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lunes, enero 22, 2018

Recuerdos de la enfermedad


No he dejado de toser desde ayer por la noche. 

Los ataques son tan fuertes que ya hasta me duele la espalda. 

Siempre he sido muy enfermizo y debilucho.

Me gustaría ser como las personas que se enferman poco y que aun cuando se enferman no tienen que interrumpir sus actividades diarias. 

Las envidio totalmente. 

He pasado muchos días en convalecencia.  

Tengo recuerdos brumosos de varias noches de la infancia, ardiendo en fiebre y alucinando, debido a los efectos de algún antipirético -sufría de amigdalitis, constantemente-, mientras mi mamá me consolaba.

También recuerdo haber tenido en múltiples ocasiones unas horribles náuseas y haberlas soportado en el asiento trasero del automóvil de mi papá, mientras volvíamos de un restaurante a la casa porque la comida me había caído mal. 

El trayecto de regreso a la casa era eterno. 



Cuando estaba en la secundaria, un simple resfriado me hacía permanecer en cama toda una semana. 

Tomaba una clase en un aula enorme y muy fría que tenía muchas ventanas y puertas que casi siempre estaban abiertas de par en par. 

La clase duraba tres -¿o cuatro?- largas y tediosas horas.

La profesora nos dictaba a toda velocidad, unas normas de comportamiento que supuestamente nos iban a servir para ser mejores personas cuando creciéramos.

Era un taller de dibujo técnico industrial, pero parecía un taller de taquigrafía. 

Teníamos que escribir esas normas a su ritmo, en un block de papel milimétrico.
Además, teníamos que hacerlo con la mayor limpieza posible. 

Encorvado sobre el restirador, con escurrimiento nasal y los ojos llorosos, trataba de pasar a toda prisa la pluma estilográfica Staedtler de .3 mm a través de los huecos de las letras de las plantillas, para escribir esas normas sin cometer errores.

Como soy zurdo, tenía que hacerlo con mucho cuidado para no manchar accidentalmente el papel milimétrico con mi mano mientras la desplazaba de la izquierda a la derecha, conforme iba escribiendo.

La tinta china es muy escandalosa y no se seca pronto. 

Casi nunca le daba mantenimiento a la pluma estilográfica y, justo cuando estaba a la mitad de un dictado, podía taparse y la tinta china dejaba de salir.

Mientras la profesora continuaba dictándonos y yo tenía escurrimiento nasal, tenía que llevarme la pluma estilográfica a los labios y chuparle la punta para que la tinta volviera a salir.

El amargo sabor de la tinta se me quedaba en la boca.
Imaginaba que así debía de saber el veneno. 

Los ojos me escocían y odiaba no poder largarme del aula y sacar un pañuelo y sonarme la nariz, para respirar normalmente. 



Por si fuera poco, tengo una especie de rinitis alérgica estacional. 

De un momento a otro, empiezo a tener los síntomas de un resfriado, exceptuando la fiebre. Casi siempre esto coincide con la cercanía de la primavera o del invierno.

Al cabo de unos minutos, el escurrimiento nasal es excesivo, no paro de estornudar, tengo los ojos llorosos y me siento muy cansado y con el cuerpo cortado.

La loratadina suele mitigar los síntomas. 

Cuando hay mucha contaminación en la ciudad, también comienzo a estornudar y a tener escurrimiento nasal aparatosamente.

Debo tomar loratadina y ponerme un cubrebocas para salir a la calle.

El fin de semana, mi esposa quería probar los helados de Ice Cream Nation.
Alguien se los había recomendado o los había visto por internet.

La heladería está junto a Los Bisquets Obregón de la Colonia Roma

Me sentía bien y no me puse cubrebocas ni tomé loratadina. 

Cuando llegamos a la heladería, estaba ordenando un tipo calvo y con lentes de sol.
Su rostro me resultó familiar, pero no recordé de dónde lo conocía. 

Lo acompañaba una adolescente a la que le estaba diciendo que "era muy cagada y natural, como su mamá."

Cuando se dio cuenta que yo lo veía insistentemente, me saludó. 

Entonces recordé de dónde lo conocía.



Hace muchos años, él tenía un programa de televisión.

El programa salía los lunes por la noche en el Canal 5

Yo lo veía porque a esa hora regresaba a la casa.

