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martes, julio 13, 2021

El Salvaje | Guillermo Arriaga (2016)


Tal vez se deba a que desconfío de las recomendaciones de libros –especialmente, cuando el autor está “en boca de todos” y me lo recomienda un lector que, a juzgar por el contenido de sus publicaciones en redes sociales, no necesariamente es muy selectivo– o tal vez se deba a que soy mamón, pero leí esta novela de 693 párginas porque varias personas me recomendaron al autor, y no me gustó. 

Aunque la narrativa es rica en recursos literarios –desde los apartados en los que aparecen algunas definiciones etimológicas de tres o cuatro conceptos relevantes para la trama, hasta breviarios culturales del mundo griego de la antigüedad, tales como la acusación de Melito contra Sócrates y el contexto de la teoría de los humores de Hipócrates, o el misticismo que rodea a las muertes infantiles en ciertas tribus africanas–, no necesariamente apruebo todos los recursos empleados en El Salvaje. Algunos de ellos, me parece, están de más. (Aunque sí creo que un escritor debe escribir sobre los temas que sabe, no creo que eso signifique que una sola novela sea el espacio propicio para hacer alarde de todo lo que sabe el escritor: debe haber un equilibrio entre recursos prescindibles, recursos necesarios y contenido esencial). 

La trama, por otra parte, engancha rápidamente al lector –basta con haber leído un par de capítulos para “querer más” y descubrir cómo se solucionará tal o cual encrucijada planteada magistralmente por el autor– y tiene un desarrollo bien elaborado, tanto cronológica como estructuralmente; sin embargo, a mi parecer, también posee ciertas lagunas y salidas fáciles.

A pesar de que Juan Guillermo –el protagonista– no cumple la mayoría de edad y de que vive en un barrio marginal (esto podría ser secundario, pero el detalle con el que Arriaga hace hincapié en este tema, deja claro que su intención es ponerlo en primer plano) y pierde de manera trágica a su familia y queda desamparado –prácticamente, en la orfandad–, y a que estas circunstancias podrían llevarlo a tener una vida ominosa –como ocurre con la mayoría de la gente que atraviesa circunstancias remotamente similares–, al final, no sólo es resiliente, sino que es capaz de debatir de tú a tú con los abogados más prestigiosos del país (habiendo decidido dejar los estudios, antes de ingresar a la preparatoria), e incluso es capaz de domar a un lobo –¡no es una metáfora!–, y, por si fuera poco, se vuelve millonario en un par de capítulos y ya no tiene por qué preocuparse por nada, por el resto de su vida. (¿Acaso el dinero es suficiente, para que todos los problemas desaparezcan...?)

Más allá de que la trama está estupendamente bien contada –transcurre en algún punto de la década de 1960, con Hendrix y The Doors como la música de fondo de persecuciones entre policías, fanáticos religiosos y narcotraficantes en las azoteas de casas de peligrosas colonias de Iztapalapa, cuyos habitantes igual pueden realizar turbios negocios con chinchillas y con drogas ilícitas, que visitar cementerios de autos en ciudades perdidas, o hacerle la vida imposible a las autoridades de mente cerrada de escuelas privadas de la alta sociedad... o recorrer durante semanas las interminables autopistas congeladas en los inhóspitos confines del Yukón–, no entiendo cuál es la necesidad del autor por encontrarle una salida fácil a la pobreza y a las tragedias. 

Tal vez esté siendo muy exigente, pero así es como lo veo: Juan Guillermo vive en un barrio marginal y se quedó sin familia; no estudia ni trabaja; su familia no es millonaria; las tragedias lo han dejado desamparado, económica y emocionalmente; sin embargo, sin perder la actitud rebelde de un joven que creció en un país gobernado por Díaz Ordaz, es uno de los dos o tres adolescentes más cultos de la Ciudad de México. A lo mejor todo esto es posible, si creemos que la pobreza es sólo un problema que está en nuestras mentes y que podemos dejar atrás, si nos lo proponemos, si somos suficientemente resilientes o si contamos con un poco de suerte. A lo mejor, el autor así ve la pobreza –“por encima”, “en el papel”– porque nunca la ha padecido, y porque ha vivido en un círculo social al que llegan historias sórdidas. Quién sabe. Esta “aproximación a la pobreza” me desconcierta un poco, pues los guiones que ha escrito son contundentes justamente porque no tienen salidas fáciles ni finales de Walt Disney –príncipes azules y princesas rosas. Tal vez Arriaga se aburrió de escribir historias sórdidas. Tal vez Juan Guillermo es su álter ego.


***

Guillermo Arriaga nació en la Ciudad de México (1958), estudió la licenciatura en psicología y una maestría en la Universidad Iberoamericana; es escritor, y director (The Burning Plain, 2008) y productor de cine. Dentro de su obra literaria se encuentran las novelas Escuadrón Guillotina (1991), Un dulce olor a muerte (1994) y Salvar el fuego (2020); y los guiones de las películas Amores Perros (2000), 21 Gramos (2003) y Babel (2006). 

domingo, mayo 09, 2021

Ángeles Derrotados de Denis Johnson


En esta novela –no apta para lectores que buscan historias amables con protagonistas que luchan por su amor y que, tras vencer las adversidades, son felices para siempre–, Denis Johnson nos muestra una faceta oscura del “sueño americano”: esa vida que les toca vivir a cientos de ciudadanos estadunidenses que nacen en la pobreza y que no tienen grandes opciones para salir de la pobreza.

En largos trayectos por las autopistas de Estados Unidos, en moteles baratos en los que se hospedan traficantes de drogas, en terminales de autobuses atestadas de seres perversos y abusivos, en bares de Chicago donde lo único que importa es conseguir dinero para emborracharse hasta olvidarlo todo y en suburbios de Phoenix en los que parece que ni siquiera los domingos nadie tiene la conciencia tranquila, Jamie y Bill se enredan en una relación co-dependiente y destructiva. 

Ella, necesitada de afecto y de protección, se deja arrastrar por la vorágine del alcoholismo de Bill; Bill, convencido de que su existencia no tiene sentido, se deja arrastrar por sus propios demonios. 

domingo, mayo 02, 2021

Páradais | Fernanda Melchor (2021)

 


Dos adolescentes, de distintos estratos sociales y con diferentes problemas en la vida, se conocen en un lujoso fraccionamiento; adquieren la costumbre de emborracharse, cada vez que sus ocupaciones, diametralmente opuestas, se los permiten. 

Bajo los efectos del alcohol, uno de ellos le confiesa al otro un macabro plan para satisfacer sus fantasías sexuales con una inquilina del fraccionamiento, mientras el otro sólo quiere evadir su realidad y abrirse paso en una vida de crímenes. 

domingo, julio 26, 2020

Hasta la muerte | Amos Oz (2009)



Este libro fue el primero que compré en Toluca –creo que teníamos como un mes de habernos mudado a vivir a Lerma–, pero terminé de leerlo hace apenas un mes. 

