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domingo, febrero 08, 2026

but I don't wanna talk, I only wanna listen

Sobrevivía a una mala temporada, a casi dos años de visitas a gastroenterólogos, a casi dos años de fármacos, diagnósticos fallidos y endoscopías que terminaron en una cirugía, sobrevivía a casi medio año de náuseas matutinas y de mononeuropatías provocadas por tantos fármacos, sobrevivía a casi medio año de odiar mi existencia, de sufrir ataques de pánico a la mitad de la nada, sobrevivía a la convalecencia de la cirugía, sobrevivía a una terrible faringoamigdalitis, estaba tumbado en la cama, lidiando con los escalofríos, como un junkie en abstinencia, apenas hablando lo indispensable sin sentir malestar y tomando líquidos como loco y evitando sales y grasas, cuando me encontré un video de Kurt Vile en YouTube.

Era un tipo alto y con el cabello largo y quebrado, nunca lo había escuchado, tenía una voz estilo “lazy”, como que cantaba despreocupadamente y arrastraba las palabras, también tocaba una Jaguar como la que hizo famosa Kurt Cobain a principios de los 90, y vestía Levi's y una camisa de leñador, y su banda –conformada por un baterista, por un bajista, y por un guitarrista que también hacía efectos con un sintetizador– lo acompañaban en una canción hipnótica en la que destacaba un arreglo de la guitarra eléctrica, su música sonaba a “indie-folk-oscuro” y esa canción en particular movió algo dentro de mí.

Había contraído faringoamigdalitis a mediados de octubre, estuve así durante casi todo el mes y volví a enfermarme por ahí de la segunda semana de diciembre, al salir de una cena de fin de año en casa de una colega de la universidad, tenía más de un mes en convalecencia cuando descubrí a Kurt Vile, no había salido a la calle en toda la semana, incluso yo, que no soy tan nómada y puedo estar encerrado en la casa muchos días, estaba mortalmente aburrido, sintiendo escozor en la garganta y en los ojos, con la nariz llena de mocos, con debilidad muscular, y esa canción sonaba a bienestar, hizo que pensara en que no podía estar enfermo toda la vida, en que me acercaba a la luz al final del túnel.


Llegué al canal de KEXP casi por accidente, a lo mejor atraído por el aspecto del sujeto de cabello quebrado y largo, a lo mejor atraído por su vestimenta, a lo mejor atraído por su Jaguar, a lo mejor mi estado de sopor hizo que sintiera que su música movía algo dentro de mí, que me pareciera “hipnótica” y “psicodélica”, como suelen sentirse las cosas del mundo después de que has estado enfermo tanto tiempo. La canción se llamaba “Wheelhouse” y el arreglo de la guitarra se repetía incesantemente, era la base de la canción, y se me quedó en la cabeza.
                        
Vi el video varias veces más y luego busqué información sobre Kurt Vile en Internet. “Wheelhouse” era el track #5 de B'lieve I'm Goin' Down, «el sexto álbum de estudio del compositor indie-rock estadounidense Kurt Vile», el álbum tenía algunos meses de haber salido a la venta y Kurt Vile tenía, además, otros álbumes con una banda llamada The Violators. Según Wikipedia, Kurt Vile escribía todas las letras de sus canciones, componía la música de todas sus canciones y tocaba la mayoría de los instrumentos en sus álbumes de estudio. La prensa especializada lo asociaba con artistas como Neil Young y Bruce Springsteen; de hecho, con The Violators, Kurt Vile tocaba “Downbound train”, una canción original de Springsteen, en So outta reach, un EP lanzado en el 2011 por Matador Records.

Toda esta información que encontré en Internet me intrigó, quería escuchar más música de Kurt Vile, pero eran otros tiempos, aún me resistía a las plataformas de streaming (no tenía Spotify), así que compré B'lieve I'm Goin' Down en Amazon. Cuando llegó a la casa, la faringoamigdalitis ya casi había desaparecido y estuve escuchando el álbum de principio a fin, me dio la impresión de que sonaba a country y a folk, y que algunas canciones tenían ciertos destellos de optimismo, aunque la mayoría más bien sonaban melancólicas. Cuando ya había escuchado decenas de veces B'lieve I'm Goin' Down y más o menos me lo sabía de memoria y me reintegraba a mi trabajo de postdoc en la universidad, me enteré que Kurt Vile daría un concierto en El Plaza el 4 de febrero del 2017, y (obviamente) compré un par de boletos, ¿cuántas veces tienes la oportunidad de escuchar en vivo a un artista que acabas de conocer? 

El sábado 4 de febrero llegó y Lizzie y yo caminamos desde el metro Patriotismo hasta El Plaza, quién sabe por qué me acababa de cortar el cabello, me veía y me sentía tonto, casi como me sentía cuando me obligaban a cortarme el cabello casi cada quince días en la secundaria, había estado lloviendo toda la tarde, iba con ropa de invierno, no quería volver a enfermarme, y no dejaba de sentirme tonto ni de preguntarme por qué había tomado esa decisión tan abrupta de cortarme el cabello tan corto. 

Cuando llegamos al Plaza Condesa eran como a las 7 PM, y había unas cincuenta personas por ahí –entre ellas, “la reclu”, una locutora de radio que parece tener un contrato vitalicio como dobladora de los Oscars con TNT–, y también había puestos de mercancía (pirata) del concierto, y Lizzie y yo recorrimos algunos de los puestos y compramos un par de playeras y nos topamos a unos tipos que no hablaban muy bien español pero que estaban muy interesados en comprar unas gorras y unas playeras con la cara de Kurt Vile, y uno de los tipos trataba de comunicarse con un vendedor en un español muy básico.

