domingo, marzo 22, 2026
30 segundos de tu atención
sábado, febrero 28, 2026
love in the 90s is paranoid
Por primera vez le presto atención a la letra, un libro me trajo a esta canción, es asombroso, no sé cuántas veces he escuchado a Blur, esta no es una de mis canciones favoritas, me trae a la mente algunos eventos que no son agradables, me transporta a una época en la que no me caía bien yo mismo, lidiaba con un montón de personas y situaciones que no me gustaban del todo, y no sé cuántas veces he escuchado (accidentalmente) esta canción –¿más de quinientas...?, ¿más de mil...?– y es asombroso: nunca me había dado cuenta de que Damon Albarn dice precisamente en esta canción love in the 90s is paranoid, y ahora no es sólo una frase, entiendo a qué se refiere, el libro que me trajo a esta canción lo compré en la Feria Internacional del Libro hace una semana, se llama Cómo entrevistar a una estrella de rock y me llamó la atención porque es un trabajo de un periodista de rock en el que lo más importante no son las entrevistas per se sino el contexto de las entrevistas, empecé a leerlo el 20 de febrero después de haber tenido un ataque de pánico a 30 metros de altura y en medio de la nada, empecé a leerlo el día que Kurt Cobain habría cumplido 59 años, y en el capítulo que leía hace unos minutos, Fernando García entrevista a Damon Albarn en el bar de un hotel de cinco estrellas en Buenos Aires, es una entrevista del 2000 y tantos, Parklife y 13 tenían varios años de haber sido publicados, aparentemente Damon Albarn y Graham Coxon habían estado discutiendo antes de la entrevista, aparentemente estaba cerca la disolución de la banda formada en Londres en 1988.
Me quedé solo en la casa, Lizzie está con sus papás y “Girls & Boys” me remonta a tantas cosas, a la universidad, más precisamente a esos meses en los que la policía entró a la UNAM y acabó con la huelga de 1999, y también me remonta a Trainspotting y a la película de Danny Boyle –¿cuándo la vi?–, a los libros de Irvine Welsh, a una obra de teatro en la que Osvaldo Benavides interpretó a Rents en un teatro de San Ángel, y esta idea me lleva a pensar que en estos días se cumplieron 30 años del estreno de la película de Danny Boyle, que a la premier asistieron Damon Albarn y Noel Gallagher (leí una nota sobre este tema hace unos días), y supongo que también asistió Irvine Welsh, el escritor escocés vendrá a México a una Feria del Libro en las próximas semanas, ¿no sería genial tener un libro suyo autografiado y una foto con él...?, es uno de mis autores favoritos, uno de los libros que estoy leyendo ahora precisamente es Porno –la segunda parte de Trainspotting–, su narrativa me trae buenos recuerdos, es un visionario, sus relatos del mundo de las drogas –también Acid House es uno de mis libros favoritos– no es plana ni está llena de descripciones irrelevantes que cortan el ritmo de la historia, y me pregunto cómo lo recibirá el público mexicano, no estoy tan seguro de que la mayoría de la gente que ha visto las adaptaciones de Trainspotting o de Acid House al cine haya leído sus libros, de hecho el otro día vi un Reel en Instagram en el que le atribuían a Danny Boyle ¡una frase de Irvine Welsh!, en fin, en estos tiempos es más importante «salir en la foto» que saber quién es el autor de Trainspotting y tener un libro autografiado por su autor, en el papel las redes sociales podrían verse como «las pinturas rupestres del Siglo XXI» que reflejan el impulso fundamental de la humanidad para comunicarse, compartir experiencias y dejar huella, en la práctica son efímeras y reflejan la frivolidad, la codicia y la manipulación, y carecen de un significado oculto, alegórico o profundo, la mayoría de los internautas son más de «ir con la corriente», de escuchar 100 horas de podcasts a la semana, de ver más de 100 horas de Reels con grandes efectos audiovisuales a la semana, de ver los 3 primeros segundos de cientos de videos generados con IA a la semana, paradójicamente el público ahora es menos fácil de sorprender pero lo sorprende cualquier tontería.
Vuelvo a la canción: la frase de love in the 90s is paranoid me remonta a finales de los noventa y principios de los dos mil, me remonta a hoteles de paso con snobs, a malos viajes de mota, a noches paranoicas que parecían no tener fin, a gente malvibrosa y privilegiada escuchando a Blur, a Ween, a Oasis, a Pulp y a cualquier artista o banda de la que todo mundo estuviera hablando, en reuniones llenas de sustancias ilícitas y de conversaciones pretenciosas, me remonta a rostros que probablemente ahora están en AA o que son Pachamamas de noche y yuppies de día, y también me remonta a mujeres hermosas con sus cabelleras rizadas y con ojos espectaculares, me remonta sentirme fuera de sitio cerca de ellas, me remonta a sentir sus miradas, como si para ellas yo fuera un animal ebrio y exótico, como si estuvieran convencidas de que alguien acababa de liberarme del cautiverio. Todo esto, pensándolo mejor, me hace sentir que hoy no es hoy sino que estoy en una etapa lejana y que voy a cumplir veinte años de edad.