Nunca había leído a Amos Oz. (Puede parecer algo morboso, pero me interesé en su obra cuando me enteré de su muerte.)
  
Ya que tengo malas experiencias con otros autores que he leído por primera vez –sus libros oscilan entre las 500 y las mil páginas–, ya que me enteré de la muerte de Amos Oz en twitter, ya que en twitter también me he enterado de otras muertes de otros escritores, ya que otros escritores en twitter me han recomendado ampliamente a otros autores que han muerto y ya que he acabado decepcionado y aburrido después de haber leído tres párrafos de las obras de los autores que me han recomendado ampliamente en twitter, para empezar con la obra de Oz, escogí esta pequeña novela. 

Según algunos críticos, Hasta la muerte, incluye dos de las mejores novelas cortas de Amos Oz. Las dos novelas son muy distintas, aun cuando, paradójicamente, versan sobre el mismo tema: el temor a la muerte.

Comencé a leer la primera novela de este libro casi al mismo tiempo que estalló la huelga del Situam, en febrero del 2019. 

Puesto que la huelga duró cuatro meses y estalló apenas unas semanas después de que comenzó el trimestre, prácticamente cuando tenía unas semanas de haber ingresado a trabajar y de haber recibido mi primera quincena de sueldo (ni siquiera había conocido a todos los integrantes del departamento), me costó mucho trabajo seguir la trama de la novela y dejar de pensar en la incertidumbre de la huelga y en mis potenciales problemas económicos.   

Apenas pude leer un par de páginas, antes de abandonar la lectura por tiempo indefinido. 


En algún momento, cuando la huelga ya había concluido, intenté retomar la lectura de Hasta la muerte; sin embargo, cada vez que lo hacía, las primeras páginas de la novela me remontaban a mi estado mental de la huelga y ese estado mental me llevaba a abandonar la lectura una vez más. 


El año pasado, comencé a leer tres o cuatro novelas simultáneamente –descubrí que me resulta más fácil concluir una lectura si puedo intercambiar entre libros, cuando alguno de ellos empieza a aburrirme– y retomé la lectura de Hasta la muerte cuando comenzó la cuarentena. 


Entonces también leía A la sombra de las muchachas en flor, Bailando en la oscuridad y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?


En la primera novela de este libro de Amos Oz, Amor tardío, el protagonista se llama Shraga Unger y es un anciano que trabaja como diplomático del gobierno israelí. Aparentemente, su trabajo lo ha llevado a lugares recónditos de Israel, a hablar del antisemitismo ruso.


En el transcurso de la novela, Unger presiente su muerte y atestigua la muerte de todas las tradiciones judías de las que ha hablado frente a multitudes de todo tipo, durante toda su vida.


La segunda novela, Hasta la muerte, ocurre en Europa, en algún punto cercano al nacimiento de Jesús de Nazaret. 


El protagonista es Guillaume de Toulon, un sujeto de la nobleza europea que ha perdido a su esposa debido a una extraña enfermedad y que ha decidido peregrinar con sus súbditos y con sus esclavos en busca de “La Tierra prometida”.


En su trayecto, saquea todos los poblados por los que pasan y él humilla a todos los judíos con los que se encuentra, hasta que contrae una misteriosa “enfermedad del espíritu” que lo lleva a descubrir el verdadero mensaje de Dios: para bien o para mal, todos somos iguales. 


_________________


Me gustaron la prosa y la narrativa de Amos Oz.


Ésta es una de esas novelas de cabecera a las que siempre puedes recurrir y a las que siempre les encontrarás algo novedoso.

lunes, junio 08, 2020

8 de Junio, 1990

Según mis redes sociales, hoy se cumplen 30 años de la inauguración de Italia 1990. 

Aquel 8 de junio debió de ser viernes y yo estaba acabando el quinto año de la primaria. Aunque todavía no comenzaban las vacaciones de verano, ese día no fui a la escuela. Mi papá tampoco fue a trabajar. 

Tal vez como a las nueve de la mañana, después de desayunar, él se sentó en la sala frente al televisor y se puso a mirar un programa en el que Juan Dosal, Eduardo Trelles y Hugo Sánchez hablaban desde las gradas del Estadio Giuseppe Meazza sobre la inminente inauguración del torneo de futbol más importante en el mundo. “Hugol” todavía jugaba en el Real Madrid –de hecho, era el máximo artillero en Europa–, pero era comentarista invitado y tuvo que mirar desde las gradas ese mundial debido al castigo que la FIFA le impuso a la Federación Mexicana de Futbol por el asunto de “los cachirules” y que impidió que la Selección Nacional incluso disputara las eliminatorias mundialistas. 

Me senté en el suelo junto a la mesa de centro y me puse a leer o a jugar mientras miraba de reojo la televisión. 

La cámara enfocaba a los comentaristas y yo no podía ignorar los gigantescos audífonos que les cubrían las orejas, ni sus corbatas rojas con rayas blancas ni sus sacos cafés de finales de los ochenta en los que destacaba el logotipo de Televisa.

Juan Dosal le pidió a Hugo Sánchez su opinión respecto a la cancha. Hugo dijo que había tenido la oportunidad de jugar en ese campo contra el Milán hacía algunos meses y que lo habían remodelado y que estaba en estupendas condiciones y que era una alfombra. 

Casi al mismo tiempo, en la pantalla del televisor aparecieron imágenes de las finales de las Copas del Mundo y Juan Dosal interrumpió a Hugo Sánchez y comenzó a hacer un recuento de esas finales.

En unos cuantos minutos, vi “el gol fantasma” con el que los ingleses derrotaron a los alemanes en Wembley en 1966, vi un gol de remate de cabeza que Pelé le anotó a Enrico Albertosi en El Estadio Azteca en 1970, vi a Paul Breitner y a Gerd Müller anotar dos goles para que los alemanes le ganaran a los holandeses en El Estadio Olímpico de Múnich en 1974, vi a Mario Alberto Kempes anotar un gol en los tiempos extras de la final de 1978 mientras miles de papelitos caían desde las tribunas y le daban un extraño aspecto a la cancha del River Plate, vi a los italianos derrotar a los alemanes en El Estadio Santiago Bernabéu en 1982 y vi a Jorge Valdano y a Diego Armando Maradona levantar La Copa del Mundo en El Estadio Azteca en 1986.

De un momento a otro, nos encontrábamos mirando Milán desde la cámara de un helicóptero que sobrevolaba las inmediaciones del Estadio Giuseppe Meazza. El vehículo se acercó poco a poco al estadio, hasta que se detuvo más o menos en el centro de la cancha. 

Justo en ese momento un enorme balón hecho con flores y con globos se abrió en el círculo central y al mismo tiempo los globos y las flores volaron hacia el cielo y decenas de mujeres, vestidas con ropas características de los países participantes en el torneo, aparecieron en una de las esquinas de la cancha y comenzaron a caminar sobre una pasarela de moda. 

