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domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

viernes, junio 19, 2026

¿Sabes por qué te puse Jax?


  

Me sentía del carajo, Lizzie estaba exhausta, ella tenía un trabajo de 8 AM a 7 PM, de lunes a viernes, en una agencia aduanal, y los sábados trabajaba desde casa, siempre tenía que estar al pendiente de su teléfono. Pero no todo era tan denso. Yoko y tú tenían poco tiempo con nosotros, y Gatusso estaba tan feliz de tenerlos, siempre había sido un gato único, yo tenía mucha libertad en el postdoc y sin embargo me sentía del carajo porque prácticamente cualquier bebida o alimento me caía mal, ningún médico había dado con el diagnóstico correcto ni admitido que no tenía ni idea de qué me estaba pasando; me había adherido a mis tratamientos durante casi un año, había cambiado mi dieta rotundamente, y mi salud no mejoraba. Era tan desgastante.

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, veía Sons of Anarchy en Netflix –por esa época también empecé a ver Vikings; después de lo insoportablemente esclavizantes que fueron los últimos meses en el PhD, tenía tiempo para ver series de televisión–, me había enterado de los cameos de la serie –Marylin Manson, Dave Navarro, Stephen King– y dos o tres cosas de la trama, la música de la serie también sonaba intensa. 

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, Liz estaba acostada junto a mí, en el sillón frente a la tele. Gatusso, Yoko y tú probablemente estaban en el otro sillón, tenían una casita de mimbre y dos camas para gato pero solían echarse a dormir en el otro sillón. Ella estaba profundamente dormida y yo me bebía dolorosamente una cerveza, a cada trago carraspeaba y tosía, y me acordaba de nuestra vida reciente en Xola, entonces terminaba el PhD y tomaba alcohol y fumaba excesivamente para lidiar con el estrés. Ya tenía 4 papers de investigación original publicados como primer autor en revistas internacionales evaluadas por pares y ya había impartido casi 4 años de clase como profesor de asignatura en la UNAM y compaginaba estas actividades (y muchas otras más) con los veintitantos seminarios semanales de mi tutor, pero para él “yo sólo seguía instrucciones” y “le cagaba mi falta de iniciativa” –aghh, manipulador–, y no tenía ningún reparo en decirlo frente a todos los estudiantes de pregrado y posgrado de su laboratorio –parecía que se alimentaba de la humillación pública– y mi único escape era beber y fumar todos los fines de semana hasta perder el conocimiento.

Ahora mismo puede ser cualquier noche de la segunda o tercera semana de junio del 2026, el mundial de futbol tiene unos días de haber comenzado, y te tengo sentado en mis piernas, me gustaría asegurar que se trata del viernes 19 de junio del 2026 pero mi mente es un caos, no sé ni qué día es hoy, y lo que importa es que estás conmigo, y que te acercaste a mí y te acomodaste en mis piernas; que, de alguna forma, en estas últimas semanas me he convertido en tu refugio. Faltan pocos días para que cumplas 11 años. 

Ahora mismo van a dar las 10 de la noche, acaba de caer una tormenta, vemos un partido de futbol por la tele –podría tratarse de Escocia vs Marruecos, podrían jugar en Boston– y no puedo evitarlo, recuerdo cuando estabas en tu prime, siempre te preocupabas por tus hermanos y por Lizzie y por mí cuando caía una tormenta, me acuerdo mucho de cómo te asomabas por las ventanas y veías la calle, a veces los árboles se movían de un lado a otro, a veces caían relámpagos a varios kilómetros de distancia, a veces granizaba, y todo eso te inquietaba y movías las orejas y la cola y adoptabas una posición de alerta, pero son casi las 10 de la noche de una tarde de la segunda o tercera semana de junio del 2026, faltan pocos días para que cumplas 11 años y he tenido una neblina mental todo el mes y no sé qué día es y no recuerdo si hace rato jugaron Escocia vs Marruecos en Boston pero estoy seguro de que tú y yo vimos por la tele algún partido del mundial 2026 –los comentaristas son insoportablemente frívolos, no paran de dar datos irrelevantes sobre las espinilleras de tal o cual jugador, de decir cuánto tiempo hace que Messi no va a una barbería de Buenos Aires, cada 3 minutos tienen que hablar de dinero, de a cuánto asciende el sueldo de Mbappé–, y Lizzie está en la cocina preparándote tus fármacos para reducir los niveles de fósforo, a ti no te gusta nada eso, supuestamente saben súper amargos, hemos visto que ya le tienes aversión a la comida, que asociaste el sabor de esos fármacos con la comida –la otra forma de darte los fármacos es vía oral, con una jeringa, pero esa vía es súper intrusiva y podría hacerte daño–, y para distraerme de todo este estrés que hemos vivido desde que nos dijeron que tienes disfunción renal, se me ocurrió poner en la tele el capítulo piloto de Sons of Anarchy, y fue así como todos estos recuerdos llegaron a mi mente, ¡cuánto quisiera volver a ese sábado del que me estoy acordando en este momento, cuando éramos una familia perfecta!, cuando el único enfermo era yo –preferiría volver a verte saludable, corriendo de un lado a otro por la casa, mirando por la ventana una tormenta, y ser yo el enfermo otra vez; preferiría volver a ser víctima de humillación pública en un laboratorio de la facultad de medicina, pero tenerte saludable y travieso y lleno de vida–, ¿sabes por qué te puse JAX?

domingo, noviembre 24, 2024

Esta oscuridad que me ha perseguido

Durante casi dos semanas estuve tomando valaciclovir, tres veces al día. Durante dos semanas no he salido a correr. Durante casi un mes no he bebido ni un vasito de Jack Daniel's. El sábado cumplí 10 meses sin fumar. Y hoy estoy despierto desde las seis de la mañana. 

No quiero divagar, no quiero entrar en detalles, tampoco quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido todo este mes. Tampoco quiero dejar que el dolor se apodere de todo, ni estar pensando en cuánto deseo rascarme la mano, el brazo y la espalda. La comezón es insoportable. Es como si me hubieran arrastrado varios metros por el asfalto: me punza, me duele, me da comezón.

Quisiera deshacerme de todas estas sensaciones que no me dejan en paz, quisiera poner las cosas en orden, desahogarme, escribir sobre todo lo que ha ocurrido en los últimos días, pero Kilitos de Amor ya está en el escritorio, junto a la computadora, y maúlla y ronronea y me mira fijamente, y en su lenguaje felino me pide su porción matutina de Royal Canin. El comienzo de este ritual, me llevará a otra parte del ritual de todos los días: sacar la tira reactiva y el glucométro y la lanceta y pincharme un dedo y depositar una gota de sangre en la tira reactiva, y anotar cuántos mg/dl tengo de glucosa en sangre en ayuno, y perder un tiempo muy valioso intentando recordar qué comí ayer. 

