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jueves, julio 01, 2021

Interruptores, distractores

Apenas sales del último sueño y abres los párpados y sientes cómo el frío se pega a tu piel como una estampa glutinosa, cuando ves las colas erguidas de los gatos paseándose alrededor de la cama. El mayor de los tres ya no soporta el ayuno y maúlla de un modo que te hace suponer que está sufriendo un dolor indescriptible, así que decides levantarte de la cama y acabar con su sufrimiento y bajar con ellos tres a la cocina y abrirles una lata de Friskies y servirles una porción a cada uno, en cada uno de sus platos.

Los observas precipitarse sobre sus platos individuales y saciar su apetito con la comida blanda de un modo sui generis, y verificas que, como todas las mañanas, el agua del plato en el que beben los tres está sucia, y la cambias; luego te sirves agua en un vaso y estás a punto de beberla, cuando tu cerebro –específicamente, el tálamo, el hipotálamo y la corteza cerebral– se comunica con tus riñones y se encarga de poner en alerta a tus sistemas sensoriales especializados en darte la señal de que ya no puedes aplazar un segundo más la satisfacción de tus necesidades corporales. 

Después de orinar y de tener la sensación de que han transcurrido horas invaluables, te lavas las manos y la cara, y luego te metes en la recámara en la que trabajas cuando estás en la casa, y te sientas frente al escritorio y enciendes la computadora, dispuesto a escribir sobre esa idea que ha estado dando vueltas en tu cabeza desde que abriste los párpados. Bostezas y te estiras en la silla de oficina que compraste hace apenas dos años y no tardas en darte cuenta que el cojín del asiento se ha gastado en exceso, como consecuencia de los estragos de las largas jornadas de trabajo durante la pandemia. 

Mientras continúas esperando a que todos los programas esenciales del sistema operativo de la computadora carguen apropiadamente, pones a prueba la capacidad de acomodación de tus cristalinos y enfocas y desenfocas objetos al azar en la recámara y terminas repasando mentalmente las figuras y los acordes de la canción que has estado practicando en la Jazzmaster durante la semana. Así como cuando permanecías de pie junto a la taza del baño, tienes la impresión de que han transcurrido horas invaluables. 

Unos instantes previos a ese momento en el que te visualizas abriendo el archivo de Word en el que has estado escribiendo en tus ratos libres desde el primer día del 2021, cuando crees que tu paciencia ya está a punto de extinguirse, un millón de notificaciones comienzan a inundar la pantalla de la computadora: un correo electrónico que te invita a consultar el tweet “imparcial” de un líder de opinión, en el que hace un concienzudo análisis –¡en menos de 140 caracteres!–, sobre el desabasto de medicamentos para enfermos terminales, omitiendo citar de cuál partido político es militante y cuál es su conflicto de interés en la situación; un correo electrónico advirtiéndote que la oferta de la suscripción anual al Washington Post está a punto de expirar, e insinuándote que si no la haces válida, te perderás las encomiables críticas de Loret de Mola al “zar de la pandemia” y al “remedo de presidente populista que está llevando a México a su peor crisis económica y política”; un correo electrónico de Frantastique, recordándote que puedes obtener un gran descuento en la suscripción anual, si convences a cierto número de usuarios de que es la mejor plataforma para aprender francés de un modo divertido y fácil; tres correos electrónicos de las súper ventas de verano de tres distintas tiendas en línea que no te puedes perder, excepto si eres un idiota; un correo electrónico para invitarte a la presentación del libro de un escritor joven, en el Facebook Live de Librerías Gandhi, a las 19: 00 horas, para que escuches a los amigos del autor adular al autor y para que ellos te digan, inconscientemente –pero en un tono ameno e informal–, cómo su pequeño círculo social les ha permitido convencerse de que las trivialidades de sus vidas son dignas de ser publicadas y de ser consideradas obras representativas de la literatura hispanoamericana; un correo electrónico con consejos para tener éxito como freelance en distintos medios digitales, a cambio de una pequeña inversión que recuperarás en unas cuantas semanas; un correo electrónico sobre las recomendaciones del mes de Penguin Random House, en las cuales destacan los libros de dos o tres autores que tienen un sospechoso vínculo con los Krauze y con Aguilar Camín, que, al final, probablemente, serán adquiridas, sin ningún cuestionamiento, por unos cuantos ávidos lectores que quizá se tienen en un concepto de personas cultas que no corresponde mucho con la realidad; un par de correos electrónicos de Research Gate que te informan sobre la cantidad de académicos de Estados Unidos, de Europa y de Sudamérica que han consultado alguno de tus artículos de investigación original, o que incluso los han citado en sus propios artículos, en las últimas 24 horas; un correo electrónico de Linkedin, con un reporte que contiene información de los usuarios anónimos que han visitado tu perfil y una promoción temporal para usar el nivel Premium y descubrir que ¡en tan sólo un par de semanas! puedes encontrar una oferta que reúna los requisitos del trabajo de tus sueños...

