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miércoles, noviembre 18, 2020

18 de noviembre de 1993


Lo más probable es que el 18 de noviembre de 1993 haya sido como cualquier otro jueves de los últimos meses del tercer año de la secundaria: debí de levantarme sin la necesidad de escuchar ninguna alarma, entre las seis y las seis media de la mañana; debí de vislumbrar las cuatro larguísimas horas de tortura del taller de dibujo técnico industrial que me esperaban en la escuela, después del receso; debí de imaginar que antes de esas horas de pesadilla –en verdad detestaba la rutina de ese taller, con todo mi corazón–, al menos tendría la oportunidad de ver, a la distancia, a la altísima chica de cabellera rizada y de brackets que me volvía loco, y también debí de fantasear con un encuentro en el que finalmente me atrevía a hablarle y a decirle cuánto me interesaba...

Lo más probable es que ese jueves 18 de noviembre de 1993, la voz de Héctor Martínez Serrano debió de confundirse varias veces con el sonido del agua caliente de la regadera que caía sobre mi cabeza, mientras iba despertando y asimilando la realidad. 

Lo más probable es que, en algún momento, ese programa de radio, que siempre escuchaba mi mamá por las mañanas, debió de ser interrumpido por la canción del comercial de la Cajeta Coronado que siempre sonaba en la mayoría de las pausas comerciales... y que aun hasta hoy me basta escuchar durante unos segundos para recordar vívidamente esas mañanas.

No estoy seguro, pero quizá, mientras me ponía el uniforme y sentía aversión hacia la secundaria, el comercial debió de hacerme pensar en los convencionalismos, y en particular hacia ese convencionalismo absurdo del uniforme, y debió de hacer que me preguntara si ese convencionalismo, junto con el convencionalismo absurdo de traer el cabello corto –casi estilo militar– y los lustrosos zapatos negros, de algún modo, repercutirían en mi vida adulta y me convertirían en “una persona de bien”.

Ese jueves 18 de noviembre, unos minutos más tarde, aun con la voz de Martínez Serrano y el esporádico jingle de Cajeta Coronado de fondo, debí de desayunar huevos con jamón o con salchichas, o hot cakes, o un sándwich, y un licuado de fresa o de plátano, mientras suspiraba pensando en mi amor platónico de rizos y de brackets, y las canciones de amor de John Secada –que estaban de moda y que también sonaban con frecuencia en otras estaciones de radio– revoloteaban en mi corteza auditiva y hacían que mi corazón latiera como una máquina de vapor precipitándose a toda velocidad a un despeñadero. 

Tras intentar infructuosamente ignorar mi reflejo de estudiante genérico de secundaria en el espejo del baño, mirándome de reojo, debí de cepillarme los dientes, y alrededor de las seis cuarenta y cinco, mi papá, mi hermano y yo debimos de salir de la casa en el Jetta rojo.

En el corto trayecto de la casa hacia la escuela, debí de sentir el nudo en el estómago que siempre sentía –parecía que el licuado de fresa o de plátano se precipitaba hacia mi garganta y que terminaría devolviendo el estómago– y que se intensificaba cuando estaba en la entrada de la escuela y presentía que el prefecto no me dejaría ingresar porque él juzgaría que traía el cabello largo o que mi uniforme y mi aspecto no eran suficientemente impecables. 

(Ese sujeto tenía un juicio muy cuestionable. Bastaba que fingieras ser su amigo, para que te dejara ingresar a la escuela, incluso con tennis negros y cortes de cabello modernos –Vanilla Ice era moderno entonces–, y, ahora, mientras escribo esto a toda prisa para no perder el impulso, recuerdo incluso que él mismo traía una ridícula coleta, y también me pregunto qué tan solo y frustrado se sentía como para estar interesado en la amistad de un montón de adolescentes idiotas.) 

