sábado, febrero 22, 2025
Bleed All Over
jueves, febrero 22, 2024
22 de febrero del 2022
No tenías otra opción más que esperar. El estrés estaba alcanzando niveles discapacitantes. Te pusiste a estudiar dos o tres cosas que pudieran enriquecer la presentación que habías preparado, pero nada se te quedaba en la cabeza.
Dieron casi las 12: 30. La Comisión finalmente te dio acceso a la sesión de Zoom.
La entrevista terminó 40 minutos después. Tuviste la impresión de que no dijiste todo lo que querías decir. Tuviste la impresión de que habías perdido el concurso. No quisiste pensar en el futuro –¿cómo obtendrías ingresos durante los siguientes meses?, ¿hasta cuándo tendrías que vivir de tus ahorros?, ¿por qué, siempre, tenías que estar ahorrando y preparándote para escenarios catastróficos?– y te metiste a revisar twitter en tu teléfono. No buscabas nada en particular. Sólo querías distraerte.
La noticia fue otro uppercut, otro escopetazo en la cabeza.
Tu mente ya estaba en otra parte.
Durante más de cinco años habías estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en tus blogs, en cómo su música te ayudó a sobrellevar la miseria de una larga enfermedad que terminó en una cirugía, invitando a tus conocidos y a tus familiares a escuchar su música; diciéndoles que Mark Lanegan era un gran compositor, que también escribía poesía, que su trayectoria artística era muy amplia, que no sólo había sido mentor de Kurt Cobain, que no sólo había colaborado con un millón de artistas –PJ Harvey, Isobel Campbell, Duff McKagan, Kurt Cobain, Josh Homme, Dave Grohl, Alain Johannes–, que era un artista sin el reconocimiento que merecía.
domingo, julio 17, 2022
Las nubes son un algodón deshilachado
El domingo se dispersa. El viento sopla fuertemente. Las nubes rompen filas. La forma que han adoptado en el cielo parece un diente de león al que alguien le ha soplado, después de haberlo arrancado de la tierra para pasar el rato o para demostrarle su amor a un amor mal correspondido.
El domingo se quebranta con los bramidos del motor del automóvil que pasa a lo lejos, por donde está el cementerio o por donde está el campo de futbol 7 o por donde está la iglesia o por donde está la tienda de abarrotes o por donde está la coladera con un enorme agujero que da al desagüe, mientras hago una pausa para llevarme otra vez el tarro de cerveza a la boca.
Son las dos de la tarde. Hace sol. El sol carbura mi piel. Mi alma es el motor de un 747 que vuela a Honolulú. Estoy en la terraza de esta (enorme) casa que rentamos desde diciembre.
Salí a correr otra vez, después de tener inflamado el tobillo, después de haber estado dos semanas en reposo, después de haber esquivado a un Pug en el jardín de perros del fraccionamiento en el que vivo, después de haberme vendado el pie y de haberme puesto gel de diclofenaco y después de haber soportado estoicamente el dolor. Siempre he sido así, y eso me ha costado que la gente crea que todo me parece bien y que todo me da igual y que nunca me duele nada; ni siquiera haber terminado en el quirófano (a lo mejor por eso preferí la cirugía con “la herida de guerra”, en lugar de la cirugía con laparoscopía).
Al correr, como cada domingo, volví a toparme con mi vecino amable. Como ocurre siempre que nos encontramos, nos saludamos. Hay otras personas que nunca saludan. Como casi cada domingo, él lavaba su auto y la camioneta de su esposa, con una manguera y con una aspiradora.
También me topé con los vigilantes y los saludé, y me concentré en la música que escuchaba a través de los audífonos cuando llegué a los dos kilómetros recorridos, y en ese momento me topé con otros vecinos que salían del fraccionamiento en su automóvil y también los saludé, y cuando llegué a los tres kilómetros me detuve y me topé con otros vecinos que también salían del fraccionamiento en su automóvil, pero no los saludé porque son el tipo de vecinos que nunca devuelven el saludo.
