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domingo, enero 19, 2025

¿Eres lo que atraes?



Hay diversos puntos de vista sobre lo que significa una mala noticia –que te digan por teléfono que tienes tal o cual enfermedad y que sólo te quedan 3 meses de vida, que el amor de tu vida acepte tu invitación a cenar y allí te diga que está enamorada de tu mejor amigo, que te comuniquen por correo-e que no pasaste ni siquiera la primera fase de un concurso para una plaza académica de tiempo completo–, pero, independientemente de ello, soy la clase de persona que “atrae” malas noticias, y esto no tiene nada que ver con la metafísica: tengo “un imán” para recibir noticias sobre la muerte –diría que las recibo casi de manera inmediata a la muerte de alguien– porque siempre estoy al pendiente de las malas noticias, mi cerebro siempre está al pendiente de todas las cosas malas, y es un vicio, no recuerdo un solo día de los últimos diez o veinte años en el que no haya estado así.

Hace un año, por ejemplo, cuando me debatía entre continuar con mi rutina y satisfacer mi adicción a la nicotina, o resistirme a salir al Oxxo a comprar una cajetilla de Camel –después de casi 8 años de abstinencia, tras una larga enfermedad que me llevó al quirófano, había recaído y estaba perdiendo el control otra vez–, me metí a X y leí en la cuenta de Jesús Ramírez-Bermúdez que José Agustín acababa de morir. Mentiría si dijera que lo primero en lo que pensé fue cuál de sus libros me gusta más —¿Ciudades desiertas?, ¿Se está haciendo tarde?— y cuál menos —¿Dos horas de sol?, ¿La tumba?—; más bien, pensé en que era un imán de malas noticias, en que ocurrió lo mismo cuando murieron David Bowie, Chris Cornell, Mark Lanegan, Andrew Fletcher...

El otro día volvía a la casa después de correr 7 kilómetros y traté de acallar los pensamientos negativos que casi nunca puedo ignorar, que son como una vocecita que siempre está aconsejándome, y me senté a tomarme un suero, a revisar en la aplicación del teléfono cuál había sido mi mejor tiempo. Calculé que corrí casi veinte segundos más rápido que el lunes, y eso me hizo sentir bien. «Una buena noticia entre las tantas malas noticias que he recibido en los últimos 4 meses», me dije mentalmente. Luego, intenté enfocarme en otras buenas noticias: en que (otra vez) cumplía un año sin fumar –antes de recaer, fumaba a todas horas, una cajetilla en un par de horas si había alcohol de por medio, tenía dedos de nicotina, no podía subir escaleras sin sentir que me daría un ataque al corazón–, en que en esta semana terminábamos de responderle los treinta y tantos comentarios al Revisor #5 y en que no puede llover todo el tiempo, que nadie puede recibir malas noticias todo el tiempo. 

Y estaba funcionando: de alguna manera, había logrado desasirme de esos pensamientos negativos, pero después me metí a Facebook y vi un post de Stereogum y allí había una fotografía de David Lynch y decía que él acababa de morir. El post tenía 3 minutos de haber sido publicado. Mentiría también si dijera que conozco todas las películas de Lynch, que Eraserhead es mi favorita. Que veo la vida cómo él la veía, que me sabía esa anécdota en la que Spielberg lo dirige y él interpreta a John Ford, que yo era de los fans que decía que esa escena de Los Fabelman era la mejor escena en la historia del cine: el mejor director de cine, dirigiendo al mejor director de cine, interpretando al mejor director de cine. Escuché el soundtrack de Lost Highway antes de ver la película.

Me terminé el suero y pensé en que algo malo ocurre conmigo, en que estoy tan acostumbrado a ver que la vida es una amenaza constante, en que lo primero que pienso en cualquier circunstancia es en todo lo malo que puede suceder —eso no me incapacita para hacer lo que tenga que hacer, sólo me impide disfrutar el proceso—, y desde ayer o anteayer, ya no sé cuándo, no puedo dejar de preguntarme cómo hacen los demás para ignorar todo lo malo que hay en el mundo: ¿qué cosas leen, qué música escuchan, cómo pasan su tiempo libre...?, ¿pueden ver una película de David Lynch, llenar los huecos con su imaginación, y ser felices...?

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

sábado, abril 08, 2023

cuenta hasta diez

Juego con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano. Hago malabares. Prolongo la abstinencia al máximo (¡en mayo, cumpliré ocho años sin fumar!) y me recuerdo a mí mismo lo que ya sé: que esta adicción es tonta, que no recaí (sólo me fumé varios cigarrillos, un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023, me fumé 3 cigarrillos); que todo está mal, que soy débil (sólo me fumé varios cigarrillos un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023), que estoy enfermo; que nunca dejas de fumar; que sólo prolongas tu abstinencia al máximo; que el tabaquismo es una espiral que lleva a otros vicios, que el tabaquismo es un vicio que no mejora nada, que empeora mi condición física, que me roba el aire (como cuando pongo a prueba a mis pulmones y me sumerjo en la alberca una vez a la semana y salgo a la superficie tras apenas diez segundos debajo del agua y acepto que aprendí a nadar como un salvaje debajo del agua), que jode mis pulmones, que me sofoca, que puede provocarme cáncer, que me hace carraspear, que me aletarga, que me impedirá correr 6 kilómetros en menos de 25' (tres veces a la semana) y que no me generará ningún placer excepto el de terminar con los malestares (el mal humor, la sudoración, la ansiedad) de la abstinencia. 

