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domingo, junio 12, 2022

Brasil vs Suecia

Mis abuelos –maternos y paternos– vivían en la misma calle y sus casas quedaban una junto a la otra, así que cuando los visitábamos –religiosamente, casi cada domingo–, podíamos verlos a los cuatro; sólo teníamos que turnarnos: a veces llegábamos primero a la casa de los abuelos maternos y nos despedíamos en la casa de los abuelos paternos; otras veces, era al revés. Lo mismo ocurría en las fiestas de Independencia, de Navidad y de Año Nuevo. 

Como casi cualquier otro domingo de mi infancia, el domingo 12 de junio de 1990 no fue la excepción: fuimos a ver a los abuelos. El mundial de futbol tenía unos días de haber comenzado. La selección mexicana había sido castigada por la FIFA y no disputaría ese torneo, pero en la escuela todo mundo hablaba del mundial y yo veía programas en la tv relacionados con el mundial y coleccionaba estampas de los jugadores del mundial que salían en las paletas de los helados Holanda. 

Apenas el viernes previo mi papá se había quedado en la casa y los dos habíamos visto por tv una semblanza de los mundiales de futbol (acompañados por el comentarista Juan Dosal y por el invitado estelar HugoSánchez) y la tediosa inauguración del mundial (exceptuando la fabulosa canción de Gianna Nannini y Edoardo Bennato, casi lo único llamativo había sido el desfile, en el que una modelo había mostrado accidentalmente un pecho) y la derrota de la selección argentina con un gol de François Omam-Biyik en El Estadio Giuseppe Meazza; el sábado habíamos visto por tv el debut de la selección italiana y el gol de Salvatore 'Toto' Schillaci contra los austríacos en El Estadio Olímpico de Roma.

Ese domingo, en cuanto entramos en la casa de los abuelos maternos, percibí el aroma de la sopa de pasta y de la pierna horneada que había preparado la abuela. Casi era la hora de la comida. Me metí a la sala a saludar a mi abuelo. Él estaba sentado frente al televisor. Estaba comiéndose un mazapán o unos cacahuates. A lo mejor estaba tomándose una cerveza. La diabetes todavía no hacía estragos visibles en su salud. Él me sonrió y me invitó a sentarme junto a él. La abuela se acercó a mí y me preguntó si quería un vaso con refresco. A lo mejor le dije que sí. Mis papás dijeron que irían al mercado a comprar comida para la semana y salieron de la casa (así lo recuerdo). 

En El Estadio Delle Alpi, en Turín, jugaban las selecciones de Brasil y de Suecia. Los narradores de Televisa decían que Brasil tenía un súper equipo y que era candidata a ganar el mundial –su más reciente mundial lo habían ganado en 1970–, y que la figura de los suecos era un mediocampista ofensivo llamado Tomás Brolin. 

Cuando iba a terminar el primer tiempo, Careca –compañero de Maradona en el Nápoles– recibió un pase desde medio campo en el límite del área de los suecos y dribló al arquero sueco en el área y anotó para Brasil. Llevaba unas licras negras debajo de los calzoncillos azules del uniforme y festejó el gol con una especie de samba. Mi abuelo apoyaba a Brasil y celebró el gol y me contó que los brasileños habían jugado en Guadalajara en los mundiales de México, en 1970 y en 1986. 

En el segundo tiempo, Brasil volvió a anotar otro gol y el abuelo volvió a celebrar. Casi al final del partido, Tomás Brolin descontó para los suecos. Unos días más tarde, la selección de Costa Rica, una de las revelaciones del torneo, jugaría un gran partido contra los brasileños y avanzaría a los octavos de final del mundial, en su primera participación mundialista. Unas semanas más tarde, en ese mismo estadio, los brasileños, gracias a una genialidad de Maradona y a la habilidad de Caniggia, perderían el partido de octavos de final contra los argentinos y volverían a casa. Tendrían que esperar cuatro años más para volver a ganar un mundial. 

