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domingo, marzo 22, 2026

30 segundos de tu atención




Me despierto de un sueño que fue como un puñetazo en el estómago, de pronto nada tiene sentido en esa frontera entre la realidad y los sueños, lo que soñé se va borrando como los recuerdos resacosos de una borrachera, Gatusso me mira desde la puerta de la recámara, nuestras miradas se funden en una sola, maúlla, no quiero levantarme todavía de la cama, quisiera quedarme otro rato, imaginar por un rato que no tengo más responsabilidades que ir a la escuela, que tengo todo el día libre, que puedo pasar toda la tarde después de la escuela escuchando música, pero Gatusso persiste, de los 3 gatos es el gato más impaciente, en cuanto se da cuenta de que ya desperté –tiene un sentido tan agudo para detectarlo, parece que sabe exactamente a qué hora despierto o que sabe distinguir cómo cambia mi respiración cuando despierto– empieza a maullar, es como un bebé al que le faltan comida y agua.

Cierro los párpados, rompo mi contacto con la mirada de Gatusso, el sueño ya está sepultado en un lugar muy lejano, ya dejé atrás la frontera entre la realidad y los sueños, tengo 3 días sin revisar mis redes sociales, estoy por cumplir casi 90 horas sin revisar mis redes sociales, es un pequeño logro, he adquirido el hábito de checar mis redes sociales en piloto automático, y tampoco tiene sentido: el contenido más común en redes sociales es como esa frontera entre la realidad y los sueños, en Facebook, por ejemplo, desde hace más de medio año básicamente no veo posts de gente real, sólo aparecen Digital Creators en mi feed, gente que quién sabe de dónde salió pero que sólo sigue a 10 “personas” y que tiene millones de followers y que comparte reels sin ninguna importancia –«Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia», «Este es mi top 5 de las cosas que dejé de comer cuando acabé un posgrado en toxicología»–, desde hace más de medio año se ha vuelto una red aburrida, nadie comparte nada relevante, casi exclusivamente fotos en las que posan con la Torre Eiffel o con la Fuente de Trevi o con el Coliseo Romano... casi exclusivamente cosas que el dinero puede comprar, casi exclusivamente cosas materiales. 

De pronto desapareció el contenido de personas «reales» en Facebook, y, sin embargo, casi todos los días, en cuanto me levanto de la cama (o, peor aún: en cuanto me despierto), me meto a revisar Facebook y me encuentro lo de siempre: «Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia», «Este es mi top 5 de las cosas que dejé de comer cuando acabé un posgrado en toxicología». En otras redes sociales el asunto es similar. Si le preguntas a una IA por qué usamos las redes sociales, te dice que nos sirven para «compartir experiencias, para comunicarnos y para “dejar huella” de nuestra era», ¡claro!, están hechas para complacernos, para hacernos sentir lo más top de lo más top, no nos dirían que están hechas para volvernos dependientes, para provocar mini explosiones de dopamina cada segundo, para lucrar con nuestro tiempo y moldear nuestros intereses, para crearnos falsas expectativas, para manipularnos, para vendernos lo que sea, para reducir nuestra capacidad de atención y nuestra paciencia –en mis redes sociales abiertas, según los datos de distintas apps, en promedio, los usuarios ven mis reels ¡nada más 30 segundos!, así que no importa realmente lo que diga: en promedio los internautas que ven mis reels sólo los ven 30 segundos... y no es que me importe estar en tendencia, por supuesto que en mis redes sociales privadas soy prácticamente invisible, hay una regla implícita en las redes sociales: si un internauta «te conoce» personalmente, por supuesto que sabe que no tienes nada importante que decir.

Ni siquiera entiendo por qué «creo contenido», las redes sociales no son mi hábitat, me hacen sentir como cuando tenía que participar en el bailable de un festival escolar en la primaria –¡no nos tienen que gustar los festivales a todos!, ¡bailar no nos tiene que volver locos a todos!–, cuando no sospechaba que tengo un nivel moderado de autismo y me culpaba a mí mismo por no sentirme como los demás, por no conectar con los demás, por sentirme abrumado ante la idea de compartir un espacio físico con otras personas, por estar pensando obsesivamente cómo serían los siguientes 10 minutos de mi vida en un lugar lleno de gente, pero siempre me ha gustado crear: escribo desde que aprendí a escribir, me he obsesionado con distintas actividades y siempre han estado relacionadas con «crear algo»; desde que aprendí a escribir, me gustaba crear historias, relatos, cuentos; cuando me interesé en el futbol, no sólo jugaba futbol 24/7 y veía partidos de futbol 24/7, sino que también creaba maquetas de estadios de futbol, canchas de futbol a escala, y cosas así; cuando entré a la prepa y abandoné el futbol, me obsesioné creando mixtapes todas las tardes, después de volver de la escuela, cuando no tenía más responsabilidades que ir a la escuela... Y así podría seguir enumerando distintas actividades que han involucrado «crear algo». 

Desde que recuerdo me ha gustado crear cosas, en distintas etapas de mi vida me he obsesionado con distintas tecnologías –para crear equipos de futbol en un videojuego, para crear videos en una app de la laptop, para crear pistas de audio con un software gratuito en internet, para crear un blog que es como una novela que es un blog...–, y, desde hace un año más o menos, fortuitamente, me encontré «creando contenido» en dos redes sociales abiertas, sorprendentemente tengo casi 2 mil seguidores a pesar de que (obviamente) no soy una celebridad ni nunca he invertido un centavo en mis redes sociales, a pesar de que nunca subo contenido que esté en tendencia, a pesar de que sólo comparto información sobre el SNII, sobre la academia, sobre cómo es ser SNII2 sin haber tenido nunca un contrato de base, sobre cómo es sobrevivir como académico en un país tercermundista, o sobre libros que me gustan o temas de neurociencias en los que no soy un novato, tengo casi 2 mil seguidores en dos redes sociales abiertas a pesar de que nunca uso apps para crear contenido con grandes efectos audiovisuales y enganchar a los internautas con hacks fáciles... y a veces quisiera darme un break indefinido de mis redes sociales, no conecto con la mayoría del contenido de redes sociales, la mayoría de los internautas no conectan con el contenido que creo, no me vuelan la cabeza los podcasts, no me interesa enterarme por qué Ruzzarín o por qué Mente Creativa prefieren a Rosalía o a los Rayados del Monterrey, tampoco me atrapan los reels con grandes efectos audiovisuales ni me interesa saber qué opina tal o cual influencer sobre el tema caliente del día –«¡fíjate que El Estadio Banorte... a meses de la inauguración del mundial...!»–, no quiero escuchar a nadie aconsejarme para que «me vuelva millonario, desde mi casa, en un par de minutos», y, sin embargo, en cierta medida, soy esclavo del scroll, checo en piloto automático mis redes sociales, veo cómo la mayoría de mis conocidos comparten lo que todo mundo comparte en sus redes sociales, lo que ya es viral, veo cómo (sin darse cuenta) se han condicionado para ir con las tendencias, para abandonar Facebook, para meterse casi completamente a Instagram o a Tiktok, veo cómo han ido perdiendo su capacidad de reflexión (si es que alguna vez la tuvieron), cómo caen en los hacks de la publicidad –«¡Esto te volará la cabeza!»–, intuyo cómo ellos también checan en piloto automático sus redes sociales, aunque su capacidad promedio de atención dure sólo 30 segundos... En fin, seguramente en cuanto me levante de la cama y atienda a Gatusso, encenderé mi teléfono y checaré mis redes sociales.

 

sábado, febrero 28, 2026

love in the 90s is paranoid


Por primera vez le presto atención a la letra, un libro me trajo a esta canción, es asombroso, no sé cuántas veces he escuchado a Blur, esta no es una de mis canciones favoritas, me trae a la mente algunos eventos que no son agradables, me transporta a una época en la que no me caía bien yo mismo, lidiaba con un montón de personas y situaciones que no me gustaban del todo, y no sé cuántas veces he escuchado (accidentalmente) esta canción –¿más de quinientas...?, ¿más de mil...?– y es asombroso: nunca me había dado cuenta de que Damon Albarn dice precisamente en esta canción love in the 90s is paranoid, y ahora no es sólo una frase, entiendo a qué se refiere, el libro que me trajo a esta canción lo compré en la Feria Internacional del Libro hace una semana, se llama Cómo entrevistar a una estrella de rock y me llamó la atención porque es un trabajo de un periodista de rock en el que lo más importante no son las entrevistas per se sino el contexto de las entrevistas, empecé a leerlo el 20 de febrero después de haber tenido un ataque de pánico a 30 metros de altura y en medio de la nada, empecé a leerlo el día que Kurt Cobain habría cumplido 59 años, y en el capítulo que leía hace unos minutos, Fernando García entrevista a Damon Albarn en el bar de un hotel de cinco estrellas en Buenos Aires, es una entrevista del 2000 y tantos, Parklife y 13 tenían varios años de haber sido publicados, aparentemente Damon Albarn y Graham Coxon habían estado discutiendo antes de la entrevista, aparentemente estaba cerca la disolución de la banda formada en Londres en 1988.

Prestarle atención a esta frase de “Girls & Boys” –love in the 90s is paranoid– ha cambiado mi percepción y la canción ahora mueve algo dentro de mí y esto va más allá del concepto en el que la tenía, ya no es para mí esa canción del video que transmitía MTV en otros tiempos y en el que un puñado de adolescentes británicos la pasan bien en una fiesta, es asombroso cómo mi cognición ha modificado todos los prejuicios que tenía sobre esta canción y sobre Blur, quién sabe cuánto tiempo me obsesionaré con la canción y con Blur, en cuanto llegué a la casa le pedí a Alexa esta canción, acabo de darles Royal Canin a los gatos, estoy sentado junto a Alexa y me concentro en la canción, a ratos releo otra vez este capítulo de Cómo entrevistar a una estrella de rock en el que Fernando García entrevista a Damon Albarn y la canción se va transformando en mi mente.

