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sábado, octubre 26, 2024

más o menos bien


Sonaba “Más o menos bien” y yo estaba ídem, con varios litros de Jim Beam recorriendo mi torrente sanguíneo y estallando esporádicamente en mi sistema nervioso central, a punto de que todo, incluyendo sentirme una malísima copia de José Agustín, me valiera madre, pero el remordimiento era más fuerte que ese estado de semi inconsciencia. 

Había hecho enojar a Lizzie otra vez. 

La música y las luces de El Pata Negra me embotaron, me dio un ataque de tos, me faltó el aire, y me transportaron a un malviaje, como el de aquella noche en casa de Tomás, cuando habíamos fumado una hidropónica muy potente y Lizzie y yo nos quedamos en silencio, en medio de la sala, mientras Tomás y sus amigos escuchaban alguna triste canción de José José y yo sentía que estaba al borde de un ataque de ansiedad, y quería vomitar y evitaba precipitarme en el abismo de ese pensamiento que merodeaba mi mente –«¡Te sientes mal, y te sentirás peor!»– y que me llevaría a hiperventilar y a tener una crisis de ansiedad. 

De pronto, el público –unos cuarenta o cincuenta individuos–, corearon la canción y movieron las manos en lo alto, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y establecieron un vínculo fabuloso con la banda, formaron una fabulosa comunión con la banda, y las reminisciencias de aquel malviaje en casa de Tomás se esfumaron, la gente dejó de ser un espejismo, la música y las luces me despertaron y me devolvieron a la realidad.
 
A lo mejor todos 
(excepto Lizzie, quien, desde entonces, era la única que se mantenía sobria siempre), ya estábamos más o menos ebrios, el evento era patrocinado por Jim Beam y los tragos eran gratis, y, tal vez, una groupie de Nos Llamamos me había puesto un brazo alrededor del cuello y el contacto con la tibia piel de otro ser humano me hizo volver a la realidad y reparar en que no estaba soñando, en que no estaba a punto de hiperventilar en casa de Tomás, sino en que la groupie y yo estábamos de pie, a menos de un metro del escenario, y que todo eso –la música, las luces, la gente, la comunión entre el público y la banda, los tragos de whisky bourbon que explotaban en mi cerebro– habría podido convertirse en un recuerdo memorable, excepto que no podía apartar mis pensamientos de Lizzie, de lo que ella significaba para mí, de que siempre la hacía enojar con tonterías, de que era tan idiota que nunca podía quedarme con la boca cerrada, de que era tan idiota que no podía darme cuenta de lo fabulosa que era conmigo.

Bajé la mirada, carraspeé, me quité el brazo de la groupie de encima, ya no era un contacto reconfortante sino una invasión a mi espacio, y escuché en mi mente:

«¡Todas las canciones las canta igual!»

Eso era lo que Lizzie me decía cuando ponía por tercera o cuarta ocasión consecutiva La Dinastía Scorpio cualquier fin de semana, en el reproductor de discos compactos. Estaba obsesionado con ese álbum. Casi tanto como me había obsesionado Hasta Ahora Todo Va Bien, el álbum debut de esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que había tocado varias veces con Nos Llamamos. Lizzie y yo vivíamos en un pequeño departamento en Xola y casi todos los fines de semana escuchaba La Dinastía Scorpio, y Lizzie, con toda razón, ya estaba harta. No le gustaba el cantante, decía que todo lo cantaba igual, y yo discutía con ella –a lo mejor en esos momentos ya me había tomado varios whiskies baratos–, y no aceptaba que ése era su punto de vista. 

La Dinastía Scorpio era el álbum de Él Mató A Un Policía Motorizado que traía “Más o menos bien” –esa canción que estaban tocando en vivo, en la realidad de ese estado semi inconsciente que me arrastraba como una ola salvaje hacia afuera, hacia donde transcurría esa fabulosa comunión entre la banda y el público, y luego hacia adentro de mí mismo, como si me tragara el océano, hacia donde no había nada más que una oscura luminosidad de malos viajes con otros agentes químicos–, y no era plenamente consciente de que estaba escuchando a esa banda argentina en un foro pequeño, ni que tenía a esa banda argentina a menos de un metro de distancia, entre un montón de manos que se movían en lo alto, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, y que a veces parecían un espejismo, conforme varios mililitros de Jim Beam iban estallando en mi sistema nervioso central y me sentía una malísima copia de José Agustín y al mismo tiempo me valía madre porque me encontraba en un estado de semi inconsciencia.

