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jueves, noviembre 24, 2022

Leías y comentabas este blog


Eran otros tiempos. Podía acostarme a las tres de la mañana y dormir seis horas seguidas y no tener somnolencia en todo el día. No tenía que levantarme de la cama cuando la vejiga estuviera a punto de estallarme –fastidiándome, humillándome y diciéndome “¿Aún tienes sueño? Jajaja. ¡Pues yo tengo otros planes para ti!”–, sino cuando ya no tenía sueño. 

Eran otros tiempos. Después de estar orinando tres minutos que parecen una eternidad, no tenía que pincharme un dedo, ni verter una gota de sangre en una tira reactiva, ni usar un glucómetro ni anotar mi glucosa en ayuno, por el resto de mis días. Jamás me pasaba por la cabeza que es horrible que mi abuelo me haya heredado esto. No tenía que tomar dapagliflozina o metformina antes de cada desayuno, todos los días, por el resto de mi vida, mientras tratara de hacerme el tonto y evitar ponerme a pensar en que los medicamentos van jodiendo mis riñones y en que ya no hay vuelta atrás: en que cada día estarán peor que el día anterior, y en que, en algún momento, tendré que convertirme en un monje que ni siquiera pueda “perder la cabeza” y tomarse una triste copa de rompope una vez al mes. 

Eran otros tiempos, Vitalogy acababa de salir a la venta. Pearl Jam todavía no se enfrentaba a Ticketmaster, ni renunciaba a una súper gira multimillonaria por todo el mundo, cuando ya habían superado Ten y Nevermind y el éxito de Nirvana y el impacto de la muerte de Kurt Cobain. Todavía un sector de la juventud escuchaba música subversiva y estaba en contra del sistema y de las superficialidades del capitalismo, y Eddie Vedder y Pearl Jam representaban todo ello e incitaban a ese sector de la población a estar en contra del sistema; todavía ese sector de la juventud no quería formar parte de los convencionalismos, no quería entrar en el gusto de la gente de bien, no aspiraba a salir en la tele ni a convertirse en algo similar a un influencer que “documentara” todas sus tonterías alrededor del mundo y que facturara un montón de dinero en redes sociales. 

Eran otros tiempos. Después de ir al baño y de medirme la glucosa, no tenía que buscar tres platos por toda la casa, ni bajar a la cocina a servir porciones de comida blanda de Royal Canin en tres platos, ni cambiar el agua del plato del agua de tres gatos, ni llenarles sus otros tres platos con croquetas de Royal Canin, ni limpiar el arenero de tres gatos y barrer y sacar la bolsa con arena sucia al bote de la basura. Tampoco lavaba trastes todos los días, ni tenía sueño a todas horas, ni salía a correr cinco o seis kilómetros, dos o tres veces a la semana. Tampoco me lastimaba eventualmente un tobillo o una pierna, por correr cinco o seis kilómetros a la semana. Tampoco tenía los grados académicos ni la experiencia docente y en investigación básica que tengo; no tenía una sola publicación científica en inglés en ninguna revista evaluada por pares, ni tampoco tenía que pensar en abandonar mi carrera académica –renunciar a todo lo que he hecho y he conseguido en casi quince años–, ni tenía pesadillas en las que no me queda otra opción más que conducir un camión de pasajeros, o en las que me convierto en el ridículo guardaespaldas del dueño de un restaurante de comida china. 

Eran otros tiempos. No tenía esta clase de pesadillas, ni me despertaba a las tres de la mañana pensando en el mito de Sísifo. 

Eran otros tiempos. Aún no llegaba esa mañana de abril del 2007 en la que conocí a Katz en una estación del metro, cuando iba a impartir una clase a mi grupo “conejillo de indias” en la universidad, ni algunos de los estudiantes de ese grupo esperaban a que Tim Leary personalmente les impartiera una práctica sobre los efectos terapéuticos de los enteógenos, ni otros estudiantes de ese grupo terminaban la licenciatura y se convertían en estudiantes de posgrado, ni yo, en mi posición de posdoc en otra universidad, los había invitado a dar un seminario y ellos me pedían que les pagara todos los viáticos; todavía algunos de esos estudiantes de mi grupo “conejillo de indias” no eran los pachamamas que son hoy, ni creían saber más que todos los sabios del mundo.

Aún no llamaba por teléfono a Katz por primera vez, ni salía a ningún lado con Katz por primera vez, ni me enamoraba de Katz; aún no pensaba en que era posible que ella me quisiera y en que ella quisiera compartir su vida conmigo; aún no conocía las dimensiones de su amor, ni tenía la oportunidad de mostrarme su apoyo en los momentos más terribles, cuando me encontraba en el limbo, en los últimos trámites del doctorado y en los primeros trámites del posdoc, cuando no teníamos dinero, cuando estaba enfermo y me adherí a dos tratamientos médicos y acabé en el quirófano, cuando ella absorbía todos los gastos de la casa; todavía Katz no se mudaba a vivir conmigo, ni los dos nos mudábamos a vivir a tres lugares distintos, en ciudades distintas, ni la hacía enojar por mi horrible modo de ser.

