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domingo, febrero 08, 2026

but I don't wanna talk, I only wanna listen

Sobrevivía a una mala temporada, a casi dos años de visitas a gastroenterólogos, a casi dos años de fármacos, diagnósticos fallidos y endoscopías que terminaron en una cirugía, sobrevivía a casi medio año de náuseas matutinas y de mononeuropatías provocadas por tantos fármacos, sobrevivía a casi medio año de odiar mi existencia, de sufrir ataques de pánico a la mitad de la nada, sobrevivía a la convalecencia de la cirugía, sobrevivía a una terrible faringoamigdalitis, estaba tumbado en la cama, lidiando con los escalofríos, como un junkie en abstinencia, apenas hablando lo indispensable sin sentir malestar y tomando líquidos como loco y evitando sales y grasas, cuando me encontré un video de Kurt Vile en YouTube.

Era un tipo alto y con el cabello largo y quebrado, nunca lo había escuchado, tenía una voz estilo “lazy”, como que cantaba despreocupadamente y arrastraba las palabras, también tocaba una Jaguar como la que hizo famosa Kurt Cobain a principios de los 90, y vestía Levi's y una camisa de leñador, y su banda –conformada por un baterista, por un bajista, y por un guitarrista que también hacía efectos con un sintetizador– lo acompañaban en una canción hipnótica en la que destacaba un arreglo de la guitarra eléctrica, su música sonaba a “indie-folk-oscuro” y esa canción en particular movió algo dentro de mí.

Había contraído faringoamigdalitis a mediados de octubre, estuve así durante casi todo el mes y volví a enfermarme por ahí de la segunda semana de diciembre, al salir de una cena de fin de año en casa de una colega de la universidad, tenía más de un mes en convalecencia cuando descubrí a Kurt Vile, no había salido a la calle en toda la semana, incluso yo, que no soy tan nómada y puedo estar encerrado en la casa muchos días, estaba mortalmente aburrido, sintiendo escozor en la garganta y en los ojos, con la nariz llena de mocos, con debilidad muscular, y esa canción sonaba a bienestar, hizo que pensara en que no podía estar enfermo toda la vida, en que me acercaba a la luz al final del túnel.


Llegué al canal de KEXP casi por accidente, a lo mejor atraído por el aspecto del sujeto de cabello quebrado y largo, a lo mejor atraído por su vestimenta, a lo mejor atraído por su Jaguar, a lo mejor mi estado de sopor hizo que sintiera que su música movía algo dentro de mí, que me pareciera “hipnótica” y “psicodélica”, como suelen sentirse las cosas del mundo después de que has estado enfermo tanto tiempo. La canción se llamaba “Wheelhouse” y el arreglo de la guitarra se repetía incesantemente, era la base de la canción, y se me quedó en la cabeza.
                        
Vi el video varias veces más y luego busqué información sobre Kurt Vile en Internet. “Wheelhouse” era el track #5 de B'lieve I'm Goin' Down, «el sexto álbum de estudio del compositor indie-rock estadounidense Kurt Vile», el álbum tenía algunos meses de haber salido a la venta y Kurt Vile tenía, además, otros álbumes con una banda llamada The Violators. Según Wikipedia, Kurt Vile escribía todas las letras de sus canciones, componía la música de todas sus canciones y tocaba la mayoría de los instrumentos en sus álbumes de estudio. La prensa especializada lo asociaba con artistas como Neil Young y Bruce Springsteen; de hecho, con The Violators, Kurt Vile tocaba “Downbound train”, una canción original de Springsteen, en So outta reach, un EP lanzado en el 2011 por Matador Records.

Toda esta información que encontré en Internet me intrigó, quería escuchar más música de Kurt Vile, pero eran otros tiempos, aún me resistía a las plataformas de streaming (no tenía Spotify), así que compré B'lieve I'm Goin' Down en Amazon. Cuando llegó a la casa, la faringoamigdalitis ya casi había desaparecido y estuve escuchando el álbum de principio a fin, me dio la impresión de que sonaba a country y a folk, y que algunas canciones tenían ciertos destellos de optimismo, aunque la mayoría más bien sonaban melancólicas. Cuando ya había escuchado decenas de veces B'lieve I'm Goin' Down y más o menos me lo sabía de memoria y me reintegraba a mi trabajo de postdoc en la universidad, me enteré que Kurt Vile daría un concierto en El Plaza el 4 de febrero del 2017, y (obviamente) compré un par de boletos, ¿cuántas veces tienes la oportunidad de escuchar en vivo a un artista que acabas de conocer? 