Apenas sorteas todos estos distractores y finalmente te dispones a abrir el archivo de Word, cuando reparas en que la batería de la computadora se está agotando y entonces tienes que levantarte de tu asiento y buscar el cargador entre los diversos artículos dispersos en la recámara; cuando lo encuentras y lo conectas a la computadora y a la corriente eléctrica y, por fin, estás a punto de abrir Word, decides aprovechar la interrupción para buscar tu teléfono celular y su cargador. Después de encontrar ambos objetos en la sala, los conectas a la corriente eléctrica. Conforme verificas que el teléfono está cargándose apropiadamente –en ocasiones lo has dejado varias horas conectado a la corriente eléctrica y el porcentaje de la batería no ha llegado a cargarse ni al 25%–, tratas de imaginar cómo habrá sido la rutina de los ciudadanos de otros siglos, cuando ni siquiera había electricidad. ¿Habrán sido más productivos que nosotros?, ¿habrán sido más respetuosos, o más ingenuos, que nosotros?, ¿le habrán sacado mayor provecho a la luz del sol?, ¿habrán tenido menos problemas de insomnio?, ¿habrán sido más felices...?

Te encuentras en estos pensamientos, cuando el sonido de la campana de mensajes de Whatsapp inunda la estancia. Tienes que revisar quiénes se han estado intentando comunicar contigo, pues algunos de tus contactos son de suma importancia y deberías contestarles a la brevedad. El principal remitente es el dentista al que has contactado últimamente para que trate tu enfermedad periodontal; ha tardado varios días en responder a tus preguntas, dirigiéndose a ti como si fueras su súbdito, pero ahora tiene varios presupuestos para ti y ha inundado tu teléfono con docenas de mensajes que no paran. Por si fuera poco, más o menos insinúa que espera tu respuesta lo más pronto posible. No puedes dejar de reparar en el dolor en tus encías y que has tratado de ignorar desde que despertaste. Tampoco puedes evitar que tus prejuicios sobre el personal de salud que te ha atendido a lo largo de tu vida influyan en tu estado de ánimo. 

Otros mensajes provienen del chat de los vecinos del fraccionamiento. Ellos también ya comenzaron a hacer las preguntas que hacen todos los días: si el camión de la basura pasa hoy, si los jardineros podarán el talud hoy, si alguien tiene el número telefónico de algún plomero, si alguien tiene problemas con su proveedor de Internet... 

Apenas te desentiendes de todos los mensajes y crees que finalmente podrás escribir, cuando la computadora te exige actualizar algunos programas que rara vez utilizas. Al cabo de las actualizaciones, tus tripas gruñen y las náuseas del ayuno capturan toda tu atención. 