Me quedé solo en la casa, Lizzie está con sus papás y “Girls & Boys” me remonta a tantas cosas, a la universidad, más precisamente a esos meses en los que la policía entró a la UNAM y acabó con la huelga de 1999, y también me remonta a Trainspotting y a la película de Danny Boyle –¿cuándo la vi?–, a los libros de Irvine Welsh, a una obra de teatro en la que Osvaldo Benavides interpretó a Rents en un teatro de San Ángel, y esta idea me lleva a pensar que en estos días se cumplieron 30 años del estreno de la película de Danny Boyle, que a la premier asistieron Damon Albarn y Noel Gallagher (leí una nota sobre este tema hace unos días), y supongo que también asistió Irvine Welsh, el escritor escocés vendrá a México a una Feria del Libro en las próximas semanas, ¿no sería genial tener un libro suyo autografiado y una foto con él...?, es uno de mis autores favoritos, uno de los libros que estoy leyendo ahora precisamente es Porno –la segunda parte de Trainspotting–, su narrativa me trae buenos recuerdos, es un visionario, sus relatos del mundo de las drogas –también Acid House es uno de mis libros favoritos– no es plana ni está llena de descripciones irrelevantes que cortan el ritmo de la historia, y me pregunto cómo lo recibirá el público mexicano, no estoy tan seguro de que la mayoría de la gente que ha visto las adaptaciones de Trainspotting o de Acid House al cine haya leído sus libros, de hecho el otro día vi un Reel en Instagram en el que le atribuían a Danny Boyle ¡una frase de Irvine Welsh!, en fin, en estos tiempos es más importante «salir en la foto» que saber quién es el autor de Trainspotting y tener un libro autografiado por su autor, en el papel las redes sociales podrían verse como «las pinturas rupestres del Siglo XXI» que reflejan el impulso fundamental de la humanidad para comunicarse, compartir experiencias y dejar huella, en la práctica son efímeras y reflejan la frivolidad, la codicia y la manipulación, y carecen de un significado oculto, alegórico o profundo, la mayoría de los internautas son más de «ir con la corriente», de escuchar 100 horas de podcasts a la semana, de ver más de 100 horas de Reels con grandes efectos audiovisuales a la semana, de ver los 3 primeros segundos de cientos de videos generados con IA a la semana, paradójicamente el público ahora es menos fácil de sorprender pero lo sorprende cualquier tontería.

Vuelvo a la canción: la frase de love in the 90s is paranoid me remonta a finales de los noventa y principios de los dos mil, me remonta a hoteles de paso con snobs, a malos viajes de mota, a noches paranoicas que parecían no tener fin, a gente malvibrosa y privilegiada escuchando a Blur, a Ween, a Oasis, a Pulp y a cualquier artista o banda de la que todo mundo estuviera hablando, en reuniones llenas de sustancias ilícitas y de conversaciones pretenciosas, me remonta a rostros que probablemente ahora están en AA o que son Pachamamas de noche y yuppies de día, y también me remonta a mujeres hermosas con sus cabelleras rizadas y con ojos espectaculares, me remonta sentirme fuera de sitio cerca de ellas, me remonta a sentir sus miradas, como si para ellas yo fuera un animal ebrio y exótico, como si estuvieran convencidas de que alguien acababa de liberarme del cautiverio. Todo esto, pensándolo mejor, me hace sentir que hoy no es hoy sino que estoy en una etapa lejana y que voy a cumplir veinte años de edad.

Nunca le he prestado mucha atención a la música de Blur, de hecho creo que nunca he escuchado de principio a fin Parklife –¡antes pasaba muchas tardes grabando música de CDs a cassettes!–, aunque tengo 13, tal vez lo compré por ahí del 2008 en algún Mix Up o en El Chopo, en 1999 MTV pasaba “Coffee & TV” todo el tiempo y la huelga de la UNAM me condenó a ver un montón de videos en MTV, y soy tan poco fan de Blur que tenía la impresión de que  “Song 2” era un track del álbum 13, pero, pensándolo mejor, es un track de otro álbum, y medio me acuerdo de haber visto el video de “Song 2” también en MTV pero cuando todavía estaba en la prepa, cuando Blur y Oasis –el britpop– acababan de ponerle el último clavo al ataúd de Kurt Cobain y compañía, entonces acababa de entrar a quinto año de prepa, tal vez “Wonderwall” sonaba por todas partes y tal vez mi círculo cercano era más del tipo de Oasis y de Radiohead que de Blur, en fin, hace rato cuando volvíamos a la casa sonaba “Wonderwall” en Universal Stereo, esta es la realidad, a nadie le interesa leer a Welsh ni escuchar a Blur, ¿cuál es el Reel con más vistas el día de hoy?

domingo, agosto 10, 2025

haystack charm around your neck

Acabo de correr 8 km, son las 11: 28 am del domingo, a esta hora mañana ya me habré lanzado al mar, Dexter decía que el dolor es como el océano, a veces puede estar calmado y a veces puede estar embravecido y lo único que puedes hacer es aprender a nadar, pero yo no me refiero a lo mismo que Dexter, no me refiero a tener la oportunidad de terminar con la escoria del mundo, para mí comenzar una clase o un curso es como lanzarme al mar, cuando me dé igual dar una clase o una charla o un curso me dedicaré a otra cosa, dejaré de bucear, me ahogaré.

Quiero romper la rutina, concentrarme en el cansancio que atraviesa mis músculos, últimamente no he podido correr al menos tres veces a la semana, quiero enfocarme en que he estado escuchando a Elliott Smith, en que no puedo creer que no lo haya conocido antes, de pronto me acuerdo de una tarde en la que no estaba disfrutando nada escribir un MS a contrarreloj y preparar mis clases y las planeaciones de mis clases, todo al mismo tiempo, y que le pedí a Alexa que tocara Grace de Jeff Buckley y que en algún momento terminó de reproducir ese álbum y comenzó a reproducir canciones de Elliott Smith y que una de ellas, en particular, me sacudió, me movió algo por dentro, tal vez entonces llovía, tal vez entonces estaba exhausto mentalmente, tal vez entonces acababa de beberme un Jim Beam, tal vez entonces me preguntaba si mi vida cambiará a partir de mañana, cuando me vuelva a lanzar al mar, tal vez entonces me preguntaba si a partir de mañana encontraré lo que tanto he estado buscando toda mi vida, un trabajo más estable en el que pueda concentrarme casi exclusivamente en la docencia y en la escritura, nada de asesorías, nada de levantar la basura de los profes de base, tal vez el whisky me dio náuseas y sentí escalofríos, como si una aguja penetrara la piel de mi antebrazo y una IV de ketamina estallara en mi cerebro, en un departamento de Iztapalapa hace veinte años, tal vez me vi a mí mismo tendido en una alfombra, junto a dos mujeres y a un hombre más junkies que yo, tal vez me acordé del aroma de ese departamento, como a soledad y olvido y finales de octubre del 2004, y tal vez entonces la voz de Elliott Smith me devolvió al presente...

needle in the hay, needle in the hay, needle in the hay

... y tal vez me pregunté si llegaré al mismo callejón sin salida, si esta es otra salida falsa, y si finalmente me resignaré, si me dejaré devorar por los tiburones.

Pero acabo de correr 8 km y quiero romper la rutina, ya no quiero pensar en las mismas cosas de siempre, quién sabe cómo pero tengo alrededor de 2000 seguidores en total en distintas redes sociales, obviamente la escoria del mundo con la que quería acabar Dexter aguarda por allí, hay varios trolls que hacen comentarios ofensivos...

¿y qué tal, vivir de becas toda la vida...?

¡sí que tienes una desregulación emocional...!

¡qué martirio debe de ser trabajar contigo...!

¡acabo de ver tu perfil en PubMed, tu paper con más citas tiene 46 citas y no se ve que sepas gran cosa de medicina del sueño....! 

¡de seguro todos tus papers los escribió el Doctor Todokoro!

... quiero romper la rutina, no caer en la tentación de meterme a mis redes sociales, no entiendo por qué un adulto no es capaz de darse cuenta de que las redes sociales son lo peor, que exponer a un niño a las redes sociales es lo peor, que el impacto de la exposición a redes sociales en la mente de cualquier persona es lo peor, no entiendo por qué un adulto le daría a un niño un teléfono celular para que use redes sociales, las redes sociales son drogas sintéticas, no penetran uno de tus antebrazos con una aguja hipodérmica, no estallan como un potente anestésico en tu cerebro, más bien entran como el aire que atraviesa tus ojos, más bien entran como un comercial basura que te encuentras 24/7 en todas partes y que te hace comprar algo que no necesitas porque ya dejó su ponzoña en tu mente.