El sábado 4 de febrero llegó y Lizzie y yo caminamos desde el metro Patriotismo hasta El Plaza, quién sabe por qué me acababa de cortar el cabello, me veía y me sentía tonto, casi como me sentía cuando me obligaban a cortarme el cabello casi cada quince días en la secundaria, había estado lloviendo toda la tarde, iba con ropa de invierno, no quería volver a enfermarme, y no dejaba de sentirme tonto ni de preguntarme por qué había tomado esa decisión tan abrupta de cortarme el cabello tan corto. 

Cuando llegamos al Plaza Condesa eran como a las 7 PM, y había unas cincuenta personas por ahí –entre ellas, “la reclu”, una locutora de radio que parece tener un contrato vitalicio como dobladora de los Oscars con TNT–, y también había puestos de mercancía (pirata) del concierto, y Lizzie y yo recorrimos algunos de los puestos y compramos un par de playeras y nos topamos a unos tipos que no hablaban muy bien español pero que estaban muy interesados en comprar unas gorras y unas playeras con la cara de Kurt Vile, y uno de los tipos trataba de comunicarse con un vendedor en un español muy básico.

Ese tipo se me hace conocido, le dije a Lizzie.
¿Es uno de los músicos que tocan con Kurt Vile?, me preguntó, y traté de recordar los rostros de los músicos que había visto en YouTube tocando “Wheelhouse”.

Se me ocurrió acercarme al puesto de gorras y playeras, y ayudarle a negociar al tipo extranjero con el vendedor, pero me puse a pensar en veinte mil escenarios posibles, no quería ser inoportuno ni meterme en donde no me llamaban. 

El extranjero apenas hablaba dos o tres palabras en español y sólo llevaba dólares y el vendedor no entendía gran cosa de lo que le decía y tampoco estaba seguro de cuántos dólares tendría que cobrarle por las gorras y por las playeras. 

¿Por qué no les ayudas?, me dijo Lizzie y me acerqué al puesto, pero entonces el extranjero y el vendedor ya habían llegado a un acuerdo. En ese momento tuve un insight: otro de los extranjeros del grupo se parecía mucho a uno de los músicos que había visto en YouTube durante la convalecencia y me acerqué a él (con mi corte de cabello de tonto) y le pregunté si él era el guitarrista de la banda y me contestó que sí y le pregunté si podíamos tomarnos una foto y él dijo que sí y posó con una de las gorras que el otro tipo le acababa de comprar al vendedor, así que tengo una foto con Jesse Trbovich en la que salgo con un corte de pelo de tonto. 

Lizzie y yo entramos al Plaza, y no había reparado en que tenía más de quince años que no me paraba por allí, desde mucho antes de conocer a Lizzie, por ahí de los años dos mil, cuando la UNAM estaba en huelga y
 El Plaza era un cine en el que proyectaban películas de culto, hasta un par de veces
vi una que otra película de Peter Greenaway o de Jean-Claude Lauzon, y unos tipos me siguieron varias cuadras al final de una función y me puse paranoico y prácticamente corrí hasta el metro Chilpancingo debajo de la lluvia, quién sabe quiénes eran, a lo mejor solo se trató de mi imaginación.

Volví al presente. Quién sabe desde cuándo, pero los tiempos de El Plaza como cine de culto habían quedado atrás, ahora era una sala de conciertos, creo que hasta los Melvins y Mark Lanegan ya habían tocado allí, y las butacas de la planta baja ya no existían y el primer piso era una especie de bar VIP. En ese momento había más gente en esa especie de bar que en la planta baja, tal vez la gente en esa lugar iba a pasar toda la noche bebiendo y platicando mientras Kurt Vile tocaba en vivo, como si estuvieran en cualquier otro bar de la Condesa, tal vez no. 