Era profesor de asignatura en la Ibero y daba clase de las 18:00 a las 21:00hrs.

No me molestaba el horario

Ya había sido profesor adjunto en la Facultad de Psicología de la UNAM, pero nunca había tenido a un grupo de estudiantes completamente bajo mi cargo

Preparaba mis presentaciones en Power Point con videos y fotografías ilustrativas, pero nunca las podía utilizar. 

No tenía computadora personal, pero podía pedir una en la universidad. 
Tenía que apartarla personalmente ese mismo día de la clase, al menos a las 5 de la tarde.

Tampoco tenía un proyector y siempre me prestaban los proyectores más defectuosos -tal vez porque me veían muy joven, creían que daba lo mismo- y entonces terminaba dando mis clases de memoria y en el pizarrón.

Ahora que lo pienso mejor, esa clase debió de ser una tortura para los estudiantes. 

No era experto en el curso que impartía, ni me fascinaba.

Le dedicaba toda una semana a la preparación de una sola clase, pero de todas formas cada lunes me sentía un charlatán, tratando de convencer a los estudiantes de la importancia de los temas que cubría el programa de estudio, exponiendo temas que no me apasionaban y que no conocía a fondo.

Volvía a la casa, deprimido y frustrado, y me sentaba en la sala a ver televisión. 

La sección que más me entretenía de ese programa era una en la que el tipo calvo se hacía pasar por millonario. Recibía cartas de hombres solitarios y patéticos.
Ellos le exponían unos casos absurdos, pidiéndole ayuda.
El millonario leía las cartas y le daba un sorbo a una copa de vino.

Luego decía 
"Que lo hagan ellas" 

y aparecían unas mujeres en diminutos trajes de baño y resolvían la situación.



Siempre me había parecido un tipo pesado y un malísimo comediante, pero me cayó bien en Ice Cream Nation

Mi esposa pidió un helado con leche de almendras y crema de cacahuate. 

De un momento a otro, me sentí mal. 

Empecé a estornudar y se me pusieron llorosos los ojos.

Como toda la semana había tenido esos síntomas, no les quise dar importancia.

Caminamos hacia la calle de Guanajuato

(Una vez recorrimos casi diez kilómetros sin descanso, desde Plaza Universidad hasta el Centro SCOP, y el malestar desapareció en algún momento). 

Luego volvimos a la Avenida Álvaro Obregón y seguimos hasta Nuevo León.

Recorrimos Nuevo León hasta El Parque España

Cuando llegamos al Plaza Condesa, ya me sentía mucho peor. 

Seguimos caminando hasta Tamaulipas y Fernando Montes de Oca, en busca de un local donde venden shawarma y falafel

Tenía hambre y allí preparan una salsa agridulce de mango que me gusta. 

Estaba cerrado. 

Caminamos otro rato hasta Alfonso Reyes y Saltillo.

La congestión nasal desapareció. 


(1/11/2017; 17: 16)
Cuando volvimos al departamento, me sentía normal.

Me bebí una León y retomé la lectura de una novela de Ishiguro.  

La novela estaba escrita de un modo muy original -el mismo autor dijo en una entrevista que la escribió para renovarse, porque estaba cansado de que lo categorizaran como escritor de novelas impecables-, y nunca se sabía si lo que se relataba estaba por suceder o si ya había sucedido. 

El protagonista era un prestigioso músico que llegaba de visita a un pequeño pueblo de Europa, como invitado a un magno evento que organizaban todos los habitantes respetables. 

Su estadía en el pueblo, le permitía involucrarse con sus habitantes y conocerlos realmente.

Estaba por llegar al final de un capítulo, cuando sentí comezón en las fosas nasales y empecé a estornudar escandalosamente.

Me tomé la loratadina, y esperé una hora. 

No surtió efecto.

Por la noche, me sentía con el cuerpo cortado y me tomé un Theraflu.

Quince minutos más tarde, me sentí peor.

El domingo desperté acatarrado y con fiebre.

Hoy me quedé en el departamento, esperando reponerme.
Pero me siento mucho peor que ayer.


martes, marzo 25, 2008

¿Qué has hecho para que te valoren?


Desde hacía unos cuantos meses tenía mi título de Licenciado y estaba por empezar mi primer curso como profesor de asignatura. Uno de los revisores de mi tesis me había conseguido una entrevista en la Ibero y me habían ofrecido unas cuantas horas a la semana, en el Departamento de Psicología de la Universidad. 