Suspiré y luego dejé escapar un poco de aire por la boca. 

Una especie de claridad, una ráfaga de aire caliente, subió desde mis entrañas hasta mi cabeza, y me sentí miserable, y me pregunté cuándo había comprado ese álbum –¿acaso lo había comprado en otro concierto?, ¿acaso Él Mató A Un Policía Motorizado había tocado otras veces con Nos Llamamos?, ¿acaso me había obsesionado con ese álbum como me había obsesionado con Hasta Ahora Todo Va Bien, de Los Silencios Incómodos, esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que me encantaba y que también había tocado varias veces con Nos Llamamos?–, y también me pregunté cosas más importantes: ¿por qué no podía dejar de ser un idiota...?, ¿cuánto tiempo más me soportaría Lizzie...? 

Ella y yo apenas íbamos a cumplir tres años viviendo juntos y yo ya ostentaba el récord de provocar discusiones sin sentido y ella siempre era más lista que yo y me ignoraba, pero esa noche había sido la excepción –quizá ya la había hartado con mis recurrentes arranques de ira y de infantilismo, quizá esa noche en verdad estaba furiosa, quizá esa noche era el fin de los tiempos–, y, entre todas esas manos que comulgaban con la banda argentina de noise rock, por primera vez desde que escuchaba incansablemente La Dinastía Scorpio, me dio la impresión de que el cantante, tal y como me lo había dicho Lizzie en innumerables ocasiones, cantaba todo igual, todo lo cantaba en el mismo tono. 

Busqué a Lizzie con la mirada y la vi platicar a muchos metros de distancia, estaba con un amigo suyo, creo que nos había presentado antes de que empezaran a tocar Nos Llamamos, y tuve un insight: nunca vas a cambiar, necesitas ayuda profesional, tienes un problema con tu control de ira.

No pensaba realmente en esa película en la que actúa Jack Nicholson, pero ésa era la idea.

Aún no demolían El Plaza Condesa, Lizzie y yo íbamos a cumplir tres años en ese pequeño departamento en Xola que era como un congelador –apenas le daba el sol–, Kilitos de Amor era un gato bebé, yo acababa de publicar otro paper como primer autor, el último semestre del doctorado se estaba convirtiendo en un infierno, mi tutor y yo nos llevábamos del carajo, todos los días me sentía mal, todos los días quería mandar a volar todo, todos los días me sentía insignificante, los síntomas de esa espantosa enfermedad que me llevaría al quirófano años más tarde aún no emergían a la superficie, y esa noche ya habían tocado Nos Llamamos y El Mató A Un Policía Motorizado tenía diez o quince minutos en el escenario de El Pata Negra. 

Ya pasaron casi diez años desde entonces, algunas cosas siguen igual y otras han mejorado y otras han empeorado, Kilitos de Amor ya es un senior cat y vino a llamar mi atención mientras escribía todo esto y se subió al escritorio y luego me pasó una de sus patitas sobre el rostro y le acaricié la cabeza y las orejas y él ronroneó y se quedó unos minutos como estatua y después se fue, y van a dar las siete de la mañana y es sábado y Lizzie no está enojada conmigo.

domingo, septiembre 02, 2018

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Son casi las nueve de la noche cuando llegamos a la estación Cuauhtémoc. Hace tanto tiempo que no voy al Foro Alicia que estoy un poco desorientado y no recuerdo cuál salida debemos tomar. 

Caminamos junto a la avenida y cruzamos varios bares. Casi todos invaden la acera, tenemos que atravesar mesas y sillas, y sus principales atracciones son el karaoke o la música en vivo. 

Pasamos por un bar en el que un hombre calvo y obeso con traje de oficinista está cantando El Son del Dolor y luego pasamos por otro bar en el que una banda de adultos que rondan los cincuenta años toca Entre dos tierras. Ambos bares están casi desiertos, pero las personas que se encuentran en ellos parecen disfrutar el momento. 

Si mi memoria no me falla, hace diez años, en lugar de esta clase de bares, había cantinas y al menos una pulquería en donde ponían música de José José o corridos. 