Todo mundo ha despertado en la casa, ya olvidaste esa idea que daba vueltas en tu cabeza y el impulso de la escritura te ha abandonado. Debes postergar tus planes, una vez más.
No puedes dejar de preguntarte cuánto tiempo transcurre desde que te levantas, hasta que puedes sentarte y ponerte a escribir. Tampoco puedes evitar sentirte frustrado y colérico. Tampoco puedes dejar de pensar en que la vida está llena de trivialidades y que debes aprender a disfrutarlas.  Tampoco puedes negar que desearías tener la capacidad de detener el tiempo... para hacer todas esas cosas que todos necesitamos hacer para mantenernos vivos, o para comunicarnos con los demás.

domingo, enero 27, 2019

¿Bloqueo o procrastinación?


Desde octubre, no escribo regularmente en este blog. 

Casi todo el año anterior, escribía al menos una entrada al mes. 

No puedo perder el hábito. 
Si dejo de escribir una semana, las consecuencias son desastrosas. 

La última vez que escribí en este blog con cierta regularidad, no me encontraba bien y no quería llenarlo con pensamientos pesimistas. Durante casi seis meses, busqué por todas partes una plaza académica. Desde agosto del 2017 –cuando terminó el periodo de beca postdoctoral– estuve contratado por honorarios, desempeñando más o menos las funciones de un postdoc, en una dependencia de la universidad, y estuve viviendo casi exclusivamente del estímulo económico de mi nombramiento de SNI I

No sabía qué haría al comenzar este año. 
Sólo sabía que no podía seguir en la zona de comfort en la que me encontraba. 

Al principio, consideré la posibilidad de abandonar indefinidamente este blog para enfocarme en cuestiones académicas y laborales.

Fracasé. Necesito escribir todos los días. 
Si dejo de escribir una semana, las consecuencias son desastrosas. 

Más o menos dejé este blog a un lado –siempre estoy revisando las entradas viejas–, pero me enfoqué en el blog en inglés y abrí otro blog en el que escribiré sobre los álbumes que me gustan –cuando cumplan un aniversario– y sobre los conciertos a los que he asistido.

En algún momento, mi situación laboral cambió sorpresivamente y nos mudamos de casa.
Regresé a este blog y me di cuenta de que los pensamientos pesimistas sólo habían sido un pretexto: en realidad tengo un bloqueo para escribir en este blog.

Necesito trabajar en él con más constancia –darle tiempo al tiempo–, pero el asunto no es tan simple: ahora mismo, mientras reviso algunas entradas viejas (las modifico frecuentemente) y me encuentro mejor (mentalmente) que hace cuatro meses, no puedo escribir.

No sé me ocurre qué escribir, ni cómo empezar. 

Nunca he considerado seriamente "lo inconsciente", pero lo más acertado sería concluir que sufro bloqueo con este blog porque "inconscientemente" quiero escribir entradas que no molesten a nadie y que no tengan los defectos que critico a menudo en los blogs y en los textos que leo en internet.

(¿Lo que me impide escribir es un mecanismo de defensa para no cometer estos errores…?)

Otra explicación podría ser que acabo de cumplir casi seis horas trabajando en la computadora y que no puedo escribir porque ya estoy cansado y porque ya tengo que comer.

(¿Lo que me impide escribir es la fatiga, aunque sólo aplique para esta entrada…?)   

Tal vez el asunto es más fácil y simplemente soy un procastinador. 

martes, julio 31, 2018

Piensa mal y acertarás


No había escuchado nada acerca de este premio hasta que leí Adiós a Dylan.

Bob Dylan había ganado el Nobel de Literatura y yo tenía algunos meses tratando de leer Tarántula y de escuchar algunos de sus álbumes.

Me estaba costando mucho trabajo leer ese libro -esperaba relatos, pero más bien se trataba de canciones escritas en prosa poética- y eso por alguna razón me impedía escuchar su música. 

Un sábado estábamos en la Librería Gandhi de Madero y me encontré la novela de Alejandro Carrillo en la sección de novedades. 

Aunque decía que era la novela ganadora del Premio Mauricio Achar, lo que más me llamó la atención fue el título. 