Junto con todos estos eventos asombrosamente sincronizados en unos cuantos segundos, una mujer con un micrófono y un hombre con una guitarra eléctrica negra comenzaron a hacer playback a un costado de la cancha. La canción hablaba sobre las noches mágicas del verano italiano y sobre la euforia de los jugadores y de los aficionados al celebrar un gol*.



Durante esas vacaciones de verano tuve que ir algunos días a la primaria. Estaba en la escolta y teníamos algún concurso con otras escuelas de la zona o simplemente nos preparábamos para el siguiente ciclo escolar, ya que pasaríamos al sexto año y seríamos la única escolta oficial de la escuela (al menos hasta que la generación del quinto año nos sustituyera y nosotros entráramos a la secundaria). 

El ensayo terminaba alrededor de las once de la mañana y mi abuelo iba a recogerme a la escuela en su bicicleta y me llevaba a su casa. 

En su casa el televisor siempre estaba encendido y siempre había algún partido del mundial. Recuerdo vagamente un partido entre las selecciones de España y de Bélgica, un gol que algún jugador europeo o sudamericano anotó desde casi medio campo al portero de Corea del Sur y unos penalties entre las selecciones de Irlanda y de Rumania en Génova. 

También recuerdo que mi hermano y yo un día nos quedamos solos en el departamento y que vimos por televisión un partido entre las selecciones de Alemania y de Colombia; según los comentaristas, los alemanes habían goleado a sus rivales previos y eran serios candidatos a ser los campeones del mundo, y los colombianos habían calificado al mundial después de varias décadas, pero tenían una generación de jugadores talentosos que podían sorprender al equipo alemán.  

Los alemanes anotaron primero, pero casi al final del partido un jugador con una melena impresionante tomó el balón en medio campo y le dio un pase fabuloso al centro delantero y lo dejó solo frente a Bodo Illgner. El colombiano pateó el balón y éste se coló a la portería, pasando entre las piernas del portero alemán. Con ese gol el juego terminó en empate. 

Los comentaristas festejaron con tanta euforia el gol que mi hermano y yo gritamos a todo pulmón y nos abrazamos, mientras la cámara se enfocaba en un aficionado colombiano que celebraba la anotación de Freddy Rincón y que parecía colgado de las tribunas con una especie de alas que acompañaban su disfraz de cóndor. 

Algún domingo visitamos a mi abuelo y nos sentamos en su sala y vimos por televisión a los brasileños y a los suecos enfrentándose en Turín. Otro domingo, me senté yo solo en la sala con él y los dos vimos el gol del “Toto” Schillaci con el que los italianos eliminaron a los uruguayos en los octavos de final. 



Un sábado por la mañana me senté junto a mi papá frente al televisor y vimos a Diego Armando Maradona tomar el balón en el medio campo de la cancha del Estadio Delle Alpi y esquivar a medio equipo brasileño y darle un fabuloso pase a Claudio Paul Caniggia.

La jugada fue fenomenal y la anotación permitió que los argentinos avanzaran a los cuartos de final y que unos días más tarde vencieran en penalties a los yugoslavos en Florencia, a pesar de que Maradona errara su penaltie. 

Recuerdo el ambiente de los aficionados en las calles aledañas a los estadios y en las gradas,  y las redes hexagonales de las porterías, y recuerdo los nombres de las sedes en las que se disputaban los partidos –Bari, Bolonia, Cagliari, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Palermo, Roma, Turín, Udine y Verona.

También recuerdo la arquitectura de los estadios y el techo metálico del Estadio Giuseppe Meazza y las enormes bocinas que colgaban de cables de acero a 40 metros de altura sobre el centro del campo en el Estadio Delle Alpi, y las torres que parecían condominios en las cuatro esquinas del Estadio Luigi Ferraris y la entrada a los vestidores detrás de una de las porterías del Estadio San Paolo, y recuerdo los adornos de flores detrás de las porterías en el Estadio Artemio Franchi y las redes hexagonales blancas que colgaban de las porterías como telarañas que se sacudían cuando un balón Etrusco cruzaba la línea de gol, y también recuerdo las pistas de tartán alrededor de casi todas las canchas de las sedes mundialistas y el césped perfectamente dividido en franjas verticales con dos tonalidades de verde que parecía una alfombra.

También recuerdo a Roberto Baggio esquivando a medio equipo checoslovaco en El Estadio Olímpico de Roma.

Y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. 

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*Según los expertos, “Un'Estate Italiana” ha sido la mejor canción en la historia de todos los mundiales. 

sábado, mayo 02, 2020

Temporada de Huracanes | Fernanda Melchor (2017)

Hace más de dos años, encontré una nota sobre esta novela en algún portal de internet. Decía que la autora es una de las voces más importantes de la narrativa mexicana actual, y que Temporada de Huracanes –su segunda novela publicada*–, se convertiría en una de las novelas más aclamadas por la crítica especializada. 

En un lapso de tres o cuatro meses, leí varias reseñas que la nominaban a ser “la novela mexicana” de ese año, y que también pronosticaban que podría ganar varios premios nacionales e internacionales. (Mientras escribo estas líneas, ha ganado el premio Anna Seghers y es finalista del International Booker Prize.) 

Busqué el libro en las sucursales de Gandhi de Francisco I. Madero de El Centro Histórico de la Ciudad de México y de Town Square Metepec, pero estaba agotado y tuve que dejarlo en “mi lista de deseos” durante algunos meses.

Mientras tanto, compré Aquí no es Miami. Y me gustó. La narrativa y la atmósfera en la que suceden cada uno de los relatos, me dejaron muy impresionado, y lo leí de principio a fin en unos cuantos días. En ese libro, que aborda el nacimiento y el desarrollo del narcotráfico en Veracruz, a principios de la década de 1990, la habilidad de Fernanda Melchor para fusionar el periodismo y la literatura, en una especie de crónica, para contar historias que fluctúan entre el terror de la realidad y el terror de la ficción, es muy contundente. Es una escritora fabulosa y muy talentosa. 

También me agradaron otros tres detalles de Aquí no es Miami: que la autora no hubiera recurrido a lugares comunes –de esos ganchos al hígado que usan muchos escritores y que lucran burdamente con los sentimientos (y con la ingenuidad) del lector–, que no hubiera empleado trucos literarios para inflar la cantidad de páginas de sus relatos –de esos que te hacen ganar concursos de novela, con una obra que es similar, en cuanto a calidad y cantidad, a tu diario de la adolescencia– y que, aun en el contexto del narcotráfico, sus relatos tuvieran tanta diversidad literaria. 

Leer Aquí no es Miami aumentó las expectativas que ya tenía sobre Temporada de Huracanes. 


