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domingo, abril 30, 2023

Hoy no estoy hasta la madre de todo


Hace cuatro años, en otro día del niño, me peleé con un standupero. Lo seguía en twitter porque me gustaba su comedia, pero, básicamente, desde el 1 de diciembre del 2018, el tono de sus tweets fue cambiando y terminó siendo casi exclusivamente “político”. (Jaja.) Sus “críticas” y sus burlas hacia la presidencia eran cada vez más absurdas. Ese 30 de abril del 2019, por ejemplo, tuiteó, desde una sala de espera del aeropuerto O'Hare, algo como “¿Que hoy, en sus redes sociales, no ponen fotos de cuando eran niños, porque hasta este punto los ha amargado el gobierno?” (¡Ni siquiera se había cumplido medio año desde que el gobierno había entrado en funciones! ¡Cuánta impaciencia!) Luego se quejó porque, según él, su vuelo hacia la Ciudad de México tenía cuatro horas de retraso, y, obviamente, según su punto de vista, el gobierno de México tenía la culpa. (¿Por qué no le dan “luz verde” al proyecto del nuevo aeropuerto que despojará, por las malas, de sus tierras, a decenas de personas?) 

Normalmente pasaba de largo cuando él tuiteaba esta clase de cosas, pero ese día en particular, estaba hasta la madre de todo y le contesté.

La universidad iba a cumplir tres meses en huelga. Nos habíamos mudado desde la Ciudad de México a finales de diciembre, habíamos tenido un pésimo 2018, pero parecía que la situación mejoraría en mi nuevo trabajo. El trimestre había comenzado en las últimas semanas de enero, ya había viajado al INB a atender unos asuntos administrativos que formaban parte de mis responsabilidades y sólo había tenido un par de semanas de clases frente a grupo –apenas había cobrado mi primera quincena–, cuando estalló la huelga. 

Después de varias mesas de diálogo entre las autoridades y el sindicato de trabajadores, la huelga no parecía tener un fin cercano. Estaba hasta la madre de todo –frustrado, desesperado, encabronado–, y no podía hacer nada, así que me encontré el tweet del standupero en un mal momento, y le contesté. Le dije que el gobierno no tenía nada que ver con lo que él decía en su tweet: que ese 30 de abril no poníamos fotos de cuando éramos niños en nuestras redes sociales porque standuperos, como él, “nos habían abierto los ojos.” Obviamente, como la persona intolerante y egocéntrica que era en twitter, él se enojó mucho, me tuiteó varias cosas ofensivas y hostiles, y yo, como la persona que estaba hasta la madre de todo en ese momento, le respondí, y él me dijo que “estaba bien dañado” y me mandó al psiquiatra. (Al menos, yo no escribía chistes sobre mis frustraciones, ni les cobraba a las personas a las que les contaba mis chistes). Total, que se desahogó, me cansé de responderle (era como hablar con una pared) y me bloqueó. También lo bloqueé, y no sólo de esa red social, sino de todas las redes sociales que uso. 

Hoy acabo de correr y me tomo un suero, y me recupero –no tuve un buen día: corrí 6 kilómetros en poco menos de 28 minutos–, y se me ocurre meterme a Facebook y veo algunas fotografías de cuando algunos de mis contactos eran niños y me acuerdo de la pelea de hace cuatro años en twitter. Casi sin reparar en ello, me meto a twitter y me encuentro, por accidente, otro tweet similar al de hace cuatro años. 

En este caso el tweet pertenece a un personaje que sigo por curiosidad; él viaja mucho (acaba de volver de un concierto en Las Vegas y del Festival de Coachella) y escribe en Play-Boy y en otros medios parecidos (tiene publicados un par de libros de relatos y tiene una columna en un diario de circulación nacional), y ¡de vez en cuando también hace stand up!, y, generalmente, tuitea o retuitea críticas en contra del gobierno. También son igual de absurdas que las del comediante de hace cuatro años. Sigo a este escritor-comediante-politólogo-epidemiólogo porque, de vez en cuando, escribe alguna cosa que me gusta. Según él, le late la música subversiva, pero “sus ideas políticas” son más afines a las de Alex Lora, que a las de Roger Waters (que –¿quién puede negarlo?–, es un extraordinario músico, un personaje público “anti-sistema”, identificado con los gobiernos de izquierda, aunque sus regalías y sus conciertos no quedan exentos de los horrores del capitalismo que tanto execra).

Me acabo el suero –es de sabor mandarina-naranja–, y le doy vuelta a la página (dejo atrás twitter y mi teléfono). Tengo cosas más importantes que hacer.

Ahora, aunque, como hace cuatro años, las actividades en la universidad están detenidas, me encuentro más estable mental y emocionalmente que entonces, y no voy a enfrascarme en una pelea en twitter. Hoy no tengo ganas de que ningún personaje intolerante que vive en una pequeña esfera social, me diga que estoy dañado y que me mande al psiquiatra. Hoy no tengo que pelearme con nadie, ni decirle a nadie que no soporto la frivolidad.


sábado, octubre 16, 2021

No es el karma: es tu irresponsabilidad


El vecino XX tiene un Chihuahua. Por la tarde, cuando hay más gente en el fraccionamiento, sale a su jardín a tomar el sol y deja que el Chihuahua ande libremente por ahí. A la vecina Yeye se le ocurre pasear a sus perros con correa, del otro lado del jardín del vecino XX, justamente en ese momento. El Chihuahua, como la mayoría de los perros pequeños, es un bravucón y sale a toda prisa a perseguir a los perros de la vecina Yeye. El vecino XX bosteza a la distancia y continúa tomando el sol en su jardín y la vecina Yeye tiene que hacer peripecias para que sus perros –un Pug y un Bulldog– no se le lancen encima al Chihuahua (incluso debe cargar al Pug, con todo y la correa, mientras se esfuerza por retener al Bulldog). El vecino XX es un espectador desde la primera butaca de su jardín: sólo le falta darle un sorbo a su limonada y una cámara fotográfica para completar la escena. 

Por la noche, nos enteramos en el chat de WhatsApp de los vecinos, que un corredor frustrado de F1, ha atropellado al Chihuahua –nadie sabe exactamente qué tanto daño le hizo– y entonces el vecino XX enfurece y despotrica contra la mesa directiva del fraccionamiento y se queja amargamente de la irresponsabilidad del conductor y de los vecinos en general. 

La gente sólo se da cuenta de las cosas que siempre están ocurriendo, cuando le pasan. No es el karma: es tu irresponsabilidad.

viernes, agosto 27, 2021

Love Is Strong



El sonido me golpeó en el cerebro como una droga administrada por vía intravenosa. Fue como si repentinamente estuviera experimentando la liberación de endorfinas al torrente sanguíneo para mitigar el dolor de una vieja herida de guerra. 

Se trataba esencialmente de tu ritmo, de los latidos de tu corazón, de tu alma gritando “¡Soy un Rolling Stone!” Era tu marca. Era como una ola de sonido abriéndose camino entre las murallas líquidas de las cócleas de mi memoria. Era tu estilo. Eran los cimientos de las canciones de una banda británica de rock n' roll que parecía indestructible. 

Cuando recibí el golpe, no sabía que habías discutido una vez con Jagger. De acuerdo con la prensa, estaban en una gira y él entró furioso a una habitación del hotel en el que se hospedaban, preguntando “¿Dónde está mi baterista?” y más tarde apareciste abruptamente en el lobby de ese hotel y le diste un puñetazo en la cara y le dijiste “¡No soy tu baterista: tú eres mi cantante!” Tampoco sabía que habías escrito un libro con poemas y con dibujos, en honor a Charlie Parker. 

En ese momento, sólo sabía que eras Charlie Watts, el sujeto de bajo perfil de “Sus Satánicas Majestades”. Vagamente recordaba haber escuchado Get Yer Ya Ya's Out! en los primeros años de mi vida, cuando vivíamos en un pequeño departamento y mi papá leía el periódico en la sala cada domingo. Vagamente te recordaba saltando, vestido todo de blanco y sosteniendo un par de guitarras eléctricas, en la portada de ese álbum. Un burro estaba detrás de ti. Cargaba algunas piezas de la batería y otra guitarra eléctrica. Los dos estaban en una especie de carretera abandonada. La fotografía me intrigaba y me hacía pensar en los extraños caminos a través de los cuales podía llevarme el rock n' roll.  