Ese 18 de diciembre, minutos antes de las siete de la mañana, debí formarme en la fila de mi grupo y esperar a que el director de la escuela saliera a escena y nos dijera alguna frase motivacional para alentarnos a ser responsables y a conducirnos con el compromiso que implicaba ser el futuro de México –así como, estúpidamente, varias décadas más tarde, hago yo con mis alumnos de licenciatura, cuando creo que la situación lo amerita–, y yo debí de cerrar los párpados y vislumbrar la salida de la secundaria, y debí de pensar que en el camino de vuelta a la casa me pondría los audífonos y que le daría play al walkman y que escucharía por enésima ocasión Dangerous de Michael Jackson, mientras continuaba sin creer del todo que hacía apenas unas cuantas semanas había asistido a uno de sus conciertos en El Estadio Azteca, y me mentalizaba a pasar toda la tarde realizando alguna tarea sin sentido, sentado frente al televisor de la casa de mis papás, en la sala, junto a mi mamá, procurando enfocarme en aprender, entre los mortecinos resplandores de Rescate 911 y de Misterios Sin Resolver que salpicaban mis cuadernos y libros, y entre las voces de los dobladores de William Shatner y quién sabe de quiénes más. 

La rutina de las últimas semanas de 1993 debió de estar caracterizada también por mis peleas interiores y por mis múltiples estados de ánimo adolescentes, frecuentemente tendiendo hacia el malhumor y hacia el dramatismo, resultado de todas esas emociones que aparecían y desaparecían de un momento a otro. 

Lo que no es probable es que en ese momento en el que el director nos sermoneaba y yo cerraba los párpados para escapar del patio de la escuela, me encontrara feliz y expectante porque sabía que esa noche Nirvana grabaría el MTV Unplugged In New York.

Ni siquiera sabía de la existencia de esa banda. 

De haberlos escuchado, es muy probable que me hubiera sentido tan identificado con su música que la muerte de Kurt Cobain, tan sólo cinco meses más tarde, me hubiera destrozado y que me hubiera dolido como nunca antes nada lo había hecho.

Es probable que hubiera sentido que nadie me comprendía y que hubiera sentido que era el fin del mundo, y es probable que mi dramatismo me hubiera llevado a guardar luto durante varios meses, o incluso a perder el interés por todo... A lo mejor me habría convertido en una persona más resentida de la que soy, o a lo mejor habría sido rebelde y habría dejado la casa de mis papás y me habría empecinado en ser escritor... Quién sabe. Pero sospecho que, de haber conocido a Nirvana a los 12-13 años, no sería la misma persona que soy.

Han transcurrido 27 años de este jueves que trato de evocar, y no puedo dejar de preguntarme cuántas cosas habrían cambiado en mi vida, de haber escuchado a Nirvana y de haber sabido que grabarían en los Estudios Sony de Nueva York este concierto que he escuchado tantas y tantas veces.




viernes, diciembre 13, 2019

13 de Diciembre de 1993


Me gustaría saber exactamente qué hice el 13 de diciembre de 1993, pero lo único que sé con seguridad es que ese mes fueron las últimas vacaciones navideñas que pasé en la secundaria, que un hermano de mi abuela vino desde Estados Unidos a pasar la Navidad con nosotros y que, exactamente dos días después de mi cumpleaños, las selecciones de México y de Alemania jugaron un partido amistoso en El Estadio Azteca que les sirvió como preparación para La Copa del Mundo de 1994.

Quisiera estar seguro de que uno de los últimos días de clases de ese año hubo una kermés en la escuela, que sorprendentemente el director (que se peinaba como Hitler y que usaba un bigote como el de Hitler y que decían que castigaba severamente a los estudiantes revoltosos) permitió que todos los alumnos lleváramos ropa de civil a ese evento (el uniforme escolar era horrible –parecíamos reclusos–, pero la mayoría nos vestimos como niños en ropa de adultos) y que la canción más escuchada durante ese evento fue una de Vanilla Ice (o una de New Kids On The Block), pero lo más probable es que esté mezclando recuerdos de otros años. 



Me gustaría decir que escuchaba a Nirvana desde el primer año de secundaria –mis primeros días en la secundaria coincidieron con el lanzamiento de Nevermind–, que tenía algunas semanas escuchando In Utero –su lanzamiento ocurrió el 24 de septiembre de 1993 y el acceso a la música entonces era mucho más complicado que hoy–, que ya había escuchado All Apologies varias veces por la radio –el lanzamiento de este sencillo ocurrió el 6 de diciembre de 1993, pero yo sólo escuchaba una estación de radio que pasaba música pop en español– y que, obviamente, estaba enterado de que esa noche de lunes Nirvana tocaría en el Pier 48 de Seattle y que desde la mañana de ese día –independientemente de si tuve clases, o no– me la pasé pensando en ese concierto.

