark Lanegan acababa de morir. 

La noticia fue otro uppercut, otro escopetazo en la cabeza. 

Esto no puede estar pasando, te dijiste, con las manos temblorosas, como cuando acabó el terremoto del 2017 y saliste de aquel edificio que meses más tarde sería demolido por haber sufrido daño estructural. O como hacía unos minutos, cuando había acabado tu entrevista por Zoom con la Comisión. 

Se trata de un mal sueño, dentro de otro mal sueño, te dijiste. Cerraste los párpados y quisiste que el presente fuera un mal sueño. 

Tu mente ya estaba en otra parte. 

Recordaste aquellos días de interminables arcadas, cuando tenías que consumir un montón de antibióticos, cuando ningún tratamiento médico funcionaba y te resignabas a vivir miserablemente por el resto de tus días; cuando escuchaste The Winding Sheet y ese álbum te llevó a otros álbumes de Mark Lanegan, cuando las canciones de Mark Lanegan de pronto se convirtieron en un consuelo en los días más horrendos de tu vida; cuando, aquella noche de septiembre del 2018, en El Plaza Condesa, estabas a unos metros de Jeff Field, de Shelley Brian y de Mark Lanegan, escuchando “Wild Flowers” y sintiéndote nostálgico y eufórico al mismo tiempo, celebrando la vida, que ese día habían publicado tu primer paper como autor corresponsal y que tu salud mejoraba considerablemente. Te recordaste estrechando una mano de Mark Lanegan al final de ese concierto y diciéndole un lugar común: It was an awesome show!

Volviste a la realidad del presente. 
 
En unos minutos, todo mundo ya hablaba de Mark Lanegan en redes sociales. La situación te enfureció. Estabas confundido y triste. Podrías haber llorado o podrías haber gritado o podrías haber destrozado todo lo que estuviera a tu alcance. Pero no hiciste nada. Estabas tan molesto e indignado que olvidaste que acababas de concursar por un contrato de tres meses en la universidad y que habían concursado otras 13 personas y que probablemente algunas de ellas también tenían el nombramiento de Investigador Nacional I y que también tenían varios años de experiencia docente en universidades públicas y privadas. Que, seguramente, también estaban tan estresadas y tan frustradas como tú.
 
Durante más de cinco años habías estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en tus blogs, en cómo su música te ayudó a sobrellevar la miseria de una larga enfermedad que terminó en una cirugía, invitando a tus conocidos y a tus familiares a escuchar su música; diciéndoles que Mark Lanegan era un gran compositor, que también escribía poesía, que su trayectoria artística era muy amplia, que no sólo había sido mentor de Kurt Cobain, que no sólo había colaborado con un millón de artistas –PJ Harvey, Isobel Campbell, Duff McKagan, Kurt Cobain, Josh Homme, Dave Grohl, Alain Johannes–, que era un artista sin el reconocimiento que merecía.

En cierta forma, nos parecemos, murmuraste. 

Estabas exhausto. Los “filtros mentales” que normalmente impiden que externes todo lo que piensas habían bajado la guardia. Culpaste al estrés. Y al insomnio de las últimas semanas.

En unos cuantos minutos, gracias a las redes sociales, esas personas que siempre te habían ignorado cuando los invitabas a escuchar a Mark Lanegan, ya eran expertos en los Screaming Trees, en Mark Lanegan, en Devil In A Coma, en Sing Backwards And Weep.  

Hasta en ese sentido, se repetía la misma historia. Siempre te habías sentido identificado con artistas que morían prematuramente, cuando su música se estaba convirtiendo en una parte esencial de tu vida, antes de que el mundo los conociera porque la muerte no es negociable pero siempre es un negocio.

Ya pasaron dos años desde entonces, hoy es 22 de febrero del 2024, has concursado en otras dos evaluaciones curriculares (ya ganaste tres y ya le ganaste a más de 20 personas); a pesar de que has hecho todo lo que está a tu alcance para cambiar tu situación (como concursar por una Jefatura de Departamento), nada ha cambiado gran cosa: han pasado dos años desde la muerte de Mark Lanegan y el futuro sigue siendo incierto, quizá hasta todo esté peor. 

Ay, la muerte no es negociable pero siempre es negocio.

sábado, junio 06, 2020

Mis venas pueden arder


Escucho por enésima ocasión “Down In The Dark” en mi viejo iPod Classic de 120 GB. 