Eran otros tiempos. Los felinos no formaban parte de mi vida. Aún no llegaba a casa de mis papás ese majestuoso gato al que llamaríamos Sócrates y aún Sócrates no era mi gran compañero, ni adquiría la costumbre de acompañarme en mi recámara y tumbarse en la cama mientras me ponía a leer o a escribir o mientras tomaba una siesta y procrastinaba y huía de todas mis responsabilidades y me escondía en mi zona de confort porque no quería saber nada de nadie, porque me sentía del carajo, porque tenía rotos casi todos los huesos del alma, porque apenas podía dar uno o dos pasos en mi recámara sin tropezar, porque no procesaba todavía que algunas relaciones están destinadas al fracaso, que se convierten más en una costumbre que en una dicha, y que pueden durar una eternidad porque uno las fuerza y las calza como un zapato que le queda chico. 

Eran otros tiempos. Aún Sócrates no se iba de la casa, ni me quebraba los pocos huesos del alma que me quedaban intactos, ni me hacía sentir esa tristeza espantosa que nunca había sentido, ni siquiera cuando alguien me había rechazado, ni siquiera cuando alguien me había dicho que no sabía qué hacía conmigo, si yo no era ni guapo ni gracioso ni millonario; ni siquiera cuando alguien (contra todo pronóstico) había “perdido la cabeza por mí” y me había dicho, después de meses y meses de conversaciones telefónicas, que prefería volver con su ex porque yo le daba demasiadas vueltas al asunto. Esa tristeza espantosa provocada por la ausencia de Sócrates era totalmente distinta; esas personas que me habían roto otros huesos del alma, en otras temporadas del infierno de mi vida, seguían viviendo sus vidas y podían valerse por sí mismas y yo podía saber que ellas estaban bien, pero con Sócrates todo era incierto: no sabía si seguía vivo o si estaba en una mejor casa, o si le había pasado algo malo; y todos los días era lo mismo: despertar pensando en que ese día sí volvería Sócrates a la casa, y que llegara la noche y que él no apareciera y que yo tuviera que morderme el corazón y resignarme y aceptar la realidad: que, cada día que pasara sería una confirmación de que él no volvería jamás, y que me iría habituando a su ausencia, aunque, todos los días, durante casi un año, me sentiría del carajo porque Sócrates no volvía a la casa y porque no sabía si él estaba bien o si seguía vivo. 

Eran otros tiempos. Apenas había tomado un taller de creación literaria, en una casa de cultura en San Pedro de Los Pinos, durante la huelga de 1999 en la UNAM, y había conocido a algunos bohemios y nos habíamos reunido en algunas fiestas y habíamos bebido y habíamos hablado sobre literatura y habíamos leído nuestros propios textos; y estaba por tratarte en persona, en mi segundo taller de creación literaria, en otra casa de cultura en Azcapotzalco. Faltaban varios años para que saliéramos a tomar a un bar por Ciudad Universitaria en compañía de una de tus amigas que, quién sabe por qué, quería andar conmigo; todavía no nos emborrachábamos en una cantina de mala muerte detrás de las ruinas de El Templo Mayor, leyendo a Alejandra Pizarnik; todavía no llegábamos a ninguna cantina de la calle de Bolívar, a las ocho de la noche, atestada de sexagenarios que jugaban dominó, ni bebíamos XX Lagger calientes con otros sujetos que tú conocías de otros talleres de creación literaria; todavía no acabábamos esa larga noche en un bar de la calle de Regina, escuchando a una banda de rock en vivo mientras un puñado de borrachos cantaba una canción de Héroes del Silencio. 

Todavía no existía Facebook y todavía no nos enviábamos solicitud de amistad, ni me compartías un artículo de Roberto Bolaño en Facebook, ni me decías que él era el Kurt Cobain de las letras, ni te invitaba a la pequeña celebración de mi boda civil con Katz –nos casamos para darle gusto a la familia, pero podíamos haber vivido en unión libre–, ni descubría en Facebook que realmente no sabía nada de ti, que sólo sabía que habías sido novia de otro conocido y que te gustaba la literatura, y que podías ser una persona radical y poco tolerante; todavía no existía Facebook, ni me abrías los ojos en Facebook, ni me llamabas ególatra en Facebook, ni me desconocías en Facebook, ni me preguntabas dónde podías leerme, aunque, tiempo atrás, antes de que hubiera redes sociales, antes de que compartiéramos esa larga noche de juerga en las calles de El Centro Histórico, cuando te conocí en el taller de creación literaria, leía algunos de mis textos y tú los escuchabas y me dabas tu retroalimentación, o, cuando ese taller terminó y nos comunicábamos por correo electrónico, cuando comencé a escribir en este blog, hace más de quince años, visitabas este blog, y lo leías y lo comentabas.