Durante la pandemia del Covid-19, algunas editoriales dieron acceso gratuito a los primeros capítulos de algunas novelas de sus catálogos, y así pude leer algunas páginas de esta novela en internet, antes de tener el libro físico en mis manos. Lo poco que pude leer, me desconcertó.  

No entendí si la novela se trataba de una historia de terror cuyos protagonistas eran un grupo de niños en un pueblo olvidado por el mundo, o si se trataba de una historia de los usos y costumbres de los habitantes de un pueblo ficticio que había sido invadido por el narcotráfico. 

A pesar del desconcierto que me causó la lectura de algunos capítulos de Temporada de Huracanes, tras casi dos años de espera (antes de la contingencia sanitaria de la pandemia del Covid-19, también transcurrieron una huelga en la universidad, un par de trimestres con varias horas de clase frente a grupo, unas largas vacaciones, una Navidad, un Año Nuevo y una Semana Santa), finalmente encontré un ejemplar de la novela en la sucursal de Gandhi de Town Square Metepec, y lo compré, pero, por una razón u otra –¿muchas clases en línea, mucho trabajo burocrático, algunos viajes a Querétaro y a la Ciudad de México...?–, no tuve tiempo para leerla, inmediatamente. 


Cuando, pude comenzar mi lectura, las primeras páginas me “atraparon” a tal punto que la leí en una semana. (Precisamente, mientras escribo estas líneas, acabé de leerla.)

Temporada de Huracanes, de acuerdo con algún conocido de la autora, originalmente se llamaría Domingo Siete (supuestamente, el editor le sugirió a la autora modificar el título) y tiene 222 páginas, y ya forma parte de las novelas “más intensas” que he leído. (Tal vez será una de mis lecturas más recurrentes, cuando me decepcionen las cosas que escribo –algo que, para bien o para mal, es muy frecuente– y cuando reflexione sobre lo lejos que me encuentro de ingresar a un círculo literario –a la mafia literaria mexicana, que usa trucos publicitarios burdos que conmueven a los lectores, ávidos de cultura pero poco críticos–, o de obtener retroalimentación sobre lo que escribo.)

Además de la velocidad y la fluidez de la narrativa –el lenguaje está tan bien trabajado, que cada vez que comenzaba un capítulo, no podía dejar de leerlo hasta que llegaba al final–, me impresionó la manera, magistral, sutil y apenas perceptible, en la que Fernanda Melchor introdujo en la trama a cada uno de los personajes y cómo los fue relacionando entre ellos y confiriéndoles protagonismo. (A diferencia de otras novelas que he leído, y que escribieron “las vacas sagradas” de la literatura mexicana, no encontré un solo detalle que estuviera de más, en cada uno de “los mundos literarios” de los protagonistas.) 

Hay tantos elementos destacables en Temporada de Huracanes que lo mejor es invitar a la gente a leerla, a que averigüe por ella misma de qué se trata y por qué ha generado tantas reacciones positivas entre los expertos. (¡Incluso en Wikipedia hay un sitio dedicado a esta novela!)

*    *    *    *

*Supuestamente, antes de su primera novela publicada en una editorial trasnacional, Fernanda Melchor publicó otra novela en una editorial underground, y no le gusta hablar mucho de ella, porque la avergüenza. 

Aquí hay una nota sobre los premios que ha ganado: Global UNAM

domingo, abril 12, 2020

A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust

Marcel Proust es probablemente uno de los escritores más citados y menos leídos en el mundo. Tal vez se debe a mi falta de sueño, a que estoy más irritable que de costumbre (por mi falta de sueño) y a que soy menos tolerante y más exagerado que en condiciones normales, pero creo que, de no ser así, algunas “mentes brillantes” de nuestra sociedad –pienso en les luchadores incansables que abogan por “el lenguaje inclusive” y que al mismo tiempo hablan el inglés con la exquisitez del acento británico–, ya habrían intentado censurar algunas de sus obras. 

Creo que si las personas equivocadas leyeran esta novela –el segundo tomo de los siete tomos que constituyen su obra maestra, que tardó ¡casi veinte años en escribir!–, podrían ignorar el contexto en el que fue escrita: el autor no podía hablar abiertamente de su sexualidad, estuvo enfermo casi toda su vida (y dependió de un modo insano de su madre y de su abuela) y su padre siempre lo vio como un inútil y un perezoso y lo comparó con su exitoso hermano.

(No estoy seguro, pero tal vez Proust se sentía profundamente culpable y menospreciado y quería impresionar a su padre y demostrarle que tenía talento para escribir, y, tal vez, por esta razón –y por muchas otras razones que desconozco y sobre las que ni siquiera puedo especular– le dedicó obsesivamente un tercio de su vida a la escritura de “En busca del tiempo perdido”.)



El lector equivocadamente podría interpretar esta novela como la historia de un acosador que espía a mujeres jóvenes en las fastuosas reuniones de Odette de Crécy, mientras se enreda en conversaciones pretenciosas y fútiles con personajes que aparentan formar parte de “la crema y nata” de la aristocracia europea, para después fantasear e idealizar a esas mismas mujeres en la soledad de su habitación en la casa de sus padres o en el hotel de Balbec al que huye con su abuela para superar el rechazo de Gilberta. 

El lector equivocadamente podría enfocarse en los detalles anteriores e ignorar las asombrosas semejanzas entre los diversos personajes superfluos de principios del Siglo XX que aparecen en este tomo –talentosos pintores que engañan a sus esposas con alguna cocotte, damas de la “alta sociedad” que se reúnen para hablar mal de otras damas de la “alta sociedad”, arrogantes herederos de fortunas inconmensurables cuyo único propósito es humillar a la gente que consideran inferior a ellos, escritores que alaban patéticamente a quienes consideran influyentes para que les ayuden a publicar sus novelas y para que esa misma sociedad falsa los considere “artistas”, burócratas que hablan de negocios y de política como si se tratara de la vida y de la muerte, gerentes “aspiracionales” de restaurantes que tratan a los comensales de la manera en la que los ven vestidos– y la gente de nuestra sociedad.
 
Si en la época de Proust habían salones fastuosos en los que se reunía la aristocracia a perder el tiempo, ahora tenemos las redes sociales. 

Es tal y como lo dijo Juan Villoro en una conferencia a la que asistí. Palabras más, palabras menos, él dijo:
“Usamos las redes sociales de la misma forma en la que nuestros antepasados usaban el cuchillo cuando lo descubrieron: para asesinar a sus enemigos.”
(Basta que pasemos 5 minutos en las redes sociales de nuestra preferencia para que encontremos mensajes de odio, de humillación, de desprestigio, de “superioridad moral”...) 