Ese tipo se me hace conocido, le dije a Lizzie.
¿Es uno de los músicos que tocan con Kurt Vile?, me preguntó, y traté de recordar los rostros de los músicos que había visto en YouTube tocando “Wheelhouse”.

Se me ocurrió acercarme al puesto de gorras y playeras, y ayudarle a negociar al tipo extranjero con el vendedor, pero me puse a pensar en veinte mil escenarios posibles, no quería ser inoportuno ni meterme en donde no me llamaban. 

El extranjero apenas hablaba dos o tres palabras en español y sólo llevaba dólares y el vendedor no entendía gran cosa de lo que le decía y tampoco estaba seguro de cuántos dólares tendría que cobrarle por las gorras y por las playeras. 

¿Por qué no les ayudas?, me dijo Lizzie y me acerqué al puesto, pero entonces el extranjero y el vendedor ya habían llegado a un acuerdo. En ese momento tuve un insight: otro de los extranjeros del grupo se parecía mucho a uno de los músicos que había visto en YouTube durante la convalecencia y me acerqué a él (con mi corte de cabello de tonto) y le pregunté si él era el guitarrista de la banda y me contestó que sí y le pregunté si podíamos tomarnos una foto y él dijo que sí y posó con una de las gorras que el otro tipo le acababa de comprar al vendedor, así que tengo una foto con Jesse Trbovich en la que salgo con un corte de pelo de tonto. 

Lizzie y yo entramos al Plaza, y no había reparado en que tenía más de quince años que no me paraba por allí, desde mucho antes de conocer a Lizzie, por ahí de los años dos mil, cuando la UNAM estaba en huelga y
 El Plaza era un cine en el que proyectaban películas de culto, hasta un par de veces
vi una que otra película de Peter Greenaway o de Jean-Claude Lauzon, y unos tipos me siguieron varias cuadras al final de una función y me puse paranoico y prácticamente corrí hasta el metro Chilpancingo debajo de la lluvia, quién sabe quiénes eran, a lo mejor solo se trató de mi imaginación.

Volví al presente. Quién sabe desde cuándo, pero los tiempos de El Plaza como cine de culto habían quedado atrás, ahora era una sala de conciertos, creo que hasta los Melvins y Mark Lanegan ya habían tocado allí, y las butacas de la planta baja ya no existían y el primer piso era una especie de bar VIP. En ese momento había más gente en esa especie de bar que en la planta baja, tal vez la gente en esa lugar iba a pasar toda la noche bebiendo y platicando mientras Kurt Vile tocaba en vivo, como si estuvieran en cualquier otro bar de la Condesa, tal vez no. 

Lizzie y yo buscamos un buen sitio en la planta baja, para entonces ya había unas treinta o cuarenta personas dispersas en la zona general, pero todavía encontramos un espacio libre como a seis metros de distancia del escenario, casi junto a las barras de contención que separan al público de los músicos, y, justo cuando encontramos el lugar, me dieron ganas de ir al baño. 

Ahora vuelvo, le dije a Lizzie.

El concierto estaba programado a las 9 PM, todavía faltaba casi una hora, todavía nadie estaba borracho, así que la fila del baño no era muy larga. Mientras la fila avanzaba, me topé a dos o tres tipos que hablaban del Superbowl LI –el día siguiente jugarían los Atlanta Falcons contra los New England Patriots en el NRG Stadium de Houston– y que estaban convencidos de que ganarían los Pats. Otros tipos quién sabe por qué estaban en El Plaza, ni siquiera sabían quién era Kurt Vile, tal vez sólo habían ido al bar del primer piso, a conversar y a beber, con música en vivo de fondo. Llegó mi turno y oriné junto a José Manuel Aguilera, el guitarrista y cantante de La Barranca. Cuando salimos del baño, después de lavarnos las manos, nos miramos unos segundos, quería pedirle que nos tomáramos una fotografía, él quería que le pidiera que nos tomáramos una fotografía, entre los fans de los Pats y entre quienes no sabían quién era Kurt Vile (aunque estaba por empezar el concierto de Kurt Vile), nadie lo había reconocido, pero no pasó nada, me sentí incómodo, Aguilera me sonrío y me extendió la mano y tal vez se quedó esperando a que le pidiera una foto o un autógrafo.  

Volví a donde estaba Lizzie, tratando de ahuyentar esos pensamientos que daban vueltas por mi cabeza –«pudiste haber ayudado a Jesse Trbovich y compañía a comunicarse con el vendedor...», «pudiste haberte tomado una foto con José Manuel Aguilera...», «no parecen esa clase de músicos insoportables que llevan guardaespaldas a todas partes...», «pero no hiciste nada...»–, en ese momento salió al escenario el tipo que había comprado las gorras y las playeras con el rostro de Kurt Vile afuera de El Plaza, acomodó algunos pedales de guitarra por aquí y por allá, y luego desapareció: formaba parte del staff  de Kurt Vile.

Otros pensamientos me dieron vueltas por la cabeza –«si lo hubieras ayudado, a lo mejor te habría conseguido un autógrafo de Kurt Vile, o el setlist del concierto...», «eres tan tonto, tu corte de cabello es perfecto para ti...»–, preferí contarle a Lizzie sobre mi encuentro con Aguilera en los baños.

Te hubieras tomado una foto con él, me dijo. 

De pronto ya sólo faltaban veinte minutos para las 9 PM y de pronto dieron las 9 PM y entonces se apagaron las luces de El Plaza y Jesse Trbovich y algunos de los extranjeros del grupo que había comprado las gorras y las playeras con el rostro de Kurt Vile salieron al escenario. Kurt Vile salió al final de todos, y el público les aplaudió a todos y la banda saludaron al público.

