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lunes, marzo 21, 2022

Suicide Blonde Was The Color Of Her Hair


EN PROGRESO.

Vivimos muchos años en un departamento. Cuando nos mudamos a nuestra propia casa, mi mamá empezó a llevar a uno de mis hermanos a consulta con el médico. Él tenía asma y estaba bajo tratamiento.

El consultorio del médico quedaba lejos de la casa, y, cuando iban a consulta, mi mamá y mi hermano se la pasaban fuera toda la tarde. De vuelta a la casa, después del trabajo, mi papá pasaba por ellos y los tres llegaban hasta la noche. Nuestro hermano más pequeño y yo nos quedábamos solos en la casa.

Las visitas al médico sólo ocurrían una o dos veces al mes, pero eran un asunto muy importante para mí. Me sentía como un adulto responsable, cuidando a su hermano menor. 



Mi hermano más pequeño estaba en el kínder, y le gustaba jugar y ver caricaturas, como a los niños de su edad. También le gustaban los dinosaurios y Las Tortugas Ninja. Yo era un típico adolescente de doce años de edad, que cambiaba repentinamente de humor y que no tenía paciencia para jugar con un niño de cuatro años. Ya no me gustaban los juguetes ni saltar o correr por aquí y por allá, ni jugar a las escondidas.
Para distraer a mi hermano pequeño, le encendía la TV, le daba un puñado de dulces y lo dejaba allí, viendo caricaturas.

Cuando él se aburría, me pedía que le pusiera una película de Goofy. No sé por qué –según los psicólogos, así es como los niños refuerzan sus conocimientos en etapas tempranas del desarrollo–, pero le gustaba mucho esa película y la veía una y otra vez. Yo ya la conocía de memoria, de principio a fin, aunque nunca realmente me había sentado a verla.  

En nuestra casa teníamos dos televisores –uno en la cocina y otro en la sala–, pero sólo teníamos una videocasetera Betamax y entonces le ponía la película de Goofy en la Betamax y lo dejaba allí, sentado otra vez, frente al televisor de la sala, mientras yo me iba a perder el tiempo a otra parte de la casa.


En una de esas visitas al médico, cuando me disponía a ponerle a mi hermano pequeño la película de Goofy en la videocasetera, descubrí, entre la colección de películas de mis papás, una película de la que todo mundo hablaba por entonces. Apenas leí el título y se me aceleró el ritmo cardiaco. Se trataba de Bajos Instintos. 
Había escuchado muchas cosas sobre la película. Supuestamente era un thriller intenso con escenas de sexo explícito. Supuestamente las escenas eran tan fuertes que había sido censurada en varios países. En las noticias decían que era la película más aclamada de Paul Verhoeven –el mismo director de la película de RoboCop, estrenada unos años antes–, que la habían filmado totalmente en 1991, y que Sharon Stone y que Michael Douglas eran los protagonistas.

(No sé cómo llegó esa película a la casa. Cuando todo esto pasó, debíamos de estar en el otoño de 1992 y quizá la película aún estaba en cartelera. Eran otros tiempos: no había streaming, ni podías ver en tu casa una película el mismo día que se estrenaba en el cine). 


De Georges Biard, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9055138

Yo pensaba que 
Bajos Instintos, esencialmente, era una película de sexo. Eventualmente –más o menos a lo largo de un año de visitas al médico–, me di cuenta de que estaba equivocado. 

La película comienza cuando la policía encuentra a Johnny Boz –una estrella de rock– muerto en su penthouse. Su cadáver está lleno de sangre y de puñaladas. Según los detectives, todo indica que es la escena de un crimen pasional. Nick Curran –uno de los detectives en la escena del crimen– debe resolver el caso: averiguar quién asesinó a Boz. Pronto, él y uno de sus colegas descubren que los papás y los amantes de Catherine Tramell –la última amante de Johnny Boz– han muerto en condiciones sospechosas. Ella es una escritora rubia y enigmática. En sus novelas siempre ocurren asesinatos casi idénticos a los asesinatos en los que han muerto sus seres queridos.

Mientras la investigación avanza, Curran cada vez está más seguro de que Catherine Tramell está involucrada en la muerte de la estrella de rock y la sigue a todas partes y se obsesiona con ella. Ella es muy inteligente y seduce a Curran y Curran desarrolla una adicción hacia ella y pierde la objetividad en el caso del asesinato de Johnny Boz.