Según la sinopsis, se trataba de una historia cuyo protagonista admiraba a Bob Dylan y que atribuía todos sus éxitos y fracasos a su música.

Cuando acabé de leer la novela, decidí concursar en la siguiente edición del Premio Mauricio Achar



Al principio, tenía planeado concursar con una novela escrita ex profeso, pero llegué a un punto en el que la historia no fluía y opté por retomar una novela que empecé a escribir el día de mi cumpleaños treinta y tres. 


Esa novela estaba muy avanzada y según yo sólo requería algunos cambios. 


Tardé muchas semanas en decidirme, así que en el último mes antes de la fecha de cierre para la entrega de novelas inéditas, estuve escribiendo frenéticamente. 

Estuve tan enfocado en la escritura que todas las noches soñaba con la novela. 

Soñaba capítulos que aún no escribía y finales que no se me habían ocurrido.  
Me sorprendía despertando de sueños en los que estaba escribiendo. 

Terminé de escribirla un día antes de la fecha límite y al día siguiente llevé mi novela a las Oficinas de Penguin Random House

El edificio está en Polanco, a unas cuadras de Plaza Antara


Mi esposa y yo salimos del trabajo a la hora de la comida y llegamos a la recepción del edificio, alrededor de las cuatro de la tarde. 

Las oficinas de la editorial estaban en el primer piso.

Mientras subíamos en el ascensor, me sentía tan nervioso y estúpido como un adolescente que va por primera vez a hacer algo que sí le importa.


Estaba tan nervioso que me acordé de un relato de Baudelaire en el que decía que incluso la taquilla de un teatro podría representar el peor obstáculo para una persona insegura.  

A pesar de todo, tenía el presentimiento de que mi novela no era tan mala. 


En las oficinas de la editorial, un hombre de traje me dijo que podía dejar el manuscrito y el sobre con mis datos en un escritorio.

En el escritorio había decenas de sobres y decenas de manuscritos engargolados o empastados.

Le eché un vistazo a algunos de los seudónimos empleados por los autores de esos manuscritos. 
Eran francamente infantiles. Recuerdo en particular El Viajante Decimonónico, El Cronista Citadino y El Escribano de Relatos

Mi seudónimo era más simple e ingenioso. 

Tomé las iniciales de un famoso personaje cuyo caso clínico permitió la identificación de dos tipos de memoria y les agregué uno de los apellidos de un investigador con el que trabajo desde hace cuatro años. Es un apellido azteca. 

Dejé el ejemplar de mi novela en el escritorio, imaginando cuál sería la calidad de la mayoría de los manuscritos apilados allí (a juzgar por los seudónimos de sus autores) y cuáles serían las probabilidades de que a alguno de los jueces lo atrapara realmente mi novela. 

Después fuimos a comer a Antara y volvimos a la casa en transporte público. 

Al día siguiente no había labores en la universidad y nos acostamos tarde. No podía dejar de pensar cuál sería la probabilidad de que a alguno de los jueces del concurso en verdad le gustara mi novela, y no pude dormir.

Aún tenía el presentimiento de que no era tan mala. 

                                       

Tenía cuatro años cuando aprendí a escribir. 
Aunque mis profesores les preguntaban a mis papás si yo tenía amigos y si jugaba como los demás niños -era muy solitario en la escuela-, jugaba y veía caricaturas como los niños de mi edad, pero lo que más disfrutaba era escribir

Escribía historias en las que Mickey Mouse envejecía. Mientras lo hacía, me sentía poseído por una fuerza que jamás experimentaba cuando realizaba cualquier otra actividad. 

Cuando empezaron a atraerme las mujeres en la adolescencia, todo lo que escribía estaba relacionado con ellas.

Cuando empezó a interesarme la música, todo lo que escribía estaba relacionado con mis bandas favoritas. 

Cuando tuve mi primera novia, dejé de escribir. 
Me sentía tan feliz y pasaba tanto tiempo con ella que no podía escribir. 

(Hace tanto tiempo de eso.) 