Nunca le he prestado mucha atención a la música de Blur, de hecho creo que nunca he escuchado de principio a fin Parklife –¡antes pasaba muchas tardes grabando música de CDs a cassettes!–, aunque tengo 13, tal vez lo compré por ahí del 2008 en algún Mix Up o en El Chopo, en 1999 MTV pasaba “Coffee & TV” todo el tiempo y la huelga de la UNAM me condenó a ver un montón de videos en MTV, y soy tan poco fan de Blur que tenía la impresión de que “Song 2” era un track del álbum 13, pero, pensándolo mejor, es un track de otro álbum, y medio me acuerdo de haber visto el video de “Song 2” también en MTV pero cuando todavía estaba en la prepa, cuando Blur y Oasis –el britpop– acababan de ponerle el último clavo al ataúd de Kurt Cobain y compañía, entonces acababa de entrar a quinto año de prepa, tal vez “Wonderwall” sonaba por todas partes y tal vez mi círculo cercano era más del tipo de Oasis y de Radiohead que de Blur, en fin, hace rato cuando volvíamos a la casa sonaba “Wonderwall” en Universal Stereo, esta es la realidad, a nadie le interesa leer a Welsh ni escuchar a Blur, ¿cuál es el Reel con más vistas el día de hoy?
domingo, agosto 10, 2025
haystack charm around your neck
Acabo de correr 8 km, son las 11: 28 am del domingo, a esta hora mañana ya me habré lanzado al mar, Dexter decía que el dolor es como el océano, a veces puede estar calmado y a veces puede estar embravecido y lo único que puedes hacer es aprender a nadar, pero yo no me refiero a lo mismo que Dexter, no me refiero a tener la oportunidad de terminar con la escoria del mundo, para mí comenzar una clase o un curso es como lanzarme al mar, cuando me dé igual dar una clase o una charla o un curso me dedicaré a otra cosa, dejaré de bucear, me ahogaré.
Quiero romper la rutina, concentrarme en el cansancio que atraviesa mis músculos, últimamente no he podido correr al menos tres veces a la semana, quiero enfocarme en que he estado escuchando a Elliott Smith, en que no puedo creer que no lo haya conocido antes, de pronto me acuerdo de una tarde en la que no estaba disfrutando nada escribir un MS a contrarreloj y preparar mis clases y las planeaciones de mis clases, todo al mismo tiempo, y que le pedí a Alexa que tocara Grace de Jeff Buckley y que en algún momento terminó de reproducir ese álbum y comenzó a reproducir canciones de Elliott Smith y que una de ellas, en particular, me sacudió, me movió algo por dentro, tal vez entonces llovía, tal vez entonces estaba exhausto mentalmente, tal vez entonces acababa de beberme un Jim Beam, tal vez entonces me preguntaba si mi vida cambiará a partir de mañana, cuando me vuelva a lanzar al mar, tal vez entonces me preguntaba si a partir de mañana encontraré lo que tanto he estado buscando toda mi vida, un trabajo más estable en el que pueda concentrarme casi exclusivamente en la docencia y en la escritura, nada de asesorías, nada de levantar la basura de los profes de base, tal vez el whisky me dio náuseas y sentí escalofríos, como si una aguja penetrara la piel de mi antebrazo y una IV de ketamina estallara en mi cerebro, en un departamento de Iztapalapa hace veinte años, tal vez me vi a mí mismo tendido en una alfombra, junto a dos mujeres y a un hombre más junkies que yo, tal vez me acordé del aroma de ese departamento, como a soledad y olvido y finales de octubre del 2004, y tal vez entonces la voz de Elliott Smith me devolvió al presente...
needle in the hay, needle in the hay, needle in the hay
... y tal vez me pregunté si llegaré al mismo callejón sin salida, si esta es otra salida falsa, y si finalmente me resignaré, si me dejaré devorar por los tiburones.
Pero acabo de correr 8 km y quiero romper la rutina, ya no quiero pensar en las mismas cosas de siempre, quién sabe cómo pero tengo alrededor de 2000 seguidores en total en distintas redes sociales, obviamente la escoria del mundo con la que quería acabar Dexter aguarda por allí, hay varios trolls que hacen comentarios ofensivos...
¿y qué tal, vivir de becas toda la vida...?
¡sí que tienes una desregulación emocional...!
¡qué martirio debe de ser trabajar contigo...!
¡acabo de ver tu perfil en PubMed, tu paper con más citas tiene 46 citas y no se ve que sepas gran cosa de medicina del sueño....!
¡de seguro todos tus papers los escribió el Doctor Todokoro!
... quiero romper la rutina, no caer en la tentación de meterme a mis redes sociales, no entiendo por qué un adulto no es capaz de darse cuenta de que las redes sociales son lo peor, que exponer a un niño a las redes sociales es lo peor, que el impacto de la exposición a redes sociales en la mente de cualquier persona es lo peor, no entiendo por qué un adulto le daría a un niño un teléfono celular para que use redes sociales, las redes sociales son drogas sintéticas, no penetran uno de tus antebrazos con una aguja hipodérmica, no estallan como un potente anestésico en tu cerebro, más bien entran como el aire que atraviesa tus ojos, más bien entran como un comercial basura que te encuentras 24/7 en todas partes y que te hace comprar algo que no necesitas porque ya dejó su ponzoña en tu mente.
Quiero romper la rutina, he estado súper ocupado, no quiero revisar mis redes sociales, no quiero leer ningún comentario de ningún troll, decenas de desconocidos comentan cosas chidas pero el cerebro está programado para enfocarse en un solo comentario negativo, me dispongo a tomarme unos minutos de paz, a escuchar música, a abrir la botella de suero y bebérmelo, y cierro los párpados, pero entonces un avión pasa muy cerca, su turbina rompe todo, suena como a dolor de muelas, suena como a una resaca en lunes por la mañana, suena como a un puñado de cohetes contaminándolo todo, y siento cómo mis tímpanos se mueven enloquecidamente, son unos animales asustados que huyen a toda prisa de su depredador, siempre hay interrupciones, siempre hay escándalo, somos parte del mundo, el mundo es escandaloso, el escándalo es inherente a la vida, no te conviene reflexionar ni tomarte unos minutos a solas, ¿ese es el mensaje?
domingo, febrero 16, 2025
Los lunes en los tianguis
Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, me ha servido para distraerme, para sepultar ese algo terriblemente triste y solitario que tienen los lunes, me ha servido para no pensar en que ninguna puerta se abre, en que esto es apenas el principio, en que apenas en octubre dejé de tener un ingreso fijo y que no encontraré nada bueno muy pronto, no he querido escribir, apenas escribo lo básico en mi diario, no he disfrutado nada, he estado leyendo a Bram Stoker, he estado tomando un curso de capacitación en línea tres días a la semana, este curso lo tomo por curiosidad pero parece un fraude, hay mucha gente desesperada por generar ingresos, quien lo imparte tiene todo el look de un vende humo, nos conectamos a YouTube alrededor de 400 personas.
Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, todo lo que hago está empañado por mi estado de ánimo, es como si mis ojos y mi mente tuvieran una especie de neblina, como si me persiguiera una especie de sopor que no me deja ver claramente nada, ni disfrutar nada; independientemente de ello, hace unos días fue el Superbowl y no lo vimos, pero una canción sonó en el espectáculo del medio tiempo y el tipo que la canta también la baila de un modo pegajoso y no he podido sacármelo de la cabeza, y mientras transcurría el Superbowl, Lizzie y yo salimos a Town Square, y estaba tomándome mi Açai Refresher cuando yo siempre tengo la razón –un sujeto menor que yo y que conocí en el 2017, cuando estaba en el postdoc, y que luego me encontré en un concierto en el Alicia y con quien, más o menos desde que estuve concursando y ganando 3 evaluaciones curriculares consecutivas, con contratos de 2 trimestres al año y 15 horas de clase a la semana en el Distrito IV, hablé por teléfono dos o tres veces al año–, me mandó un Whats y luego otro y otro, aparentemente tenía muchas ganas de conversar y de “generar polémica”, es un tipo que me recuerda a mí mismo cuando acababa de entrar a la universidad, cuando idealizaba la academia y al mismo tiempo no le daba la menor importancia a la universidad, cuando me la pasaba leyendo novelas y poesía en lugar de estudiar a Skinner o a Mechoulam, en fin, yo siempre tengo la razón me empezó a decir cosas sobre divulgación de la ciencia, su discurso no me late, ¡por Dios!, unos colegas de la UV y yo estamos por publicar un paper en una revista Q1, escribí prácticamente yo solo el paper en 3 meses, tengo más de 20 papers publicados en revistas en inglés, hace casi 11 años fue mi examen de grado del PhD, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia y más de 70 cursos de licenciatura, y yo siempre tengo la razón, básicamente, insistió en que él tiene más que decir sobre la ciencia que yo, no me late su discurso, a veces es del estilo «todos tenemos derecho a pensar lo que nos dé la gana» (excepto si alguien pone en entredicho lo que yo pienso), y, en fin, su rollo fue subiendo de intensidad, y simplemente me desgastó y ya no quise contestarle, me recordó que lo invité así, casi de la nada, a dar una clase a uno de los grupos a los que les impartía Interdisciplina.
El tipo parece no darse cuenta de nada, para él es como si él y yo nos conociéramos desde el kínder, como si fuéramos pares, como si tuviéramos el mismo recorrido en la academia, y, ¡perdón!, pero no. El otro día me sacó de onda encontrármelo accidentalmente en redes sociales pidiendo informes para tomar un curso en línea ¡con Todokoro!, uff, ¡cuántas veces le dije que tengo media docena de papers publicados con Todokoro, que mi PhD lo estudié en su laboratorio...!, pero, claro, yo siempre tengo la razón, sólo me dio por mi lado, ni siquiera me preguntó nada sobre este curso de adicciones que quiero impartir en el Centro Neurológico y de Sueño, ni siquiera le interesó (aunque es un sujeto que pidió informes sobre el curso de adicciones que impartirá Todokoro y aunque es un sujeto al que le interesa la ciencia y el conocimiento), ni me preguntó nada al respecto, ni pudo descubrir que no sólo tengo media docena de papers publicados con Todokoro sino que he impartido ¡alrededor de 300 horas! de Neurofarmacología y Adicción en Distrito IV, ¿qué podría yo aportarle sobre el tema, si (en su mente) los dos nos conocemos desde el kínder...?, es más probable que (en su mente) Ruzzarín o Rudy III tengan una opinión más informada sobre neurofarmacología y adicciones y cannabis que yo.
Ir al tianguis también me recuerda que Lizzie y yo íbamos al tianguis cuando Distrito IV estaba en huelga y Lizzie y yo teníamos que vivir de nuestros ahorros, esa tampoco fue una buena época, pero, en perspectiva, al menos sabía que no duraría toda la vida, que la huelga terminaría en algún punto, pero el punto es que ir al tianguis es terapéutico en general, me ayuda a sentir que “conecto” con un montón de gente que sobrevive y que no parece lamentar su estilo de vida, sino que disfruta lo que hace, estar vendiendo sus frutas, sus verduras, sus gorditas, sus quesadillas, sus pescados, sus carnes frías, pero también, ocasionalmente, me trae estos flashbacks.
Lo que hacen todas estas personas para sobrevivir no tiene nada de académico, pero es igual de importante. O tal vez más importante que la academia. No creo que los vendedores de tianguis tengan dos pies izquierdos, no creo que estén pensando siempre en cómo tener más poder y en cómo rodearse de gente manipulable que siga sus órdenes. Creo que son más listos que un académico estándar, que saben responder a los madrazos de la vida y que saben cuándo les conviene asociarse con alguien que puede hacerlos crecer, en lugar de seguir órdenes para conservar sus chambas.