Internet me recuerda que ya pasaron 32 años de este partido. Mis abuelos paternos se mudaron de casa en el 2000 y ninguno de los cuatro abuelos vive ya.

miércoles, noviembre 25, 2020

Adiós, Diego



Tengo 9 ó 10 años, es el verano de 1990. 

Mi papá mira el televisor. Brasil enfrenta a Argentina en Turín. 

Los brasileños han dominado todo el partido. 

Goycochea –el portero argentino que sustituyó a Pumpido en el juego contra los soviéticos en el que se fracturó una pierna– ha tenido suerte. 

Maradona de repente toma el balón en medio campo y esquiva a varios brasileños que intentan detenerlo a como dé lugar. 

Los comentaristas no han parado de decir que él está lesionado, que él está jugando infiltrado, que él ha tenido problemas con su tobillo izquierdo, pero aún así es tan hábil que parece un jugador de otro planeta. 

Han bastado treinta y tantos segundos para que Diego aparezca y le dé un pase a 
a Caniggia. 

Caniggia está solo frente a Taffarel y lo esquiva y envía el Etrusco al fondo de las redes. 

Argentina elimina a Brasil en los octavos de final. 

lunes, junio 08, 2020

8 de Junio, 1990

Según mis redes sociales, hoy se cumplen 30 años de la inauguración de Italia 1990. 

Aquel 8 de junio debió de ser viernes y yo estaba acabando el quinto año de la primaria. Aunque todavía no comenzaban las vacaciones de verano, ese día no fui a la escuela. Mi papá tampoco fue a trabajar. 

Tal vez como a las nueve de la mañana, después de desayunar, él se sentó en la sala frente al televisor y se puso a mirar un programa en el que Juan Dosal, Eduardo Trelles y Hugo Sánchez hablaban desde las gradas del Estadio Giuseppe Meazza sobre la inminente inauguración del torneo de futbol más importante en el mundo. “Hugol” todavía jugaba en el Real Madrid –de hecho, era el máximo artillero en Europa–, pero era comentarista invitado y tuvo que mirar desde las gradas ese mundial debido al castigo que la FIFA le impuso a la Federación Mexicana de Futbol por el asunto de “los cachirules” y que impidió que la Selección Nacional incluso disputara las eliminatorias mundialistas. 

Me senté en el suelo junto a la mesa de centro y me puse a leer o a jugar mientras miraba de reojo la televisión. 

La cámara enfocaba a los comentaristas y yo no podía ignorar los gigantescos audífonos que les cubrían las orejas, ni sus corbatas rojas con rayas blancas ni sus sacos cafés de finales de los ochenta en los que destacaba el logotipo de Televisa.

Juan Dosal le pidió a Hugo Sánchez su opinión respecto a la cancha. Hugo dijo que había tenido la oportunidad de jugar en ese campo contra el Milán hacía algunos meses y que lo habían remodelado y que estaba en estupendas condiciones y que era una alfombra. 

Casi al mismo tiempo, en la pantalla del televisor aparecieron imágenes de las finales de las Copas del Mundo y Juan Dosal interrumpió a Hugo Sánchez y comenzó a hacer un recuento de esas finales.

En unos cuantos minutos, vi “el gol fantasma” con el que los ingleses derrotaron a los alemanes en Wembley en 1966, vi un gol de remate de cabeza que Pelé le anotó a Enrico Albertosi en El Estadio Azteca en 1970, vi a Paul Breitner y a Gerd Müller anotar dos goles para que los alemanes le ganaran a los holandeses en El Estadio Olímpico de Múnich en 1974, vi a Mario Alberto Kempes anotar un gol en los tiempos extras de la final de 1978 mientras miles de papelitos caían desde las tribunas y le daban un extraño aspecto a la cancha del River Plate, vi a los italianos derrotar a los alemanes en El Estadio Santiago Bernabéu en 1982 y vi a Jorge Valdano y a Diego Armando Maradona levantar La Copa del Mundo en El Estadio Azteca en 1986.