Bajo los rayos del sol y con algunos mililitros del alcohol en la sangre, tostándome y perdiendo el juicio, he leído a Hunter S. Thompson, he leído a Mark Lanegan y he leído a Carlos Velázquez. (Siempre leo a varios autores al mismo tiempo; es un consejo que leí de Roberto Bolaño hace muchos años, cuando leí Los detectives salvajes, cuando una amiga que conocí en un taller de creación literaria, me dijo que él era como el Kurt Cobain de la literatura y despertó mi curiosidad.) He pasado de un avión con rumbo a Hawai, con un pasajero con un brazo azul, a un hombre atormentado por su pasado e infectado por el Covid-19 en un hospital lleno de ancianos, y he acabado en un restaurante de la Ciudad de México y en la Arena Monterrey, con un fanático de Roger Waters.
Me he bebido casi dos litros de Victoria. No es mi cerveza favorita, sino la que hay disponible. Disfruto la sensación de aturdimiento que me provoca el alcohol. Detecto sus efectos: cómo va haciendo pedazos a mi cerebro, cómo va quitándome los prejuicios y la necesidad de analizar excesivamente todo lo que quiero escribir, y cómo pone a trabajar a mi enzima alcohol deshidrogenasa.
Miro otra vez hacia el cielo. Aunque traigo lentes de sol y aunque me he puesto bloqueador, veo cómo las nubes rompen filas otra vez (y cómo parecen un diente de león en el aire), y siento cómo los rayos del sol chamuscan mi piel y mi mente alterada por el alcohol.
Las nubes rompen filas. Mis ojos enceguecidos por los rayos del sol reproducen fosfenos en mi corteza occipital. Los fosfenos saltan como argamasa multicolor en mis retinas. Cierro los párpados, y una luz rojiza inunda mi campo visual reducido. No sé por qué, pero recuerdo a Superman y su vista de rayos X. No sé por qué, pero me recuerdo leyendo un cómic de Superman en mi recámara, un domingo cualquiera de 1980 y tantos, mientras mi papá lee el periódico en la sala del pequeño departamento en el que vivimos y mientras mi mamá le da de comer al pequeño pez Betta Splendens que tenemos en una pecera encima del refrigerador.
No sé por qué, pero me recuerdo en el asiento trasero del VW de mi papá, en la época en la que era de color plateado, escuchando “Material Girl”, mientras circulamos por Fray Servando y Teresa de Mier y vamos a un Burger Boy, y mientras miro fijamente el sol durante algunos segundos y luego cierro los párpados y veo fosfenos, exactamente como ahora.
Pergeño estas palabras, y el domingo se dispersa. Escucho el tiroteo de los cohetes de las fiestas de San Mateo Atenco. El sol se esconde detrás de mi niebla mental etílica. Los motores de los automóviles refunfuñan. Escucho el aleteo de las palomas que huyen de las azoteas mientras un sujeto vino a cargar gas a alguna casa. Una mosca flota en mi campo visual, como si danzara al ritmo del repiqueteo de las campanas de las iglesias. La atmósfera tiene el olor de una droga invisible que altera los sentidos.
El domingo está muriendo.
martes, febrero 22, 2022
Nadie respeta el luto
Las últimas semanas han sido terriblemente estresantes. No he podido descansar ni disfrutar de este periodo intertrimestral. He estado –como toda la vida– en la cuerda floja: persiguiendo, cada 3 ó 4 años, contratos temporales... revisando cada semana compulsivamente gacetas de distintas universidades, en busca de concursos para gente con mi perfil... Generalmente debo concursar con biólogos, con químicos y con médicos, y, generalmente, los concursos para biólogos, para químicos y para médicos son exclusivamente para biólogos, para químicos y para médicos... Nunca me ha parecido justo, pero es lo que hay.
Pero ahora estoy harto, llegando a mi límite. Siempre he trabajado en las cosas que me gustan y siempre he sacrificado bienes materiales y he estado de acuerdo con que sea así, pero no parece que la situación vaya a cambiar, sino, más bien, que se trata de un ciclo: que encuentro cierta estabilidad temporalmente y que después debo empezar de cero.
Sé que para la mayoría de la gente lo único que importa es tener mucho dinero y estoy totalmente en desacuerdo (esa no debería ser la meta de nadie: todos deberíamos tener la oportunidad de explotar nuestro potencial y de vivir decentemente haciendo lo que nos guste hacer), pero, ocasionalmente, como hoy, simplemente no soporto la presión que ejercen los medios masivos de comunicación (en cualquiera de sus expresiones) para convencernos de que lo único que debe importarnos a todos es tener mucho dinero.