Ir al tianguis cada lunes también me recuerda cuando vivíamos en Agua Caliente, allí también se ponía un tianguis todos los lunes, era un poco diferente a éste, pero, en general, la gente también parecía disfrutar su estilo de vida. Visitar ese tianguis de Agua Caliente también me hacía recordar cuando iba a otros tianguis, cuando estaba en la prepa, cuando iba algunos domingos al tianguis de San Juan, en los límites entre Iztapalapa y Neza, y me gustaba ver otro tipo de cosas allí, también vendían las cosas que venden en un tianguis de lunes, pero me gustaba ver tennis, discos compactos y playeras de rock. Algunos puestos de ese tianguis de San Juan también se ponían los sábados en El Chopo. Allí me compré varios discos que escuché toda la prepa –Bleach, Blood Sugar Sex Magik, Live Through This... –, en fin, todo era tan diferente, todo esto ocurrió en una época que parece quedar a varios siglos de distancia, cuando ni siquiera había entrado a la universidad, cuando no pensaba en absoluto en cómo sería mi vida adulta, cuando aún no había conocido a personas poderosas y manipuladoras, cuando aún no había tratado a aspirantes a divulgador de la ciencia que no le dan crédito a nadie más que a ellos mismos y a las celebridades que no saben nada de nada pero que tienen un millón de seguidores, o que son unos sociópatas, en fin, hoy es domingo 16 de febrero y son las 18: 12, mañana también (espero) iremos al tianguis, y me pregunto cuándo habré digerido estas visitas de cada lunes al tianguis y podré escribir algo que me guste sobre cómo ir al tianguis de Metepec ha movido algo dentro de mí.
domingo, enero 19, 2025
¿Eres lo que atraes?
El otro día volvía a la casa después de correr 7 kilómetros y traté de acallar los pensamientos negativos que casi nunca puedo ignorar, que son como una vocecita que siempre está aconsejándome, y me senté a tomarme un suero, a revisar en la aplicación del teléfono cuál había sido mi mejor tiempo. Calculé que corrí casi veinte segundos más rápido que el lunes, y eso me hizo sentir bien. «Una buena noticia entre las tantas malas noticias que he recibido en los últimos 4 meses», me dije mentalmente. Luego, intenté enfocarme en otras buenas noticias: en que (otra vez) cumplía un año sin fumar –antes de recaer, fumaba a todas horas, una cajetilla en un par de horas si había alcohol de por medio, tenía dedos de nicotina, no podía subir escaleras sin sentir que me daría un ataque al corazón–, en que en esta semana terminábamos de responderle los treinta y tantos comentarios al Revisor #5 y en que no puede llover todo el tiempo, que nadie puede recibir malas noticias todo el tiempo.
Me terminé el suero y pensé en que algo malo ocurre conmigo, en que estoy tan acostumbrado a ver que la vida es una amenaza constante, en que lo primero que pienso en cualquier circunstancia es en todo lo malo que puede suceder —eso no me incapacita para hacer lo que tenga que hacer, sólo me impide disfrutar el proceso—, y desde ayer o anteayer, ya no sé cuándo, no puedo dejar de preguntarme cómo hacen los demás para ignorar todo lo malo que hay en el mundo: ¿qué cosas leen, qué música escuchan, cómo pasan su tiempo libre...?, ¿pueden ver una película de David Lynch, llenar los huecos con su imaginación, y ser felices...?
*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.
domingo, abril 30, 2023
Hoy no estoy hasta la madre de todo
Hace cuatro años, en otro día del niño, me peleé con un standupero. Lo seguía en twitter porque me gustaba su comedia, pero, básicamente, desde el 1 de diciembre del 2018, el tono de sus tweets fue cambiando y terminó siendo casi exclusivamente “político”. (Jaja.) Sus “críticas” y sus burlas hacia la presidencia eran cada vez más absurdas. Ese 30 de abril del 2019, por ejemplo, tuiteó, desde una sala de espera del aeropuerto O'Hare, algo como “¿Que hoy, en sus redes sociales, no ponen fotos de cuando eran niños, porque hasta este punto los ha amargado el gobierno?” (¡Ni siquiera se había cumplido medio año desde que el gobierno había entrado en funciones! ¡Cuánta impaciencia!) Luego se quejó porque, según él, su vuelo hacia la Ciudad de México tenía cuatro horas de retraso, y, obviamente, según su punto de vista, el gobierno de México tenía la culpa. (¿Por qué no le dan “luz verde” al proyecto del nuevo aeropuerto que despojará, por las malas, de sus tierras, a decenas de personas?)
Normalmente pasaba de largo cuando él tuiteaba esta clase de cosas, pero ese día en particular, estaba hasta la madre de todo y le contesté.
La universidad iba a cumplir tres meses en huelga. Nos habíamos mudado desde la Ciudad de México a finales de diciembre, habíamos tenido un pésimo 2018, pero parecía que la situación mejoraría en mi nuevo trabajo. El trimestre había comenzado en las últimas semanas de enero, ya había viajado al INB a atender unos asuntos administrativos que formaban parte de mis responsabilidades y sólo había tenido un par de semanas de clases frente a grupo –apenas había cobrado mi primera quincena–, cuando estalló la huelga.
Después de varias mesas de diálogo entre las autoridades y el sindicato de trabajadores, la huelga no parecía tener un fin cercano. Estaba hasta la madre de todo –frustrado, desesperado, encabronado–, y no podía hacer nada, así que me encontré el tweet del standupero en un mal momento, y le contesté. Le dije que el gobierno no tenía nada que ver con lo que él decía en su tweet: que ese 30 de abril no poníamos fotos de cuando éramos niños en nuestras redes sociales porque standuperos, como él, “nos habían abierto los ojos.” Obviamente, como la persona intolerante y egocéntrica que era en twitter, él se enojó mucho, me tuiteó varias cosas ofensivas y hostiles, y yo, como la persona que estaba hasta la madre de todo en ese momento, le respondí, y él me dijo que “estaba bien dañado” y me mandó al psiquiatra. (Al menos, yo no escribía chistes sobre mis frustraciones, ni les cobraba a las personas a las que les contaba mis chistes). Total, que se desahogó, me cansé de responderle (era como hablar con una pared) y me bloqueó. También lo bloqueé, y no sólo de esa red social, sino de todas las redes sociales que uso.
Hoy acabo de correr y me tomo un suero, y me recupero –no tuve un buen día: corrí 6 kilómetros en poco menos de 28 minutos–, y se me ocurre meterme a Facebook y veo algunas fotografías de cuando algunos de mis contactos eran niños y me acuerdo de la pelea de hace cuatro años en twitter. Casi sin reparar en ello, me meto a twitter y me encuentro, por accidente, otro tweet similar al de hace cuatro años.