Luego, en vez de mesas y sillas, tenemos que atravesar una fila sobre la acera. 

Hay aproximadamente cincuenta personas formadas allí y la mayoría no pasa de los treinta años de edad. Hay un evento de stand-up con Coco Celis y Carlos Ballarta.

De la fila, destaca una mujer que se me hace conocida. La rodea un grupo de mujeres y ella parece contarles un chiste porque las hace reír. Mientras habla, hace aspavientos tan ensayados que es evidente que tomó clases de actuación y que está acostumbrada a ser el centro de atención. 

Cuando logramos atravesar la fila y nos acercamos al Foro Alicia, recuerdo de quién se trata: se hace llamar Myr Ramírez. 

Hace unas semanas, la vi en un programa de Comedy Central. 


Son casi las nueve y media, cuando llegamos. 

Malinche y Los Perros presentan su segunda producción –un EP– en El Foro Alicia.
Aunque mi hermano es el baterista, nunca los he escuchado en vivo. 

Al subir las escaleras, me recuerdo escuchando aquí mismo Rompevientos y Detrás De La Tormenta, mientras el humo de los cigarrillos se confundía con el olor de la marihuana quemada y el lugar estaba casi a su máxima capacidad. 

Tengo la impresión de que hace diez años, a la gente le interesaba escuchar música en vivo. 
Tengo la impresión de que había una "fiebre" de bandas independientes y de que la gente apreciaba a estas bandas que hacían de todo: desde conseguir sitios dónde tocar, para luego diseñar sus flyers y promocionar sus conciertos, hasta grabar sus propios demos, casi de manera casera, para luego venderlos en los conciertos.
Tengo la impresión de que hace diez años la gente apreciaba a estas bandas que tienen la libertad de hacer lo que quieren, sin importarles correr el riesgo de permanecer en el anonimato por no ir con la corriente. 

Ahora todo es muy distinto.
Tal parece que todo mundo tiene sangre de cómico en las venas.
Algunos comediantes son buenísimos, pero la mayoría sólo son un montón de inmaduros que se burlan de todo y que mandan a la chingada al primero que se burla de ellos.

Somos alrededor de veinte personas en El Foro Alicia, incluyendo a los mismos músicos que tocarán esta noche y a sus acompañantes (groupies, parejas, amigos), cuando comienza a tocar Teresa Cienfuegos. 

Son dos sujetos con guitarras eléctricas. Su sonido me recuerda a Terry Lee Hale. 
El público reacciona a su música con desconcierto. 


La siguiente banda de la noche se llama Vírgenes Suicidas. 

Son dos guitarristas, un bajista, un tecladista y un baterista. Al igual que me pasó con la standupera hace unos treinta minutos en la calle, uno de sus integrantes me resulta familiar.
Creo que he visto al tecladista en alguna parte. 

La banda suena a una mezcla de proto punk y garage, y me recuerda a los primeros álbumes de The Cure, aunque en sus canciones destacan más las guitarras y no tienen líneas de bajo tan pronunciadas como las líneas de Simon Gallup.  
Sin duda, compraría un álbum suyo. 

Luego toca Andy Mountains. 

Es un solo sujeto con una Telecaster, con muchos pedales –distingo un looper, un Delay, un Flanger y un distor– y un bombo que manipula con el pie al mismo tiempo que toca y que canta. 

Vaya coordinación. 

Su música me remonta vagamente a algunas canciones de Neil Young y de Kurt Vile.

Le presto atención a sus letras. Son un poco tristes y hablan de la ciudad y de la gente que lo molestaba cuando iba a la secundaria y lo perturbaba su sexualidad. 

Siguen Phuture Crimes, una banda con dos bateristas, un bajista, un tecladista y un cantante que usa un aparato para distorsionar su voz. 
Me suenan muy electrónicos, como a la banda sonora de Trainspotting... quitando a Iggy Pop y a Lou Reed. 

De lo que va de la noche, es la banda que más ha conectado con el público... tal vez porque "lo electrónico" es lo más socialmente aceptado.  


Antes de la banda estelar, el tecladista y el baterista de Vírgenes Suicidas se acercan a donde estoy. Resulta que el tecladista es estudiante de posgrado y que le di una clase no hace mucho tiempo. Dice que en esa clase le llamé la atención a una de sus compañeras, porque ella no se había informado bien sobre el tema y estaba diciendo cosas absurdas. 