Mi papá encendía una tornamesa Stromberg Carlson y escuchaba ese álbum más o menos cada domingo y yo solía jugar más o menos cada domingo en la sala de ese pequeño departamento, de tal modo que asocié esa comodidad y esa felicidad –libre de cuestionamientos y de prejuicios–, con las canciones de Los Stones. Ahora, mientras escribo estas líneas, soy consciente de que los beats de tus canciones me acompañaron en varios rituales de la infancia. 

Mientras experimentaba esta especie de shot intravenoso de opiáceos, me encontraba en otra sala y tenía trece años de edad. Después de haber vivido varios años en el quinto piso de un departamento, nos acabábamos de mudar a nuestra casa propia. Varias cosas habían cambiado. Mi papá, por ejemplo, ya no escuchaba Get Yer Ya Ya's Out! cada domingo. Entonces tenía una extraña fiebre por Miami Sound Machine, por Santana y por Charly García (o así lo recuerdo), y usaba un reproductor de discos compactos. Yo tenía un par de semanas en la preparatoria.  

Sin embargo, la sensación provocada por la música fue tan poderosa que, en cuanto el inconfundible redoble de tus tarolas abrió la canción, algunas imágenes de mi infancia se precipitaron en mi cabeza. Llegaron intempestivamente, en forma de avalancha. De nueva cuenta, Los Stones emergían de un dispositivo electrónico –en este caso, de un viejo televisor– y como parte de un ritual altamente emocional, remontándome, instantáneamente, a la comodidad y a la felicidad de otros tiempos. 

Mick, Keith, Roonie y tú eran unos gigantes en blanco y negro, con matices en sepia y en gris, en la pantalla. Una armónica acompañaba a tus tarolas, y también lo hacían los riffs de la Telecaster y las líneas del bajo de Richards y de Wood. Jagger cantaba “Your love is strong”, mientras tus colegas recorrían la Ciudad de Nueva York haciendo alarde de las habilidades que los catapultaron a la fama a finales de la década de los sesenta. Tú estabas, como siempre, sentado detrás de la batería, en esta ocasión junto a unos gigantescos tanques de agua que formaban parte de la escenografía, sosteniendo las baquetas con ese peculiar estilo de baterista de jazz que te caracterizaba, sonriendo y actuando de un modo parsimonioso, casi meditabundo y relajado, como si quisieras dar el mensaje de que ser quien llevaba el ritmo en Los Rolling Stones era el trabajo más fácil del mundo. 

Algunas mujeres saltaban por las calles y aparecían tomando el sol en las azoteas, o fumando y esquivando el tráfico del epicentro del capitalismo, hasta que todos los integrantes de la banda, ya sin sus instrumentos, se reunían en Central Park.

Fue como si la música, la letra y el video de la canción, se alinearan con todos los asteroides de la galaxia en un momento preciso. Resultó asombroso que la sala de una casa y que un adolescente sentado frente al televisor en la sala de una casa, en una tarde cualquiera, formaran parte de esa coincidencia. En retrospectiva, creo que estos tres elementos –música, letra y video– me enviaban un mensaje similar al que me había enviado la portada de Get Yer Ya Ya's Out! en la infancia, y nos encontrábamos otra vez, pero más viejos, en uno de los extraños destinos a los que nos había llevado uno de los extraños caminos del rock n' roll.  

Todo esto ocurrió a mediados de los noventa –hace muchos, muchos años–, varios meses antes de que todos ustedes vinieran por única ocasión a dar algunos conciertos a México, y, sin embargo, lo recuerdo como si hubiera ocurrido esta misma mañana porque es la forma en la que mi mente está tratando de decirme que no he logrado asimilar que Los Rolling Stones son historia, Charlie.

domingo, agosto 15, 2021

Las tierras arrasadas de Emiliano Monge



Alrededor de una tensa historia de amor entre una mujer sorda y un hombre infeliz que quieren huir de las hostilidades de su pasado, Emiliano Monge desarrolla esta novela que se mete en las vidas de los migrantes que intentan cruzar la frontera sur de México en busca del sueño americano, pero que, en el trayecto, quedan atrapados en una red de trata de esclavos y son sometidos a la crueldad de personajes despiadados y codiciosos que lidian con la muerte cotidianamente y que forman parte de un negocio del que no hay escapatoria. 

La narrativa es poco convencional y de largo aliento, y oscila entre la prosa poética y el lenguaje coloquial que transmite la desesperanza y la resignación de los efímeros habitantes de las tierras arrasadas. 

viernes, agosto 06, 2021

Completando viaje



Por segunda vez en la semana he venido a la universidad. En los últimos dos meses he venido más veces que todas las veces que vine en los primeros 3 ó 4 meses de la pandemia. Hace una semana, por ejemplo, vine a recoger un vale y a firmar unos papeles, y apenas este miércoles vine a firmar otros papeles y a recoger el comprobante de un equipo de importación. El miércoles estuve más tiempo en la entrada, intentando convencer a los vigilantes de que había solicitado mi acceso –uno tiene que llenar un formulario en Internet y esperar a que el responsable del área confirme el acceso por correo electrónico y yo tenía el comprobante del correo de mi solicitud, pero no la había enviado al área correspondiente–, que en la universidad. Casi siempre es igual: me tardo más en entrar que en salir. 

Hoy vine a sacar un equipo de importación que llegó a principios de mayo y que se llevarán a Querétaro dentro de unos días. Después de registrarme en la entrada, pasé a una oficina en la que verificaron mi solicitud; luego, me abrieron la puerta del laboratorio donde estaba el equipo y allí subí la caja en la que estaba guardado –es del tamaño de un minibar y pesa alrededor de 20 kilos– al diablito que traje desde la casa, e hice malabares para que la caja quedara bien sujeta a una cuerda en el diablito, y luego trasladé todo con cuidado de regreso a la entrada –tuve que bajar unos escalones y esquivar unos charcos de lodo– y allí los vigilantes cotejaron los datos del vale de salida y firmé los documentos correspondientes. Me tardé menos de diez minutos en hacer todo esto.
 
Cuando estoy afuera de la universidad, hace mucho sol –el tiempo cambia abruptamente en Lerma– y apoyo el diablito contra un poste de luz y me quito la chamarra que traigo puesta y luego pido un Uber desde el teléfono. El miércoles pedí otro Uber y llegó a recogerme a la universidad en menos de cinco minutos, así que no creo que deba preocuparme. Sin embargo, en esta ocasión, a los pocos segundos de haber solicitado el servicio, aparece en la aplicación que el conductor que ha decidido darme el servicio está completando un viaje y que se encuentra a 25 minutos de distancia. Esto no me gusta para nada. La experiencia que tengo con esta aplicación es que a veces los conductores no sólo te tienen esperando varios minutos porque toman tu viaje cuando están completando otro viaje, sino que algunos de ellos te cancelan el viaje después de haberte tenido esperándolos un buen rato. Me parece mal que tomen un viaje mientras están completando otro y me parece peor que se comprometan a hacerlo ¡cuando están a casi 30 minutos de distancia!, para que, al final, sólo dispongan de tu tiempo y te cancelen, pero ni siquiera sé conducir y tengo que aguantarme. 

El conductor de Uber me envía un mensaje preguntándome si pagaré con efectivo o con tarjeta de débito. Le contesto que pagaré con tarjeta, y en ese preciso momento me llegan al teléfono varias notificaciones de correos electrónicos y de mensajes por Whatsapp que debo contestar. 

Cuando termino de contestar todo lo que debo contestar, ya han transcurrido cinco minutos desde que pedí el viaje. Reviso el estatus en mi teléfono. El conductor no contestó mi mensaje y el mapa de la aplicación de Uber muestra que el vehículo continúa en el mismo sitio en el que se encontraba hace cinco minutos: el conductor no se ha movido un solo centímetro. Le marco por teléfono para preguntarle qué pasa. No responde. Insisto un par de veces más, y él sigue sin contestar. Le pido que cancele el viaje, sabiendo que continuará ignorándome.

Maldigo mi suerte y maldigo al conductor. Quisiera ser más positivo, pero he tenido más experiencias negativas que positivas con los conductores de Uber y de taxis. Por si fuera poco, repentinamente se ha nublado y parece que lloverá en cualquier momento. Podría caer una tormenta y poner en riesgo el estado del equipo. A esta racha de eventos desafortunados se suma un repentino calambre en el estómago. También reparo en que me siento terriblemente cansado y en que tengo hambre. Me desperté a las 3 de la mañana a ver un juego de futbol por televisión –la selección de futbol varonil ganó la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos– y cuando acabó el partido traté de dormirme otro rato pero estuve alrededor de una hora y media sin poderme dormir (pensando, entre otras cosas, en lo fácil que sería trasladar el equipo desde la universidad hasta cualquier parte, si supiera conducir y si tuviera un automóvil) y luego dieron las seis y media de la mañana y me levanté a correr cuarenta minutos y luego me bañé y me vestí y tuve una reunión por Zoom a las ocho y media de la mañana y apenas me dio tiempo para desayunar antes de salir de la casa. 