Paso la lengua por el paladar. Las encías están inflamadas. Siempre ocurre cuando tengo la glucosa altísima. No he bebido ni un vasito de Jack Daniel's en casi un mes, pero ayer me tomé un vaso de Coca-Cola y me comí una hamburguesa con papas a la francesa. La vida no puede ser tan monótona. No puedes tomar agua sin azúcar y comer verduras hervidas y pechuga de pavo, todos los días.  

No quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido casi todo el mes. 

Desde algún rincón de la casa, Yoko maúlla una y otra vez, y sus maullidos son tan agudos que no puedo concentrarme, y no sé por qué pienso en que sus maullidos a veces suenan como cuando alguien pasa un cuchillo afilado por un vidrio, y me remontan a alguna escena de Pesadilla en la calle del infierno en la que Freddy Krueger pasaba las navajas de los dedos de su guante sobre la tubería de algún sótano de las pesadillas de sus víctimas. También pienso en que todo se puede romper dentro de mí, como supuestamente le ocurrió al papá de Knausgård y como supuestamente le ocurre a su esposa, según lo que relata a partir de la página 920 del último tomo de Mi Lucha que estaba leyendo esta mañana antes de levantarme de la cama, cuando mi sueño fue interrumpido por el adormecimiento y por el dolor y por la comezón que siento en la mano, en el brazo y en la espalda. 

Ya estoy olvidando sobre qué quería escribir, no quería divagar, el impulso de escribir se va desvaneciendo como el último sueño que tuve antes de despertarme, ese que fue interrumpido por los síntomas que dejó el herpes zoster, ese sueño en el que apareció esta chica que estudiaba la licenciatura cuando yo estaba terminando el doctorado y que a veces iba al laboratorio y que nunca me hablaba sobria, pero, que, cuando, por ejemplo, coincidíamos en la clausura de algún congreso y ella ya tenía unos tragos encima, me saludaba y me contaba dos o tres cosas de su proyecto de investigación; esta chica que quién sabe por qué me intriga, esta chica que no entiendo –¡somos de mundos totalmente distintos!–, y que quién sabe por qué aparece en mis sueños ocasionalmente. En ese sueño, ella caminaba junto a mí, subía unas escaleras que yo iba bajando, y a lo lejos se incendiaba una casa, y yo descendía del tercer piso del edificio en el que viví toda mi infancia, y esa casa que se incendiaba era como la casa de la servidumbre de una mansión, y el camino que llevaba de la calle a la mansión estaba rodeado de árboles y de pasto, como si fuera un pequeño campo de golf, y el camino incluso tenía una fuente y una autopista por la que pasaban autos lujosos. La mansión se parecía a esa mansión de Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick. En el ambiente del sueño había una especie de nostalgia, como si estuviéramos atrapados en una película del cine de oro mexicano. Y esta chica pasaba junto a mí, y tenía la mirada perdida, y llevaba puesto un suéter blanco con rayas negras y tenía cara de funeral. 

No sé qué puede significar ese sueño, sólo sé que soy el único que podría entender de dónde salieron todos estos escenarios y alegorías y esta chica, y estoy tratando de encontrar qué mensaje oculto pueden tener el edificio de la infancia, el incendio a unos metros del edificio, las escaleras y Kubrick y el cine de oro mexicano, y el hecho de que yo voy bajando por las escaleras y que esta chica va subiendo por las escaleras, cuando Lizzie entra en la recámara y de pronto me doy cuenta de que Jackson está acostado junto a mí en la cama. Él nada más contempla lo que ocurre más allá de la cama, cómo Lizzie pasa por la recámara y luego se mete en el cuarto donde teje, y luego me mira y cierra los párpados lentamente y mueve las orejas un poco, y todo esto lo hace de un modo en el que parece que está meditando, o evaluando los pros y los contras de levantarse de la cama. Es un gato sensacional, es el más paciente de los tres, y también es el más travieso y el más cariñoso. El que hace más vocalizaciones.

Estoy en todas estas cosas, cuando suena el teléfono, me ha llegado una notificación de What's App, es un mensaje de voz, intento ignorarlo, y me acuerdo del domingo pasado, cuando un fulano me llamó por teléfono en la tarde y fue directo al punto, me dijo Su paquete de Amazon llegará en 20 minutos, y yo le dije que estaba equivocado, que yo no había pedido nada, y luego me preguntó ¿Cómo está? y yo le dije la verdad, que estaba más o menos, ese día cumplía alrededor de 10 días con herpes zoster y en tiempo récord me habían bateado de tres convocatorias para plazas de académicos de tiempo completo en dos universidades distintas, y entonces le pregunté al fulano cómo estaba él –hasta ese punto, ni él me dijo su nombre ni confirmó el mío, como suelen hacer los ejecutivos de ventas cuando te llaman por teléfono– y él me dijo algo terriblemente patético –Con salud y con trabajo, gracias a Dios– y allí fue donde confirmé que se trataba de una estafa, que el sujeto tenía estudiado su discurso de “persona decente y chambeadora”, y divagué, y me lo imaginé como “persona decente y chambeadora”: cabello corto (fascistoide), saco, camisa formal, pantalones caqui, zapatos con punta de pico de pato... sin pendientes, obviamente, y sin tatuajes visibles, obviamente. Entonces, cuando le iba diciendo Ah, aquí es la parte en la que me vas a pedir que te dé un código que me llegará a mi What's App, él colgó. No sé dónde leí que a una celebridad la estafaron de una manera similar, pero mientras transcurría esta llamada telefónica, reconocí que aprendí algo de la experiencia de otra persona. 

Yo también colgué y no dejé de pensar en que el mundo de las apariencias es un asco. Que “la fábrica de sueños”, primero, y que las redes sociales, ahora, han adoctrinado de tal modo a la sociedad que creemos que una persona es como se ve: que las apariencias lo son todo. Podrías toparte en la calle con un hijo de la chingada que se ve estupendamente bien y que le vendería su madre al mejor postor, pero que te tira un rollo aspiracionista y empresarial, y entonces entregarle las llaves de tu casa porque eso es lo que te han enseñado la tele y los medios masivos de comunicación.

Escribo estas líneas y trato de ignorar el mensaje de voz que acaba de llegarme por What's App, pero hay un montón de distractores en todas partes. Yo sólo quiero desahogarme, olvidar estas dolorosas sensaciones que carcomen mi mano, mi brazo y mi espalda, y que me hacen sentir como si me hubieran arrastrado varios kilómetros por el asfalto y que me hacen desear una sola cosa: ¡rascarme hasta arrancarme toda la piel!