Independientemente del lenguaje sesquipedálico de Proust –tal vez es un efecto del ambiente aristocrático en el que vivió– y de las digresiones características de su narrativa –que hacen un poco difícil la lectura–, todos aquellos que se consideran “escritores” deberían leer “A la sombra de las muchachas en flor”. 
 

domingo, enero 26, 2020

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick


Los viajes interplanetarios son comunes. La Tierra ha sufrido los estragos de un polvo radioactivo que ha extinguido a la mayoría de los animales. Los humanos más afortunados viven en Marte. 
Los androides conviven con los humanos, haciéndose pasar por humanos. Los animales eléctricos han sustituido a los animales reales y son un objeto tan apreciado por los humanos como lo son los automóviles en nuestro mundo. Los animales reales son escasos, la gente puede consultar sus precios en “el catálogo Sydney”,  adquirirlos por una fortuna y endeudarse por el resto de su vida. 

Algunos de los humanos que se quedaron en La Tierra, son considerados “cabezas huecas” y tienen empleos simples y viven en apartamentos abandonados en los que la basugre se apodera paulatinamente de todo. Lo más cercano que tienen a la espiritualidad y a la religión les es proporcionado por “la caja empática” –un dispositivo a través del cual se fusionan mentalmente con otros humanos que adoran a Wilbur Mercer, el Jesús de su época– y todo lo que sienten está regulado por “un climatizador del estado de ánimo” que forma parte de los electrodomésticos imprescindibles para todo humano. Estos climatizadores fungen como los ansiolíticos de nuestro mundo. 

Otros humanos son cazarrecompensas. 

Los Nexus-6 son los androides más sofisticados. Un grupo de estas unidades cerebrales escapó de Marte y en su huída mató a algunos humanos. Rick Deckard es un cazarecompensas que debe dar con el paradero de algunos Nexus-6 y eliminarlos.

Los Nexus-6 han usurpado algunas funciones humanas y son temidos por la humanidad. 

Son casi idénticos a los humanos, pero los delata su falta de empatía –en la novela, se da por hecho que la empatía es una característica exclusivamente humana*– y cuando son sospechosos de ser andys, deben ser sometidos por los cazarecompensas a algunos tests que evalúan la empatía –el test Voigt-Kampff o el test Boneli del arco reflejo cervical– y que miden algunos parámetros fisiológicos que ni los androides son capaces de manipular. 

La trama es entretenida, fácil de seguir, tiene elementos muy interesantes –¿tecnología más inteligente que las manos que la emplean?– e invita a la reflexión –¿qué tan empáticos y humanos somos, realmente?, ¿nos afecta, como especie, la muerte de otro ser vivo?, ¿qué tan superiores y libres somos, en comparación con las máquinas?, ¿los androides, de existir, realmente serían más “fríos” y “calculadores” que nosotros?–, pero el final me decepcionó un poco.

Espero que la película de Ridley Scott me muestre algo que me haya perdido en la novela. 

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*Si Philip K. Dick hubiera conocido las redes sociales y hubiera visto a la humanidad comportarse con “tanta empatía” como lo hace cotidianamente –¿algunos humanos se sacan los ojos por un lugar en un estacionamiento público?, ¿algunos humanos humillan selectiva y sistemáticamente a otros humanos porque no son expertos en Octavio Paz y porque se fijan en “nimiedades” como una palabra mal escrita?, ¿algunos humanos cobran un sueldo, por matar a otros humanos?–, quizá su novela habría adoptado otro enfoque. 

PD. Desde las década de los 60, existen modelos experimentales de empatía. Si te interesa, puedes consultar este artículo en el que se mostró que los roedores exhiben “cierto nivel de empatía” hacia otros roedores que se encontraban en una situación experimental desfavorable:





viernes, enero 24, 2020

Escarnio Irrelevante

Qué ironía.

Este “culto héroe de la retórica”, en una ocasión, sin que nadie lo llamara (¡él no sabía ni mi nombre, ni nunca antes había sabido nada de mí, pero tenía tanta confianza en sí mismo y tanto amor propio que parecía muy convencido de conocerme mejor de lo que me conozco yo mismo!), salió de la nada, para señalarme y para tirarme su rollo pro-feminista en una publicación de FaceBook.

Yo había ido a parar a esa publicación porque alguien que conozco había posteado una noticia sobre una marcha feminista en la que habían corrido a un periodista y yo sólo quería saber –ingenuamente– por qué lo habían corrido con “cierta violencia”. 

Quizá me faltó tacto para preguntarlo, pero nunca quise herir susceptibilidades. 

(Aunque, de vez en cuando –¿una o dos veces al año?, ¿menos veces?–, pierdo el control y me enfrasco en alguna pelea sin sentido con desconocidos en redes sociales, ése no era el caso.) 

Mi punto era que no me parecía coherente que hubieran corrido de la marcha a ese hombre, con “cierto nivel de violencia”, cuando la marcha, precisamente, denunciaba la violencia de la que son víctimas las mujeres.

Nunca puse en duda que la violencia contra las mujeres es algo terrible que debe erradicarse, pero en su chip retórico —¿neocorteza?—, él leyó que sí: que yo estaba en contra de erradicar la violencia que sufren las mujeres y que yo era un representante estándar del machismo. 

Por si fuera poco, empleó un discurso que aborrezco: retórico, moralino, decimonónico, filosófico... 

También quiso evidenciar con su discurso que él tenía un aparato cognitivo superior al mío y que era una mejor persona –¿más consciente, en términos sociales?– que yo. ¿Cómo no aborrecer a esta clase de personas que se aparecen sin que nadie las llame, para dar una lección que nadie les está pidiendo...?

Yo ni siquiera había puesto a discusión el tema: las mujeres han sido oprimidas desde siempre, la violencia que sufren es algo terrible y hay que erradicarla. 

A diferencia de lo que él creía (ya mencioné que estaba convencidísimo de conocerme más de lo que me conozco yo mismo), acepto que no soy una buena persona, pero eso no significa que esté de acuerdo con el hecho de que a las mujeres les ocurran cosas terribles.
Más bien, en general, soy poco considerado con la humanidad*. 

Mi problema fue buscar (estúpidamente) una respuesta. Reconozco que me faltaba contexto –información– para comprender por qué habían corrido a Jenaro Villamil de esa marcha y de esa manera. (No haber estado en una marcha feminista y preguntar por qué se hacen las cosas de cierto modo, ¿me convierte automáticamente en machista?) 
Sólo quería saber qué era lo que no estaba viendo en esa situación, pero como resultado (¿por pendejo?) obtuve un pedantísimo y aburridísimo discurso biopsicosociopoliticocultural.

(¡Qué hueva!)

Ayer, alguien que sigo en twitter le dio Me gusta a este tweet.

(Maldigo la hora en que se me ocurrió distraerme en mi teléfono y encontrarme este tweet. Mejor hubiera continuado leyendo de qué manera Rick Deckard planeaba exterminar a las últimas tres unidades cerebrales Nexus-6, mientras bebía bourbon y se enamoraba de Rachael Rosen. Ya le dediqué al asunto más tiempo del que me hubiera gustado. Espero que, al menos, me sirva de desahogo.) 

