El conductor del Uber trae la radio encendida. Estoy molido. Van a dar las ocho de la noche. Vengo en piloto automático. Traigo mojada la cabeza, los calcetines y la parte baja de los pantalones. Luego de impartir mis 6 horas de clase de cada jueves, tuve que caminar bajo la lluvia. Además, no alcancé lugar en el Tren Insurgente, así que estuve de pie todo el recorrido desde Santa Fe hasta Metepec. Ni siquiera pude escuchar música en el trayecto: tenía que pedir el Uber y comunicarme con Lizzie, y la batería del teléfono ya casi se agota y olvidé el cargador en la casa.
También traigo la mente llena de pensamientos pesimistas. El martes fui al IXV. El recorrido desde aquí me toma poco más de 2 horas. El Instituto está al otro lado, del otro lado de la ciudad. No me considero Frodo ni Sam, pero cada vez que voy, para mí es como ir a Mordor. Más o menos desde mayo trabajo como scientific writer allá. Pero nunca me he sentido cómodo con el trabajo, no me gusta nada cómo me tratan. Puedo tolerar que suelan pedirme trámites de una hora a otra y que la gente de la administración se dirija a mí como si fuera recién egresado de la licenciatura (no tiene nada de malo, pero yo no acabo de terminar la licenciatura y no estoy descubriendo quién soy), pero lo que no tolero es la forma de ser de mi jefa, ella no sabe pedir las cosas (sus indicaciones suelen ser confusas y ambiguas) y no tiene tacto para pedir las cosas.
Algunas veces ha insinuado que la dejé colgada con el trabajo. Otras veces, me ha asignado cargas irreales de trabajo. Y cuando le he dicho que no puedo entregar de un día para otro, lo que espera que le entregue de un día a otro (no soy recién egresado de la licenciatura, no tengo todo el tiempo del mundo, ni la paciencia ni la devoción de un recién egresado de licenciatura, tengo que generar ingresos en el mundo real, y por eso tengo que hacer 20 cosas todos los días), me ha contestado cosas horribles –que si mi trabajo fuera fácil, lo estaría haciendo su secretaria; que no le sirve de nada que le muestre “pantallazos” del estado de arte de un proyecto que se le ocurrió asignarme– y luego me ha enviado uno que otro mail demandando que la llame “inmediatamente” por teléfono.
Aggh. Según me experiencia, esta clase de jefe es el más común en la academia, parece ser el prototipo de jefe académico. Cuatro de los seis jefes que he tenido, son así.
En fin. Mi jefa también me culpa por no haber terminado de escribir un paper de investigación original que me asignó apenas en mayo. De ese paper, le entregué avances en julio –un arduo trabajo que terminé en mes y medio y que incluyó la introducción, los resultados y la discusión, todo escrito en inglés para revista Q1 y a pesar de que jamás tuve acceso a todos los datos ni al cuestionario que es el eje de la investigación de ese paper–, y luego me asignó otro proyecto de un tema totalmente distinto y que implicó consultar casi 30 papers en un fin de semana. Cuando le entregué este otro proyecto, en agosto, ella simplemente dejó de contestarme correos. Di por hecho que ni ella ni yo estábamos satisfechos con el trabajo, y di por hecho que ese trabajo ya era historia, pero apenas el lunes me convocó a una reunión. Y básicamente en la reunión me dijo que “me da otra oportunidad”, que espera que escriba 3 revisiones sistemáticas. ¡Tengo 3 semanas para escribir cada revisión sistemática! Sigue asignándome una carga de trabajo irreal.
No tengo el trabajo más apropiado para mi trayectoria –no tengo el trabajo que merezco–, pero, irónicamente, no obtuve este trabajo porque sí. Soy un SNII2 desde enero del 2025, hace 10 años estaba terminando el doctorado y ¡nunca he tenido un contrato de base! y este año ya tengo publicados dos papers en revistas internacionales evaluadas por pares. Publico mucho y publico porque yo escribo los papers, sin que nadie me esté apresurando y exigiendo que los escriba. En la mayoría de los papers, hago el trabajo de Autor Corresponsal. Y porque así es la academia, en la mayoría de ellos no aparezco en esa posición. Según mi experiencia, simplemente no puedes escribir una revisión sistemática en 3 semanas.
En la reunión del martes –la convoco de un día para otro–, mi jefa dejó claro que (obviamente), como desde mayo no he publicado nada, no tiene cómo justificar al IXV que estoy en el SNII. Entonces no hará el trámite que le corresponde para que el Instituto valide mi adscripción y yo pueda recibir el estímulo económico del SNII.
El sueldo que recibo por este trabajo de scientific writer tampoco es espectacular. El estímulo del SNII lo haría competitivo. Este trabajo explotador es un dilema. Pero necesito el dinero. Tengo que generar ingresos en el mundo real. Si la SECIHTI no hubiera cambiado el reglamento del SNII, yo seguiría recibiendo lo que me corresponde, pero ese es otro tema. A veces sí tengo la impresión de que, como dicen los detractores de la 4T, el país se está cayendo a pedazos.
El punto es que hacía tiempo que no me sentía tan exhausto, estoy como en piloto automático. Terminé mi tercera clase del día a las seis de la tarde (hemos tenido 10 semanas de clases y hemos hecho muchas cosas teóricas y prácticas, pero hoy vimos Naranja Mecánica para hacer un análisis sobre el condicionamiento clásico y la modificación de la conducta) y cuando salí del aula audiovisual caía una tormenta y entonces tuve que esperar una hora más en la universidad. La tormenta amainó, pero nunca paró de llover.
A las 7 PM me resigné y caminé bajo la lluvia pertinaz desde la IBERO hasta el Tren Insurgente. El camino es como subir un cerro, ir en contra de la gravedad, realizando un esfuerzo mecánico en contra de ella, pero cuando llueve además hay que esquivar cascadas de desagüe que inundan algunas partes de la banqueta. La otra opción era tomar un RTP afuera de la universidad, pero el tráfico iba vuelta de rueda. Probablemente habría tardado 45 minutos en llegar al Insurgente. A pie, el recorrido me toma 5 ó 10 minutos. Sin tráfico, ese recorrido en auto no toma más de 3 minutos.
En la radio, suena “Llueve sobre la ciudad” y hacía años que no la escuchaba. Como estoy en piloto automático, me remonta a principios de los años dos mil –cuando estaba en el limbo, cuando era recién egresado de la licenciatura, cuando me entregué “en cuerpo y alma” al mundial de futbol del 2006 para no pensar en mi vida, cuando ya había tenido un paso fugaz como Profesor de Asignatura por la IBERO, cuando aún no conocía a Lizzie, cuando Vilma ya era historia, cuando me gustaba la bajista de Candy, cuando ni siquiera me había pasado por la cabeza ingresar al doctorado, cuando salía con mis hermanos y con sus amigos a escuchar a bandas indie en bares y en cantinas del DF, cuando no tenía más que un paper publicado como coautor en una revista de Análisis Experimental de la Conducta, cuando escuchaba la radio todos los días–, y le presto atención a la letra.
Tal vez porque estoy en piloto automático, conecto con ella, me hace pensar, en cierta forma, que habla de mi vida. Gemini AI dice que la canción de los Bunkers “aborda el dolor profundo de una separación amorosa, la soledad y la crisis existencial”, y, en fin, sólo quiero llegar a casa, quitarme esta ropa mojada, tomarme un Jack Daniel's, leer unas cuantas páginas de alguna novela de Welsh y tumbarme en la cama.

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