En este caso el tweet pertenece a un personaje que sigo por curiosidad; él viaja mucho (acaba de volver de un concierto en Las Vegas y del Festival de Coachella) y escribe en Play-Boy y en otros medios parecidos (tiene publicados un par de libros de relatos y tiene una columna en un diario de circulación nacional), y ¡de vez en cuando también hace stand up!, y, generalmente, tuitea o retuitea críticas en contra del gobierno. También son igual de absurdas que las del comediante de hace cuatro años. Sigo a este escritor-comediante-politólogo-epidemiólogo porque, de vez en cuando, escribe alguna cosa que me gusta. Según él, le late la música subversiva, pero “sus ideas políticas” son más afines a las de Alex Lora, que a las de Roger Waters (que –¿quién puede negarlo?–, es un extraordinario músico, un personaje público “anti-sistema”, identificado con los gobiernos de izquierda, aunque sus regalías y sus conciertos no quedan exentos de los horrores del capitalismo que tanto execra).
Me acabo el suero –es de sabor mandarina-naranja–, y le doy vuelta a la página (dejo atrás twitter y mi teléfono). Tengo cosas más importantes que hacer.
Ahora, aunque, como hace cuatro años, las actividades en la universidad están detenidas, me encuentro más estable mental y emocionalmente que entonces, y no voy a enfrascarme en una pelea en twitter. Hoy no tengo ganas de que ningún personaje intolerante que vive en una pequeña esfera social, me diga que estoy dañado y que me mande al psiquiatra. Hoy no tengo que pelearme con nadie, ni decirle a nadie que no soporto la frivolidad.
jueves, noviembre 24, 2022
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Eran otros tiempos. Podía acostarme a las tres de la mañana y dormir seis horas seguidas y no tener somnolencia en todo el día. No tenía que levantarme de la cama cuando la vejiga estuviera a punto de estallarme –fastidiándome, humillándome y diciéndome “¿Aún tienes sueño? Jajaja. ¡Pues yo tengo otros planes para ti!”–, sino cuando ya no tenía sueño.
Eran otros tiempos. Después de estar orinando tres minutos que parecen una eternidad, no tenía que pincharme un dedo, ni verter una gota de sangre en una tira reactiva, ni usar un glucómetro ni anotar mi glucosa en ayuno, por el resto de mis días. Jamás me pasaba por la cabeza que es horrible que mi abuelo me haya heredado esto. No tenía que tomar dapagliflozina o metformina antes de cada desayuno, todos los días, por el resto de mi vida, mientras tratara de hacerme el tonto y evitar ponerme a pensar en que los medicamentos van jodiendo mis riñones y en que ya no hay vuelta atrás: en que cada día estarán peor que el día anterior, y en que, en algún momento, tendré que convertirme en un monje que ni siquiera pueda “perder la cabeza” y tomarse una triste copa de rompope una vez al mes.
Eran otros tiempos, Vitalogy acababa de salir a la venta. Pearl Jam todavía no se enfrentaba a Ticketmaster, ni renunciaba a una súper gira multimillonaria por todo el mundo, cuando ya habían superado Ten y Nevermind y el éxito de Nirvana y el impacto de la muerte de Kurt Cobain. Todavía un sector de la juventud escuchaba música subversiva y estaba en contra del sistema y de las superficialidades del capitalismo, y Eddie Vedder y Pearl Jam representaban todo ello e incitaban a ese sector de la población a estar en contra del sistema; todavía ese sector de la juventud no quería formar parte de los convencionalismos, no quería entrar en el gusto de la gente de bien, no aspiraba a salir en la tele ni a convertirse en algo similar a un influencer que “documentara” todas sus tonterías alrededor del mundo y que facturara un montón de dinero en redes sociales.
Eran otros tiempos. Después de ir al baño y de medirme la glucosa, no tenía que buscar tres platos por toda la casa, ni bajar a la cocina a servir porciones de comida blanda de Royal Canin en tres platos, ni cambiar el agua del plato del agua de tres gatos, ni llenarles sus otros tres platos con croquetas de Royal Canin, ni limpiar el arenero de tres gatos y barrer y sacar la bolsa con arena sucia al bote de la basura. Tampoco lavaba trastes todos los días, ni tenía sueño a todas horas, ni salía a correr cinco o seis kilómetros, dos o tres veces a la semana. Tampoco me lastimaba eventualmente un tobillo o una pierna, por correr cinco o seis kilómetros a la semana. Tampoco tenía los grados académicos ni la experiencia docente y en investigación básica que tengo; no tenía una sola publicación científica en inglés en ninguna revista evaluada por pares, ni tampoco tenía que pensar en abandonar mi carrera académica –renunciar a todo lo que he hecho y he conseguido en casi quince años–, ni tenía pesadillas en las que no me queda otra opción más que conducir un camión de pasajeros, o en las que me convierto en el ridículo guardaespaldas del dueño de un restaurante de comida china.
Eran otros tiempos. No tenía esta clase de pesadillas, ni me despertaba a las tres de la mañana pensando en el mito de Sísifo.
Eran otros tiempos. Aún no llegaba esa mañana de abril del 2007 en la que conocí a Katz en una estación del metro, cuando iba a impartir una clase a mi grupo “conejillo de indias” en la universidad, ni algunos de los estudiantes de ese grupo esperaban a que Tim Leary personalmente les impartiera una práctica sobre los efectos terapéuticos de los enteógenos, ni otros estudiantes de ese grupo terminaban la licenciatura y se convertían en estudiantes de posgrado, ni yo, en mi posición de posdoc en otra universidad, los había invitado a dar un seminario y ellos me pedían que les pagara todos los viáticos; todavía algunos de esos estudiantes de mi grupo “conejillo de indias” no eran los pachamamas que son hoy, ni creían saber más que todos los sabios del mundo.
