viernes, mayo 20, 2022
La radio toca mi canción favorita
martes, febrero 22, 2022
Nadie respeta el luto
Las últimas semanas han sido terriblemente estresantes. No he podido descansar ni disfrutar de este periodo intertrimestral. He estado –como toda la vida– en la cuerda floja: persiguiendo, cada 3 ó 4 años, contratos temporales... revisando cada semana compulsivamente gacetas de distintas universidades, en busca de concursos para gente con mi perfil... Generalmente debo concursar con biólogos, con químicos y con médicos, y, generalmente, los concursos para biólogos, para químicos y para médicos son exclusivamente para biólogos, para químicos y para médicos... Nunca me ha parecido justo, pero es lo que hay.
Pero ahora estoy harto, llegando a mi límite. Siempre he trabajado en las cosas que me gustan y siempre he sacrificado bienes materiales y he estado de acuerdo con que sea así, pero no parece que la situación vaya a cambiar, sino, más bien, que se trata de un ciclo: que encuentro cierta estabilidad temporalmente y que después debo empezar de cero.
Sé que para la mayoría de la gente lo único que importa es tener mucho dinero y estoy totalmente en desacuerdo (esa no debería ser la meta de nadie: todos deberíamos tener la oportunidad de explotar nuestro potencial y de vivir decentemente haciendo lo que nos guste hacer), pero, ocasionalmente, como hoy, simplemente no soporto la presión que ejercen los medios masivos de comunicación (en cualquiera de sus expresiones) para convencernos de que lo único que debe importarnos a todos es tener mucho dinero.
El estrés de estas últimas semanas ha sido tan debilitante que me ha llevado a considerar que, si pierdo este concurso por un contrato temporal de tres meses para dar clases en la universidad, será una señal para abandonar mi carrera académica definitivamente.
¿Qué utilidad tiene lo que hago? ¿A quién le importa el conocimiento, cuando puedes hacer cualquier cosa para generar dinero a corto plazo...? Al mundo no le importa entender cómo funciona el cerebro, sino lucrar con la idea de que puedes aprender cómo funciona el cerebro y dominar tus pasiones y volverte millonario de un día a otro. Al mundo le interesa venderte cursos en Domestika y engañarte y decirte que sólo necesitas prestar atención durante cinco minutos, y que no tienes que esforzarte realmente en aprender nada y que no tienes que invertir varias horas de estudio por tu cuenta. Al mundo no le importa que sepas cuáles son los circuitos cerebrales del apetito o del placer, ni cuál es la naturaleza química de los millones de moléculas que circulan en tu cerebro: le interesa venderte la idea de que, apenas apretando un botón conectado a un dispositivo que llevas en la cabeza, puedes quitarte el hambre o permanecer despierto todo el mes... o sentir placer realizando actividades aburridas... o simplemente oprimir otro botón y “encender” tu creatividad artística o, si así lo deseas, tu creatividad científica. Al mundo le interesa vender cualquier cosa que parezca asombrosa y fácil.
Estoy pensando en todas estas cosas que no me llevan a ningún sitio, mientras espero a que la Comisión Dictaminadora me dé acceso a la sala de Zoom. Apenas el viernes, después de haber cargado durante toda la semana mi solicitud y mis documentos en el sistema de las evaluaciones curriculares de la universidad, los miembros de la Comisión me citaron al mediodía de hoy y me pidieron conectarme a Zoom diez minutos antes del mediodía. El reloj en la computadora dice que ya son las 12: 20.
La espera está volviéndome loco. Ya no estoy seguro de nada. No sé si el estrés me hizo una mala jugada, ya no sé si me equivoqué de fecha. Reviso rápidamente en mi correo-e y confirmo que hoy es mi Día D (como tantos otros Días D que he vivido).
Para lidiar con la espera –el estrés está llegando a un nivel desquiciante–, trato de leer información que pueda ayudarme a tener más dominio del tema del cual le hablaré a la Comisión Dictaminadora, pero nada se me queda en la cabeza. Me dijeron que debo dar una miniclase de diez minutos sobre la neurobiología de las emociones y que debo estar preparado para otros diez minutos de preguntas de los integrantes de la Comisión.
Adquirir más información en este momento es contraproducente. La sensación es familiar. Muchas veces he estado así: cayendo en la cuenta de que, conforme más sé sobre un tema, menos sé sobre ese tema.
Todos los escenarios posibles, relacionados con mi desempeño durante la entrevista, cruzan mi mente, llegan como escopetazos a mi cabeza y me dejan viendo fosfenos.
Al cabo de cinco minutos, la Comisión me da acceso a la sala de Zoom.
Cuarenta minutos más tarde, la entrevista termina. Tengo la impresión de que no dije todo lo que quería decir. Tengo la impresión de que perdí el concurso.
No quiero pensar en el futuro –¿cómo me ganaré la vida en el siguiente mes, para no tener que depender, como otras veces, exclusivamente de mis ahorros...?–, y me meto a revisar twitter en mi teléfono. No sé qué estoy buscando. Sólo quiero distraerme. Apenas entro a la aplicación, veo un tweet que me llama la atención sobre todos los demás: alguien, aparentemente muy cercano a Mark Lanegan, tuitea desde la cuenta de Mark Lanegan, que Mark Lanegan acaba de morir.
