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sábado, diciembre 20, 2025

una piedra en el zapato


Hoy es mi cumpleaños número F&$k!, y es un día más para mí. O eso me gustaría que fuera. Hace unos años rebasé la barrera de las cuatro décadas y nunca (ni cuando era niño) me ha latido celebrar ni mi cumpleaños ni el de nadie más. Uno de mis primeros recuerdos de cumpleaños es el de mi cumpleaños número 4 ó 5. Hubo fiesta en un salón, mis papás quisieron que así fuera, hubo un show con un Cepillín apócrifo (que yo no sabía que era apócrifo), y también hubo una sesión de fotos en un estudio. Me acuerdo de que, antes de ir al salón (estaba en la Jardín Balbuena), pasamos a un estudio fotográfico y que, mientras el fotógrafo me daba instrucciones («¡sonríe!», «¡éste es el mejor día de tu vida!») y mis papás y mis abuelos aguardaban su turno, quién sabe por qué, me preguntaba «¿Y qué será de todos nosotros, dentro de diez o veinte años...?, ¿aún seguirán vivos mis abuelos...?, ¿cómo se sentirán mis papás el día que ya no estén mis abuelos...?, ¿cómo me sentiré yo...?, ¿y si mis papás ya no estuvieran...?», y eso que, en esa época, no había leído a ningún autor sombrío (nada de Sartre, nada de Poe, nada de Shelley, nada de King, nada de Mariana Enriquez), apenas conocía algunas obras clásicas –Romeo y Julieta, Blanca Nieves y Los Siete Enanos, Caperucita Roja, Hansel y Gretel...–, en versiones abreviadas para niños, pero todos en mi familia estaban tan felices, que esa felicidad no parecía real. Se sentía incómoda, como unos brackets, como una piedra en el zapato.

No me gustan los cumpleaños porque creo que son un atajo, una salida fácil, autocomplacencia. Puedes ser el peor ser humano del mundo, un trabajador o un estudiante promedio, y no estudiar ni trabajar más de lo necesario todo el año o todo el semestre, y cobrar tu cheque puntualmente, o sacar una MB al final del curso (aunque usaste unos Ray Ban con IA en el examen departamental y sólo pusiste tu nombre en el Trabajo Final y pasaste la PPT, del Trabajo Final, a Canva), pero, cuando llega tu cumpleaños, ¡pedir el día!, ¡claro!, porque es tu cumpleaños.., ¡eres especial...! Cuando alguien cumple años, parece que la sociedad (y tu familia y tus amigos y tus colegas de trabajo) tiene que celebrarlo, aun cuando el celebrado sea la persona más horrible y nefasta y deshonesta y corrupta y mojigata (doble moral) en el mundo.

Aghh. 

Por supuesto que me hace feliz que el día de mi cumpleaños me regalen cosas que me laten (que no salga alguien a regalarme el Best Seller de superación personal de Sanborns, o el último álbum de estudio en el que viene el one hit wonder que todo mundo está escuchando), me gusta que se tomen el tiempo de meterse en mi cabeza y que se pregunten «¿Esto le gustaría a Marcel?”, que me regalen algo que en verdad me gusta. También (en mi mente) me gusta mostrarle, todos los días del año, a la gente que quiero y que aprecio, que la quiero y que la aprecio, todos los días del año (aunque me saquen de mis casillas, porque mi percepción de la realidad está distorsionada y porque soy un narcisista y un idiota), pero estoy (totalmente) seguro de que eso no lo hago (en el mundo físico) todos los días del año, pues la mayor parte del año soy insensible y poco empático (excepto cuando me tomo algunos Jack Daniel's, o cuando acabo de correr 10 km y llego al nirvana), o cuando leo algún texto con el que conecto, como los junkies, cuando se embriagan o fuman o inyectan su droga preferida.

No me gusta celebrar mi cumpleaños, y no es porque tenga alguna especie de recuerdo traumático al respecto, no es porque en algún cumpleaños (que, por supuesto, no quería celebrar), hace muchos años (cuando cumplí ochos años, por ejemplo), los adultos de mi núcleo familiar se aferraron a hacerme una fiesta de cumpleaños y me compraron un pastel y me cantaron “Las Mañanitas”, ni porque entonces tuve que soplarle las velitas al pastel y pedir un deseo («¡que nadie más vuelva a hacerme una fiesta de cumpleaños, por favor!»), ni porque en ese cumpleaños número 8, uno de los invitados, un adolescente que no conocía (el primo de algún primo que no veía más que una o dos veces al año) aprovechó la situación para aplastarme la cabeza contra el pastel, ni porque sentí que me sofocaba con el pastel que se me metió por la nariz y por la garganta. 