Cancelo el viaje y solicito otro servicio. Me da lo mismo la advertencia de Uber diciéndome que me cobrará una comisión. Es inaudito, pero ya tendré tiempo para levantar una queja. 

A los pocos minutos, cuando el viento sopla muy fuerte y la lluvia parece inminente y he tenido que volverme a poner la chamarra, otro conductor toma el viaje y la aplicación dice que él se encuentra a cuatro minutos de distancia. Casi al mismo tiempo en el que veo la luz al final del túnel, el calambre que sentía en el estómago regresa con una feroz intensidad. Tengo algunas semanas tomando medicamentos que ocasionalmente me hacen sentir más mal que de costumbre, y no podía ser más oportuna esta molestia, pero hago acopio de paciencia y escarbo en mi cabeza en busca de pensamientos positivos: quiero creer que este conductor sí llegará a tiempo. 

miércoles, julio 21, 2021

¿En qué pienso cuando estoy corriendo?


Es el tercer día de esta semana que salgo a correr. Es tan temprano que todavía no sale el sol. A diferencia de las mañanas anteriores, no me acompaña mi esposa, así que decido cambiar un poco la rutina. En lugar de correr alrededor de la cancha de basquetbol junto a la escuela, decido hacer un recorrido diferente y más largo, y comienzo a trotar alrededor de uno de los jardines del fraccionamiento. Apenas llevo unos cuantos metros recorridos, cuando veo a un pastor alemán. El perro es majestuoso: grande, fuerte y de color pardo. Muerde con entusiasmo una pelota roja y la aprisiona con sus patas delanteras. No necesito hacer un profundo análisis de la situación para darme cuenta de que el perro fácilmente podría acabar conmigo, si decidiera atacarme. No trae cadena y afortunadamente está tan entretenido con la pelota que no se ha percatado de mi presencia. 

Bajo el ritmo de mis pasos y echo un vistazo alrededor en busca de su dueña o dueño. A unos metros de mí, hay un tipo como de mi edad paseando a un San Bernardo con cadena. El San Bernardo me remonta automáticamente a Cujo –el protagonista de la novela de Stephen King– y trae a mi memoria algunas escenas de la película que vi cuando tenía seis o siete años. Fue una experiencia rara. Mi hermano empezó a tener síntomas de asma por aquellos días y hasta la fecha me resulta imposible no sentir algo desagradable, cuando recuerdo la escena en la que el niño asmático está encerrado en el auto de su mamá, quedándose sin aire –no tiene su inhalador a la mano y ha pasado mucho tiempo encerrado–, mientras el San Bernardo ladra y se lanza contra las ventanas. 

El San Bernardo que veo en el jardín, también me hace recordar aquella ocasión en la que escribí un texto basado en mis impresiones infantiles de la adaptación al cine de “Los niños del maíz” –también vi la película cuando era un niño y, sobre todo, me impresionó la escena de la cafetería en la que los niños satánicos le trituran una mano a un adulto en una licuadora–. Envié ese texto a un concurso literario –los premios eran una colección de novelas de Stephen King y un librero– y, obviamente, no gané. Lo peor es que ni siquiera estoy seguro de que alguien haya leído mi texto. Tengo la impresión de que es una pérdida de tiempo concursar por esta clase de premios. Supongo que necesitas tener contactos o estudiar una licenciatura en una universidad privada, o formar parte de algún círculo literario, o conocer a alguien del jurado que dará los premios, o tener una madrina o un padrino que avale lo que escribes, para que alguien lea tus textos. Esta idea me hace recordar que concursé dos veces en dos ediciones de un premio de novela, con la misma novela. La primera vez que concursé, mi novela no era tan atractiva. Creo que el lenguaje no era tan bueno y que la trama no estaba bien estructurada. (Tenía algunas salidas fáciles y, definitivamente, carecía de un estilo propio.) La segunda vez que concursé, envié esa misma novela corregida y aumentada. La re-escribí durante una larga huelga en la universidad. Además de que me obsesioné con la narrativa y de que estuve revisándola y re-escribiéndola compulsivamente, todo esto ocurrió más o menos en un punto en el tuve que pedir dinero prestado para sobrevivir y en el que apenas tuve lo suficiente para enviar la novela por mensajería a las oficinas de la editorial. Cuando estalló la huelga, tenía un mes en mi nuevo trabajo y, en la medida de mis posibilidades, continuaba con mis labores en casa, sin percibir ningún ingreso y pagando puntualmente las rentas y los gastos corrientes de dos adultos y de tres gatos. La huelga se prolongó y parecía no tener fin. Aunque la trama de la novela no tiene nada que ver con un profesor que se muda a una nueva ciudad y que atraviesa una huelga en la universidad en la que recién lo han contratado, la desesperación, la angustia, la desesperanza y la frustración provocadas por la incertidumbre de la huelga, quedaron reflejadas en la novela. De todas formas, aunque puse mi corazón en esa novela –no encuentro palabras más precisas para describirlo– y sé que no soy el mejor escritor –no puedo escribir las 24 horas del día, los 365 días del año–, estoy seguro de que ningún integrante del jurado, la leyó. La primera vez que concursé, dos sujetos ganaron el premio. Era algo inaudito porque siempre había habido un solo ganador por edición, pero lo más inaudito, sin embargo, fue que uno de los ganadores escribió su novela con una beca del FONCA (el premio estaba dirigido a escritores jóvenes y supuse, erróneamente, que no tenían cabida aquellas personas que ya habían escrito un proyecto literario para que el FONCA lo financiara), y, por si fuera poco, en la ceremonia de premiación, este ganador fue felicitado por un miembro del jurado que lo conocía a nivel tan personal que incluso sabía el nombre de su esposa y el nombre y la edad de su hijo pequeño. La segunda vez que concursé por este premio, ganó una escritora con una novela tan corta que ni siquiera cumplía con el requisito mínimo de páginas estipulado en la convocatoria del concurso. Ella había tenido una incursión en medios de comunicación. Tras haber sido declarada ganadora del premio, en una entrevista dijo haber sido “amadrinada” por una escritora de reconocido prestigio con quien había cursado un taller de creación literaria en Estados Unidos. En esa entrevista también dijo que su madrina le había recomendado participar en el concurso. 

Después de hacer este recorrido mental a través de los oscuros túneles de mis frustraciones, vuelvo a fijarme en el pastor alemán. El perro continúa entretenido con su pelota entre las patas delanteras, y me cuesta trabajo creer que, en unos cuantos segundos, podría aburrirse de la pelota, notar mi presencia y atacarme. Tengo la impresión de que mi ritmo cardiaco se ha acelerado. He recordado algunas partes de la novela de Cujo; particularmente, las páginas en las que el protagonista ataca a su primera víctima. Respiro profundamente y trato de desviar mis pensamientos. Intento pensar en aquel momento en el que leía esta novela hace más de ocho años. Estaba tumbado en la playa, escuchando a través de los audífonos a Chelsea Light Moving y bebiendo una cerveza junto al Mar Caribe. No puedo creer que haya pasado tanto tiempo desde la última vez que fui a la playa.

Más allá, del otro lado del jardín, cerca de los juegos infantiles, trotan un par de mujeres. Platican entre sí, pero detectan al perro y reducen la velocidad de sus pasos. Luego me miran de un mal modo, como si creyeran que yo soy el irresponsable dueño del pastor alemán, así que estoy casi seguro de que ninguna de las tres personas que acabo de ver está a cargo del perro. Han pasado menos de treinta segundos. Me sorprende todo lo que he pensado en este tiempo. Estoy a unos diez metros del perro y estoy a punto de dar un giro de 180 grados, cuando otro perro cruza mi mente.

Unos vecinos de mis papás tenían un perro de pelaje café-dorado claro. Tenía ciertos rasgos de golden retriever, pero, principalmente, era una mezcla de varias razas de perros y parecía un perro callejero. Era agresivo y generalmente estaba echado afuera de la casa de sus dueños, que quedaba a tres casas de la casa de mis papás; cuando alguien pasaba cerca de él, le ladraba, lo perseguía e intentaba lanzársele encima. A este perro le decían “el cojo” porque le faltaba una de las patas delanteras. Según algunos rumores de los vecinos de la colonia, había perdido la pata al lanzársele encima a un automóvil en movimiento. Otros vecinos decían que la había perdido porque lo había atropellado un camión de pasajeros, mientras cruzaba una avenida transitada. Independientemente de cuál fuera la verdad, el hecho es que el perro estaba cojo y que, a juzgar por su ímpetu, estaba así porque atacaba sin discriminar entre personas y vehículos. 