La noticia me pone muy mal. Me parece que no está pasando, que se trata de un mal sueño dentro otro mal sueño. No quiero pensar ni siquiera en el presente.
Bastan unos cuantos minutos desde que me entero de esta mala noticia y mi mente ya está divagando en aquellos días de interminables arcadas –provocados por el consumo de tantos antibióticos–, en los que The Winding Sheet me confortó; mi mente ya está divagando en aquellas tardes en las que estaba resignándome a vivir miserablemente porque ningún tratamiento médico había funcionado, cuando las canciones de Mark Lanegan de pronto aparecieron como la luz al final del túnel; mi mente está divagando en aquella noche de septiembre del 2018, cuando estaba a unos metros de Jeff Field, de Shelley Brian y de Mark Lanegan, escuchando “Wild flowers” y sintiéndome feliz y triste simultáneamente, como si toda la felicidad y toda la tristeza que había acumulado durante los dos años y medio previos que duró la enfermedad y la convalecencia de la cirugía hubieran estallado como una granada de gas pimienta/hilarante en El Plaza Condesa.
En unos minutos, todo mundo ya habla en redes sociales sobre Mark Lanegan. La situación me enfurece. Estoy confundido. Estoy triste. Podría llorar o podría gritar o podría destrozar todo lo que tengo a mi alcance. Estoy tan molesto e indignado que se me olvida que acabo de concursar por un contrato de tres meses en la universidad y que concursamos 13 personas y que probablemente algunas de ellas también pertenezcan al SNI y que probablemente algunas de ellas también tengan muchos años de experiencia docente en universidades públicas y privadas y que seguramente también están tan estresadas y tan frustradas como yo.
Durante más de cinco años he estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en mis blogs, invitando a mis conocidos y a mis familiares a que escuchen su música; diciéndoles que es un gran compositor, que su trayectoria es muy amplia, que es un artista sin el reconocimiento que merece. Ahora, varios de ellos, gracias a que algunos “todólogos” populares de redes sociales de pronto se han convertido en portavoces de la trayectoria artística de Mark Lanegan, comparten (o dicen compartir) mi dolor.
Las personas –quizá esas que juzgan si a alguien le va bien en la vida, en función del número de autos y de hijos y de casas que tenga– siempre le dan más crédito a los desconocidos.
Nadie respeta el luto. El mundo es tan horrible que incluso la muerte es negocio. Siempre es y siempre será así: hasta que la gente talentosa muere, la gente sin criterio “abre los ojos”.
Una vez más, uno de los sujetos que me transmiten algo emocionalmente, se ha ido. Tal parece que estoy condenado a escuchar a artistas que mueren cuando se convierten en una parte esencial de mi vida.
El futuro cercano es mucho más oscuro y mucho más terrible de lo que había imaginado: ya no está Mark Lanegan. Siento como si él hubiera decidido abandonarme precisamente en este momento, para abrirme los ojos. Si pierdo este concurso, tocaré fondo. Lo sé.
lunes, enero 17, 2022
Tirar la toalla
No has podido dormir bien por estar pensando en todo lo que tienes que hacer, pero finalmente te encuentras en un sueño cálido, que es como imaginas que es un sueño de morfina, y sueñas que ninguna de las cosas que ocurren en la realidad vale la pena y entonces una oleada de entusiasmo recorre tu médula espinal y tienes un fuerte impulso para escribir y presientes que las palabras y que las oraciones y que los diálogos fluirán como en los viejos tiempos en los que podías dedicarte exclusivamente a escribir, pero la vejiga llama desde las profundidades del frío de la mañana del lunes y luego el gatito más grande de toda tu familia de Thundercats maúlla desesperadamente como la sirena de una ambulancia que se dirige a la escena de una tragedia, y la vejiga y el gatito se convierten en las únicas sensaciones que se filtran por el tálamo y ya no puedes más y tienes que levantarte de la cama y luchar contra el frío que penetra tus poros como un cuchillo afilado.
Son las siete de la mañana. Te concentras en la sensación del frío que te roe los huesos y que hiela tu dermis. Extrañamente, no has tosido. Todavía el sábado y el domingo y los días anteriores estuviste teniendo infernales ataques de tos, y también antes y después de tus clases de los martes y de los jueves. Te asomas por la ventana de la recámara. Está amaneciendo. Te gustaría salir a correr, tal y como lo hacías en el otro fraccionamiento.
En este fraccionamiento al que te mudaste hace poco más de un mes, todo es diferente: es más pequeño que el anterior, no hay más que paredes, casas y automóviles –en el otro fraccionamiento, además de las dos canchas de basquetbol, el jardín y hasta una pequeña pista para correr, había un fabuloso paisaje de las montañas–, y correr es más monótono y aburrido; por si fuera poco, no puedes correr con la misma privacidad que en el otro fraccionamiento.
Sales a encender el bóiler.
