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sábado, marzo 01, 2014

El día que conocí a un Premio Nobel


Todavía faltaban 20 minutos para las 7 de la mañana y las conferencias comenzaban a las 8:30, pero en el McCormick Place ya había mucha gente. Era el primer día del congreso de la Society For Neurosciences del 2009 y también era el primer congreso internacional al que asistía. 

Los estudiantes más veteranos del laboratorio ya estaban por titularse y habían asistido a otros congresos de la SfN y me habían advertido de las dimensiones de estos congresos –se calcularían alrededor de 31, 000 asistentes a la edición del 2009, en Chicago, IL–, pero de todas formas me sorprendió ver a tanta gente. 

Había quienes caminaban apresuradamente de un lado a otro, como si la impuntualidad fuera una cuestión de vida o muerte y no les estuviera permitido llegar cinco minutos tarde a una conferencia. (¡Ay, el amor por el conocimiento!) Otros, como yo, perplejos y en ayuno, esperábamos nuestro turno en una larga fila del único negocio abierto a esa hora: un Starbucks que parecía La Torre de Babel (la gente hablaba cualquier idioma que puedas citar.)

La gente no necesariamente hablaba bien inglés, pero intentaba comunicarse de algún modo y la fila avanzaba lentamente. A unos metros de mí, una mujer con burka pagaba su muffin y su bebida en la caja del Starbucks, cuando La Torre de Babel guardó silencio. Luego, siguieron unos murmullos. Miré por encima del hombro de mi compañera de laboratorio –ella también acababa de ingresar al doctorado y ésa era su primera experiencia internacional en un congreso–, y lo vi. 

No se trataba de cualquier hombre caucásico con anteojos, de escaso cabello blanco y de mediana estatura, sino del ganador del Premio Nobel de Medicina o Fisiología del año 2000. 

Vestía un traje y su característico moño en el cuello, justo como lo había visto en varias entrevistas para la televisión. 

Eric Kandel avanzó lentamente hacia la fila del Starbucks y se detuvo precisamente a mi lado. Miró a su alrededor y se rascó la barbilla. 

“Do you know where can I pick up my badge and the stuff...?”, me preguntó. Recordé haber escuchado esa peculiar voz en diversas entrevistas, y sentí la mirada de la gente en la fila, que, al igual que yo, tal vez no daba crédito a lo que estaba pasando. Le respondí tan rápido y tan claro como pude. 

“Thanks”, añadió, y se marchó.

Lo seguí con la mirada. Por donde fuera que caminara, su presencia surtía el mismo efecto que en la fila del Starbucks. Parecía una de esas personas con tanta influencia y poder que pueden obligar a la gente a hacer cualquier cosa, si así lo desean. 

Nos tocó nuestro turno en la fila y lamenté no haber sido atrevido y ni haberme tomado una foto con él, para tener evidencia y para que los veteranos del laboratorio no me tomaran por un mitómano. 

viernes, agosto 30, 2013

¿Existe la hormona de la fidelidad?


La oxitocina está de moda. 

En medios impresos y electrónicos, abundan las notas –"supuestamente" basadas en evidencia científica– que se enfocan en los hallazgos más llamativos relacionados con esta hormona.

Más que informar imparcialmente, el objetivo de estas notas parece ser "monetizar" y atrapar al incauto lector con clickbaits cuyos encabezados le venden un tópico "científico y controversial" que lo hará poseedor de una información envidiable. 

En términos más formales, el nombre de la oxitocina proviene de dos términos griegos que traducidos al español significan "nacimiento rápido" y que le fueron adjudicados porque facilita la labor del parto y disminuye el dolor experimentado por la madre, al promover las contracciones uterinas. 

La oxitocina también promueve la liberación de la leche materna durante la lactancia. Debido al fuerte vínculo existente –e innegable– entre la madre y su cría en este periodo, se ha sugerido que también participa en la formación del apego. 

En este sentido, algunos investigadores sociales han ido más lejos, han antropomorfizado el constructo "apego" y han sugerido que la oxitocina participa en la formación de lazos emocionales y que facilita tanto la atracción sexual como la empatía, entre desconocidos. 