Cuando la relación terminó, retomé la escritura y volví a tomar un taller de creación literaria.

Sólo había tomado uno durante la huelga de la UNAM en 1999.
Aunque en realidad fue más bien un taller de poesía y todo mundo despedazaba mis textos a la menor oportunidad, me resultó muy útil. 

Incluso aprendí a escribir décimas. 

Conocí a personas muy listas y amables -un poco outsiders- que me hicieron leer a autores que jamás habría conocido en esa época. 



Escribir es lo único que he hecho en los buenos y en los malos momentos de mi vida. Mi trabajo ideal involucraría leer y escribir acerca de lo que leo. Lo que hago se aproxima a ello, pero desde una perspectiva científica. 

Si fuera millonario, incluso sería capaz de pagar por escribir.

He escrito relatos, cuentos y novelas que abandono por largas temporadas. 
Me cuesta mucho trabajo quedar satisfecho con lo que escribo. 

Tengo este blog Metastasis Of Sound desde hace más de diez años. 


Lo que publico en estos blogs es un ejercicio y está en constante cambio. 

Raras veces digo que escribo -no me agrada la gente que dice que escribe a la menor oportunidad-, pero cuando digo que escribo, tengo la impresión de que alguien puede creer que me refiero a lo que publico aquí. 

No soy tan engreído ni tan ingenuo. 

Cuando digo que escribo, no me refiero precisamente a lo que publico en estos blogsMe toma semanas y meses escribir algo que realmente me importa. 

En la convocatoria del Premio Mauricio Achar 2018 decía que anunciarían a los ganadores en el mes de julio. Pasó la primera quincena del mes y no hubo ningún tipo de información. 

Conforme pasaban los días, se fue esfumando el presentimiento de que mi novela no era tan mala y fue cobrando más peso la idea de que era un texto mal escrito y aburrido. 

Así es cómo pienso de la mayoría de los textos que escribo.

Por esa razón, lo que publico en mis blogs cambia constantemente. 

12 de Agosto, 2018. Museo Nacional de Antropología. 
La semana anterior, Librerías Gandhi dio a conocer a los ganadores. 

Apareció el jurado en un Facebook Live desde El Foro Expresarte

No sé por qué, pero desde que vi al jurado y lo escuché hablar de literatura, supe que ninguno de ellos se habría sentido atraído por mi novela, incluso si hubiera sido lo único que pudieran leer por el resto de sus vidas. 

Empezaron a hablar de teoría literaria.

Pensé que ellos podrían ser como Bioy Casares y Jorge Luis Borges, subestimando la obra de Horacio Quiroga.  

Desde luego que no estoy comparándome con él. 

El jurado anunció que por primera ocasión habría dos ganadores.

Uno de ellos estaba en la conferencia de prensa y cuando lo entrevistaron dijo que había comenzado a escribir la novela ganadora con una beca del FONCA.

Uno de los jurados le hablaba con mucha familiaridad y decía cosas que implicaban que se conocían -probablemente tuvieron que estar en contacto algunas semanas antes de la conferencia- y otro de los jurados le dijo que le parecía que su novela estaba casi lista para publicarse. 

No he podido dejar de pensar en estas cosas. 


Necesito escribir más y concursar más, pero también conocer a gente que trabaje en editoriales. 

Da click aquí, para escuchar una canción de Bob Dylan que habla de mí

martes, mayo 02, 2017

¿Por qué escribo? de Etgar Keret


Hace unas semanas leí por ahí que Etgar Keret vendría a la Ciudad de México y que daría una Conferencia Magistral en la Librería Mauricio Achar

La cuota de recuperación era de $500 MXN e incluía un ejemplar de Tuberías –su primer libro, inédito– y acceso a una firma de autógrafos 

Este clase de eventos literarios no me gustan mucho. 


Suelen llamar la atención de personas que no necesariamente son "apasionadas de las letras", sino que "escriben" y que buscan la menor oportunidad para "hacerse notar".