No me vuelve loco la tecnología: prefiero escuchar álbumes físicos que digitales –tengo una colección de cassettes, discos compactos y vinilos que probablemente está cerca de los mil– y de hecho me desagrada Apple –mi iPod está en perfectas condiciones y sin embargo está atravesando su época de “obsolescencia programada” y sólo reproduce tres canciones antes de que la batería se descargue por completo–, pero actualmente hay pocas opciones para escuchar álbumes físicos y solamente he tomado un descanso de mi trabajo.

Cierro los párpados, me pongo más cómodo en la silla frente a la computadora y me enfoco en la letra de esta canción. Pienso en un hombre que está esperando que la droga surta efecto y que le murmura a su amante que ella hará que la situación mejore un poco durante algún tiempo.

Me estiro un poco. Quisiera escribir que escuché a Mark Lanegan mucho antes de que “The Winding Sheet” fuera publicado por Sub Pop en mayo de 1990.

Sin embargo, primero escuché a los Screaming Trees (¿sería acaso cuando pude ver “Singles”, alrededor de 1998, o algo así...?) y, en particular, escuché por primera vez esta canción en la cual Kurt Cobain cantó y tocó la guitarra, cuando la descargué de Napster... hace casi 20 años. 

Era un adolescente, Internet era una novedad y estaba obsesionado con Nirvana –todavía me gusta su música– y supuestamente la canción era “una canción desconocida de Kurt Cobain”. 

Lo que he escrito hasta ahora, podría verse como una cosa muy ordinaria, pero tengo algo más que contar: hace casi tres años, en una etapa de mi vida muy contrastante, vi a Mark Lanegan, frente a frente, y nos estrechamos las manos después de un concierto. 

Su banda vino a la Ciudad de México. Estaban de gira, promocionando “Gargoyle” –su décimo álbum de estudio– y tocaron en El Plaza Condesa. Fue un concierto especialmente emotivo. Estuve al borde del llanto en varias ocasiones. En el sentido más freudiano del término, fue un concierto catártico. 

Por mas de cinco años, en los cuales pasé de ser un estudiante de posgrado mentalmente inestable a ser un investigador posdoctoral físicamente enfermo, había estado escuchando su música. 


Entre ambos eventos, viví algunos años miserablemente.

Cuando comencé mi investigación posdoctoral, me diagnosticaron reflujo gastroesofágico y me adherí a varios tratamientos médicos sin éxito. Independientemente de las terribles experiencias sofocantes inherentes a la enfermedad e independientemente de las interminables náuseas provocadas por el consumo de tantos antibióticos, los gastroenterólogos me dijeron que el reflujo estaba erosionando mi esófago de tal modo que era muy probable que la erosión progresara y produjera un tumor cancerígeno. 

En los meses previos a la cirugía que equilibró la situación, escuché la música de Mark Lanegan más que nunca. La asocié con mi decadente estado de ánimo y con la enfermedad, pero, de algún modo, de una manera positiva.

De su carrera solista, “Blues Funeral” fue el primer álbum que escuché –me lo regaló mi esposa casi inmediatamente después de que 4AD lo lanzara a la venta en México en febrero del 2012–, luego escuché “The Winding Sheet” –no pude resistirme al montón de artículos que había leído a lo largo de los años que lo señalaban como la gran influencia del “MTV Unplugged In New York” de Nirvana–, “Bubblegum”, “Gargoyle” y sus colaboraciones con Queens Of The Stone Age y con Duke Garwood.

Conforme escribo estas líneas, ya he escuchado casi todos sus álbumes. (Su trayectoria comprende más de 50 álbumes.) 

Podría intentar explicarme por qué “Bleed All Over”, “My Shadow Life”, “Emperor”, “St Louis Elegy”, “Deepest Shade”, “When Your Number Isn't Up”, “One Hundred Years”, “Bombed”, “Wild Flowers”, “Juarez”... me provocan escalofríos y por qué a la vez me transmiten un sentimiento de dicha, pero no lo haré.

En este caso, las palabras serían insuficientes. 


Quizá no sea un sujeto del todo ortodoxo. Se pelea con medio mundo en twitter. Hace poco lo hizo con uno de los miembros de Oasis que se burló de él (¿el cantante?) y lo desafío a solucionar el asunto de una buena vez. Con frecuencia, también termina dejándose llevar por los reclamos de los admiradores que lo denuncian en redes sociales porque no dejó que le tomaran una fotografía mientras estaba de vacaciones en algún sitio turístico de bajo perfil. 