Actualmente se ha mostrado que la oxitocina participa en diversos procesos fisiológicos que van desde la supresión del hambre hasta la sensibilidad por el consumo de sustancias adictivas*, pero a finales de la década de los ochenta comenzaron a ser publicados algunos estudios en los que se sugería que esta hormona guardaba una estrecha relación con la monogamia (y con la fidelidad) exhibida por una subfamilia de roedores. 

En este contexto, más recientemente, en algunos estudios llevados a cabo en humanos, se ha observado que los niveles de oxitocina en sangre se elevan después del orgasmo en parejas monógamas y que la administración intranasal de oxitocina produce "un efecto de evitación hacia mujeres desconocidas" en hombres involucrados en una relación monógama.  

Debido a esta clase de hallazgos, la oxitocina, por vox populi, es considerada "la hormona de la fidelidad".

Estos resultados también han hecho volar la imaginación de algunos empresarios y los ha llevado a considerar la posibilidad de crear "un perfume de la fidelidad".

(El detalle que omiten mencionar en sus campañas publicitarias es que, aparentemente, los solteros son inmunes a los efectos filiales inducidos por esta hormona.)

La conclusión más aceptada hasta hoy, entre los expertos en el tema, es que la oxitocina participa en el mantenimiento –más que en el establecimiento– de lazos afectivos. 


No dudo que algunos autores de las notas más sensacionalistas sobre esta hormona, sean "investigadores exprés" y que recaben su información de Wikipedia, de Google o de blogs (no precisamente como éste.)

Aun cuando no sean expertos en el tema y aun cuando su meta sea –casi exclusivamente– vender una nota, no estoy de acuerdo en que sugieran que no falta mucho tiempo para que "un científico loco" sea contratado por algún gobierno del mundo con el malévolo propósito de diseñar una píldora que mimetice los efectos de la oxitocina y cuyo fin sea controlar nuestra fidelidad hacia cualquier autoridad que se nos imponga. 
  
¿Se hacen pasar por ingenuos... o realmente no se dan por enterados de que los humanos practicamos diversas actividades que nos controlan del mismo modo en que el soma controlaba a los habitantes del mundo feliz de Aldous Huxley?

______________   

*Información actualizada al 1 de diciembre del 2019.

miércoles, mayo 05, 2010

El sangrado de Twinkle




En Discovery Channel pasaron un programa acerca de una chica que sangraba sin razón aparente. Buchanan -supuestamente un médico tradicional con una gran reputación- estaba convencido de que la chica padecía el síndrome de Münchausen. 

Dwivedi -otro médico con una gran reputación, pero abierto a emplear métodos alternativos- fue más práctico y decidió que ella sufría el sangrado de Twinkle. 

Así se apellidaba la chica.

Lo que más llamó mi atención no fue la rareza de la enfermedad, sino la forma en que ambos médicos le buscaban una explicación y descartaban posibles causas. 

En los comerciales no pude dejar de pensar en los fanáticos religiosos que creen en leyendas escritas hace más de 1, 000 años en arameo, latín y griego, y que ni siquiera saben que originalmente la palabra "demonio" se usaba para nombrar al "conocimiento". 

No pude dejar de pensar en las personas que prefieren orar en vez de buscar ayuda de un especialista de la salud; en las personas que esperan que orando se solucionen todos sus problemas y que consideran a la ciencia una cosa del demonio. 

Generalmente culpan a otros de sus fracasos -necesitan que alguien les diga qué es lo correcto o incorrecto- y agradecen a Dios todo lo bueno que les ocurre. No parecen capaces de asociar las consecuencias con sus propios actos. 


Al volver de los comerciales, Buchanan escudriñó la frente de Twinkle en busca de cicatrices ocultas a simple vista. Dwivedi sopesó la posibilidad de que el sangrado fuera el resultado de un condicionamiento clásico. Él pensaba que el sangrado podía ser evocado por la presencia de la madre de la chica y que la madre podía estar asociada a algún evento que por sí sólo hubiera hecho sangrar a Twinkle.

Aparecen otros comerciales y ahora no puedo dejar de pensar en lo horrible que debe de ser ponerse a sangrar y no poder controlarlo -se me ocurre que puede ser como vomitar-, y ya quiero saber en qué termina todo.

Antes de que acaben los comerciales, llegan unos conocidos de visita al departamento.

Uno de ellos me pregunta qué veo en la televisión y le explico. Me dice que ya vio el programa y que sin duda el sangrado de Twinkle es una milagro de Dios.