Conforme él habla, se arremanga su chamarra de piel y deja al descubierto uno de sus antebrazos y entonces lo recuerdo de un simposio en la universidad: me acerqué a su cartel porque me llamaron la atención sus tatuajes de tiburones. 

La verdad no recuerdo la clase a la que se refiere. 
Desde que mis colegas sólo me invitan a impartir clases de vez en cuando –desde hace un par de años, no he tenido bajo mi cargo a un grupo todo el curso escolar–, no recuerdo ni los nombres ni las caras de los estudiantes. 

Platicamos sobre Las Vírgenes Suicidas. 

Exceptuando al tecladista, tienen más de tres años tocando juntos –el baterista bromea al respecto y me dice que el resto de la banda aún no está seguro de que el tecladista haya pasado la prueba– y la mayoría de ellos vive en la periferia de la ciudad. 

(¿Ecatepec...?, ¿Naucalpan...?)

El baterista continúa y me dice que no han tenido muchas oportunidades para tocar en lugares como El Foro Alicia, pero que ya tienen un demo. 

Les prometo seguirlos en redes sociales, comprar su demo y volver a escucharlos en vivo. 
El tecladista promete enviarme solicitud de amistad en Facebook. 


Es más de medianoche cuando Malinche y Los Perros suben al escenario. 
De todas las bandas que han tocado, es la única banda en la que toca una mujer. 

Considerando que una de las características que siempre ha acompañado al rock es la subversión, resulta irónico, pero no creo que sea una coincidencia; más bien, creo que refleja lo difícil que es ser una mujer en México.

La cantidad de personas no es muy diferente a la cantidad que había desde el principio, pero la mayoría de los músicos que han tocado esta noche se han quedado hasta el final, se han concentrado frente al escenario y parece que hay más gente. 

Cuando comienzan a tocar, lo primero que noto –tal vez por sesgo– es que da la impresión de que ensayan intensamente.

Aun cuando la estructura de sus canciones no sigue un orden convencional verso-coro-verso, parece que tocan con un metrónomo.

Sus canciones me recuerdan en partes a Dinosaur Jr. –sin los riffs estilo heavy metal característicos de J. Mascis– y a Nos Llamamos. 


De vuelta a la casa, casi a las dos de la mañana, logramos abordar un taxi. 

Me siento en el asiento del copiloto y percibo claramente el malhumor del taxista.
No deja de refunfuñar y pienso que tal vez él esperaba (como la mayoría de los taxistas con los que he tropezado) que el recorrido fuera tan corto como cruzar de una esquina a otra. 

Su actitud me remonta a un concierto en el que tocaron Gustavo Cerati, Café Tacuba y Placebo.

A la salida de ese concierto, mientras Placebo tocaba los primeros acordes de Where Is My Mind? –mi hermano quiso salirse antes de que terminara el concierto–, también abordamos un taxi y el taxista nos cobró una tarifa elevadísima y en algún momento se puso a hablar con otro taxista por radio y le dijo que "estaban cayendo las manzanas del árbol", refiriéndose (claramente) a nosotros. 

A diferencia de ese concierto –tal vez ocurrió hace casi veinte años, tal vez mi hermano ni siquiera tocaba en Nos Llamamos–, el taxista malhumorado nos cobrará una tarifa decente y voy en el taxi sólo con mi hermano el más chico –mi hermano, el baterista, se quedó en El Alicia... y ni siquiera me presentó a Andy Mountains–, su novia, y mi esposa.

Me siento exhausto.
Sólo bebí un par de cervezas, pero a esta hora normalmente ya estoy dormido.

Mientras me voy quedando dormido en el trayecto sobre Avenida Cuauhtémoc, me niego a creer que las cosas hayan cambiado tanto. 

¿Será que ahora todo mundo quiere hacer comedia, vivir de la comedia y reírse de las tragedias...? 

Incluso en los festivales de música hay stand-up... No me sorprendería que la gente asistiera a un festival de música exclusivamente a escuchar comedia. 

La buena comedia también merece su importancia, pero escuchar a un standupero en vivo no se compara con la experiencia de escuchar música en vivo... o, al menos, eso es lo que creo.