Me gustaría decir que sabía que MTV había planeado que Pearl Jam compartiera escenario con Nirvana y que Eddie Vedder se había enfermado y que entonces Kurt Cobain había accedido a que su banda tocara más tiempo del estipulado y que antes de ellos subirían al escenario una banda de rap (o de hip hop) y las Breeders.

También me gustaría decir que sabía que el evento sería grabado por MTV en su totalidad y que esperaba con ansías la Navidad porque MTV lo transmitiría ese día.


Quisiera decir que entonces ya sabía que Kurt Cobain y Dylan Carlson eran amigos y que incluso Cobain lo había citado en la letra de In Bloom y que los dos habían visto a un dealer unas horas antes del concierto a unas cuadras del Pier 48.

Quisiera no mentir cuando escribo que ya sabía que Kurt Cobain le había regalado a su dealer un pase para el backstage mientras se disponía a abandonar el automóvil en el que habían realizado la transacción y que miraba desde la ventanilla del asiento del copiloto a las decenas de admiradores que se dirigían al muelle a escuchar a su banda y que se sentía incómodo y que odiaba su status de estrella de rock.

Sin embargo, ni el mismo Tom Hansen sospechaba que publicaría una novela autobiográfica más o menos diez años más tarde y que en ella escribiría unos cuantos párrafos sobre estos detalles... ni mucho menos sospechaba que su adicción a los opiáceos lo mantendría alrededor de nueve meses en un hospital, a punto de perder una pierna, y que esa experiencia le serviría de inspiración para escribir American Junkie.

Yo nada más era un adolescente que había asistido sólo a un concierto en toda su vida –a uno de los últimos conciertos de Michael Jackson en El Estadio Azteca en los meses previos–, que desde entonces escuchaba exclusivamente casi todos los días Dangerous en un walkman Aiwa de regreso de la secundaria a la casa de sus papás, que no sabía de la existencia de MTV (además, no teníamos televisión por cable) y que iba a cumplir trece años en una semana. 


La única verdad es que hasta 1995 –más o menos en los meses previos al primer año de la muerte de Kurt Cobain– escuché algunas canciones del concierto Live & Loud de Nirvana del 13 de diciembre de 1993 y que fue grabado por MTV.

Un compañero de la preparatoria me prestó un cassette que había comprado en El Chopo y que traía algunas canciones del Live & Loud y del Unplugged In New York. 

Ya había escuchado el Unplugged, así que sólo me enfocaba en el lado B de ese cassette.
Incluía algunas canciones que ya conocía –para entonces, además del Unplugged, ya tenía Nevermind e In Utero– y lo escuchaba todos los días. 

Si no recuerdo mal, la primera canción de ese cassette era Drain You y le seguían Breed, Serve The Servants –era diferente a la versión de estudio porque Cobain cambiaba "father" por "sister" en el verso, y lo recuerdo bien porque esa parte del cassette de mi compañero tenía un silencio de unos cuantos segundos después de ese verso–, Rape Me, Heart-shaped Box, Scentless Apprentice, Lithium y The End Of The Show, que era una improvisación de ruido después de una versión poco afortunada de Endless, Nameless y que culminaba con feedback de la Stratocaster de Cobain confundiéndose con los gritos del público y con él mismo agradeciéndole y deseándole buenas noches al público. 



Cuando se cumplió un año de la muerte de Kurt Cobain, ya había televisión por cable en la casa de mis papás y MTV iba a pasar un especial de Nirvana –¡de todo el tiempo que habíamos tenido MTV, jamás lo habían transmitido!– y, obviamente, quería verlo.

Por desgracia, la fecha de su aniversario luctuoso coincidió con las vacaciones de Semana Santa y mis papás tenían otros planes: se  habían puesto de acuerdo con unos amigos suyos para salir a algún lugar a nadar, precisamente el día que MTV transmitiría ese programa. 

No pude convencer a mis papás de que me dejaran quedarme en la casa, ni los logré convencer de lo importante que desde entonces ya eran Nirvana y Kurt Cobain para mí. 

Recuerdo haber estado molesto y frustrado, sentado en el asiento trasero del automóvil de mi papá, escuchando el lado B de ese cassette en el walkman Aiwa e imaginando cómo habría sido ese programa especial de Nirvana y cómo habría sido ese concierto Live & Loud. 



Finalmente pude ver ese especial de MTV hasta el tercer semestre de la licenciatura –¡exactamente en abril de 1999!–, porque un compañero lo tenía en VHS y me lo prestó. 