De un momento a otro, nos encontrábamos mirando Milán desde la cámara de un helicóptero que sobrevolaba las inmediaciones del Estadio Giuseppe Meazza. El vehículo se acercó poco a poco al estadio, hasta que se detuvo más o menos en el centro de la cancha. 

Justo en ese momento un enorme balón hecho con flores y con globos se abrió en el círculo central y al mismo tiempo los globos y las flores volaron hacia el cielo y decenas de mujeres, vestidas con ropas características de los países participantes en el torneo, aparecieron en una de las esquinas de la cancha y comenzaron a caminar sobre una pasarela de moda. 

Junto con todos estos eventos asombrosamente sincronizados en unos cuantos segundos, una mujer con un micrófono y un hombre con una guitarra eléctrica negra comenzaron a hacer playback a un costado de la cancha. La canción hablaba sobre las noches mágicas del verano italiano y sobre la euforia de los jugadores y de los aficionados al celebrar un gol*.



Durante esas vacaciones de verano tuve que ir algunos días a la primaria. Estaba en la escolta y teníamos algún concurso con otras escuelas de la zona o simplemente nos preparábamos para el siguiente ciclo escolar, ya que pasaríamos al sexto año y seríamos la única escolta oficial de la escuela (al menos hasta que la generación del quinto año nos sustituyera y nosotros entráramos a la secundaria). 

El ensayo terminaba alrededor de las once de la mañana y mi abuelo iba a recogerme a la escuela en su bicicleta y me llevaba a su casa. 

En su casa el televisor siempre estaba encendido y siempre había algún partido del mundial. Recuerdo vagamente un partido entre las selecciones de España y de Bélgica, un gol que algún jugador europeo o sudamericano anotó desde casi medio campo al portero de Corea del Sur y unos penalties entre las selecciones de Irlanda y de Rumania en Génova. 

También recuerdo que mi hermano y yo un día nos quedamos solos en el departamento y que vimos por televisión un partido entre las selecciones de Alemania y de Colombia; según los comentaristas, los alemanes habían goleado a sus rivales previos y eran serios candidatos a ser los campeones del mundo, y los colombianos habían calificado al mundial después de varias décadas, pero tenían una generación de jugadores talentosos que podían sorprender al equipo alemán.  

Los alemanes anotaron primero, pero casi al final del partido un jugador con una melena impresionante tomó el balón en medio campo y le dio un pase fabuloso al centro delantero y lo dejó solo frente a Bodo Illgner. El colombiano pateó el balón y éste se coló a la portería, pasando entre las piernas del portero alemán. Con ese gol el juego terminó en empate. 

Los comentaristas festejaron con tanta euforia el gol que mi hermano y yo gritamos a todo pulmón y nos abrazamos, mientras la cámara se enfocaba en un aficionado colombiano que celebraba la anotación de Freddy Rincón y que parecía colgado de las tribunas con una especie de alas que acompañaban su disfraz de cóndor. 

Algún domingo visitamos a mi abuelo y nos sentamos en su sala y vimos por televisión a los brasileños y a los suecos enfrentándose en Turín. Otro domingo, me senté yo solo en la sala con él y los dos vimos el gol del “Toto” Schillaci con el que los italianos eliminaron a los uruguayos en los octavos de final. 



Un sábado por la mañana me senté junto a mi papá frente al televisor y vimos a Diego Armando Maradona tomar el balón en el medio campo de la cancha del Estadio Delle Alpi y esquivar a medio equipo brasileño y darle un fabuloso pase a Claudio Paul Caniggia.

La jugada fue fenomenal y la anotación permitió que los argentinos avanzaran a los cuartos de final y que unos días más tarde vencieran en penalties a los yugoslavos en Florencia, a pesar de que Maradona errara su penaltie. 