Ya no sé ni qué escribo: estoy viendo a futuro, y pensando en el espantoso color de mis dedos de nicotina y en el espantoso aroma a llanta quemada, impregnado en mis dedos de nicotina; y en las múltiples enfermedades respiratorias que contraería cada año, y en mi incapacidad para subir las escaleras de todos los edificios del mundo sin asfixiarme, en la eterna fatiga que me perseguiría a todas partes; y también estoy pensando en el teclado de la vieja laptop Sony que usaba cuando padecía tabaquismo, cuando no tenía una Mac, cuando fumaba casi tres cajetillas de lunes a viernes y casi cuatro cajetillas en fin de semana –¡en ayuno, caminando, subiendo escaleras, al final de algún experimento, después de impartir una clase, después de cada comida, en una conversación sobre cualquier cosa, bañándome, viendo una película, escribiendo, escuchando música...!–, y en cómo el teclado de esa vieja laptop quedó marcado con quemaduras de cigarrillo para recordarme el infierno del tabaquismo, y también para recordarme cuántos cigarrillos me fumaba entonces, en automático, mientras, tal y como lo hago ahora, escribía en este blog (por ejemplo) y no reparaba en cuántos cigarrillos me fumaba, ni tampoco me daba cuenta del espantoso aroma del tabaco que quedaba impregnado en el departamento en el que vivía.

Juegas con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano, haciendo malabares y prolongando la abstinencia al máximo y pensando en todas estas cosas, mientras tu apraxia te ataca: ese automatismo de escribir mal una palabra, de saltarte una letra, de poner una vocal, o una consonante, en lugar de otra vocal, o de otra consonante; esa compulsividad de saber que escribiste mal una palabra y de regresar a corregir esa palabra, y de sentirte frustrado porque no puedes dejar de cometer errores (si aprendes a usar el teclado de una Sony VAIO, no puedes re aprender a escribir en el teclado de una Mac), y porque no puedes dejar de aporrear las teclas hasta que las palabras estén escritas correctamente; esa compulsividad de regresar, una y otra vez, a la misma palabra mal escrita para corregirla; esa compulsividad de sentir que cada palabra mal escrita es una piedrita en el zapato que no te deja avanzar y que te saca ámpulas y que te revienta los pies; esa compulsividad de sentirte frustrado porque cada palabra mal escrita es también como tu infernal mito de Sísifo privado: que la rutina de regresar a corregir las palabras, conforme intentas vaciar una idea en la hoja en blanco –la idea que se esfuma lentamente, como el día–, así como vacías tu estómago cuando has comido un alimento podrido, te mantiene dándole vueltas al mismo tema, sin llegar a ningún lado y sin concluir un párrafo: como si estuvieras lavando trastes y el fregadero nunca se vaciara. 

Pasan todas estas cosas, mientras el sol va ocultándose y el sofocante calor de abril se va debilitando, y mientras Alexa reproduce los gritos iracundos (y la angustia y las frustraciones) de Kurt Cobain, que escupe sus vísceras desde el más allá... 

(he was born scentless and senseless/ 

he was born a scentless apprentice/ 

go away...!go away...!/, go away...!

... y haces una pausa, y reflexionas, y dejas de aporrear el teclado y contemplas el cigarrillo en una de tus manos, y crees que una vocecita interior te murmura al oído «¿No puedes superarlo?», y que esa vocecita recalca «¡Ya pasaron casi treinta años desde su muerte! ¡Hay millones de músicos nuevos a quienes podrías escuchar!», pero la ignoras (después de todo, esa vocecita eres tú mismo, o un fragmento de ti mismo, perdido en las profundidades, o en la superficie, de ti mismo), y, entonces, una cosa lleva a otra cosa y recuerdas ese artículo que leíste en Internet hace unas semanas, cuando no tenías esta abstinencia y este antojo de cigarrillo; ese artículo que trataba sobre por qué, conforme envejecemos, nos rehusamos a escuchar música nueva. 

Sigues haciendo malabares con el cigarrillo apagado y tratas de pensar por qué no escuchas música nueva. Intentaste con Cloud Nothings y con Kurt Vile, pero no fue lo mismo. Estás convencido de que, tomando como referencia las explicaciones de ese artículo (la maduración psicosocial, más precisamente), tú no escuchas música nueva, porque: a) no quieres romper los vínculos emocionales que tienes con la música que escuchaste en la adolescencia, y b) ya tienes una personalidad definida (o sea que no escucharías música nueva, como lo hace un adolescente, para pertenecer a un grupo de amigos, ni para que ese grupo moldee/refuerce tu personalidad); y sales de estas cavilaciones (así como sales, una vez a la semana, a tomar aire, cuando te sumerges en la alberca y nadas debajo del agua y tus pulmones se quedan sin aire) y te preguntas qué pensaría Kurt Cobain de la música actual, qué pensaría él de todos estos artistas plásticos que todo mundo escucha en el 2023 y que ni siquiera saben cantar, y cuyos principales objetivos parecen consistir en verse bienen moverse bien en el escenario, en vender dos o tres hits al año y en ganar millones de dólares.

Te preguntas qué pensaría el difunto líder de Nirvana, de la música de estos artistas plásticos que no proponen nada, más allá de vivir en la superficie de las cosas. Te preguntas qué pensaría de los seguidores de estos artistas plásticos que no quieren quebrarse la cabeza y que sólo quieren pasar un buen rato; que sólo escuchan tracks, que nunca escuchan álbumes completos, y que parecen aspirar a lo mismo que los artistas plásticos a los que veneran: fama y fortuna (¿dónde has escuchado esto?)  