En esta nueva casa hay que encenderlo manualmente. En la otra casa, el bóiler se encendía cada vez que usabas el agua caliente y pagaban $500 de gas cada tres meses. En noviembre, la dueña de esta casa le cargó al gas estacionario $1000, pero tu esposa y tú lo usaron dos semanas en diciembre y tuvieron que cargarlo de nuevo.
Alimentas a los Thundercats y los contemplas en su mundo felino, en el que los pequeños detalles los hacen felices. Te preguntas qué ha pasado con la humanidad, por qué hemos llegado a inventar necesidades tontas y costosas y por qué le damos poca importancia a los pequeños detalles y cuánto tiempo falta para que tengamos que pagar por respirar.
Te sientas frente al escritorio y escribes dos o tres cosas en la libreta en la que registras tu glucosa en ayuno y te levantas del asiento y te metes a bañar y tratas de ignorar el hecho de que, en comparación con lo que pagaban en el otro fraccionamiento, en esta casa han pagado el triple de agua y todos los días te has bañado con apenas un chorro de agua.
El agua está caliente, pero el chorro de agua apenas cae por tu cuerpo y añoras los baños en la casa del otro fraccionamiento: el baño era más pequeño y feo, pero siempre te bañabas con suficiente agua, aunque el agua estuviera muy fría o muy caliente. En todos los baños de todos los lugares en los que han vivido tu esposa y tú, siempre ha habido algún problema.
Mientras el agua cae por tu cabeza, tratas de ignorar los flashazos de todos los cuerpos desnudos que alguna vez has visto y que merodean tu cerebro y que son una excusa para entrar en una zona de confort y que te llevan a procrastinar todo lo que tienes que hacer hoy, así que te enfocas en enjabonar tu cara y en pasar el rastrillo y luego en lavarte el cabello con shampoo y luego con acondicionador y luego en enjabonarte todo el cuerpo.
Al cabo de unos minutos, cierras la llave del agua y atraviesas ese peliagudo umbral entre tu cuerpo caliente y vaporoso y tu cuerpo húmedo y helado en el breve enfriamiento después del baño caliente, y abres rápidamente la puerta del cancel y tomas rápidamente la toalla y te secas rápidamente la cabeza y el cabello y el resto del cuerpo y te mueves incesantemente para que no descienda la temperatura de tu cuerpo, deseando que las cosas cambien totalmente en la primavera.
sábado, noviembre 13, 2021
En la fila de un Starbucks
sábado, julio 03, 2021
El rey lagarto
En la penumbra, mientras el personaje interpretado por Kiefer Sutherland se transformaba y lideraba a su pandilla, logré distinguir un póster que colgaba de una de las paredes de la cueva. Posabas con el torso desnudo y con los brazos estirados; tu larga cabellera rizada caía por tu frente, cubriéndote las orejas, y casi te llegaba a los hombros; tus ojos marrones miraban fijamente a la cámara y te hacían ver como un paria que desafiaba al mundo entero a través de la lente que capturaría esa imagen para la posteridad. Tuve la sensación de que una corriente eléctrica se precipitaba desde el fondo de mis órganos vitales, hasta recorrer mi columna vertebral y mi cuero cabelludo, y no pude evitar asociar la fotografía con un Jesucristo moderno en la cruz, dispuesto a morir para salvar a los pecadores del mundo terrenal.
La escena apenas duró unos cuantos segundos, pero bastó para impresionarme significativamente, para que colapsaras mi pequeño mundo de juguetes y de caricaturas y de libros para niños, y para que el enigma de tu existencia comenzara a perseguirme.
Al final de la película, durante los créditos, mientras mi mente infantil digería la trama, seducida ante la posibilidad de la juventud eterna, una canción completó la impresión que había provocado la escena del póster. La música y las letras de la canción se combinaban de un modo que resultaba bello y macabro a la vez, como el mensaje de la película. Había una voz varonil y grave que decía con una entonación melancólica que la gente es extraña y que los rostros salen de la lluvia y que son feos cuando uno está solo.
Mi papá me dijo que te llamabas Jim Morrison y que habías sido el cantante de The Doors.
Hoy se cumplen cincuenta años de tu muerte.
sábado, febrero 22, 2020
Cáscara de nuez
Son las cinco de la mañana. Desde hace dos horas estoy mirando el techo de la recámara y no he podido volverme a dormir. Tal vez debería buscar ayuda profesional. Ya no sé cuántas veces he pasado por la misma situación en las últimas semanas.
Tal vez debería superar mi aversión a verme como un sujeto al que le gusta ser el centro de atención e inventarse enfermedades. Tal vez debería aceptar que en realidad soy más absurdo que eso y que sólo acudo al médico cuando alguna enfermedad ha hecho tan miserable mi existencia que he terminado en el quirófano, después de una larga temporada de episodios de reflujo gastroesofágico, de endoscopías, de lotes enteros de sucralfato, de monótonas dietas, de espantosos tratamientos de tramadol, de horribles ataques de pánico, de pavorosos ansiolíticos, de desgastantes mononeuropatías y de malos viajes con gabapentina y con percocet.