Quiero romper la rutina, he estado súper ocupado, no quiero revisar mis redes sociales, no quiero leer ningún comentario de ningún troll, decenas de desconocidos comentan cosas chidas pero el cerebro está programado para enfocarse en un solo comentario negativo, me dispongo a tomarme unos minutos de paz, a escuchar música, a abrir la botella de suero y bebérmelo, y cierro los párpados, pero entonces un avión pasa muy cerca, su turbina rompe todo, suena como a dolor de muelas, suena como a una resaca en lunes por la mañana, suena como a un puñado de cohetes contaminándolo todo, y siento cómo mis tímpanos se mueven enloquecidamente, son unos animales asustados que huyen a toda prisa de su depredador, siempre hay interrupciones, siempre hay escándalo, somos parte del mundo, el mundo es escandaloso, el escándalo es inherente a la vida, no te conviene reflexionar ni tomarte unos minutos a solas, ¿ese es el mensaje?  

domingo, febrero 16, 2025

Los lunes en los tianguis



Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, me ha servido para distraerme, para sepultar ese algo terriblemente triste y solitario que tienen los lunes, me ha servido para no pensar en que ninguna puerta se abre, en que esto es apenas el principio, en que apenas en octubre dejé de tener un ingreso fijo y que no encontraré nada bueno muy pronto, no he querido escribir, apenas escribo lo básico en mi diario, no he disfrutado nada, he estado leyendo a Bram Stoker, he estado tomando un curso de capacitación en línea tres días a la semana, este curso lo tomo por curiosidad pero parece un fraude, hay mucha gente desesperada por generar ingresos, quien lo imparte tiene todo el look de un vende humo, nos conectamos a YouTube alrededor de 400 personas.

Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, todo lo que hago está empañado por mi estado de ánimo, es como si mis ojos y mi mente tuvieran una especie de neblina, como si me persiguiera una especie de sopor que no me deja ver claramente nada, ni disfrutar nada; independientemente de ello, hace unos días fue el Superbowl y no lo vimos, pero una canción sonó en el espectáculo del medio tiempo y el tipo que la canta también la baila de un modo pegajoso y no he podido sacármelo de la cabeza, y mientras transcurría el Superbowl, Lizzie y yo salimos a Town Square, y estaba tomándome mi Açai Refresher cuando yo siempre tengo la razón –un sujeto menor que yo y que conocí en el 2017, cuando estaba en el postdoc, y que luego me encontré en un concierto en el Alicia y con quien, más o menos desde que estuve concursando y ganando 3 evaluaciones curriculares consecutivas, con contratos de 2 trimestres al año y 15 horas de clase a la semana en el Distrito IV, hablé por teléfono dos o tres veces al año–, me mandó un Whats y luego otro y otro, aparentemente tenía muchas ganas de conversar y de “generar polémica”, es un tipo que me recuerda a mí mismo cuando acababa de entrar a la universidad, cuando idealizaba la academia y al mismo tiempo no le daba la menor importancia a la universidad, cuando me la pasaba leyendo novelas y poesía en lugar de estudiar a Skinner o a Mechoulam, en fin, yo siempre tengo la razón me empezó a decir cosas sobre divulgación de la ciencia, su discurso no me late, ¡por Dios!, unos colegas de la UV y yo estamos por publicar un paper en una revista Q1, escribí prácticamente yo solo el paper en 3 meses, tengo más de 20 papers publicados en revistas en inglés, hace casi 11 años fue mi examen de grado del PhD, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia y más de 70 cursos de licenciatura, y yo siempre tengo la razón, básicamente, insistió en que él tiene más que decir sobre la ciencia que yo, no me late su discurso, a veces es del estilo «todos tenemos derecho a pensar lo que nos dé la gana»  (excepto si alguien pone en entredicho lo que yo pienso), y, en fin, su rollo fue subiendo de intensidad, y simplemente me desgastó y ya no quise contestarle, me recordó que lo invité así, casi de la nada, a dar una clase a uno de los grupos a los que les impartía Interdisciplina. 

El tipo parece no darse cuenta de nada, para él es como si él y yo nos conociéramos desde el kínder, como si fuéramos pares, como si tuviéramos el mismo recorrido en la academia, y, ¡perdón!, pero no. El otro día me sacó de onda encontrármelo accidentalmente en redes sociales pidiendo informes para tomar un curso en línea ¡con Todokoro!, uff, ¡cuántas veces le dije que tengo media docena de papers publicados con Todokoro, que mi PhD lo estudié en su laboratorio...!, pero, claro, yo siempre tengo la razón, sólo me dio por mi lado, ni siquiera me preguntó nada sobre este curso de adicciones que quiero impartir en el Centro Neurológico y de Sueño, ni siquiera le interesó (aunque es un sujeto que pidió informes sobre el curso de adicciones que impartirá Todokoro y aunque es un sujeto al que le interesa la ciencia y el conocimiento), ni me preguntó nada al respecto, ni pudo descubrir que no sólo tengo media docena de papers publicados con Todokoro sino que he impartido ¡alrededor de 300 horas! de Neurofarmacología y Adicción en Distrito IV, ¿qué podría yo aportarle sobre el tema, si (en su mente) los dos nos conocemos desde el kínder...?, es más probable que (en su mente) Ruzzarín o Rudy III tengan una opinión más informada sobre neurofarmacología y adicciones y cannabis que yo. 

Ir al tianguis también me recuerda que Lizzie y yo íbamos al tianguis cuando Distrito IV estaba en huelga y Lizzie y yo teníamos que vivir de nuestros ahorros, esa tampoco fue una buena época, pero, en perspectiva, al menos sabía que no duraría toda la vida, que la huelga terminaría en algún punto, pero el punto es que ir al tianguis es terapéutico en general, me ayuda a sentir que “conecto” con un montón de gente que sobrevive y que no parece lamentar su estilo de vida, sino que disfruta lo que hace, estar vendiendo sus frutas, sus verduras, sus gorditas, sus quesadillas, sus pescados, sus carnes frías, pero también, ocasionalmente, me trae estos flashbacks. 

Lo que hacen todas estas personas para sobrevivir no tiene nada de académico, pero es igual de importante. O tal vez más importante que la academia. No creo que los vendedores de tianguis tengan dos pies izquierdos, no creo que estén pensando siempre en cómo tener más poder y en cómo rodearse de gente manipulable que siga sus órdenes. Creo que son más listos que un académico estándar, que saben responder a los madrazos de la vida y que saben cuándo les conviene asociarse con alguien que puede hacerlos crecer, en lugar de seguir órdenes para conservar sus chambas. 

Ir al tianguis cada lunes también me recuerda cuando vivíamos en Agua Caliente, allí también se ponía un tianguis todos los lunes, era un poco diferente a éste, pero, en general, la gente también parecía disfrutar su estilo de vida. Visitar ese tianguis de Agua Caliente también me hacía recordar cuando iba a otros tianguis, cuando estaba en la prepa, cuando iba algunos domingos al tianguis de San Juan, en los límites entre Iztapalapa y Neza, y me gustaba ver otro tipo de cosas allí, también vendían las cosas que venden en un tianguis de lunes, pero me gustaba ver tennis, discos compactos y playeras de rock. Algunos puestos de ese tianguis de San Juan también se ponían los sábados en El Chopo. Allí me compré varios discos que escuché toda la prepa –Bleach, Blood Sugar Sex Magik, Live Through This... –, en fin, todo era tan diferente, todo esto ocurrió en una época que parece quedar a varios siglos de distancia, cuando ni siquiera había entrado a la universidad, cuando no pensaba en absoluto en cómo sería mi vida adulta, cuando aún no había conocido a personas poderosas y manipuladoras, cuando aún no había tratado a aspirantes a divulgador de la ciencia que no le dan crédito a nadie más que a ellos mismos y a las celebridades que no saben nada de nada pero que tienen un millón de seguidores, o que son unos sociópatas, en fin, hoy es domingo 16 de febrero y son las 18: 12, mañana también (espero) iremos al tianguis, y me pregunto cuándo habré digerido estas visitas de cada lunes al tianguis y podré escribir algo que me guste sobre cómo ir al tianguis de Metepec ha movido algo dentro de mí.

domingo, enero 19, 2025

¿Eres lo que atraes?



Hay diversos puntos de vista sobre lo que significa una mala noticia –que te digan por teléfono que tienes tal o cual enfermedad y que sólo te quedan 3 meses de vida, que el amor de tu vida acepte tu invitación a cenar y allí te diga que está enamorada de tu mejor amigo, que te comuniquen por correo-e que no pasaste ni siquiera la primera fase de un concurso para una plaza académica de tiempo completo–, pero, independientemente de ello, soy la clase de persona que “atrae” malas noticias, y esto no tiene nada que ver con la metafísica: tengo “un imán” para recibir noticias sobre la muerte –diría que las recibo casi de manera inmediata a la muerte de alguien– porque siempre estoy al pendiente de las malas noticias, mi cerebro siempre está al pendiente de todas las cosas malas, y es un vicio, no recuerdo un solo día de los últimos diez o veinte años en el que no haya estado así.

Hace un año, por ejemplo, cuando me debatía entre continuar con mi rutina y satisfacer mi adicción a la nicotina, o resistirme a salir al Oxxo a comprar una cajetilla de Camel –después de casi 8 años de abstinencia, tras una larga enfermedad que me llevó al quirófano, había recaído y estaba perdiendo el control otra vez–, me metí a X y leí en la cuenta de Jesús Ramírez-Bermúdez que José Agustín acababa de morir. Mentiría si dijera que lo primero en lo que pensé fue cuál de sus libros me gusta más —¿Ciudades desiertas?, ¿Se está haciendo tarde?— y cuál menos —¿Dos horas de sol?, ¿La tumba?—; más bien, pensé en que era un imán de malas noticias, en que ocurrió lo mismo cuando murieron David Bowie, Chris Cornell, Mark Lanegan, Andrew Fletcher...