Hoy es mi cumpleaños número F&$k!, y es un día más para mí. O eso me gustaría que fuera. 

A pesar de que una vez me aplastaron la cabeza contra el pastel y tuve que escuchar “Las Mañanitas” (¡hay una versión cristiana!) y casi me sofoco porque el pastel se me metió por la nariz y por la garganta, no tengo estrés postraumático. Simplemente no me gusta celebrar mi cumpleaños,  no me gusta ser consciente de que cada año soy más viejo y de que sigo viviendo en la incertidumbre, no me gusta ser consciente de que cada año mis hábitos son más difíciles de erradicar, de que mis pensamientos son más inflexibles, de que es más difícil dejar de pensar en cosas negativas que no valen la pena cuando mi esposa (o mis hermanos o mis cuñadas o mis papás) está platicándome cómo estuvo su día (o qué cosas los angustian).

Hoy es mi cumpleaños número F&$k!, y es un día más para mí. O eso me gustaría que fuera. Son las 10 AM y ya me enviaron varios Whats para felicitarme, pero sólo quisiera salir a correr 10 km, escuchar a Local H mientras corro –en estos días he estado escuchando mucho As good as dead, su segundo álbum de estudio–,  y, más tarde, después de bañarme, vestirme y almorzar –¿chilaquiles verdes con jugo de toronja, en Toks...?– me gustaría ver una película –¿Die Hard?..., ¿París, Texas...?, ¿Mulholland Drive...?, ¿Drácula...? – y escribir. También me gustaría entrar en la zona –encontrar un tema para escribir y fluir– y tomarme un par de Jack Daniel's con Sprite, mientras escribo o veo la película, pero lo más probable es que eso no ocurra y que este día sea como cualquier otro día: hablar de dinero, hacer la limpieza de la casa, lavar trastes, recoger la arena de los gatos, hablar de comida, ver mis redes sociales...


jueves, enero 10, 2019

El vientre me duele como si me hubiera golpeado un boxeador


Percibo el sabor de la sangre en la garganta. Hace tres semanas que tengo tos. 
Los ataques de tos no son tan frecuentes como hace tres semanas, pero son más intensos. 
Cuando terminan los ataques, el vientre me duele como si hubiera tenido una pelea de box.

Todo esto comenzó el día de mi cumpleaños, un viernes antes de Navidad.
Fuimos a una cena de fin de año. En el lugar había como quince personas y la temperatura era cálida.

Cuando salimos de la cena, eran alrededor de las once de la noche. 
Hacía mucho frío y caminamos unas cuadras hasta abordar un Über. 
Llevaba cubrebocas, pero no me lo puse.

Había sido un largo día y sólo quería dormir.

(Me levanté a las cinco de la mañana. A las nueve, tuve una junta en Lerma.
A las cuatro de la tarde, regresamos a comer a la Ciudad de México. A las ocho de la noche, salimos a la cena de fin de año.) 

Cuando llegamos a la casa y me acosté a dormir, sentí un escozor en la garganta. 
No quise darle importancia, pero ya imaginaba que iba a enfermarme. 

Al otro día el escozor era más intenso. 
Me tomé una pastilla de Febrax (naproxeno sódico y paracetamol) para mitigar el dolor. 

El domingo empeoré y comencé a tomar un tratamiento de clorfenamina compuesta. 

En la cena de Navidad, me la pasé sedado y estornudando. 

El jueves nos mudamos de casa. Desperté con un terrible ataque de tos. Tenía faringoamigdalitis y tomé Ambroxol y clorfenamina compuesta. 

El último domingo del 2018, volvimos a la Ciudad de México.
Cuando llegamos al departamento en el que vivimos durante casi cuatro años, me sentía mal; no podía respirar, tenía los oídos tapados y los pulmones llenos de flemas.

Tenía siete días tomando Ambroxol y decidí suspender el tratamiento.  

La tos empeoró en la cena de Año Nuevo. 

No había enfermado en todo el 2018, pero las últimas semanas de diciembre y lo que va de este año he estado enfermo. Ya no recuerdo cómo es estar sano. 

En un par de horas, viajaré a Querétaro a una reunión de trabajo.

Espero que no sea un recorrido incómodo y que la tos me deje en paz.