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sábado, marzo 29, 2025

Soy humano y mi destino es ser mortal



Al salir de la casa, mientras desayunaba, leí en algún portal de internet que hoy cumple 70 años Bruce Willis, ahora estoy en la sala de espera del aeropuerto, a menos de 10 minutos de subirme a un avión, con los audífonos puestos, escuchando esta canción de Los Babasónicos, que, según sus fans, «está cargada de simbolismo y misticismo, y explora temas como la mortalidad, la redención y la condena». (Al menos eso recuerdo que encontré aquella tarde en la que decidí romper con la costumbre y escuchar rock en español y le pedí a Alexa que tocara algo de Draco Rosa y lo hizo y a continuación reprodujo “Seis vírgenes descalzas” y, ¡sorpresivamente!, me encantó y luego busqué información sobre el significado de la letra de esta canción de la banda de Buenos Aires).

Trato de enfocarme en cómo la canción es una especie de shot intravenoso de algún compuesto químico de los que mitiga el dolor físico y emocional y que además produce amnesia; no quiero pensar en el presente, no me gusta mi realidad; no quiero pensar en que no me gusta viajar en avión, en que, en mis más recientes vuelos, he tenido ataques de ansiedad; no quiero pensar en que podría estar a 10, 000 pies de altura sintiéndome atrapado, en una jaula; en que no habrá escape; en que todo estará en mi mente y en que, sin embargo, no podré hacer otra cosa más que cerrar los párpados y esperar a que el ataque termine.

Dárguelos canta, dice algo como «Soy humano y mi destino es ser mortal...», y aunque esta frase no tiene nada que ver con lo que pienso últimamente de mí mismo (creo), cobra un sentido diferente, así que prefiero concentrarme en la escena de Die Hard, cuando John McClane está en el avión que lo llevará a Los Ángeles, y me repito a mí mismo este mantra: «Tarde o temprano aterrizarás, tarde o temprano te registrarás en el hotel, tarde o temprano subirás a tu habitación y allí te podrás quitar los zapatos...»

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir los 365 días del año.

viernes, agosto 30, 2013

Juro que yo no era así antes de conocerte


"¿Por qué ya no me besas, como antes?", me pregunta con su voz de borracha. Tiene hipo. Con el rabillo del ojo, veo que ni siquiera es capaz de hacer algo tan sencillo como llevarse una mano a la boca. 

Encojo los hombros y volteo a mirarla por un breve instante. Aprisiono el volante con las dos manos y aprieto la mandíbula. La fuerza me hace sentir un ligero dolor en las muelas. 

Es de madrugada y no hay vehículos a la vista, pero temo que justo en ese breve instante aparezca un loco a toda prisa y se estrelle contra nosotros. Hace un par de noches, ocurrió un accidente cerca del lugar donde estamos. El automóvil iba a toda velocidad y se estrelló contra un muro de contención. Quedó deshecho. Ningún tripulante sobrevivió.


Ella me sonríe desde el asiento del copiloto -hace una mueca idiota- y sus ojos alcoholizados parecen cansados y vehementes a la vez. Tiene un cigarrillo en los labios y lo enciende. 

"Ten cuidado con la ceniza", le advierto. 

Mientras el semáforo pasa del rojo al verde, recuerdo como logré hacerme del Sedán. Es de color azul marino, modelo '83, idéntico al primer automóvil que le recuerdo a mi papá. Mi mamá me ha dicho cientos de veces que antes de ese Sedán, mi papá tuvo un Caribe y que me gustaba subir a dar la vuelta en él cuando era un bebé -supuestamente era la única cosa que podían hacer para que yo dejara de llorar-, pero no lo recuerdo en absoluto.


Este Sedán se lo compré a un apostador con todos mis ahorros -quería viajar a Seattle y hacer un tour por todos los sitios emblemáticos donde tocó Nirvana, como el Paramount Theatre, el Crocodile Cafe y el Pier 48- y fue una baratija. 

El hombre estaba desesperado y necesitaba urgentemente dinero para pagar sus deudas. 


Según él, había apostado todo su patrimonio a que la selección sub-17 perdería la final del mundial en Lima. Estaba seguro que Brasil aplastaría a México en el Estadio Nacional. Le gustaba mucho el futbol y había estado en El Estadio Universitario, en los cuartos de final de México '86, cuando la selección perdió en penales contra Alemania. También en New Jersey, cuando la selección perdió en penales contra Bulgaria, en los octavos de final de Estados Unidos '94. Y en Jeonju, en la decadente derrota contra Estados Unidos, en los octavos de final de Corea-Japón 2002. 

Cuando le di el dinero, me dijo que desde entonces le había perdido fe a las selecciones nacionales, porque siempre perdían los partidos decisivos. Era de lo más natural que pensara que la selección perdería esa final.  


No he cumplido más de dos semanas con el automóvil. 

Continúo conduciendo y ella le da una larga chupada al cigarrillo y me echa el humo en la cara. El olor me provoca náuseas. Las náuseas me recuerdan la primera vez que vi a Nancy.

Salíamos de una cantina en El Centro Histórico. Ella iba con las amigas de uno de mis hermanos, y me atrajo en cuanto la vi. Lo que más llamó mi atención fue su rostro. Tenía un increíble parecido con el rostro de PJ Harvey. 


Nos Llamamos tocó esa noche y ella bebió más de la cuenta y vomitó enfrente de mí. Todos se quejaron, pero yo me ofrecí a llevarla en taxi hasta su casa -vivía en Los Reyes, La Paz- y ella aceptó. 

El recorrido a su casa fue largo. Sentí lástima por ella, pero ella sólo apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó dormida. Yo sospechaba que esa noche sólo se le habían pasado las copas y que no sabía beber. Estaba muy equivocado. 


Cuando llegamos a su casa, me dio las gracias y me besó en la mejilla. Sus labios estaban fríos y olían a jugos gástricos. Fue un poco espeluznante, pero me gustó. 

Antes de que yo le dijera algo, abrió la puerta de su casa y se metió trastabillando.

De vuelta a mi casa, me tocó un taxista que escuchaba Rid Of Me y no pude dejar de pensar que todo ese asunto era una especie de señal. Jamás imaginé que en menos de un mes, Nancy y yo comenzaríamos a salir.

El vodka es su bebida favorita y vomita a menudo. La he visto cientos de veces vomitar y le he sujetado cientos de veces el cabello mientras vomita, para evitar que se ensucie. 


Vomitar para ella es parte de la experiencia de embriagarse y yo me estoy convirtiendo en un emetofóbico. Juro que no era así antes de conocerla. 

"No me siento muy bien", dice. Su rostro se puso lívido de un momento a otro.

Abruptamente arroja el cigarrillo por la ventanilla y entonces sé qué va a ocurrir.

Antes de que logre orillarme para estacionar el Sedán, el tapete del asiento del copiloto ya está lleno de jugos gástricos. 

"No es agradable besar a alguien que acaba de vomitar", le respondo.

Tengo unas intensas arcadas y vuelvo a encender el motor del Sedán.