Aún no llamaba por teléfono a Katz por primera vez, ni salía a ningún lado con Katz por primera vez, ni me enamoraba de Katz; aún no pensaba en que era posible que ella me quisiera y en que ella quisiera compartir su vida conmigo; aún no conocía las dimensiones de su amor, ni tenía la oportunidad de mostrarme su apoyo en los momentos más terribles, cuando me encontraba en el limbo, en los últimos trámites del doctorado y en los primeros trámites del posdoc, cuando no teníamos dinero, cuando estaba enfermo y me adherí a dos tratamientos médicos y acabé en el quirófano, cuando ella absorbía todos los gastos de la casa; todavía Katz no se mudaba a vivir conmigo, ni los dos nos mudábamos a vivir a tres lugares distintos, en ciudades distintas, ni la hacía enojar por mi horrible modo de ser.
Eran otros tiempos. Los felinos no formaban parte de mi vida. Aún no llegaba a casa de mis papás ese majestuoso gato al que llamaríamos Sócrates y aún Sócrates no era mi gran compañero, ni adquiría la costumbre de acompañarme en mi recámara y tumbarse en la cama mientras me ponía a leer o a escribir o mientras tomaba una siesta y procrastinaba y huía de todas mis responsabilidades y me escondía en mi zona de confort porque no quería saber nada de nadie, porque me sentía del carajo, porque tenía rotos casi todos los huesos del alma, porque apenas podía dar uno o dos pasos en mi recámara sin tropezar, porque no procesaba todavía que algunas relaciones están destinadas al fracaso, que se convierten más en una costumbre que en una dicha, y que pueden durar una eternidad porque uno las fuerza y las calza como un zapato que le queda chico.
Eran otros tiempos. Aún Sócrates no se iba de la casa, ni me quebraba los pocos huesos del alma que me quedaban intactos, ni me hacía sentir esa tristeza espantosa que nunca había sentido, ni siquiera cuando alguien me había rechazado, ni siquiera cuando alguien me había dicho que no sabía qué hacía conmigo, si yo no era ni guapo ni gracioso ni millonario; ni siquiera cuando alguien (contra todo pronóstico) había “perdido la cabeza por mí” y me había dicho, después de meses y meses de conversaciones telefónicas, que prefería volver con su ex porque yo le daba demasiadas vueltas al asunto. Esa tristeza espantosa provocada por la ausencia de Sócrates era totalmente distinta; esas personas que me habían roto otros huesos del alma, en otras temporadas del infierno de mi vida, seguían viviendo sus vidas y podían valerse por sí mismas y yo podía saber que ellas estaban bien, pero con Sócrates todo era incierto: no sabía si seguía vivo o si estaba en una mejor casa, o si le había pasado algo malo; y todos los días era lo mismo: despertar pensando en que ese día sí volvería Sócrates a la casa, y que llegara la noche y que él no apareciera y que yo tuviera que morderme el corazón y resignarme y aceptar la realidad: que, cada día que pasara sería una confirmación de que él no volvería jamás, y que me iría habituando a su ausencia, aunque, todos los días, durante casi un año, me sentiría del carajo porque Sócrates no volvía a la casa y porque no sabía si él estaba bien o si seguía vivo.
Eran otros tiempos. Apenas había tomado un taller de creación literaria, en una casa de cultura en San Pedro de Los Pinos, durante la huelga de 1999 en la UNAM, y había conocido a algunos bohemios y nos habíamos reunido en algunas fiestas y habíamos bebido y habíamos hablado sobre literatura y habíamos leído nuestros propios textos; y estaba por tratarte en persona, en mi segundo taller de creación literaria, en otra casa de cultura en Azcapotzalco. Faltaban varios años para que saliéramos a tomar a un bar por Ciudad Universitaria en compañía de una de tus amigas que, quién sabe por qué, quería andar conmigo; todavía no nos emborrachábamos en una cantina de mala muerte detrás de las ruinas de El Templo Mayor, leyendo a Alejandra Pizarnik; todavía no llegábamos a ninguna cantina de la calle de Bolívar, a las ocho de la noche, atestada de sexagenarios que jugaban dominó, ni bebíamos XX Lagger calientes con otros sujetos que tú conocías de otros talleres de creación literaria; todavía no acabábamos esa larga noche en un bar de la calle de Regina, escuchando a una banda de rock en vivo mientras un puñado de borrachos cantaba una canción de Héroes del Silencio.
Todavía no existía Facebook y todavía no nos enviábamos solicitud de amistad, ni me compartías un artículo de Roberto Bolaño en Facebook, ni me decías que él era el Kurt Cobain de las letras, ni te invitaba a la pequeña celebración de mi boda civil con Katz –nos casamos para darle gusto a la familia, pero podíamos haber vivido en unión libre–, ni descubría en Facebook que realmente no sabía nada de ti, que sólo sabía que habías sido novia de otro conocido y que te gustaba la literatura, y que podías ser una persona radical y poco tolerante; todavía no existía Facebook, ni me abrías los ojos en Facebook, ni me llamabas ególatra en Facebook, ni me desconocías en Facebook, ni me preguntabas dónde podías leerme, aunque, tiempo atrás, antes de que hubiera redes sociales, antes de que compartiéramos esa larga noche de juerga en las calles de El Centro Histórico, cuando te conocí en el taller de creación literaria, leía algunos de mis textos y tú los escuchabas y me dabas tu retroalimentación, o, cuando ese taller terminó y nos comunicábamos por correo electrónico, cuando comencé a escribir en este blog, hace más de quince años, visitabas este blog, y lo leías y lo comentabas.