Lizzie y yo buscamos un buen sitio en la planta baja, para entonces ya había unas treinta o cuarenta personas dispersas en la zona general, pero todavía encontramos un espacio libre como a seis metros de distancia del escenario, casi junto a las barras de contención que separan al público de los músicos, y, justo cuando encontramos el lugar, me dieron ganas de ir al baño. 

Ahora vuelvo, le dije a Lizzie.

El concierto estaba programado a las 9 PM, todavía faltaba casi una hora, todavía nadie estaba borracho, así que la fila del baño no era muy larga. Mientras la fila avanzaba, me topé a dos o tres tipos que hablaban del Superbowl LI –el día siguiente jugarían los Atlanta Falcons contra los New England Patriots en el NRG Stadium de Houston– y que estaban convencidos de que ganarían los Pats. Otros tipos quién sabe por qué estaban en El Plaza, ni siquiera sabían quién era Kurt Vile, tal vez sólo habían ido al bar del primer piso, a conversar y a beber, con música en vivo de fondo. Llegó mi turno y oriné junto a José Manuel Aguilera, el guitarrista y cantante de La Barranca. Cuando salimos del baño, después de lavarnos las manos, nos miramos unos segundos, quería pedirle que nos tomáramos una fotografía, él quería que le pidiera que nos tomáramos una fotografía, entre los fans de los Pats y entre quienes no sabían quién era Kurt Vile (aunque estaba por empezar el concierto de Kurt Vile), nadie lo había reconocido, pero no pasó nada, me sentí incómodo, Aguilera me sonrío y me extendió la mano y tal vez se quedó esperando a que le pidiera una foto o un autógrafo.  

Volví a donde estaba Lizzie, tratando de ahuyentar esos pensamientos que daban vueltas por mi cabeza –«pudiste haber ayudado a Jesse Trbovich y compañía a comunicarse con el vendedor...», «pudiste haberte tomado una foto con José Manuel Aguilera...», «no parecen esa clase de músicos insoportables que llevan guardaespaldas a todas partes...», «pero no hiciste nada...»–, en ese momento salió al escenario el tipo que había comprado las gorras y las playeras con el rostro de Kurt Vile afuera de El Plaza, acomodó algunos pedales de guitarra por aquí y por allá, y luego desapareció: formaba parte del staff  de Kurt Vile.

Otros pensamientos me dieron vueltas por la cabeza –«si lo hubieras ayudado, a lo mejor te habría conseguido un autógrafo de Kurt Vile, o el setlist del concierto...», «eres tan tonto, tu corte de cabello es perfecto para ti...»–, preferí contarle a Lizzie sobre mi encuentro con Aguilera en los baños.

Te hubieras tomado una foto con él, me dijo. 

De pronto ya sólo faltaban veinte minutos para las 9 PM y de pronto dieron las 9 PM y entonces se apagaron las luces de El Plaza y Jesse Trbovich y algunos de los extranjeros del grupo que había comprado las gorras y las playeras con el rostro de Kurt Vile salieron al escenario. Kurt Vile salió al final de todos, y el público les aplaudió a todos y la banda saludaron al público.

Kurt Vile se colocó su Jaguar y abrió el concierto con “Dust Bunnies”, el track #2 de B'lieve I'm Goin' Down. Cuando terminaron, el tipo del staff, el de la transacción de las gorras y de las playeras, salió al escenario y le ayudó a Kurt Vile a quitarse la Jaguar y a colgarse un banjo –el tipo aparentemente era el técnico de guitarra–, y la banda tocó “I'm An Outlaw”. 

“Jesus Fever” fue la tercera canción de la noche y la primera que la mayoría del público identificó, entre una canción y otra, alguien del público pidió “Wheelhouse”, pero Kurt Vile se disculpó y dijo que tendría que ser en otra ocasión. Ni hablar. Luego tocaron “Pretty Pimpin”, la canción más celebrada hasta ese momento, y varias canciones que el público sí conoció. Entonces Kurt Vile se quedó solo en el escenario y tocó “Stand Inside”, esa canción me noqueó emocionalmente, me acordé de todos mis problemas de salud de los últimos años, sentí un nudo en la garganta, que las piernas me temblaban, tuve mi momento con el multi-instrumentista de Pennsilvania, nunca había sentido una conexión tan cercana con ningún artista, con ninguna canción en vivo, y no dejaba de preguntarme qué se sentirá conectar con millones de desconocidos, con tu voz y con una guitarra acústica..., qué se sentirá que la prensa te asocie con Neil Young...

