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viernes, mayo 25, 2007

Detrás de la tormenta



Hace nueve meses, perdí un EP de Hassassin. También perdí la cabeza.

Ese día me desperté muy cansado de mi vida. Serían las diez o las once de la  mañana cuando abrí los párpados. Quería desaparecer. Estaba harto. 

Durante casi un año, desde que Lulú me dejó y se fue a vivir a Canadá con un junkie de Minnesota que buscaba opiáceos gratis en otros horizontes, no había hecho otra cosa más que refugiarme en la música, en los libros y en las cosas que escribía. También me había intoxicado de programas de fut. No había manera de evitarlo. Hacía unos meses había terminado el mundial del 2006 y las sedes alemanas eran fabulosas –Gelsenkirchen, Dortmund, Leipzig, Stuttgart, Fráncfort, Berlín, Hamburgo, Hanóver, Kaiserslautern, Núremberg, Colonia, Múnich– y la selección mexicana había generado altas expectativas por su desempeño en la Copa Confederaciones del 2005. 

Al final, la selección había sido eliminada en octavos, en un gran juego contra los argentinos, acumulando eliminaciones en octavos desde el mundial de 1994. 


Desde hacía un año fumaba mucho, comía mal y me acostaba a las tres o cuatro de la madrugada. 

Ese día me levanté de la cama, leí lo que había escrito la noche anterior –unos cuantos relatos irrelevantes– y luego bajé a la cocina a buscar comida. Me preparé un sándwich de pechuga de pavo con queso manchego, con mayonesa y con lechuga, le di unas mordidas, subí a mi recámara, puse un demo de Los Silencios Incómodos en el Aiwa, me tumbé en un sillón, y odié mi vida.

A eso de las seis de la tarde, llegaron a la casa algunos amigos de DR, uno de mis hermanos. Por la noche, Nos Llamamos –la banda en la que DR toca la batería– iban a tocar en El Foro Alicia. 

DR me preguntó si quería acompañarlos. Me dijo que también tocarían Yokozuna y Hassassin, y que Los Silencios Incómodos presentarían Hasta ahora todo va bien, su primer álbum de estudio.

Le dije que sí. Los Silencios me latían. Los había escuchado otras veces en vivo. Tenían influencias de la música que me gustaba. (Sobre todo de Sonic Youth, de Scratch Acid y de Love Battery.) El demo que MH –el bajista de Nos Llamamos– me había pasado unas semanas atrás también sonaba bien, aunque traía dos o tres pistas de Hasta Ahora Todo Va Bien –el álbum que Los Silencios presentarían por la noche en El Alicia– que, en cierta forma, estaban contaminadas por la voz de un poeta extranjero que recitaba unos poemas suyos, en un extraño acento español, mientras Los Silencios aporreaban sus instrumentos e inundaban los poemas con feedback.
               

Nos tomamos unas cervezas en la casa y luego salimos al Alicia. 

Durante el trayecto, me la pasé hablando con MH en el asiento trasero del Jetta. Le dije que no me había latido tanto que el poeta extranjero metiera su voz en algunas canciones de Los Silencios. Él me dijo que sabía que, más o menos, ese había sido el acuerdo al que habían llegado con Nacho Alicia, quien les había grabado el disco, o algo así.  

MH también me contó algunas cosas sobre una mujer que, aparentemente, iba a convertirse en mánager de Nos Llamamos. Yo había tenido una experiencia desagradable con ella y no me caía bien, y él sabía cómo había estado todo ese asunto. Le dije que lo pensaran mejor, pero él intentó ser optimista y me dijo que ella tampoco le caía bien a David Byrne, o algo así. No le entendí. 

Circulábamos por Fray Servando, a la altura de la Delegación Venustiano Carranza. Encendí un Camel y le di una larga chupada. Comenzaba a llover. MH continuaba contándome algunas cosas de su potencial mánager, y la situación me estaba dando mala espina. Ya no estaba tan convencido de que hubiera sido una buena idea acompañarlos al Alicia. MH estaba seguro de que esa mujer también iría al Foro Alicia, y yo, definitivamente, no tenía muchas ganas de verla. No quería tirarle mala onda, otra vez.  

Sin embargo, además de que odiaba mi vida, ese día se cumplían tres semanas desde que mi gato Sócrates había huido de la casa. Era un felino majestuoso y salvaje. Lo echaba mucho de menos. En un par de años, se había convertido en un gran compañero. No quería pensar en él y ponerme nostálgico y acabar sintiéndome frustrado y del carajo, preguntándome por qué se había largado y si estaba en un lugar mejor, si continuaba vivo. Necesitaba distraerme.  