Ahora te he bloqueado de mi vida, como en ese capítulo de Black Mirror, y no quiero saber nada de ti, y jamás volveré a escribir nada sobre ti, y te he bloqueado de mi vida después de que me eliminaste de tus amigos en Facebook porque te respondí algo que no te gustó, y me abriste los ojos, y ahora veo que siempre tengo que dar el primer paso y que no siempre vale la pena ser condescendiente con todos mis conocidos, ni estar pensando en que mis conocidos no necesariamente me dicen de vez en cuando cosas hostiles porque estén pasando un mal momento, sino porque son intolerantes y están acostumbrados a recibir “palmaditas en la espalda” y deben quedar bien con sus grupos de apoyo en redes sociales.
Ahora te he bloqueado de mi vida porque no necesito que me desconozcan, que me llamen ególatra por responder concretamente a preguntas que me hacen, que me den respuestas hostiles y que me exijan explicaciones por messenger, especificando qué me están preguntando (porque soy muy tonto para darme cuenta), porque mi vida ya tiene suficientes cosas que están del carajo (aunque no se las cuente a nadie en Facebook), como para intoxicarme en redes sociales con otras cosas que también están del carajo.
Eran otros tiempos: cuando leías y comentabas este blog.
jueves, octubre 20, 2022
Soy un mal escritor
sábado, junio 04, 2022
Solicitudes de amistad y contactos fantasma
domingo, abril 17, 2022
Correr es yin, escribir es yang
Son las ocho y media de la mañana. Ya vuelves a la casa después de correr 6 kilómetros en 26 minutos. Es el mejor tiempo que has hecho. Todavía no cumples ni un año corriendo. Empezaste a correr en julio del año pasado. Y no corres todos los días. Es un tiempo estupendo.
Te quitas los audífonos –la música siempre te acompaña, e incluso tienes una playlist para salir a correr– y vuelves a revisar tu tiempo en la aplicación del teléfono. Todavía reverbera en tu cabeza la última canción de GN'R que sonaba en los audífonos. Y no puedes dejar de pensar “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.”
Te sirves agua en un vaso y lo tomas y lo llevas a tus labios. Mientras bebes y sientes cómo el líquido vital humedece tu lengua y tu paladar, y luego baja hasta el fondo del estómago atravesando el esófago, te sientes tan vigoroso y tan despierto que piensas que podrías correr un maratón. Y te preguntas cuáles serían tus límites, si no corrieras a 2, 260 metros sobre el nivel del mar; si pudieras dedicarte profesionalmente a correr; si, de pronto, encontraras un patrocinador y ya no tuvieras que trabajar en otra cosa; si te dedicaras a correr de tiempo completo y corrieras entre ocho y diez kilómetros diarios; si invirtieras en equipo para correr profesionalmente; si te compraras unos tenis Nike Air Zoom Terra Kiger, o unos tenis Ultraboost Web DNA –supuestamente comodísimos y ligerísimos–, de esos que cuestan entre $3, 000 y $5, 000 MXN; si te compraras unas playeras dry fit –supuestamente comodísimas y ligerísimas–, de esas que cuestan entre $1, 000 y $2, 000 MXN; si te compraras unos shorts Rebook, unos leggins Puma, cosas así.
Le das otro sorbo al vaso con agua. Sientes otra vez cómo el agua recorre tu garganta y cómo viaja hasta el fondo de tu estómago. Piensas que tal vez no hay otro momento del día en el que el agua sea tan placentera. Piensas en que no deberías darle más vueltas al asunto cuando hablas del sistema de recompensa cerebral en clase: tomar agua cuando tienes sed es un ejemplo contundente.
Colocas el vaso en la mesa.
Exhalas e inhalas profundamente. Tus pulmones se inflan y se desinflan. Tus músculos se tensan y se relajan. El sudor cae por tu frente. Tienes el cabello húmedo. Apenas son las ocho y media de la mañana, y ya corriste. Los ruidos apenas comienzan a inundar el vecindario. La mayoría de tus vecinos apenas están despertando y comenzando sus días.
Te sientes más despierto que aquellos días en los que no salías a correr. Ya estabas despierto desde las cinco de la mañana y te levantabas de la cama, pero te sentabas a escribir. A veces estabas dos horas buscando las palabras apropiadas para escribir una idea y no pasabas de un párrafo, o te distraías en otras cosas: leyendo denuncias absurdas en Internet, leyendo quejas absurdas en twitter, leyendo notas absurdas en Facebook, viendo fotografías absurdas en Instagram, viendo bailes absurdos en TikTok... Y el resto del día estabas somnoliento y cansado, como si te hubiera pasado un tren encima. A veces, si lograbas enfocarte en los primeros cinco minutos después de haberte levantado de la cama, podías escribir horas y horas.
Correr es muy aburrido y deberías estar satisfecho. No puedes dejar de repetirte “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” Y sin embargo, no estás satisfecho. Más bien, te sientes frustrado. Siempre estás quejándote de algo, como la gente de twitter.
Piensas que siempre hay un precio que pagar, que las cosas son como lo dice Carrère con palabras mucho más elocuentes: siempre hay un yin y un yang; lo hueco es yin, lo lleno es yang; leer es yin, escribir es yang; la música es yin, la pintura es yang; yin es poesía, yang es prosa. Correr es yin, escribir es yang.
El precio que has pagado para correr 6 kilómetros en menos de media hora es dejar de escribir. Y no es un asunto trivial. Escribes desde niño, desde que aprendiste a escribir. Los fines de semana, por ejemplo, cuando tus papás aún dormían, después de haber tenido toda una semana con sus ocupaciones adultas, te levantabas temprano y te asomabas por la ventana, junto a tu cama. Tu recámara en ese departamento en el quinto piso de un edificio estaba orientada hacia el este. Veías despuntar el sol. Veías cómo el sol parecía bañar con un matiz rojizo al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl. Ese paisaje estremecía tu corazón de niño y te encantaba, y esa soledad (relativa) en tu recámara –con tus papás en la recámara contigua– también te encantaba.