Lanegan también desconfía de las versiones oficiales acerca del origen del COVID-19 y ha dado un par de entrevistas en las que se vislumbra que cree en la teoría de la conspiración de la red de telecomunicaciones de quinta generación. 

A pesar de todo lo anterior, lo respeto como artista. 

En realidad es uno de los pocos compositores que fueron capaces de dejar atrás “el sonido Seattle” de la década de los noventa. (Sé que los Screaming Trees son de Ellensburg, pero supongo que captas mi punto.) 

A un nivel todavía más personal, sus letras fueron una poderosa inspiración en mis peores días. Me hicieron pensar en mi enfermedad y me hicieron darme cuenta de que mi enfermedad no era la peor enfermedad del mundo. Fue algo irónico, porque realmente no me sentía nada bien. 

Algunas veces estaba harto de no ser capaz ni siquiera de comer cosas “normales” o de beber algo más que no fuera agua simple. Algunas veces odiaba mi vida. Tenía náuseas todo el día. Carraspeaba todo el tiempo. Comía sin hambre, sólo algunas cuantas cosas.  Comer era algo tan monótono que perdí algunos kilos. 

Día tras día, me despertaba sintiéndome enfermo, sin esperanzas y nauseabundo. Ni siquiera soportaba los olores ligeramente intensos. Me daban arcadas. Tenía que llevar una bolsa de emergencia a todas partes, en caso de que vomitara. Los síntomas eran tan intensos que ni siquiera podía leer un artículo de investigación o realizar una cirugía estereotáxica, de principio a fin. Siempre tenía que interrumpir mis actividades, para tomar “aire fresco” y combatir las arcadas. 


Para septiembre del 2018, finalmente estaba sintiéndome de nuevo como una persona normal. Había vuelto a comer comida normal e incluso podía tomarme una cerveza, o un refresco o un jugo de naranja. 

Estaba feliz. 
Además de que me sentía bien y de que me ilusionaba asistir al concierto de Mark Lanegan en El Plaza Condesa, precisamente un día antes del concierto mi artículo de investigación original más reciente fue aceptado en una revista y publicado. 

Como en cualquier otro proceso estándar de revisión por pares de mis previos artículos, la revisión del artículo tomó varios meses, pero ese artículo en particular fue importante para mí. No sólo fue el resultado de mis últimos tres tortuosos años de investigación posdoctoral, sino que fue, oficialmente, mi primer artículo como autor corresponsal.

Ese día del concierto, unos minutos antes de que comenzara el concierto, me hubiera gustado comprar “Phantom Radio” o “I Am The Wolf” en el stand de la mercancía oficial de la banda, pero no tenía mucho dinero. Compré una litografía. 

A los pocos minutos de que acabara el concierto, Mark Lanegan salió nuevamente a firmar autógrafos. 

Gracias a mi esposa –a ella no le gusta la música de Lanegan, pero me acompañó al concierto y se formó en la fila antes que yo– fui el primero de la fila. Fui el primer sujeto entre los asistentes al concierto que tuvo la oportunidad de pasar a la mesa en la que Mark Lanegan firmaría autógrafos. 

Él fue muy amable y me autografió la litografía que había comprado y también mi copia de “Uncle Anesthesia” –uno de los álbumes de los Screaming Trees que produjo Chris Cornell y uno de los que más me gustan. 

Me hubiera gustado decirle algunas cuantas cosas acerca de cómo su música cambió mi perspectiva de la vida cuando estaba más enfermo, pero no quería importunarlo y los organizadores del evento nos dijeron claramente que sólo teníamos un par de minutos. Tampoco quería comportarme como un admirador idiota. 

Sólo le dije: “It was a great show”. 

En varios niveles, realmente lo había sido para mí. 

Debajo de las tenues luces del foro, lo vi sonreír. Tal vez un poco forzadamente. Cuando lo hizo, no pude dejar de pensar que ese hombre había convivido con Kurt Cobain. 

Durante algunos segundos, miré su cabellera rojiza y luego sus ojos –traía unos gruesos lentes– y traté de calcular cuántas veces habría escuchado las mismas tontas palabras que yo le había dicho, y me sentí estúpido. 