Apenas en septiembre del 2013 –¡cuando se cumplieron veinte años del lanzamiento de In Utero!– salieron a la venta el DVD y una edición especial del álbum con un disco compacto que tienen el concierto completo. 

Obviamente, tengo los dos (curiosamente, el DVD lo he visto pocas veces). 

Hoy este concierto cumple veintiséis años y, mientras escucho The End Of The Show, me pregunto en quién me habría convertido de haber conocido a Nirvana desde la secundaria... o de haberme quedado ese sábado de abril de 1995 en la casa de mis papás y de haber podido ver el especial de MTV y el Live & Loud por televisión. 



Live And Loud

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Miércoles 22 de diciembre de 1993.
Estadio Azteca.
Alineación: Jorge Campos, Jorge Rodríguez, Juan de Dios Ramírez Perales, Ignacio Ambriz, Ramón Ramírez (Guadalupe Castañeda, 79'), Marcelino Bernal, Alberto García-Aspe (Benjamín Galindo, 46'), Joaquín del Olmo, David Patiño (Miguel Herrera, 46'), Luis Roberto Alves, Luis García.

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jueves, octubre 31, 2019

Jueves 31 de Octubre de 1991


Mientras voy en un taxi, de vuelta del consultorio dental a la casa, sin dos molares que estuvieron molestándome toda la semana, con la mitad de la cavidad bucal bajo el efecto de múltiples inyecciones de lidocaína, y sintiéndome paranoico (no puedo ignorar las dificultades que tengo para tragar saliva y creo que empezaré a ponerme ansioso y que me sofocaré) y al mismo tiempo sintiéndome un boxeador que acaba de recibir un poderoso puñetazo en la mandíbula que lo ha dejado medio noqueado y dolorido, intento recordar cuándo escuché por primera vez alguna canción del concierto de Nirvana de la noche de Halloween de 1991. 

Desde la mañana estuve pensando tanto en este concierto que incluso en
 mi clase, mientras les hablaba a mis alumnos sobre la farmacodinamia de las benzodiacepinas, tomé como ejemplo el caso de Kurt Cobain, cuando supuestamente había intentado suicidarse mezclando Rohypnol –el Valium mexicano– con champaña, unos meses antes de su muerte, y su esposa lo halló en estado comatoso en la habitación de un hotel de Roma, después del último concierto en la carrera de Nirvana. 

Espero que al menos haya quedado claro que ambos compuestos activan al sistema gabaérgico.

(Luego me desvié un poco del tema y les hablé del aniversario del concierto y los invité a que lo escucharan por su cuenta, si no conocían a Nirvana; para mi sorpresa, algunos de mis alumnos no saben quién es Kurt Cobain.)


El taxi circula a través de la Avenida Tollocan y yo me siento tan incómodo que lamento no haber acudido con frecuencia al dentista –¡hacía más de veinte años que no acudía al dentista!– y también lamento que no me hubieran extraído las muelas del juicio mucho antes de que se volvieran un problema y de que deterioraran los molares adyacentes.

Quiero ignorar el dolor y la hinchazón y me concentro en calcular el tiempo que ha transcurrido desde ese jueves 31 de octubre de 1991 y caigo en la cuenta de que han pasado veintiocho años –¡un año más que la edad que tenía Cobain cuando fue hallado muerto en el invernadero de su mansión en Lake Washington!–, y me cuesta trabajo creerlo.  

(¡Ha pasado tanto tiempo ya, que podría haber nacido, que podría haber llegado a la fama y que podría haber muerto otro Kurt Cobain...!)

Me parece que no ha pasado tanto tiempo desde que vi About A Girl por primera vez en televisión. Me parece que apenas ayer iba a entrar a la preparatoria y que casi toda la mañana veía un canal en el que pasaban videos musicales. Me parece que apenas ayer no tenía problemas de salud ni crisis existenciales. 



Me sabía la programación de ese canal de memoria y este video de Nirvana, tocando en vivo en el Paramount Theatre, lo transmitían después de un video de Phil Collins o de uno de The Damn Yankees. 

Estaba obsesionado con el video y con la canción y quería saber de qué hablaba la canción y quería aprender a tocarla en la guitarra y quería tener una Stratocaster negra como la que tocaba Kurt Cobain (con el paso del tiempo, me di cuenta de que en esa canción en particular, él tocaba una Fernandes que destruyó al final del concierto, idéntica a la Stratocaster), y quería saber de dónde había salido esa banda y dónde podía conseguir ese video y dónde podía escuchar la canción que la banda tocaba en ese video. 