Te preguntas si Kurt Cobain usaría sus redes sociales; si él tendría twitter o facebook o mastodon o telegram o un canal de youtube, y qué opinaría de la mayoría de los influencers y de los podcasters que adora todo mundo en el 2023 y que venden cualquier cosa que sus patrocinadores les pidan que vendan, y que, a pesar de ser unos vendidos (o, precisamente, por eso), hacen declaraciones osadas, que dicen cosas como «La especie más evolucionada, pasó, de escuchar a Eddie Vedder, a escuchar a Bad Bunny», o «Soy súper humilde: tengo veinte playeras Calvin Klein del mismo color, diez Levi's 501 y tres pares de los sneakers Michael Jordan de edición limitada». 

Vuelves a aporrear el teclado y a luchar con tu apraxia y con tu abstinencia. 

Continúas haciendo malabares con el cigarrillo apagado (es un Lucky Strike pesadísimo), y admites que ya casi no escuchas a Nirvana, que hoy pusiste In Utero porque se trata de una fecha especial, porque, hace casi 30 años, un electricista, que iba a instalar una alerta de seguridad en la casa del matrimonio Cobain-Love (en Lake Washington), descubrió el cadáver de una de las principales estrellas de rock de la década de los noventa, en el invernadero de esa casa; porque, un día como hoy, hace 29 años, ese electricista, que, al principio, creería que no se trataba de un cuerpo humano, sino de un maniquí que estaba tumbado en el suelo del invernadero, después confirmaría que se trataba de un cadáver humano y llamaría a una estación de radio, o a la policía, para dar la noticia; porque has leído decenas de veces, en distintas fuentes, cómo se supone que fueron los últimos días de Cobain, y cómo la policía llegó al invernadero ese domingo 8 de abril de 1994 y confirmó lo que había visto el electricista: que se trataba de un cadáver humano, en particular del cadáver de Cobain; y que Cobain tenía una Remington en el pecho y un disparo en la cabeza; y que también reportó que en el suelo había parafernalia de junkie –cucharas, encendedores, jeringas– en una caja de puros y una nota escrita a mano (clavada, con una pluma, en una maceta), a unos metros del cadáver; y que, en tiempo récord, cerró el caso y concluyó que Cobain se había suicidado.

La canción está a punto de terminar. 

Repasas cómo crees que fueron los últimos días de Cobain: cómo, el 31 de marzo o el 1 de abril, se fumaba un cigarrillo en Exodus, mientras Gibby Haynes –el cantante de los Butthole Surfers– le contaba sobre el paciente que había escapado de ese lugar, saltándose la barda («nadie está aquí en contra de su voluntad: basta con decirle al personal de Exodus que ya no quieres estar aquí, para que te dejen salir por la puerta principal») y Cobain pensaba que esa sería la forma ideal de escapar de la rehabilitación; cómo llevaba a cabo su plan, sin siquiera haber transcurrido 24 horas internado, y se saltaba la barda de Exodus; cómo el 1 ó 2 abril se encontró a Duff McKagan en el aeropuerto de Los Ángeles; cómo llegó a Seattle y descendió del avión y tomó un taxi y llegó a su casa en Lake Washington; cómo se tumbó a dormir un par de horas en cualquier recámara de su casa; cómo despertó y después encontró al niñero de Frances Bean y a la novia del niñero, acostados en otra habitación; cómo el 2 o el 3 de abril intentó comunicarse por teléfono con Courtney Love; cómo salió a buscar heroína y alquiló una habitación en el hotel Aurora; cómo su esposa lo declaró desaparecido y contrató a un detective y canceló todas sus tarjetas de crédito; cómo el 1 o el 2 de abril llamó por teléfono a Mark Lanegan y cómo Mark Lanegan nunca le contestó; cómo estuvo desaparecido varios días; cómo, supuestamente, el 4 de abril, comió en un restaurante de comida mexicana, en una plaza de Seattle, y volvió a su casa; cómo, el 5 de abril, tomó una escopeta que tenía escondida en un armario, y que había comprado previamente con su amigo Dylan Carlson, y cómo tomó una caja de municiones que también tenía escondidas; cómo se metió, con la escopeta y con las municiones, al invernadero de su casa; cómo se fumó cuatro o cinco cigarrillos y escribió una carta para su esposa y para su hija; cómo cargó la Remington, puso Automatic For The People en un reproductor de cds y preparó una dosis letal de heroína; cómo se sentó en el suelo del invernadero y se puso la Remington en el pecho; cómo se inyectó la heroína y, antes de que los efectos de esa dosis de heroína (que, de cualquier modo, lo habría matado), estallaran en su sistema nervioso, se puso el cañón de la escopeta en la boca y jaló el gatillo; cómo el electricista encontraría su cadáver hasta el 8 de abril, y confundiría su cadáver con un maniquí, y luego llamaría a la estación de radio o a la policía...

También pienso en todas las teorías de la conspiración que circulan sobre la muerte de Cobain –¿lo asesinaron?, ¿estaba a punto de desenmascarar a una red de poderosos pedófilos?, ¿planeaba divorciarse de Courtney Love?, ¿su esposa presentía el final de su matrimonio y el final de Nirvana y el final de la mina de oro que era Cobain?, ¿él cambió su testamento antes de morir?, ¿había disuelto a Nirvana?–, pero la canción llegó a su fin y el cigarrillo captura toda mi atención y me quema las manos. 