Entonces le ofrecí una de mis manos y él cortésmente estrechó una de sus manos con la mía. 

Luego le di las gracias y me alejé, sintiéndome aturdido. (No puedo creer que me haya tomado casi tres años, volver a recordar este evento y procesarlo.)  

Hace unos días llegó a la casa mi copia de “Sing Backwards And Weep”. 

Por la noche, después de haber estado atendiendo mis responsabilidades académicas, me di un descanso y leí un par de páginas de sus memorias.

Traté de imaginar cómo habían sido en realidad las cosas que relataba. 

Luego, me distraje y me metí a revisar twitter. 

El primer tweet que leí era uno de Mark Lanegan. Jason Bonner acababa de compartir un viejo video en donde los Sex Pistols tocaban en vivo “Anarchy In The UK”, y Lanegan le decía que los Sex Pistols habían cambiado su vida. Yo acababa de leer precisamente una página de su libro en la que se refería a ese asunto. 

Esta coincidencia me remontó a estos recuerdos y decidí escribirlos aquí. 


Ahora, acabo de darme cuenta de que Mark Lanegan cambió mi perspectiva de la vida, cuando estaba harto de estar enfermo y enfermo de estar harto y de vivir miserablemente.   



viernes, mayo 01, 2020

The Winding Sheet de Mark Lanegan


Poco antes de que Internet fuera una excentricidad –y mucho antes de que imagináramos que se convertiría en uno de los servicios básicos de la civilización y que nos facilitaría la vida durante una pandemia–, por la época en que Lars Ulrich se quejaba de que Napster atentaba contra los derechos de autor –¿cómo es que el catálogo de Metallica terminó en Spotify?–, compré un cassette en El Chopo que supuestamente traía canciones inéditas de Nirvana. 

Exceptuando una canción que sonaba remotamente a Nirvana y en la que parecía que Kurt Cobain hacía los coros, el cassette era un desperdicio. Traía canciones que cualquiera que no se considerara “admirador de ocasión”, ya habría escuchado. 

La canción relataba una historia en la que un hombre le advertía a una mujer que la llevaría al infierno –“a la oscuridad de abajo”– y que ella lograría que “las cosas fueran mejores por cierto tiempo”, mientras algún narcótico hervía en su sangre y surtía efecto. 

Cantaba un hombre de voz grave y rasposa. 

La música sonaba vagamente al Unplugged In New York, pero era más elaborada que cualquier canción de Nirvana. También sonaba a la música de finales de los setenta. 

Varios años después –probablemente cuando Reservoir Books publicó los diarios de Kurt Cobain–, supe que ese hombre de voz rasposa era Mark Lanegan y que había sido el cantante de los Screaming Trees.



En la época en la que Mark Lanegan colaboraba con Queens of the Stone Age, supe que Cobain no sólo había colaborado con los coros en “Down In The Dark”, sino que también había tocado la guitarra en “Where Did You Sleep Last Night?” y que ambas canciones aparecían en The Winding Sheet, el álbum debut de la carrera solista de Lanegan.

Cuando salió a la venta With The Lights Out –y entonces ya había escuchado “Long Gone Day”, su colaboración con Layne Staley en el álbum de Mad Season–, me enteré de que Lanegan y Cobain incluso habían formado una banda alrededor de 1992, a la que llamaron The Jury –con Krist Novoselic en el bajo y con Mark Pickerel en la batería– y que fracasó porque ninguno de los dos se había atrevido a imponerle su punto de vista al otro. 

(“Ain't It A Shame” y “They Hung Him On A Cross” fueron grabadas en esa temporada.)  

Cuando se cumplieron 25 años del lanzamiento del Unplugged In New York, leí una entrevista en la que Dave Grohl aseguraba que Kurt Cobain quería que ese álbum acústico sonara a The Winding Sheet. 

(Como prueba de la admiración de Cobain hacia Lanegan, Nirvana grabó su propia versión de la canción de Ledbelly. Irónicamente, Lanegan nunca ha sido tan famoso como Cobain y ni siquiera ha gozado del mismo estilo de vida que sus contemporáneos –en algún momento, incluso fue un homeless–, pero esta canción quedó registrada como uno de los momentos más emblemáticos de los conciertos Unplugged de MTV*.)



Escuché The Winding Sheet en la época en que mi salud me obligó a dejar de beber alcohol, a dejar de fumar, a cambiar mi dieta y a adherirme a tratamientos médicos que no dieron resultado. 