Estas dolorosas sensaciones tal vez son una manera en la que mi cuerpo me está diciendo que mande todo a volar, que deje de pensar en la oscuridad que me ha perseguido todo el mes, que la academia es una farsa, similar a la representación de “persona decente y chambeadora” del fulano que quiso estafarme por What's App el domingo pasado; que todas las plazas académicas ya tienen nombre y apellido, que he conseguido en tiempo récord mucho más de lo que podría conseguir cualquier académico con contratos temporales. Que puedo hacer muchas cosas más que las que podría hacer alguien a quien le ponen todo en bandeja de plata. Que debo aprender de mi propia experiencia, que es un poco absurdo aprender de la experiencia de otras personas y ser incapaz de aprender de tu propia experiencia. Que la publicidad es tan cabrona y obvia, que hasta escritores sin imaginación venden novelas sin imaginación. Y la gente los reconoce como escritores.

También cabe la posibilidad de que este dolor y esta convalecencia no signifiquen nada, tal vez nada significa nada, tal vez esto no significa nada, tal vez la aparición del edificio de mi infancia en mis sueños no significa nada, tal vez los distractores son la realidad, tal vez la selección mexicana de futbol es lo único real, tal vez lo único que importa es tener un buen publicista o un buen contacto, tal vez todos los días debemos salir de nosotros mismos, tal vez nosotros somos nuestra propia oscuridad, tal vez las enfermedades son todas psicosomáticas, tal vez lo único real es que no podemos vivir de satisfacciones personales, somos adultos y no podemos pasar todo el día en la cama, huyendo de las responsabilidades porque estamos tristes y enfermos.

jueves, noviembre 24, 2022

Leías y comentabas este blog


Eran otros tiempos. Podía acostarme a las tres de la mañana y dormir seis horas seguidas y no tener somnolencia en todo el día. No tenía que levantarme de la cama cuando la vejiga estuviera a punto de estallarme –fastidiándome, humillándome y diciéndome “¿Aún tienes sueño? Jajaja. ¡Pues yo tengo otros planes para ti!”–, sino cuando ya no tenía sueño. 

Eran otros tiempos. Después de estar orinando tres minutos que parecen una eternidad, no tenía que pincharme un dedo, ni verter una gota de sangre en una tira reactiva, ni usar un glucómetro ni anotar mi glucosa en ayuno, por el resto de mis días. Jamás me pasaba por la cabeza que es horrible que mi abuelo me haya heredado esto. No tenía que tomar dapagliflozina o metformina antes de cada desayuno, todos los días, por el resto de mi vida, mientras tratara de hacerme el tonto y evitar ponerme a pensar en que los medicamentos van jodiendo mis riñones y en que ya no hay vuelta atrás: en que cada día estarán peor que el día anterior, y en que, en algún momento, tendré que convertirme en un monje que ni siquiera pueda “perder la cabeza” y tomarse una triste copa de rompope una vez al mes. 

Eran otros tiempos, Vitalogy acababa de salir a la venta. Pearl Jam todavía no se enfrentaba a Ticketmaster, ni renunciaba a una súper gira multimillonaria por todo el mundo, cuando ya habían superado Ten y Nevermind y el éxito de Nirvana y el impacto de la muerte de Kurt Cobain. Todavía un sector de la juventud escuchaba música subversiva y estaba en contra del sistema y de las superficialidades del capitalismo, y Eddie Vedder y Pearl Jam representaban todo ello e incitaban a ese sector de la población a estar en contra del sistema; todavía ese sector de la juventud no quería formar parte de los convencionalismos, no quería entrar en el gusto de la gente de bien, no aspiraba a salir en la tele ni a convertirse en algo similar a un influencer que “documentara” todas sus tonterías alrededor del mundo y que facturara un montón de dinero en redes sociales. 

Eran otros tiempos. Después de ir al baño y de medirme la glucosa, no tenía que buscar tres platos por toda la casa, ni bajar a la cocina a servir porciones de comida blanda de Royal Canin en tres platos, ni cambiar el agua del plato del agua de tres gatos, ni llenarles sus otros tres platos con croquetas de Royal Canin, ni limpiar el arenero de tres gatos y barrer y sacar la bolsa con arena sucia al bote de la basura. Tampoco lavaba trastes todos los días, ni tenía sueño a todas horas, ni salía a correr cinco o seis kilómetros, dos o tres veces a la semana. Tampoco me lastimaba eventualmente un tobillo o una pierna, por correr cinco o seis kilómetros a la semana. Tampoco tenía los grados académicos ni la experiencia docente y en investigación básica que tengo; no tenía una sola publicación científica en inglés en ninguna revista evaluada por pares, ni tampoco tenía que pensar en abandonar mi carrera académica –renunciar a todo lo que he hecho y he conseguido en casi quince años–, ni tenía pesadillas en las que no me queda otra opción más que conducir un camión de pasajeros, o en las que me convierto en el ridículo guardaespaldas del dueño de un restaurante de comida china. 

Eran otros tiempos. No tenía esta clase de pesadillas, ni me despertaba a las tres de la mañana pensando en el mito de Sísifo. 

Eran otros tiempos. Aún no llegaba esa mañana de abril del 2007 en la que conocí a Katz en una estación del metro, cuando iba a impartir una clase a mi grupo “conejillo de indias” en la universidad, ni algunos de los estudiantes de ese grupo esperaban a que Tim Leary personalmente les impartiera una práctica sobre los efectos terapéuticos de los enteógenos, ni otros estudiantes de ese grupo terminaban la licenciatura y se convertían en estudiantes de posgrado, ni yo, en mi posición de posdoc en otra universidad, los había invitado a dar un seminario y ellos me pedían que les pagara todos los viáticos; todavía algunos de esos estudiantes de mi grupo “conejillo de indias” no eran los pachamamas que son hoy, ni creían saber más que todos los sabios del mundo.

Aún no llamaba por teléfono a Katz por primera vez, ni salía a ningún lado con Katz por primera vez, ni me enamoraba de Katz; aún no pensaba en que era posible que ella me quisiera y en que ella quisiera compartir su vida conmigo; aún no conocía las dimensiones de su amor, ni tenía la oportunidad de mostrarme su apoyo en los momentos más terribles, cuando me encontraba en el limbo, en los últimos trámites del doctorado y en los primeros trámites del posdoc, cuando no teníamos dinero, cuando estaba enfermo y me adherí a dos tratamientos médicos y acabé en el quirófano, cuando ella absorbía todos los gastos de la casa; todavía Katz no se mudaba a vivir conmigo, ni los dos nos mudábamos a vivir a tres lugares distintos, en ciudades distintas, ni la hacía enojar por mi horrible modo de ser.