Cuando encontré Bajos Instintos entre la colección de películas de mis papás, convencí a mi hermano pequeño de que la película de Goofy no era una película tan buena como a él le parecía y me aseguré de quedarme con la Betamax en la sala para mí solo. 

Estaba temblando y sintiendo que mi corazón explotaría en cualquier momento cuando metí la película en la videocasetera. Me senté en la alfombra, apenas a unos centímetros del televisor y de la videocasetera, para permanecer oculto a la vista de mi hermano y para apagar el televisor inmediatamente, en caso de que él saliera abruptamente de la cocina. No sabía qué iba a encontrarme exactamente, pero era una situación extrema y era lo más excitante que me había pasado. Al mismo tiempo, no quería que mi hermano pequeño me descubriera viendo una película clasificación C, pero tampoco quería perderme la oportunidad de ver una película clasificación C.

La primera escena era muy violenta e impresionante. Se trataba de una borrosa imagen en movimiento, reflejada en un espejo. Había música de violines y algunos murmullos apenas perceptibles. Parecía que un hombre y una mujer estaban desnudos en una cama. La escena no era nada explícita, sino críptica, ambigua y poética. Los cuerpos desnudos cada vez se movían más rápido, acompasados uno al ritmo del otro, y los murmullos apenas perceptibles y la música de violines subían de intensidad. Aparecía por primera vez en la pantalla una enigmática mujer rubia. Estaba encima del hombre y el hombre estaba bajo su control. De pronto, ella tomaba un picahielos de debajo de una almohada y apuñalaba al hombre salvajemente, y la sangre brotaba por todas partes de su cuerpo y salpicaba la cama y el rostro de la mujer rubia mientras ella continuaba apuñalándolo.

La estrella de rock tenía las manos atadas a la cabecera de la cama y desesperadamente intentaba desatarse, y gritaba y sangraba profusamente, pero la rubia no dejaba de apuñalarlo hasta que lo mataba. 


No pude apartar a Sharon Stone de mi cabeza durante varias semanas. Me impresionaron su belleza y su ferocidad y todo el ambiente críptico y ambiguo de esa escena. 

Cada vez que mi mamá y mi otro hermano iban a consulta, volvía a dejar a mi hermano más pequeño en la cocina viendo a Las Tortugas Ninja y me sentaba en la alfombra a continuar viendo la película. Nunca veía más de diez minutos consecutivos. No me sentía con total libertad para ver la película de principio a fin. No sólo creía que mi hermanito podía salir en cualquier momento de la cocina, sino que mis papás podían volver en cualquier momento a la casa. Me tomó más o menos un año ver toda la película. 

Ayer se cumplieron 30 años del lanzamiento de Bajos Instintos. 

viernes, mayo 28, 2021

Gish (1991)



Gish, el álbum debut de Smashing Pumpkins, que fue producido por Butch Vig en los Smart Studios en Madison, Wisconsin, entre diciembre de 1990 y marzo de 1991, y que fue publicado por la compañía discográfica Caroline Records, hoy cumple 30 años. 

De acuerdo con algunos periodistas de rock, el título del álbum está inspirado en Lillian Gish –la longeva actriz del cine mudo de Hollywood–, pero Billy Corgan –autor intelectual del título– ha desmentido este rumor y ha declarado en algunas entrevistas que simplemente se le ocurrió ponerle ese nombre al álbum y que siempre hay alguien que sobre interpreta lo que hacen los artistas. 

Cuando escuché Gish de principio a fin, los Pumpkins vendrían de gira por primera vez a México –acababan de publicar Adore, su cuarto álbum de estudio– y MTV transmitía constantemente los videos  de “I am one”, de “Siva” y de “Rhinoceros”. 

Más allá de que los videos de Gish no parecían precisamente de los noventa, era innegable que las canciones tenían una influencia de la música de los setenta, de bandas como Led Zeppelin y de artistas como Jimi Hendrix. 

Compré Gish –un disco compacto de segunda mano– en El Chopo y estuve escuchándolo durante más de medio año. Además de que la mayoría de las canciones tenían cambios abruptos entre la estridencia y la quietud, había algunas canciones con una atmósfera más tranquila –más pop y folk– y, sobre todo, las letras de las canciones eran ingeniosas: hacían alusión a La Santa Trinidad, o al dios hindú de la destrucción; hablaban sobre la desesperación del amor no correspondido, o sobre el enamoramiento como una explosión de colores; o, incluso, se referían de un modo ambiguo al consumo de drogas psicodélicas.