El estrés de estas últimas semanas ha sido tan debilitante que me ha llevado a considerar que, si pierdo este concurso por un contrato temporal de tres meses para dar clases en la universidad, será una señal para abandonar mi carrera académica definitivamente.
¿Qué utilidad tiene lo que hago? ¿A quién le importa el conocimiento, cuando puedes hacer cualquier cosa para generar dinero a corto plazo...? Al mundo no le importa entender cómo funciona el cerebro, sino lucrar con la idea de que puedes aprender cómo funciona el cerebro y dominar tus pasiones y volverte millonario de un día a otro. Al mundo le interesa venderte cursos en Domestika y engañarte y decirte que sólo necesitas prestar atención durante cinco minutos, y que no tienes que esforzarte realmente en aprender nada y que no tienes que invertir varias horas de estudio por tu cuenta. Al mundo no le importa que sepas cuáles son los circuitos cerebrales del apetito o del placer, ni cuál es la naturaleza química de los millones de moléculas que circulan en tu cerebro: le interesa venderte la idea de que, apenas apretando un botón conectado a un dispositivo que llevas en la cabeza, puedes quitarte el hambre o permanecer despierto todo el mes... o sentir placer realizando actividades aburridas... o simplemente oprimir otro botón y “encender” tu creatividad artística o, si así lo deseas, tu creatividad científica. Al mundo le interesa vender cualquier cosa que parezca asombrosa y fácil.
Estoy pensando en todas estas cosas que no me llevan a ningún sitio, mientras espero a que la Comisión Dictaminadora me dé acceso a la sala de Zoom. Apenas el viernes, después de haber cargado durante toda la semana mi solicitud y mis documentos en el sistema de las evaluaciones curriculares de la universidad, los miembros de la Comisión me citaron al mediodía de hoy y me pidieron conectarme a Zoom diez minutos antes del mediodía. El reloj en la computadora dice que ya son las 12: 20.
La espera está volviéndome loco. Ya no estoy seguro de nada. No sé si el estrés me hizo una mala jugada, ya no sé si me equivoqué de fecha. Reviso rápidamente en mi correo-e y confirmo que hoy es mi Día D (como tantos otros Días D que he vivido).
Para lidiar con la espera –el estrés está llegando a un nivel desquiciante–, trato de leer información que pueda ayudarme a tener más dominio del tema del cual le hablaré a la Comisión Dictaminadora, pero nada se me queda en la cabeza. Me dijeron que debo dar una miniclase de diez minutos sobre la neurobiología de las emociones y que debo estar preparado para otros diez minutos de preguntas de los integrantes de la Comisión.
Adquirir más información en este momento es contraproducente. La sensación es familiar. Muchas veces he estado así: cayendo en la cuenta de que, conforme más sé sobre un tema, menos sé sobre ese tema.
Todos los escenarios posibles, relacionados con mi desempeño durante la entrevista, cruzan mi mente, llegan como escopetazos a mi cabeza y me dejan viendo fosfenos.
Al cabo de cinco minutos, la Comisión me da acceso a la sala de Zoom.
Cuarenta minutos más tarde, la entrevista termina. Tengo la impresión de que no dije todo lo que quería decir. Tengo la impresión de que perdí el concurso.
No quiero pensar en el futuro –¿cómo me ganaré la vida en el siguiente mes, para no tener que depender, como otras veces, exclusivamente de mis ahorros...?–, y me meto a revisar twitter en mi teléfono. No sé qué estoy buscando. Sólo quiero distraerme. Apenas entro a la aplicación, veo un tweet que me llama la atención sobre todos los demás: alguien, aparentemente muy cercano a Mark Lanegan, tuitea desde la cuenta de Mark Lanegan, que Mark Lanegan acaba de morir.
La noticia me pone muy mal. Me parece que no está pasando, que se trata de un mal sueño dentro otro mal sueño. No quiero pensar ni siquiera en el presente.
Bastan unos cuantos minutos desde que me entero de esta mala noticia y mi mente ya está divagando en aquellos días de interminables arcadas –provocados por el consumo de tantos antibióticos–, en los que The Winding Sheet me confortó; mi mente ya está divagando en aquellas tardes en las que estaba resignándome a vivir miserablemente porque ningún tratamiento médico había funcionado, cuando las canciones de Mark Lanegan de pronto aparecieron como la luz al final del túnel; mi mente está divagando en aquella noche de septiembre del 2018, cuando estaba a unos metros de Jeff Field, de Shelley Brian y de Mark Lanegan, escuchando “Wild flowers” y sintiéndome feliz y triste simultáneamente, como si toda la felicidad y toda la tristeza que había acumulado durante los dos años y medio previos que duró la enfermedad y la convalecencia de la cirugía hubieran estallado como una granada de gas pimienta/hilarante en El Plaza Condesa.