Recuerdo el ambiente de los aficionados en las calles aledañas a los estadios y en las gradas,  y las redes hexagonales de las porterías, y recuerdo los nombres de las sedes en las que se disputaban los partidos –Bari, Bolonia, Cagliari, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Palermo, Roma, Turín, Udine y Verona.

También recuerdo la arquitectura de los estadios y el techo metálico del Estadio Giuseppe Meazza y las enormes bocinas que colgaban de cables de acero a 40 metros de altura sobre el centro del campo en el Estadio Delle Alpi, y las torres que parecían condominios en las cuatro esquinas del Estadio Luigi Ferraris y la entrada a los vestidores detrás de una de las porterías del Estadio San Paolo, y recuerdo los adornos de flores detrás de las porterías en el Estadio Artemio Franchi y las redes hexagonales blancas que colgaban de las porterías como telarañas que se sacudían cuando un balón Etrusco cruzaba la línea de gol, y también recuerdo las pistas de tartán alrededor de casi todas las canchas de las sedes mundialistas y el césped perfectamente dividido en franjas verticales con dos tonalidades de verde que parecía una alfombra.

También recuerdo a Roberto Baggio esquivando a medio equipo checoslovaco en El Estadio Olímpico de Roma.

Y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. 

___________

*Según los expertos, “Un'Estate Italiana” ha sido la mejor canción en la historia de todos los mundiales. 

miércoles, junio 19, 2019

19 de junio de 1990


Cuando tenía nueve años, mi mamá trabajaba hasta las dos de la tarde.

Mi hermano y yo salíamos de la escuela a la misma hora que ella, así que mi abuelo iba a recogernos. 

Él llegaba a la escuela en su bicicleta negra. 

Mi hermano se sentaba en un asiento improvisado en la barra de la bicicleta, enfrente del abuelo, y yo me sentaba en el asiento trasero de la bicicleta, detrás del abuelo.

Algunas veces mi hermano y yo cambiábamos lugares.

Los recorridos  de regreso a la casa eran divertidos.
Mi abuelo era muy hábil para conducir la bicicleta y manejaba muy rápido.
Todavía recuerdo el viento contra mi cara.

Nunca perdió el equilibrio de la bicicleta y nunca nos caímos... o, al menos, no recuerdo que nos hayamos caído.  



El abuelo también tenía una motocicleta.  

Él había trabajado muchos años en El Servicio Postal –según mi mamá, fue testigo de cosas terribles, como los montones de cadáveres que vio apilados en el patio de un Edificio de Gobierno poco después de la matanza de estudiantes en La Plaza de Las Tres Culturas– y creo que entonces, cuando iba por nosotros a la escuela, se había jubilado recientemente, así que algunas veces parecía olvidar que mi hermano y yo sólo éramos unos niños y que él estaba manejando una bicicleta. 

Debido a la velocidad con la que él conducía, una vez que mi hermano se sentó en el asiento trasero de la bicicleta, su mochila se abrió y perdió algunos de sus cuadernos. 
Nos dimos cuenta hasta que llegamos a la casa.  

Nos reímos mucho. 

Eran mis últimos días en la primaria. 

En esos días, en la escuela había una fiebre por La Copa del Mundo... incluso hacía poco tiempo que la profesora de Educación Física había organizado un torneo de futbol.

Mi equipo había estado conformado por los compañeros menos atléticos de toda la clase.
Yo era el capitán y uno de mis mejores ex-amigos era el capitán del otro equipo. 
No recuerdo por qué ya no éramos amigos, pero sí recuerdo que él escogió a los compañeros más altos y más fuertes para su equipo y que entonces yo tuve que formar a mi equipo con el resto de la clase. 

Tal y como era de esperarse, empezamos a perder todos los partidos. 
Nos anotaban unos goles muy tontos, así que decidí ponerme de portero.
Aun cuando el equipo no tenía a los mejores delanteros, conseguimos llegar a la final y se la ganamos al equipo de mi enemigo.

Él se burló de nosotros, minimizó el torneo y dijo que el torneo nunca le había importado.
Era un mal perdedor.  