Apenas habías aprendido a escribir y te sentabas en la alfombra y te ponías a escribir. También jugabas como cualquier otro niño, pero, quién sabe por qué, desde entonces escribir era un impulso, era una necesidad, era como tomar agua cuando estás sediento. Y escribías por satisfacción. No te interesaba que nadie leyera lo que escribías. No escribías para impresionar a nadie. No escribías para que nadie dijera que eras escritor.
Ahora o corres o escribes. Si corres, en lugar de escribir, alcanzas un ritmo de 6 kilómetros en 26 minutos (¡menos de 5 minutos por kilómetro!); pierdes el ritmo para escribir y tropiezas con lugares comunes, y quieres que el mundo sepa que escribes, que el mundo te ponga una etiqueta (“escritor de ciencia ficción”, “escritor de terror”, “escritor de recetas de cocina”, “escritor de cartas de amor”, “escritor de discursos de graduación para primarias y secundarias”) y que el mundo te pague por escribir.
Si escribes, en lugar de correr, estás ensimismado todo el día, como si te hubiera pasado un tren encima, como si el alcohol te hubiera puesto una venda en los ojos...
Correr es yin, escribir es yang.
viernes, enero 24, 2020
Escarnio Irrelevante
Quizá me faltó tacto para preguntarlo, pero nunca quise herir susceptibilidades.
(Aunque, de vez en cuando –¿una o dos veces al año?, ¿menos veces?–, pierdo el control y me enfrasco en alguna pelea sin sentido con desconocidos en redes sociales, ése no era el caso.)
Por si fuera poco, empleó un discurso que aborrezco: retórico, moralino, decimonónico, filosófico...
También quiso evidenciar con su discurso que él tenía un aparato cognitivo superior al mío y que era una mejor persona –¿más consciente, en términos sociales?– que yo. ¿Cómo no aborrecer a esta clase de personas que se aparecen sin que nadie las llame, para dar una lección que nadie les está pidiendo...?
Yo ni siquiera había puesto a discusión el tema: las mujeres han sido oprimidas desde siempre, la violencia que sufren es algo terrible y hay que erradicarla.
A diferencia de lo que él creía (ya mencioné que estaba convencidísimo de conocerme más de lo que me conozco yo mismo), acepto que no soy una buena persona, pero eso no significa que esté de acuerdo con el hecho de que a las mujeres les ocurran cosas terribles.
Más bien, en general, soy poco considerado con la humanidad*.
(¡Qué hueva!)
(Maldigo la hora en que se me ocurrió distraerme en mi teléfono y encontrarme este tweet. Mejor hubiera continuado leyendo de qué manera Rick Deckard planeaba exterminar a las últimas tres unidades cerebrales Nexus-6, mientras bebía bourbon y se enamoraba de Rachael Rosen. Ya le dediqué al asunto más tiempo del que me hubiera gustado. Espero que, al menos, me sirva de desahogo.)
Me bastaron unos segundos para leerlo, para darme cuenta de que era un ejemplo más de disonancia cognitiva** y para que todos estos recuerdos sobre los que escribo llegaran a mi mente.
(El día que este sujeto me “diagnosticó” como machista, fue el 18 de septiembre del 2017.
Si todo esto hubiera ocurrido cualquier otro día, probablemente ni lo recordaría.
Sin embargo, tengo presente la fecha, porque en 24 horas, más o menos, me encontraría en el mismo lugar en el que revisaba mi muro de FaceBook, pero en una situación traumática.
Lo demás, sí es irrelevante: estaba en el tercer piso del Edificio S, matando el tiempo, revisando mi muro de FaceBook, para lidiar con el hecho de que una estudiante de licenciatura me trataba como egresado de bachillerato y suponía que mi propósito en la vida era abrirle la puerta del laboratorio para que ella fuera a pesar a sus animales de experimentación.)
(De hecho, en algún momento de la discusión, cuando él estaba más indignado y convencido de que yo era “un idiota que no respetaba a las mujeres”, le dije que leyera bien lo que yo había escrito y después tuvo que ofrecerme una disculpa y retirarse de la publicación porque yo jamás había escrito eso que él estaba convencido de que yo había escrito.)
Hay que preguntarse, seriamente, quién dice las cosas y desconfiar de la buena onda.
(¿Cómo tomarlo en serio después de que has descubierto que le gusta aparentar cosas que, evidentemente, no es?, ¿cómo le hacen sus lóbulos frontales para convencerlo de que conoce “de pies a cabeza” a un desconocido, que eso le permite señalarlo y juzgarlo, y al mismo tiempo, quizá, dejarle la impresión de que sus opiniones son deslumbrantes y modernas –lo más inteligente que ha dicho un ser humano–, aun cuando usa un lenguaje decimonónico y rebuscado para comunicarlas...?)
PD. Adornar innecesariamente un mensaje de 140 caracteres, no lo hace más significativo ni más interesante, creo yo.
_____________
**Casi de manera automática, busco ejemplos de disonancia cognitiva en las redes sociales. De vez en cuando, los uso en mis clases. Creo que éste será el caso.
***Señalar, en los demás, lo que él cree ver mal en los demás y así quedar como un héroe observador que “piensa diferente”. Todo este asunto es irónico, porque en este tweet, que él publicó –supongo que sin que nadie lo obligara a hacerlo–, él señala como estúpido, con un lenguaje pedantísimo y con un dejo de superioridad académica, justamente lo que él mismo hizo conmigo. (Su lenguaje es tan pedante que es muy probable que, de contar con el conocimiento básico, él diría “Mi musculatura distal no está siendo regulada apropiadamente... Intuyo que se debe a que ciertos axones sensoriales Ia... incluso motoneuronas gamma... no inervan suficientes husos musculares... También intuyo que puede deberse a que ninguno de estos componentes de la musculatura somática hace sinapsis con las interneuronas correctas de la sustancia gris de la médula espinal... En última instancia, tal vez esté dañado el tracto corticoespinal...”, en lugar de decir “Tengo mononeuropatías porque he estado tomando muchos medicamentos...”)
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