Ya había dado algunas clases en la UNAM, pero sólo como adjunto. 


El curso comenzaría en enero y tenía unas semanas preparándolo.


A finales de noviembre, una ex-compañera de la preparatoria me llamó por teléfono y me dijo que estaba planeando una reunión con varios ex-compañeros. 


No me gustan mucho este tipo de reuniones -¿qué sentido tiene reunirte con personas que no has visto en mucho tiempo y que no volverás a ver en mucho tiempo?-, pero sentí curiosidad. Además, la burocracia de la Ibero me estaba hartando -junto con mi programa del curso, tenía que escribir un cronograma de actividades, proponer un método "didáctico y amistoso" para interesar a los alumnos en el curso y conseguir un montón de documentos- y necesitaba distraerme. 




Nos reunimos una noche en La Casa de Los Azulejos.

Cuando llegué, no había ni siquiera 10 ex-compañeros en la mesa.

Estaba una chica que estudiaba un posgrado en Odontología. Seguía siendo egocéntrica y pretenciosa (en la preparatoria, me contó decenas de veces que un amigo suyo había matado a un Schnauzer cuando se enteró que Kurt Cobain había muerto, como si fuera una anécdota digna de mencionar), y estaba desesperada por parecer inteligente. 

Toda la noche se la pasó diciendo que ya era adjunta en la facultad y contando interesantes anécdotas de sus alumnos y señalando que yo tenía síndrome de Peter Pan, sólo porque le había comentado que no estaba muy satisfecho con la calidad académica de mi tesis de licenciatura y porque estaba considerando la posibilidad de dedicarme a escribir por completo.



También estaba una chica de enormes ojos, como los de las pinturas de Margaret Keane, y que acaba de entrar a la ENAP. Quería ser diseñadora de moda, y estaba tan arreglada que parecía una muñeca de aparador (era casi una enana, y sus manos regordetas estaban llenas de anillos y los anillos acentuaban el tamaño de sus dedos y les daban un aspecto grotesco), y traía el cabello corto y usaba kilos de maquillaje, como en la preparatoria, para disimular una enorme mancha de nacimiento que tenía en una mejilla.

La seguía enloqueciendo Bon Jovi

En la mesa también había una chica voluptuosa que ya era madre soltera. Había estudiado en la FES Acatlán sólo dos semestres de la carrera de Comunicación y estaba desempleada.

En la preparatoria era engreída y se comportaba como si fuera la chica más buena de todas (en realidad sólo tenía un busto prominente, usaba blusas escotadas y varios chicos se sentían atraídos sexualmente hacia ella), aunque en el salón de clases a casi nadie nos caía bien -algunos se burlaban de ella y la llamaban Pietroshka por su color de piel y porque tenía un bigote descomunal- y la evitábamos porque siempre estaba de malhumor.



También había una chica muy reservada que iba a terminar la carrera de Química. Hablaba con tanta inseguridad que resultaba difícil escucharla. Tenía varios años dedicándose a la investigación como pasante y no estaba segura de seguir estudiando un posgrado. Quería dedicarse a la industria farmacéutica, principalmente porque estaba decepcionada de la academia. 

También estaba una chica ansiosa y de piel extremadamente blanca que iba a terminar la carrera de Medicina. Siempre tuvo una manera muy formal para dirigirse a todos -parecía señora- y prácticamente vivía en la biblioteca de la preparatoria. 

Aun cuando no era el tipo de chica interesada en relacionarse emocionalmente con nadie, a los pocos días de clases se besó en público con un chico al que le gustaba, sólo porque él le declaró su amor frente a todos y le llevó un ramo de rosas. 

No sé por qué siempre estaba a la defensiva conmigo, como si supusiera que yo quería aprovecharme de ella o invitarla a salir. 

Ella se la pasó diciendo que no podía estar mucho tiempo con nosotros -ignorándome deliberadamente- porque tenía que prepararse para hacer guardia en un hospital. 



La anfitriona estaba en una de las cabeceras de la mesa. Tenía un problema de seseo -no recordaba lo despesperante que podía resultar- y era íntima amiga de la chica voluptuosa y de la chica que estudiaba Química. 

Creo que ellas tres no habían dejado de verse desde la preparatoria. 