En fin, llegamos al Alicia. 

DR, MH, BA –el guitarrista de Nos Llamamos– y las novias de cada uno de ellos se bajaron del auto y de inmediato sacaron sus instrumentos y los metieron al Alicia. Me bajé del Jetta y me quedé solo debajo de una de las cornisas de las accesorias aledañas, fumándome un cigarrillo y guareciéndome de la lluvia. Vi a una chica que llamó mi atención. Tenía una cabellera afro espectacular. 

Justo cuando me debatía entre acercarme a ella o resignarme a no hacer nada, DR regresó a donde yo estaba y me hizo acompañarlo para pasar con él al foro, obviamente, sin pagar mi entrada. Esa era una de las ventajas de ir con la banda. 

La otra ventaja es que había un cartón de XX Lagger gratis. 

Nos tomamos unas cervezas y platicamos sobre Paul McCartney y John Lennon –MH era insoportablemente quisquilloso al respecto–, hasta que la gente de pronto ya había ingresado al foro. 

Luego Hassassin salió a tocar. Nunca los había escuchado, pero me gustó su música. Sonaban “rasposos”, como a nü metal sin sintetizadores ni gaitas. Ya estaba medio ebrio cuando terminaron de tocar, y decidí bajar a la entrada del Alicia y comprarme su EP –cometí el error de guardarlo debajo de una axila, en lugar de pedirle a alguien de Nos Llamamos que me lo guardara– y después subí y fui al baño. Cuando salí del baño, tal vez ya había perdido el EP de Hassassin y no lo había notado (me di cuenta hasta mucho más tarde, cuando nos subíamos al Jetta, de vuelta a la casa), y me fui a parar frente al escenario. Nos Llamamos estaban enchufando sus instrumentos. 

Abrieron con “Línea” y la gente comenzó a mover las cabezas y yo me compré una XX Lagger y me la llevé a los labios. Sentí el chispazo del alcohol recorrer mis vísceras, y me dispuse a fumarme otro Camel, cuando mi mundo se estremeció: la desconocida de la cabellera afro espectacular estaba a unos metros de mí. 

Tengo muchos prejuicios respecto a acercarme a mujeres desconocidas. No quiero que piensen que soy un hombrecillo de mierda, un acosador que le tira la onda a todo lo que se mueve, y estoy casi totalmente seguro de que, para la mayoría de las mujeres, debe de ser horrible cuando un desconocido las aborda en cualquier lugar. También estoy casi seguro de que ellas se sienten acosadas. 

Pensé en todas estas cosas, sopesando los pros y los contras, y miré varias veces a la chica de cabellera afro, antes de decidirme a hablarle.

Me bebí otras dos o tres cervezas. Cuando estaba más desfrontalizado, sonaba “Monstrua” y entonces la chica de la cabellera afro y yo cruzamos miradas. Nos sonreímos. Tuve la corazonada de que ella quería que le hablara, de que acabaría pasando algo entre los dos. 

Me acerqué a ella, y pensé en cómo abordarla, en qué le diría para no sonar tan estúpido y tan pretencioso. Esperé a que terminara la canción, allí, junto a ella, creyendo que de pronto aparecería una idea genial y que le diría esa idea genial y que así rompería el hielo, pero no se me ocurrió nada. 

Estaba a punto de abandonar todo, de volver a comprarme otra cerveza, cuando –contra todo pronóstico– ella se acercó a mí y me sonrió. Traía un cigarrillo en los labios y me pidió un encendedor. Le encendí el cigarrillo y empezamos a hablar. Me dijo que a su hermana le gustaban Los Silencios, y que conocía al baterista. Le dije que yo tenía un demo de Los Silencios y que mi hermano era el baterista de Nos Llamamos y que conocía a Los Silencios. Ella creyó que le estaba tomando el pelo. Insistí en que Nos Llamamos ensayaban en mi casa, en que conocía sus canciones, en que había llegado con ellos al Alicia, en que ni siquiera había pagado mi entrada. Le di muchos detalles que ya no recuerdo. Ella dijo “Está bien; parece que no quieres apantallarme”, y nos reímos. “Por cierto, me llamo Nayeli”, agregó. Le dije mi nombre y volvimos a fumar. 

