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sábado, noviembre 13, 2021

En la fila de un Starbucks


Todavía faltaban 20 minutos para las 7 de la mañana y l
as conferencias comenzaban a las 8:30, pero en el McCormick Place ya había mucha gente. Era el primer día del congreso de la Society For Neuroscience del 2009 y también era el primer congreso internacional al que asistía. 


Los estudiantes más veteranos del laboratorio ya estaban por titularse y habían asistido a otros congresos de la SfN y me habían advertido de las dimensiones de estos congresos –se calcularían alrededor de 31, 000 asistentes a la edición del 2009, en Chicago, IL–, pero de todas formas me sorprendió ver a tanta gente. 

Había quienes caminaban apresuradamente de un lado a otro, como si la impuntualidad fuera una cuestión de vida o muerte (¿el amor por el conocimiento?) y no les estuviera permitido llegar cinco minutos tarde a una conferencia (¿la compulsividad de sus tutores?) Otros, como yo, perplejos y en ayuno, esperábamos nuestro turno en una larga fila del único negocio abierto a esa hora: un Starbucks que parecía La Torre de Babel.

La gente formada en la fila hablaba cualquier idioma que puedas citar, pero no necesariamente hablaba bien inglés. La comunicación entre las vendedoras y la clientela era algo atropellada y la fila avanzaba lentamente. 

A unos metros de mí, una mujer con burka pagaba su muffin y su bebida en la caja del Starbucks, cuando La Torre de Babel guardó silencio. Luego, siguieron unos murmullos. Miré por encima del hombro de mi compañera de laboratorio –ella también acababa de ingresar al doctorado y ésa era su primera experiencia internacional en un congreso–, y lo vi. 

No se trataba de cualquier hombre caucásico con anteojos, de escaso cabello blanco y de mediana estatura, sino del ganador del Premio Nobel de Medicina o Fisiología del año 2000. 

Vestía un traje y su característico moño en el cuello, justo como lo había visto en varias entrevistas para la televisión. 

Eric Kandel avanzó lentamente hacia la fila del Starbucks y se detuvo precisamente a mi lado. Miró a su alrededor y se rascó la barbilla. 

“Do you know where can I pick up my badge and the stuff...?”, me preguntó. Recordé haber escuchado esa peculiar voz en diversas entrevistas, y sentí la mirada de la gente en la fila, que, al igual que yo, tal vez no daba crédito a lo que estaba pasando. Le respondí tan rápido y tan claro como pude. 

“Thanks”, añadió, y se marchó.

Lo seguí con la mirada. Por donde fuera que caminara, su presencia surtía el mismo efecto que en la fila del Starbucks: parecía una de esas personas con tanta influencia y poder que pueden obligar a la gente a hacer cualquier cosa (o a creer en cualquier cosa), si así lo desean. 

Nos tocó nuestro turno en la fila y lamenté no haber sido atrevido y no haberme tomado una foto con él para que los veteranos del laboratorio no me tomaran por un mitómano. 

sábado, marzo 01, 2014

El día que conocí a un Premio Nobel


Todavía faltaban 20 minutos para las 7 de la mañana y las conferencias comenzaban a las 8:30, pero en el McCormick Place ya había mucha gente. Era el primer día del congreso de la Society For Neurosciences del 2009 y también era el primer congreso internacional al que asistía. 

Los estudiantes más veteranos del laboratorio ya estaban por titularse y habían asistido a otros congresos de la SfN y me habían advertido de las dimensiones de estos congresos –se calcularían alrededor de 31, 000 asistentes a la edición del 2009, en Chicago, IL–, pero de todas formas me sorprendió ver a tanta gente. 

Había quienes caminaban apresuradamente de un lado a otro, como si la impuntualidad fuera una cuestión de vida o muerte y no les estuviera permitido llegar cinco minutos tarde a una conferencia. (¡Ay, el amor por el conocimiento!) Otros, como yo, perplejos y en ayuno, esperábamos nuestro turno en una larga fila del único negocio abierto a esa hora: un Starbucks que parecía La Torre de Babel (la gente hablaba cualquier idioma que puedas citar.)