El otro día volvía a la casa después de correr 7 kilómetros y traté de acallar los pensamientos negativos que casi nunca puedo ignorar, que son como una vocecita que siempre está aconsejándome, y me senté a tomarme un suero, a revisar en la aplicación del teléfono cuál había sido mi mejor tiempo. Calculé que corrí casi veinte segundos más rápido que el lunes, y eso me hizo sentir bien. «Una buena noticia entre las tantas malas noticias que he recibido en los últimos 4 meses», me dije mentalmente. Luego, intenté enfocarme en otras buenas noticias: en que (otra vez) cumplía un año sin fumar –antes de recaer, fumaba a todas horas, una cajetilla en un par de horas si había alcohol de por medio, tenía dedos de nicotina, no podía subir escaleras sin sentir que me daría un ataque al corazón–, en que en esta semana terminábamos de responderle los treinta y tantos comentarios al Revisor #5 y en que no puede llover todo el tiempo, que nadie puede recibir malas noticias todo el tiempo. 

Y estaba funcionando: de alguna manera, había logrado desasirme de esos pensamientos negativos, pero después me metí a Facebook y vi un post de Stereogum y allí había una fotografía de David Lynch y decía que él acababa de morir. El post tenía 3 minutos de haber sido publicado. Mentiría también si dijera que conozco todas las películas de Lynch, que Eraserhead es mi favorita. Que veo la vida cómo él la veía, que me sabía esa anécdota en la que Spielberg lo dirige y él interpreta a John Ford, que yo era de los fans que decía que esa escena de Los Fabelman era la mejor escena en la historia del cine: el mejor director de cine, dirigiendo al mejor director de cine, interpretando al mejor director de cine. Escuché el soundtrack de Lost Highway antes de ver la película.

Me terminé el suero y pensé en que algo malo ocurre conmigo, en que estoy tan acostumbrado a ver que la vida es una amenaza constante, en que lo primero que pienso en cualquier circunstancia es en todo lo malo que puede suceder —eso no me incapacita para hacer lo que tenga que hacer, sólo me impide disfrutar el proceso—, y desde ayer o anteayer, ya no sé cuándo, no puedo dejar de preguntarme cómo hacen los demás para ignorar todo lo malo que hay en el mundo: ¿qué cosas leen, qué música escuchan, cómo pasan su tiempo libre...?, ¿pueden ver una película de David Lynch, llenar los huecos con su imaginación, y ser felices...?

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

domingo, abril 30, 2023

Hoy no estoy hasta la madre de todo


Hace cuatro años, en otro día del niño, me peleé con un standupero. Lo seguía en twitter porque me gustaba su comedia, pero, básicamente, desde el 1 de diciembre del 2018, el tono de sus tweets fue cambiando y terminó siendo casi exclusivamente “político”. (Jaja.) Sus “críticas” y sus burlas hacia la presidencia eran cada vez más absurdas. Ese 30 de abril del 2019, por ejemplo, tuiteó, desde una sala de espera del aeropuerto O'Hare, algo como “¿Que hoy, en sus redes sociales, no ponen fotos de cuando eran niños, porque hasta este punto los ha amargado el gobierno?” (¡Ni siquiera se había cumplido medio año desde que el gobierno había entrado en funciones! ¡Cuánta impaciencia!) Luego se quejó porque, según él, su vuelo hacia la Ciudad de México tenía cuatro horas de retraso, y, obviamente, según su punto de vista, el gobierno de México tenía la culpa. (¿Por qué no le dan “luz verde” al proyecto del nuevo aeropuerto que despojará, por las malas, de sus tierras, a decenas de personas?) 

Normalmente pasaba de largo cuando él tuiteaba esta clase de cosas, pero ese día en particular, estaba hasta la madre de todo y le contesté.

La universidad iba a cumplir tres meses en huelga. Nos habíamos mudado desde la Ciudad de México a finales de diciembre, habíamos tenido un pésimo 2018, pero parecía que la situación mejoraría en mi nuevo trabajo. El trimestre había comenzado en las últimas semanas de enero, ya había viajado al INB a atender unos asuntos administrativos que formaban parte de mis responsabilidades y sólo había tenido un par de semanas de clases frente a grupo –apenas había cobrado mi primera quincena–, cuando estalló la huelga. 

Después de varias mesas de diálogo entre las autoridades y el sindicato de trabajadores, la huelga no parecía tener un fin cercano. Estaba hasta la madre de todo –frustrado, desesperado, encabronado–, y no podía hacer nada, así que me encontré el tweet del standupero en un mal momento, y le contesté. Le dije que el gobierno no tenía nada que ver con lo que él decía en su tweet: que ese 30 de abril no poníamos fotos de cuando éramos niños en nuestras redes sociales porque standuperos, como él, “nos habían abierto los ojos.” Obviamente, como la persona intolerante y egocéntrica que era en twitter, él se enojó mucho, me tuiteó varias cosas ofensivas y hostiles, y yo, como la persona que estaba hasta la madre de todo en ese momento, le respondí, y él me dijo que “estaba bien dañado” y me mandó al psiquiatra. (Al menos, yo no escribía chistes sobre mis frustraciones, ni les cobraba a las personas a las que les contaba mis chistes). Total, que se desahogó, me cansé de responderle (era como hablar con una pared) y me bloqueó. También lo bloqueé, y no sólo de esa red social, sino de todas las redes sociales que uso. 

Hoy acabo de correr y me tomo un suero, y me recupero –no tuve un buen día: corrí 6 kilómetros en poco menos de 28 minutos–, y se me ocurre meterme a Facebook y veo algunas fotografías de cuando algunos de mis contactos eran niños y me acuerdo de la pelea de hace cuatro años en twitter. Casi sin reparar en ello, me meto a twitter y me encuentro, por accidente, otro tweet similar al de hace cuatro años. 

En este caso el tweet pertenece a un personaje que sigo por curiosidad; él viaja mucho (acaba de volver de un concierto en Las Vegas y del Festival de Coachella) y escribe en Play-Boy y en otros medios parecidos (tiene publicados un par de libros de relatos y tiene una columna en un diario de circulación nacional), y ¡de vez en cuando también hace stand up!, y, generalmente, tuitea o retuitea críticas en contra del gobierno. También son igual de absurdas que las del comediante de hace cuatro años. Sigo a este escritor-comediante-politólogo-epidemiólogo porque, de vez en cuando, escribe alguna cosa que me gusta. Según él, le late la música subversiva, pero “sus ideas políticas” son más afines a las de Alex Lora, que a las de Roger Waters (que –¿quién puede negarlo?–, es un extraordinario músico, un personaje público “anti-sistema”, identificado con los gobiernos de izquierda, aunque sus regalías y sus conciertos no quedan exentos de los horrores del capitalismo que tanto execra).

Me acabo el suero –es de sabor mandarina-naranja–, y le doy vuelta a la página (dejo atrás twitter y mi teléfono). Tengo cosas más importantes que hacer.

Ahora, aunque, como hace cuatro años, las actividades en la universidad están detenidas, me encuentro más estable mental y emocionalmente que entonces, y no voy a enfrascarme en una pelea en twitter. Hoy no tengo ganas de que ningún personaje intolerante que vive en una pequeña esfera social, me diga que estoy dañado y que me mande al psiquiatra. Hoy no tengo que pelearme con nadie, ni decirle a nadie que no soporto la frivolidad.


jueves, noviembre 24, 2022

Leías y comentabas este blog


Eran otros tiempos. Podía acostarme a las tres de la mañana y dormir seis horas seguidas y no tener somnolencia en todo el día. No tenía que levantarme de la cama cuando la vejiga estuviera a punto de estallarme –fastidiándome, humillándome y diciéndome “¿Aún tienes sueño? Jajaja. ¡Pues yo tengo otros planes para ti!”–, sino cuando ya no tenía sueño. 

Eran otros tiempos. Después de estar orinando tres minutos que parecen una eternidad, no tenía que pincharme un dedo, ni verter una gota de sangre en una tira reactiva, ni usar un glucómetro ni anotar mi glucosa en ayuno, por el resto de mis días. Jamás me pasaba por la cabeza que es horrible que mi abuelo me haya heredado esto. No tenía que tomar dapagliflozina o metformina antes de cada desayuno, todos los días, por el resto de mi vida, mientras tratara de hacerme el tonto y evitar ponerme a pensar en que los medicamentos van jodiendo mis riñones y en que ya no hay vuelta atrás: en que cada día estarán peor que el día anterior, y en que, en algún momento, tendré que convertirme en un monje que ni siquiera pueda “perder la cabeza” y tomarse una triste copa de rompope una vez al mes. 

Eran otros tiempos, Vitalogy acababa de salir a la venta. Pearl Jam todavía no se enfrentaba a Ticketmaster, ni renunciaba a una súper gira multimillonaria por todo el mundo, cuando ya habían superado Ten y Nevermind y el éxito de Nirvana y el impacto de la muerte de Kurt Cobain. Todavía un sector de la juventud escuchaba música subversiva y estaba en contra del sistema y de las superficialidades del capitalismo, y Eddie Vedder y Pearl Jam representaban todo ello e incitaban a ese sector de la población a estar en contra del sistema; todavía ese sector de la juventud no quería formar parte de los convencionalismos, no quería entrar en el gusto de la gente de bien, no aspiraba a salir en la tele ni a convertirse en algo similar a un influencer que “documentara” todas sus tonterías alrededor del mundo y que facturara un montón de dinero en redes sociales. 