Nos quedamos en silencio mientras sonaba “Rompevientos” (mi canción favorita de Nos Llamamos) y le pregunté si podía invitarle una cerveza y ella dijo que sí. 


Le di un sorbo a mi cerveza y luego tuve que ir al baño de nuevo –ignoro si todavía traía bajo la axila el EP de Hassassin– y le pedí a Nayeli que me sostuviera la cerveza por favor. Al regresar junto a Nayeli, Los Silencios Incómodos estaban preparándose para tocar. Seguimos conversando, probablemente le volví a decir que mi hermano tocaba la batería en Nos Llamamos –probablemente ella bromeó conmigo y volvió a decirme que no me creía, que le estaba tomando el pelo– y que ya había escuchado Hasta Ahora Todo Va Bien, y ella me confesó que a su hermana le gustaba el baterista de Los Silencios.  

Sonaban los primeros acordes de “Detrás de la Tormenta” (mi canción favorita de Los Silencios), cuando nos encontrábamos más desinhibidos, y pasó lo que ambos sabíamos que iba a pasar desde que nos bebimos la primera XX Lagger y desde que nos fumamos los primeros Camel. 

Ella se tuvo que marchar antes de que tocaran Los Nena. Le pregunté si nos veríamos en otra ocasión, me dijo que sí y me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. La pluma, comandada por su mano derecha, se posó sobre mi palma como un tatuaje de hierro incandescente.

Al cabo de un mes, la llamé. Salimos algunas veces. Fuimos al CNA, fuimos al Centro Histórico, fuimos al Claustro, fuimos a Galerías Coapa, nos llamamos por teléfono muchas veces, pero hoy todo se acabó.

Hubo momentos agradables, pero en general nunca nos acoplamos. Conocerla fue un placer, pero tratarla fue un infierno. Más o menos. 

sábado, agosto 26, 2006

Cabellera afro(disíaca)



Ella llegó de pronto. Me pidió fuego. 
Mientras le encendía el cigarrillo, apenas volteé a mirarla. 

Ella me dio las gracias y se marchó. 

La reconocí. La había visto afuera, antes de entrar al Foro Alicia. 
Me pareció bonita y extremadamente joven, como las estudiantes a las que les doy clases en la universidad. Tal vez de diecinueve o de veinte. 

Pasó un buen rato. Quise encender otro Camel y no encontré mi encendedor. Estaba un poco ebrio y asumí que ella se había quedado con mi encendedor. La busqué y al cabo de unos segundos la encontré y le pregunté si tenía mi encendedor y ella me dijo que no. Me le quedé mirando y me sentí atrapado por su cabellera afro(disíaca), por sus ojos y por sus pestañas (de Lucía Méndez) y por sus labios de durazno. Me sonrió, abrió la boca apenas unos cuantos centímetros, y me sentí cautivado por sus brackets. Siempre he tenido debilidad por las mujeres con brackets. 

Quién sabe de qué platicamos y quién sabe cómo encendí mi Camel, pero el punto es que nos pusimos a platicar y que me fumé un cigarrillo. Miré mi reloj en una pausa para ir a comprar unas cervezas. Iban a dar las diez de la noche. Casi era hora. Ya iban a tocar Los Silencios Incómodos. Era la presentación de su primer álbum. Hasta ahora todo va bien.

Me dijo que acababa de cumplir 19 años, y me rompió el corazón. 

No pude dejar de pensar en que tengo veintiséis años. Me sentí miserable, como si tuviera casi diez años más que ella. Me pregunté por qué no podíamos tener la misma edad. Me pregunté si estaba exagerando. Me pregunté si la diferencia de edades no era realmente tan abismal como me parecía.

Conforme transcurrían los segundos, Nayeli me parecía más atractiva pero no podía sacarme de la cabeza la diferencia de edades. Sin embargo, su conversación no reflejaba que hubiera gran diferencia entre los dos. Estábamos más o menos en la misma frecuencia.

A ella le gustaba el surf –su banda favorita eran Los Santísimos Snórkels– y se mostró muy interesada en saber por qué yo prefería el garage punk. Después de bebernos un par de cervezas y de fumarnos unos cuantos Camel, pasó lo inevitable.