Estoy despierto desde las tres de la mañana y no puedo apartar de mi cabeza el estribillo de una canción de Alice In Chains que desde hace dos semanas he estado escuchando con atención. Hace dos semanas leí una nota en internet en la que especulaban sobre el significado de esa canción y su relación con la muerte de Layne Staley. La letra es muy decadente –escalofriante– y me sorprendió haberla escuchado tantas veces y que hubiera pasado desapercibida para mí.
Enciendo el teléfono para distraerme.
Cuando mis ojos se adaptan a la luz después de haber estado acostumbrados a la oscuridad durante dos horas, lo primero que enfoco en la pantalla del celular es que estamos a -2ºC en Lerma. Reparo en que he estado ignorando el frío que siento en los pies y luego reparo en que nunca he soportado dormir con calcetines. Recuerdo que usar calcetines en la cama, me pone ansioso. Recuerdo que me hacen sentir como un prisionero.
Mi estómago gruñe. Me muero de náuseas.
Mi (ultrajado) tracto gastrointestinal me exige levantarme de la cama y comer cualquier cosa que pueda comer –porque no puedo comer lo que come cualquier persona– para mitigar las arcadas y para evitar que los jugos gástricos del ayuno asciendan a mi esófago.
A pesar de que los gastroenterólogos suturaron una porción de mi estómago con la base de mi esófago para formar una válvula que impidiera que los jugos gástricos ascendieran a mi esófago, para impedir que la constante erosión del esófago provocara un tumor cancerígeno y para impedir que yo broncoaspirara estando dormido, algunas veces –sobre todo cuando estoy en ayuno– tengo reflujo.
(Si no atiendo esta necesidad de comer, después puedo estar carraspeando todo el día y pasándomela muy mal.)
Dejo el teléfono. Es muy temprano para leer mensajes de superioridad moral y de odio en las redes sociales.
Creo que me levantaré de la cama y que buscaré un par de calcetines y que me los pondré. Pienso en dónde podrían estar los calcetines y ahora me encuentro pensando qué debo hacer durante el día. Iremos a la Ciudad de México, a la Feria Internacional del Libro. Hace dos años que no vamos. El año pasado, la Universidad estaba en huelga y vivíamos de nuestros ahorros y de un préstamo. (El préstamo fue una pésima idea y probablemente jamás escribiré sobre ese asunto en este blog. Después de haberlo consultado con la almohada durante casi un mes y de haber considerado que quizá era más sano solicitárselo al banco, cometí uno de los peores errores de mi vida.)
Es sábado. Los fines de semana me cuesta más trabajo volverme a dormir, si despierto en la madrugada.
Despierto incluso antes de las tres de la mañana e intento volverme a dormir, pero, ya que en toda la semana no pude escribir cosas personales y necesito escribir cosas personales para estar bien conmigo mismo, me pongo a pensar de qué manera puedo aprovechar el día –sobre qué cosas personales quiero escribir– y ya no puedo dormir.
En algún momento el ayuno es doloroso y tengo que levantarme de la cama, ir a la cocina y comer. Tomo un puñado de arándanos o pasas, y los gatos aprovechan para que les dé su comida especial. Dependiendo de lo doloroso que sea el ayuno o de lo insistentes que sean los gatos, puedo dejar la cocina pronto o después de un rato, y entonces me meto a la recámara donde trabajo cuando estoy en la casa y me siento frente a la computadora y la enciendo y procuro escribir.
En estas semanas me he sentido bloqueado para escribir. No sé cómo explicarlo. Probablemente sea trivial para los demás, pero también resulta doloroso para mí.
He estado escribiendo un artículo de investigación y me ha costado mucho trabajo compaginar ese tipo de escritura con el tipo de escritura que empleo en este blog y en mis textos personales. En algunas corrientes cognitivas de aprendizaje y memoria, se habla del pensamiento enfocado y del pensamiento difuso. Cuando escribo un artículo de investigación, predomina el pensamiento enfocado. Cuando escribo tonterías personales, predomina el pensamiento difuso. Ambos tipos de pensamiento involucran la participación de distintas redes neuronales. No es extraño tener este problema de compatibilidad.
Puede parecer trivial, pero es una maldición.
Por otra parte, no me gusta escribir sobre temas en los que no soy experto y fingir que soy un experto en ellos. Representa un gran sacrificio para mí. No me agrada aprender temas a medias. No me gusta aprender lo más básico de un tema de moda.
Me cuesta trabajo escribir sobre temas que no me apasionan y me siento mal engañándome a mí mismo. A lo mejor por eso no soy “exitoso” para la sociedad. A lo mejor por esa razón no he salido en la televisión. A lo mejor por esa razón mis colegas creen que nunca he escrito un maldito artículo yo solo en inglés (todos los artículos en los que aparezco como primer autor, los he escrito solo y he recibido retroalimentación de los colaboradores). A lo mejor por eso no termino por sentirme feliz. ¿Por qué es tan importante el reconocimiento social? A veces la gente que lo reconoce a uno, no vale un carajo.