Eran otros tiempos. Después de ir al baño y de medirme la glucosa, no tenía que buscar tres platos por toda la casa, ni bajar a la cocina a servir porciones de comida blanda de Royal Canin en tres platos, ni cambiar el agua del plato del agua de tres gatos, ni llenarles sus otros tres platos con croquetas de Royal Canin, ni limpiar el arenero de tres gatos y barrer y sacar la bolsa con arena sucia al bote de la basura. Tampoco lavaba trastes todos los días, ni tenía sueño a todas horas, ni salía a correr cinco o seis kilómetros, dos o tres veces a la semana. Tampoco me lastimaba eventualmente un tobillo o una pierna, por correr cinco o seis kilómetros a la semana. Tampoco tenía los grados académicos ni la experiencia docente y en investigación básica que tengo; no tenía una sola publicación científica en inglés en ninguna revista evaluada por pares, ni tampoco tenía que pensar en abandonar mi carrera académica –renunciar a todo lo que he hecho y he conseguido en casi quince años–, ni tenía pesadillas en las que no me queda otra opción más que conducir un camión de pasajeros, o en las que me convierto en el ridículo guardaespaldas del dueño de un restaurante de comida china. 

Eran otros tiempos. No tenía esta clase de pesadillas, ni me despertaba a las tres de la mañana pensando en el mito de Sísifo. 

Eran otros tiempos. Aún no llegaba esa mañana de abril del 2007 en la que conocí a Katz en una estación del metro, cuando iba a impartir una clase a mi grupo “conejillo de indias” en la universidad, ni algunos de los estudiantes de ese grupo esperaban a que Tim Leary personalmente les impartiera una práctica sobre los efectos terapéuticos de los enteógenos, ni otros estudiantes de ese grupo terminaban la licenciatura y se convertían en estudiantes de posgrado, ni yo, en mi posición de posdoc en otra universidad, los había invitado a dar un seminario y ellos me pedían que les pagara todos los viáticos; todavía algunos de esos estudiantes de mi grupo “conejillo de indias” no eran los pachamamas que son hoy, ni creían saber más que todos los sabios del mundo.

Aún no llamaba por teléfono a Katz por primera vez, ni salía a ningún lado con Katz por primera vez, ni me enamoraba de Katz; aún no pensaba en que era posible que ella me quisiera y en que ella quisiera compartir su vida conmigo; aún no conocía las dimensiones de su amor, ni tenía la oportunidad de mostrarme su apoyo en los momentos más terribles, cuando me encontraba en el limbo, en los últimos trámites del doctorado y en los primeros trámites del posdoc, cuando no teníamos dinero, cuando estaba enfermo y me adherí a dos tratamientos médicos y acabé en el quirófano, cuando ella absorbía todos los gastos de la casa; todavía Katz no se mudaba a vivir conmigo, ni los dos nos mudábamos a vivir a tres lugares distintos, en ciudades distintas, ni la hacía enojar por mi horrible modo de ser.

Eran otros tiempos. Los felinos no formaban parte de mi vida. Aún no llegaba a casa de mis papás ese majestuoso gato al que llamaríamos Sócrates y aún Sócrates no era mi gran compañero, ni adquiría la costumbre de acompañarme en mi recámara y tumbarse en la cama mientras me ponía a leer o a escribir o mientras tomaba una siesta y procrastinaba y huía de todas mis responsabilidades y me escondía en mi zona de confort porque no quería saber nada de nadie, porque me sentía del carajo, porque tenía rotos casi todos los huesos del alma, porque apenas podía dar uno o dos pasos en mi recámara sin tropezar, porque no procesaba todavía que algunas relaciones están destinadas al fracaso, que se convierten más en una costumbre que en una dicha, y que pueden durar una eternidad porque uno las fuerza y las calza como un zapato que le queda chico. 

Eran otros tiempos. Aún Sócrates no se iba de la casa, ni me quebraba los pocos huesos del alma que me quedaban intactos, ni me hacía sentir esa tristeza espantosa que nunca había sentido, ni siquiera cuando alguien me había rechazado, ni siquiera cuando alguien me había dicho que no sabía qué hacía conmigo, si yo no era ni guapo ni gracioso ni millonario; ni siquiera cuando alguien (contra todo pronóstico) había “perdido la cabeza por mí” y me había dicho, después de meses y meses de conversaciones telefónicas, que prefería volver con su ex porque yo le daba demasiadas vueltas al asunto. Esa tristeza espantosa provocada por la ausencia de Sócrates era totalmente distinta; esas personas que me habían roto otros huesos del alma, en otras temporadas del infierno de mi vida, seguían viviendo sus vidas y podían valerse por sí mismas y yo podía saber que ellas estaban bien, pero con Sócrates todo era incierto: no sabía si seguía vivo o si estaba en una mejor casa, o si le había pasado algo malo; y todos los días era lo mismo: despertar pensando en que ese día sí volvería Sócrates a la casa, y que llegara la noche y que él no apareciera y que yo tuviera que morderme el corazón y resignarme y aceptar la realidad: que, cada día que pasara sería una confirmación de que él no volvería jamás, y que me iría habituando a su ausencia, aunque, todos los días, durante casi un año, me sentiría del carajo porque Sócrates no volvía a la casa y porque no sabía si él estaba bien o si seguía vivo. 

Eran otros tiempos. Apenas había tomado un taller de creación literaria, en una casa de cultura en San Pedro de Los Pinos, durante la huelga de 1999 en la UNAM, y había conocido a algunos bohemios y nos habíamos reunido en algunas fiestas y habíamos bebido y habíamos hablado sobre literatura y habíamos leído nuestros propios textos; y estaba por tratarte en persona, en mi segundo taller de creación literaria, en otra casa de cultura en Azcapotzalco. Faltaban varios años para que saliéramos a tomar a un bar por Ciudad Universitaria en compañía de una de tus amigas que, quién sabe por qué, quería andar conmigo; todavía no nos emborrachábamos en una cantina de mala muerte detrás de las ruinas de El Templo Mayor, leyendo a Alejandra Pizarnik; todavía no llegábamos a ninguna cantina de la calle de Bolívar, a las ocho de la noche, atestada de sexagenarios que jugaban dominó, ni bebíamos XX Lagger calientes con otros sujetos que tú conocías de otros talleres de creación literaria; todavía no acabábamos esa larga noche en un bar de la calle de Regina, escuchando a una banda de rock en vivo mientras un puñado de borrachos cantaba una canción de Héroes del Silencio. 

Todavía no existía Facebook y todavía no nos enviábamos solicitud de amistad, ni me compartías un artículo de Roberto Bolaño en Facebook, ni me decías que él era el Kurt Cobain de las letras, ni te invitaba a la pequeña celebración de mi boda civil con Katz –nos casamos para darle gusto a la familia, pero podíamos haber vivido en unión libre–, ni descubría en Facebook que realmente no sabía nada de ti, que sólo sabía que habías sido novia de otro conocido y que te gustaba la literatura, y que podías ser una persona radical y poco tolerante; todavía no existía Facebook, ni me abrías los ojos en Facebook, ni me llamabas ególatra en Facebook, ni me desconocías en Facebook, ni me preguntabas dónde podías leerme, aunque, tiempo atrás, antes de que hubiera redes sociales, antes de que compartiéramos esa larga noche de juerga en las calles de El Centro Histórico, cuando te conocí en el taller de creación literaria, leía algunos de mis textos y tú los escuchabas y me dabas tu retroalimentación, o, cuando ese taller terminó y nos comunicábamos por correo electrónico, cuando comencé a escribir en este blog, hace más de quince años, visitabas este blog, y lo leías y lo comentabas.

Ahora te he bloqueado de mi vida, como en ese capítulo de Black Mirror, y no quiero saber nada de ti, y jamás volveré a escribir nada sobre ti, y te he bloqueado de mi vida después de que me eliminaste de tus amigos en Facebook porque te respondí algo que no te gustó, y me abriste los ojos, y ahora veo que siempre tengo que dar el primer paso y que no siempre vale la pena ser condescendiente con todos mis conocidos, ni estar pensando en que mis conocidos no necesariamente me dicen de vez en cuando cosas hostiles porque estén pasando un mal momento, sino porque son intolerantes y están acostumbrados a recibir “palmaditas en la espalda” y deben quedar bien con sus grupos de apoyo en redes sociales.  

Ahora te he bloqueado de mi vida porque no necesito que me desconozcan, que me llamen ególatra por responder concretamente a preguntas que me hacen, que me den respuestas hostiles y que me exijan explicaciones por messenger, especificando qué me están preguntando (porque soy muy tonto para darme cuenta), porque mi vida ya tiene suficientes cosas que están del carajo (aunque no se las cuente a nadie en Facebook), como para intoxicarme en redes sociales con otras cosas que también están del carajo. 