Antes de que acabara de cursar el primer año de prepa, ya había escuchado Nevermind –alguien en mi clase tenía todo tipo de música en su casa y una vez me grabó el CD en un cassette–, ya había escuchado el MTV Unplugged In New York –la versión acústica de About A Girl es la primera canción de ese álbum– y ya había escuchado Bleach –la versión original de About A Girl es la tercera canción de ese álbum–, pero pasó más de un año para que tuviera en mis manos una copia del VHS de Live! Tonight! Sold Out!! 



Hasta que compré el VHS y lo vi, supe que “About A Girl” era el video promocional de ese VHS. También supe que el video que pasaban por televisión estaba editado y que incluía al final de la canción una parte de “Endless, Nameless”, que era "la canción secreta" que aparecía diez minutos después de “Something In The Way” (la última pista “oficial” de Nevermind) y que era la canción con la que Nirvana acababa sus conciertos de la gira de Nevermind. 

Luego supe que ese VHS había sido concebido principalmente por Kurt Cobain y que había salido a la venta en noviembre de 1994, unos meses después su muerte, unos días después de que saliera a la venta el MTV Unplugged In New York y unos meses después de que yo descubriera ese video por televisión.

Supuestamente, Kurt Cobain quería que el MTV Unplugged In New York formara parte de un álbum doble –un disco acústico y otro disco eléctrico– que capturara la energía de la banda tocando en vivo. 

Se supone que él también quería documentar visualmente la breve trayectoria de la banda, desde sus inicios, cuando tocaban en bares de mala muerte para una decena de personas, hasta que salieron de gira por Europa con Sonic Youth en 1991 y el inesperado éxito de Nevermind los llevó a encabezar el Reading Festival y el Festival Roskilde en 1992 y a dar conciertos en Australia, en Japón y en Argentina.


En ese concierto de Halloween, en el que también tocaron Mudhoney y Bikini Kill*, Nevermind tenía casi un mes de haber salido a la venta. 

Antes del lanzamiento del álbum, ya se habían filtrado entre algunas disqueras y seguidores de la banda, dos o tres demos en los que Butch Vig trabajaría más tarde, así que Geffen –la disquera con la que Nirvana había firmado un contrato después de dar por concluida su relación laboral con SubPop– tenía altas expectativas de Nevermind y había invertido mucho dinero en la filmación y en la producción de este concierto para promocionar el álbum.

En menos de un año, Nevermind vendería millones de copias en todo el mundo, su éxito sería tal que incluso le quitaría el número uno de la lista Billboard al Rey del Pop y Geffen dejaría en el olvido este concierto y algunas canciones del concierto aparecerían en el VHS y otras terminarían en los sencillos de Come As You Are y de Lithium. 



Desde 1995, en foros de internet –por ejemplo, Live Nirvana y NFC–, se han reseñado bootlegs con versiones incompletas de este concierto –algunas con sonido de consola y otras con sonido amateur– que tenían nombres como Into The Black, Trick or Treat y Happy Halloween, 
que circulaban a través de disqueras rusas e italianas de dudosa procedencia y que costaban mucho dinero en el Tianguis de El Chopo. 

Apenas alrededor del 2009 –tras años y años de búsqueda–, encontré dos versiones no oficiales del concierto del Paramount Theatre, en algún portal de internet.

Desde 1995 habían estado circulando rumores acerca de un lanzamiento oficial del Trick or Treat, pero hasta el 2011, como parte del vigésimo aniversario de Nevermind, salieron a la venta, oficialmente, el DVD y el Blu-ray de Live At The Paramount.

Hoy es un buen día para escucharlo. 


I'll Take Advantage While You Hang Me Out To Dry

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Supuestamente “Drain You” y “Lounge Act” están inspiradas en el romance frustrado de Cobain con Tobi Vail –la cantante y guitarrista de Bikini Kill–, y supuestamente ella le dijo en alguna fiesta a Cobain que olía a Teen Spirit y Cobain no entendió que se refería al desodorante y así se le ocurrió el título de “Smells like teen spirit”.

sábado, enero 26, 2013

¿En serio es tan difícil tocar en una banda?