Me cuesta mucho trabajo aparentar que sé más de lo que sé. Cuando tengo que hacerlo porque no soporto las apariencias de otros sujetos, sufro el síndrome del impostor y me siento muy mal. Siento que traiciono mis principios. Es como si me viera a mí mismo como un punk rocker que escucha pop cuando está a solas.
Tengo la impresión de que soy un farsante y de que no avanzo en ninguna de las actividades que debo realizar. (Sobre estas sensaciones debilitantes debería escribir, cuando no puedo escribir.)
Este problema de mantenimiento del sueño se remonta al posgrado.
Los últimos seis meses no fueron precisamente un paseo por las nubes.
Me la pasaba tan mal que desarrollé dermatitis psicosomática. Me sentía tan molesto y tan insignificante que estuve a punto de pelearme con desconocidos en algún centro comercial. (Afortunadamente, ninguno de ellos resultó estar más frustrado que yo.)
Bebía y fumaba casi todos los días para lidiar con el estrés. (Los fines de semana eran atracones de alcohol y de otras cosas.) Ni siquiera tenía humor para escribir en este blog. Cuando intentaba hacerlo, terminaba aporreando el teclado de la computadora, jalándome los cabellos, odiando la longitud de mis uñas –concentrándome en la sensación de mis uñas al aporrear el teclado de la computadora y en el sonido que emitían– y sintiéndome estúpido e incapaz de escribir algo satisfactorio para mí mismo.
(Han pasado más de cinco años desde entonces y aún no comprendo totalmente por qué cambió tanto mi relación de trabajo con mi mentor. Él siempre dijo que su prioridad eran las publicaciones y publiqué más de cinco artículos con él –ni los miembros más brillantes de su laboratorio que luego se fueron a hacer posdoctorados a los mejores laboratorios de Europa y de Estados Unidos publicaron tantos artículos como yo, cuando fueron sus estudiantes–, pero en esos últimos meses parecía estar convencido de que yo sólo seguía sus instrucciones y, además, no tenía ningún reparo en decírselo a todo el mundo por correo electrónico y exponerme frente a todos los que me conocían.)
Cuando acabó ese infierno, unos meses después de mi examen de grado, uno de los miembros de mi comité tutoral del posgrado me invitó a dar un seminario a una clínica de sueño. Preparé una plática del uso de los endocannabinoides como moléculas hipnóticas en modelos experimentales –justamente en esos días acababa de enviar a revisión un artículo en el que mostrábamos que una marihuana endógena normalizaba el sueño en ratas sometidas a estrés postnatal*– y, mientras hablaba, me di cuenta de que yo mismo tenía problemas de sueño y que nunca había intentado aplicar a mi propia vida lo que había aprendido durante el posgrado.
Al final de mi plática, le comenté sobre este problema de mantenimiento de sueño a una colega de la clínica y ella me recomendó seguir algunos hábitos de higiene del sueño y acudir con un especialista si la situación empeoraba. No le hice gran caso porque el problema desapareció temporalmente.
Dejo de divagar, me pregunto dónde estarán los calcetines y termino pensando que soy un desastre.
Me obsesionan estupideces. Me persiguen día y noche. Me enredo en discusiones en redes sociales con desconocidos que me llaman “ignorante” sin saber nada de mí y que asumen que soy un chairo y que no hago nada bueno por mi país porque no tengo una empresa. Me enojo y no analizo que esos personajes tienen una inteligencia tan asombrosa que asumen que todo lo que he publicado es “paja académica” y que probablemente se benefician de los hallazgos de la ciencia, como todo el mundo.
También me afecta saber que algunos miembros de mi familia le preguntarían a decenas de desconocidos, antes que a mí, sobre algún tema en el que he estado trabajando más de diez años. (¿Por qué a veces la familia, es la primera en subestimarlo a uno...? ¿Por qué a veces la familia resulta ser el peor enemigo...? ¿Por qué a veces la familia es la primera en pensar que uno es un borrego y que todo lo que uno piensa, lo piensa porque tiene millares de amigos que piensan así...? ¿Por qué a veces la familia piensa que uno es un títere y que es capaz de endeudarse por comprar cosas que no necesita...? ¿Por qué a veces la familia piensa que uno es capaz de hacer lo peor...?)
Me acosan pensamientos que no tienen ninguna utilidad y que me hacen sentir que el tiempo no me alcanza para hacer todas las cosas que me gustaría hacer. Me perturban situaciones que no valen la pena. Me siento dividido entre el carácter formal e imparcial de los textos científicos y el carácter informal y subjetivo de mi necesidad de escribir.
Hace algunas semanas que no leo literatura y me cuesta trabajo escribir con fluidez.
Estoy despierto desde las tres de la mañana y no puedo apartar de mi cabeza el estribillo de una canción de Alice In Chains que desde hace dos semanas he estado escuchando con atención. Leí una nota en internet en la que especulaban sobre el significado de esa canción y su relación con la muerte de Layne Staley. La letra es escalofriante y me sorprendió que hubiera pasado desapercibida para mí.