Ahora te he bloqueado de mi vida, como en ese capítulo de Black Mirror, y no quiero saber nada de ti, y jamás volveré a escribir nada sobre ti, y te he bloqueado de mi vida después de que me eliminaste de tus amigos en Facebook porque te respondí algo que no te gustó, y me abriste los ojos, y ahora veo que siempre tengo que dar el primer paso y que no siempre vale la pena ser condescendiente con todos mis conocidos, ni estar pensando en que mis conocidos no necesariamente me dicen de vez en cuando cosas hostiles porque estén pasando un mal momento, sino porque son intolerantes y están acostumbrados a recibir “palmaditas en la espalda” y deben quedar bien con sus grupos de apoyo en redes sociales.  

Ahora te he bloqueado de mi vida porque no necesito que me desconozcan, que me llamen ególatra por responder concretamente a preguntas que me hacen, que me den respuestas hostiles y que me exijan explicaciones por messenger, especificando qué me están preguntando (porque soy muy tonto para darme cuenta), porque mi vida ya tiene suficientes cosas que están del carajo (aunque no se las cuente a nadie en Facebook), como para intoxicarme en redes sociales con otras cosas que también están del carajo. 

Eran otros tiempos: cuando leías y comentabas este blog.

viernes, noviembre 15, 2019

I'm So Tired, I Can't Sleep


¿Recuerdas cuando te acostabas a las tres de la mañana, después de escribir relatos en los que aparecían las mujeres que te quitaban el sueño...?, ¿recuerdas que antes de acostarte, te fumabas tranquilamente un cigarrillo (como si fuera el último que te fumarías en la vida) mientras pensabas cómo serían esas mujeres en realidad...?, ¿recuerdas que a la mañana siguiente podías levantarte temprano y estar despierto todo el día, sin ningún problema...?

Ahora, te despiertas a las tres de la mañana, no puedes volverte a dormir y difícilmente tienes tiempo para escribir sobre cualquier tema que no sean minutas de reuniones, informes técnicos de proyectos financiados por el gobierno o artículos de investigación original que nunca terminas de escribir porque no te enorgullece la metodología con la que fueron recabados los datos.

Ahora, te despiertas de alguna pesadilla en la que huyes de un asesino o de una persona que quiere hacerte la vida imposible. (Es lo usual en una carrera académica en la que debes publicar la mayor cantidad de artículos para no perecer y en la que siempre ha habido individuos poco éticos dispuestos a quedarse con el crédito de tus experimentos.) Una de cada tres ocasiones, te despiertas porque estás ahogándote. (Son los estragos de la cirugía en la que te suturaron una porción del estómago con el esfínter inferior del esófago para evitar que ascendieran los jugos gástricos a la garganta y terminaran erosionándola y provocando un tumor cancerígeno, además de hacer que continuaras odiando tu existencia). Una de cada tres ocasiones, te despiertas de algún sueño del que hubieras preferido no despertar. (¿Por qué sueñas que eres un niño y que es un día cualquiera en la escuela y que no te molestan las niñas que te gustaban...?)

Ahora no importa cómo sea la noche, lo más probable es que a la mañana siguiente siempre estarás somnoliento. 

Mientras estás mirando el techo o cierras los párpados y tratas de evocar algún recuerdo agradable o de inventar una historia basada en tus malos pensamientos (y obligarte a soñarla) y sólo transcurren las horas y no puedes volverte a dormir, te preguntas si acaso estás en una edad en la que ya no es tan fácil tener sueños. 

Mientras transcurren las horas y sigues mirando el techo o cerrando los párpados y recordando los rostros y las voces de las mujeres que te gustaban y que nunca te atreviste a invitar a salir a algún lado por temor a aburrirlas o por temor a que te rechazaran, terminas divagando y creyendo que no hay una gran diferencia entre tú y el amargado científico de La Ciudad de los Niños Perdidos que tampoco podía dormir (excepto que tú rara vez puedes realizar experimentos actualmente), y te alegra saber que al menos no has llegado a un punto de desesperación en el que consideres robarle los sueños a los niños para que tú puedas soñar. 

Cada vez despiertas con más frecuencia a las tres de la mañana y cada vez te cuesta más trabajo volverte a dormir. Antes era divertido estar despierto a las tres de la mañana e invocar a Jack Kerouac e imaginar las alucinaciones de su delirium tremens en Big Sur, pero ahora el sueño es la tierra prometida y estar despierto es el infierno. 

No tienes que reflexionarlo demasiado: sólo cuando estás enfermo y tomas altas dosis de paracetamol (o sólo cuando tienes un dolor intolerable y tomas varias pastillas de Tramadol), puedes mantenerte dormido toda la noche de corrido. 

¿Recuerdas cuando tu pretexto para consumir hipnóticos y ansiolíticos era el estrés de los últimos años del doctorado y que entonces no tenías problemas para dormir...?, ¿recuerdas que la relación con tu jefe al final era muy tensa y que llegaste a detestar el trabajo y que detestaste ir a trabajar y que sin embargo no tenías problemas para dormir...? 

Ahora, ya tienes cinco años sin fumar y ya no bebes alcohol (sólo tres o cuatro cervezas o whiskeys al mes) y definitivamente tienes problemas de mantenimiento del sueño y sin embargo no quieres acudir con un especialista porque te imaginas que terminará recetándote algún medicamento que podría modificar otra vez tu flora intestinal y otra vez volverte ansioso, paranoico y nauseabundo... y porque también temes la posibilidad de volverte dependiente a las pastillas para dormir.