En unos minutos, todo mundo ya habla en redes sociales sobre Mark Lanegan. La situación me enfurece. Estoy confundido. Estoy triste. Podría llorar o podría gritar o podría destrozar todo lo que tengo a mi alcance. Estoy tan molesto e indignado que se me olvida que acabo de concursar por un contrato de tres meses en la universidad y que concursamos 13 personas y que probablemente algunas de ellas también pertenezcan al SNI y que probablemente algunas de ellas también tengan muchos años de experiencia docente en universidades públicas y privadas y que seguramente también están tan estresadas y tan frustradas como yo.
Durante más de cinco años he estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en mis blogs, invitando a mis conocidos y a mis familiares a que escuchen su música; diciéndoles que es un gran compositor, que su trayectoria es muy amplia, que es un artista sin el reconocimiento que merece. Ahora, varios de ellos, gracias a que algunos “todólogos” populares de redes sociales de pronto se han convertido en portavoces de la trayectoria artística de Mark Lanegan, comparten (o dicen compartir) mi dolor.
Las personas –quizá esas que juzgan si a alguien le va bien en la vida, en función del número de autos y de hijos y de casas que tenga– siempre le dan más crédito a los desconocidos.
Nadie respeta el luto. El mundo es tan horrible que incluso la muerte es negocio. Siempre es y siempre será así: hasta que la gente talentosa muere, la gente sin criterio “abre los ojos”.
Una vez más, uno de los sujetos que me transmiten algo emocionalmente, se ha ido. Tal parece que estoy condenado a escuchar a artistas que mueren cuando se convierten en una parte esencial de mi vida.
El futuro cercano es mucho más oscuro y mucho más terrible de lo que había imaginado: ya no está Mark Lanegan. Siento como si él hubiera decidido abandonarme precisamente en este momento, para abrirme los ojos. Si pierdo este concurso, tocaré fondo. Lo sé.
domingo, agosto 09, 2020
Sing Backwards And Weep | Mark Lanegan (2020)
sábado, junio 06, 2020
Mis venas pueden arder
No me vuelve loco la tecnología: prefiero escuchar álbumes físicos que digitales –tengo una colección de cassettes, discos compactos y vinilos que probablemente está cerca de los mil– y de hecho me desagrada Apple –mi iPod está en perfectas condiciones y sin embargo está atravesando su época de “obsolescencia programada” y sólo reproduce tres canciones antes de que la batería se descargue por completo–, pero actualmente hay pocas opciones para escuchar álbumes físicos y solamente he tomado un descanso de mi trabajo.
Cierro los párpados, me pongo más cómodo en la silla frente a la computadora y me enfoco en la letra de esta canción. Pienso en un hombre que está esperando que la droga surta efecto y que le murmura a su amante que ella hará que la situación mejore un poco durante algún tiempo.
Me estiro un poco. Quisiera escribir que escuché a Mark Lanegan mucho antes de que “The Winding Sheet” fuera publicado por Sub Pop en mayo de 1990.
Por mas de cinco años, en los cuales pasé de ser un estudiante de posgrado mentalmente inestable a ser un investigador posdoctoral físicamente enfermo, había estado escuchando su música.
Cuando comencé mi investigación posdoctoral, me diagnosticaron reflujo gastroesofágico y me adherí a varios tratamientos médicos sin éxito. Independientemente de las terribles experiencias sofocantes inherentes a la enfermedad e independientemente de las interminables náuseas provocadas por el consumo de tantos antibióticos, los gastroenterólogos me dijeron que el reflujo estaba erosionando mi esófago de tal modo que era muy probable que la erosión progresara y produjera un tumor cancerígeno.
De su carrera solista, “Blues Funeral” fue el primer álbum que escuché –me lo regaló mi esposa casi inmediatamente después de que 4AD lo lanzara a la venta en México en febrero del 2012–, luego escuché “The Winding Sheet” –no pude resistirme al montón de artículos que había leído a lo largo de los años que lo señalaban como la gran influencia del “MTV Unplugged In New York” de Nirvana–, “Bubblegum”, “Gargoyle” y sus colaboraciones con Queens Of The Stone Age y con Duke Garwood.