Ella no había concluido la carrera de Derecho, pero ya tenía un par de años trabajando para algún diputado y parecía que todos sus sueños se habían hecho realidad. 

Me cayó mal porque toda la noche se la pasó hablando de lo importante que se sentía en su puesto de trabajo, aunque sólo se dedicaba a realizar trámites burocráticos y llamadas telefónicas. 

También me cayó mal porque se la pasó cuestionándome qué había hecho yo para que me valoraran, sólo porque le dije que dedicarse a la investigación requería hacer sacrificios que no cualquier persona estaría dispuesta a realizar, como correr experimentos en fines de semana y en días feriados, o renunciar a tu vida social, sin recibir un sueldo a cambio. 

Además de las chicas, había otros dos chicos en la mesa. 



Uno de ellos era el rompecorazones del salón. Ya trabajaba como ingeniero civil en alguna constructora. En la preparatoria jugábamos y hablábamos de futbol todo el tiempo. A veces yo lo acompañaba a comprar artículos deportivos a la tienda oficial de los Pumas -coleccionaba los uniformes de Jorge Campos- y a alguna de las kermeses de la secundaria en la que había estudiado. No habló mucho en la reunión. 

Estaba sentado junto a la chica que iba a terminar la carrera de Química, y los dos no dejaban de secretearse y de sonreírse. A lo mejor hasta estaban tomándose de las manos debajo de la mesa. Una vez me pidió que lo acompañara a la Biblioteca Jesús Reyes Heroles a buscar información para un trabajo de la escuela, pero en realidad había citado allí a la chica de Química y sólo quería que yo fuera su coartada. Su novia no confiaba en él y aparentemente creía que yo haría todo lo posible para evitar que la engañara.

Esa tarde, otro compañero de la escuela -que se había rehusado a asistir a La Casa de Los Azulejos esa noche- me había invitado a su casa a ver un partido de futbol entre el América y el Puebla, pero no pude escapar de ellos y me la pasé viéndolos besarse frente a mí. 

El otro chico que estaba en la mesa, había abandonado la preparatoria después del primer año y trabajaba en un telemarketing de asistencia vial por las madrugadas. Él era un comediante nato, fanático de U2 -tenía todos sus álbumes y había leído varios libros de la banda- y pintaba al óleo muy bien. En la reunión él se la pasó haciendo bromas y hablando de su primera novia. Ella era cristiana -se habían conocido en un templo- y no estaba muy cómodo con sus creencias, pero la amaba. 

Apenas me tomé una taza de café con leche y salí del restaurante.

Mientras caminaba hacia la estación Allende, pensaba si realmente tenía síndrome de Peter Pan -como había dicho la odontóloga-, y si no había hecho gran cosa con mi vida para que me valoraran, como había dicho la pasante de Derecho.

viernes, agosto 03, 2007

¿Somos lo que parece que somos?




Intento leer Oficio de Tinieblas, cuando esta chica llega a donde estamos. Se coloca en cuclillas, frente a Chinaski, y le sonríe y le toma una mano. Ella es bajita y tiene el cabello despeinado y teñido de rubio. Tiene el aspecto de haber estado corriendo todo el día. Se pasa el cabello compulsivamente por detrás de las orejas. Suda mucho. Parece preocupada. Había citado a Chinaski a las 6 de la tarde en la librería Rosario Castellanos. Faltan 20 minutos para las 7. Tenemos aquí más de media hora.

Chinaski nos presenta. Olivia estudia la Licenciatura en Comunicación en El Claustro, y Chinaski y ella son amigas desde la prepa. En la semana, Olivia invitó a Chinaski para que la acompañara a participar como público en un programa de televisión que graban para Telehit y que se transmite los sábados al mediodía. Lo repiten los martes a las 23:00 h. 

Olivia me saluda, inspecciona discretamente mi aspecto y luego mira mi libro. Hace una mueca de desaprobación, quién sabe qué piensa de Rosario Castellanos, a lo mejor piensa que soy un poser y que no leo realmente y que tengo en mis manos un libro de Rosario Castellanos, precisamente, porque estoy en la librería que lleva su nombre. Siendo honesto, el libro no me está gustando. Empecé a leerlo a principios del mes pasado. No me identifico con su narrativa de otro siglo, la historia es muy difícil de seguir así. Olivia finge una sonrisa y me dice algo como «Mira, ¡qué casualidad! El programa tratará sobre la falta de lectores en México..., y lo conduce Gabriela Warkentin...». Luego, aún en cuclillas, nos advierte que el público tiene que “parecerse a los estudiantes de El Claustro”. No entiendo a qué se refiere, ni por qué lo dice, voy a preguntárselo, pero miro a Chinaski. Ella se ve tan bien, tan cómoda, que prefiero quedarme callado. 