Kurt Vile se colocó su Jaguar y abrió el concierto con “Dust Bunnies”, el track #2 de B'lieve I'm Goin' Down. Cuando terminaron, el tipo del staff, el de la transacción de las gorras y de las playeras, salió al escenario y le ayudó a Kurt Vile a quitarse la Jaguar y a colgarse un banjo –el tipo aparentemente era el técnico de guitarra–, y la banda tocó “I'm An Outlaw”. 

“Jesus Fever” fue la tercera canción de la noche y la primera que la mayoría del público identificó, entre una canción y otra, alguien del público pidió “Wheelhouse”, pero Kurt Vile se disculpó y dijo que tendría que ser en otra ocasión. Ni hablar. Luego tocaron “Pretty Pimpin”, la canción más celebrada hasta ese momento, y varias canciones que el público sí conoció. Entonces Kurt Vile se quedó solo en el escenario y tocó “Stand Inside”, esa canción me noqueó emocionalmente, me acordé de todos mis problemas de salud de los últimos años, sentí un nudo en la garganta, que las piernas me temblaban, tuve mi momento con el multi-instrumentista de Pennsilvania, nunca había sentido una conexión tan cercana con ningún artista, con ninguna canción en vivo, y no dejaba de preguntarme qué se sentirá conectar con millones de desconocidos, con tu voz y con una guitarra acústica..., qué se sentirá que la prensa te asocie con Neil Young...

Después de esta conexión tan cercana con “Stand Inside” y de sentirme, en cierta forma, en una especie de MTV Unplugged in New York, la banda volvió a subir al escenario. Tocaron otros veinte minutos, más o menos, y se enfocaron en canciones de B'lieve I'm Goin' Down. Como a las 10 PM cerraron con “Downbound Train” –el cover de Bruce Springsteen que tocan en So outta reach–, con “Baby's Arms” y con una larga sesión de feedback.

Las luces de El Plaza se encendieron poco a poco y poco a poco la gente salió del recinto y 
el técnico de guitarra apareció otra vez en el escenario y tomó del suelo el setlist y se lo entregó a una persona del público. «
Si lo hubieras ayudado a comunicarse con el vendedor hace rato, a lo mejor te habría entregado el setlist a ti», pensé. 

Este concierto ocurrió hace casi 10 años.

jueves, abril 05, 2018

Es mejor quemarse que desvanecerse


Camina encorvado y con la cabeza baja, como se le verá en Live Tonight Sold Out (el VHS que será lanzado en noviembre de 1994, que ha sido concebido por él y cuyo propósito es documentar la trayectoria de su banda), en el clip donde acaban de tocar Territorial Pissings en el show de Jonathan Ross.

El público y la producción no pueden creer que hayan hecho lo que se les dio la gana. 

Tenían la instrucción de tocar una versión "amistosa" de Lithium.

Le ha contado a Michael Azerrad que camina de ese modo porque tiene un problema en la columna vertebral –escoliosis congénita– y que el continuo peso de la guitarra lo ha agravado.

Sus admiradores están acostumbrados a verlo caminar de ese modo cuando abandona el escenario y ha destruido una  Fernandes (gira de 1991) o una Stratocaster (gira de 1992) para dar por concluido un concierto. 

Jamás destruye la Mustang que portó durante la grabación del video de Smells Like Teen Spirit, ni la Jagstang que Fender diseñó exclusivamente para él.


La destrucción forma parte de la música de Nirvana. 

Endless, Nameless –la pista secreta de seis minutos y medio al final de Nevermind, con la que acostumbraban terminar sus conciertos hasta la gira de 1992 por Australia– fue resultado de su frustración al no quedar satisfecho con las voces y la guitarra de Lithium y destrozar una Stratocaster negra y de golpeador blanco contra el piso del costoso estudio de grabación. 

A la televisión francesa le dijo en una entrevista que destroza instrumentos porque es un buen pretexto para no tener que dar encore. 

A otros medios de Estados Unidos les dijo que alguien ya había destruido un árbol para construir sus guitarras y que por esa razón no encuentra nada de malo en destrozarlas. 

A partir de 1993, John Duncan –su técnico de guitarra– se encarga de arreglar, afinar y modificar todas las guitarras que Cobain destruye al final de los conciertos.

Él mismo lo hacía antes de volverse mundialmente famoso, en la época en que compró la Jaguar '65 con un adelanto de Geffen. 

Duncan asegura que Cobain está por abandonar Stratocaster. 

Courtney Love le regaló una Telecaster y Duncan la ha adaptado con todos los cambios que el líder de Nirvana le ha sugerido. 


Lleva puestas unas gafas vintage Christian Roth*, un gorro de los Buzzcocks, una playera de Half Japanese, una chamarra de esquimal, unos jeans raídos y unos Converse. 

En un lapso de tres años, desde que Nevermind (1991) –el segundo álbum de estudio de su banda– le arrebató el primer lugar de la lista de Billboard al Rey del Pop, se ha encargado de repetirle a la prensa que nunca quiso ser una estrella de rock y que odia los reflectores.

Su vestimenta dista mucho de ser lo que cualquiera consideraría "bajo perfil". 

Además, no importa qué tan discreto vista. 
En ese momento es quizá la persona más conocida en todo el mundo. 

Tiene tantos admiradores que puede darse el lujo de exigirles a aquellos que son homofóbicos, misóginos, machistas y fanáticos religiosos que dejen de asistir a sus conciertos y que dejen de comprar sus discos.

Es tan famoso que cualquier declaración suya es noticia. 

Habla de sus problemas de adicción a la heroína y luego se queja de la prensa amarillista que ha inventado historias acerca de él y de su esposa y que los señala como criminales.