En este caso, las palabras serían insuficientes.
Quizá no sea un sujeto del todo ortodoxo. Se pelea con medio mundo en twitter. Hace poco lo hizo con uno de los miembros de Oasis que se burló de él (¿el cantante?) y lo desafío a solucionar el asunto de una buena vez. Con frecuencia, también termina dejándose llevar por los reclamos de los admiradores que lo denuncian en redes sociales porque no dejó que le tomaran una fotografía mientras estaba de vacaciones en algún sitio turístico de bajo perfil.
Lanegan también desconfía de las versiones oficiales acerca del origen del COVID-19 y ha dado un par de entrevistas en las que se vislumbra que cree en la teoría de la conspiración de la red de telecomunicaciones de quinta generación.
A pesar de todo lo anterior, lo respeto como artista.
En realidad es uno de los pocos compositores que fueron capaces de dejar atrás “el sonido Seattle” de la década de los noventa. (Sé que los Screaming Trees son de Ellensburg, pero supongo que captas mi punto.)
Algunas veces estaba harto de no ser capaz ni siquiera de comer cosas “normales” o de beber algo más que no fuera agua simple. Algunas veces odiaba mi vida. Tenía náuseas todo el día. Carraspeaba todo el tiempo. Comía sin hambre, sólo algunas cuantas cosas. Comer era algo tan monótono que perdí algunos kilos.
Para septiembre del 2018, finalmente estaba sintiéndome de nuevo como una persona normal. Había vuelto a comer comida normal e incluso podía tomarme una cerveza, o un refresco o un jugo de naranja.
Además de que me sentía bien y de que me ilusionaba asistir al concierto de Mark Lanegan en El Plaza Condesa, precisamente un día antes del concierto mi artículo de investigación original más reciente fue aceptado en una revista y publicado.
Como en cualquier otro proceso estándar de revisión por pares de mis previos artículos, la revisión del artículo tomó varios meses, pero ese artículo en particular fue importante para mí. No sólo fue el resultado de mis últimos tres tortuosos años de investigación posdoctoral, sino que fue, oficialmente, mi primer artículo como autor corresponsal.
Ese día del concierto, unos minutos antes de que comenzara el concierto, me hubiera gustado comprar “Phantom Radio” o “I Am The Wolf” en el stand de la mercancía oficial de la banda, pero no tenía mucho dinero. Compré una litografía.
A los pocos minutos de que acabara el concierto, Mark Lanegan salió nuevamente a firmar autógrafos.
Gracias a mi esposa –a ella no le gusta la música de Lanegan, pero me acompañó al concierto y se formó en la fila antes que yo– fui el primero de la fila. Fui el primer sujeto entre los asistentes al concierto que tuvo la oportunidad de pasar a la mesa en la que Mark Lanegan firmaría autógrafos.
Él fue muy amable y me autografió la litografía que había comprado y también mi copia de “Uncle Anesthesia” –uno de los álbumes de los Screaming Trees que produjo Chris Cornell y uno de los que más me gustan.
Sólo le dije: “It was a great show”.
En varios niveles, realmente lo había sido para mí.
Durante algunos segundos, miré su cabellera rojiza y luego sus ojos –traía unos gruesos lentes– y traté de calcular cuántas veces habría escuchado las mismas tontas palabras que yo le había dicho, y me sentí estúpido.
Entonces le ofrecí una de mis manos y él cortésmente estrechó una de sus manos con la mía.
Luego le di las gracias y me alejé, sintiéndome aturdido. (No puedo creer que me haya tomado casi tres años, volver a recordar este evento y procesarlo.)
Hace unos días llegó a la casa mi copia de “Sing Backwards And Weep”.
Por la noche, después de haber estado atendiendo mis responsabilidades académicas, me di un descanso y leí un par de páginas de sus memorias.
Traté de imaginar cómo habían sido en realidad las cosas que relataba.
Luego, me distraje y me metí a revisar twitter.
El primer tweet que leí era uno de Mark Lanegan. Jason Bonner acababa de compartir un viejo video en donde los Sex Pistols tocaban en vivo “Anarchy In The UK”, y Lanegan le decía que los Sex Pistols habían cambiado su vida. Yo acababa de leer precisamente una página de su libro en la que se refería a ese asunto.