Sentí cierta ansiedad en sus labios, me dio la impresión de que ella no quería detenerse, pero sonó su teléfono celular y aproveché la interrupción para separarme de ella. Sus besos habían sido una locura. Sentía que me ardían los labios como si le hubiera dado una mordida al picante con más capsaicina en la faz de la tierra, excepto que no era una sensación desagradable. También se sentía como una cortada de papel. Como una breve descarga eléctrica.

Otra vez me sentí miserable; también, culpable y abusivo. Siempre había creído que los hombres de mi edad que hacían esa clase de cosas –besarse con mujeres mucho más jóvenes–, lo hacían por inseguridad. Y que eran patéticos.  

Nayeli tuvo que marcharse –su papá la había llamado por teléfono y ya estaba esperándolas a ella y a su hermana, que andaba por ahí charlando con el baterista de Los Silencios, afuera del Alicia– y, sin que yo se lo pidiera, me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. Sus dedos también los sentí como una cortada de papel. 

Mientras ella anotaba el número con una pluma y estimulaba mis corpúsculos de Krause, no podía dejar de observar su fabulosa cabellera afro(disíaca) y de divagar, de imaginarme qué se sentiría hundir mis dedos en ella. También me dio su ID de messenger, por si acaso.

Me dijo que esperaba que yo la llamara pronto, para que nos pusiéramos de acuerdo y nos viéramos otra vez.

Ya pasó más de un mes desde entonces. Son las cinco y media de la tarde. Es 26 de agosto del 2006, y estoy pensando en llamarla por teléfono. Tal vez no debería tomarme la vida tan en serio. Tal vez exagero. O tal vez no. 

miércoles, julio 26, 2006

Te vemos a kilómetros de distancia



“Los viernes son el mejor día de la semana porque puedes seguir la fiesta hasta el sábado... y los domingos son los peores días porque son más familiares, ¿no crees...?”, me dice, y me devuelve el encendedor. Nuestras manos se tocan brevemente y siento que los dos nos elevamos durante unos segundos y que vemos todo desde las alturas. 

Ella irradia felicidad, sus ojos son un par de alfileres que escudriñan las profundidades de mi alma, y arrastra la voz de un modo exagerado y extraño, y hace pausas muy pronunciadas, como si le costara mucho trabajo organizar sus ideas. Yo no me trago el cuento: sólo pretende estar bajo los efectos de algún narcótico. Todos los días son viernes bajo los efectos de los narcóticos.

La fila avanza lentamente. Enciendo un Camel. Me sonríe. Quién sabe por qué pero su sonrisa vuelve a elevarme momentáneamente. Otra vez siento que veo las calles del Centro Histórico desde las alturas.

No sé su nombre, pero ya nos conocemos de vista. En los últimos meses nos hemos encontrado dos o tres veces en lugares como éste. Es la primera ocasión en la que hablamos. Ella dio el primer paso. 

Sí me gusta perder la razón de vez en cuando, consumir algunos químicos que me permitan lidiar con el estrés y con la incertidumbre de mi futuro laboral, pero no soy precisamente la clase de persona a la que le gusta seguir la fiesta hasta el otro día –más bien, huyo de las reuniones–, pero le sonrío y muevo la cabeza en señal de aprobación. 

Ella parece satisfecha y también sonríe.


En la penumbra, sus ojos de alfiler resplandecen de un modo grotesco e infernal, como si se trataran de dos luces demoniacas que están vigilándome. Trato de espantar estas ideas, no quiero malviajarme, y me enfoco en sus pestañas. Son postizas y muy largas. También me enfoco en su rostro. Está cubierto de maquillaje, ha adoptado un aspecto translúcido, y tiene forma de huevo. 

Me subo el cuello de la chamarra. De pronto me ha invadido una sensación escalofriante y tengo náuseas. No logro distinguir si es solo mi impresión, o si tiene alguna relación con el hecho de que cayó una tormenta, que está escampando, y que, de repente, apareció una corriente fría. 



Vamos acercándonos a la entrada. La fila ha avanzado rápidamente. Sólo hay una persona antes que nosotros, un rastafari que huele a mota. La chica saca un billete de alguna parte. Se prepara para pagar su entrada. Me mira y no sé si lo hace para que yo tome la iniciativa y le pague la entrada. Estoy dispuesto a pagar su entrada, pero llega mi hermano y le dice al tipo que cobra que yo voy con la banda. El tipo encoge los hombros y me pone un sello en una de las muñecas. La chica de las pestañas postizas me mira de un modo extraño, se le ha borrado la sonrisa. Tal vez espera que le diga a mi hermano que ella viene conmigo y que también la dejen entrar gratis, o tal vez nunca se imaginó que yo podía conocer a alguien de una de las bandas que tocan esa noche. Todo ocurre muy rápido y ella desaparece en el Hostal del Hotel Virreyes. 