Me bastaron unos segundos para leerlo, para darme cuenta de que era un ejemplo más de disonancia cognitiva** y para que todos estos recuerdos sobre los que escribo llegaran a mi mente. 

(El día que este sujeto me “diagnosticó” como machista, fue el 18 de septiembre del 2017.
Si todo esto hubiera ocurrido cualquier otro día, probablemente ni lo recordaría.
Sin embargo, tengo presente la fecha, porque en 24 horas, más o menos, me encontraría en el mismo lugar en el que revisaba mi muro de FaceBook, pero en una situación traumática. 

Lo demás, sí es irrelevante: estaba en el tercer piso del Edificio S, matando el tiempo, revisando mi muro de FaceBook, para lidiar con el hecho de que una estudiante de licenciatura me trataba como egresado de bachillerato y suponía que mi propósito en la vida era abrirle la puerta del laboratorio para que ella fuera a pesar a sus animales de experimentación.) 


En resumen: a juzgar por su tweet y por lo que me tocó compartir con él en FaceBook, a él también le encanta el escarnio irrelevante***.

(De hecho, en algún momento de la discusión, cuando él estaba más indignado y convencido de que yo era “un idiota que no respetaba a las mujeres”, le dije que leyera bien lo que yo había escrito y después tuvo que ofrecerme una disculpa y retirarse de la publicación porque yo jamás había escrito eso que él estaba convencido de que yo había escrito.) 

Hay que preguntarse, seriamente, quién dice las cosas y desconfiar de la buena onda.

(¿Cómo tomarlo en serio después de que has descubierto que le gusta aparentar cosas que, evidentemente, no es?, ¿cómo le hacen sus lóbulos frontales para convencerlo de que conoce “de pies a cabeza” a un desconocido, que eso le permite señalarlo y juzgarlo, y al mismo tiempo, quizá, dejarle la impresión de que sus opiniones son deslumbrantes y modernas –lo más inteligente que ha dicho un ser humano–, aun cuando usa un lenguaje decimonónico y rebuscado para comunicarlas...?)

PD. Adornar innecesariamente un mensaje de 140 caracteres, no lo hace más significativo ni más interesante, creo yo.

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*Por “humanidad” me refiero a ese grupo de seres vivos que se considera el mamífero más evolucionado, pero cuyos especímenes pueden sacarse los ojos por un lugar en un estacionamiento público, pueden matar a un árbol para adornar sus casas durante un mes, pueden abandonar a sus mascotas en la calle, etc.

**Casi de manera automática, busco ejemplos de disonancia cognitiva en las redes sociales. De vez en cuando, los uso en mis clases. Creo que éste será el caso. 

***Señalar, en los demás, lo que él cree ver mal en los demás y así quedar como un héroe observador que “piensa diferente”. Todo este asunto es irónico, porque en este tweet, que él publicó –supongo que sin que nadie lo obligara a hacerlo–, él señala como estúpido, con un lenguaje pedantísimo y con un dejo de superioridad académica, justamente lo que él mismo hizo conmigo. (Su lenguaje es tan pedante que es muy probable que, de contar con el conocimiento básico, él diría “Mi musculatura distal no está siendo regulada apropiadamente... Intuyo que se debe a que ciertos axones sensoriales Ia... incluso motoneuronas gamma... no inervan suficientes husos musculares... También intuyo que puede deberse a que ninguno de estos componentes de la musculatura somática hace sinapsis con las interneuronas correctas de la sustancia gris de la médula espinal... En última instancia, tal vez esté dañado el tracto corticoespinal...”, en lugar de decir “Tengo mononeuropatías porque he estado tomando muchos medicamentos...”)

lunes, enero 06, 2020

Los Desesperados de Joselo Rangel


Después de un libro de cuentos –One Hit Wonder (2015)–, Los Desesperados (2018) es la primera novela de Joselo Rangel.

En esta novela, Joselo desarrolla una historia de rock, de amor y de extraterrestres, basándose en las vicisitudes que enfrentan dos bandas mexicanas de rock independiente –Los Desesperados y Los Chicle Bomba– mientras pasan de tocar para un puñado de fieles admiradores a firmar un contrato con una disquera internacional, a grabar un disco en un sofisticado estudio de grabación, a abrir un concierto a The Libertines, a dar giras por todo el mundo, a experimentar los excesos del rock n' roll –el consumo de una droga ficticia lleva a uno de los músicos a interactuar con su álter ego, encarnado en El Principito del rock latino– y a tocar en festivales importantes. 

La historia está narrada de un modo fluido y ameno –no es indispensable leer una y otra vez la misma página para captar el mensaje– y aborda temas en los que Joselo –¿alguien se atrevería a cuestionar que es una voz autorizada para hablar del rock mexicano y de la música contemporánea?– es experto. 


Todos los personajes, directa o indirectamente, viven en el mundo de la música y tienen elementos que los hacen interesantes por sí mismos, pero Joselo los dota de una fuerza vital* que les permitiría continuar por su propia cuenta en otros relatos.

¿Es probable que estos personajes hayan adoptado características de otros músicos de la vida real con los que Joselo ha compartido giras... o fiestas?, ¿es probable que algunos eventos de Los Desesperados se hayan llevado a cabo en la vida real, más o menos de la misma forma en la que están narrados en la novela...?

Supongo que sí. 

Si no lo es, prefiero pensar que así fue y que Joselo se basó, principalmente, en sus propias experiencias con otros músicos –vividas a lo largo de más de treinta años de trayectoria–, para contarnos esta historia. 

(Considero una pérdida de tiempo leer textos sobre temas que el escritor no conoce realmente y considero un fastidio cuando un autor –omitiendo su falta de imaginación para crear a partir de lo que tiene a su alcance– anuncia que viajará a algún sitio exótico –¿Las Vegas, Jaipur, Ruanda...?— para “inspirarse” a escribir “una gran novela”. Uno debería escribir por necesidad, sobre las experiencias que le ocurren; no debería buscar a priori experiencias “extrañas” y escribir sobre ellas para cumplir con cierto número de novelas publicadas al año.)


La novela tiene algunos pasajes en los que Joselo “acomoda las cosas” para profundizar en anécdotas relacionadas con el mundo del rock n' roll –tal vez las conoce de primera mano–, tales como: cuáles son los detalles que hacen especial a la White Falcon de Neil Young, por qué es tan singular una Chet Atkins, por qué no son tan populares los bajos Music Man, cuáles son los pedales de guitarra que usa Johnny Greenwood... cuál es el verdadero talento de un secre de batería en comparación con un huesero... cuál es la verdadera motivación de un frontman de una banda de rock supuestamente subversiva... cómo llega un periodista de rock –tirando mala onda y aprovechando sus influencias– a convertirse en el periodista de rock nacional...