Esta coincidencia me remontó a estos recuerdos y decidí escribirlos aquí.
Ahora, acabo de darme cuenta de que Mark Lanegan cambió mi perspectiva de la vida, cuando estaba harto de estar enfermo y enfermo de estar harto y de vivir miserablemente.
viernes, mayo 01, 2020
The Winding Sheet de Mark Lanegan
Poco antes de que Internet fuera una excentricidad –y mucho antes de que imagináramos que se convertiría en uno de los servicios básicos de la civilización y que nos facilitaría la vida durante una pandemia–, por la época en que Lars Ulrich se quejaba de que Napster atentaba contra los derechos de autor –¿cómo es que el catálogo de Metallica terminó en Spotify?–, compré un cassette en El Chopo que supuestamente traía canciones inéditas de Nirvana.
Exceptuando una canción que sonaba remotamente a Nirvana y en la que parecía que Kurt Cobain hacía los coros, el cassette era un desperdicio. Traía canciones que cualquiera que no se considerara “admirador de ocasión”, ya habría escuchado.
La canción relataba una historia en la que un hombre le advertía a una mujer que la llevaría al infierno –“a la oscuridad de abajo”– y que ella lograría que “las cosas fueran mejores por cierto tiempo”, mientras algún narcótico hervía en su sangre y surtía efecto.
Cantaba un hombre de voz grave y rasposa.
La música sonaba vagamente al Unplugged In New York, pero era más elaborada que cualquier canción de Nirvana. También sonaba a la música de finales de los setenta.
Varios años después –probablemente cuando Reservoir Books publicó los diarios de Kurt Cobain–, supe que ese hombre de voz rasposa era Mark Lanegan y que había sido el cantante de los Screaming Trees.
En la época en la que Mark Lanegan colaboraba con Queens of the Stone Age, supe que Cobain no sólo había colaborado con los coros en “Down In The Dark”, sino que también había tocado la guitarra en “Where Did You Sleep Last Night?” y que ambas canciones aparecían en The Winding Sheet, el álbum debut de la carrera solista de Lanegan.
Cuando salió a la venta With The Lights Out –y entonces ya había escuchado “Long Gone Day”, su colaboración con Layne Staley en el álbum de Mad Season–, me enteré de que Lanegan y Cobain incluso habían formado una banda alrededor de 1992, a la que llamaron The Jury –con Krist Novoselic en el bajo y con Mark Pickerel en la batería– y que fracasó porque ninguno de los dos se había atrevido a imponerle su punto de vista al otro.
(“Ain't It A Shame” y “They Hung Him On A Cross” fueron grabadas en esa temporada.)
Cuando se cumplieron 25 años del lanzamiento del Unplugged In New York, leí una entrevista en la que Dave Grohl aseguraba que Kurt Cobain quería que ese álbum acústico sonara a The Winding Sheet.
(Como prueba de la admiración de Cobain hacia Lanegan, Nirvana grabó su propia versión de la canción de Ledbelly. Irónicamente, Lanegan nunca ha sido tan famoso como Cobain y ni siquiera ha gozado del mismo estilo de vida que sus contemporáneos –en algún momento, incluso fue un homeless–, pero esta canción quedó registrada como uno de los momentos más emblemáticos de los conciertos Unplugged de MTV*.)
Escuché The Winding Sheet en la época en que mi salud me obligó a dejar de beber alcohol, a dejar de fumar, a cambiar mi dieta y a adherirme a tratamientos médicos que no dieron resultado.
Me sentía miserable –cuando “me sentía bien”, tenía náuseas y ataques de ansiedad que me impedían permanecer encerrado en un lugar más de una hora– y terminé en el quirófano –rechacé la laparoscopía y me abrieron en canal, y la recuperación fue tardada y dolorosa– y este álbum me acompañó en el proceso de la enfermedad y en la recuperación de la cirugía. (Éste y otros álbumes suyos son muy importantes para mí, pero esos asuntos los reservo para mis textos personales.)
No esperes a que Mark Lanegan muera y a que un periodista de rock te invite a escuchar su música. Puedes comenzar a escucharlo hoy, cuando The Winding Sheet cumple 30 años.
Apuesto que, de haber muerto en las mismas circunstancias que otros músicos de su generación –también era amigo de Layne Staley, e incluso intentó convencerlo de ingresar a un centro de rehabilitación, poco antes de su muerte–, los periodistas de rock lo compararían con Jim Morrison.