El 9 de junio de 1990, mi abuelo fue a la escuela por mi hermano y por mí y nos llevó a la casa, como había estado haciéndolo en el último año. 

El departamento en el que vivíamos era pequeño pero tenía una gran vista. 
Desde la ventana que estaba cerca de mi cama, todos los días podía ver el Iztaccíhualt y el Popocatépetl. Era una vista asombrosa. 

Vivíamos en el quinto piso, así que supongo que esa tarde de junio mi abuelo nos dejó en la entrada principal del edificio y que mi hermano y yo subimos las escaleras mientras él volvía a su casa en su bicicleta negra.

Tan pronto como me quité el uniforme de la escuela, encendí el enorme televisor blanco y negro que teníamos en la recámara. 

El canal de las caricaturas había sido usurpado por La Copa del Mundo.
En Roma, jugaban las selecciones de Italia y de Checoslovaquia. 

Me senté en el viejo sofá que había enfrente del televisor.



Unos minutos después, Roberto Baggio recibió el Etrusco en el mediocampo –el balón del mundial era una belleza–, cerca de uno de los bordes de la cancha. 

Parecía una jugada irrelevante. 
El jugador de la Fiorentina no tenía ninguna oportunidad de anotar un gol desde allí.

Le dio el balón a otro jugador italiano y éste se lo devolvió inmediatamente. 
Entonces Baggio condujo el balón muy rápido. Era tan hábil engañando a los rivales que dejó sembrados en el césped más o menos a cuatro checoslovacos. Uno de ellos intentó arrebatarle el balón, barriéndosele a los pies. 

Baggio era tan rápido y vertiginoso que parecía un jugador de otro planeta. 

En unos cuantos segundos, llegó al área checoslovaca. 

Engañó a otros par de jugadores, sin perder el control del Etrusco. 
Luego, sin detenerse, hizo una especie de giro sutil de la cintura y dejó en el césped al último defensor. Con este movimiento sutil también engañó al portero. 

Pateó el balón y anotó un gol.
La afición italiana enloqueció. 
Fue un gol asombroso.

Más o menos así fue cómo comencé a ver Las Copas del Mundo.
Han pasado casi treinta años desde entonces.

El futbol no sólo son veintidós individuos persiguiendo un balón... ¿o sí? 


domingo, octubre 14, 2018

Mi abuelo siempre cantaba y tomaba el sol


[INCONCLUSO]

Recuerdo a mi abuelo feliz, cantando y tomando el sol.  

Según mi mamá, él siempre había querido ser artista y había participado en algunos concursos de la XEW cuando era joven. 

Mi mamá también decía que él se había ablandado con nosotros. 

Cuando ella y sus hermanos eran niños, el abuelo ni siquiera les permitía hablar durante la comida.

A nosotros incluso nos había comprado una mesa más pequeña que la que utilizaban los adultos y no sólo nos dejaba platicar durante la comida, sino que nos daba dulces aun cuando no hubiéramos terminado nuestros alimentos.

El abuelo tuvo una infancia difícil.
Sus padres eran alcohólicos y él tenía que ir a sacarlos de las cantinas. 
Ellos eran muy duros con él y a veces lo amarraban a un árbol y lo dejaban allí.
(Tal vez por eso tenía problemas con el alcohol. No bebía siempre, pero cuando bebía, lo hacía durante varios días.)

Trabajaba como telegrafista y tenía una motocicleta.
El olor de la gasolina era muy penetrante y le daba al patio de su casa una atmósfera especial. Parecía que en cualquier momento todo podía arder. 

Según mi mamá, una vez el abuelo llevó algún documento a un edificio de gobierno y vio un montón de cadáveres apilados en el patio de ese lugar. Los soldados los arrojaban desde camiones del ejército, como si fueran costales. Habían pasado unos días de la matanza de Tlatelolco. 