Me siento un poco incómodo.

A pesar de que mi hermano es el baterista de Nos Llamamos, casi nunca salgo a escuchar a la banda cuando tocan en alguna cantina o bar –los escucho al menos tres veces por semana en la casa, cuando ensayan–, pero, cuando sí lo hago, pago mi entrada.

DR se va a quién sabe dónde y me quedo solo en el lobby. 
Todavía es temprano y en el lugar apenas hay una docena de personas. Además de Nos Llamamos, tocará Yokozuna, y Rulo –el locutor de Reactor–, está anunciado como DJ. Tal vez el lugar se llene. 

Decido comprarme una cerveza y fumarme otro Camel. 

En la barra me encuentro a dos mujeres rubias. Las dos se ven terriblemente demacradas y ya están muy ebrias. Me pregunto cuántos días de fiesta traen a cuestas. Sin embargo, lo que más me llama la atención de ellas no es lo demacradas que se ven ni lo ebrias que están. Me llama la atención su vestimenta. Usan unas blusas muy folclóricas y unas faldas muy holgadas. Las faldas tienen impresiones de flores multicolores. Pienso que son del gabacho, que vinieron de spring break a México, que ya pasaron algunos días en Acapulco o en La Riviera Maya y que tienen pocas horas en la Ciudad de México. Todo esto es ridículo, la primavera quedó atrás hace muchos meses, pero la idea me divierte. Ellas también me hacen pensar un poco en las hippies de Woodstock, en particular en la hermana de Kevin Arnold, el protagonista de Los años maravillosos, esa serie de televisión que veía cuando era un niño. 

Ellas y yo cruzamos miradas brevemente y nos sonreímos, pago mi cerveza y camino por el Hostal.


El Hostal, al igual que las dobles de Karen Arnold, tiene una atmósfera de la década de los setenta. Del techo cuelgan unos candelabros espantosos que despiden una tenue luz rojiza. El lugar huele a viejo, a madera húmeda, a muebles viejos de madera, para ser más precisos. El aroma me recuerda al consultorio del médico de cabecera de mis papás. Era un señor alto, blanco, canoso y barbón, muy parecido a Sigmund Freud. Siempre estaba fumando y
daba dos o tres vueltas por su consultorio después de hacerte un chequeo, sopesando su diagnóstico. Cuando caminaba, parecía que el suelo cimbraba a su alrededor. Tenía una asistente que se llamaba Silvina –creo que era su esposa– y hubo un tiempo en el que mi mamá me llevó a consulta con él al menos una vez al mes. Él atendió el parto de mi mamá, la cirugía de extirpación de vesícula biliar de mi mamá y le dijo a mi papá varias veces que mi abuela no tenía nada, que todos sus males eran psicosomáticos. La última vez que lo vi fue hace cuatro años, una vez que tuve problemas de gastritis. Mi mamá me dijo que murió hace unos meses. 

Salgo de estos recuerdos, me siento un poco nostálgico, una parte de mi infancia murió con el Dr. Xavier Aguilar Tamayo, y vuelvo a observar el lugar. Me pregunto si acaso así eran los hoyos funky en los que tocaba Three souls in my mind. Me pregunto cómo habría sido un concierto de The Doors aquí, cómo se escucharían John Densmore, Ray Manzarek y Robby Krieger tocando sus instrumentos mientras El Rey Lagarto comulgaba con el público y entraba en trance e invocaba a algunos espíritus amerindios. 

Le doy un largo sorbo a la cerveza y me dispongo a encender otro Camel. 


Estoy a punto de darle una chupada al cigarrillo, cuando se me acerca un sujeto. Apenas lo veo de reojo. Tiene un piercing tribal en la nariz y usa rastas. Me pone una mano en un hombro y me pregunta si puedo regalarle un cigarrillo.

Lo miro con mayor detenimiento mientras voy sintiendo que el cigarrillo se me pega en los labios. El tipo tiene una cara de desesperación que no parece natural, sino sobreactuada. No le he dicho nada y él ya me suelta su rollo: supuestamente tiene un par de meses intentando dejar de fumar y ahora sólo fuma cuando alguien le regala un cigarrillo. 