A mi esposa le gustan mucho los relatos del autor israelí –de hecho, ella fue quien me lo recomendó*–, así que aparté dos lugares. 


El martes 2 de mayo, llegamos a la librería alrededor de las cinco y media. 

Afuera del Foro Expresarte –donde se llevaría a cabo la Conferencia Magistral, anunciada a las siete– no había fila ni gente que pareciera interesada en el evento de Etgar Keret

Una guardia de seguridad, nos dijo que podíamos comenzar a hacer la fila, si queríamos.

Todavía faltaba más de una hora para el evento y yo tenía náuseas y necesitaba comer. 

Hace casi un año me realizaron un procedimiento quirúrgico –para evitar que los jugos gástricos me torturaran después de cada comida, para evitar una potencial bronco aspiración mientras durmiera y para evitar que la continua erosión del esófago generara un tumor–y debo estar comiendo a todas horas para mitigar las náuseas, así que nos metimos al Starbucks** de esa sucursal de Gandhi.

Mi esposa pidió un Frapuccino y un rollo de canela. Yo pedí un té de manzanilla y una tarta de zarzamoras. La tarta estaba tan ácida que intensificó las náuseas y ni siquiera pude terminármela. 


No tardamos más de media hora en el Starbucks, pero cuando regresamos al Foro Expresarte ya había una fila de unas diez o quince personas. 

Pocos minutos después de que nos formáramos, la fila se hizo enorme. 

Entre la gente, había unas cuantas personas que no habían pagado la cuota de recuperación. 

¡No sólo estaban convencidas de que el foro no se llenaría, sino que esperaban que los organizadores del evento, las dejaran entrar gratis! 

No dejaban de hablar. 

A juzgar por lo que decían, lo único que les interesaba ere tener un libro autografiado por Etgar Keret... o tomarse una foto con él. 
  



Alrededor de las siete de la noche, aparecieron algunas personas de la Editorial Sexto Piso –los organizadores del evento y la fila empezó a avanzar. 

Una mujer nos pidió nuestros nombres y una identificación oficial y los verificó en una lista. Luego, otra mujer nos hizo pasar y nos asignó unos asientos en el foro. 

Nos dieron asientos en la tercera fila. 

El foro se fue llenando poco a poco. 

Cuando comenzó la conferencia –alrededor de las ocho de la noche–, incluso había personas de pie. 

(¿Los organizadores los dejarían pasar "gratis"?)

Diego Rabasa presentó a Etgar Keret y nos dijo que el autor hablaría en inglés y que él se encargaría de hacer la traducción, más o menos de manera simultánea.
(Keret hablaría tan despacio y tan claro que la traducción resultaría innecesaria). 



Keret comenzó contándonos una anécdota relacionada con un relato de Tuberías.

El relato estaba basado en su relación con un hombre que había conocido antes de ingresar al Servicio Militar, cuando trabajaba en una tienda de abarrotes.
El dueño –su jefe–, había sido dealer y la mafia de Tel Aviv le había dejado una cicatriz en la cara, porque lo había confundido con un soplón. 

Un día, mucho después de realizar el Servicio Militar, Keret volvió a la tienda del hombre marcado, a leerle uno de sus primeros relatos publicados en el periódico. 
Al hombre le gustó el relato, pero se preocupó seriamente.
Keret le explicó que era una situación ficticia y que su vida no estaba en peligro real, pero su antiguo jefe no le creyó y le preguntó qué pensaba hacer para salvar el pellejo.  



Etgar Keret también nos habló del origen de otros relatos –Guayaba y ¿Qué guardamos en los bolsillos?, por ejemplo– y terminó dándonos un decálogo (más o menos) de consejos para quienes estamos interesados en escribir. 

Al final de la conferencia, hubo una sección de preguntas. 

Los organizadores escogieron a tres o cuatro personas del público y les pidieron que hicieran preguntas de la manera más breve posible. 

Las preguntas fueron de lo más estúpidas. 