Cené algo que me cayó mal –cualquier cosa que a cualquier otra persona no le haría daño– y tengo acidez y náuseas. No puedo ignorar que estamos a -2ºC en Lerma y tampoco puedo ignorar el hecho de que se supone que está cerca la primavera.
Miro el techo de la recámara por enésima ocasión.
Aunque en otras ocasiones en las que he despertado a las tres de la mañana, me he sentido con más energía y he escrito millones de estupideces en cada una de las libretas que he usado a lo largo de mi vida –¿100, 200...?–, ahora mismo no puedo hacerlo. Me siento primitivo y disfuncional.
Es desagradable estar cansado y no poder dormir. Es desagradable estar tumbado en la cama y mirar el techo de la recámara y pensar en todo lo que tienes que hacer en el día, y saber que el tiempo no te alcanzará. Es desagradable tener náuseas y saber que debes comer para mitigarlas y que el efecto de bienestar sólo durará un par de horas. Es desagradable estar a -2ºC en Lerma y saber que necesitas levantarte de la cama y buscar un maldito para de calcetines para mitigar el frío, y saber que cuando te levantes, ya no volverás a la cama.
Continúo mirando el techo.
Ahora recuerdo un comentario de uno de mis sinodales en alguno de mis exámenes tutorales... y comienzo a divagar otra vez.
Era muy estresante tener que hablarles por teléfono a los miembros de mi comité tutoral una vez al semestre, durante cuatro años de posgrado, y agendar una cita en la que los tres pudieran asistir al examen. Nunca me ha gustado hablar por teléfono. En perspectiva, creo que esa actividad es necesaria para cualquier estudiante de posgrado. Desde este otro lado, me ha tocado tratar a estudiantes que no tienen que llamar a los miembros de su comité para agendar una cita y me ha tocado ver cómo no los respetan y cómo se dirigen a ellos como si fueran sus empleados.
Era muy estresante tener que preparar el aula y mi computadora y el proyector y algunos snacks para ellos y pararme frente a ellos y hablarles durante dos horas de los antecedentes y de los avances de mi proyecto. Era muy estresante tener que pensar en las respuestas a las preguntas que me hacían. Las preguntas cada vez eran más específicas y cada vez requerían un mayor dominio del tema. Nunca he podido aprender cosas por obligación de la misma forma en que aprendo cosas por placer. Con frecuencia debía aprender cosas aburridas que no me interesaban en absoluto. Era estresante exponerme a hablar de temas que involucraran que me convirtiera en un impostor.
Eran muy estresantes las semanas previas a los exámenes tutorales. Era muy estresante estar preparando mi presentación en Power Point, sabiendo que había información que jamás lograría dominar como experto. Era muy estresante estar analizando datos con programas estadísticos, sabiendo que a la hora del examen alguno de los miembros de mi comité me preguntaría por qué había decidido usar una prueba estadística en lugar de otra.
En fin, el miembro de mi comité dijo en algún examen tutoral que a él nunca le había gustado levantarse temprano y que despertarse era un acto desafiante para la fisiología. Creo que luego explicó algunos detalles de las contracciones musculares, de la inervación vagal del corazón, de la participación del cortisol y de la acetilcolina... Y también recuerdo que yo estaba tan tenso que no le presté demasiada atención.
¿Quién diría que después de más de cinco años mi cerebro terminaría reflexionando sobre su comentario y que su comentario terminaría llevándome a recordar algunos pasajes de mi vida como estudiante de posgrado...?
Ahora, mientras me dispongo a levantarme de la cama y a rendirme y a aceptar que ya no volveré a la cama y que ya no intentaré volver a dormir, recuerdo haber leído en alguna revista que a las tres de la mañana ocurren la mayoría de los infartos porque la presión arterial y la frecuencia cardiaca exhiben su tasa más baja en comparación con el resto del día.
Cada vez que despierto abruptamente a las tres de la mañana, no puedo dejar de pensar en ello. ¿Qué tal si estos despertares recurrentes son una advertencia...?
Nutshell
_______
*Aunque no disfruté el proceso de publicación en absoluto –en los créditos se lee que yo sólo seguí instrucciones, aun cuando, antes de comenzar a escribir el manuscrito, recibí un regaño porque no seguí instrucciones “al pie de la letra” en la metodología–, creo que ese debió ser mi primer artículo como autor corresponsal. De haber sido así, tal vez mis colegas actuales sospecharían (acertadamente) que yo he escrito (en inglés) todos los artículos en los que soy primer autor.
viernes, enero 24, 2020
Escarnio Irrelevante
Quizá me faltó tacto para preguntarlo, pero nunca quise herir susceptibilidades.
(Aunque, de vez en cuando –¿una o dos veces al año?, ¿menos veces?–, pierdo el control y me enfrasco en alguna pelea sin sentido con desconocidos en redes sociales, ése no era el caso.)
Por si fuera poco, empleó un discurso que aborrezco: retórico, moralino, decimonónico, filosófico...
También quiso evidenciar con su discurso que él tenía un aparato cognitivo superior al mío y que era una mejor persona –¿más consciente, en términos sociales?– que yo. ¿Cómo no aborrecer a esta clase de personas que se aparecen sin que nadie las llame, para dar una lección que nadie les está pidiendo...?