Cuando lo veía tumbado en la puerta de la casa de sus dueños, prefería evitarlo y le daba toda la vuelta a la cuadra. Ya había visto que bastaba que alguien se acercara a unos diez metros de su territorio para que le ladrara ferozmente. A pesar de lo anterior, una vez cometí el error de confiarme. Mis papás me habían mandado a comprar algo a la tienda. Volvía a la casa, a pie, con las dos manos ocupadas con las bolsas de las compras. Estaba cansado y no quería dar toda la vuelta a la cuadra. Pasé sigilosamente a unos seis o siete metros del cojo –por la banqueta del lado opuesto a la casa de sus dueños– y, como era de esperarse, el perro me ladró. En unos cuantos segundos, me persiguió y se me lanzó encima. Aprisionó una de mis piernas con su mandíbula, sentí sus colmillos de lobo adentrarse en la mezclilla de mis pantalones y el peso de su cuerpo convertirse en una extensión de mi pierna. Cuando intentó morderme la pierna con más fuerza, tuve quitármelo de encima. No sé qué hice exactamente, pero creo que sacudí mi pierna y que él retrocedió y que paulatinamente dejó de aprisionar mi pierna con su mandíbula. Después no recuerdo bien qué pasó –probablemente tanto él como yo quedamos sorprendidos–, pero logré llegar sano y salvo a la casa de mis papás. Aunque la experiencia no me llevó al antirrábico ni tuvo un desenlace fatal, actualmente, cada vez que paso cerca de un perro sin cadena, la imagen del cojo atacándome llega a mi cabeza, y es por eso que no me confío de ningún perro. Les tengo respeto y temor al mismo tiempo. 

El pastor alemán que juega con la pelota en el jardín, también me remonta a una nota que leí hace unos días en Internet. El escritor de la nota había contraído Covid-19 y relataba su dolorosa experiencia con el virus. Leo sus columnas quincenales de vez en cuando –he leído un par de novelas suyas– y estoy al tanto de que ha estado cuidándose y de que nunca había dado positivo al virus. Según su columna, el único hábito que no ha abandonado durante la pandemia es salir a correr con sus cinco perros, y una mañana salió a correr al mismo lugar de siempre, pero un perro suelto apareció de pronto y atacó a uno de sus perros más pequeños. El pequeño perro del escritor sangraba profusamente y otro de sus perros se le lanzó al perro suelto y de esta forma le salvó la vida al perro pequeño. Quién sabe qué pasó con el dueño del perro suelto, pero el hecho es que la sangre que manaba profusamente del cuello del perro impresionó tanto al escritor, que descuidó todos los usos y costumbres que había llevado a cabo durante la pandemia. El escritor llevó al perro herido al veterinario y acabó auxiliando al veterinario en un pequeño recinto de la clínica, durante más de una hora y media. Días después del atentado, el escritor comenzó a tener síntomas de Covid-19. Casi al mismo tiempo en el que le daban los resultados de la prueba contra el virus, el veterinario –sin saber que el escritor había estado teniendo síntomas– se comunicó con él y le recomendó prestar atención a su salud, pues varios empleados de la clínica en la que habían tratado al perro herido –incluyendo al mismo veterinario– habían dado positivo a Covid-19. La gravedad del asunto no para aquí: según relata el escritor, él mismo ya había recibido una vacuna contra el Covid-19. 

Mientras, finalmente, me alejo del pastor alemán que continúa entretenido con la pelota entre sus patas, me pongo a pensar en que la trágica experiencia que atravesó el escritor fue detonada por el ataque de un perro suelto sin dueños a la vista, y maldigo a todos los irresponsables dueños de los perros de todo el mundo, y decido regresar a la rutina del lunes y del martes: me dirijo a la cancha de basquetbol junto a la escuela.

No han transcurrido ni cinco minutos desde que empecé a correr. Es sorprendente todo lo que uno puede recordar en tan poco tiempo.

martes, julio 13, 2021

El Salvaje | Guillermo Arriaga (2016)


Tal vez se deba a que desconfío de las recomendaciones de libros –especialmente, cuando el autor está “en boca de todos” y me lo recomienda un lector que, a juzgar por el contenido de sus publicaciones en redes sociales, no necesariamente es muy selectivo– o tal vez se deba a que soy mamón, pero leí esta novela de 693 párginas porque varias personas me recomendaron al autor, y no me gustó. 

Aunque la narrativa es rica en recursos literarios –desde los apartados en los que aparecen algunas definiciones etimológicas de tres o cuatro conceptos relevantes para la trama, hasta breviarios culturales del mundo griego de la antigüedad, tales como la acusación de Melito contra Sócrates y el contexto de la teoría de los humores de Hipócrates, o el misticismo que rodea a las muertes infantiles en ciertas tribus africanas–, no necesariamente apruebo todos los recursos empleados en El Salvaje. Algunos de ellos, me parece, están de más. (Aunque sí creo que un escritor debe escribir sobre los temas que sabe, no creo que eso signifique que una sola novela sea el espacio propicio para hacer alarde de todo lo que sabe el escritor: debe haber un equilibrio entre recursos prescindibles, recursos necesarios y contenido esencial). 

La trama, por otra parte, engancha rápidamente al lector –basta con haber leído un par de capítulos para “querer más” y descubrir cómo se solucionará tal o cual encrucijada planteada magistralmente por el autor– y tiene un desarrollo bien elaborado, tanto cronológica como estructuralmente; sin embargo, a mi parecer, también posee ciertas lagunas y salidas fáciles.

A pesar de que Juan Guillermo –el protagonista– no cumple la mayoría de edad y de que vive en un barrio marginal (esto podría ser secundario, pero el detalle con el que Arriaga hace hincapié en este tema, deja claro que su intención es ponerlo en primer plano) y pierde de manera trágica a su familia y queda desamparado –prácticamente, en la orfandad–, y a que estas circunstancias podrían llevarlo a tener una vida ominosa –como ocurre con la mayoría de la gente que atraviesa circunstancias remotamente similares–, al final, no sólo es resiliente, sino que es capaz de debatir de tú a tú con los abogados más prestigiosos del país (habiendo decidido dejar los estudios, antes de ingresar a la preparatoria), e incluso es capaz de domar a un lobo –¡no es una metáfora!–, y, por si fuera poco, se vuelve millonario en un par de capítulos y ya no tiene por qué preocuparse por nada, por el resto de su vida. (¿Acaso el dinero es suficiente, para que todos los problemas desaparezcan...?)

Más allá de que la trama está estupendamente bien contada –transcurre en algún punto de la década de 1960, con Hendrix y The Doors como la música de fondo de persecuciones entre policías, fanáticos religiosos y narcotraficantes en las azoteas de casas de peligrosas colonias de Iztapalapa, cuyos habitantes igual pueden realizar turbios negocios con chinchillas y con drogas ilícitas, que visitar cementerios de autos en ciudades perdidas, o hacerle la vida imposible a las autoridades de mente cerrada de escuelas privadas de la alta sociedad... o recorrer durante semanas las interminables autopistas congeladas en los inhóspitos confines del Yukón–, no entiendo cuál es la necesidad del autor por encontrarle una salida fácil a la pobreza y a las tragedias. 

Tal vez esté siendo muy exigente, pero así es como lo veo: Juan Guillermo vive en un barrio marginal y se quedó sin familia; no estudia ni trabaja; su familia no es millonaria; las tragedias lo han dejado desamparado, económica y emocionalmente; sin embargo, sin perder la actitud rebelde de un joven que creció en un país gobernado por Díaz Ordaz, es uno de los dos o tres adolescentes más cultos de la Ciudad de México. A lo mejor todo esto es posible, si creemos que la pobreza es sólo un problema que está en nuestras mentes y que podemos dejar atrás, si nos lo proponemos, si somos suficientemente resilientes o si contamos con un poco de suerte. A lo mejor, el autor así ve la pobreza –“por encima”, “en el papel”– porque nunca la ha padecido, y porque ha vivido en un círculo social al que llegan historias sórdidas. Quién sabe. Esta “aproximación a la pobreza” me desconcierta un poco, pues los guiones que ha escrito son contundentes justamente porque no tienen salidas fáciles ni finales de Walt Disney –príncipes azules y princesas rosas. Tal vez Arriaga se aburrió de escribir historias sórdidas. Tal vez Juan Guillermo es su álter ego.