Una vez se volcó el autobús en el que iba a Acapulco, se fracturó las costillas y se fracturó una pierna. Uno de los paramédicos que llegó al lugar pensó que él estaba muerto y le quiso quitar una cadena de oro. Otra vez se cayó desde la azotea de su casa y volvió a fracturarse la misma pierna. Le pusieron tornillos y cojeó el resto de su vida. 

El abuelo tenía diabetes, pero no seguía las recomendaciones de los médicos. 
Decía que prefería vivir pocos años haciendo lo que le gustaba. 

Antes de que yo entrara a la secundaria, el abuelo se jubiló y vendió la moto. Se compró un Valiant y una Betamax.

Le gustaban las películas de acción de Charles Bronson, pero también veía películas de Tin Tán y de Joaquín Pardavé y podía sentarse con mis primas a ver una y otra vez La Sirenita o Parque Jurásico.

También le gustaba el futbol soccer. 
Los domingos no se perdía los partidos del Real Madrid y de Hugo Sánchez. 
Entre semana, veía los partidos de la Copa UEFA. 
Alguna vez me dijo que su equipo favorito era el Atlante, aunque también había apoyado al Necaxa y en esa época era seguidor del América. 

Una vez fui por mí a la primaria en su bicicleta. Eran vacaciones de verano y yo me preparaba para alguna competencia con otras escuelas. Mis papás no me dejaban volver solo a la casa y los dos estaban en el trabajo. 

Cuando volvimos a la casa de mi abuelo, encendió el televisor. 
Iba a comenzar el segundo tiempo de un partido de la fase de grupos de La Copa del Mundo de Italia 1990. Creo que jugaban los españoles y los belgas.

Debí preguntarle algo: qué le parecía el nivel de ese mundial, quién era su favorito para ganar ese mundial, qué pensaba del castigo de la selección mexicana... pero entonces no sabía gran cosa del futbol. 

Tampoco le pregunté años después qué pensaba de la selección de Mejía Barón que llegó a la final de La Copa América de 1993, ni qué pensaba de los partidos de ese equipo en el mundial de Estados Unidos 1994. 

Siempre pensé que habría un mejor momento para hablar de esos temas. 

En 1998, su salud empeoró.

Mi mamá iba todos los días a verlo al hospital. Después de algunos meses, él decidió que no quería continuar en el hospital. Insistió tanto que los médicos lo dejaron volver a su casa. Requería muchas atenciones. Mi mamá también iba a verlo a diario. 

Una vez fui a verlo.
Él estaba acostado en su cama. 
Mi mamá y mi abuela me habían dicho que tenía alucinaciones y que les hablaba de personas que ya estaban muertas y que iban a visitarlo. 
Le costó trabajo identificarme y después empezó a preguntarme cómo me iba en la escuela. Yo acababa de entrar al segundo semestre de la licenciatura.

Una de mis primas iba a cumplir años y en ese momento ella tenía una fiesta en un salón cerca de la casa del abuelo. 

Anoché soñé que mi abuelo me perseguía por todas partes, porque quería que escribiera sobre él.
Hace veinte años murió mi abuelo. 

miércoles, julio 04, 2018

La alegría de unos es la tristeza de otros


Hace 25 años la selección mexicana de futbol perdió la final de La Copa América contra la selección argentina que dirigía Alfio Basile.

Era la primera vez que la CONMEBOL invitaba a dos equipos de la CONCACAF a participar en el torneo más viejo del continente. 


La selección de México había perdido contra la selección de Colombia y había empatado contra las selecciones de Argentina y de Bolivia, mientras que la selección de Estados Unidos había empatado contra la selección de Venezuela y había perdido contra las selecciones de Ecuador y de Uruguay en la fase de grupos.


El equipo estadounidense era dirigido por el serbio Velibor Milutinovic y se preparaba para disputar La Copa del Mundo como país sede. 

Compartirían el Grupo A con Suiza, Rumania y Colombia. 

Sorpresivamente derrotarían a Colombia en Pasadena, empatarían contra Suiza en Detroit y perderían contra Rumania. 