Después de esta conexión tan cercana con “Stand Inside” y de sentirme, en cierta forma, en una especie de MTV Unplugged in New York, la banda volvió a subir al escenario. Tocaron otros veinte minutos, más o menos, y se enfocaron en canciones de B'lieve I'm Goin' Down. Como a las 10 PM cerraron con “Downbound Train” –el cover de Bruce Springsteen que tocan en So outta reach–, con “Baby's Arms” y con una larga sesión de feedback.

Las luces de El Plaza se encendieron poco a poco y poco a poco la gente salió del recinto y 
el técnico de guitarra apareció otra vez en el escenario y tomó del suelo el setlist y se lo entregó a una persona del público. «
Si lo hubieras ayudado a comunicarse con el vendedor hace rato, a lo mejor te habría entregado el setlist a ti», pensé. 

Este concierto ocurrió hace casi 10 años.

domingo, febrero 05, 2017

Humming A Sad Song When I'm Alone



Después de haber estado casi tres años bajo tratamientos médicos infructuosos, después de haber lidiado con las náuseas matutinas y con las mononeuropatías provocadas por un montón de fármacos y después de haber pasado por el quirófano y por el periodo postoperatorio de una cirugía, contraje una severa faringoamigdalitis a mediados de octubre y tuve una recaída a finales de noviembre. Cuando ya me había recuperado, acudí a una cena de fin de año en una casa con un ambiente muy cálido y al salir de la casa me enfrié y volví a enfermarme. El ciclo se repitió en la cena de Año Nuevo. Total, que estuve en convalecencia casi un mes. Cuando estaba mortalmente aburrido –tenía más de una semana sin salir a la calle, y el escozor en la garganta y en los ojos, el constante fluido nasal y la debilidad en los músculos y en las coyunturas, ni siquiera me permitían concentrarme más de cinco minutos consecutivos en la lectura de un documento insustancial–, me encontré en YouTube el canal de una estación de radio de Estados Unidos.

Tras navegar por el menú de los videos del canal de KEXP, di con uno en el que un sujeto de cabello quebrado y largo cantaba en voz muy baja, apenas murmurando. Tocaba una Jaguar similar a la de Kurt Cobain y lo acompañaban otro guitarrista, un bajista y un baterista. En mi estado de sopor, la música me pareció hipnótica y reconfortante. La canción se llamaba “Wheelhouse” y tenía una figura de guitarra muy pegajosa que se repetía incesantemente y que se me quedó grabada en la cabeza. El ritmo de la batería resaltaba los sonidos de la guitarra y el bajo acompañaba a ambos instrumentos, de un modo apenas perceptible. 

                        

Vi el video un par de veces más y algunos otros del mismo canal de la estación de radio y busqué información sobre la banda en Internet. La canción formaba parte del álbum B'lieve I'm Goin' Down, cuyo compositor era el sujeto de cabello largo y cuyo nombre era Kurt Vile. El álbum tenía algunos meses de haber salido a la venta y el compositor tenía varios álbumes como solista y otros más con una banda llamada The Violators. También leí en Wikipedia que Kurt Vile escribe todas las letras de sus canciones y que compone la música y que toca la mayoría de los instrumentos en sus álbumes. La prensa especializada lo relaciona con artistas como Neil Young y Bruce Springsteen. 

Toda esta información me intrigó y quise averiguar qué clase de artista era Kurt Vile y qué clase de álbum era B'lieve I'm Goin' Down. Compré el álbum en Amazon y estuve escuchándolo una y otra vez, de principio a fin, en la última etapa de la convalecencia. Es un álbum de rock con influencias country y folk, con canciones que tienen ciertos destellos de optimismo, pero que, principalmente, son melancólicas.