Me sentía miserable –cuando “me sentía bien”, tenía náuseas y ataques de ansiedad que me impedían permanecer encerrado en un lugar más de una hora– y terminé en el quirófano –rechacé la laparoscopía y me abrieron en canal, y la recuperación fue tardada y dolorosa– y este álbum me acompañó en el proceso de la enfermedad y en la recuperación de la cirugía. (Éste y otros álbumes suyos son muy importantes para mí, pero esos asuntos los reservo para mis textos personales.)

No esperes a que Mark Lanegan muera y a que un periodista de rock te invite a escuchar su música. Puedes comenzar a escucharlo hoy, cuando The Winding Sheet cumple 30 años. 

Apuesto que, de haber muerto en las mismas circunstancias que otros músicos de su generación –también era amigo de Layne Staley, e incluso intentó convencerlo de ingresar a un centro de rehabilitación, poco antes de su muerte–, los periodistas de rock lo compararían con Jim Morrison.


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*En una entrevista que dio a Rolling Stone en estas semanas, para hablar de “Sing Backwards And Weep”–sus memorias, recientemente publicadas– les dijo que nadie le creía cuando les decía que Kurt Cobain lo admiraba y que incluso le había insistido a Dylan Carlson –un amigo en común de los dos– que lo convenciera para que asistiera a un concierto de Nirvana en la Biblioteca Pública de Ellensburg –mucho antes del éxito de Nevermind–, y que los presentara.)

miércoles, mayo 01, 2019

Si encontraras un camino más fácil...


Empecé a escuchar a Mark Lanegan cuando me sentía muy enfermo.

Tenía casi medio año en tratamiento médico. 

Además de adherirme al tratamiento, había dejado de fumar, de beber alcohol y cualquier cosa que tuviera azúcar o gas; había dejado de comer grasas y harinas –y cualquier alimento o ingrediente apetitoso y relativamente salado o dulce, desde pizzas hasta salsa catsup–, y, sin embargo, me seguía sintiendo mal. 

Odiaba mi existencia y cada segundo que transcurría. 

Desde el mundial de Brasil 2014 había adquirido la costumbre de escribir, de beber alcohol y de fumar yerba hasta altas horas de la noche. 

El mundial de futbol había coincidido con el final de un periodo de trabajo estresante (¡esclavizante, sofocante, humillante!) del último año del posgrado –publiqué más artículos de los que necesitaba para titularme y se me acabó la beca y mi esposa y yo tuvimos que mudarnos a un departamento más barato en una zona fea, y mi tutor, en lugar de darle cierto crédito a mi ambición, o no decir nada, se refirió a mí como un idiota que sólo seguía sus instrucciones... y lo dejó clarísimo en la última publicación que tuve con él... y también lo dejaría claro unos meses más tarde en un artículo de revisión del que me excluiría– y había perdido el control y había llevado al extremo mi libertad. 

Una de esas noches –ahora que lo pienso, tal vez fue la última de esas noches– sentí que se me quemaba el esófago, que tenía algo atorado en la garganta y que no podía tragar (ni dejar de producir) saliva. Fue una madrugada realmente larga. No guardaba ninguna relación con las largas noches infernales con gastritis que había pasado en los últimos años de la licenciatura. Fue mil veces peor. Esa noche estaba exhausto y paranoico y resultó imposible quedarme quieto o acostarme en la cama y cerrar los párpados y esperar a quedarme dormido. La sensación era imposible de ignorar. 

El calvario de mi enfermedad comenzó esa noche. 

A la mañana siguiente, fui al médico general y el genio me dijo que tenía faringoamigdalitis y que seguramente me había enfermado porque había sufrido un enfriamiento y porque seguramente fumaba y entonces me recetó clorfenamina compuesta y me recomendó dejar de fumar y por algunos días no tomar bebidas frías o calientes, no comer alimentos irritantes y no asolearme. 

Hice caso a sus recomendaciones y sin embargo seguí sintiéndome mal –incluso una vez tuve que salirme temprano del trabajo por tener los mismos síntomas de aquella noche, nada más por haberme comido un chocolate amargo– y saqué una cita con un gastroenterólogo que encontré en la Sección Amarilla. 