Ya no resisto más. Y no quiero recaer. Me repito «¡en mayo, cumplirás siete años sin fumar!», y me siento frustrado y aborrezco la abstinencia y también aborrezco a todos esos académicos que publican artículos sobre neurobiología de las adicciones y que nunca han sufrido el infierno de la abstinencia (ni siquiera para una droga socialmente aceptada, como la nicotina), y que nos señalan a los adictos como si no tuviéramos fuerza de voluntad y como si fuéramos unos débiles, unos seres inferiores que sólo seguimos instrucciones, y que somos incapaces de hilar un conjunto de ideas en un texto, o de tomar una decisión, después de evaluar los pros y los contras; y, a veces, también quisiera gritar furiosamente como Kurt Cobain lo hacía y destrozar una Stratocaster zurda como él lo hacía al final de sus conciertos y conectar emocionalmente con miles de personas como él lo hacía, pero, sólo puedo hacer malabares con un cigarrillo, lidiar con mi abstinencia de casi siete años, resistirme y prolongar mi abstinencia al máximo, escribir tonterías (que nadie leerá, excepto si abandono este plano terrenal) sobre todas estas cosas... y contar hasta diez.

domingo, abril 02, 2023

God Is In The Radio


WORK IN PROGRESS

Los pájaros trinan por ahí. Su música se cuela en tus canales auditivos y genera potenciales de acción en los cilios de tus oídos internos (los mueve de un lado a otro: de derecha a izquierda, o viceversa, y ¡forma realidades alternas!), y estas señales eléctricas –fabulosamente transducidas en un lenguaje electroquímico que entienden las neuronas, a partir de las crestas y de los valles de las vibraciones de aire–, llegan a la corteza cerebral; otros potenciales de acción que, quién sabe por qué y cómo, tu neocorteza ha convertido en recuerdos nostálgicos, son un insight y un estímulo que Proust, con su madalena y con su tacita de té, del Siglo XIX –hay que leer, al menos un par de tomos de En Busca del Tiempo Perdido, para entender la referencia, y que los libros de psicología que hablan sobre el fenómeno Proust, envidiarían, y que podrían adoptar una forma concreta –en un párrafo, o en una oración– y abarcar doscientas páginas, sin respiro, casi como cuando te tiras en la alberca y te das un chapuzón en el océano de las letras y sales a la superficie, cuando estás a punto de morir por falta de oxigenación al cerebro, saltan de alguna sinapis a otra o de los músculos de tu memoria, en el hipocampo, y de ahí a la pantalla de la computadora.

Estás poseído, estás vehemente, estás un poco ebrio y tu corteza prefrontal está enferma: tu mente escribe más rápido que tus dedos, pero estas ideas, que pasan por tus dedos índices –por tus torpes dedos índices: quién sabe cómo aprendieron a suturar y a hacer cirugías estereotáxicas y a fabricar diminutos electrodos que implantaste en el cráneo de doscientos millones de ratas, hace miles de años–, chocan contra la tecla incorrecta –la apraxia del habla que te persigue, junto con su enfermedad neurodegenerativa, hace de las suyas–, y que te hacen regresar a la palabra mal escrita, a un párrafo o a una oración mal escrita, que es un obstáculo que te va alejando del insight o de la idea que salta de tu cerebro a la pantalla.

Unos perros famélicos ladran a los lejos, unos niños gritan en el fraccionamiento que colinda con el patio de tu casa y tienen voces de niños pero dicen groserías como standuperos que llegan a millones de personas, y el motor de un automóvil zumba a lo lejos como una abeja que busca saciar su sed de polen en el pequeño jardín que tu esposa ha cultivado y en donde sueles salir a tomar al el sol y a leer o a estudiar, o a escribir o a tomarte un Jack Daniel's con Coca-Cola.  

Acabas de leer una novela de Bukowski y piensas que la mayoría de la gente no ha leído su obra, y que él era un misógino y que, sin embargo, también adoraba a las mujeres, y que tuvo una vida difícil y que tuvo trabajos difíciles, y que escribía cosas contundentes que ningún escritor de escuela jamás podrá escribir en su vida; y te sientes inspirado a escribir, y caes en la cuenta de que, al igual que Bukowski, adoras a las mujeres, que nunca podrías escribir nada si no estuviera relacionado con alguna mujer: tu esposa, en primera instancia; tu esposa, antes de que fuera tu esposa; algún amor platónico de la juventud; alguna cantante pop de tu infancia; alguna actriz de tu adolescencia...

Y también piensas en que, al igual que Bukowski, necesitas escribir, y que tienes que escribir sobre lo que está dándote vueltas en la cabeza, como una jaqueca, como un tumor, como una punzada, como una canción; sobre lo que está capturando tu atención: un dolor de estómago, un picor en la nariz o en la garganta; una piedrita en los zapatos... Que no puedes escribir, a destajo: que no puedes escribir por compromiso, que no puedes escribir para satisfacer a nadie; que ni siquiera puedes escribir para satisfacerte a ti mismo: que tienes que escribir, de principio a fin: que no puedes comenzar a escribir algo y luego abandonarlo: que nunca podrás retomar y sentirte satisfecho cuando retomes algo que comenzaste a escribir y que, por una u otra razón –el cansancio, otras responsabilidades, la vergüenza de haber escrito algo que no comunica lo que quieres comunicar, y que no lo comunica como quieres comunicarlo...    

Te fumas un cigarrillo, inhalas y exhalas profundamente y adivinas que mañana te costará más trabajo correr 5 ó 6 kilómetros debajo de los 5 minutos por kilómetro, o que pasado mañana te costará más trabajo permanecer debajo del agua, nadando y conteniendo la respiración, y el futuro te decepciona y entonces, para distraer tu foco de atención, mientras continúas fumándote un cigarrillo, pones en la computadora una canción de los Queens Of The Stone Age a todo volumen –para acallar tus pensamientos y el trinar de los pájaros y los gritos standuperos de los niños del fraccionamiento contiguo– y te sientes un perdedor, te acuerdas cuando fumabas varias cajetillas de cigarrillos al día, cuando fumabas en ayuno, cuando te costaba trabajo subir tres pisos en escaleras, cuando tenías resaca de tabaco: en mayo ibas a cumplir 5 años si fumar, pero te fumaste algunos cigarrillos en diciembre, antes de que Messi ganara su primera Copa del Mundo, y te has fumado algunos cigarrillos en marzo y has reconocido que el tabaquismo –y cualquier adicción– nunca te abandona: más bien, puedes estar en abstinencia, cierto tiempo... incluso años... y te parece ridículo cuando los expertos en adicciones, en el mundo académico, hablan sobre el tema sin haber lidiado, personalmente, si quiera, con adicción a la Coca-Cola. 