En algunos medios, circula una grabación telefónica en la que amenaza de muerte a una columnista de Vanity Fair.


En un lapso de tres años, Nirvana ha tocado para miles de personas en eventos tan importantes como Reading Festival (1991 y 1992) y Hollywood Rock (1993).

Su banda ha encabezado festivales en Europa, en Sudamérica y en Australia.

En los últimos dos meses de 1993, tocaron para MTV en los estudios de Sony en Nueva York y en el Pier 48 de Seattle. 

Apenas en marzo, Cobain canceló la gira de In Utero en Europa, después de un extraño concierto con laringitis y fallas eléctricas, en la terminal aérea abandonada de Münich.

Sus mánagers lo presionan para que no rechace la oferta multimillonaria de Lollapalooza.
Su mujer insiste en que firme ese contrato, porque le hará ganar tanto dinero que podrá renunciar a Nirvana e incluso pagarle a los abogados que lo demandarán por haber cancelado la gira en Europa. 

Cobain ni siquiera ha cumplido treinta años y ya tiene al mundo rendido a sus pies.
Aun si abandonara la música, seguiría siendo famoso.

David Fricke –uno de los periodistas más influyentes de Rolling Stone–, lo ha comparado con John Lennon.

Los periodistas más ortodoxos no están de acuerdo, pero Fricke se defiende.

Dice que Cobain no sólo hace música que llega al corazón de las masas, sino que la hace sin respetar las reglas establecidas por la industria predadora, tal y como Lennon lo hacía en su época. 


Cobain le ha repetido a la prensa que toda su vida había estado enfermo y que había usado drogas para lidiar con el dolor, porque ningún tratamiento médico había funcionado.

También ha repetido que había decidido volverse un drogadicto porque había sido tan miserable que todos los días pensaba en acabar con su vida. 

Sin embargo, sus declaraciones cambiaron desde el lanzamiento de In Utero (1993). 

Frances Bean, su hija, tiene dos años de edad, y lo hace muy feliz la oportunidad de verla crecer y de ofrecerle un hogar como el que él perdió cuando sus padres se divorciaron, tal y como lo canta con un cierto hartazgo en Serve The Servants. 

Está entusiasmado porque Krist Novoselic y Dave Grohl compusieron el riff de Scentless Apprentice y porque él no intervino en la composición de Marigold. 

En las pruebas de sonido de un concierto en Lisboa, escuchó una canción compuesta por Dave Grohl y está seguro de que, en su siguiente álbum –que ha prometido "será más etéreo que los anteriores" y que dejará a un lado "la fórmula Nirvana"–, la música de su banda ya no dependerá exclusivamente de él. 

Exhausted terminará en el primer álbum de los Foo Fighters.


Hace menos de un mes, días después de la cancelación de la gira europea, Kurt terminó en el hospital. 

Se reunió con Courtney en El Hotel Excelsior de Roma y mezcló accidentalmente alcohol con rohypnol y tuvo que ser intervenido de emergencia. 

Según algunos medios, estuvo en coma alrededor de veinticuatro horas. 
Según los médicos, cuando despertó se le veía feliz y más como una persona que disfrutaba jugar con su hija que como un suicida. 

A nadie, dentro de la órbita de Nirvana, le convenía que el Departamento de Protección de Menores tuviera motivos para quitarles la tutela de Frances Bean a él y a su esposa. 

Si Cobain hubiera sufrido otra separación de su hija, habría sido más difícil convencerlo de que saliera de gira. Poco después de que naciera Frances Bean, a él y a su esposa les retiraron la tutela, debido a una nota de Vanity Fair en la que se sugería que Love consumía heroína durante su embarazo. Él desapareció de los reflectores. 

Todo es una vorágine. 

Sólo uno de los tíos de Kurt murió accidentalmente por un disparo de escopeta, cuando él ni siquiera había nacido, pero durante tres años Courtney Love se ha encargado de esparcir rumores entre la prensa, acerca de los genes suicidas de la familia Cobain. 

El incidente en Roma reforzó esa idea.

La opinión general es que Kurt siempre ha sido un suicida. 

Extrañamente, el Departamento de Protección de Menores creyó ciegamente la versión del accidente en Roma.

Sus amigos y sus conocidos, sin embargo, siempre dicen que él no tiene rasgos suicidas. 


Dentro de unas semanas, la prensa amarillista especulará que debido a este incidente, Cobain sufrió un daño cerebral que le impidió volver a tocar la guitarra y que su muerte era la única opción que tenían los mercenarios detrás de él para mitificarlo y seguir viviendo de las ventas de sus discos. 

Más de veinte años después, en Montage Of Heck –el documental autorizado por su viuda y producido por Frances Bean–, Courtney Love declarará que ella viajó hasta Roma en esa ocasión para encontrarse con su esposo, porque él sospechaba que ella había estado viendo a Billy Corgan mientras Nirvana estaba de gira en Europa.

Según ella, Kurt estaba destrozado y pensaba que ella lo estaba engañando y por esa razón había intentado acabar con su vida, mezclando benzodiacepinas con champaña.  

El incidente en Roma reforzará esta idea, incluso veinte años después de su muerte. 


Desde que regresó a Seattle, tras permanecer en observación unos cuantos días en El American Hospital de Roma, su familia y sus amigos lo han presionado para que ingrese a un centro de rehabilitación. 

Les preocupa su salud, pero es obvio que les preocupa, sobre todas las cosas, que el imperio de Nirvana se desmorone.

Hay algunos rumores entre gente cercana a la banda que señalan que Kurt despidió a Novoselic y a Grohl, a finales de marzo, y que les dijo que Nirvana es su banda y que él puede hacer lo que quiera con ella y que estaba pensando seriamente en invitar a otros músicos a formar parte de ella. 