Eran otros tiempos: cuando leías y comentabas este blog.

jueves, octubre 20, 2022

Soy un mal escritor


Soñar es estar a la deriva, despertar es llegar a tierra firme, escribir es abrirte las venas y desangrarte, leer es cerrar los párpados y fingir una sonrisa o una mueca triste, escribir es salpicar una página con los esputos de todas tus frustraciones en la deshidratación de una borrachera, leer es modular tu voz para que parezca que captas el mensaje, que sufres lo que estás leyendo, fingir que las letras son marcas de hierro incandescente que chamuscan tu alma, esperar a que alguien te lea es pretender que sólo necesitas soñar para que tus sueños se hagan realidad, es como creer que el sol puede ocultarse detrás de uno de tus dedos y acabar con la luz de todo el mundo, la realidad es que no vales nada excepto si “las personas indicadas” le dicen a las personas sin criterio que eres el mejor, aunque seas pésimo en lo que haces, como cuando Joseph Goebbels decía mentiras a los alemanes y luego decía que las mentiras que se decían millones de veces acababan convirtiéndose en la verdad imperante, la realidad es que es más probable tener éxito si nunca esperas nada de la gente que conoces, esperar a que algún contacto o conocido te dé crédito simplemente porque es tu contacto o tu conocido es ingenuo, paradójicamente en el anonimato le caes mejor a la gente que te conoce, o, al menos, así la gente que te conoce no tiene razones para envidiarte o no tiene prejuicios acerca de ti, meterte a una red social es enfermizo, para qué quieres encontrar callejones sin salida y sectas intolerantes y creyentes sin autoestima, para qué quieres encabronarte con opiniones que no te van a gustar, que la tierra es plana, que la educación es irrelevante, que todos deberíamos aspirar a ser empresarios multimillonarios y lucrar con frivolidades, que lo único que debería importarnos es tener un auto del año y salir de vacaciones a lugares exóticos lo más seguido posible, meterte a una red social es enfermizo, usar las redes sociales como un cuchillo para clavárselo en la espalda a la gente que conoces, hablar mal de la gente que conoces, señalarla, humillarla, ignorarla, pretender darle una lección de moral, asumir que conoces todos sus motivos y todos sus defectos, es enfermizo, estar despierto es estar atado a las apariencias que duelen como un arañazo de gato feral en la cara, es tener que interrumpir lo que más te gusta hacer, eso que harías por el resto de tu vida aunque no te pagaran, porque tienes que comer o ir al baño prácticamente cada que llegas al clímax de algo, estar dormido es estar libre, es no tener hambre ni sed, es no padecer ni angustias ni preocupaciones, es no tener que saber mil y un contraseñas para entrar a mil y un aplicaciones que te facilitan la vida o que te fabrican necesidades o que te vuelven dependiente a ellas, no caer en una provocación en redes sociales es no tener nada qué decir, caer en una provocación en redes sociales es la oportunidad ideal para demostrar tu punto, cualquiera que sea, quedarte callado es no tener nada qué decir, decir lo que sientes es tener la razón, compartir lo que escribes, mostrar tus heridas y tus miserias, sublimar tu estrés postraumático en busca de catarsis, o en busca de retroalimentación, es estúpido, quizá encuentres la catarsis pero esperar retroalimentación es absurdo, es ingenuo, nadie lee nada que no tenga que ver consigo mismo, la gente sólo lee las cosas que refuerzan la idea (el concepto, la identidad) que tienen de sí mismas, si te metes en un muro en el que no te llaman no debes esperar una respuesta, incluso si alguien se mete en tu muro sin que lo llames, y aun cuando te pregunte algo y tú te tomes el tiempo para responder, no esperes a que te dé retroalimentación, todo está mal, todo es enfermizo, todo es contagioso, todo es automatismo, como en ese álbum de REM que supuestamente sonaba junto al cadáver de la estrella de rock que se metió a la boca el cañón de una Remington y que habla sobre cómo los humanos somos emocionales y necesitamos aceptar nuestros defectos pero siempre estamos avergonzándonos de lo que somos, aparentando que todo está bien, que no podríamos estar mejor, que amamos lo que hacemos, que no hacemos lo que hacemos porque no tenemos otra opción, y si respondes a algo que te preguntan concretamente en tu muro, en una red social, y a la gente no le gusta tu respuesta, porque, a lo mejor, inconscientemente, te tiene en un concepto muy bajo y cree que dices que escribes porque un día le escribiste un poema a tu abuelita y tu abuelita lo leyó y le gustó (o fingió que le gustaba para no herir tus sentimientos) y te dijo que escribes bonito y le creíste ciegamente, o simplemente respondes y no está de humor o no le gusta tu respuesta porque tu respuesta no está en la frecuencia de lo que le gusta, o en la frecuencia de su humor, y aunque tu respuesta sea una respuesta que responde concretamente a lo que te preguntan, te sueltan el rollo de que eres ególatra (¿qué debías contestar?, ¿ahora te paso el poema que le escribí a mi abuelita?), y, en fin, si lo eres, pues lo eres, ya no tienes quince años para que estos adjetivos te pongan al borde de un colapso emocional, tampoco es que lo máximo que hayas hecho en la vida sea escribir en un blog, aunque ser ególatra es lo menos importante, lo importante debería ser que, en otros tiempos, esas personas que ahora te llaman ególatra leían este blog, este anodino blog en el que escribes (más bien, lo que haces es aporrear el teclado de una computadora con conectividad a Internet y luego las palabras van quedándose grabadas en un gadget) desde hace casi veinte años, y que esas personas te conocieron hace casi quince años en un taller de creación literaria y que salieron contigo a emborracharse varias veces, pero, en fin, eran otros tiempos, y ahora estoy en un mal momento, no soy muy tolerante en este momento, está clarísimo que mis capacidades no me aseguran nada, que la gente del presente tiene que ponerme candados para evitar que concurse y que gane una plaza de trabajo (y, aunque no lo parezca, incluso encontrándome en un mal momento, sé perfectamente qué cosas escribo), está clarísimo que a veces hago preguntas retóricas en los muros de las redes sociales de personas que no me invitan a preguntar nada en sus muros, porque sistemáticamente no comentan nada, porque estoy ocioso, harto de leer textos científicos en inglés sobre temas que no me apasionan, porque estoy harto de escribir minutas como si estuviera obligado a ser un secretario que debe ser estoico y que debe vivir de sus ahorros, y que debe resignarse a que las cosas sean así, a que la excelencia académica sea solo un eslogan, o porque, simplemente, quiero evadirme de mi realidad, y, en fin, a veces no vemos nada, ni siquiera cuando nos pasa, ni siquiera cuando somos la prueba de viviente de nuestros propios errores y fracasos, y estamos tan ensimismados en la corriente de las redes sociales y somos tan susceptibles a los reforzadores de las redes sociales –los likes, los me encanta–, que no nos damos cuenta de que también somos ególatras cuando estamos a la defensiva, cuando asumimos que alguien nos comenta cualquier tontería para poner en duda las cosas en las que creemos ciegamente, cuando alguien, tontamente, se acerca a nosotros en la virtualidad de las redes sociales, por curioso, o en busca de una opinión, sin ánimo de ofender, o nos lanza un comentario retórico, imaginando que no recibirá respuesta, como ha ocurrido otras tantas veces, incluso cuando le preguntas algo directamente (también es ególatra hacer una pregunta y pasar de largo, ignorar la respuesta a la pregunta que tú mismo hiciste, porque, simplemente, esa respuesta te vale madre, o no se ajusta con tus intereses), pero, en fin, caemos de vez en cuando en la tentación de los autómatas, y nos enfrentamos al otro lado de la moneda, descubrimos qué ocurre cuando no pasamos de largo, y no desestimamos “el debate” en redes sociales, cuando nos quedamos a ver cómo la gente alienada suelta un rollo que la haga sentirse superior a los interlocutores –les da un periodicazo en el hocico–, y así vamos todos, aportando nuestro granito de arena, remando en la corriente de las redes sociales, intoxicándonos en la inercia de las redes sociales, nunca tenemos tiempo para salir del círculo vicioso de las redes sociales, y nos alejamos del mundo real, y nos distanciamos de la gente real, y le decimos, al mundo real y a la gente real, que están enfermos porque no ven nuestro punto, porque no nos comprenden.

sábado, junio 04, 2022

Solicitudes de amistad y contactos fantasma



Sueño un sueño absurdo en el que Thurston Moore se limpia la nariz escandalosamente y luego me dice en español que quiere comprarme una de mis guitarras eléctricas y que me contará algo que nadie sabe sobre la muerte de Kurt Cobain, mientras J Mascis bosteza y parece estar harto de los dos. 

En la realidad, siento las piernas adormecidas, como si me hubiera pasado un tren encima, y también siento unas irresistibles ganas de orinar, como, después de cierta edad, ocurre todas las mañanas.

Despierto. Jax está acostado en mis piernas. Él es el tren que me ha pasado encima. 

Aplazo el momento en el que ya no podré resistir más las ganas de orinar, y miro el reloj en la mesita de noche. Son las cinco de la mañana. Si me levanto de la cama, me pondré a hacer mil cosas –medirme la glucosa, recoger la arena de los gatos, darles comida blanda a los gatos, ponerme ropa deportiva, salir a correr– y ya no volveré a la cama. Quiero descansar un poco más. 

Enciendo mi teléfono y me meto a Facebook. Ayer hice un experimento –compartí lo que opino sobre un tema de interés popular y después compartí una nota absurda sobre el mismo tema, excepto que la escribió un líder de opinión, de esos que están en todas partes, atacando o defendiendo un punto de vista, dependiendo de quién le pague más–, y tengo curiosidad por saber qué pasó: cuántas reacciones tiene cada publicación. 

A diferencia de mi publicación –que no obtuvo ninguna reacción–, la publicación del líder de opinión obtuvo veinte reacciones en mi muro. Seis de mis contactos incluso compartieron esa publicación desde mi muro. No me sorprende. Siempre he sabido que las cosas son así: que la gente, incluso la que conozco (o, principalmente, la que conozco) le da más crédito a los líderes de opinión, aunque sean unos tontos y digan obviedades, y aunque opinen de un tema que no conocen y que yo sí conozco (porque tengo publicaciones sobre ese tema en revistas evaluadas por pares, o porque he impartido cursos sobre ese tema en la universidad).

Siento un hueco en el estómago y una especie de calambre en la vejiga, pero aún puedo aplazar la hora de levantarme de la cama, y me pregunto de dónde salieron todos estos contactos que tengo en Facebook. Exceptuando a mis familiares, a mis colegas y a los conocidos con quienes he convivido en alguna etapa de mi vida –la primaria, la secundaria, la prepa, la universidad–, a la mayoría del resto de los contactos que no entran en esa categoría los conocí y los traté personalmente. Pienso en el número del antropólogo Robin Dunbar. Alguien me contó que él estima que una persona está conectada socialmente con 150 personas y que esa proporción está relacionada con el tamaño de la neocorteza. O algo así. 