Fui a su consultorio en el Hospital Ángeles de la Colonia Roma y le hablé de los síntomas que había estado teniendo y de la visita al médico general y él me revisó y me diagnosticó reflujo gastroesofágico y me realizó una endoscopía y me tomó una biopsia y me dijo que tenía una hernia hiatal condicionada por el reflujo y helicobacter pylori y me explicó que lo que sentía eran los ácidos gástricos ascendiendo por el esófago porque el esfínter inferior no funcionaba apropiadamente, y me recetó un montón de fármacos –pantoprazol, cinitaprida, etc.– y seguí sus recomendaciones.

Los síntomas menguaron, pero, cuando suspendí el tratamiento, me sentí peor: tenía náuseas todo el día y crisis de ansiedad ocasionalmente.


Unos meses más tarde, cuando la situación empeoró y sólo podía comer dos o tres cosas sin condimentos y cuando la constante erosión del esófago estaba provocándome esofagitis y me hacía secretar saliva incesantemente, consulté a otros dos gastroenterólogos y los tres me dijeron que tenía que someterme a un procedimiento quirúrgico y que, si  no lo hacía, no sólo tendría los síntomas del reflujo gastroesofágico sino que la esofagitis podría generar un tumor cancerígeno... y fue así que acabé en el quirófano hace casi dos años.

Los médicos me abrieron en canal –quería tener una cicatriz visible, para tener consciencia de la miseria por la que había pasado, y opté por el método tradicional y rechacé la laparoscopía– y la recuperación fue larga y también incluyó ataques de ansiedad, náuseas, malestar gástrico, distensión estomacal, una dieta monótona y la consciencia de estar secretando toneladas de saliva que me dejaban dolorida la garganta.

A lo largo de todos estos meses escuché la música de Mark Lanegan: desde que me despertaba diariamente con náuseas, sin ganas de salir a la calle y sin hallarle sentido a una vida tan miserable, hasta que la posibilidad de someterme a un procedimiento quirúrgico me dio la esperanza de tener una vida normal nuevamente.

Rumbo al trabajo, escuchaba Bubblegum –When Your Number Isn't Up me transportaba a  la calidez y a la ociosidad de mi adolescencia, cuando no tenía problemas de salud y lo único que hacía era pensar en formar una banda de rock y en probar drogas ilícitas–, mientras intentaba ignorar los aromas de la calle que podía asociar con la asquerosidad y que podían llevarme a tener arcadas y a devolver el estómago en la vía pública –siempre llevaba conmigo una bolsa de emergencia– y The Winding Sheet –Wild Flowers me hacía desear que el único sufrimiento que padeciera fuera el rechazo de una mujer–, y la melancolía de las letras y la lúgubre voz de Lanegan y la idea de que ese álbum había sido lanzado a la venta cuando yo era apenas un niño de diez años sin ningún problema de salud, me consolaban. 

En la convalecencia de la cirugía, también leía a Tom Hansen, y lo imaginaba confinado en una cama, después de haber ingresado de emergencia al Harborview Hospital, a punto de perder una pierna, debido a una infección provocada por el constante empleo de jeringas para inyectarse heroína, y recapacitaba en unas palabras suyas que decían "No me desperté un día y decidí destruir mi cuerpo... La destrucción de mi cuerpo ocurrió de manera imperceptible... como la puesta de sol" y pensaba que yo nunca había sido un heroinómano y que no había ido a parar al hospital de emergencia y que no había estado nueve meses postrado en una cama y dependiendo de las enfermeras para ir al baño y para tomar una ducha, y que sin embargo había estado sintiendo la misma desesperanza que él durante casi dos años. 

Incluso cuando estaba bajo tratamiento médico, me era imposible sentarme a leer un artículo de investigación de principio a fin, o realizar una cirugía estereotáxica de principio a fin. Siempre tenía que hacer pausas y salir a tomar aire a un espacio abierto, para mitigar las náuseas que me atacaban y controlar los ataques de pánico que acompañaban a las náuseas. 

Por supuesto que nada de esto es importante cuando te evalúa el SNI: aun cuando saltaste de no ser miembro del SNI a ser Nivel I, aun cuando titulaste alumnos, aun cuando estuviste en exámenes de doctorado, aun cuando eres co-tutor de un estudiante de maestría, aun cuando diste clases y conferencias por aquí y por allá, aun cuando trabajaste en tus propios proyectos de investigación sin tener tu propio laboratorio, aun cuando publicaste un artículo con información importante y pudiste recurrir a la puntitis y dividirlo en tres publicaciones irrelevantes y aun cuando hiciste todo esto pensando diariamente si tenía sentido soportar una vida miserable y un futuro académico incierto, eres susceptible a los prejuicios y eres culpable de ser un ser humano y de comportarte como los humanos que hacen el mínimo esfuerzo y eres culpable de ser un investigador poco productivo que no merece. 