***

Guillermo Arriaga nació en la Ciudad de México (1958), estudió la licenciatura en psicología y una maestría en la Universidad Iberoamericana; es escritor, y director (The Burning Plain, 2008) y productor de cine. Dentro de su obra literaria se encuentran las novelas Escuadrón Guillotina (1991), Un dulce olor a muerte (1994) y Salvar el fuego (2020); y los guiones de las películas Amores Perros (2000), 21 Gramos (2003) y Babel (2006). 

jueves, julio 01, 2021

Interruptores, distractores

Apenas sales del último sueño y abres los párpados y sientes cómo el frío se pega a tu piel como una estampa glutinosa, cuando ves las colas erguidas de los gatos paseándose alrededor de la cama. El mayor de los tres ya no soporta el ayuno y maúlla de un modo que te hace suponer que está sufriendo un dolor indescriptible, así que decides levantarte de la cama y acabar con su sufrimiento y bajar con ellos tres a la cocina y abrirles una lata de Friskies y servirles una porción a cada uno, en cada uno de sus platos.

Los observas precipitarse sobre sus platos individuales y saciar su apetito con la comida blanda de un modo sui generis, y verificas que, como todas las mañanas, el agua del plato en el que beben los tres está sucia, y la cambias; luego te sirves agua en un vaso y estás a punto de beberla, cuando tu cerebro –específicamente, el tálamo, el hipotálamo y la corteza cerebral– se comunica con tus riñones y se encarga de poner en alerta a tus sistemas sensoriales especializados en darte la señal de que ya no puedes aplazar un segundo más la satisfacción de tus necesidades corporales. 

Después de orinar y de tener la sensación de que han transcurrido horas invaluables, te lavas las manos y la cara, y luego te metes en la recámara en la que trabajas cuando estás en la casa, y te sientas frente al escritorio y enciendes la computadora, dispuesto a escribir sobre esa idea que ha estado dando vueltas en tu cabeza desde que abriste los párpados. Bostezas y te estiras en la silla de oficina que compraste hace apenas dos años y no tardas en darte cuenta que el cojín del asiento se ha gastado en exceso, como consecuencia de los estragos de las largas jornadas de trabajo durante la pandemia. 

Mientras continúas esperando a que todos los programas esenciales del sistema operativo de la computadora carguen apropiadamente, pones a prueba la capacidad de acomodación de tus cristalinos y enfocas y desenfocas objetos al azar en la recámara y terminas repasando mentalmente las figuras y los acordes de la canción que has estado practicando en la Jazzmaster durante la semana. Así como cuando permanecías de pie junto a la taza del baño, tienes la impresión de que han transcurrido horas invaluables. 

Unos instantes previos a ese momento en el que te visualizas abriendo el archivo de Word en el que has estado escribiendo en tus ratos libres desde el primer día del 2021, cuando crees que tu paciencia ya está a punto de extinguirse, un millón de notificaciones comienzan a inundar la pantalla de la computadora: un correo electrónico que te invita a consultar el tweet “imparcial” de un líder de opinión, en el que hace un concienzudo análisis –¡en menos de 140 caracteres!–, sobre el desabasto de medicamentos para enfermos terminales, omitiendo citar de cuál partido político es militante y cuál es su conflicto de interés en la situación; un correo electrónico advirtiéndote que la oferta de la suscripción anual al Washington Post está a punto de expirar, e insinuándote que si no la haces válida, te perderás las encomiables críticas de Loret de Mola al “zar de la pandemia” y al “remedo de presidente populista que está llevando a México a su peor crisis económica y política”; un correo electrónico de Frantastique, recordándote que puedes obtener un gran descuento en la suscripción anual, si convences a cierto número de usuarios de que es la mejor plataforma para aprender francés de un modo divertido y fácil; tres correos electrónicos de las súper ventas de verano de tres distintas tiendas en línea que no te puedes perder, excepto si eres un idiota; un correo electrónico para invitarte a la presentación del libro de un escritor joven, en el Facebook Live de Librerías Gandhi, a las 19: 00 horas, para que escuches a los amigos del autor adular al autor y para que ellos te digan, inconscientemente –pero en un tono ameno e informal–, cómo su pequeño círculo social les ha permitido convencerse de que las trivialidades de sus vidas son dignas de ser publicadas y de ser consideradas obras representativas de la literatura hispanoamericana; un correo electrónico con consejos para tener éxito como freelance en distintos medios digitales, a cambio de una pequeña inversión que recuperarás en unas cuantas semanas; un correo electrónico sobre las recomendaciones del mes de Penguin Random House, en las cuales destacan los libros de dos o tres autores que tienen un sospechoso vínculo con los Krauze y con Aguilar Camín, que, al final, probablemente, serán adquiridas, sin ningún cuestionamiento, por unos cuantos ávidos lectores que quizá se tienen en un concepto de personas cultas que no corresponde mucho con la realidad; un par de correos electrónicos de Research Gate que te informan sobre la cantidad de académicos de Estados Unidos, de Europa y de Sudamérica que han consultado alguno de tus artículos de investigación original, o que incluso los han citado en sus propios artículos, en las últimas 24 horas; un correo electrónico de Linkedin, con un reporte que contiene información de los usuarios anónimos que han visitado tu perfil y una promoción temporal para usar el nivel Premium y descubrir que ¡en tan sólo un par de semanas! puedes encontrar una oferta que reúna los requisitos del trabajo de tus sueños...

Apenas sorteas todos estos distractores y finalmente te dispones a abrir el archivo de Word, cuando reparas en que la batería de la computadora se está agotando y entonces tienes que levantarte de tu asiento y buscar el cargador entre los diversos artículos dispersos en la recámara; cuando lo encuentras y lo conectas a la computadora y a la corriente eléctrica y, por fin, estás a punto de abrir Word, decides aprovechar la interrupción para buscar tu teléfono celular y su cargador. Después de encontrar ambos objetos en la sala, los conectas a la corriente eléctrica. Conforme verificas que el teléfono está cargándose apropiadamente –en ocasiones lo has dejado varias horas conectado a la corriente eléctrica y el porcentaje de la batería no ha llegado a cargarse ni al 25%–, tratas de imaginar cómo habrá sido la rutina de los ciudadanos de otros siglos, cuando ni siquiera había electricidad. ¿Habrán sido más productivos que nosotros?, ¿habrán sido más respetuosos, o más ingenuos, que nosotros?, ¿le habrán sacado mayor provecho a la luz del sol?, ¿habrán tenido menos problemas de insomnio?, ¿habrán sido más felices...?

Te encuentras en estos pensamientos, cuando el sonido de la campana de mensajes de Whatsapp inunda la estancia. Tienes que revisar quiénes se han estado intentando comunicar contigo, pues algunos de tus contactos son de suma importancia y deberías contestarles a la brevedad. El principal remitente es el dentista al que has contactado últimamente para que trate tu enfermedad periodontal; ha tardado varios días en responder a tus preguntas, dirigiéndose a ti como si fueras su súbdito, pero ahora tiene varios presupuestos para ti y ha inundado tu teléfono con docenas de mensajes que no paran. Por si fuera poco, más o menos insinúa que espera tu respuesta lo más pronto posible. No puedes dejar de reparar en el dolor en tus encías y que has tratado de ignorar desde que despertaste. Tampoco puedes evitar que tus prejuicios sobre el personal de salud que te ha atendido a lo largo de tu vida influyan en tu estado de ánimo. 

Otros mensajes provienen del chat de los vecinos del fraccionamiento. Ellos también ya comenzaron a hacer las preguntas que hacen todos los días: si el camión de la basura pasa hoy, si los jardineros podarán el talud hoy, si alguien tiene el número telefónico de algún plomero, si alguien tiene problemas con su proveedor de Internet... 

Apenas te desentiendes de todos los mensajes y crees que finalmente podrás escribir, cuando la computadora te exige actualizar algunos programas que rara vez utilizas. Al cabo de las actualizaciones, tus tripas gruñen y las náuseas del ayuno capturan toda tu atención. 