Saco la cajetilla de Camel de una de las bolsas de mis pantalones –esa que siempre cargo para esta clase de ocasiones, cuando alguien me pide un cigarrillo gratis– y se la ofrezco, pero está vacía. Le muestro la cajetilla al tipo y le presto atención a su reacción. Su rostro pasa del alivio a la decepción en cuestión de segundos. Soy un cabrón. Él no tiene que saber que guardo la verdadera cajetilla, la que, si calculo bien, todavía tiene doce Camel, en uno de los bolsillos de mi chamarra. También padezco tabaquismo, pero, por el momento, no encuentro necesario dejar de fumar y debo tomar mis precauciones. Siempre hay gente buscando fumar gratis.  

“Parece que esta noche tendré que ayudarte a dejar el tabaco”, le digo y le paso una mano sobre uno de sus hombros. El tipo sonríe forzadamente y se marcha un poco indignado. 


Le doy otro sorbo a la cerveza y entonces una mujer captura toda mi atención. 

Creo que también la he visto otras veces –quizá es amiga de la chica de las pestañas postizas–, y le sonrío. Ella pone cara de espanto y de inmediato desvía la mirada. Definitivamente no estamos en la misma frecuencia. 

Me le quedó mirando, nada más por curiosidad. 


Su cabello es negro y lacio, y sobre la frente le caen unos cuantos mechones morados. Una cabeza de alfiler le brilla en una fosa nasal. La mujer es muy guapa. Trae unos Levi's muy ajustados que acentúan sus caderas. Trato de pensar en dónde la he visto, pero no logro dar con la respuesta. 

MH pasa junto a mí y me descubre mirando a la mujer y me dice algo como “Esa chica se ve a kilómetros de distancia, ¿verdad?”, y, al principio, no le entiendo, pero, apenas se ha marchado, comprendo perfectamente a qué se refería: la mujer es muy guapa; es imposible dejar de mirarla. Recapacito sobre lo que pasó hace unos minutos: tal vez ella sabe que es muy guapa, que se ve a kilómetros de distancia, está harta de que todo mundo la mire todo el tiempo, y por eso rompió todo contacto visual conmigo desde el primer momento en el que le sonreí. Tal vez por eso creo haberla visto en otro lugar. Tal vez ya la había visto a kilómetros de distancia. 

Enciendo el Camel que se me ha pegado en los labios. El Hostal está casi lleno. Nos Llamamos están a punto de tocar. La chica de los Levi's ajustados irradia su belleza a unos metros del escenario. Es imposible perderla de vista. No puedo apartar la vista de ella. Su belleza es magnética. 

Le doy una chupada al Camel y reparo en la música. “Move over” suena a todo volumen en el Hostal. La mujer se pone a bailar y me pierdo en su movimiento, sus mechones morados esparcen átomos de felicidad, un halo de júbilo la rodea. He enloquecido. 



Cuando Yokozuna se prepara para tocar, estoy frente al escenario. Me siento tan ebrio que apenas recuerdo cómo llegué hasta aquí. Miro a mi izquierda. La chica de los Levi's ajustados está a unos pasos de mí. Siento que el corazón se me sale por la garganta. Ella y yo cruzamos miradas. En esta ocasión, ella me mira y no desvía la mirada. Tengo un insight: ella también está ebria... o, simplemente, está contenta, y le vale madre todo.

Le sonrío y ella me devuelve la sonrisa. Se lleva un cigarrillo a los labios. El cigarrillo está por consumirse. Mientras se me ocurre que ella podría ser Sharon Stone en esa escena de Bajos Instintos en la que Michael Douglas la persigue hasta una discoteca y luego la ve aspirar cocaína en los baños, me apresuro a sacar un Camel para ofrecérselo, pero me equivoco de cajetilla, saco la cajetilla vacía, y, cuando busco la cajetilla verdadera –la que sí tiene cigarrillos–, otro tipo se me ha adelantado. 

Ella le acepta el cigarrillo, el tipo se lo enciende, ella le da una larga chupada al cigarrillo y me lanza el humo al rostro. Quedo en estado de éxtasis, como si se hubiera tratado de un beso salvaje. No puedo dejar de observar sus pestañas. Son larguísimas, y, como su belleza, también se ven a kilómetros de distancia.

Enciendo mi propio Camel y proceso mi karma. No debí negarme a ofrecerle un cigarrillo al tipo del piercing tribal. 

***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.