En la eternidad del insomnio, te acuerdas de un texto de Guillermo Fadanelli que hablaba sobre por qué les tenía lástima a quienes deseaban la inmortalidad sin haber considerado lo triste que debe de ser la eternidad, y crees comprender a qué se refería... y también crees que nadie podría negarte que el insomnio es una probada de la eternidad a la que se enfrentan los vampiros... y también te acuerdas de haber leído en esa época Miedo y Asco en Las Vegas y esta asociación te lleva a recordar los efectos del Spice en una ciudad fronteriza de Estados Unidos y te acuerdas de cómo todo transcurría lentamente y de cómo todo tenía un carácter sexual innegable y de cómo todo parecía bañado de bienestar y de superficialidad, al ritmo de los primeros acordes de Purple Haze que te hacían dudar si tú también tenías una Stratocaster blanca como la de Jimi Hendrix.

Sólo quieres volverte a dormir, acomodas la almohada en otra posición por enésima vez, y te preguntas: ¿pastillas para dormir o THC sintético...?, ¿THC sintético...?, ¿paranoia...?, ¿ansiedad...? 

Estás cansado de mirar el techo y estás cansado de ser incapaz de conciliar el sueño y recuerdas automáticamente las letras de una canción de Kurt Cobain. Una parte del coro de esa canción define exactamente cómo te sientes, y también define la eternidad del insomnio y el lento transcurrir de los minutos... o eso crees. 

Decides que le sacarás provecho al insomnio y que te pondrás a leer las últimas páginas de Serotonina. 

viernes, febrero 15, 2019

Smelling Dead Roses


Tenía una conversación irrelevante con unos tontos, cuando la vi por primera vez. 

Estos tontos querían que fuéramos a jugar pool a un sórdido billar. 

Uno de ellos quería que yo le diera dinero. Él era un bravucón. Su familia tenía negocios en El Mercado Sonora, y él pensaba que eso lo hacía peligroso y que le confería ciertas características de cacique. 

Sólo tomábamos algunas clases juntos, pero ellos creían que éramos amigos. 

A veces salíamos juntos a alguna parte después de clases, pero no significaba que fuéramos amigos. No tenía amigos de verdad. Huía de todo compromiso que involucrara tener una relación cercana con otras personas.

Su única meta en la vida parecía ser tener suficiente dinero para gastarlo en zapatillas deportivas. Los volvía locos el basquetball y querían tener las zapatillas deportivas que usaban los basquetbolistas más famosos. 



Ivonne caminó a unos pasos de donde estábamos. 

Su cabellera era tan rubia que casi me dejó ciego. 
Me temblaron las piernas. 

Era el tipo de chica por la que siempre me había sentido atraído.   

Mientras caminaba, su rubia cabellera parecía flotar alrededor de los hombros y parecía destilar un perfume embriagante. 

Me miró y me sonrió. 
Sentí que un puño golpeaba mi pecho.

Sus ojos parecían ser verdes o almendras. 

Durante toda la semana estuve pensando en ella. 
Quería saber su nombre, pero no quería simplemente preguntárselo. 



Varias semanas después, nos subimos al mismo autobús. 

¡Se sentó junto a mí!
¡Estábamos tan cerca que sus piernas rozaron mis piernas!

No recuerdo exactamente cómo, pero comencé a hablarle. 

Sus ojos eran verdes e impresionantes. 
Su voz era más femenina de lo que había imaginado. 

No recuerdo qué le dije, pero estoy seguro que hablé sobre música. 
Silverchair era una de las bandas que escuchaba en esa época.  

Era una banda de australianos adolescentes que tocaban punk. 

En 1994, habían ganado un concurso en su país y el premio les dio la oportunidad de grabar Frogstomp (1995). ¡Su primer albúm fue grabado en nueve días! 

Rolling Stone y Allmusic le dieron casi los puntajes más altos. 

Los miembros de Silverchair tenían quince años de edad, igual que yo. 

Tomorrow e Israel's Son son las canciones más conocidas de ese álbum. 

Alguien de la escuela me había prestado Freak Show (1997).

Su segundo álbum de estudio, tenía unos meses de haber sido lanzado a la venta. 
Había canciones potentes y rápidas que hablaban de la rabia y de la violencia que habían provocado las expectativas del primer álbum de Silverchair. Otras canciones eran más tranquilas y tenían más arreglos que las canciones del álbum predecesor. 

Los sencillos Freak, Abuse Me y Cemetery alcanzaron el top ten. 



Ivonne se bajó del autobús, a unas cuadras de la Delegación Venustiano Carranza.

Nos despedimos de mano.
Las entrelazamos de un modo raro, como si estuviéramos cerrando un negocio. 

Todo el fin de semana estuve pensando en esa despedida y en lo suaves y rosáceas que eran sus manos.  