Años después, circulará una carta de puño y letra de Kurt en la que despide a Novoselic y le reclama su pasividad hacia la banda, durante los últimos meses. 


También está cansado de que Buzz Osborne –su amigo y cantante de Melvins– quiera entrometerse en la dirección que debe tomar su banda. 

La tensión es tan fuerte que, sólo unos días atrás, Novoselic y él se pelearon. 

El bajista de Nirvana lo llevaba en su auto al aeropuerto de Seattle para que viajara a Los Ángeles e ingresara a Exodus. Kurt se quejó y lloró en el camino, se rehusó a hacer check-in en el aeropuerto, le dio un puñetazo a Novoselic en el rostro y huyó maldiciéndolo.

Será la última vez que se verán.

Otros rumores circulan entre allegados a la familia Cobain.

Kurt quiere hacer canciones como Neil Young y tiene pensado colaborar con Michael Stipe.

Según su abogada, Rosemary Carroll –esposa de Danny Goldberg, mánager general de Nirvana–, Kurt ha pensado en el divorcio y quiere cambiar su testamento. 


Cobain continúa caminando con la cabeza baja y encorvado. 

La escoliosis congénita no lo deja en paz.

Algunos admiradores lo identifican. 

Les sonríe y ellos, curiosamente, respetan su privacidad. 

Se quita el gorro de los Buzzcocks. 

Incluso para tratarse de un lunes de abril y de haberse mudado a su casa en Lake Washington a principios de año, Kurt Cobain es un personaje al que se ve con relativa frecuencia por allí. 

Su casa queda a unas cuadras del Viretta Park.

Si los admiradores supieran que ésta será la última vez que lo verán por allí, probablemente lo acosarían en busca de un autógrafo o de un mechón de cabello. 


El líder de Nirvana levanta la vista momentáneamente y se rasca la cabeza.

Parece que ha recordado algo importante a última hora y que está a punto de volver a su casa.

Quizá sólo le da comezón la cabeza. No se ha lavado el cabello desde el sábado, cuando escapó de Exodus. Courtney Love le ha confesado a la prensa en múltiples ocasiones que su esposo no es amante de lavarse el cabello.

O tal vez ha recordado los acordes de una de las canciones que improvisó con Pat Smear en el sótano de su casa, aquella tarde en la que su familia y sus amigos lo presionaron para que ingresara a un centro de rehabilitación.

A lo mejor la situación es totalmente distinta y sólo siente la necesidad de escribirle una carta a Frances, a Courtney, a Krist y a Dave.

Quizá sólo quiere volver a su casa y tumbarse a dormir.

 

Analiza si continúa su camino o vuelve a su casa, cuando una corriente de aire le pega en el rostro y le alborota el cabello. 

Usa uno de los índices para pasarse el cabello detrás de una oreja y quitarse un mechón que le cubre la frente.  

La sensación del viento en su cuerpo, lo hace reparar en que está vestido como si se encontrara en el invierno más crudo de todos los tiempos. 

También repara en los tres jeans que usa para disimular su delgadez** y en el reloj de pulsera que aprisiona su muñeca izquierda. 

Estira las piernas y abre y cierra el puño izquierdo, mientras contempla el brazalete de Exodus que no se ha quitado aún.

Se ríe. El brazalete le hace recordar el chiste que le contó Gibby Haynes, el cantante de Butthole Surfers y su compañero de habitación.

Pudiendo haber salido por la puerta del centro de rehabilitación, él mismo –al igual que el personaje del chiste– escapó saltando la barda.  


Vuelve a avanzar. 

Le da la impresión de que sus pisadas suenan a papel celofán en el césped, conforme aplastan las hojas caídas de los árboles. 

Baja la mirada y se da cuenta de que la agujeta de su tenis derecho se ha desanudado. 
Se pone de cuclillas y comienza a atarla. 

Los Converse azules que usa tienen una estrella blanca a los costados.

El viernes, cuando Gary Smith encuentre su cadáver y lo reporté a una estación de radio y al 911 y en pocas horas el mundo de la música lamente su pérdida, un paparazzi se subirá a uno de los árboles que rodean el invernadero de su casa y conseguirá fotografiarle un brazo, una pierna y ese tennis cuya agujeta está atándose. 

Por muchos años, esa imagen será lo único que sus admiradores verán de la escena de su muerte, en la que su cuerpo yace en el suelo con una Remington en el pecho, apuntando a su boca.

Aun ahora, veinticuatro años más tarde, es difícil imaginar el estado de su rostro y la posición del cañón de la escopeta. Algunos periodistas amarillistas han hecho hasta lo imposible para que salgan a la luz todas las fotografías de su rostro deshecho. 

Por fortuna, Frances Bean y el Departamento de Policía de Seattle lo han impedido. 

Otras fotografías circularán en los medios, en los siguientes meses: la de su billetera, la de su licencia de manejo en la que luce un extraño corte de pelo y la de una caja de puros Moore, llena de jeringas de 1 ml, cucharas con quemaduras y encendedores.


En unos días, Kurt se convertirá en lo que más odiaba: un cliché del rock n' roll.

Unas horas después de ese macabro descubrimiento, su rostro aparecerá en las portadas de decenas de revistas. Por el resto de los tiempos, estará condenado a aparecer puntualmente, cada 5 de abril.   

La leyenda de su suicidio y de las teorías conspirativas alrededor de su muerte, no cesarán jamás. Alimentarán libros, documentales, cómics, blogs...