Todo mundo ha despertado en la casa, ya olvidaste esa idea que daba vueltas en tu cabeza y el impulso de la escritura te ha abandonado. Debes postergar tus planes, una vez más.
No puedes dejar de preguntarte cuánto tiempo transcurre desde que te levantas, hasta que puedes sentarte y ponerte a escribir. Tampoco puedes evitar sentirte frustrado y colérico. Tampoco puedes dejar de pensar en que la vida está llena de trivialidades y que debes aprender a disfrutarlas.  Tampoco puedes negar que desearías tener la capacidad de detener el tiempo... para hacer todas esas cosas que todos necesitamos hacer para mantenernos vivos, o para comunicarnos con los demás.

domingo, mayo 09, 2021

Ángeles Derrotados de Denis Johnson


En esta novela –no apta para lectores que buscan historias amables con protagonistas que luchan por su amor y que, tras vencer las adversidades, son felices para siempre–, Denis Johnson nos muestra una faceta oscura del “sueño americano”: esa vida que les toca vivir a cientos de ciudadanos estadunidenses que nacen en la pobreza y que no tienen grandes opciones para salir de la pobreza.

En largos trayectos por las autopistas de Estados Unidos, en moteles baratos en los que se hospedan traficantes de drogas, en terminales de autobuses atestadas de seres perversos y abusivos, en bares de Chicago donde lo único que importa es conseguir dinero para emborracharse hasta olvidarlo todo y en suburbios de Phoenix en los que parece que ni siquiera los domingos nadie tiene la conciencia tranquila, Jamie y Bill se enredan en una relación co-dependiente y destructiva. 

Ella, necesitada de afecto y de protección, se deja arrastrar por la vorágine del alcoholismo de Bill; Bill, convencido de que su existencia no tiene sentido, se deja arrastrar por sus propios demonios. 

jueves, abril 08, 2021

8 de abril de 1994

                     




En cuanto cerraste la llave de la regadera, Courtney llamó a Eric Erlandson y le pidió que tomara la cámara de video y que los filmara mientras te afeitabas frente al espejo. No te habías afeitado en varios días y Courtney no se había cansado de decirte que te veías como Jim Morrison en las portadas de los últimos álbumes de The Doors. 

Te sentiste incómodo –te preguntaste desde cuándo habías aceptado que el ex de tu esposa fuera tan cercano a los dos, como para que pudiera grabarlos en el baño de la casa–, pero le seguiste la corriente a Courtney: te pusiste una bata y comenzaste a afeitarte.

Cuando te quitaste la barba y te quedó solo el bigote, te pareció que te veías como Chris Cornell y entonces te pusiste a cantar el coro de una canción de Soundgarden, mientras tu esposa lamentaba que hubieras perdido tu look de Jim Morrison y te suplicaba que al menos te dejaras el bigote unos cuantos días.

Cuando Erlandson apagó la cámara de video, dejaste de cantar y tu semblante cambió de un modo apenas perceptible. Miraste fijamente tu reflejo en el espejo durante unos cuantos segundos y tu imagen te hizo pensar en la toma que cierra el video con el que MTV catapultó a tu banda al estrellato. Te costó trabajo aceptar que no habían transcurrido ni siquiera tres años desde entonces.  

Sacaste un poco de aire por la boca, como si eso te hubiera permitido sacudirte esos recuerdos que aún te hacen dudar si eres un punk que odia a los codiciosos ejecutivos de las disqueras, o si eres una estrella de rock que se ha vendido y que se ha convertido en un cliché. 

Luego abriste la llave del agua y dejaste que el chorro de agua le quitara los residuos de crema para afeitar al rastrillo. Recordaste aquellos años en los que tu banda hacía giras infernales por la Costa Oeste de Estados Unidos, obteniendo como pago un cartón de cervezas después de haber tocado en bares en los que no había ni treinta personas escuchándolos, golpeaste el rastrillo contra el lavabo y después lo levantaste hasta tu rostro. 

Mientras el bigote iba desapareciendo y poco a poco te convertías en el rostro que tus admiradores han visto decenas de veces en MTV y en las portadas de Rolling Stone y de Kerrang!
, escuchaste las risas de tu esposa y de Erlandson. Parecían provenir de la sala. Te preguntaste, de nuevo, desde cuándo habías aceptado que el ex de tu esposa fuera tan cercano a los dos. Tuviste una epifanía: prácticamente los tres vivían en la misma casa. 

Te pasaste una toalla por el rostro recién afeitado, tomaste un poco de aire –como si estuvieras preparándote para personificar al líder de una banda que había viajado por todo el mundo y que había tocado en los festivales más importantes del mundo– y saliste del baño. 

Courtney y Eric compartían un cigarrillo, sentados junto a la ventana. Te acercaste a la mesita de centro. Recordaste que Courtney se había aferrado a comprársela a una mujer que vivía en Beverly Hills. Recordaste que esa mujer se había rehusado a venderles esa mesita a ustedes dos, porque los había catalogado como “un par de hippies sin oficio ni beneficio”. Courtney había conseguido que un ejecutivo de Geffen la adquiriera. 

Tomaste un Marlboro de la cajetilla que habías dejado allí la noche anterior. 

Le pediste fuego a Erlandson y le diste una larga chupada al cigarrillo y continuaste mirándolos. Te preguntaste cuántas veces, antes de que Hole se convirtiera en una banda más o menos conocida, en la época en que Courtney y Erlandson eran novios y vivían en un estudio en Los Ángeles, se habían acostado. Te preguntaste si aún había algo entre los dos. 

Tú sólo sabías que habían tenido una relación hacía mucho tiempo y no le habías dado importancia, pero recordaste que Eric te había confesado –en los camerinos de algún concierto con los Red Hot Chili Peppers y con Pearl Jam– que Courtney había roto con él porque no quería que la prensa supiera que la cantante y el guitarrista de Hole eran amantes. Ella suponía que esa información le restaría credibilidad a su banda.

Le diste otra chupada al cigarrillo y luego hiciste un cálculo y llegaste a la conclusión de que, cuando conociste a Courtney, en ese concierto de los Butthole Surfers del que la prensa habla, Eric y ella seguían siendo novios, aunque ella te había dicho que no tenía pareja.

Contemplaste el cigarrillo en tus manos. La ceniza se estaba acumulando y te acercaste a depositarla en el cenicero que estaba en la mesita de centro. 

Ibas a preguntarles cuándo se habían conocido y cuántos años de amistad había entre los dos, y estabas a punto de confesarles que no entendías cómo habías llegado a aceptar que Eric fuera tan cercano a Courtney y a ti y que fuera normal que pudiera filmarlos con una cámara de video mientras te afeitabas frente al espejo, cuando Courtney te arrebató el cigarrillo e interrrumpió tus pensamientos. 

“No puedes rechazar la oferta de Lollapalooza”, te dijo. 

Dejaste escapar el humo del cigarrillo por la nariz.

En los últimos meses, habías pensado en terminar con tu banda, habías considerado internarte en Exodus y habías deseado tomarte un año sabático y trabajar en tu carrera solista. Ya tenías algunos planes con Michael Stipe. Estabas convencido de que podías componer canciones de blues o country, similares a las de Neil Young.

Estrujaste el cigarrillo contra el cenicero y les dijiste a Courtney y a Erlandson que necesitabas quedarte solo el resto de la tarde. 

Tres meses después –el viernes 8 de abril de 1994–, un electricista 
hallará tu cadáver en el invernadero de tu casa de Lake Washington. Tu esposa lo habrá contratado para que instale un sistema de seguridad. Al principio, el electricista creerá que tu cuerpo es un maniquí. 

Tu cuerpo estará tendido en el suelo, boca arriba. Tendrás una Remington en el pecho y te encontrarás en tal estado de descomposición, que los forenses calcularán que tienes tres días muerto. 

El sábado 9 de abril, la policía de Seattle declarará que te suicidaste con un disparo de escopeta en la boca y cerrará el caso. Tu muerte inspirará varias películas y documentales y libros, y yo estaré escuchando tu música y escribiendo sobre estos eventos, 27 años después, en un blog que a nadie le importa. 

domingo, marzo 28, 2021

Resurrección de Jaime Mesa


En esta novela, Jaime Mesa explora la violencia, el odio, la traición y la muerte, a través de la perspectiva de los integrantes de tres generaciones de hombres de un pueblo llamado San Juan Betulia. 

Los protagonistas –el abuelo, el hijo y el nieto– son arrastrados por la vorágine del narcotráfico. Primero, el abuelo, por falta de trabajo, para sostener a su familia, debe involucrarse en actividades ilícitas que lo llevan a destacarse como sicario y, paulatinamente, a convertirse en líder de un cártel y en una leyenda viviente; luego, el hijo, hereda este inescapable estilo de vida que descubre que trae en la sangre cuando la vida de su propio hijo está en riesgo y crea su propia historia, buscando cobrar venganza con los enemigos de la familia y esperando que sus actos le permitan tener a su hijo una mejor vida que la suya que le permita morir y no ser asesinado. 