A partir de entonces, hablamos regularmente en la escuela. 
Un día le dije a Ivonne que me gustaba.  
Se quedó callada –seguramente ya lo sabía– y sonrió. 

Nos llevábamos bien y sólo nos veíamos en la escuela. 
Ni siquiera hablábamos por teléfono. 

Lamenté haberle dicho que me gustaba. No estaba convencido de tener una novia.
Huía de todo compromiso que involucrara tener una relación cercana con otras personas. 



Conoció a un tipo más grande que yo –tenía barba, usaba aretes de pirata y botas de motociclista– y se hicieron novios. 

Era un fósil y formaba parte de los grupos de choque que defendían los intereses de la escuela, cuando había algún conflicto con los estudiantes –también vendía drogas– y sus amigos jugaban en el equipo de futbol americano. 

Un 14 de febrero, hace más de veinte años, los tontos con quienes tomaba algunas clases y jugaba pool en un sórdido billar, compraron unas rosas. 
Eran unos fracasados y pensaban que conseguirían algo, si se las regalaban a las chicas que les gustaban. 

Todas los habían ignorado. 

Uno de ellos me pidió que le sostuviera una de las rosas. 
Al mismo tiempo, el otro me empujó. 
Tal vez ya había visto a Ivonne y me empujó contra ella en el momento preciso. 
  
Su cabello estaba húmedo y ella olía a vainilla. 

Recordé sus suaves y rosáceas manos y la despedida formal en el autobús. 

Me sentí tan estúpido con esa rosa en la mano. 

Ivonne me miró de una manera extraña y no supe qué hacer. 

Me preguntó si la rosa era para ella. 

Pensé decirle que sí, pero le dije la verdad. 
Ella me empujó contra una pared y se marchó. 

Jamás volvimos a hablar. 

Los tontos se rieron. 

Me pregunto qué hará Ivonne ahora. 
¿Se acordará de mí?
¿Se casaría con el fósil?
¿Tendrán hijos?

Ni siquiera estoy seguro de que recuerde mi nombre. 

Roses by Silverchair on Spotify

Smelling Dead Roses on Metastasis Of Sound

lunes, enero 15, 2018

No es tan divertido como parece


Lola era más chica que yo. 

Nos conocimos en una clase de inglés. Tanto ella como yo éramos alumnos avanzados y la profesora quería prepararnos para que participáramos en un concurso de intercambio académico. 

La primera vez que la vi, Lola llegó al salón de clases, se sentó junto a mí y la profesora nos puso a trabajar juntos.  

Al principio, no le di mucha importancia a su aspecto. 

Medio noté que era blanca y muy delgada.

Como ella tenía el cabello largo y lacio y además usaba lentes, se veía como John Lennon en la época de Abbey Road. 



Nos pusimos a trabajar en una actividad del libro de inglés.

En el ejercicio, se suponía que yo buscaba trabajo en una oficina -aunque la actividad más bien se parecía a uno de los horribles interrogatorios que hacen en las aduanas de los aeropuertos de Estados Unidos- y ella me entrevistaba.

La pronunciación de su inglés era estupenda (y eso me gustó mucho), pero ella hablaba con una voz muy temblorosa.

Yo decidí darle mi número telefónico verdadero. 

Tenía la impresión de que ella se sentía atraída por mí y sólo quería comprobarlo. 

A lo largo de la actividad, Lola no pudo sostenerme la mirada.
Era tan tímida que parecía que en cualquier momento se desmayaría. 

Cuando llegó mi turno para entrevistarla, ella se sonrojó y tardó mucho en responder cada una de las preguntas. Corrigió la mayoría de ellas, como si estuviera buscando mi aprobación.

(Supongo que ella en verdad creía que yo ya no era un adolescente cualquiera). 



Tan sólo unos días más tarde, una chica misteriosa comenzó a llamarme por teléfono, casi tres veces por semana. 

La primera vez que hablamos, yo veía por televisión una sesión que Nirvana dio en los estudios MTV de Nueva York en enero de 1992. 

Casi nunca transmitían esa sesión completa, y me molestó mucho que Lola me interrumpiera precisamente en ese momento, pero de todas formas hablamos durante casi una hora por teléfono.

Aun cuando la chica misteriosa se rehusó a darme su nombre, fue obvio que se trataba de ella.

Algo que sí me dijo por teléfono fue que le gustaban Los Cranberries y que era admiradora de Dolores O' Riordan. 

Me contó muchas cosas de la banda irlandesa de rock e incluso prometió que, eventualmente, me prestaría sus álbumes favoritos.

Cuando estuve plenamente convencido de que Lola era la chica misteriosa que me llamaba por teléfono, decidí buscarla en la escuela. 

Quería conocerla en persona porque me había simpatizado. 

Además, ella había confesado que se sentía interesada en mí y yo tuve la loca idea de seguirle el juego y considerar la posibilidad de que comenzáramos a salir y de que ella terminara siendo mi novia. 



Una mañana faltó el profesor de la segunda clase, y salí del aula. 

Ella estaba sola.
Almorzaba, junto a una de las canchas de basquetbol.