Año tras año, millones de adolescentes confundidos e iracundos, se sentirán atraídos por el encanto de su muerte (más que por el legado de su música) y terminarán idolatrándolo y llenando los bolsillos de quienes no se cansarán de explotar su nombre. 

Está tan abrumado que todo le es ajeno.

No imagina el impacto que causaría su muerte en quienes se sienten identificados con su música, en quienes han seguido su carrera, en quienes han oído hablar del concierto de Nussbaum de 1987, en quienes han conseguido una copia de Fecal Matter, en quienes asistieron al Paramount Theatre en la noche de Halloween de 1991, en quienes quedaron atónitos cuando él solo interpretaba Pennyroyal Tea en los estudios Sony de MTV en noviembre de 1993, en quienes jamás asistiremos a un concierto de Nirvana.


Kurt se quita las gafas vintage Christian Roth y las guarda en uno de los bolsillos de su chamarra de esquimal.

Se sienta en una banca del Viretta Park.

Se le antoja un cigarrillo. 

Echa un vistazo alrededor. 
Hay algunas personas por ahí. 
¡Cuántas veces ha deseado pasar desapercibido, como en ese momento!

Su banda es la banda más popular en todo el mundo.
Los momentos como éste son raros. 
La idea lo abruma. 


Le llega a su cabeza el coro de la pista número cinco de In Utero.

Desde hace unos meses, hasta cuando está triste, se siente incómodo y vigilado. 
Muchas personas lo rodean, pero nadie está cerca de él. 
Todos quieren una rebanada de Kurt Cobain y de Nirvana.

Todos quieren pedirle favores. 
Todos quieren explotar la mina de oro. 

Extraña la época en la que podía salir a la calle como cualquier otra persona y componer canciones todo el día en un departamento de Olympia.

Extraña la época en la que su banda tocaba en bares de mala muerte y hacía giras infernales por la Costa Este de Estados Unidos. 



Se coloca un cigarrillo en los labios.

Tiene todo el aspecto de una estrella de rock. 

Es imposible creerle cuando dice que odia la fama y que siempre quiso estar en un segundo plano y ser como Ringo Starr en Los Beatles.

Siempre ha sido evidente que le gusta rodearse de reflectores.

Si odiara tanto la fama, no habría permitido que Michael Azerrad lo entrevistara para que pudiera escribir la biografía autorizada de Nirvana, ni se la pasaría diciéndole a la gente de MTV que necesita tomar un curso que le enseñe a ser una estrella de rock.

Suspira.

Piensa en encender el cigarrillo.

Piensa en la forma de las volutas de humo, esfumándose en la nada.

Esa imagen tal vez lo remite a una pregunta: ¿en verdad es mejor quemarse que desvanecerse, como dice la canción de Neil Young...?



Tal vez reflexiona en los problemas que lo han atormentado en las últimas semanas. 

Todos son recurrentes. 

Se repiten en su cabeza como un delirio febril.

¿Acaso sí tiene un problema de adicción a la heroína, pero no encuentra un motivo para rehabilitarse?

¿Lo único que necesita es alejarse del mundo de Nirvana y olvidarse de la música y de la gira europea que canceló unas semanas atrás? 

¿Siente remordimiento y desea hacer las paces con Krist y formar una nueva banda con Pat Smear?

¿Quiere hacer carrera solista y divorciarse?

¿Quiere poner a prueba a Dave Grohl, para saber hasta dónde puede llegar como compositor?

¿Cometió un grave error, al rechazar la oferta de encabezar el festival de Lollapalooza?


¿Y si le da un giro a su carrera y comienza a componer canciones al estilo de Johnny Cash?

¿Y si busca a Mark Lanegan y retoma The Jury?

¿Qué clase de álbum podrían grabar él y Michael Stipe?

¿Y si hubiera una manera de volver al anonimato de Olympia... y si encontrara una forma para concentrarse en dibujar? 

¿Y si su pesar fuera transitorio y en un mes se volviera a sentir como en aquellos tiempos, cuando vivía con Tracy y su máxima ambición era tener una banda y una canción que saliera por la radio?

¿Y si regresa a Exodus y, en sólo un mes, la ausencia de droga en su cuerpo le permitiera ver todo más claramente y sentirse tan emocionado como cuando escuchó por primera vez la versión de Love Buzz de su banda en la radio?

¿Y si, independientemente de lo que hiciera, jamás volviera a sentir la emoción de salir al escenario, cuando las luces del foro se apaguen y sus admiradores comiencen a gritar?


En los últimos conciertos en Italia y en Eslovenia, sus viejos amigos –los Melvins, con quienes se siente en deuda por haber traicionado los principios punk que ellos respetan– lo acompañaron durante la gira. 

Ni siquiera con su presencia fue capaz de sentir todas estas cosas que sentía cuando audicionó para tocar el bajo con ellos y los nervios lo traicionaron. 

Se supone que el líder de la banda más popular del mundo, debería sentirse estremecido por la música que crea y por la reacción de sus admiradores. 

¡Si tan sólo tuviera un gramo de la pasión que Freddie Mercury desbordaba en el escenario!

Últimamente se siente un farsante y no quiere seguir engañando a nadie. 


Frunce el ceño.

Está tan ensimismado en sus pensamientos que el cigarrillo se le ha pegado en los labios. 
Ha olvidado encenderlo. 

Cruza una pierna encima de la otra y se queda contemplando el horizonte. 

Ya casi no hay sol en el Viretta Park. 

La gente que andaba por ahí, ha desaparecido. 

Se acomoda en la banca.

Se despega el cigarrillo de los labios. 

Siente un ligero dolor, como si se hubiera arrancado un pedazo de piel muy sensible. 

Pone el cigarrillo frente a sus ojos y lo contempla detenidamente, como si fuera un viejo enemigo***. 