Casi ya no puedo aplazar las ganas de orinar, pero hago algunos cálculos: yo tengo 296 contactos en Facebook; de esos 296, alrededor de 80 han interactuado conmigo alguna vez; de esos 296 contactos, alrededor de 200 nunca han interactuado conmigo (ni siquiera cuando comparto fotografías de perros o de gatos).  

Una serie de preguntas cruzan mi mente: ¿qué sentido tiene que seamos contactos en Facebook, si no hay interacción?; estos contactos fantasma, ¿sólo están al pendiente de lo que me pasa, para saber cuándo me pasan cosas malas?; estos contactos fantasma ¿sólo aceptaron por cortesía mi solicitud de amistad...? 

O ellos me enviaron personalmente solicitud de amistad, o yo les envié solicitud de amistad, pero el punto es que aceptamos, y yo esperaría que hubiera un trato más cercano, incluso en la virtualidad de Facebook, al menos una vez al año, pero tengo Facebook desde el 2009, ó desde el 2010, y estos 120 contactos nunca han interactuado conmigo. 

Sé que es probable que algunos de ellos no compartan mis intereses o que les valga madre mi vida, pero yo mismo ocasionalmente interactúo con los contactos con los que no comparto intereses. Les pregunto por cortesía cómo les va o cuántos años tienen los niños (¿sus hijos?) que salen en las fotos que comparten en sus muros. A veces hasta he compartido las publicaciones de algunos de mis contactos –cuando, por ejemplo, darán una plática o un concierto, o recibieron algún reconocimiento, o cuando abrieron un negocio, y están compartiendo esa información en sus muros–, pero nunca ha habido reciprocidad y paulatinamente he dejado de hacerlo. He sido ingenuo. Katz insiste en que a la mayoría de la gente le gusta estar al tanto de lo que uno hace, pero que en realidad no le importa lo que haces. Yo insisto en que debería haber un mayor acercamiento con la gente a la que tienes entre tus contactos de Facebook, al menos ocasionalmente.

No recuerdo si a la mayoría de estos contactos fantasma yo les envié solicitud de amistad, o si fue al revés. Lo que sí sé es que a algunos de estos contactos los he dejado de seguir porque me han aturdido, molestado o aburrido con sus publicaciones. Tengo curiosidad por saber cuántos han hecho lo mismo conmigo. 

He dejado de seguir a quienes sólo suben fotografías de los lugares exóticos a los que viajan cada fin de semana, o de los restaurantes en los que comen cada fin de semana, o de los eventos del año a los que asisten cada fin de semana (desde un partido de futbol en El Estadio Azteca, hasta una carrera de autos Fórmula 1 en El Autódromo Hermanos Rodríguez, o un concierto de Café Tacuba o de Ricardo Arjona o de OV7 o de Silvio Rodríguez en El Auditorio Nacional), o de bodas o de cumpleaños. 

Por absurdo que parezca, algunos de ellos, ocasionalmente, han compartido fotografías de los automóviles que acaban de comprarse. Algunos incluso le han puesto un moño de regalo en el cofre a su auto recién comprado y han posado junto a él.  

A otros contactos fantasma los he dejado de seguir por obtusos y por su falta de empatía. Algunos de ellos son superficiales y envidiosos –se nota a kilómetros de distancia–, y sólo comparten posts de los líderes de opinión que refuerzan sus “ideologías políticas”; otros, casi exclusivamente comparten memes y sólo comentan mis publicaciones cuando pueden corregirme o cuando creen que saben exactamente cómo pienso. 

También admito que pude haber ofendido accidentalmente a algunos de mis contactos fantasma con alguno de mis posts. Quién sabe cuántos de estos contactos que no sigo, también dejaron de seguirme. Tengo curiosidad por saber cuántos han hecho lo mismo conmigo. 

A otros contactos fantasma que tengo en Facebook, los conocí como profesor. Tampoco recuerdo si yo les envié solicitud de amistad, o si fue al revés, pero supongo que, al principio de los tiempos, cuando todo era caos y oscuridad en Facebook, cuando abrí mi cuenta de Facebook, yo les envié solicitud de amistad. No me interesaba saber a qué se dedicaban o qué hacían, sino mantenerme en contacto con ellos. Quién sabe por qué. Supongo que sólo quería tener muchos contactos en Facebook. 

Desde al menos hace cinco años que no le envío solicitud de amistad a ningún ex alumno, pero ocasionalmente sí acepto solicitudes de amistad de ex alumnos. Algunos ex alumnos son respetuosos –sobre todo aquellos a quienes les di clases hace más de diez años– y algunos ex alumnos son insolentes –sobre todo los de las generaciones a los que les impartí una o dos clases hace cinco años, cuando estaba en el posdoc y traía el cabello teñido de azul, cuando acababa de ponerme dos pendientes en el lóbulo izquierdo y cuando algunos profesores me invitaban a impartir alguna clase en sus cursos–, y, ahora que lo pienso mejor, estos ex alumnos más jóvenes crecieron en un mundo virtual en el que la comunicación es totalmente distinta a la comunicación a la que estamos acostumbradas las generaciones más viejas. 

Quizá estos jóvenes que crecieron en un mundo virtual se sienten protegidos y alentados por otros jóvenes iguales que ellos, y quizá terminan creyendo que todos somos iguales, que las formalidades académicas son de un siglo anticuado y que los grados académicos no importan ni siquiera en el ambiente académico.

También hay excepciones a esta regla. También hay ex alumnos que conocí hace más de diez años y que no son respetuosos y que se dirigen a mí exclusivamente cuando necesitan algo de mí, o que comentan mis posts con ironía (a veces, cuando subo un post en el que toco la guitarra y canto, me han recomendado afinar la guitarra en otro tono y usar un tono más grave para cantar) o con la intención de polemizar (como si me vieran como un gran amigo suyo, al que conocieron desde el kínder). También hay ex alumnos que incluso se roban mis posts y que los hacen pasar como suyos y que luego se hacen las víctimas porque les digo que eso está mal. 

También hay ex alumnos que están tan metidos en la inercia de las redes sociales, que creen que los profesores nos quedamos estancados en el siglo XX, y que no sabemos qué es un gadget o qué es funar, o cómo se sube un video a YouTube, y que sienten la obligación de explicarte cómo encender una computadora.

Basta ya. No puedo seguir perdiendo el tiempo, ni aguantar más las ganas de orinar. Tengo que levantarme de la cama, tengo que ir al baño y luego tengo que lavarme las manos y la cara, y luego tengo que cepillarme los dientes. 



domingo, abril 17, 2022

Correr es yin, escribir es yang


Son las ocho y media de la mañana. Ya vuelves a la casa después de correr 6 kilómetros en 26 minutos. Es el mejor tiempo que has hecho. Todavía no cumples ni un año corriendo. Empezaste a correr en julio del año pasado. Y no corres todos los días. Es un tiempo estupendo.

Te quitas los audífonos –la música siempre te acompaña, e incluso tienes una playlist para salir a correr– y vuelves a revisar tu tiempo en la aplicación del teléfono. Todavía reverbera en tu cabeza la última canción de GN'R que sonaba en los audífonos. Y no puedes dejar de pensar “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” 

Te sirves agua en un vaso y lo tomas y lo llevas a tus labios. Mientras bebes y sientes cómo el líquido vital humedece tu lengua y tu paladar, y luego baja hasta el fondo del estómago atravesando el esófago, te sientes tan vigoroso y tan despierto que piensas que podrías correr un maratón. Y te preguntas cuáles serían tus límites, si no corrieras a 2, 260 metros sobre el nivel del mar; si pudieras dedicarte profesionalmente a correr; si, de pronto, encontraras un patrocinador y ya no tuvieras que trabajar en otra cosa; si te dedicaras a correr de tiempo completo y corrieras entre ocho y diez kilómetros diarios; si invirtieras en equipo para correr profesionalmente; si te compraras unos tenis Nike Air Zoom Terra Kiger, o unos tenis Ultraboost Web DNA –supuestamente comodísimos y ligerísimos–, de esos que cuestan entre $3, 000 y $5, 000 MXN; si te compraras unas playeras dry fit –supuestamente comodísimas y ligerísimas–, de esas que cuestan entre $1, 000 y $2, 000 MXN; si te compraras unos shorts Rebook, unos leggins Puma, cosas así. 

Le das otro sorbo al vaso con agua. Sientes otra vez cómo el agua recorre tu garganta y cómo viaja hasta el fondo de tu estómago. Piensas que tal vez no hay otro momento del día en el que el agua sea tan placentera. Piensas en que no deberías darle más vueltas al asunto cuando hablas del sistema de recompensa cerebral en clase: tomar agua cuando tienes sed es un ejemplo contundente. 

Colocas el vaso en la mesa. 

Exhalas e inhalas profundamente. Tus pulmones se inflan y se desinflan. Tus músculos se tensan y se relajan. El sudor cae por tu frente. Tienes el cabello húmedo. Apenas son las ocho y media de la mañana, y ya corriste. Los ruidos apenas comienzan a inundar el vecindario. La mayoría de tus vecinos apenas están despertando y comenzando sus días. 

Te sientes más despierto que aquellos días en los que no salías a correr. Ya estabas despierto desde las cinco de la mañana y te levantabas de la cama, pero te sentabas a escribir. A veces estabas dos horas buscando las palabras apropiadas para escribir una idea y no pasabas de un párrafo, o te distraías en otras cosas: leyendo denuncias absurdas en Internet, leyendo quejas absurdas en twitter, leyendo notas absurdas en Facebook, viendo fotografías absurdas en Instagram, viendo bailes absurdos en TikTok... Y el resto del día estabas somnoliento y cansado, como si te hubiera pasado un tren encima. A veces, si lograbas enfocarte en los primeros cinco minutos después de haberte levantado de la cama, podías escribir horas y horas. 