Eran otros tiempos. Los felinos no formaban parte de mi vida. Aún no llegaba a casa de mis papás ese majestuoso gato al que llamaríamos Sócrates y aún Sócrates no era mi gran compañero, ni adquiría la costumbre de acompañarme en mi recámara y tumbarse en la cama mientras me ponía a leer o a escribir o mientras tomaba una siesta y procrastinaba y huía de todas mis responsabilidades y me escondía en mi zona de confort porque no quería saber nada de nadie, porque me sentía del carajo, porque tenía rotos casi todos los huesos del alma, porque apenas podía dar uno o dos pasos en mi recámara sin tropezar, porque no procesaba todavía que algunas relaciones están destinadas al fracaso, que se convierten más en una costumbre que en una dicha, y que pueden durar una eternidad porque uno las fuerza y las calza como un zapato que le queda chico. 

Eran otros tiempos. Aún Sócrates no se iba de la casa, ni me quebraba los pocos huesos del alma que me quedaban intactos, ni me hacía sentir esa tristeza espantosa que nunca había sentido, ni siquiera cuando alguien me había rechazado, ni siquiera cuando alguien me había dicho que no sabía qué hacía conmigo, si yo no era ni guapo ni gracioso ni millonario; ni siquiera cuando alguien (contra todo pronóstico) había “perdido la cabeza por mí” y me había dicho, después de meses y meses de conversaciones telefónicas, que prefería volver con su ex porque yo le daba demasiadas vueltas al asunto. Esa tristeza espantosa provocada por la ausencia de Sócrates era totalmente distinta; esas personas que me habían roto otros huesos del alma, en otras temporadas del infierno de mi vida, seguían viviendo sus vidas y podían valerse por sí mismas y yo podía saber que ellas estaban bien, pero con Sócrates todo era incierto: no sabía si seguía vivo o si estaba en una mejor casa, o si le había pasado algo malo; y todos los días era lo mismo: despertar pensando en que ese día sí volvería Sócrates a la casa, y que llegara la noche y que él no apareciera y que yo tuviera que morderme el corazón y resignarme y aceptar la realidad: que, cada día que pasara sería una confirmación de que él no volvería jamás, y que me iría habituando a su ausencia, aunque, todos los días, durante casi un año, me sentiría del carajo porque Sócrates no volvía a la casa y porque no sabía si él estaba bien o si seguía vivo. 

Eran otros tiempos. Apenas había tomado un taller de creación literaria, en una casa de cultura en San Pedro de Los Pinos, durante la huelga de 1999 en la UNAM, y había conocido a algunos bohemios y nos habíamos reunido en algunas fiestas y habíamos bebido y habíamos hablado sobre literatura y habíamos leído nuestros propios textos; y estaba por tratarte en persona, en mi segundo taller de creación literaria, en otra casa de cultura en Azcapotzalco. Faltaban varios años para que saliéramos a tomar a un bar por Ciudad Universitaria en compañía de una de tus amigas que, quién sabe por qué, quería andar conmigo; todavía no nos emborrachábamos en una cantina de mala muerte detrás de las ruinas de El Templo Mayor, leyendo a Alejandra Pizarnik; todavía no llegábamos a ninguna cantina de la calle de Bolívar, a las ocho de la noche, atestada de sexagenarios que jugaban dominó, ni bebíamos XX Lagger calientes con otros sujetos que tú conocías de otros talleres de creación literaria; todavía no acabábamos esa larga noche en un bar de la calle de Regina, escuchando a una banda de rock en vivo mientras un puñado de borrachos cantaba una canción de Héroes del Silencio. 

Todavía no existía Facebook y todavía no nos enviábamos solicitud de amistad, ni me compartías un artículo de Roberto Bolaño en Facebook, ni me decías que él era el Kurt Cobain de las letras, ni te invitaba a la pequeña celebración de mi boda civil con Katz –nos casamos para darle gusto a la familia, pero podíamos haber vivido en unión libre–, ni descubría en Facebook que realmente no sabía nada de ti, que sólo sabía que habías sido novia de otro conocido y que te gustaba la literatura, y que podías ser una persona radical y poco tolerante; todavía no existía Facebook, ni me abrías los ojos en Facebook, ni me llamabas ególatra en Facebook, ni me desconocías en Facebook, ni me preguntabas dónde podías leerme, aunque, tiempo atrás, antes de que hubiera redes sociales, antes de que compartiéramos esa larga noche de juerga en las calles de El Centro Histórico, cuando te conocí en el taller de creación literaria, leía algunos de mis textos y tú los escuchabas y me dabas tu retroalimentación, o, cuando ese taller terminó y nos comunicábamos por correo electrónico, cuando comencé a escribir en este blog, hace más de quince años, visitabas este blog, y lo leías y lo comentabas.

Ahora te he bloqueado de mi vida, como en ese capítulo de Black Mirror, y no quiero saber nada de ti, y jamás volveré a escribir nada sobre ti, y te he bloqueado de mi vida después de que me eliminaste de tus amigos en Facebook porque te respondí algo que no te gustó, y me abriste los ojos, y ahora veo que siempre tengo que dar el primer paso y que no siempre vale la pena ser condescendiente con todos mis conocidos, ni estar pensando en que mis conocidos no necesariamente me dicen de vez en cuando cosas hostiles porque estén pasando un mal momento, sino porque son intolerantes y están acostumbrados a recibir “palmaditas en la espalda” y deben quedar bien con sus grupos de apoyo en redes sociales.  

Ahora te he bloqueado de mi vida porque no necesito que me desconozcan, que me llamen ególatra por responder concretamente a preguntas que me hacen, que me den respuestas hostiles y que me exijan explicaciones por messenger, especificando qué me están preguntando (porque soy muy tonto para darme cuenta), porque mi vida ya tiene suficientes cosas que están del carajo (aunque no se las cuente a nadie en Facebook), como para intoxicarme en redes sociales con otras cosas que también están del carajo. 

Eran otros tiempos: cuando leías y comentabas este blog.

miércoles, junio 29, 2022

Una notificación


Los gatos pasan encima de mí en la cama, como si no pesaran más que una almohada de plumas, me despiertan, y no puedo ignorar cuánto me duele el tobillo izquierdo; siento mucho dolor, como una punzada terrible, como si los músculos estuvieran rotos, como si un nervio estuviera inflamado, como si el hueso del tobillo estuviera carbonizado; como si mi tobillo tuviera mucho sueño, como si mi tobillo estuviera resfriado, como si mi tobillo tuviera cólicos premenstruales, como si mi tobillo tuviera diarrea, como si mi tobillo tuviera tos y alergia estacional y todos los padecimientos posibles; como si yo hubiera contraído raquitismo en el Siglo XIX y las secuelas me hubieran dejado cojo y aún estuviera adaptándome a usar una prótesis de por vida que me lastima el tobillo.