Se lo lleva a los labios y saca un encendedor de una de las bolsas de su chamarra de esquimal. 

Se vuelve a poner el gorro de los Buzzcocks que ha sujetado bajo una de las axilas y enciende el cigarrillo. 

Mientras le da una chupada al cigarrillo y deja escapar el humo por la boca y observa las volutas de humo esfumarse entre los árboles, no tiene idea de que le restan menos de veinticuatro horas de vida y que un electricista encontrará su cadáver hasta el viernes ocho de abril. 


–––––––

*En una sesión de fotografías para la promoción de In Utero, Jesse Frohman lo fotografió usando estas gafas que se pondrán de moda veinte años después y que serán conocidas como "el modelo Kurt Cobain".

**Tracy Marander –su novia en la época de Bleach (1988)–, le dará una entrevista a Nick Broomfield a finales de 1994 y le confesará que Kurt Cobain siempre se avergonzó de su delgadez. Sin Marander, quién sabe si Kurt hubiera tenido tiempo para trabajar en las canciones de Bleach. Mientras él escribía y componía, ella trabajaba todo el día y cubría todos los gastos. El departamento en el que ambos vivían en Olympia ahora es una atracción turística.  

***Juego con la letra de Come As You Are.


domingo, febrero 05, 2017

Humming A Sad Song When I'm Alone



Después de haber estado casi tres años bajo tratamientos médicos infructuosos, después de haber lidiado con las náuseas matutinas y con las mononeuropatías provocadas por un montón de fármacos y después de haber pasado por el quirófano y por el periodo postoperatorio de una cirugía, contraje una severa faringoamigdalitis a mediados de octubre y tuve una recaída a finales de noviembre. Cuando ya me había recuperado, acudí a una cena de fin de año en una casa con un ambiente muy cálido y al salir de la casa me enfrié y volví a enfermarme. El ciclo se repitió en la cena de Año Nuevo. Total, que estuve en convalecencia casi un mes. Cuando estaba mortalmente aburrido –tenía más de una semana sin salir a la calle, y el escozor en la garganta y en los ojos, el constante fluido nasal y la debilidad en los músculos y en las coyunturas, ni siquiera me permitían concentrarme más de cinco minutos consecutivos en la lectura de un documento insustancial–, me encontré en YouTube el canal de una estación de radio de Estados Unidos.

Tras navegar por el menú de los videos del canal de KEXP, di con uno en el que un sujeto de cabello quebrado y largo cantaba en voz muy baja, apenas murmurando. Tocaba una Jaguar similar a la de Kurt Cobain y lo acompañaban otro guitarrista, un bajista y un baterista. En mi estado de sopor, la música me pareció hipnótica y reconfortante. La canción se llamaba “Wheelhouse” y tenía una figura de guitarra muy pegajosa que se repetía incesantemente y que se me quedó grabada en la cabeza. El ritmo de la batería resaltaba los sonidos de la guitarra y el bajo acompañaba a ambos instrumentos, de un modo apenas perceptible. 

                        

Vi el video un par de veces más y algunos otros del mismo canal de la estación de radio y busqué información sobre la banda en Internet. La canción formaba parte del álbum B'lieve I'm Goin' Down, cuyo compositor era el sujeto de cabello largo y cuyo nombre era Kurt Vile. El álbum tenía algunos meses de haber salido a la venta y el compositor tenía varios álbumes como solista y otros más con una banda llamada The Violators. También leí en Wikipedia que Kurt Vile escribe todas las letras de sus canciones y que compone la música y que toca la mayoría de los instrumentos en sus álbumes. La prensa especializada lo relaciona con artistas como Neil Young y Bruce Springsteen. 

Toda esta información me intrigó y quise averiguar qué clase de artista era Kurt Vile y qué clase de álbum era B'lieve I'm Goin' Down. Compré el álbum en Amazon y estuve escuchándolo una y otra vez, de principio a fin, en la última etapa de la convalecencia. Es un álbum de rock con influencias country y folk, con canciones que tienen ciertos destellos de optimismo, pero que, principalmente, son melancólicas.

Cuando más o menos volvía a reintegrarme a mi rutina, vi algún anuncio en Internet en el que decía que Kurt Vile vendría a principios de febrero a tocar a la Ciudad de México, y fue una coincidencia feliz. Tenía varios años sin prestarle atención a un artista contemporáneo y sin escuchar música nueva, y ahora, que habían ocurrido ambas cosas, tenía la oportunidad de escucharlos en vivo. 


El concierto se llevó a cabo ayer. L
legamos al Plaza Condesa alrededor de las siete de la noche. Había estado lloviendo y apenas amainaba la lluvia. Afuera del recinto había unas cincuenta personas –entre ellas, “la reclu”, una locutora de radio– y algunos puestos de mercancía pirata del concierto. En uno de estos puestos, unos sujetos estaban interesados en comprar unas gorras y unas playeras con la cara de Kurt Vile impresa. Uno de ellos intentaba comunicarse con un vendedor en un español muy básico. 

Mi primera reacción fue acercarme a ellos y ayudarles, pero me dio pena; no quería parecer inoportuno ni entrometerme en donde no me llamaban. El sujeto no tenía pesos mexicanos y quería pagar con dólares. El vendedor no entendía muy bien a qué se refería el extranjero y no sabía a cuántos dólares equivalían las gorras y las playeras que quería comprarle. Katz me insistió en que les ayudara a comunicarse y me acerqué al puesto, pero para entonces los dos hombres ya habían llegado a un acuerdo. Miré con más detalle al grupo de extranjeros y el rostro de uno de ellos me pareció familiar. Creí haberlo reconocido de aquel video de YouTube que había visto en mi convalecencia. Le pregunté si era el guitarrista de la banda y me dijo que sí. Se trataba de Jesse Trbovich. Le pregunté si podíamos tomarnos una foto, y él accedió amablemente (incluso posó con una de las gorras de la transacción que acababa de ocurrir). 