Nos levantamos de las bancas en las que estamos sentados y seguimos a 
Olivia. Me da la impresión de que la librería está cerrada, no veo a gente “real” entre los pasillos.

En la sala de lectura hay muchas sillas formando un círculo. Cuatro lámparas enormes rodean el círculo. También hay un montón de cables, cámaras y micrófonos. Tirados por todas partes. Más de una decena de personas caminan rápidamente de un lado a otro. Más o menos dos terceras partes de las sillas están ocupadas por “público”. Ya nos dijo 
Olivia que el público debe parecerse a los estudiantes de El Claustro, sea lo que sea que eso signifique. 

Un tipo de la producción con el cabello a ras, casi estilo militar, y con lentes de aumento, camisa a cuadros y unos Dockers, se acerca a una de las sillas de la primera fila y le echa un ojo a un sujeto que está sentado por allí. Tal vez no es así, pero distingo una especie de discriminación en su mirada. 
Olivia me ha puesto alerta. El tipo de los Dockers le pregunta al chico de primera fila, con una voz excesivamente dulce y falsa, si se puede cambiar de lugar. Acto seguido, le sonríe. Aghh. Lo hace del mismo modo en que me sonrió Olivia hace unos minutos. Tal vez no sé qué significa verse como “un estudiante de El Claustro”, pero ya aprendí a distinguir cómo sonríe la gente de El Claustro. Jaja.

El muchacho del público le dice «Pero yo sí soy estudiante de El Claustro» y el tipo de los Dockers continúa sonriendo, ya no dice nada. El verdadero estudiante de El Claustro accede y se cambia de lugar. Otra persona de producción lo sienta en una de las sillas de la última fila. 
Olivia ya me puso alerta, así que no puedo dejar de pensar por qué lo sentaron en la última fila: por su aspecto. Tiene el cabello largo, por debajo de los hombros, y también tiene una barba desaliñada y lleva jeans raídos, un paliacate en la cabeza, un par de pendientes de pirata en el lóbulo izquierdo y una playera con el rostro del “Che” Guevara.

El tipo de los Dockers aparece en escena una vez más. Ahora le pide a otra chica que se siente en primera fila, exactamente donde estaba sentado el chico del paliacate. Estoy tan atento a la situación que observo su indumentaria: blusa verde, collar de perlas, pantalones tipo chino y zapatillas. Ella es 
blanca, y su cabello rubio y quebrado parece recién sacado del salón de belleza.

Me siento incómodo. No sé cómo reaccionaría si me hicieran lo mismo, si me cambiaran de lugar por mi aspecto; no traigo el cabello largo, tampoco traigo un corte estándar, de esos que traen todos los hombres, de esos que parecen “fabricados en serie”. No sé si me explico. Tampoco traigo pendientes, paliacate o una playera con el rostro de algún revolucionario. 

Aggh. Estoy cayendo en la cuenta de un pequeño detalle: Chinaski es blanca y hermosa, tiene el cabello ensortijado, pero ella es natural. No pasamos al salón de belleza antes de venir aquí. Y, sin embargo, también nos sentaron en una de las últimas filas, muy lejos de los primeros planos. ¿Acaso soy yo el responsable...?

Transcurre media hora o algo así. Llegan a un pequeño templete, colocado en el centro de las sillas, Gabriela Warkentin, Katia D'Artigues y un tal Miguel Ángel. Un grupo de personas de producción los atiende: unos les pasan un poco de maquillaje por los rostros y les arreglan un poco el cabello; otros, les acomodan los micrófonos y les dan unas hojas tamaño carta. Casi al mismo tiempo, llegan al pequeño templete un par de estudiantes de la Ibero, así se identifican, y la chica dice «Yo estudio Comunicación» y el chico dice «Yo estudio Economía» y saludan a los panelistas y también la gente de producción les pone maquillaje y les arregla el cabello. El chico trae Levi's raídos, un peinado perfectamente desordenado –al estilo de Los Strokes–, una playera rosa con un mensaje en inglés que dice algo como “Me caga todo” y unos Vans sucios y viejos. Sus brazos están llenos de tatuajes. Se hace llamar “Warache”, o eso dice una chica que 
está sentada junto a nosotros, también en las últimas filas, y que parece haberlo identificado.    