Los gatos pasan encima de mí, me despiertan, miro el reloj en la pared de la recámara, son las siete de la mañana, y repaso mentalmente lo que haré hoy, y me siento culpable porque no he podido salir a correr más que un día en esta semana –hoy debería correr, y el viernes también debería correr, pero lo más probable es que el tobillo continúe doliéndome y que no saldré a correr hasta el sábado o el domingo–, y pienso en la presentación que debo terminar para la plática que daré mañana por la tarde para un diplomado de investigación y medicina del sueño; me han invitado a este diplomado desde que era candidato a doctor, sino recuerdo mal en el 2012, cuando Katz y yo vivíamos en Xola, en una colonia bonita que quedaba cerca de todo, cuando Gatusso era un minino y era nuestro único amigo felino y su cabeza cabía en la palma de una de mis manos y yo le daba su biberón –lo abandonaron en la calle, y su mamá no lo amamantó– al mismo tiempo que me fumaba inconscientemente un Camel; y en otras ocasiones en las que me han invitado a este diplomado me he sentido un poco fuera de mi hábitat, hablando de temas que no domino y que no me gustan mucho, pero que siempre disfruto, pero en esta ocasión, cuando la presidenta de la sociedad que organiza este diplomado, que ocurre cada dos años más o menos desde el 2008, se comunicó por teléfono conmigo, en diciembre, le planteé hablar sobre un tema que me fascina y ella me dijo que sí.

Los gatos pasan encima de mí, ya estoy despierto, y reparo en que tendré una junta a las 13: 30 por Zoom con los colegas del departamento de ciencias de la salud; allí la jefa de departamento nos presentará a una profesora temporal (como yo) que impartirá estadística avanzada durante este trimestre (yo impartiré una clase los lunes, los martes y los jueves, de las 13:00 a las 18:00, cada día, y otra clase los miércoles, de las 14:00 a las 17:00), nos hablará sobre la página de internet del departamento y sobre la necesidad de retomar los seminarios departamentales; también repaso mentalmente lo que me espera dentro de la siguiente hora: ir al estudio y pincharme un dedo y medirme la glucosa y anotar cuántos mg/dl de glucosa en sangre tengo en ayuno, bajar a la cocina y buscar los platos de los gatos y darles comida blanda, cambiarles el agua –Gatusso siempre ensucia y tira el agua– y la arena, y buscar a Jackson –raras veces baja a la cocina, a la hora del desayuno– y llevarle su plato con comida blanda, y esperar a que Yoko o Gatusso o Jackson usen el arenero justamente cuando acabo de limpiarlo y entonces tener que limpiarlo otra vez, y entonces tener que barrer otra vez el cuarto donde está el arenero y entonces tener que volver a sacar la arena, que acaban de ensuciar, al bote de basura del patio.


Los gatos pasan encima de mí y ya se dieron cuenta que desperté y comienzan a maullar –sobre todo Gatusso– y a merodear alrededor de la cama como si fueran tiburones merodeando la balsa en la que agoniza un sujeto después de varias semanas de naufragio, y pienso que debería quedarme otros minutos tumbado en la cama, pero ya no tengo sueño y los maullidos de los gatos son cada vez más insistentes. 

Me siento en un borde de la cama, escucho la respiración de Katz que continúa de visita en algún mundo onírico que olvidará apenas despierte, y estiro un brazo hacia la mesita de noche y tomo mi teléfono celular y lo enciendo, y recuerdo todas las cosas que tengo que hacer en cuanto me levante, y vuelvo a pensar que debería tumbarme en la cama otros cinco minutos, pero también vuelvo a reparar en que ya no tengo sueño y en que los gatos están cada vez más impacientes y en que Katz sigue dormida y en que no quisiera perturbar su descanso. 

Estoy en estos pensamientos que son como un torbellino, cuando suena una notificación del teléfono celular. Apenas distingo el sonido, por debajo de los maullidos de Gatusso, de Yoko y de Jackson. Puede ser cualquier cosa –un Whats que requiere una respuesta urgente, un depósito inesperado de $20 MDD en mi cuenta bancaria, un nuevo seguidor en twitter, un mensaje del messenger de Facebook de alguien que no veo desde hace más de quince años–, pero tengo la certeza de que se trata de la notificación más innecesaria de todas las aplicaciones que tengo en mi teléfono: Google Fotos. 

Y sí: la aplicación me recuerda que, hace exactamente 9 años, después de haber vivido alrededor de cinco años en el pequeño departamento de Xola, Katz y yo nos mudamos de vuelta a Pantitlán, a donde habíamos vivido, cada quien por su lado, nuestras infancias. No me cuesta mucho trabajo recordar que ese día fue sábado y que había cajas por todas partes, y que tomé un par de fotografías mientras Katz bajaba a la calle a abrirle a un sujeto que la había contactado en una página de trueques en Facebook, con quien intercambiaríamos nuestro tanque de gas por dos o tres bolsas de Scoop Away. 

Esta notificación llegó en un momento curioso: apenas el fin de semana, en la novela que estoy escribiendo –además de los mil y un relatos que escribo en varios archivos de Word y de los tres blogs en los que improviso cualquier cosa que se me ocurre, como esta entrada, esta novela es mi tercer proyecto: tengo dos versiones de una novela ya terminada que envié dos veces a un concurso “para jóvenes escritores” que resultó un fraude, y tengo otra novela más o menos avanzada, a la que no he vuelto desde que vivimos en Toluca-Lerma–San Mateo Atenco–, me quedé atrapado en un relato sobre ese día. Intentaba escribir sobre el 29 de junio del 2013, sin saber que se trataba del 29 de junio del 2013. Intentaba escribir sobre el sujeto que vimos ese día y que se llevó nuestro tanque de gas y que nos dio dos o tres bolsas de arena para gatos.

Serían como las diez de la mañana cuando el sujeto llegó al departamento. Mi papá había conseguido una camioneta para la mudanza y ya andaba por allí con nosotros, y mientras Katz se había encargado de empacar prácticamente todas nuestras pertenencias, además de encontrar el departamento al que nos mudaríamos y recoger las llaves y acordar con el dueño del departamento cuánto pagaríamos de renta cada mes y cuánto deberíamos depositarle en el primer mes, el papá de Katz había estado ayudándole a ella toda la semana y yo había estado, como siempre que han ocurrido estos traslados, como un inútil quejumbroso toda la semana, escudándome en el estrés que me provocaba el ambiente tóxico del laboratorio de mi tutor de doctorado. Ya no soportaba un día más en ese laboratorio. 