*En una entrevista que dio a Rolling Stone en estas semanas, para hablar de “Sing Backwards And Weep”–sus memorias, recientemente publicadas– les dijo que nadie le creía cuando les decía que Kurt Cobain lo admiraba y que incluso le había insistido a Dylan Carlson –un amigo en común de los dos– que lo convenciera para que asistiera a un concierto de Nirvana en la Biblioteca Pública de Ellensburg –mucho antes del éxito de Nevermind–, y que los presentara.)
miércoles, mayo 01, 2019
Si encontraras un camino más fácil...
Unos meses más tarde, cuando la situación empeoró y sólo podía comer dos o tres cosas sin condimentos y cuando la constante erosión del esófago estaba provocándome esofagitis y me hacía secretar saliva incesantemente, consulté a otros dos gastroenterólogos y los tres me dijeron que tenía que someterme a un procedimiento quirúrgico y que, si no lo hacía, no sólo tendría los síntomas del reflujo gastroesofágico sino que la esofagitis podría generar un tumor cancerígeno... y fue así que acabé en el quirófano hace casi dos años.
Los médicos me abrieron en canal –quería tener una cicatriz visible, para tener consciencia de la miseria por la que había pasado, y opté por el método tradicional y rechacé la laparoscopía– y la recuperación fue larga y también incluyó ataques de ansiedad, náuseas, malestar gástrico, distensión estomacal, una dieta monótona y la consciencia de estar secretando toneladas de saliva que me dejaban dolorida la garganta.
A lo largo de todos estos meses escuché la música de Mark Lanegan: desde que me despertaba diariamente con náuseas, sin ganas de salir a la calle y sin hallarle sentido a una vida tan miserable, hasta que la posibilidad de someterme a un procedimiento quirúrgico me dio la esperanza de tener una vida normal nuevamente.
Rumbo al trabajo, escuchaba Bubblegum –When Your Number Isn't Up me transportaba a la calidez y a la ociosidad de mi adolescencia, cuando no tenía problemas de salud y lo único que hacía era pensar en formar una banda de rock y en probar drogas ilícitas–, mientras intentaba ignorar los aromas de la calle que podía asociar con la asquerosidad y que podían llevarme a tener arcadas y a devolver el estómago en la vía pública –siempre llevaba conmigo una bolsa de emergencia– y The Winding Sheet –Wild Flowers me hacía desear que el único sufrimiento que padeciera fuera el rechazo de una mujer–, y la melancolía de las letras y la lúgubre voz de Lanegan y la idea de que ese álbum había sido lanzado a la venta cuando yo era apenas un niño de diez años sin ningún problema de salud, me consolaban.
En la convalecencia de la cirugía, también leía a Tom Hansen, y lo imaginaba confinado en una cama, después de haber ingresado de emergencia al Harborview Hospital, a punto de perder una pierna, debido a una infección provocada por el constante empleo de jeringas para inyectarse heroína, y recapacitaba en unas palabras suyas que decían "No me desperté un día y decidí destruir mi cuerpo... La destrucción de mi cuerpo ocurrió de manera imperceptible... como la puesta de sol" y pensaba que yo nunca había sido un heroinómano y que no había ido a parar al hospital de emergencia y que no había estado nueve meses postrado en una cama y dependiendo de las enfermeras para ir al baño y para tomar una ducha, y que sin embargo había estado sintiendo la misma desesperanza que él durante casi dos años.
Incluso cuando estaba bajo tratamiento médico, me era imposible sentarme a leer un artículo de investigación de principio a fin, o realizar una cirugía estereotáxica de principio a fin. Siempre tenía que hacer pausas y salir a tomar aire a un espacio abierto, para mitigar las náuseas que me atacaban y controlar los ataques de pánico que acompañaban a las náuseas.
Por supuesto que nada de esto es importante cuando te evalúa el SNI: aun cuando saltaste de no ser miembro del SNI a ser Nivel I, aun cuando titulaste alumnos, aun cuando estuviste en exámenes de doctorado, aun cuando eres co-tutor de un estudiante de maestría, aun cuando diste clases y conferencias por aquí y por allá, aun cuando trabajaste en tus propios proyectos de investigación sin tener tu propio laboratorio, aun cuando publicaste un artículo con información importante y pudiste recurrir a la puntitis y dividirlo en tres publicaciones irrelevantes y aun cuando hiciste todo esto pensando diariamente si tenía sentido soportar una vida miserable y un futuro académico incierto, eres susceptible a los prejuicios y eres culpable de ser un ser humano y de comportarte como los humanos que hacen el mínimo esfuerzo y eres culpable de ser un investigador poco productivo que no merece.