Yo ni siquiera había puesto a discusión el tema: las mujeres han sido oprimidas desde siempre, la violencia que sufren es algo terrible y hay que erradicarla.
A diferencia de lo que él creía (ya mencioné que estaba convencidísimo de conocerme más de lo que me conozco yo mismo), acepto que no soy una buena persona, pero eso no significa que esté de acuerdo con el hecho de que a las mujeres les ocurran cosas terribles.
Más bien, en general, soy poco considerado con la humanidad*.
(¡Qué hueva!)
(Maldigo la hora en que se me ocurrió distraerme en mi teléfono y encontrarme este tweet. Mejor hubiera continuado leyendo de qué manera Rick Deckard planeaba exterminar a las últimas tres unidades cerebrales Nexus-6, mientras bebía bourbon y se enamoraba de Rachael Rosen. Ya le dediqué al asunto más tiempo del que me hubiera gustado. Espero que, al menos, me sirva de desahogo.)
Me bastaron unos segundos para leerlo, para darme cuenta de que era un ejemplo más de disonancia cognitiva** y para que todos estos recuerdos sobre los que escribo llegaran a mi mente.
(El día que este sujeto me “diagnosticó” como machista, fue el 18 de septiembre del 2017.
Si todo esto hubiera ocurrido cualquier otro día, probablemente ni lo recordaría.
Sin embargo, tengo presente la fecha, porque en 24 horas, más o menos, me encontraría en el mismo lugar en el que revisaba mi muro de FaceBook, pero en una situación traumática.
Lo demás, sí es irrelevante: estaba en el tercer piso del Edificio S, matando el tiempo, revisando mi muro de FaceBook, para lidiar con el hecho de que una estudiante de licenciatura me trataba como egresado de bachillerato y suponía que mi propósito en la vida era abrirle la puerta del laboratorio para que ella fuera a pesar a sus animales de experimentación.)
(De hecho, en algún momento de la discusión, cuando él estaba más indignado y convencido de que yo era “un idiota que no respetaba a las mujeres”, le dije que leyera bien lo que yo había escrito y después tuvo que ofrecerme una disculpa y retirarse de la publicación porque yo jamás había escrito eso que él estaba convencido de que yo había escrito.)
Hay que preguntarse, seriamente, quién dice las cosas y desconfiar de la buena onda.
(¿Cómo tomarlo en serio después de que has descubierto que le gusta aparentar cosas que, evidentemente, no es?, ¿cómo le hacen sus lóbulos frontales para convencerlo de que conoce “de pies a cabeza” a un desconocido, que eso le permite señalarlo y juzgarlo, y al mismo tiempo, quizá, dejarle la impresión de que sus opiniones son deslumbrantes y modernas –lo más inteligente que ha dicho un ser humano–, aun cuando usa un lenguaje decimonónico y rebuscado para comunicarlas...?)
PD. Adornar innecesariamente un mensaje de 140 caracteres, no lo hace más significativo ni más interesante, creo yo.
_____________
**Casi de manera automática, busco ejemplos de disonancia cognitiva en las redes sociales. De vez en cuando, los uso en mis clases. Creo que éste será el caso.
***Señalar, en los demás, lo que él cree ver mal en los demás y así quedar como un héroe observador que “piensa diferente”. Todo este asunto es irónico, porque en este tweet, que él publicó –supongo que sin que nadie lo obligara a hacerlo–, él señala como estúpido, con un lenguaje pedantísimo y con un dejo de superioridad académica, justamente lo que él mismo hizo conmigo. (Su lenguaje es tan pedante que es muy probable que, de contar con el conocimiento básico, él diría “Mi musculatura distal no está siendo regulada apropiadamente... Intuyo que se debe a que ciertos axones sensoriales Ia... incluso motoneuronas gamma... no inervan suficientes husos musculares... También intuyo que puede deberse a que ninguno de estos componentes de la musculatura somática hace sinapsis con las interneuronas correctas de la sustancia gris de la médula espinal... En última instancia, tal vez esté dañado el tracto corticoespinal...”, en lugar de decir “Tengo mononeuropatías porque he estado tomando muchos medicamentos...”)
sábado, enero 18, 2020
Borracho
Escucho Borracho por primera vez en mi vida y considero una desgracia no haberlo hecho antes y estoy convencido de que es muy probable que Whiskey For The Holy Ghost se convierta en uno de los álbumes que más escucharé de ahora en adelante, pero no quiero distraerme y desviar mi atención hacia otro tema: lo que en verdad quiero hacer ahora es escribir en este blog una entrada que me sirva como guía para dejar un registro de lo que he aprendido sobre “el control espinal del movimiento”.
Desde las últimas semanas de diciembre he estado consultando información al respecto –imparto un curso de Fisiología de la Conducta– y, desde el jueves por la noche, he estado considerando escribir una entrada sobre este tema, o grabar un video y subirlo a mi canal de YouTube, pero no he tenido mucho tiempo libre para hacerlo.