Tenía alrededor de 13 años y acababa de entrar a la preparatoria, cuando escuché Nevermind por primera vez. Cuando descubrí que Cobain tenía un par de meses muerto, me sentí decepcionado. Yo, que hasta entonces sólo había asistido a un concierto de Michael Jackson en El Estadio Azteca y que tenía alrededor de medio año escuchando a Guns N' Roses, me sentí frustrado por haber descubierto a Nirvana tan tarde. Estaba en plena pubertad, así que fue algo muy dramático darme cuenta que jamás podría escucharlos en vivo.


Escuché diariamente ese álbum durante meses, memoricé las letras de las canciones, y más tarde vi algunos videos de Nirvana. En el video de Smells Like Teen Spirit, Cobain tocaba una guitarra Fender Mustang y en el video promocional de Live! Tonight! Sold Out!! tocaba About A Girl con una Fernandes tipo Stratocaster. Ambos videos me impresionaron por muchas razones, pero como soy zurdo lo que más me impresionó fue que Cobain tocara la guitarra con la mano izquierda.



Yo no sabía que en realidad él era diestro y que sólo tocaba la guitarra como zurdo, así que estaba tan impresionado por su música, por  las letras de sus canciones, por la potencia de su voz y, principalmente, por el hecho de que tocara como zurdo, que quise formar mi propia banda.  

En un par de años aprendí a tocar varias canciones de Nirvana en una guitarra acústica. Era una enorme y pesada guitarra de tianguis, a la que sólo tuve que cambiarle las cuerdas -la 1a en el lugar de la 6a, la 5a en el lugar de la 2a, y así, sucesivamente- para tocarla como zurdo. 

Luego quise experimentar con el sonido de la guitarra eléctrica. Al principio estaba convencido de que encontraría fácilmente una Stratocaster negra como la que usaba Cobain en la gira de Nevermind, pero la realidad fue que nunca vi una sola guitarra zurda en las tiendas de música que visité. 


Mi primera guitarra eléctrica fue una Yamaha de color rojo, para diestros. Aún recuerdo el aroma de las cuerdas -como a naftalina- y lo ligera que se sentía esa Yamaha -el tamaño del brazo era sorprendentemente pequeño- en comparación con la guitarra acústica. También le cambié las cuerdas para poder tocarla como zurdo, pero era casi imposible usar el tahalí para tocar de pie. 


Antes de que se me ocurriera adaptar esa guitarra eléctrica Yamaha como lo hacía Jimi Hendrix con las Stratocaster -poniéndole un clavo para correa donde era necesario-, consideré la posibilidad de aprender a tocar la guitarra como diestro, pero nunca pude. Ni siquiera podía coordinar los dedos de la mano izquierda en las cuerdas 5a y 6a para tocar el principio de Come As You Are. Era una cosa frustrante, y además me dolía la cabeza después de practicar un rato.  


Durante muchos años me sentí frustrado con esa guitarra Yamaha, y me limité a tocar la enorme y pesada guitarra de tianguis. Sin embargo, en el último año de preparatoria conocí a un tipo al que también le gustaba Nirvana. 

Él tocaba la batería y el bajo, y tenía una banda con uno de sus primos y otro compañero de la escuela. Me enseñó a tocar el bajo de Love Buzz, de Sliver y de Aneurysm, y pronto nos hicimos más o menos amigos. 

Después, él me pasó algunos cassettes con demos de su banda. La verdad no le presté mucha atención a los demos, porque su banda también tocaba Hotel California y canciones de esa clase. Una vez fui a su casa a un ensayo y acordamos que yo entraría en la banda, pero como él quería que yo cantara -y además alguien que lo conocía mucho más que yo, me advirtió que él podía robarme la guitarra-, jamás regresé. 


Dejó de interesarme tocar en una banda varios años porque me dediqué más a leer y a escribir y además porque mi hermano tocaba la batería en Nos Llamamos. 
Ellos ensayaban casi a diario en la casa, junto a mi recámara. En cierta forma, escucharlos tocar en vivo y componer sus canciones satisfizo mi deseo de estar en una banda. No me había puesto a pensar que yo escuché su disco mucho antes de que saliera a la venta.


Hasta que gané mi propio dinero y dejé la casa de mis papás pude comprarme mi primera guitarra para zurdos. Era una imitación de una Stratocaster, pero para mí era mucho mejor que la Yamaha, sólo porque podía colgármela fácilmente con el tahalí. Luego compré una Epiphone SG para zurdos, de mucho mejor calidad que la imitación de Stratocaster, y después compré una Squier Stratocaster zurda y poco a poco fui adquiriendo pedales, micrófonos y amplificadores. 