Me acerqué y le dije que estaba seguro que ella era la chica misteriosa que me hablaba por teléfono.

Por supuesto que ella se hizo la desentendida, pero se ruborizó. 

En unos días, ya nos hablábamos en persona.
Entonces me dijo que tenía novio.
Se conocían desde la secundaria.

Fue muy extraño, pues la única razón por la que Lola había comenzado a llamarme por teléfono era porque estaba interesada en mí y sin embargo no quería terminar con su novio. 

También era incómodo, porque algunas veces, mientras ella me llamaba por teléfono desde su casa, su novio llegaba de visita y teníamos que colgar.  



Solíamos escaparnos de algunas clases y platicar.

Una vez le dije que ya me había cansado de la situación, que también me interesaba salir con ella y que no quería seguir pretendiendo que todo estaba bien así. 

Le dije que no volvería a hablarle hasta que dejara a su novio.

Entonces ella me besó. 

Estábamos en el auditorio de la escuela. 
Uno de mis amigos iba a actuar como Poseidón en una obra de teatro y yo había invitado a Lola para que me acompañara. 

Toda la tarde había estado lloviendo y Lola y yo habíamos pasado mucho tiempo juntos. 
Yo no podía dejar de ver su cabellera húmeda, ni dejar de pensar que en verdad ella se parecía mucho a John Lennon. 

Lola estaba comiéndose unos Ruffles, o alguna comida chatarra. 

De repente, en la penumbra del auditorio, noté que sus pupilas se dilataban detrás de los cristales empañados de sus lentes.

Ella tomó una de mis manos y sus ojos adoptaron una actitud salvaje, como si estuvieran poseídos por un embrujo y todo formara parte de un ritual, y entonces puso sus labios alrededor de los míos. 


Su lengua se movía de un lado a otro.
Yo estaba estupefacto.
Mientras detectaba el sabor de los Ruffles en mi paladar y Lola mantenía los párpados cerrados, yo sólo pensaba en que jamás se me había ocurrido que ella podría besar con tanta pasión.

Siempre la había visto más como una chica culta que como una mujer pasional. 

Hace más de 20 años vi a Lola por última vez.

Yo acababa de entrar a la Universidad y un día se me ocurrió ir a visitarla a mi antigua escuela.

Ella estaba en el último año de la prepa y, tontamente, durante todo el trayecto supuse que le daría gusto verme.

Pero Lola fue cortante. Se veía muy angustiada. 
Tal vez esperaba que su novio apareciera en cualquier momento. 

Me molestó tanto su actitud que le mentí y le dije que no había ido a la escuela a verla a ella, sino que había quedado con alguien más, y me largué de allí. 
Jamás volví a buscarla.

Quisiera saber si se convirtió en la profesora de inglés que quería ser y cómo se siente hoy.  


'Cause It's Not, Not What It Seems

martes, mayo 02, 2017

¿Por qué escribo? de Etgar Keret


Hace unas semanas leí por ahí que Etgar Keret vendría a la Ciudad de México y que daría una Conferencia Magistral en la Librería Mauricio Achar. 

La cuota de recuperación era de $500 MXN e incluía un ejemplar de Tuberías –su primer libro, inédito– y acceso a una firma de autógrafos.  

Este clase de eventos literarios no me gustan mucho. 


Suelen llamar la atención de personas que no necesariamente son "apasionadas de las letras", sino que "escriben" y que buscan la menor oportunidad para "hacerse notar".

A mi esposa le gustan mucho los relatos del autor israelí –de hecho, ella fue quien me lo recomendó*–, así que aparté dos lugares. 


El martes 2 de mayo, llegamos a la librería alrededor de las cinco y media. 

Afuera del Foro Expresarte –donde se llevaría a cabo la Conferencia Magistral, anunciada a las siete– no había fila ni gente que pareciera interesada en el evento de Etgar Keret. 

Una guardia de seguridad, nos dijo que podíamos comenzar a hacer la fila, si queríamos.

Todavía faltaba más de una hora para el evento y yo tenía náuseas y necesitaba comer. 

Hace casi un año me realizaron un procedimiento quirúrgico –para evitar que los jugos gástricos me torturaran después de cada comida, para evitar una potencial bronco aspiración mientras durmiera y para evitar que la continua erosión del esófago generara un tumor–y debo estar comiendo a todas horas para mitigar las náuseas, así que nos metimos al Starbucks** de esa sucursal de Gandhi.

Mi esposa pidió un Frapuccino y un rollo de canela. Yo pedí un té de manzanilla y una tarta de zarzamoras. La tarta estaba tan ácida que intensificó las náuseas y ni siquiera pude terminármela. 


No tardamos más de media hora en el Starbucks, pero cuando regresamos al Foro Expresarte ya había una fila de unas diez o quince personas. 

Pocos minutos después de que nos formáramos, la fila se hizo enorme. 

Entre la gente, había unas cuantas personas que no habían pagado la cuota de recuperación. 

¡No sólo estaban convencidas de que el foro no se llenaría, sino que esperaban que los organizadores del evento, las dejaran entrar gratis! 

No dejaban de hablar. 