Cuando más o menos volvía a reintegrarme a mi rutina, vi algún anuncio en Internet en el que decía que Kurt Vile vendría a principios de febrero a tocar a la Ciudad de México, y fue una coincidencia feliz. Tenía varios años sin prestarle atención a un artista contemporáneo y sin escuchar música nueva, y ahora, que habían ocurrido ambas cosas, tenía la oportunidad de escucharlos en vivo. 


El concierto se llevó a cabo ayer. L
legamos al Plaza Condesa alrededor de las siete de la noche. Había estado lloviendo y apenas amainaba la lluvia. Afuera del recinto había unas cincuenta personas –entre ellas, “la reclu”, una locutora de radio– y algunos puestos de mercancía pirata del concierto. En uno de estos puestos, unos sujetos estaban interesados en comprar unas gorras y unas playeras con la cara de Kurt Vile impresa. Uno de ellos intentaba comunicarse con un vendedor en un español muy básico. 

Mi primera reacción fue acercarme a ellos y ayudarles, pero me dio pena; no quería parecer inoportuno ni entrometerme en donde no me llamaban. El sujeto no tenía pesos mexicanos y quería pagar con dólares. El vendedor no entendía muy bien a qué se refería el extranjero y no sabía a cuántos dólares equivalían las gorras y las playeras que quería comprarle. Katz me insistió en que les ayudara a comunicarse y me acerqué al puesto, pero para entonces los dos hombres ya habían llegado a un acuerdo. Miré con más detalle al grupo de extranjeros y el rostro de uno de ellos me pareció familiar. Creí haberlo reconocido de aquel video de YouTube que había visto en mi convalecencia. Le pregunté si era el guitarrista de la banda y me dijo que sí. Se trataba de Jesse Trbovich. Le pregunté si podíamos tomarnos una foto, y él accedió amablemente (incluso posó con una de las gorras de la transacción que acababa de ocurrir). 


Apenas ingresamos al foro, reparé en que 
El Plaza no tenía casi ya ningún parecido con aquel cine en el que proyectaban películas de culto a finales de los 90 y principios de los 2000, cuando, durante la huelga de la UNAM o después de la huelga de la UNAM, había visto tantas películas de Peter Greenaway o de Jean-Claude Lauzon, y que había sido acondicionado como una sala de conciertos* –incluso los Melvins y Mark Lanegan ya dieron conciertos aquí–, pero antes tenía otro nombre y era ese cine elitista en el que proyectaban películas que difícilmente podías ver en otra parte y en el que te vendían bebidas alcohólicas. A diferencia de aquellos tiempos, lo más evidente es que ahora no hay butacas en la planta baja y que el primer piso –que aún conserva las butacas– funge como un bar. 

Había más gente en el bar que en la planta baja, y esto me pareció absurdo. No pude evitar sentirme parte de una moda, parte de ese grupo de gente que va con la corriente y que siempre está en los eventos más importantes en la Colonia Condesa, ya sean de gastronomía, de música o de ropa. Era casi un hecho que les daba lo mismo la música: lo importante era beber y charlar, mientras Kurt Vile y su banda tocaban en vivo.

Katz y yo caminamos por la planta baja en busca de un buen lugar. Había unas treinta o cuarenta personas dispersas por ahí, pero encontramos un espacio libre a unos seis o siete metros del escenario, con una buena vista, y nos quedamos allí. Me dieron ganas de ir al baño. Katz me dijo que ella estaba bien. 

La fila del baño no era muy larga. La mayoría de la gente, tanto en la fila como en el baño, hablaba del Superbowl LI –hoy juegan los Atlanta Falcons contra los New England Patriots en el NRG Stadium de Houston– y estaba segura de que ganarían los Pats. Algunos despistados ni siquiera estaban enterados de quién era Kurt Vile, y confirmaron mis prejuicios sobre la gente del primer piso: lo importante era charlar, beber y tener a una banda tocando en vivo, como fondo. Oriné junto a José Manuel Aguilera, el guitarrista y cantante de La Barranca, pero, allí, con las manos recién lavadas, encontré inoportuno pedirle una fotografía, aunque él me sonrío y me extendió la mano y se quedó como en espera de que yo le pidiera una foto.  