Mi tutor había perdido el control sobre su grupo de investigación y yo estaba a punto de quedarme sin beca doctoral –como la dueña del pequeño departamento de Xola nos iba a subir la renta y como Katz y yo tendríamos que vivir algunos meses con nuestros ahorros y con los ingresos de Katz, que entonces trabajaba en una agencia aduanal, nos mudábamos de vuelta a Pantitlán–, estaba empezando a escribir mi tesis doctoral y terminando los experimentos de mi cuarto artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada. Era obvio que había sacrificado mi estabilidad económica –que la vigencia de la beca doctoral terminara–, para publicar más artículos que los que necesitaba para titularme –como requisito de titulación el posgrado sólo exigía un artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada–, pero mi tutor lo percibía de otra forma: cuando se enojaba, nos reunía a todos los que formábamos parte de su grupo de investigación y nos decía frente a todos (o nos enviaba un correo-e masivo) todo lo que le parecía que hacíamos mal cada uno. A mí me decía que yo sólo seguía sus instrucciones y que no tenía iniciativa y que no era ambicioso. Era un ambiente muy tóxico, y yo ya no quería seguir allí.

Cuando el tipo de la arena llegó al departamento de Xola hace 9 años, Katz me lo presentó y me pidió que le entregara el tanque de gas, así que él, mi papá y yo subimos a la azotea. Mi papá y el tipo me decían algunas cosas y no podía prestarle atención a ninguno de los dos. Mientras mi papá me hablaba sobre su trabajo, sobre algún padecimiento que le molestaba y sobre algunos problemas familiares, el tipo de la arena me decía que era editor de una revista literaria y que sus oficinas estaban enfrente del Parque Hundido y que él y su chica se habían mudado recientemente a un departamento cercano a las oficinas y que los tanques de gas estaban carísimos y que nos agradecían muchísimo el intercambio.

Yo le pregunté sobre la revista literaria y allí vi una oportunidad de publicar alguno de los tantos textos que he escrito (desde niño, cuando aprendí a escribir), y entonces le dije que yo escribía, y quería contarle sobre ese aspecto de mi vida con un poco de detalle para que no se quedara con la idea de que yo escribía, tal y como millones de personas dicen que escriben, pero mi papá estaba muy angustiado por los problemas que tenían mi tía, mi prima y mis sobrinas, y necesitaba desahogarse conmigo.

Ante mi incapacidad para controlar la situación, apoyé los codos en una de las bardas de concreto de la azotea y me quedé mirando desde allí la colonia de ese edificio de tres pisos junto a Tlalpan, frente a un Sanborns, a unas cuadras de las estaciones Xola y Villa de Cortés del metro, a unas cuadras de la estación Las Américas del metrobús, en el que Katz, Gatusso y yo habíamos vivido.

Por primera vez reparé en que era una colonia bonita y bien ubicada, y en que nunca la había disfrutado. Pensé en todas las cosas que habían pasado en un lapso de cinco años, y me pregunté si algún día volveríamos a vivir en una colonia similar a esa.

Bajamos hasta la calle, el tipo de la arena se encargó de bajar él solo el tanque de gas, mi papá y yo lo acompañamos hasta su auto, el tipo me dio un par de ejemplares de la revista en la que era editor y me dijo que le enviara uno de mis textos y que seguíamos en contacto. Yo le dije que no debía sentirse comprometido a publicarme, que me bastaba con su retroalimentación. 

Apenas acabamos de instalarnos en el departamento de Pantitlán –teníamos pocas cosas, y Katz y yo terminamos de instalarnos en menos de 24 horas–, me puse a escribir un relato para enviárselo al tipo de la arena –era un relato sobre un sujeto que llevaba a su novia ebria de vuelta a su casa, después de una fiesta, el día que la selección sub 17 había ganado el mundial de la categoría en Perú 2005– y se lo envié. Por supuesto: el tipo de la arena nunca me contestó. 

Ya pasaron nueve años desde ese día. Mi tía, mi prima y mis sobrinas continúan teniendo problemas, y me pregunto quién vivirá ahora en ese departamento de Xola, me pregunto qué será de la vida del tipo de la arena: ¿al menos habrá leído el texto que le envié?; si ahora mismo, por azares del destino, leyera esta entrada, ¿le parecería mala?, ¿sentiría curiosidad por leer aquel texto que le envié en el 2013...?

También me pregunto si alguno de los integrantes de los comités de los concursos “para jóvenes escritores” en los que participé, leyó mi novela. También me pregunto qué pasaría si un desconocido, por azares del destino, leyera esta entrada, creyendo que no la escribí yo, sino una estrella de rock de las letras: ¿le volaría la cabeza...?

viernes, mayo 20, 2022

La radio toca mi canción favorita


Quiero escribir algo, pero me despiertan las terribles ganas de orinar que van materializándose lentamente en una forma humana que se abre camino hacia la vejiga. 
Presiento que la vejiga es como un globo a punto estallar y tengo que levantarme urgentemente de la cama, trastabillando y adentrándome en la realidad, como si mis deseos prohibidos me hubieran noqueado después de haber batallado contra mi conciencia durante doce rounds. 

Me tallo los ojos con el dorso de las manos y bostezo y asimilo el exilio del fantástico sueño que soñaba. Era una especie de Kyle MacLachlan mexicano en una película de David Lynch, y en el sueño nada tenía sentido excepto mis debilidades corporales y mis últimos pensamientos oscuros del día.

Me despabilo y me concentro en la penumbra de la habitación. Miro hacia un lado y hacia otro. El camino de partículas de aire que flotan aleatoriamente en la habitación cuando los primeros rayos del sol atraviesan las ventanas y las cortinas, apenas va anunciándose, como un embrión que apenas tiene un rasgo primitivo y cuya placa neural poco a poco irá invaginándose y convirtiéndose en ectodermo, en mesodermo y en endodermo. Luego pienso en cómo el resplandor de los primeros rayos del sol que emerge del horizonte todos los días al despuntar el alba, siempre parece quemar la silueta de las montañas. Estoy más dormido que despierto.

Tropiezo con los tres gatos que son dueños de mi cama y de mi existencia. Me han dado tantos momentos de felicidad y me han llevado a reflexionar tantas veces cuando estoy sucumbiendo ante las superficialidades de la vida, que no me importa si todas las noches me dejan un pequeño espacio en la cama.
 
Gatusso, el mayor de ellos, apenas se da cuenta de que ya regresé al mundo de los vivos, me hace saber que ya puedo darle su comida blanda de todas la mañanas y maúlla trágicamente, como siempre hace: como si no hubiera comido en varias vidas. Siempre tiene hambre. 

Como todos los días, Gatusso me persigue al baño y yo intento escabullirme de él y concentrarme en orinar y en abrir los ojos totalmente y en adentrarme en la realidad, pero él siempre va un paso adelante de mí y de algún modo parece siempre estar en el baño antes que yo, aun cuando yo sea quien abra la puerta.
 