A juzgar por lo que decían, lo único que les interesaba ere tener un libro autografiado por Etgar Keret... o tomarse una foto con él. 
  



Alrededor de las siete de la noche, aparecieron algunas personas de la Editorial Sexto Piso –los organizadores del evento– y la fila empezó a avanzar. 

Una mujer nos pidió nuestros nombres y una identificación oficial y los verificó en una lista. Luego, otra mujer nos hizo pasar y nos asignó unos asientos en el foro. 

Nos dieron asientos en la tercera fila. 

El foro se fue llenando poco a poco. 

Cuando comenzó la conferencia –alrededor de las ocho de la noche–, incluso había personas de pie. 

(¿Los organizadores los dejarían pasar "gratis"?)

Diego Rabasa presentó a Etgar Keret y nos dijo que el autor hablaría en inglés y que él se encargaría de hacer la traducción, más o menos de manera simultánea.
(Keret hablaría tan despacio y tan claro que la traducción resultaría innecesaria). 



Keret comenzó contándonos una anécdota relacionada con un relato de Tuberías.

El relato estaba basado en su relación con un hombre que había conocido antes de ingresar al Servicio Militar, cuando trabajaba en una tienda de abarrotes.
El dueño –su jefe–, había sido dealer y la mafia de Tel Aviv le había dejado una cicatriz en la cara, porque lo había confundido con un soplón. 

Un día, mucho después de realizar el Servicio Militar, Keret volvió a la tienda del hombre marcado, a leerle uno de sus primeros relatos publicados en el periódico. 
Al hombre le gustó el relato, pero se preocupó seriamente.
Keret le explicó que era una situación ficticia y que su vida no estaba en peligro real, pero su antiguo jefe no le creyó y le preguntó qué pensaba hacer para salvar el pellejo.  



Etgar Keret también nos habló del origen de otros relatos –Guayaba y ¿Qué guardamos en los bolsillos?, por ejemplo– y terminó dándonos un decálogo (más o menos) de consejos para quienes estamos interesados en escribir. 

Al final de la conferencia, hubo una sección de preguntas. 

Los organizadores escogieron a tres o cuatro personas del público y les pidieron que hicieran preguntas de la manera más breve posible. 

Las preguntas fueron de lo más estúpidas. 

El primer afortunado fue un tipo que tenía aspecto de abogado. 
Llevaba traje gris, corbata de puntos y zapatos Michel Domit. 

Uno de los organizadores le pasó el micrófono, pero el micrófono no funcionó.
El abogado aprovechó el momento y se puso de pie y se acercó al escenario y se sentó junto a Keret. 

Lo aduló "brevemente" (en inglés) y nos contó "brevemente" (en español) lo que "opinaba" de la literatura contemporánea. 

Luego, le sugirió a Etgar Keret que escribiera una historia acerca de él (el abogado), haciéndole esa pregunta, en esa conferencia, sentado en ese sillón gris. 

(Creo que realmente no le preguntó nada.)

Keret sólo sonrió. 



Le dieron el micrófono a otra mujer que estaba muy nerviosa. 
Mientras hablaba, le temblaban las manos y la voz y no podía mirara Kerete directamente a los ojos.

Nos habló de sus relatos favoritos.

Después, le preguntó a Keret por qué escribía. 

Un sector del público se rio. 
La mujer se sonrojó y devolvió el micrófono. 

(La conferencia se titulaba "¿Por qué escribo?")
  

El momento más penoso de la sección de preguntas, llegó con la última pregunta. 

Una mujer vestida como punk y Frida Kahlo al mismo tiempo (tenía el cabello pintado de verde, traía una arracada en la nariz, usaba falda de tul, playera de Joy Division y Converse), tomó el micrófono y nos dijo que Mundos Paralelos*** había cambiado su vida "por completo". 

Le preguntó a Keret si él creía en lo que escribía y si le importaba que los lectores creyeran en lo que él escribía. 

(Durante más de una hora, Keret nos había dicho que le gustaba la ficción literaria y que no le importaba en lo absoluto que sus historias les parecieran verosímiles a los lectores.)  

Cada vez que la mujer pronunciaba una palabra, lo hacía como si estuviera dando una entrevista y ella fuera la conferencista. Era exasperante. 
(Sólo le faltaba cruzar la pierna, darle una chupada a un Gauloise y decir que Rayuela y que el boom latinoamericano estaban sobrevalorados.) 

Luego (obviamente) "confesó" que ella también era escritora.
Concluyó, melodramáticamente, diciendo que estaba convencida de que "los Mundos Paralelos del texto de Etgar Keret existían en algún lugar..."



La mujer entregó el micrófono, y finalmente nos dejó descansar de su actuación. 

No recuerdo qué le respondió Keret a la escritora punk.
Probablemente sólo sonrió. 

Sentí pena por él.

También me sentí aliviado por no estar en sus zapatos. 

¿Por qué en los eventos literarios, abundan "los personajes melodramáticos"?

Me cuesta trabajo recordar uno en el que no los haya habido****. 