El asunto había llegado a ser tan intenso que una vez tuve que acudir al Servicio Médico de la universidad a pedir un ansiolítico y tuve que regresar al departamento donde vivía bajo los efectos del Ativan y tumbarme en la cama y soportar la paranoia y las arcadas, yo solo (mi esposa volvía de su trabajo alrededor de las siete de la noche), mientras el tiempo transcurría lentamente y las náuseas menguaron.  

El dolor físico y emocional que transmitía Tom Hansen en las páginas de American Junkie, postrado en una cama del Harborview Hospital, me hacía pensar en su infierno privado y comprender por qué le resultaba inútil explicarle a los médicos por qué se había convertido en adicto a los opiáceos y por qué había desarrollado tanta tolerancia a ellos que había despertado de la anestesia a la mitad del procedimiento quirúrgico en el que estaban por amputarle la pierna. 

Así veía yo, más o menos, mi situación: si mis familiares reducían mi enfermedad a un dolor estomacal semejante a una combinación de gastritis con faringoamigdalitis, ¿qué podía esperar de mis compañeros de trabajo?

Estaba cansado de intentar explicarle a mi familia cómo me sentía. 

Casi cada domingo, veía a mis papás –me sentía deprimido, pero jamás llegaba al extremo de decirles que estaba harto de vivir miserablemente y que cada día era una tortura– y les decía que no me sentía bien y les contaba qué medicamentos tomaba y qué cosas podía comer y qué explicaciones me daba el especialista cuando iba a consulta, pero no parecían dimensionar el problema (me hablaban de sus propios problemas de salud y no notaban que esa época era la primera en la que yo mismo me veía forzado a hablarles seriamente de mi salud) y me invitaban a comer y, a pesar de todo lo que les había dicho, casi siempre me ofrecían alimentos grasosos e irritantes que cualquier persona podía comer. 

Lo más fácil para mí era evitar contarles a mis compañeros de trabajo cómo me sentía. 



En estos días he estado leyendo a Guillermo Fadanelli.

En Plegarias de un inquilino, sugiere que la salud es el silencio de la enfermedad y que sólo somos conscientes de nuestra existencia cuando estamos enfermos. 

Dice que nadie juzgaría a un enfermo terminal, por no realizar planes a futuro. 
Dice que la vida del enfermo terminal, carece de propósito y que es irónica: que aun cuando no sabe cuándo morirá exactamente, está consciente de que la probabilidad de que su muerte ocurra más pronto que la de cualquier persona sana es más alta. 

Tras recordar estos meses miserables y recordar lo extenuante que es hablar del asunto con la gente cercana a ti y no hacerles comprender que no estás exagerando, que no estás psicosomatizando y que estás deprimido y que no es sólo un evento mental sino que te mina físicamente y emocionalmente, sólo puedo concluir que automáticamente juzgamos la vida de los demás, sin saber cuáles son los motivos detrás de sus actos y sin tener el mínimo interés en averiguar cuáles son los motivos detrás de sus actos.

En septiembre del año pasado, Mark Lanegan vino a la Ciudad de México y cuando escuché Wild Flowers en vivo fue un momento catártico: aun cuando había fracasado durante seis meses en la búsqueda de un empleo más estable que una estancia posdoctoral, entonces me sentía una persona normal y acababan de publicarme un paper en el que había trabajado experimentalmente cuando me sentía más miserable.

Ese concierto representó muchas cosas para mí. 
Al final del concierto, fui el primer asistente en estrechar la mano de Mark Lanegan y en obtener su autógrafo. Me hubiera gustado decirle todo lo que su música representó para mí en esos tiempos difíciles. 

Hoy es el aniversario 29 de The Winding Sheet. 

Cuando cumpla 30 años este álbum, espero haber reflexionado más sobre estas ideas y escribir una entrada sobre su grabación y también sobre el alivio que representó para mí la música de Mark Lanegan durante mi enfermedad. 

A 2014 KEXP Review of The Winding Sheet