Correr es muy aburrido y deberías estar satisfecho. No puedes dejar de repetirte “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” Y sin embargo, no estás satisfecho. Más bien, te sientes frustrado. Siempre estás quejándote de algo, como la gente de twitter. 

Piensas que siempre hay un precio que pagar, que las cosas son como lo dice Carrère con palabras mucho más elocuentes: siempre hay un yin y un yang; lo hueco es yin, lo lleno es yang; leer es yin, escribir es yang; la música es yin, la pintura es yang; yin es poesía, yang es prosa. Correr es yin, escribir es yang. 

El precio que has pagado para correr 6 kilómetros en menos de media hora es dejar de escribir. Y no es un asunto trivial. Escribes desde niño, desde que aprendiste a escribir. Los fines de semana, por ejemplo, cuando tus papás aún dormían, después de haber tenido toda una semana con sus ocupaciones adultas, te levantabas temprano y te asomabas por la ventana, junto a tu cama. Tu recámara en ese departamento en el quinto piso de un edificio estaba orientada hacia el este. Veías despuntar el sol. Veías cómo el sol parecía bañar con un matiz rojizo al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl. Ese paisaje estremecía tu corazón de niño y te encantaba, y esa soledad (relativa) en tu recámara –con tus papás en la recámara contigua– también te encantaba. 

Apenas habías aprendido a escribir y te sentabas en la alfombra y te ponías a escribir. También jugabas como cualquier otro niño, pero, quién sabe por qué, desde entonces escribir era un impulso, era una necesidad, era como tomar agua cuando estás sediento. Y escribías por satisfacción. No te interesaba que nadie leyera lo que escribías. No escribías para impresionar a nadie. No escribías para que nadie dijera que eras escritor.

Ahora o corres o escribes. Si corres, en lugar de escribir, alcanzas un ritmo de 6 kilómetros en 26 minutos (¡menos de 5 minutos por kilómetro!); pierdes el ritmo para escribir y tropiezas con lugares comunes, y quieres que el mundo sepa que escribes, que el mundo te ponga una etiqueta (“escritor de ciencia ficción”, “escritor de terror”, “escritor de recetas de cocina”, “escritor de cartas de amor”, “escritor de discursos de graduación para primarias y secundarias”) y que el mundo te pague por escribir. 

Si escribes, en lugar de correr, estás ensimismado todo el día, como si te hubiera pasado un tren encima, como si el alcohol te hubiera puesto una venda en los ojos... 

Correr es yin, escribir es yang. 

viernes, enero 24, 2020

Escarnio Irrelevante

Qué ironía.

Este “culto héroe de la retórica”, en una ocasión, sin que nadie lo llamara (¡él no sabía ni mi nombre, ni nunca antes había sabido nada de mí, pero tenía tanta confianza en sí mismo y tanto amor propio que parecía muy convencido de conocerme mejor de lo que me conozco yo mismo!), salió de la nada, para señalarme y para tirarme su rollo pro-feminista en una publicación de FaceBook.

Yo había ido a parar a esa publicación porque alguien que conozco había posteado una noticia sobre una marcha feminista en la que habían corrido a un periodista y yo sólo quería saber –ingenuamente– por qué lo habían corrido con “cierta violencia”. 

Quizá me faltó tacto para preguntarlo, pero nunca quise herir susceptibilidades. 

(Aunque, de vez en cuando –¿una o dos veces al año?, ¿menos veces?–, pierdo el control y me enfrasco en alguna pelea sin sentido con desconocidos en redes sociales, ése no era el caso.) 

Mi punto era que no me parecía coherente que hubieran corrido de la marcha a ese hombre, con “cierto nivel de violencia”, cuando la marcha, precisamente, denunciaba la violencia de la que son víctimas las mujeres.

Nunca puse en duda que la violencia contra las mujeres es algo terrible que debe erradicarse, pero en su chip retórico —¿neocorteza?—, él leyó que sí: que yo estaba en contra de erradicar la violencia que sufren las mujeres y que yo era un representante estándar del machismo. 

Por si fuera poco, empleó un discurso que aborrezco: retórico, moralino, decimonónico, filosófico... 

También quiso evidenciar con su discurso que él tenía un aparato cognitivo superior al mío y que era una mejor persona –¿más consciente, en términos sociales?– que yo. ¿Cómo no aborrecer a esta clase de personas que se aparecen sin que nadie las llame, para dar una lección que nadie les está pidiendo...?

Yo ni siquiera había puesto a discusión el tema: las mujeres han sido oprimidas desde siempre, la violencia que sufren es algo terrible y hay que erradicarla. 

A diferencia de lo que él creía (ya mencioné que estaba convencidísimo de conocerme más de lo que me conozco yo mismo), acepto que no soy una buena persona, pero eso no significa que esté de acuerdo con el hecho de que a las mujeres les ocurran cosas terribles.
Más bien, en general, soy poco considerado con la humanidad*. 

Mi problema fue buscar (estúpidamente) una respuesta. Reconozco que me faltaba contexto –información– para comprender por qué habían corrido a Jenaro Villamil de esa marcha y de esa manera. (No haber estado en una marcha feminista y preguntar por qué se hacen las cosas de cierto modo, ¿me convierte automáticamente en machista?) 
Sólo quería saber qué era lo que no estaba viendo en esa situación, pero como resultado (¿por pendejo?) obtuve un pedantísimo y aburridísimo discurso biopsicosociopoliticocultural.

(¡Qué hueva!)

Ayer, alguien que sigo en twitter le dio Me gusta a este tweet.

(Maldigo la hora en que se me ocurrió distraerme en mi teléfono y encontrarme este tweet. Mejor hubiera continuado leyendo de qué manera Rick Deckard planeaba exterminar a las últimas tres unidades cerebrales Nexus-6, mientras bebía bourbon y se enamoraba de Rachael Rosen. Ya le dediqué al asunto más tiempo del que me hubiera gustado. Espero que, al menos, me sirva de desahogo.) 

Me bastaron unos segundos para leerlo, para darme cuenta de que era un ejemplo más de disonancia cognitiva** y para que todos estos recuerdos sobre los que escribo llegaran a mi mente. 

(El día que este sujeto me “diagnosticó” como machista, fue el 18 de septiembre del 2017.
Si todo esto hubiera ocurrido cualquier otro día, probablemente ni lo recordaría.
Sin embargo, tengo presente la fecha, porque en 24 horas, más o menos, me encontraría en el mismo lugar en el que revisaba mi muro de FaceBook, pero en una situación traumática. 

Lo demás, sí es irrelevante: estaba en el tercer piso del Edificio S, matando el tiempo, revisando mi muro de FaceBook, para lidiar con el hecho de que una estudiante de licenciatura me trataba como egresado de bachillerato y suponía que mi propósito en la vida era abrirle la puerta del laboratorio para que ella fuera a pesar a sus animales de experimentación.) 


En resumen: a juzgar por su tweet y por lo que me tocó compartir con él en FaceBook, a él también le encanta el escarnio irrelevante***.

(De hecho, en algún momento de la discusión, cuando él estaba más indignado y convencido de que yo era “un idiota que no respetaba a las mujeres”, le dije que leyera bien lo que yo había escrito y después tuvo que ofrecerme una disculpa y retirarse de la publicación porque yo jamás había escrito eso que él estaba convencido de que yo había escrito.) 

Hay que preguntarse, seriamente, quién dice las cosas y desconfiar de la buena onda.

(¿Cómo tomarlo en serio después de que has descubierto que le gusta aparentar cosas que, evidentemente, no es?, ¿cómo le hacen sus lóbulos frontales para convencerlo de que conoce “de pies a cabeza” a un desconocido, que eso le permite señalarlo y juzgarlo, y al mismo tiempo, quizá, dejarle la impresión de que sus opiniones son deslumbrantes y modernas –lo más inteligente que ha dicho un ser humano–, aun cuando usa un lenguaje decimonónico y rebuscado para comunicarlas...?)

PD. Adornar innecesariamente un mensaje de 140 caracteres, no lo hace más significativo ni más interesante, creo yo.

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*Por “humanidad” me refiero a ese grupo de seres vivos que se considera el mamífero más evolucionado, pero cuyos especímenes pueden sacarse los ojos por un lugar en un estacionamiento público, pueden matar a un árbol para adornar sus casas durante un mes, pueden abandonar a sus mascotas en la calle, etc.

**Casi de manera automática, busco ejemplos de disonancia cognitiva en las redes sociales. De vez en cuando, los uso en mis clases. Creo que éste será el caso. 

***Señalar, en los demás, lo que él cree ver mal en los demás y así quedar como un héroe observador que “piensa diferente”. Todo este asunto es irónico, porque en este tweet, que él publicó –supongo que sin que nadie lo obligara a hacerlo–, él señala como estúpido, con un lenguaje pedantísimo y con un dejo de superioridad académica, justamente lo que él mismo hizo conmigo. (Su lenguaje es tan pedante que es muy probable que, de contar con el conocimiento básico, él diría “Mi musculatura distal no está siendo regulada apropiadamente... Intuyo que se debe a que ciertos axones sensoriales Ia... incluso motoneuronas gamma... no inervan suficientes husos musculares... También intuyo que puede deberse a que ninguno de estos componentes de la musculatura somática hace sinapsis con las interneuronas correctas de la sustancia gris de la médula espinal... En última instancia, tal vez esté dañado el tracto corticoespinal...”, en lugar de decir “Tengo mononeuropatías porque he estado tomando muchos medicamentos...”)