Me mira y ronronea y se talla contra mis piernas, y me hace recordar aquellos años cuando los dos éramos más jóvenes y vivíamos primero en un departamento en Xola y luego en otro departamento en Pantitlán y todos los viernes yo volvía temprano del laboratorio y deseaba apagar mi conciencia por completo y olvidarme de las absurdidades de ciertas personas psicópatas con las que convivía a diario y emborracharme enloquecidamente, y entonces, apenas llegaba al departamento en turno, dejaba mis cosas allí y salía frenéticamente al Oxxo o a la tienda más cercana y compraba una cajetilla de Camel y varios litros de alcohol y volvía al departamento y ponía a Soundgarden o a Sonic Youth o a Radiohead o a Nirvana o a Dinosaur Jr. a todo volumen en el estéreo o iPod o grabadora en turno –Katz volvía tarde al departamento, y Gatusso era nuestro único gato– y medio leía algunas páginas de alguno de los libros de mis autores preferidos –desde Trakl y Heym, hasta Bukowski y Kerouac– mientras bebía y fumaba frenéticamente y cargaba la pipa y la encendía y la fumaba frenéticamente y tosía y acababa frenéticamente intoxicado.

Al cabo de un par de horas me sentía fatal, y Gatusso me acompañaba en los malos viajes, cuando la neblina del alcohol me hacía ver doble y moverme torpemente y cuando el estupor provocado por las otras sustancias estaba matándome y me ponía paranoico; cuando la ansiedad me estrangulaba lentamente y cuando mi cuerpo pedía a gritos que desechara todas los compuestos tóxicos que había consumido; cuando, invariablemente, acababa de horcajadas junto al excusado, hiperventilando, prometiéndome no caer en los excesos jamás y buscar otra forma de lidiar con el estrés, y tratando de devolver el estómago. 

Era un sujeto tan idiota que, luego, cuando me reponía, volvía a fumar y a emborracharme, o entraba en un estado casi comatoso y me tumbaba totalmente aniquilado en la cama, pero Gatusso siempre estaba allí, cuidándome.

Él siempre hallaba la forma de acostarse junto a mí y apoyaba su cabeza contra mi pecho y ponía su nariz felina a unos centímetros de la mía y me miraba como el Thundercat majestuoso de pelaje abundante que es –con sus ojos y con sus inmensas pupilas verticales y con sus iris amarillos que son como unas enormes ventanas de luz de otros mundos y que me hacen pensar en un poema de Baudelaire que leí en la adolescencia, cuando el amor era una estupidez salvaje, violenta e impura–, y ronroneaba y me confortaba y me hacía sentir seguro: me hacía saber que la pesadilla de los excesos –ese primitivo escape de la enfermiza relación que tenía con ciertas personas psicópatas con quienes convivía diariamente–, no era el fin del mundo y que, tarde o temprano, volvería a estar sobrio. 

Así que alimentarlo cada mañana cuando me pide insistentemente su comida blanda mientras me despabilo y me tallo los ojos y trato de conectarme con el mundo y orino, no representa nada, comparado con lo que él hizo por mí. Sin embargo, soy tan idiota que casi siempre me desesperan su insistencia y su apetito voraz.

Son otros tiempos. Gatusso y yo estamos más viejos y hemos vivido muchas cosas juntos, en distintos lugares. Ahora, corro 5 kilómetros al menos dos veces a la semana y bebo una o dos cervezas, o una o dos copas de vino, muy de vez en cuando, y, en estos días, cumplo seis años sin fumar. También me he librado de los psicópatas. 

Total, que, después de orinar, bajo a la cocina y enciendo el estéreo y pongo a un volumen moderado –Katz aún duerme– y en modo aleatorio una de mis playlists de Spotify y entonces suena “I of the mourning”, y me precipito hacia el refrigerador y lo abro y saco la lata de comida blanda para los tres gatos y busco sus tres platos esparcidos en los rincones de la cocina. 

Cuando los encuentro, les sirvo a cada uno de los gatos su porción de comida blanda y luego me siento en un sillón a escuchar tranquilamente esta canción de Smashing Pumpkins que suena en el estéreo y que me remonta a otros recuerdos sobre los cuales ya no podré escribir –esa es otra historia–, mientras ellos tres pastan felizmente como cabras y lamen con sus rasposas lenguas cada uno de sus platos, y entonces caigo en la cuenta de que no sólo hace siete años que no fumo, sino que hace ocho años fue mi examen de grado del doctorado. 

sábado, mayo 12, 2007

Mi corazón está tenso, como una cuerda a punto de romperse


Esta noche es como la niebla, y dicen que la niebla avanza con pequeños pasos de gato. 

Yo tuve un gato -mi primer gato- y, obviamente, él avanzaba como la niebla. 

Cuando él se fue de la casa, me sentí más triste que nunca en mi vida. 

Cuando un gato se va de tu casa, es una especie de muerte, pero es peor que la muerte.

Nunca dejarás de sospechar que él sigue con vida, que sólo está perdido.

Las mamás lloran cuando sus hijos se van de la casa, pero siempre cabe la posibilidad de que ellos las visiten una vez al mes. 

Cuando una mujer termina contigo, siempre cabe la posibilidad de que la llames por teléfono para escuchar su voz y colgar.

Cuando un gato se va de tu vida, es una especie de desapego, pero es peor que el desapego. 

Nunca sabrás si él está con alguien mejor que tú, o si sólo está muerto.
Siempre cabrá la posibilidad de que esté con una persona que lo maltrata. 

Seis meses después de que Sócrates se fue de la casa, acepté que nunca volvería a verlo. 
Sin embargo, continúo recordándolo. Todavía lo echo mucho de menos. 
Solía llamarlo Gatorata, porque sus ojos tomaban un matiz rojo -como los ojos de las ratas- cuando todo estaba a oscuras.  
Él solía despertarme todas las mañanas, puntualmente, y rascaba la puerta de mi recámara y yo lo dejaba entrar y se echaba junto a la ventana hasta que me levantaba de la cama. 
Yo admiraba su majestuosidad y paciencia desde la cama, mientras el sol bañaba su pelaje. 


Ahora soy un ordinario, y a mi vida le da sentido la ausencia de Sócrates. 
Soy consciente de que tarde o temprano buscaré a una mujer para olvidarlo, o para tolerar su pérdida. 

Algunas veces camino por la calle y me detengo en cualquier sitio y tengo unos enormes deseos de llorar.

Nadie piensa en mí. Nadie se pregunta qué estoy haciendo justo ahora. 

Algunas veces sucumbo ante la crisis y supongo que me haría feliz encontrar a una mujer y que ella pensara en mí, pero en realidad estoy convencido de que todos estos pensamientos mecánicos, no se irán jamás. 