Regresé a donde estaba Katz, lamentándome por no haber ayudado a Jesse Trbovich y compañía a realizar su transacción con el vendedor de las gorras pirata afuera del Plaza. Además de que habría sido de lo más sencillo, ellos parecían muy accesibles, parecían músicos underground y no esa clase de músicos sobrevalorados que siempre necesitan decenas de guardaespaldas. Me recriminé por no haberlos ayudado. Era evidente que formaban parte de la banda o del staff  de Kurt Vile, y Katz había insistido en que les ayudara y yo no le había hecho caso. Apenas al entrar al Plaza, ella me había dicho que, a lo mejor, en retribución, ellos me habrían conseguido el autógrafo de Kurt Vile o el setlist del concierto.

                             


Faltaban poco más de veinte minutos para que comenzara el concierto, y estuvimos hablando sobre el mismo tema –¿por qué no les ayudaste a comunicarse con el vendedor de gorras pirata?–, hasta que, alrededor de las nueve la noche, se apagaron las luces del recinto y Jesse Trbovich y algunos de los extranjeros de las gorras, salieron al escenario. Kurt Vile salió al final, y el público les aplaudió a todos y la banda saludó a la audiencia.

Kurt Vile se colocó su Jaguar y abrió el concierto con “Dust Bunnies”. Cuando la banda terminó de tocar esta canción, el extranjero que había realizado la transacción de las gorras, más o menos una hora antes, afuera de El Plaza, salió al escenario y le ayudó a Kurt a quitarse la guitarra y a colgarse un banjo –supe que era su técnico de guitarra–, para que la banda continuara con “I'm An Outlaw”. 

“Jesus Fever” fue la tercera canción de la noche –uno de los hits de Kurt Vile–, y provocó una buena reacción en la audiencia, que no había identificado muy bien las primeras dos canciones del concierto, que son las pistas dos y tres de B'lieve I'm Goin' Down. Entre una canción y otra, alguien del público le pidió a Kurt Vile que tocaran “Wheelhouse”, pero el multi-instrumentista de Pennsilvania se negó, se disculpó y dijo que tendría que ser en otra ocasión. Su confesión me desanimó un poco.

El concierto llegó a su punto más álgido cuando la banda tocó “Pretty Pimpin”.


Después de algunas canciones, Kurt Vile se quedó solo en el escenario y tocó “Stand Inside”, una melancólica canción de amor de B'lieve I'm Goin' Down. La canción tocó mis fibras más sensibles.
Su interpretación fue tan emocional que no pude evitar recordar mis últimos años con problemas de salud. Comenzaron a temblarme las piernas y presentí que en cualquier momento lloraría incontrolablemente. Nunca había sentido una conexión semejante con una canción en vivo. Me pareció increíble que un humano fuera capaz de transmitir tantas emociones, con su voz y con una guitarra acústica, y le di crédito a la prensa que asocia musicalmente a Kurt Vile con Neil Young. Las emociones que experimenté también me hicieron recordar algunos testimonios de los asistentes al Unplugged In New York de Nirvana y envidiar a aquellos que se sintieron cautivados por la fuerza emocional transmitida por Kurt Cobain y por su Martin D18-E durante la interpretación de “Pennyroyal Tea” en ese concierto en los Sony Studios de Nueva York. 

Después de este momento hipnótico e innegablemente visceral, la banda volvió a subir al escenario y durante otros quince o veinte minutos continuaron tocando la mayoría de las canciones de B'lieve I'm Goin' Down y de otros álbumes de Kurt Vile. La penúltima canción fue “Downdbound Train” – un cover de Bruce Springsteen– y el concierto terminó con “Baby's Arms”.

Después de poco más de una hora, entre el feedback de las guitarras y la ovación del público, Kurt Vile y el resto de los músicos se retiraron del escenario. Las luces de El Plaza se encendieron y la gente comenzó a abandonar el recinto. Al cabo de unos minutos
, el técnico de guitarra salió nuevamente al escenario y tomó del suelo una hoja de papel –la lista de las canciones de ese concierto– y se la entregó en las manos a una persona del público, y pensé que, de haberlo ayudado a comunicarse con el vendedor de las gorras y de las playeras antes del concierto, yo pude haber sido esa persona. 

                                                           


*Otra entrada. Los Libros de Próspero, El Talentoso Sr. Ripley y Cinco Sentidos.