Y te suenas la nariz, como un heroinómano, pero eres virgen ese tema. 

jueves, octubre 20, 2022

Soy un mal escritor


Soñar es estar a la deriva, despertar es llegar a tierra firme, escribir es abrirte las venas y desangrarte, leer es cerrar los párpados y fingir una sonrisa o una mueca triste, escribir es salpicar una página con los esputos de todas tus frustraciones en la deshidratación de una borrachera, leer es modular tu voz para que parezca que captas el mensaje, que sufres lo que estás leyendo, fingir que las letras son marcas de hierro incandescente que chamuscan tu alma, esperar a que alguien te lea es pretender que sólo necesitas soñar para que tus sueños se hagan realidad, es como creer que el sol puede ocultarse detrás de uno de tus dedos y acabar con la luz de todo el mundo, la realidad es que no vales nada excepto si “las personas indicadas” le dicen a las personas sin criterio que eres el mejor, aunque seas pésimo en lo que haces, como cuando Joseph Goebbels decía mentiras a los alemanes y luego decía que las mentiras que se decían millones de veces acababan convirtiéndose en la verdad imperante, la realidad es que es más probable tener éxito si nunca esperas nada de la gente que conoces, esperar a que algún contacto o conocido te dé crédito simplemente porque es tu contacto o tu conocido es ingenuo, paradójicamente en el anonimato le caes mejor a la gente que te conoce, o, al menos, así la gente que te conoce no tiene razones para envidiarte o no tiene prejuicios acerca de ti, meterte a una red social es enfermizo, para qué quieres encontrar callejones sin salida y sectas intolerantes y creyentes sin autoestima, para qué quieres encabronarte con opiniones que no te van a gustar, que la tierra es plana, que la educación es irrelevante, que todos deberíamos aspirar a ser empresarios multimillonarios y lucrar con frivolidades, que lo único que debería importarnos es tener un auto del año y salir de vacaciones a lugares exóticos lo más seguido posible, meterte a una red social es enfermizo, usar las redes sociales como un cuchillo para clavárselo en la espalda a la gente que conoces, hablar mal de la gente que conoces, señalarla, humillarla, ignorarla, pretender darle una lección de moral, asumir que conoces todos sus motivos y todos sus defectos, es enfermizo, estar despierto es estar atado a las apariencias que duelen como un arañazo de gato feral en la cara, es tener que interrumpir lo que más te gusta hacer, eso que harías por el resto de tu vida aunque no te pagaran, porque tienes que comer o ir al baño prácticamente cada que llegas al clímax de algo, estar dormido es estar libre, es no tener hambre ni sed, es no padecer ni angustias ni preocupaciones, es no tener que saber mil y un contraseñas para entrar a mil y un aplicaciones que te facilitan la vida o que te fabrican necesidades o que te vuelven dependiente a ellas, no caer en una provocación en redes sociales es no tener nada qué decir, caer en una provocación en redes sociales es la oportunidad ideal para demostrar tu punto, cualquiera que sea, quedarte callado es no tener nada qué decir, decir lo que sientes es tener la razón, compartir lo que escribes, mostrar tus heridas y tus miserias, sublimar tu estrés postraumático en busca de catarsis, o en busca de retroalimentación, es estúpido, quizá encuentres la catarsis pero esperar retroalimentación es absurdo, es ingenuo, nadie lee nada que no tenga que ver consigo mismo, la gente sólo lee las cosas que refuerzan la idea (el concepto, la identidad) que tienen de sí mismas, si te metes en un muro en el que no te llaman no debes esperar una respuesta, incluso si alguien se mete en tu muro sin que lo llames, y aun cuando te pregunte algo y tú te tomes el tiempo para responder, no esperes a que te dé retroalimentación, todo está mal, todo es enfermizo, todo es contagioso, todo es automatismo, como en ese álbum de REM que supuestamente sonaba junto al cadáver de la estrella de rock que se metió a la boca el cañón de una Remington y que habla sobre cómo los humanos somos emocionales y necesitamos aceptar nuestros defectos pero siempre estamos avergonzándonos de lo que somos, aparentando que todo está bien, que no podríamos estar mejor, que amamos lo que hacemos, que no hacemos lo que hacemos porque no tenemos otra opción, y si respondes a algo que te preguntan concretamente en tu muro, en una red social, y a la gente no le gusta tu respuesta, porque, a lo mejor, inconscientemente, te tiene en un concepto muy bajo y cree que dices que escribes porque un día le escribiste un poema a tu abuelita y tu abuelita lo leyó y le gustó (o fingió que le gustaba para no herir tus sentimientos) y te dijo que escribes bonito y le creíste ciegamente, o simplemente respondes y no está de humor o no le gusta tu respuesta porque tu respuesta no está en la frecuencia de lo que le gusta, o en la frecuencia de su humor, y aunque tu respuesta sea una respuesta que responde concretamente a lo que te preguntan, te sueltan el rollo de que eres ególatra (¿qué debías contestar?, ¿ahora te paso el poema que le escribí a mi abuelita?), y, en fin, si lo eres, pues lo eres, ya no tienes quince años para que estos adjetivos te pongan al borde de un colapso emocional, tampoco es que lo máximo que hayas hecho en la vida sea escribir en un blog, aunque ser ególatra es lo menos importante, lo importante debería ser que, en otros tiempos, esas personas que ahora te llaman ególatra leían este blog, este anodino blog en el que escribes (más bien, lo que haces es aporrear el teclado de una computadora con conectividad a Internet y luego las palabras van quedándose grabadas en un gadget) desde hace casi veinte años, y que esas personas te conocieron hace casi quince años en un taller de creación literaria y que salieron contigo a emborracharse varias veces, pero, en fin, eran otros tiempos, y ahora estoy en un mal momento, no soy muy tolerante en este momento, está clarísimo que mis capacidades no me aseguran nada, que la gente del presente tiene que ponerme candados para evitar que concurse y que gane una plaza de trabajo (y, aunque no lo parezca, incluso encontrándome en un mal momento, sé perfectamente qué cosas escribo), está clarísimo que a veces hago preguntas retóricas en los muros de las redes sociales de personas que no me invitan a preguntar nada en sus muros, porque sistemáticamente no comentan nada, porque estoy ocioso, harto de leer textos científicos en inglés sobre temas que no me apasionan, porque estoy harto de escribir minutas como si estuviera obligado a ser un secretario que debe ser estoico y que debe vivir de sus ahorros, y que debe resignarse a que las cosas sean así, a que la excelencia académica sea solo un eslogan, o porque, simplemente, quiero evadirme de mi realidad, y, en fin, a veces no vemos nada, ni siquiera cuando nos pasa, ni siquiera cuando somos la prueba de viviente de nuestros propios errores y fracasos, y estamos tan ensimismados en la corriente de las redes sociales y somos tan susceptibles a los reforzadores de las redes sociales –los likes, los me encanta–, que no nos damos cuenta de que también somos ególatras cuando estamos a la defensiva, cuando asumimos que alguien nos comenta cualquier tontería para poner en duda las cosas en las que creemos ciegamente, cuando alguien, tontamente, se acerca a nosotros en la virtualidad de las redes sociales, por curioso, o en busca de una opinión, sin ánimo de ofender, o nos lanza un comentario retórico, imaginando que no recibirá respuesta, como ha ocurrido otras tantas veces, incluso cuando le preguntas algo directamente (también es ególatra hacer una pregunta y pasar de largo, ignorar la respuesta a la pregunta que tú mismo hiciste, porque, simplemente, esa respuesta te vale madre, o no se ajusta con tus intereses), pero, en fin, caemos de vez en cuando en la tentación de los autómatas, y nos enfrentamos al otro lado de la moneda, descubrimos qué ocurre cuando no pasamos de largo, y no desestimamos “el debate” en redes sociales, cuando nos quedamos a ver cómo la gente alienada suelta un rollo que la haga sentirse superior a los interlocutores –les da un periodicazo en el hocico–, y así vamos todos, aportando nuestro granito de arena, remando en la corriente de las redes sociales, intoxicándonos en la inercia de las redes sociales, nunca tenemos tiempo para salir del círculo vicioso de las redes sociales, y nos alejamos del mundo real, y nos distanciamos de la gente real, y le decimos, al mundo real y a la gente real, que están enfermos porque no ven nuestro punto, porque no nos comprenden.