El primer afortunado fue un tipo que tenía aspecto de abogado. 
Llevaba traje gris, corbata de puntos y zapatos Michel Domit

Uno de los organizadores le pasó el micrófono, pero el micrófono no funcionó.
El abogado aprovechó el momento y se puso de pie y se acercó al escenario y se sentó junto a Keret. 

Lo aduló "brevemente" (en inglés) y nos contó "brevemente" (en español) lo que "opinaba" de la literatura contemporánea. 

Luego, le sugirió a Etgar Keret que escribiera una historia acerca de él (el abogado), haciéndole esa pregunta, en esa conferencia, sentado en ese sillón gris. 

(Creo que realmente no le preguntó nada.)

Keret sólo sonrió. 



Le dieron el micrófono a otra mujer que estaba muy nerviosa. 
Mientras hablaba, le temblaban las manos y la voz y no podía mirara Kerete directamente a los ojos.

Nos habló de sus relatos favoritos.

Después, le preguntó a Keret por qué escribía. 

Un sector del público se rio. 
La mujer se sonrojó y devolvió el micrófono. 

(La conferencia se titulaba "¿Por qué escribo?")
  

El momento más penoso de la sección de preguntas, llegó con la última pregunta. 

Una mujer vestida como punk y Frida Kahlo al mismo tiempo (tenía el cabello pintado de verde, traía una arracada en la nariz, usaba falda de tul, playera de Joy Division y Converse), tomó el micrófono y nos dijo que Mundos Paralelos*** había cambiado su vida "por completo". 

Le preguntó a Keret si él creía en lo que escribía y si le importaba que los lectores creyeran en lo que él escribía. 

(Durante más de una hora, Keret nos había dicho que le gustaba la ficción literaria y que no le importaba en lo absoluto que sus historias les parecieran verosímiles a los lectores.)  

Cada vez que la mujer pronunciaba una palabra, lo hacía como si estuviera dando una entrevista y ella fuera la conferencista. Era exasperante. 
(Sólo le faltaba cruzar la pierna, darle una chupada a un Gauloise y decir que Rayuela y que el boom latinoamericano estaban sobrevalorados.) 

Luego (obviamente) "confesó" que ella también era escritora.
Concluyó, melodramáticamente, diciendo que estaba convencida de que "los Mundos Paralelos del texto de Etgar Keret existían en algún lugar..."



La mujer entregó el micrófono, y finalmente nos dejó descansar de su actuación. 

No recuerdo qué le respondió Keret a la escritora punk.
Probablemente sólo sonrió. 

Sentí pena por él.

También me sentí aliviado por no estar en sus zapatos

¿Por qué en los eventos literarios, abundan "los personajes melodramáticos"?

Me cuesta trabajo recordar uno en el que no los haya habido****. 

Tal vez no todos los escritores son como los personajes de Stephen King y acaban rendidos después de dar una conferencia y cuestionándose, mientras vuelven a su casa o al hotel en el que se hospedan, por qué tienen que soportar a gente con tantas ganas de "hacerse notar". 



Recordé un capítulo de Mujeres:

Antes de dar una conferencia en una universidad, Charles Bukowski llega a hospedarse al mismo hotel en el que está hospedado William Burroughs

El organizador del evento lo lleva a su habitación y le pregunta si quiere conocer al escritor beatnik, pero Bukowski le dice que no le interesa. 

El organizador se sorprende y le confiesa a Bukowski que Burroughs no ha salido de su habitación desde que llegó al hotel y que sospecha que está evitando a sus admiradores.

Bukowski le dice que él comprende totalmente a Burroughs: que los lectores pueden llegar a ser los personajes más insoportables del mundo y que los peores son aquéllos que además creen tener "vocación de escritor". 