El asunto había llegado a ser tan intenso que una vez tuve que acudir al Servicio Médico de la universidad a pedir un ansiolítico y tuve que regresar al departamento donde vivía bajo los efectos del Ativan y tumbarme en la cama y soportar la paranoia y las arcadas, yo solo (mi esposa volvía de su trabajo alrededor de las siete de la noche), mientras el tiempo transcurría lentamente y las náuseas menguaron.
El dolor físico y emocional que transmitía Tom Hansen en las páginas de American Junkie, postrado en una cama del Harborview Hospital, me hacía pensar en su infierno privado y comprender por qué le resultaba inútil explicarle a los médicos por qué se había convertido en adicto a los opiáceos y por qué había desarrollado tanta tolerancia a ellos que había despertado de la anestesia a la mitad del procedimiento quirúrgico en el que estaban por amputarle la pierna.
Así veía yo, más o menos, mi situación: si mis familiares reducían mi enfermedad a un dolor estomacal semejante a una combinación de gastritis con faringoamigdalitis, ¿qué podía esperar de mis compañeros de trabajo?
Estaba cansado de intentar explicarle a mi familia cómo me sentía.
Casi cada domingo, veía a mis papás –me sentía deprimido, pero jamás llegaba al extremo de decirles que estaba harto de vivir miserablemente y que cada día era una tortura– y les decía que no me sentía bien y les contaba qué medicamentos tomaba y qué cosas podía comer y qué explicaciones me daba el especialista cuando iba a consulta, pero no parecían dimensionar el problema (me hablaban de sus propios problemas de salud y no notaban que esa época era la primera en la que yo mismo me veía forzado a hablarles seriamente de mi salud) y me invitaban a comer y, a pesar de todo lo que les había dicho, casi siempre me ofrecían alimentos grasosos e irritantes que cualquier persona podía comer.
Lo más fácil para mí era evitar contarles a mis compañeros de trabajo cómo me sentía.
En estos días he estado leyendo a Guillermo Fadanelli.
En Plegarias de un inquilino, sugiere que la salud es el silencio de la enfermedad y que sólo somos conscientes de nuestra existencia cuando estamos enfermos.
Dice que nadie juzgaría a un enfermo terminal, por no realizar planes a futuro.
Dice que la vida del enfermo terminal, carece de propósito y que es irónica: que aun cuando no sabe cuándo morirá exactamente, está consciente de que la probabilidad de que su muerte ocurra más pronto que la de cualquier persona sana es más alta.
Tras recordar estos meses miserables y recordar lo extenuante que es hablar del asunto con la gente cercana a ti y no hacerles comprender que no estás exagerando, que no estás psicosomatizando y que estás deprimido y que no es sólo un evento mental sino que te mina físicamente y emocionalmente, sólo puedo concluir que automáticamente juzgamos la vida de los demás, sin saber cuáles son los motivos detrás de sus actos y sin tener el mínimo interés en averiguar cuáles son los motivos detrás de sus actos.
En septiembre del año pasado, Mark Lanegan vino a la Ciudad de México y cuando escuché Wild Flowers en vivo fue un momento catártico: aun cuando había fracasado durante seis meses en la búsqueda de un empleo más estable que una estancia posdoctoral, entonces me sentía una persona normal y acababan de publicarme un paper en el que había trabajado experimentalmente cuando me sentía más miserable.
Ese concierto representó muchas cosas para mí.
Al final del concierto, fui el primer asistente en estrechar la mano de Mark Lanegan y en obtener su autógrafo. Me hubiera gustado decirle todo lo que su música representó para mí en esos tiempos difíciles.
Hoy es el aniversario 29 de The Winding Sheet.
Cuando cumpla 30 años este álbum, espero haber reflexionado más sobre estas ideas y escribir una entrada sobre su grabación y también sobre el alivio que representó para mí la música de Mark Lanegan durante mi enfermedad.
A 2014 KEXP Review of The Winding Sheet

