sábado, noviembre 28, 2015

El cajero automático se tragó con mi dinero


Tengo varios meses sintiéndome mal.
Hace unos días, saqué una cita por teléfono con un gastroenterólogo.
Llamé desde el trabajo. 
Aproveché un momento en el que me quedé solo en el cubículo.

Quería mantener en secreto mi enfermedad. 

(Me he acostumbrado tanto al malestar que me resulta difícil creer que podría sentirme como cualquier otra persona. Muchas veces he pensado que el malestar desaparecerá paulatinamente, pero la verdad es que me he adherido a dos tratamientos médicos y no noto mejoría.)

Hace una semana, una colega me regaló un chocolate amargo después de la comida. 

Estaba delicioso, pero me hizo daño. Sentí que me asfixiaba, que se me cerraba la garganta, que ascendían por mi esófago litros y litros de saliva que no me permitían pasar aire hacia los pulmones y que en cualquier momento ya no podría respirar. 

Tuve que volver al departamento. El camino fue infernal. 

El malestar desapareció mientras estaba dormitando en el sillón, viendo la televisión para distraerme y preguntándome qué diablos ocurría conmigo. Ésta es la enfermedad más rara que he tenido. Los síntomas son difíciles de explicar. 

EC ya me había insistido en que debía ir con un especialista, pero soy desidioso y pesimista.



El día que saqué la cita por teléfono, ya estaba harto de mi condición. 

Todo el camino desde el departamento hacia el trabajo, estuve pensando en que debía de haber algún modo de acabar con los síntomas.

Llegué al cubículo y me senté frente a la computadora a buscar en internet consultorios de gastroenterólogos. En la Sección Amarilla encontré el número de un gastroenterólogo del Hospital Ángeles Metropolitano de la Colonia Roma

Anoté el teléfono y marqué el número cuando estuve solo en el cubículo. 
La recepcionista me ofreció la cita para esa misma tarde o para el día siguiente. No sé por qué le pedí una cita para la semana siguiente. (Creo que quería tener suficiente tiempo para prepararme mentalmente y para que hubiera las condiciones apropiadas para ir a la cita. Odio comprometerme repentinamente a cualquier actividad.) Luego volví a llamar y la cambié para esa misma tarde.