Estábamos sentados a unos metros de Etgar Keret y de Diego Rabasa, así que creí que seríamos de las primeras personas en pasar a que el autor nos firmara Tuberías

Lo más lógico habría sido que los primeros en tomar nuestros asientos al ingresar al foro, hubiéramos sido los primeros en pasar, pero, en cuanto acabaron las preguntas y los organizadores anunciaron la firma de autógrafos, la gente que estaba de pie, enloqueció.

En menos de veinte segundos, ya habían hecho una enorme fila. 

Los organizadores ni siquiera intentaron poner orden.

Los últimos en llegar a la conferencia, fueron los primeros en obtener el autógrafo de Keret.
Lo más irónico y más molesto fue que la mayoría ni siquiera tenía el ejemplar de Tuberías y que "aprovechó" el momento para tomarse varias fotografías con el autor israelí. 

(Espero que no hayan entrado "gratis" a la conferencia.)

Parecía que, en lugar de encontrarnos en un evento literario, estábamos en la fila del banco.

Lo más probable es que estas personas sean del tipo de personas que se forman en la fila para adultos mayores, sin ser adultos mayores, o que se forman en la fila rápida del supermercado, con el carrito de compras a rebosar.


Para empeorar la situación, había personas que llevaban otros libros de Keret –Un Toquido En La Puerta, Pizzería Kamikaze, Un Hombre Sin Cabeza, Extrañando a Kissinger– y que le pedían que les dedicara cada uno de los libros a un familiar o a un amigo distinto. 

Había otros abusadores que se la pasaban contándole a Keret que ellos también escribían y que sólo estaban buscando una oportunidad. 

Había familias enteras que hacían que Etgar les firmara y les dedicara a cada uno de ellos su ejemplar de Tuberías y que luego le pedían que se tomara una foto con cada uno de ellos y después otra fotografía con toda la familia. 

Keret jamás perdió la compostura. 

¡Tuvimos que esperar nuestro turno casi dos horas!

Cuando pasamos, Etgar Keret fue muy amable y se veía relajado y contento. 

¡Su paciencia era admirable! ¡No parecía disgustarle en absoluto tener que soportar a tanta gente impertinente...!   

Le conté que había comenzado a leerlo por el relato de Pizzería Kamikaze*****

Luego, le pregunté si le gustaba Nirvana o si sólo le interesaba Kurt Cobain como personaje, y él me dijo le gustaba la música de Nirvana y que su líder le parecía un personaje interesante, aunque no sabía detalles de su vida.


Luego nos firmó los ejemplares de Tuberías y los dedicó con unos dibujos. 



Era tan tarde que la librería ya había cerrado y tuvimos que salir por la puerta de emergencia.

En la larga espera por el autógrafo de Keret, ni siquiera habíamos podido ir al baño.  

¡Ya no aguantábamos!

Caminamos rápidamente hacia el Vips de Miguel Ángel de Quevedo y nos sentamos en la barra y pedimos hamburguesas. 

Mi esposa fue al baño y después fui yo. 

Apenas llegamos a la casa y, aunque estoy rendido, necesitaba escribir por qué esta clase de eventos literarios no me gustan mucho. 


*En uno de mis cumpleaños, ella me regaló Pizzería Kamikaze.
**No soy gran admirador de esta tienda, aunque guardo buenos recuerdos de la primera vez que entré a un Starbucks.
***Un texto de Keret (ficción literaria) que ocupa menos de una cuartilla.
****La primera vez que conocí a esta clase de personajes fue en un taller de creación literaria. Surgió la oportunidad de publicar nuestros textos en una revista financiada por el gobierno. Nuestro textos (como en cualquier otro medio impreso) tendrían que pasar por un proceso de revisión editorial y tendríamos que entregarlos antes de una fecha límite, turnándonos cada mes para que pudiéramos publicar al menos un texto cada uno de los involucrados. El proyecto se cayó, porque una gran cantidad de "personajes melodramáticos" se consideraban tan talentosos como Arthur Rimbaud y no podían "supeditar" su "inspiración" a ningún tipo de regla ni fecha límite.
*****Kurt Cobain es uno de los personajes de Pizzería Kamikaze.