Y sin embargo, creo que todos estos pensamientos desaparecen cuando logro quedarme dormido (porque logro quedarme dormido.) 
Logro quedarme dormido a pesar de tener todos los músculos -sobre todo, el corazón- tensos, rígidos y cansados, como una cuerda a punto de romperse.
Logro quedarme dormido, aun cuando mis sueños son recurrentes y angustiosos.

Siempre sueño que veo morir a Sócrates, atropellado por un horripilante camión de pasajeros, mientras él y yo cruzamos siempre la misma calle, siguiendo frenéticamente el aroma de una mujer que estoy a punto de conocer. 

martes, enero 16, 2007

Una especie de alergia


Estaba en La Biblioteca Central otra vez, pero no era el mismo de otras veces. 

Me dolía todo. Estaba decepcionado de todo. 

Quería leer algo de Jack Kerouac, en lugar de ponerme a estudiar para un examen de ingreso al doctorado en Psicología, pero en algún momento que no recuerdo con precisión ya estaba sentado y leyendo el famoso libro de estadística de Kerlinger. 

Reparé en una mujer que parecía anglosajona.
Ella usaba una blusa anaranjada y su piel era rosada como la de un cerdo y su cabellera era de un radiante color rubio que me hizo pensar en la intensidad del sol al mediodía. 

La mujer avanzó hacia mí, pero se detuvo en uno de los anaqueles de libros –me pregunté qué clase de autor estaría buscando– y se quedó allí. 

Hurgó en su bolsa de mano y sacó una libreta y una pluma. Se puso la pluma en la boca y luego se rascó la cabeza. 

Volví a mi aburrida lectura.

Al cabo de unos minutos, me dio hambre.   

Salí de una especie de letargo y me sorprendí tratando de entender un ejemplo que explicaba en qué clase de experimentos era pertinente el empleo de la Chi Cuadrada.

A veces, los ejemplos, más que aclarar mis dudas, me confunden.  

Alcé la vista. 

La mujer con la cabellera de sol de mediodía ya había desaparecido. 
No sé por qué, pero tuve la misma sensación que tengo cuando una pluma de repente ya no tiene tinta y necesito escribir urgentemente algo para no olvidarlo.

Sacudí la cabeza y me imaginé que lo había hecho como lo hacen los patos al salir del agua.

Qué idiotez.   


Me levanté del asiento para estirar las piernas y aclarar mis ideas. 

Me sorprendí caminando hacia donde había visto que la mujer de aspecto anglosajón se rascaba la cabeza.

Me acerqué a uno de los anaqueles de libros y tomé El Grafógrafo y me puse a leerlo allí mismo.  

Tal vez ella estaba interesada en Salvador Elizondo. 

Ojeé un par de páginas y volvió a darme hambre y sueño. 

No sé por qué me puse a pensar si la escritura era realmente una necesidad tan fisiológica como el hambre y el sueño –y más importante que el sexo–, para mí.  

Últimamente he pensado que debería dejar de divagar y que debería enfocarme en el examen de ingreso al doctorado. 

Últimamente también me he preguntado por qué escribo.
O tal vez he soñado recurrentemente que me preguntó por qué escribo.

A veces me sorprenden las visiones de mis sueños en la realidad. 


Así estaba divagando y procastinando, cuando, de la nada, empecé a sentir comezón en las fosas nasales. 

La semana anterior me pasó lo mismo, y la sensación desapareció de repente. 

Esa sensación es una especie de alergia estacional, y me ocurre cuando se acerca el invierno o la primavera. De un momento a otro estornudo y tengo escurrimiento nasal y los ojos llorosos. Me siento muy mal y no puedo concentrarme en nada. 

Pensé en regresar a la casa. 
Tenía ganas de acostarme a reposar o a dormir, pero recordé que justamente había acordado ver a alguien a las 8 de la noche. 

Me pareció eterno el tiempo que debía esperar para ver a esa persona. 

Los estornudos aumentaron.
Necesitaba tomarme urgentemente una píldora de Loratadina. 
La gente en la biblioteca ya comenzaba a verme feo, debido al ruido que hacía al estornudar. 

Recordé a Sócrates, mi gato.
Era majestuoso y salvaje. 
El tiempo que estuvo en la casa, jamás me enfermé ni tuve esta especie de alergia estacional. 
Hace poco menos de un mes que se largó de la casa, y me parece que ya he enfermado un millón de veces desde entonces.

Odio formar una relación simbiótica con los Kleenex y molestar a la gente que quiere leer, así que salí de la biblioteca y volví a la casa.  

martes, agosto 22, 2006

Tu ausencia ilumina mis sentidos


Esta noche no hay luna llena, y los automóviles ronronean en la calle. 

Todo está a oscuras, pero tu ausencia ilumina mis sentidos. 

Con mis anteojos de búho y mis zapatillas con almohadillas de felino, estoy listo para  hacer casi cualquier cosa. 

Me despojo de la pereza y salgo por la ventana.

Adopto una posición de esfinge -no sé por qué les resulta tan admirable a mis humanos- y vislumbro las siluetas de otros animales fantásticos en los techos de otras casas. 

Algunos de esos animales fantásticos son entes de luz -como yo- y otros simplemente son personajes de la noche que merodean mi hogar. Los llamamos roedores con alas. 
La ciudad es su imperio cuando todo está a oscuras, pero durante el día son unos cobardes. 


Un ente de luz también adopta una pose de esfinge y descansa a unos metros de mí. Su cola se mueve como una culebra embrujada. Está alerta. Le maúllo débilmente, para averiguar si está de mi lado o si es mi enemigo. 

Escucho selectivamente, en busca de una señal. Ignoro el sonido que hacen los pájaros al silbar entre los ruidos de la calle -parece que gorjean sobre el asfalto- y le presto más atención a los murmullos de los insectos que se esconden en las azoteas y a las goteras que empañan los espejos retrovisores de los automóviles.   

Los grillos tienen una junta para decidir si pueden emparentar con las hormigas. 
Los humanos se comportan como seres enajenados por el dinero y la televisión, conduciendo sus automóviles que todavía no terminan de pagar.

Un techo resplandece a lo lejos. Se ve como una enorme herida con sangre humana seca. 

Algunas veces los techos parecen cuerpos de plástico, pero no esta noche. 

El ente de luz se mueve sigilosamente y posa su mirada en mí. 
Me erizo y le bufo. Definitivamente no reconozco si su mirada es amistosa. 
Le cuelga algo del hocico, y me lo ofrece como un símbolo de paz. 

Pero yo pienso:

"¡Lárgate! ¡Sube a otro techo! ¡Hurga en la oscuridad de otra noche!"