Los rumores acerca de las hazañas del abuelo y del hijo se esparcen con tal poder en el pueblo, que ni ellos mismos son capaces de distinguir entre la realidad y la ficción.

lunes, marzo 22, 2021

La noche en la zona M | Alberto Chimal (2019)


Es el futuro, dentro de varios siglos. El mundo, tal y como lo conocemos, se ha caído. México ya no es México, sino un territorio conformado por sub-territorios gobernados por bárbaros que conquistan a otros sub-territorios. La gente de Chapultepec, aborrece a la gente de El Centro. Los de Azcapotzalco, o los de Buenavista, hacen negocios con los sub-territorios que les convienen. Los Jefes de El Centro y de Chapultepec pelean a muerte. Todos temen a “los troceados”, que habitan las zonas M, las zonas que no son de nadie. 

Los recursos no renovables se han agotado y la gente sobrevive desempeñando labores monótonas y esenciales para optimizar el agua y la comida. Todo se recicla, incluso los cadáveres. Las leyendas y los mitos que esparcen los Jefes de cada sub-territorio y sus soldados, mantienen a sus habitantes enajenados y condenados a una vida de esclavos. 
La gente vive pocos años y teme a lo desconocido, como al principio de la historia de la humanidad. 

Los vestigios de la tecnología son un tesoro. Las protagonistas se encargan de almacenar toda la información de la civilización que van encontrando en tianguis en los que se trafica toda clase de enseres y artefactos de otra época. 

Esta novela te hará reflexionar sobre la viabilidad de ese futuro que estamos creando, mientras recorres las calles de la Ciudad de México y las imaginas a través de los ojos de un grupo de habitantes de un mundo post-apocalíptico que nunca conocieron la Ciudad de México, tal y como tú la conoces. 

domingo, diciembre 20, 2020

20 de diciembre del 2020



Es un domingo inusual
Es el 20 de diciembre del 2020
Es un domingo tan inusual que incluso he despertado de un sueño tibio
Es un domingo tan inusual que incluso las pesadillas me han dejado en paz
Incluso mi esposa y yo hemos despertado al mismo tiempo
Incluso los gatos toleraron el ayuno y se quedaron en la cama y se volvieron a dormir
Incluso mi malestar gástrico de todas las mañanas no ha venido a fastidiar

Es un domingo muy inusual
He permanecido en la cama después de las 6 de la mañana
He conversado con mi esposa después de las 7 de la mañana
He calentado agua y me he tomado tranquilamente un té de tila después de las 8 

Es mi cumpleaños

jueves, diciembre 17, 2020

Compulsivo


Sentir el pecho ardiendo en llamas
Como si una corona de espinas fuera creciendo en tu corazón

Dar vueltas en la cama infinitamente
Como si estuvieras remando en un océano en busca de tierra firme

Sentir que la cabeza es una granada a punto de estallar
Como si cada idea fuera uno de los mecanismos que activan una bomba

Cerrar los párpados para anegarse de oscuridad
En la oscuridad de tus obsesiones
Abrir los párpados para respirar la misma oscuridad al desnudo

Levantarse de la cama
Absorber el frío para apaciguar el incendio en tu cerebro
Como si fuera un vaso de agua y como si tuvieras sed diabética

Tratar de ignorar los pensamientos de toda la noche
Caminando con los pies descalzos en la helada loseta
Orinar durante tres minutos ininterrumpidos en el baño
Escuchar tus vísceras exigiéndote acabar con el ayuno

Revisar el teléfono maldito en busca de malas noticias
Encontrar desconocidos que son expertos en tus defectos y en tus ambiciones
Encontrar idiotas que repiten como máquina contestadora lo que dicen otros idiotas
Encontrar enemigos a la vuelta de la esquina de cualquier publicación en redes sociales
 
Encender la computadora, esperar a que carguen todos los programas que usas
Y adentrarse en la monotonía de los últimos pésimos días de pésimas noticias 

miércoles, noviembre 25, 2020

Adiós, Diego



Tengo 9 ó 10 años, es el verano de 1990. 

Mi papá mira el televisor. Brasil enfrenta a Argentina en Turín. 

Los brasileños han dominado todo el partido. 

Goycochea –el portero argentino que sustituyó a Pumpido en el juego contra los soviéticos en el que se fracturó una pierna– ha tenido suerte. 

Maradona de repente toma el balón en medio campo y esquiva a varios brasileños que intentan detenerlo a como dé lugar. 

Los comentaristas no han parado de decir que él está lesionado, que él está jugando infiltrado, que él ha tenido problemas con su tobillo izquierdo, pero aún así es tan hábil que parece un jugador de otro planeta. 

Han bastado treinta y tantos segundos para que Diego aparezca y le dé un pase a 
a Caniggia. 

Caniggia está solo frente a Taffarel y lo esquiva y envía el Etrusco al fondo de las redes. 

Argentina elimina a Brasil en los octavos de final. 

jueves, noviembre 12, 2020

Jimi Hendrix: Empezar de cero


Este libro te va a gustar, si estás interesado en conocer más de lo que podrías encontrarte en Wikipedia sobre la vida y obra de Jimi Hendrix. Sin embargo, aunque es un trabajo periodístico muy profesional que supuestamente está basado en una idea original de Jimi para hacer un documental sobre su propia vida, también podrías odiarlo... sobre todo, si crees que sabes más de Hendrix que el mismo Hendrix... o si eres una persona radical y estás convencida de que nadie tiene derecho a escribir sobre los muertos, y crees que la única razón por la que alguien podría leer este libro es porque tiene 15 años y está obsesionado con “el club de los 27”. 

A partir de información tomada de los propios diarios de Hendrix y de extractos de decenas de entrevistas que le hicieron distintos medios, Empezar de Cero te permitirá tener contexto de los orígenes de algunas de las letras de sus canciones –como “Highway Chile” y “The Wind Cries Mary”–, sobre las ideas detrás de la estructura de sus álbumes –¿por qué Bold As Love fue un álbum tan experimental y por qué lo decepcionó tanto la recepción del público?– y sobre la influencia de sus saltos en paracaídas, en su etapa en el ejército, en su forma de ver la vida y de componer canciones.

A lo largo de más de 200 páginas, también te quedará claro por qué Jimi aborrecía a los ejecutivos de las disqueras, a las bandas como The Monkees cuyo único propósito era ganar millones de dólares y, en general, al público que iba con la corriente en Estados Unidos y que esperaba que The Jimi Hendrix Experience siempre tocara las mismas canciones y que él siempre incendiara su Stratocaster al final de los conciertos.
 
Por supuesto que también encontrarás un puñado de anécdotas sobre sus inicios como guitarrista de acompañamiento de grandes músicos de blues que no querían ser opacados por su presencia, cartas que él mismo le escribió a su padre o a algunas groupies, sus pensamientos sobre la ética y la creatividad artística, y sus reflexiones sobre los altibajos de The Experience cuando él y la banda se volvieron todo un suceso en El Reino Unido y todo mundo quería un poco de Jimi Hendrix y los integrantes se aburrieron de estar bajo su sombra y terminaron buscando nuevos horizontes.

Tal vez el final del libro te lleve a reflexionar: sus problemas financieros ocasionados por la inversión de una fuerte suma de dinero en la construcción de los Electryc Ladyland Studios y agravados por haberse resistido a salir de gira y a grabar álbumes año tras año, la formación de Band of Gypsys lo entusiasma, a pesar de que el público y las disqueras han ido perdiendo interés en él y en su música, y Jimi le confiesa a uno de los últimos periodista que lo entrevistó que se considera una persona libre y feliz y que está convencido de que no vivirá más allá de los 28 años. 

lunes, noviembre 02, 2020

Helada o hirviente


Tratas de templar el agua de la regadera
Y de ignorar las voces que te dicen qué estás pensando

El agua que cae sobre tu cuerpo impuro es como tu vida
Tampoco tiene puntos intermedios
Es negra o blanca o hirviente o helada

En la frontera del dolor de la vigilia y del placer de los sueños
Tus miembros se hinchan involuntariamente como un globo de sangre
Y los ves como un pescado que agoniza afuera del río
Y los sientes intentar aferrarse a la vida
Y sientes su dolor y lo respiras en tu piel

Algunos pensamientos vagos surcan tu cerebro adormecido
Algunos cuerpos vagamente deseados en el sueño emergen bajo la regadera
Destrozan la estrechez de la realidad y la monotonía
Como si la realidad y la monotonía fueran una botella de vidrio
Que se quiebra contra las baldosas del baño