Paradójicamente, no sólo el productor del álbum –Butch Vig–, sino también Kevin Kerslake –el director del video de “I am one”–, se involucrarían meses más tarde en la producción de Nevermind y en la dirección del video de “Lithium”, respectivamente, y el aclamado álbum de Nirvana opacaría el lanzamiento de Gish, y, todo esto, sería un fuerte golpe al ego de Billy Corgan.

Mientras escribo estas líneas, escucho el mismo disco compacto de segunda mano que me compré hace veintitrés años. Intento escribir algo más personal, pero el calor de esta habitación es apenas soportable –aunque lo prefiero mil veces, en comparación con el frío– y apenas me permite enfocarme en algunos vagos recuerdos que me trae la música de Gish, pero, igualmente, invito al lector accidental de este blog, a escucharlo por su cuenta y a formar sus propias impresiones.  

lunes, junio 08, 2020

8 de Junio, 1990

Según mis redes sociales, hoy se cumplen 30 años de la inauguración de Italia 1990. 

Aquel 8 de junio debió de ser viernes y yo estaba acabando el quinto año de la primaria. Aunque todavía no comenzaban las vacaciones de verano, ese día no fui a la escuela. Mi papá tampoco fue a trabajar. 

Tal vez como a las nueve de la mañana, después de desayunar, él se sentó en la sala frente al televisor y se puso a mirar un programa en el que Juan Dosal, Eduardo Trelles y Hugo Sánchez hablaban desde las gradas del Estadio Giuseppe Meazza sobre la inminente inauguración del torneo de futbol más importante en el mundo. “Hugol” todavía jugaba en el Real Madrid –de hecho, era el máximo artillero en Europa–, pero era comentarista invitado y tuvo que mirar desde las gradas ese mundial debido al castigo que la FIFA le impuso a la Federación Mexicana de Futbol por el asunto de “los cachirules” y que impidió que la Selección Nacional incluso disputara las eliminatorias mundialistas. 

Me senté en el suelo junto a la mesa de centro y me puse a leer o a jugar mientras miraba de reojo la televisión. 

La cámara enfocaba a los comentaristas y yo no podía ignorar los gigantescos audífonos que les cubrían las orejas, ni sus corbatas rojas con rayas blancas ni sus sacos cafés de finales de los ochenta en los que destacaba el logotipo de Televisa.

Juan Dosal le pidió a Hugo Sánchez su opinión respecto a la cancha. Hugo dijo que había tenido la oportunidad de jugar en ese campo contra el Milán hacía algunos meses y que lo habían remodelado y que estaba en estupendas condiciones y que era una alfombra. 

Casi al mismo tiempo, en la pantalla del televisor aparecieron imágenes de las finales de las Copas del Mundo y Juan Dosal interrumpió a Hugo Sánchez y comenzó a hacer un recuento de esas finales.

En unos cuantos minutos, vi “el gol fantasma” con el que los ingleses derrotaron a los alemanes en Wembley en 1966, vi un gol de remate de cabeza que Pelé le anotó a Enrico Albertosi en El Estadio Azteca en 1970, vi a Paul Breitner y a Gerd Müller anotar dos goles para que los alemanes le ganaran a los holandeses en El Estadio Olímpico de Múnich en 1974, vi a Mario Alberto Kempes anotar un gol en los tiempos extras de la final de 1978 mientras miles de papelitos caían desde las tribunas y le daban un extraño aspecto a la cancha del River Plate, vi a los italianos derrotar a los alemanes en El Estadio Santiago Bernabéu en 1982 y vi a Jorge Valdano y a Diego Armando Maradona levantar La Copa del Mundo en El Estadio Azteca en 1986.

De un momento a otro, nos encontrábamos mirando Milán desde la cámara de un helicóptero que sobrevolaba las inmediaciones del Estadio Giuseppe Meazza. El vehículo se acercó poco a poco al estadio, hasta que se detuvo más o menos en el centro de la cancha. 

Justo en ese momento un enorme balón hecho con flores y con globos se abrió en el círculo central y al mismo tiempo los globos y las flores volaron hacia el cielo y decenas de mujeres, vestidas con ropas características de los países participantes en el torneo, aparecieron en una de las esquinas de la cancha y comenzaron a caminar sobre una pasarela de moda. 