Llegarían hasta octavos de final. 

Serían eliminados por los brasileños en Stanford. 

Ese partido sería recordado por el tremendo codazo que Leonardo le propinó a Tab Ramos al final del primer tiempo. 

Para llegar a la final de La Copa América, la selección mexicana había derrotado 4 a 2 a la selección de Perú y 2 a 0 la selección de Ecuador.


En los cuartos de final, el equipo de Miguel Mejía Barón había dado uno de sus mejores partidos. 

En El Estadio Olímpico de Atahualpa anotaron Luis Roberto Alves, Alberto García Aspe en dos ocasiones y David Patiño. 

En la semifinal, bajo una lluvia torrencial, habían eliminado a los anfitriones con goles de Hugo Sánchez y de Ramón Ramírez.

La selección de Argentina había ganado a Bolivia y había empatado con las selecciones de Colombia y de México. 


Para llegar a la final en El Estadio Monumental de Guayaquil, había eliminado a las selecciones de Brasil y de Colombia en penalties. 




Esa tarde del domingo 4 de julio de 1993, los argentinos salieron a la cancha con un equipo conformado por unos cuantos veteranos que habían sido subcampeones en Italia 1990 y por otros jugadores que habían sido campeones de La Copa América de Chile 1991.

Los mexicanos salieron a jugar casi con el mismo equipo que llegaría al mundial de Estados Unidos 1994. 


Ganarían todos sus partidos de locales y sólo perderían un juego en El Salvador. 

Obtendrían el único pase disponible para la CONCACAF, al ganar en Edmonton su último partido eliminatorio.   

Compartirían el Grupo E con Italia, Irlanda y Noruega. 

Avanzarían a los octavos de final como primer lugar de ese grupo y perderían en penalties contra Bulgaria. 


Los argentinos perderían 5 a 0 contra los colombianos su último juego eliminatorio en Buenos Aires, y tendrían que convocar a Diego Armando Maradona para que vistiera nuevamente la playera argentina y jugara el repechaje contra la selección de Australia y los ayudara a calificar al mundial. 

En Estados Unidos, el representativo de la CONMEBOL compartiría el Grupo D con las selecciones de Bulgaria, Grecia y Nigeria. 

Al terminar el partido contra Nigeria en Boston, Diego Armando Maradona sería seleccionado por el control antidopaje de la FIFA y daría positivo para efedrina y sería expulsado del mundial.

Los argentinos jamás podrían recuperarse de ese golpe.

Perderían contra la selección de Bulgaria el tercer partido de la fase de grupos y avanzarían a octavos de final como uno de los mejores terceros lugares y serían eliminados por la selección de Rumania. 

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En el segundo tiempo de esa final en El Monumental de Guayaquil, Gabriel Omar Batistuta abriría el marcador.

Le ganaría fácilmente un balón dividido a Ramón Ramírez y se enfilaría al área mexicana y dispararía a quemarropa, dejando sin oportunidad a Jorge Campos.

Pocos minutos después, Sergio Goycochea le cometería una falta a Luis Roberto Alves en el área y el árbitro marcaría penaltie. 

Benjamín Galindo engañaría al guardameta argentino que era reconocido por haber atajado varios penalties que le permitieron a los albicelestes llegar a la final de Italia 1990.


El empate parecía un resultado justo. 

Cuando el partido estaba por terminar, Diego Pablo Simeone cobraría rápidamente un saque de manos y dejaría a Gabriel Omar Batistuta prácticamente solo frente al arco de Jorge Campos. 


"Bati" se quitaría a un defensor y fusilaría al guardameta mexicano, dándole el triunfo a la selección de Alfio Basile. 

Al terminar el partido, el comentarista dijo

La alegría de unos es la tristeza de otros


Fue la primera vez que vi perder un partido decisivo a la Selección Nacional.

Los argentinos no han vuelto a ganar ningún torneo de selecciones absolutas, avalado por la FIFA, desde entonces. 

@Sergio_Arau