Aunque la novela tiene algunos tintes trágicos –por ejemplo, la muerte de una estrella pop “más rockera que los rockeros”–, en general, es divertida y cómica. 

La recomiendo ampliamente, incluso a quienes no les gusta Café Tacuba.
(También cabe la posibilidad de que un fan from hell** de Café Tacuba, se sienta indignado al terminar de leer Los Desesperados.)



P. D. Yo también creo que al rock mexicano, le hace falta un muertito.

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*No sé me ocurre otro término. 
**Debes leer Los Desesperados para entender el chiste.

miércoles, enero 01, 2020

2020


Faltan cinco minutos para que acabe la década. 

Acabo de sentarme en la cama y acabo de encender el televisor y de ponerlo en un canal de televisión abierta. Casi no veo la televisión –incluso me cuesta trabajo ver 45 minutos de un partido de futbol que supuestamente me interesa y también es difícil que me atrape la serie o la película de Netflix de la que todo internet habla– y, cuando lo hago, tengo la impresión de que me encuentro en un estado vegetativo o de que no tengo imaginación y que estoy tan infernalmente aburrido que he agotado todas las opciones que hay para entretenerme y que simplemente quiero matar el tiempo, pero cada 31 de diciembre hago lo mismo: cuando faltan pocos minutos para la medianoche y para el conteo regresivo que le da la bienvenida al Año Nuevo, enciendo el televisor y pongo un canal de televisión abierta. 

Me gusta tener de ruido de fondo la transmisión del programa de fin de año. Es un hábito –y como tal, es automático y no estoy plenamente consciente de él, hasta que me pongo a pensar en él– y lo llevo a cabo desde que me casé. De algún modo, ahora que lo pienso, me hace recordar las cenas de Año Nuevo de mi infancia. Todas ocurrían en casa de mis abuelos. 

Mis abuelos maternos y mis abuelos paternos vivían en la misma colonia –¡sus casas estaban una al lado de la otra!– y fue inevitable que mis papás se conocieran y que se cayeran mal al inicio y que luego se hicieran novios y que después de muchos años de novios se casaran y que después nos engendraran a mis hermanos y a mí (primero, a mí), y que el último día del año nos llevaran a las casas de los abuelos. Mi mamá se quedaba más tiempo con sus papás y mi papá se quedaba más tiempo con sus papás y nosotros decidíamos con cuáles abuelos pasar más tiempo. Yo me sentía comprometido a pasar el mismo tiempo con los cuatro.  

Era una decisión sencilla, pero difícil de llevar a cabo. No quería aburrirme, pero tampoco quería herir susceptibilidades. 

En la casa de los papás de mi mamá, siempre estaban nuestras primas –mi abuelo incluso les hacía una piñata a mis primas y a mi hermano más pequeño– y no nos aburríamos. 

En cambio, estar en la casa de mis abuelos paternos, era aburrido. Nuestros primos eran mayores que nosotros y casi nunca estaban en la casa –se iban de fiesta con sus amigos– y los adultos hablaban de cosas que no nos involucraban.

El televisor parecía ser el único medio de comunicación que mantenía reunidos a los invitados a la cena. Siempre estaba encendido y lo único que uno podía hacer allí era ver el programa de fin de año. Generalmente la transmisión la hacían desde Times Square algunos conductores de la televisión mexicana que le daban la bienvenida al Año Nuevo y que hablaban de los neoyorquinos que se reunían allá.

(Es curioso cómo, después de más de treinta años, llevo a cabo este ritual inconscientemente para sentirme conectado con mi familia.) 


Conforme voy recordando algunos detalles, algunos eventos se van aclarando en mi cabeza y me hacen sentir nostálgico, mientras continúo escuchando la televisión como ruido de fondo. Sin despegar la mirada del monitor de la MacBook Air, vislumbro a un hombre y a una mujer que visten ropas abrigadas y que parecen estar sentados en unos bancos que están encima de una tarima. Detrás y debajo de ellos, se ve a un puñado de personas de pie. 

La mujer dice que se encuentran en Reforma y que se han congregado alrededor de 80, 000 personas allí, para disfrutar el espectáculo que el Gobierno de la Ciudad de México ha preparado para despedir al 2019 y para darle la bienvenida al 2020. Mientras ella dice todo esto, me pongo a pensar en algunos comentarios que he estado leyendo a largo del día en twitter. 

Hay un gran porcentaje de usuarios que insisten que la década del 2010 comenzó en el 2011 y que termina en el 2021. Algunos “argumentan” que eso dice la RAE y otros sugieren que “seamos precavidos y que no caigamos en el engaño de que hoy termina la década del 2010”. 

(Personalmente, prefiero creerle a Juan Villoro, a Billy Corgan, a Dylan Carlson y desconfiar de Rodolfo Landeros.) 

No entiendo a quienes se confunden con este asunto. ¿Acaso no les queda claro que la década de los noventa comenzó el 1 de enero de 1990 y que acabó el 31 de diciembre de 1999?, ¿acaso no les queda claro que los primeros minutos de vida de un recién nacido, forman parte de su primer año de vida...?


Estoy sentado en la cama, junto a mi esposa. 

Ella contesta algunos mensajes de Whatsapp en su teléfono y yo tengo la computadora en las piernas y las siento un poco adormecidas. 

El ruido del televisor se confunde con el ruido del calefactor. 

Los gatos deambulan de un lado a otro en la cama, en busca de un sitio cómodo dónde pasar la noche. La gente que no tiene gatos estereotipa a los gatos como seres diabólicos y malagradecidos que se comerían a sus dueños sin dudarlo. 

Los gatos en realidad son muy especiales. No son transparentes como los perros que lo siguen a uno a todas partes. Creo que los estereotipos de la gente se deben a que dan por sentado que un ser vivo que no usa el mismo lenguaje que nosotros para comunicarse, los va a querer en automático. 

He convivido con gatos desde hace más de diez años. A diferencia de los perros, tienes que ganarte el afecto de los gatos. 

No sé si en este momento podría escribir, de no tener un calefactor en la habitación. 

Cuando hace frío, Gatusso, Yoko y Jackson se acomodan en nuestros pies y se van adueñando de la cama poco a poco. En un momento de la madrugada, parece que ellos son quienes comparten la cama con mi esposa y conmigo.

El tiempo es realmente extremo donde vivimos. Por las mañanas, llegamos a estar bajo cero y hay niebla –cuando amanece, las ventanas están totalmente empañadas–; por las tardes, sube la temperatura –el sol quema–; por las noches, llueve y hace frío. Las rachas de viento son muy fuertes todo el día. 

Frecuentemente leo a mis contactos de Facebook quejándose amargamente de las inclemencias del tiempo en la Ciudad de México y pienso que no soportarían una semana aquí –incluso en primavera, hay una parte del día que se siente como si fuera invierno. 