El pescado se convulsiona violentamente en la palma de tu mano
El chorro de agua helada que cae de la regadera 
Y que inunda poco a poco tu existencia flotante en el limbo de otro día
Es el túnel de luz que lo guía a su propia muerte

Ahora te das una bofetada para despertar
Y tus ojos enceguecidos por el shampoo
Arden como una marca de hierro incandescente
En tu epidermis más sensible
En donde habitan los corpúsculos de Pacini
Y los corpúsculos de Krause

Lejos quedó esa chica que conociste en la secundaria
Y que parecía hacerle el amor a tus manos con sus manos suaves
En la penumbra de ese sueño que soñaste hace mil años
Y que súbitamente recordaste hoy
Cuando el agua hirviente de la regadera
Atravesaba tus manos y quemaba los resabios del sueño 

Tu miembro-pez recién pescado por la vigilia
Deja de convulsionarse conforme el agua
Muta nuevamente de helada a hirviente

Ahora piensas en la escritura de ese artículo
Que tienes escribiendo mil años
Visualizas un día más de escritura
Otras diez horas del día destinadas a su escritura
Tu pronóstico es que al final del día
Tal y como ha ocurrido en los últimos mil años
No habrá habido un gran avance

El agua continúa cayendo
Y es como tu existencia:
Negra o blanca
Hirviente o helada

jueves, octubre 22, 2020

La tristeza infinita


Recorríamos la Avenida Fray Servando y Teresa de Mier en el Jetta en el que mi papá me había intentado enseñar a manejar en tercero de secundaria. El tráfico era lento. Teníamos varios minutos detenidos en El Mercado Sonora. Resignado a que en algún momento acabaría el trayecto, conforme James Iha y D'arcy Wretsky cantaban la canción de amor superlativo que cierra Dawn To Dusk, me acomodé en el asiento junto a la ventana y me puse a mirar la calle. Hubiera preferido quedarme en la casa, en lugar de salir al Zócalo a ver las luces de Navidad. 

Cuando la canción terminó, saqué el cassette del walkman, le di la vuelta para reproducir el lado en el que había grabado Twilight To Starlight, volví a meterlo en el compartimento del cassette, le di play y le subí al volumen. 

Estaba en el último año de prepa y era un adolescente como cualquier otro adolescente que sólo escuchaba música y que no quería pensar en su futuro, ni salir a pasear con su familia. 

En ese momento, sólo quería concentrarme en la música para dejar de pensar en que faltaba poco tiempo para que entrara a la universidad. No quería pensar en que estudiaría una carrera que tal vez me aburriría pronto. Realmente nunca me había visualizado como psicólogo; más bien, la psicología había sido un punto intermedio entre mis intereses y las expectativas que mis papás tenían de mí. 

Ellos esperaban que yo estudiara Medicina (quizá yo los alenté cuando de niño les decía que sería cirujano). Yo quería ser escritor. 

(Puesto que en mi numerosa familia –conformada por decenas de personas que habían tenido que trabajar toda su vida para sobrevivir en distintos estados del país o que se habían condenado a vivir una vida que tal vez no deseaban porque se habían reproducido casi en cuanto sus órganos sexuales se los habían permitido–, sólo mi papá y uno de mis tíos tenían licenciatura, había sido complicado convencer a mis papás de que quería estudiar una carrera que parecía mucho menos redituable que Psicología; después de tantas discusiones con ellos, ni yo mismo estaba tan seguro de que mis intereses no fueran un capricho que desaparecería con la edad.) 

Cerré los párpados, como si de esa manera pudiera teletransportarme a cualquier otra parte, y me quedé medio dormido mientras la voz de Billy Corgan me decía a través de los audífonos del Aiwa que el amor era un suicidio. Sus palabras me provocaron escalofríos y me hicieron pensar en lo único que realmente me obsesionaba: tener una novia. 

Era 1996. Mellon Collie & The Infinite Sadness tenía poco más de un año de haber salido a la venta y yo tenía casi el mismo tiempo escuchándolo todos los días. También había descubierto a los Smashing Pumpkins hacía más o menos un año, en un concierto que había visto en MTV.

De ese concierto, lo primero que atrajo mi atención fue el tipo calvo que vestía pantalones metálicos que parecían de astronauta y una playera negra con la llamativa leyenda “Zero” en el pecho. Ocupaba el centro del escenario y cantaba peculiarmente y tocaba una Stratocaster. Luego me fijé en la mujer blanca de cabello corto que estaba a su derecha y que daba la impresión de estar en trance, ajena a la reacción del público y concentrada en escuchar las notas que emitía su bajo Fender. Después me fijé en el hombre de rasgos asiáticos que parecía algo introvertido y que tocaba una Gibson, a la izquierda del cantante. Detrás de todos, un impresionante baterista acompañaba con percusiones las tranquilas notas que emitían los tres instrumentos, mientras las luces del escenario parpadeaban entre tonalidades azules y una pantalla al fondo del escenario reproducía imágenes de la naturaleza que le daban a la canción una atmósfera oceánica. 

La canción transmitía quietud. Era como si fuera una droga hipnótica que surtía efecto lentamente y que erradicaba el insomnio con el que habías batallado toda tu vida. 

Poco a poco, la quietud de la canción se convirtió en una explosión en la que todos los instrumentos estallaron, al mismo tiempo que las luces del escenario, que las imágenes en la pantalla y que la furiosa voz del cantante que gritaba algo indescifrable.

Tuvieron que pasar algunas semanas o meses, después de haber visto el concierto por televisión, para que mi hermano y yo encontráramos el tercer álbum de los Smashing Pumpkins en un centro comercial y lo compráramos y yo supiera que el nombre de esa larga canción que iba de la quietud a la furia era “Porcelina of the vast oceans”.  

Además del último concierto que Nirvana tocó en Roma y del Outcesticide que tenía todos su lados B, la oportunista interpretación de “Smells like teen spirit” de Tori Amos y el decadente mensaje que Courtney Love había grabado para los admiradores de Kurt Cobain tras su muerte, Mellon Collie & The Infinite Sadness había sido casi lo único que había escuchado durante todo el último año de prepa, diariamente.

Lo escuchaba tanto que no sólo me sabía el orden de las canciones y los títulos de las canciones, sino que mi cerebro incluso ya había formado fuertes asociaciones entre ellas. Cuando transcurría el breve silencio entre una y otra, ya anticipaba los acordes de la siguiente canción. 

También me sabía de memoria las letras de las canciones. Creía que Billy Corgan me conocía mejor de lo que yo mismo me conocía y que todas esas canciones que él había escrito y que hablaban del rechazo, de la esperanza, de la pérdida, de la confusión y de la furia, eran una especie de radiografía de mi vida. 

Mientras el Jetta finalmente circulaba por la calle José María Izazaga y las luces multicolores de la Navidad anegaban intermitentemente el interior del automóvil y yo iba saliendo de mi sopor, en los audífonos sonaba “In the arms of the sleep”. 

La letra de la canción me provocó vértigo, y me hizo reparar en mi situación sentimental con esa chica que me gustaba y que también se sentía atraída hacia mí, pero que tenía novio. Era frustrante y ridículo. Ni ella quería dejarlo, ni yo quería mantener nuestra relación en secreto. 

Casi en cuanto llegamos a Bolívar y mi papá empezó a buscar un estacionamiento, Billy Corgan me susurró al oído que “el sueño no llegaría a mi cansado cuerpo esa noche...” y entonces imaginé que, al volver a la casa, esa idea no me dejaría en paz y que pasaría toda esa noche en vela, escribiendo algún bobo poema para ella, imitando el estilo de escritura de Corgan o pensando en cuáles serían las posibilidades de cambiar la situación a mi favor. 

Mientras escribo esto, apenas recuerdo su rostro y su voz y sin embargo siento una extraña frustración, como si se hubiera abierto una vieja herida de muchos años, y me pregunto qué sería de su vida y si en algún momento se ha preguntado qué es de mi vida. También me pregunto dónde quedaría ese walkman color negro que mis papás debieron de regalarme en algún cumpleaños y que llevaba conmigo casi a todas partes. Me gustaría saber si aún funciona con dos pilas AA. 

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El tercer álbum doble de los Smashing Pumpkins que desafió los estándares de los álbumes de sus contemporáneos –¡contiene 28 canciones!– y que continúa provocándome sensaciones eufóricas y deprimentes, y remontándome a tantos recuerdos de la adolescencia, hoy cumple 25 años.