La cita era a las cinco y salí directamente del trabajo al consultorio.

Durante el camino, estuve teniendo pensamientos positivos y preguntándome por qué no había sacado una cita antes. Pensé que mi problema sería resuelto fácilmente y que volvería a tener una vida normal. (En los últimos meses he tenido mucho cuidado con mi alimentación: entre otras cosas, evito las grasas, los irritantes, los dulces y las bebidas carbonatadas.) 


Domingo 16 de mayo del 2015
El consultorio del gastroenterólogo estaba en el quinto piso del hospital. 
La sala de espera estaba llena de gente que hablaba de temas banales. 
La recepcionista me dijo que el médico había tenido un contratiempo, pero que no tardaría en llegar.

La idea de abandonar el consultorio cruzó mi mente, pero el médico apareció pronto. 
Hizo pasar a una mujer antes que yo (ella no había dejado de hablarle a su acompañante, de su último viaje a Europa en el que conoció el Museo de Louvre y El Vaticano) y terminé pasando a su consultorio cuarenta minutos más tarde. 

Le referí mis síntomas y me revisó. 

Me dijo que parecía que tenía reflujo gastroesofágico (ERGE) y que era indispensable que me realizara una endoscopía cuanto antes, para descartar cualquier posibilidad de tumor cancerígeno. (También le dije que he estado escupiendo flemas con sangre.) 

Volví a la casa en metro, a la hora pico. 

Estaba muy preocupado y consternado. Todo parecía peor de lo que había pensado.
Podía tener un tumor cancerígeno.

Hacía más de un año que no usaba el metro a la hora pico.
Eran las seis de la tarde y estaba a reventar.
Yo estaba tan consternado que no me importó el mar de gente ni el ruido ni el hacinamiento dentro del vagón.  
Sólo pensaba cuánto podría cambiar mi vida si en verdad tenía un tumor cancerígeno.  


Miércoles 25 de noviembre del 2015
Cuando llegué al departamento no estaba EC. 

Encendí el televisor y me senté en el sillón.
Había un partido de futbol. Jugaban el América contra el León en El Estadio Azteca
Eran los cuartos de final del torneo. 

Yo estaba inerte en el sillón, tratando de distraerme con el televisor, pero sin prestarle atención al partido. Las imágenes se difuminaban en el césped y yo sólo recordaba vagamente otras escenas de otro partido del torneo anterior. 

El domingo 16 de mayo del 2015, jugaban el Querétaro y el Veracruz en el Estadio Pirata Fuente. Eran los cuartos final del Torneo de ClausuraRecordaba la fecha con precisión porque desde entonces no he vuelto a fumar.

Recordaba que EC  y yo acabábamos de volver de la casa de mis papás. 
Casi todos los domingos íbamos a verlos.  

En esa temporada, Ronaldinho jugaba en Querétaro
Su equipo había ganado el partido de ida. 


Después de fumarme mi último cigarrillo en la vida (espero), me comí una rebanada de pastel e inmediatamente me sentí terrible. 

Comencé a secretar mucha saliva y a ahogarme. No podía eructar. 
Sentía como si tuviera una burbuja de aire o algo atorado en el esófago. 
Cada vez me costaba más trabajo pasar saliva y aire. 

Jamás me había sentido así.

El malestar desapareció paulatinamente y Ronaldinho dio el pase de gol con el que el su equipo avanzó a las semifinales del Torneo. 

El Querétaro llegaría a la final y la perdería contra Santos

Volví a la realidad. 

El partido en El Estadio Azteca, terminó. 

El América ganó 4 a 1.

No recuerdo un solo gol.

Sólo pensaba en el tumor cancerígeno y en el rumbo que podría tomar mi vida.

No sabía cómo le diría a EC que era probable que tuviera un tumor cancerígeno. 


Al día siguiente fui a realizarme la endoscopía. 

El consultorio privado del gastroenterólogo estaba cerca del World Trade Center.

Salí de la casa en ayunas, sintiéndome miserable y experimentando los síntomas del reflujo.

El metro estaba a reventar y había mucho ruido. 
Me sentía tan mal que todo eso era irrelevante. 
Pensaba que preferiría vivir esas condiciones de encierro y de ruido, el resto de mi vida, en lugar de sentirme como me había estado sintiendo.  

Tenía unas terribles náuseas y me sentía ansioso.
Siempre creía que las naúseas acabarían en vómito y que de alguna manera terminaría ahogándome con mi propio vómito. Aunque esto no había ocurrido jamás, la idea de vomitar en público me torturaba. 

Siempre cargaba con una bolsita de emergencia para el vómito. 

La endoscopía me costaría $7, 500. 
Era una fuerte suma para mí. 
Nunca llevo conmigo tanto dinero. 

No se me había ocurrido sacar dinero del banco y mi plan era bajarme en la estación Chilpancingo, buscar un cajero automático, sacar el dinero y subirme al metrobús. 
El consultorio privado del gastroenterólogo quedaba cerca de la estación  Nápoles.  


Me bajé en la estación Chilpancingo y caminé en busca de un cajero automático.
Eran casi las ocho de la mañana. La cita para la endoscopía era a las nueve.
Encontré un cajero en la calle de Tlaxcala, junto a una farmacia.

Introduje mi tarjeta y mi NIP y la cantidad que quería sacar. 
El cajero automático marcó que la operación había sido exitosa y escuché el sonido que emite la máquina cuando está contando los billetes. 
La compuerta se abrió, pero no salió ningún billete. 

El cajero se quedó con mis $7, 500. 

¡No sabía qué más podría salir mal!

Jamás me había ocurrido algo así con un cajero automático. 