“Warache” se acerca a la mujer de blusa verde que está sentada en primera fila. De la nada, le dice «Los hombres sólo hablamos de mujeres»", y luego se carcajea. La mujer de blusa verde se sonroja y se muerde los labios. Acto seguido, el mismo personaje avanza hacia el pequeño templete. En su camino, al pasar junto a un par de chicos que están concentrados jugando algún video juego en sus PSP portátiles, les dice «
¡El yugi-oh puede crear adicción!». No sé de dónde salió “Warache”, pero me han bastado un par de minutos para darme cuenta de que está acostumbrado a ser el centro de atención. 

Faltan quince minutos para las 8, todos han tomado sus lugares. Comienza el programa.


Katia D'Artigues y Miguel Ángel dirigen la discusión hacia un debate entre el periodismo “verdadero” y el periodismo “improvisado”. Capto el mensaje de inmediato: ellos dos ejercen el periodismo “verdadero”; los bloggers, como “Warache”, ejercen el otro tipo de periodismo. Miguel Ángel no puede ocultar cuánto le molesta el periodismo “improvisado”.  Dice: «Katia, tengo que confesarte que me ofende profundamente que en estos tiempos cualquier persona “ejerza” el periodismo». Entrecomilla “ejerza”. 


Katia toma la palabra y cita a varios autores –¡es una especie de enciclopedia viviente!– para defender el punto de su colega, y lo hace con un tono de voz muy peculiar que me recuerda alguna que otra ocasión en la que he intentado hablar después de beber varios Jack Daniel's. Katia va más lejos que Miguel Ángel: ella insiste en que debería existir una institución encargada de verificar la veracidad de la información que usan los bloggers. Miguel Ángel la apoya. 

“Warache” se pone intenso y lanza un discurso que dice más o menos: «
Si la función del periodismo es anunciar... independientemente de que se anuncien hechos verdaderos... y todos tenemos derecho a anunciar... lejos de ser veraces... o sea, si no importa la verdad, sino el hecho de informar... ¿por qué el lema de la universidad es “La Verdad Es Libertad”... y entonces por qué imparten una carrera de Comunicación...?» 

El público estalla en carcajadas. 


Gabriela Warkentin sonríe de manera apenas perceptible y luego salva el día. Hace su primera aparición en el programa: «Bueno, querida audiencia, vamos a una pausa comercial, ¡no le cambie de canal!»

El sujeto de los Dockers, detrás de cámaras, le hace una señal, tal vez esa señal significa que todo salió bien y que están “fuera del aire”, y, entonces, ella y el resto de la mesa de discusión, le echan miradas de odio a “Warache”. A mí ya me cayó bien. Si hay algo que no soporto es a la gente que juzga por las apariencias, 
los medios masivos de comunicación siempre te venden la idea de que una persona productiva y exitosa debe verse como héroe de telenovela. La verdad es que hay personas malas, independientemente de cómo se vistan o cómo se vean.

“Warache” aprovecha la pausa y quién sabe de dónde saca una cámara portátil. La enciende, comienza a filmar con ella al público, a caminar entre las filas de sillas, y se acerca hasta donde estoy y me dice: 
«¿Verdad que quieres hacer una pregunta?», 
y yo no sé por qué, pero le contesto: «Sí, claro».

Al regresar de la pausa, estoy esperando mi turno, pensando en qué podría preguntar –¿por qué movieron al chico del paliacate hasta la última fila?, ¡él estaba sentado donde sentaron a la chica de blusa verde!, ¿somos lo que parece que somos?– y mi corazón es una granada a punto de estallar, jamás creí que tendría una novia tan hermosa como Chinaski y ahora haré una pregunta que saldrá en Telehit–, pero pasan un par de minutos y luego otros y otros, y nadie me da la palabra. Ya sabes, así es el mundo. Debí ponerme los Dockers que compré para mi examen de grado. Esos que raras veces me pongo, esos que ni siquiera me pongo los martes, cuando me toca dar mi clase en la UNAM.