Tal vez no todos los escritores son como los personajes de Stephen King y acaban rendidos después de dar una conferencia y cuestionándose, mientras vuelven a su casa o al hotel en el que se hospedan, por qué tienen que soportar a gente con tantas ganas de "hacerse notar". 



Recordé un capítulo de Mujeres:

Antes de dar una conferencia en una universidad, Charles Bukowski llega a hospedarse al mismo hotel en el que está hospedado William Burroughs. 

El organizador del evento lo lleva a su habitación y le pregunta si quiere conocer al escritor beatnik, pero Bukowski le dice que no le interesa. 

El organizador se sorprende y le confiesa a Bukowski que Burroughs no ha salido de su habitación desde que llegó al hotel y que sospecha que está evitando a sus admiradores.

Bukowski le dice que él comprende totalmente a Burroughs: que los lectores pueden llegar a ser los personajes más insoportables del mundo y que los peores son aquéllos que además creen tener "vocación de escritor". 



Estábamos sentados a unos metros de Etgar Keret y de Diego Rabasa, así que creí que seríamos de las primeras personas en pasar a que el autor nos firmara Tuberías. 

Lo más lógico habría sido que los primeros en tomar nuestros asientos al ingresar al foro, hubiéramos sido los primeros en pasar, pero, en cuanto acabaron las preguntas y los organizadores anunciaron la firma de autógrafos, la gente que estaba de pie, enloqueció.

En menos de veinte segundos, ya habían hecho una enorme fila. 

Los organizadores ni siquiera intentaron poner orden.

Los últimos en llegar a la conferencia, fueron los primeros en obtener el autógrafo de Keret.
Lo más irónico y más molesto fue que la mayoría ni siquiera tenía el ejemplar de Tuberías y que "aprovechó" el momento para tomarse varias fotografías con el autor israelí. 

(Espero que no hayan entrado "gratis" a la conferencia.)

Parecía que, en lugar de encontrarnos en un evento literario, estábamos en la fila del banco.

Lo más probable es que estas personas sean del tipo de personas que se forman en la fila para adultos mayores, sin ser adultos mayores, o que se forman en la fila rápida del supermercado, con el carrito de compras a rebosar.


Para empeorar la situación, había personas que llevaban otros libros de Keret –Un Toquido En La Puerta, Pizzería Kamikaze, Un Hombre Sin Cabeza, Extrañando a Kissinger– y que le pedían que les dedicara cada uno de los libros a un familiar o a un amigo distinto. 

Había otros abusadores que se la pasaban contándole a Keret que ellos también escribían y que sólo estaban buscando una oportunidad. 

Había familias enteras que hacían que Etgar les firmara y les dedicara a cada uno de ellos su ejemplar de Tuberías y que luego le pedían que se tomara una foto con cada uno de ellos y después otra fotografía con toda la familia. 

Keret jamás perdió la compostura. 

¡Tuvimos que esperar nuestro turno casi dos horas!

Cuando pasamos, Etgar Keret fue muy amable y se veía relajado y contento. 

¡Su paciencia era admirable! ¡No parecía disgustarle en absoluto tener que soportar a tanta gente impertinente...!   

Le conté que había comenzado a leerlo por el relato de Pizzería Kamikaze*****. 

Luego, le pregunté si le gustaba Nirvana o si sólo le interesaba Kurt Cobain como personaje, y él me dijo le gustaba la música de Nirvana y que su líder le parecía un personaje interesante, aunque no sabía detalles de su vida.


Luego nos firmó los ejemplares de Tuberías y los dedicó con unos dibujos. 



Era tan tarde que la librería ya había cerrado y tuvimos que salir por la puerta de emergencia.

En la larga espera por el autógrafo de Keret, ni siquiera habíamos podido ir al baño.  

¡Ya no aguantábamos!

Caminamos rápidamente hacia el Vips de Miguel Ángel de Quevedo y nos sentamos en la barra y pedimos hamburguesas. 

Mi esposa fue al baño y después fui yo. 

Apenas llegamos a la casa y, aunque estoy rendido, necesitaba escribir por qué esta clase de eventos literarios no me gustan mucho. 


*En uno de mis cumpleaños, ella me regaló Pizzería Kamikaze.
**No soy gran admirador de esta tienda, aunque guardo buenos recuerdos de la primera vez que entré a un Starbucks.
***Un texto de Keret (ficción literaria) que ocupa menos de una cuartilla.
****La primera vez que conocí a esta clase de personajes fue en un taller de creación literaria. Surgió la oportunidad de publicar nuestros textos en una revista financiada por el gobierno. Nuestro textos (como en cualquier otro medio impreso) tendrían que pasar por un proceso de revisión editorial y tendríamos que entregarlos antes de una fecha límite, turnándonos cada mes para que pudiéramos publicar al menos un texto cada uno de los involucrados. El proyecto se cayó, porque una gran cantidad de "personajes melodramáticos" se consideraban tan talentosos como Arthur Rimbaud y no podían "supeditar" su "inspiración" a ningún tipo de regla ni fecha límite.
*****Kurt Cobain es uno de los personajes de Pizzería Kamikaze.