No sé realmente qué quiero escribir en esta entrada. 

Para encontrar alguna idea que pueda desarrollar y que me lleve a entrar a un estado de trance del que salga cuando ya sea el 2020, me pregunto qué hacía el 31 de diciembre del 2009 y qué estaré haciendo dentro de diez años.

 (¿Cuántas cosas habrán cambiado para entonces?, ¿qué clase de tecnología estará a nuestro alcance?, ¿cuántos animales se habrán extinguido?,  ¿volveré a tener problemas de salud?, ¿dónde viviré?, ¿finalmente ya habré publicado una novela?, ¿volveré a tener problemas de salud?, ¿seré un feliz padre, orgulloso de su descendencia?, ¿habré terminado por convertirme en el padre que le da un dispositivo inteligente a su hijo, o que lo tiene enajenado frente al televisor?, ¿volveré a tener problemas de salud?, ¿dónde viviré?, ¿finalmente ya habré publicado una novela?, ¿volveré a tener problemas de salud?, ¿habré encontrado un trabajo estable?) 

Me encuentro pensando en estas cosas, cuando intento recordar qué hice el último día de la primera década del 2000.

(Definitivamente, debería escribir más a detalle sobre la primera década del Siglo XXI, porque, para mí, ahora que lo pienso, la primera mitad fue muy distinta a la segunda mitad; fue, como dicen por ahí, sin mucha imaginación, una década “parteaguas”).



Tras realizar un pequeño esfuerzo, creo que me la pasé viendo DVDs de Two And A Half Men en compañía de mi esposa y creo que cenamos hamburguesas y papas fritas que compramos en un negocio que había por el edificio en el que vivíamos. 

(El lugar se llamaba algo así como “El Buen Sazón de Sonora” y la comida era de muy buena calidad, pero los meseros resultaron ser unos codiciosos hijos de la chingada –exigían una tarifa de propina– y eventualmente dejamos de comprar comida allí.) 

Ese Año Nuevo, teníamos dos o tres meses viviendo en un departamento en Xola, Gatusso tenía dos meses con nosotros, yo impartía clases en la Facultad de Psicología de la UNAM como profesor de asignatura interino –el nivel más bajo posible–, sólo tenía un par de publicaciones como colaborador, no tenía tiempo para escribir en este blog –ni para leer literatura no relacionada con mi proyecto de investigación– y aun disfrutaba mi vida como estudiante de posgrado. 



Luego, pienso en retrospectiva. 

Esta década, viví cosas asombrosas: me casé con una mujer extraordinaria –¡es increíble que tengamos más de diez años pagando rentas y haciéndonos cargo de los gastos de la casa (incluyendo la manutención de tres gatos), sin dedicarnos a ninguna actividad redituable (¿informática, contaduría, venta de automóviles, venta de comida?) y sin haber sido beneficiados laboralmente por algún contacto!–, ingresé al posgrado y obtuve el grado de doctor –en mi primera solicitud de ingreso al SNI, me dieron el nombramiento de Investigador Nacional Nivel I–, me emborraché los últimos fines de semana del último año del posgrado –no pude lidiar con el estrés de otra manera–, publiqué mis primeros artículos como colaborador, como primer autor y como autor corresponsal; tuve un grave problema de salud que me llevó a vivir miserablemente casi dos años –renuncié a todas las cosas que me gustaban, me adherí al tratamiento médico y la situación no mejoró–, pasé por el quirófano –¡me abrieron en canal!– y los medicamentos que estuve tomando me volvieron paranoico, sentimental y ansioso; dejé de fumar –este año, cumpliré cinco años sin fumar–; dejé de tomar alcohol, hasta perder la razón –ocasionalmente, me tomo una cerveza o un whiskey, pero jamás me emborracho–; hemos vivido en tres lugares diferentes...

Luego, pienso en este año que termina.

Fue intenso. 

Empezó muy bien. Conseguí una plaza de profesor visitante –entre la preparación (e impartición) de clases, reuniones académicas, misiones académicas y la administración de un proyecto financiado por CONACYT y que involucra a la UAM-Lerma, a la UAM-Xochimilco, a la UPEAL de la UAM-Xochimilco, al INNN, al INB y al CINVESTAV, casi no tengo tiempo libre– y nos mudamos de ciudad.

A los pocos días de estar en mi nuevo empleo, estalló una huelga. 

Fue irónico. 

La universidad me recibió con una huelga que duró tres meses –y es probable que ocurra otra huelga en febrero del 2020– y que me llevó a la quiebra, a trabajar en casa (como si el dinero fuera irrelevante), a sobrevivir con mis ahorros –por enésima ocasión– y a tener que solicitar algunos préstamos.

La huelga fue dura y me hizo reflexionar sobre varios asuntos.



Lo que he logrado, aunque no lo parezca, no ha sido fácil –mi posgrado no fue, precisamente, un paseo por las nubes y no me titulé haciendo el mínimo esfuerzo– y no he encontrado estabilidad económica, porque mi carrera no es redituable –¿a quién le interesa la docencia y la investigación?, ¡hay quienes ni siquiera las consideran un trabajo!– y porque hay pocas oportunidades de trabajo para personas con mi perfil... y porque, las que hay, son altamente competidas.

No es que no haya encontrado estabilidad económica porque no la haya buscado –ni deseado–, ni porque sea conflictivo, ni porque haya acudido a todas las entrevistas de trabajo que he conseguido, creyéndome superior a mis potenciales jefes y queriendo dejarlos en ridículo.

He tenido que vivir de mis ahorros varias veces porque mi campo de trabajo es incierto –¿no es así, para todos?– y porque no es lucrativo y porque no genera ganancias multimillonarias a corto plazo. 

No soy un despilfarrador, ni gasto más dinero del que tengo –en agosto, salí de vacaciones, ¡después de cinco años!, y, antes de esas vacaciones, ¡tenía otros cinco años, sin salir de vacaciones!– y tampoco todo lo malo que me pasa, se debe a que soy una persona influenciable que no sabe a dónde va a parar su dinero y que se la pasa realizando viajes de placer por todo el país o comiendo en lugares exclusivos y exóticos. 

(Vivir es caro.) 

Sé todas estas cosas y, sin embargo, de nada sirve. 

(Al final, no importa cuántas veces las repita o las escriba: hasta las personas que más quiere uno, piensan de uno lo que se les da la gana... y, casi siempre, lo que se les da la gana pensar es lo peor de uno.) 

Publico esta entrada, cuando se cumplen los primeros segundos del 2020 y espero que sea la mejor década de mi vida y que finalmente encuentre la estabilidad económica que he buscado y que esa estabilidad me permita sentirme protegido para formar mi propia familia (humana) y que me permita olvidarme de las preocupaciones que me han perseguido año tras año y que me han hecho pasar noches de insomnio pensando cómo hacer que mis ahorros –cada vez más escasos–, rindan cada vez más.