Ayer, por ejemplo, estuve ocupado todo el día (y fue un día representativo de cualquier otro día de trabajo).
Me desperté a las tres de la mañana –no recuerdo dónde leí que a esa hora los infartos al miocardio tienen la mayor incidencia porque la frecuencia de los latidos del corazón y la presión arterial exhiben una tasa de actividad muy baja, y, en mi caso, despertarme a esa hora es tan frecuente que no sé si debería tomarlo como una premonición– y ya no pude volverme a dormir.
Me puse a leer ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y, dos horas después, me levanté de la cama, me bañé, me vestí y desayuné.
Salí de la casa antes de las ocho de la mañana.
Tuve dos juntas desde las ocho y media –una en español y “en persona”, con colegas de UAM Xochimilco, de UAM Lerma y del Instituto de Neurobiología; y otra en inglés y vía Skype, con una investigadora (¿alemana, austriaca, suiza?) que se conectó desde Suiza– en el Edificio P de la universidad.
A las once de la mañana, recogí el comprobante de mi coeficiente de participación de una clase de Neurofarmacología y Adicción que impartí el trimestre pasado y también recogí una constancia de un curso de SAKAI que tomé hace unos meses.
Alrededor de las 11: 40, volví al cubículo con los colegas de Xochimilco y de Juriquilla. Estuve contándoles sobre los rumores que he escuchado en los pasillos de la universidad relacionados con la inminente huelga que estallará el 1 de febrero por la madrugada. Según algunos rumores –esparcidos entre los alumnos por algunos profesores extremistas–, la huelga es un hecho y durará alrededor de cinco meses, porque el Situam quiere “romper el récord” de la huelga del año pasado.
Mis colegas estuvieron preguntándome cómo se vive en Lerma y a mí sólo se me ocurrió contarles las cosas negativas. En una próxima ocasión, intentaré enfocarme en los aspectos positivos de vivir aquí.
Hasta las 13: 45, estuve arreglando algunos detalles con ellos: revisamos en qué condiciones se encuentra una cámara de Interacción Social que emplearemos con ratones C57BL/J6, revisamos cuál es el número de lote de un mimético viral que usaremos para inducir activación inmune materna en ratonas de la misma cepa y al final le pedimos prestado un frasco de pentobarbital a la Jefa de Departamento para unos experimentos que se realizarán la semana próxima.
Entre las 13: 50 y las 13: 55, me quedé solo en el cubículo y me comí un sándwich de pechuga de pavo, a toda prisa. Desde la mañana, ya había estado comiendo semillas y bebiendo té, pero, debido a mi condición médica, si permanezco en ayuno más de dos horas y luego hablo frente a grupo alrededor de dos horas, comienzo a carraspear, a ponerme ansioso y a tener dificultades para hablar y para respirar.
Luego le di un largo sorbo al té de frutas que llevaba en un termo que me regaló mi cuñada en Navidad y le di una rápida vista a la presentación de Power Point que había preparado para mi clase de las dos de la tarde –generalmente, le doy un repaso a las clases, antes de ir al aula, pero los viernes, debido a las juntas y reuniones académicas que tengo, me resulta casi imposible– y a las dos en punto salí al Aula A-5 a dar clase de Procedimientos Estandarizados en Ciencias Biomédicas.
Cuando llegué al aula, los alumnos estaban exhaustos y aburridos –me dijeron que habían tenido horas libres desde las 11: 30 y que habían llegado desde las ocho de la mañana–, y yo mismo estaba exhausto (y aburrido), pero di mi clase hasta las 15: 30, tal y como debía ser*.
Volví al cubículo a trabajar. Quería terminar de una buena vez, al menos uno de los artículos que empecé a escribir. También quería preparar mi clase del próximo martes y dejar lista una presentación para una plática que daré el próximo miércoles en UAM-Iztapalapa, pero estaba rendido y sólo pude leer algunas cosas.
Salí de la universidad a las 18: 30.
En el camino, me encontré a un colega y me dio un aventón en su Audi plateado y me dijo que le interesaba colaborar con mi jefe y me contó su idea y nos despedimos cinco minutos después y nos deseamos buen fin de semana.
En el recorrido usual de vuelta a la casa, me resistí a quedarme dormido, mientras escuchaba algunas canciones de Nirvana que últimamente he soñado que toco en algún homenaje en el que no soy bien recibido.
Llegué a la casa a comer y me la pasé platicando con mi esposa sobre la forma en la que las células rítmicas de las interneuronas espinales que responden a Glutamato se regulan a sí mismas para generar movimientos, y también le hablé sobre mi intención de dejar este tipo de información registrada en algún medio digital.
Luego me puse a leer sobre el siguiente tema del curso y me sentí cansado y me puse a leer un rato a Marcel Proust y después me acosté y me quedé dormido.
He reflexionado sobre esta información en tantas ocasiones y he pensado cómo explicarla tantas veces de distintas formas que puedo hablar del tema ampliamente.
Dentro de unos meses, no dominaré el tema y me sentiré frustrado.
%2019.41.25.png)