Cuando aprendí a tocar canciones de otros grupos que también me gustaban, comencé a componer mis propias canciones y le sugerí a mi hermano que formáramos una banda, pero nunca funcionó. Supongo que teníamos -o tenemos- intereses distintos. 

Luego quise formar una banda con otras personas. Les compartí algunos demos de algunas de mis canciones -las que menos me gustaban, porque las que sí me gustan son muy personales- y no pasó de allí. 


Nunca he podido tocar en una banda formalmente. Cuando he querido, las personas involucradas se han mostrado interesadas al principio. Después, simplemente han dejado que pase el tiempo. Obviamente, no me pondría a llorar si me dijeran que les parezco un pésimo guitarrista o que mis canciones son horribles, o que no tienen suficiente tiempo. 

Supongo que seré solista.

sábado, agosto 27, 2011

Nunca me ha gustado bailar, pero una vez fui chambelán



Desde niño, supe que no me gustaba bailar. Veía los videos de Michael Jackson y me impresionaba su manera de bailar, pero desde un principio supe que esa actividad no era para mí. Odiaba participar en los bailables de la primaria, pero no tenía otra opción. Aunque resultaba evidente que no tenía talento para el baile, cada vez que había algún festival en la escuela, mis maestras insistían en hacerme participar. Lo único que me emocionaba del asunto era que me pusieran de pareja con alguna de las niñas que me gustaba, pero nunca tuve suerte.


Cuando cumplí 14 años, sólo escuchaba garage punk y trataba de tocar la guitarra. Todavía salía algunas veces a pasear con mis papás, y no hacía nada extraordinario. Tampoco traía el cabello demasiado largo, ni me la pasaba comportándome como un rebelde, pero era obvio que seguía odiando bailar. Jamás bailaba con nadie en las fiestas familiares ni salía con nadie a bailar por las noches a ningún sitio. Sin embargo, tenía una prima de la misma edad que yo y que era todo lo opuesto a mí. Ella estaba enloquecida por la idea de tener una fiesta de XV años.


Mi mamá me pidió que fuera el chambelán de mi prima y se sorprendió porque me rehusé a hacerlo. No sólo odiaba bailar, sino que una fiesta de XV años me parecía de lo más patético. A pesar de todo, una tarde aparecieron en la casa mi abuelo, mi prima y otros muchachos, listos para comenzar a ensayar el vals. Le pregunté a mi mamá qué diablos estaba ocurriendo y por qué me obligaba a hacer algo que no quería hacer, pero subestimó mi opinión. Mi abuelo incluso me pidió que me cortara el cabello.

Fueron unas semanas tediosas y largas que detesté por completo. Todos llegaban a la casa a ensayar a la misma hora y yo sólo me ponía de mal humor, a hacer algo que no quería hacer y a tratar de entender por qué mi mamá no había respetado mi decisión de no ser chambelán. Lo más ridículo de todo era que con frecuencia me llamaban la atención porque no podía bailar bien.


Finalmente llegó el día más esperado para la quinceañera. Ella se veía radiante, como si toda su vida hubiera esperado ese momento. Yo tuve que peinarme, ponerme un smoking y unos horribles zapatos de señor. Me sentía un farsante. ¿Cómo alguien que escuchaba garage punk y que toda su vida había aborrecido bailar, podía terminar siendo un chambelán, en algo de lo más convencional?

Quería ponerme una máscara para que nadie me reconociera. Cerré los párpados, suspiré profundamente, y el espectáculo comenzó.


Cuando la pesadilla parecía haber terminado, los invitados pidieron que volviéramos a bailar. Cerré los párpados otra vez y repetí la rutina por segunda ocasión.

Para empeorar la situación, había varios fotógrafos, e incluso alguien que filmaba cada detalle del vals, así que todo ese espectáculo quedaría registrado. Por fortuna, mi prima tuvo un instante de lucidez al cumplir la mayoría de edad, el asunto le pareció de lo más patético, y destruyó todo vestigio de su fiesta de XV años.

Hasta la fecha, sigo sin entender por qué me obligaron a ser un chambelán.
Ya no soy un adolescente y sin embargo sigo sin tener ganas de bailar.