Pensé que ésa era una señal de que todo saldría mal. 
Pensé que el médico me diría que tenía un tumor cancerígeno y que no había mucho por hacer. 


Me subí al metrobús, enojado y preocupado.
Me bajé en la estación Nápoles y me perdí.

Llegué al consultorio casi una hora después de la cita, sudando, enojado y consternado a la vez. 
Odio llegar tarde a cualquier parte. 
No quisiera ser una de esas personas que incluso llegan tarde a su funeral. 

Le dije al gastroenterólogo que me había perdido y que el cajero automático se había quedado con mi dinero y que no llevaba dinero para pagarle, y él sugirió que después de la endoscopía yo fuera a otro cajero y que regresara más tarde al consultorio a pagar. 

Me preguntó si nadie me acompañaba y le dije que no.

Creo que ni EC ni yo habíamos considerado que la endoscopía requería que ella me acompañara. 

Eso me puso paranoico y me hizo pensar que el médico podría dormirme, extraerme los órganos que quisiera y traficar con ellos y que luego podría deshacerse de mí y que nadie sabría dónde buscarme. 



El médico me hizo pasar a otra habitación y me hizo acostarme en la cama de auscultación.
Una enfermera me tomó los signos vitales y me puso una mascarilla.
Me dijo que en poco tiempo la anestesia surtiría efecto y me dejó solo.

Cuando empecé a sentir los efectos de la anestesia, todas mis preocupaciones desaparecieron. Consideré que los anestésicos podrían ser una opción, si el panorama no era alentador. 
Imaginé el resto de mi vida como un adicto a los anestésicos y escribiendo en ese estado.  

Nunca perdí la consciencia por completo –ése era el protocolo– y el gastroenterólogo me explicó cada cosa que veía. Me realizó una biopsia y me mostró los resultados unos minutos después de terminar con la endoscopía. Confirmó que tenía ERGE y me dijo que además tenía una hernia hiatal y Helicobacter PyloriNo parecía que tuviera algún tumor cancerígeno, pero de todas formas me envió a ver a otro especialista.

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Cuartos de Final Torneo de Clausura 2015: Veracruz vs Querétaro
Cuartos de Final Torneo Apertura 2015: León vs América

viernes, agosto 30, 2013

¿Existe la hormona de la fidelidad?


La oxitocina está de moda. 

En medios impresos y electrónicos, abundan las notas –"supuestamente" basadas en evidencia científica– que se enfocan en los hallazgos más llamativos relacionados con esta hormona.

Más que informar imparcialmente, el objetivo de estas notas parece ser "monetizar" y atrapar al incauto lector con clickbaits cuyos encabezados le venden un tópico "científico y controversial" que lo hará poseedor de una información envidiable

En términos más formales, el nombre de la oxitocina proviene de dos términos griegos que traducidos al español significan "nacimiento rápido" y que le fueron adjudicados porque facilita la labor del parto y disminuye el dolor experimentado por la madre, al promover las contracciones uterinas

La oxitocina también promueve la liberación de la leche materna durante la lactancia. Debido al fuerte vínculo existente –e innegable– entre la madre y su cría en este periodo, se ha sugerido que también participa en la formación del apego

En este sentido, algunos investigadores sociales han ido más lejos, han antropomorfizado el constructo "apego" y han sugerido que la oxitocina participa en la formación de lazos emocionales y que facilita tanto la atracción sexual como la empatía, entre desconocidos. 


Actualmente se ha mostrado que la oxitocina participa en diversos procesos fisiológicos que van desde la supresión del hambre hasta la sensibilidad por el consumo de sustancias adictivas*, pero a finales de la década de los ochenta comenzaron a ser publicados algunos estudios en los que se sugería que esta hormona guardaba una estrecha relación con la monogamia (y con la fidelidad) exhibida por una subfamilia de roedores. 

En este contexto, más recientemente, en algunos estudios llevados a cabo en humanos, se ha observado que los niveles de oxitocina en sangre se elevan después del orgasmo en parejas monógamas y que la administración intranasal de oxitocina produce "un efecto de evitación hacia mujeres desconocidas" en hombres involucrados en una relación monógama.  

Debido a esta clase de hallazgos, la oxitocina, por vox populi, es considerada "la hormona de la fidelidad".

Estos resultados también han hecho volar la imaginación de algunos empresarios y los ha llevado a considerar la posibilidad de crear "un perfume de la fidelidad".

(El detalle que omiten mencionar en sus campañas publicitarias es que, aparentemente, los solteros son inmunes a los efectos filiales inducidos por esta hormona.)

La conclusión más aceptada hasta hoy, entre los expertos en el tema, es que la oxitocina participa en el mantenimiento –más que en el establecimiento– de lazos afectivos. 


No dudo que algunos autores de las notas más sensacionalistas sobre esta hormona, sean "investigadores exprés" y que recaben su información de Wikipedia, de Google o de blogs (no precisamente como éste.)

Aun cuando no sean expertos en el tema y aun cuando su meta sea –casi exclusivamente– vender una nota, no estoy de acuerdo en que sugieran que no falta mucho tiempo para que "un científico loco" sea contratado por algún gobierno del mundo con el malévolo propósito de diseñar una píldora que mimetice los efectos de la oxitocina y cuyo fin sea controlar nuestra fidelidad hacia cualquier autoridad que se nos imponga. 
  
¿Se hacen pasar por ingenuos... o realmente no se dan por enterados de que los humanos practicamos diversas actividades que nos controlan del mismo modo en que el soma controlaba a los habitantes del mundo feliz de Aldous Huxley?

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*Información actualizada al 1 de diciembre del 2019.