La gente no necesariamente hablaba bien inglés, pero intentaba comunicarse de algún modo y la fila avanzaba lentamente. A unos metros de mí, una mujer con burka pagaba su muffin y su bebida en la caja del Starbucks, cuando La Torre de Babel guardó silencio. Luego, siguieron unos murmullos. Miré por encima del hombro de mi compañera de laboratorio –ella también acababa de ingresar al doctorado y ésa era su primera experiencia internacional en un congreso–, y lo vi. 

No se trataba de cualquier hombre caucásico con anteojos, de escaso cabello blanco y de mediana estatura, sino del ganador del Premio Nobel de Medicina o Fisiología del año 2000. 

Vestía un traje y su característico moño en el cuello, justo como lo había visto en varias entrevistas para la televisión. 

Eric Kandel avanzó lentamente hacia la fila del Starbucks y se detuvo precisamente a mi lado. Miró a su alrededor y se rascó la barbilla. 

“Do you know where can I pick up my badge and the stuff...?”, me preguntó. Recordé haber escuchado esa peculiar voz en diversas entrevistas, y sentí la mirada de la gente en la fila, que, al igual que yo, tal vez no daba crédito a lo que estaba pasando. Le respondí tan rápido y tan claro como pude. 

“Thanks”, añadió, y se marchó.

Lo seguí con la mirada. Por donde fuera que caminara, su presencia surtía el mismo efecto que en la fila del Starbucks. Parecía una de esas personas con tanta influencia y poder que pueden obligar a la gente a hacer cualquier cosa, si así lo desean. 

Nos tocó nuestro turno en la fila y lamenté no haber sido atrevido y ni haberme tomado una foto con él, para tener evidencia y para que los veteranos del laboratorio no me tomaran por un mitómano. 

jueves, noviembre 26, 2009

A 10, 000 pies de altura



En pleno vuelo rumbo a Chicago, se acercó a mi asiento, a 10, 000 pies de altura, sólo para preguntarme si podíamos encontrarnos con una amiga suya, justo al aterrizar. Uno no se levanta de su asiento, a 10, 000 pies de altura, encima de los confines entre la tierra y el mar, para preguntar esa clase de cosas. En todo caso, uno habla sobre cosas trascendentales, como el síndrome de abstinencia.


Si en ese contexto se hubiera atrevido a conversar acerca de su adicción, yo la habría respetado completamente. Pero sólo era una chica que consumía casi cualquier droga que le ofrecieran. Después siguió con preguntas del tipo "¿Qué hora es?, ¿Crees que llegaremos exactamente a las 18: 30?" y, como yo tenía un poco de ansiedad, empecé a detestarla, empecé a imaginar que el avión podría desplomarse y que todo se volvería un infierno en el aire y que nadie tendría ninguna oportunidad de salvarse.


Entonces cerré los párpados y me puse a escuchar música. Imaginé que una hermosa azafata de Delta me serviría un whiskey y me preguntaría "¿En las rocas, señor?" y yo le respondería "Naturalmente…", y luego me quedé dormido y soñé que estaba por descubrir si era tan fantástico tener relaciones sexuales a 10,  000 pies de altura con Sylvia Kristel.


Estaba en eso, cuando escuché que decía "Prefiero el vino tinto..." y su voz sonaba como la de una niña consentida por papi. Me cayó muy mal, no sólo porque me despertó de un sueño que iba en buen camino sino porque ya se había sentado junto a mí. 

Luego siguió hablando sobre su proyecto de investigación. Estaba muy entusiasmada con la idea de asistir por primera vez a un congreso de Neurociencias, porque además era la primera ocasión que salía del país. 


"Me siento un poco estresada, pero menos que cuando tengo mi examen tutoral", murmuró y acercó su cabeza a mi hombro. Para ese momento definitivamente tuve que dejar de escuchar a los Smashing Pumpkins. Me quité los audífonos y apagué el ipod. También quité su cabeza de mi hombro y me sentí estúpido. Hasta entonces yo sólo había pensado que podría escuchar a los Smashing Pumpkins con mis audífonos mientras caminaba por las calles de Chicago. También había pensado en buscar el Cabaret Metro y tomarme una foto allí, para presumir después que había estado en el mismo sitio en el que Nirvana había ofrecido un concierto memorable. 


Tenía que despertar realmente. Era mi primer congreso de Neurociencias y también la primera vez que visitaba Chicago. Apenas había cumplido un semestre en el Doctorado y, la mayor parte del tiempo, sólo pensaba en música y en escribir.