Junto con todos estos eventos asombrosamente sincronizados en unos cuantos segundos, una mujer con un micrófono y un hombre con una guitarra eléctrica negra comenzaron a hacer playback a un costado de la cancha. La canción hablaba sobre las noches mágicas del verano italiano y sobre la euforia de los jugadores y de los aficionados al celebrar un gol*.



Durante esas vacaciones de verano tuve que ir algunos días a la primaria. Estaba en la escolta y teníamos algún concurso con otras escuelas de la zona o simplemente nos preparábamos para el siguiente ciclo escolar, ya que pasaríamos al sexto año y seríamos la única escolta oficial de la escuela (al menos hasta que la generación del quinto año nos sustituyera y nosotros entráramos a la secundaria). 

El ensayo terminaba alrededor de las once de la mañana y mi abuelo iba a recogerme a la escuela en su bicicleta y me llevaba a su casa. 

En su casa el televisor siempre estaba encendido y siempre había algún partido del mundial. Recuerdo vagamente un partido entre las selecciones de España y de Bélgica, un gol que algún jugador europeo o sudamericano anotó desde casi medio campo al portero de Corea del Sur y unos penalties entre las selecciones de Irlanda y de Rumania en Génova. 

También recuerdo que mi hermano y yo un día nos quedamos solos en el departamento y que vimos por televisión un partido entre las selecciones de Alemania y de Colombia; según los comentaristas, los alemanes habían goleado a sus rivales previos y eran serios candidatos a ser los campeones del mundo, y los colombianos habían calificado al mundial después de varias décadas, pero tenían una generación de jugadores talentosos que podían sorprender al equipo alemán.  

Los alemanes anotaron primero, pero casi al final del partido un jugador con una melena impresionante tomó el balón en medio campo y le dio un pase fabuloso al centro delantero y lo dejó solo frente a Bodo Illgner. El colombiano pateó el balón y éste se coló a la portería, pasando entre las piernas del portero alemán. Con ese gol el juego terminó en empate. 

Los comentaristas festejaron con tanta euforia el gol que mi hermano y yo gritamos a todo pulmón y nos abrazamos, mientras la cámara se enfocaba en un aficionado colombiano que celebraba la anotación de Freddy Rincón y que parecía colgado de las tribunas con una especie de alas que acompañaban su disfraz de cóndor. 

Algún domingo visitamos a mi abuelo y nos sentamos en su sala y vimos por televisión a los brasileños y a los suecos enfrentándose en Turín. Otro domingo, me senté yo solo en la sala con él y los dos vimos el gol del “Toto” Schillaci con el que los italianos eliminaron a los uruguayos en los octavos de final. 



Un sábado por la mañana me senté junto a mi papá frente al televisor y vimos a Diego Armando Maradona tomar el balón en el medio campo de la cancha del Estadio Delle Alpi y esquivar a medio equipo brasileño y darle un fabuloso pase a Claudio Paul Caniggia.

La jugada fue fenomenal y la anotación permitió que los argentinos avanzaran a los cuartos de final y que unos días más tarde vencieran en penalties a los yugoslavos en Florencia, a pesar de que Maradona errara su penaltie. 

Recuerdo el ambiente de los aficionados en las calles aledañas a los estadios y en las gradas,  y las redes hexagonales de las porterías, y recuerdo los nombres de las sedes en las que se disputaban los partidos –Bari, Bolonia, Cagliari, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Palermo, Roma, Turín, Udine y Verona.

También recuerdo la arquitectura de los estadios y el techo metálico del Estadio Giuseppe Meazza y las enormes bocinas que colgaban de cables de acero a 40 metros de altura sobre el centro del campo en el Estadio Delle Alpi, y las torres que parecían condominios en las cuatro esquinas del Estadio Luigi Ferraris y la entrada a los vestidores detrás de una de las porterías del Estadio San Paolo, y recuerdo los adornos de flores detrás de las porterías en el Estadio Artemio Franchi y las redes hexagonales blancas que colgaban de las porterías como telarañas que se sacudían cuando un balón Etrusco cruzaba la línea de gol, y también recuerdo las pistas de tartán alrededor de casi todas las canchas de las sedes mundialistas y el césped perfectamente dividido en franjas verticales con dos tonalidades de verde que parecía una alfombra.

También recuerdo a Roberto Baggio esquivando a medio equipo checoslovaco en El Estadio Olímpico de Roma.

Y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. 

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*Según los expertos, “Un'Estate Italiana” ha sido la mejor canción en la historia de todos los mundiales.