Apenas ingresamos al foro, reparé en que 
El Plaza no tenía casi ya ningún parecido con aquel cine en el que proyectaban películas de culto a finales de los 90 y principios de los 2000, cuando, durante la huelga de la UNAM o después de la huelga de la UNAM, había visto tantas películas de Peter Greenaway o de Jean-Claude Lauzon, y que había sido acondicionado como una sala de conciertos* –incluso los Melvins y Mark Lanegan ya dieron conciertos aquí–, pero antes tenía otro nombre y era ese cine elitista en el que proyectaban películas que difícilmente podías ver en otra parte y en el que te vendían bebidas alcohólicas. A diferencia de aquellos tiempos, lo más evidente es que ahora no hay butacas en la planta baja y que el primer piso –que aún conserva las butacas– funge como un bar. 

Había más gente en el bar que en la planta baja, y esto me pareció absurdo. No pude evitar sentirme parte de una moda, parte de ese grupo de gente que va con la corriente y que siempre está en los eventos más importantes en la Colonia Condesa, ya sean de gastronomía, de música o de ropa. Era casi un hecho que les daba lo mismo la música: lo importante era beber y charlar, mientras Kurt Vile y su banda tocaban en vivo.

Katz y yo caminamos por la planta baja en busca de un buen lugar. Había unas treinta o cuarenta personas dispersas por ahí, pero encontramos un espacio libre a unos seis o siete metros del escenario, con una buena vista, y nos quedamos allí. Me dieron ganas de ir al baño. Katz me dijo que ella estaba bien. 

La fila del baño no era muy larga. La mayoría de la gente, tanto en la fila como en el baño, hablaba del Superbowl LI –hoy juegan los Atlanta Falcons contra los New England Patriots en el NRG Stadium de Houston– y estaba segura de que ganarían los Pats. Algunos despistados ni siquiera estaban enterados de quién era Kurt Vile, y confirmaron mis prejuicios sobre la gente del primer piso: lo importante era charlar, beber y tener a una banda tocando en vivo, como fondo. Oriné junto a José Manuel Aguilera, el guitarrista y cantante de La Barranca, pero, allí, con las manos recién lavadas, encontré inoportuno pedirle una fotografía, aunque él me sonrío y me extendió la mano y se quedó como en espera de que yo le pidiera una foto.  

Regresé a donde estaba Katz, lamentándome por no haber ayudado a Jesse Trbovich y compañía a realizar su transacción con el vendedor de las gorras pirata afuera del Plaza. Además de que habría sido de lo más sencillo, ellos parecían muy accesibles, parecían músicos underground y no esa clase de músicos sobrevalorados que siempre necesitan decenas de guardaespaldas. Me recriminé por no haberlos ayudado. Era evidente que formaban parte de la banda o del staff  de Kurt Vile, y Katz había insistido en que les ayudara y yo no le había hecho caso. Apenas al entrar al Plaza, ella me había dicho que, a lo mejor, en retribución, ellos me habrían conseguido el autógrafo de Kurt Vile o el setlist del concierto.

                             


Faltaban poco más de veinte minutos para que comenzara el concierto, y estuvimos hablando sobre el mismo tema –¿por qué no les ayudaste a comunicarse con el vendedor de gorras pirata?–, hasta que, alrededor de las nueve la noche, se apagaron las luces del recinto y Jesse Trbovich y algunos de los extranjeros de las gorras, salieron al escenario. Kurt Vile salió al final, y el público les aplaudió a todos y la banda saludó a la audiencia.

Kurt Vile se colocó su Jaguar y abrió el concierto con “Dust Bunnies”. Cuando la banda terminó de tocar esta canción, el extranjero que había realizado la transacción de las gorras, más o menos una hora antes, afuera de El Plaza, salió al escenario y le ayudó a Kurt a quitarse la guitarra y a colgarse un banjo –supe que era su técnico de guitarra–, para que la banda continuara con “I'm An Outlaw”. 

“Jesus Fever” fue la tercera canción de la noche –uno de los hits de Kurt Vile–, y provocó una buena reacción en la audiencia, que no había identificado muy bien las primeras dos canciones del concierto, que son las pistas dos y tres de B'lieve I'm Goin' Down. Entre una canción y otra, alguien del público le pidió a Kurt Vile que tocaran “Wheelhouse”, pero el multi-instrumentista de Pennsilvania se negó, se disculpó y dijo que tendría que ser en otra ocasión. Su confesión me desanimó un poco.

El concierto llegó a su punto más álgido cuando la banda tocó “Pretty Pimpin”.


Después de algunas canciones, Kurt Vile se quedó solo en el escenario y tocó “Stand Inside”, una melancólica canción de amor de B'lieve I'm Goin' Down. La canción tocó mis fibras más sensibles.
Su interpretación fue tan emocional que no pude evitar recordar mis últimos años con problemas de salud. Comenzaron a temblarme las piernas y presentí que en cualquier momento lloraría incontrolablemente. Nunca había sentido una conexión semejante con una canción en vivo. Me pareció increíble que un humano fuera capaz de transmitir tantas emociones, con su voz y con una guitarra acústica, y le di crédito a la prensa que asocia musicalmente a Kurt Vile con Neil Young. Las emociones que experimenté también me hicieron recordar algunos testimonios de los asistentes al Unplugged In New York de Nirvana y envidiar a aquellos que se sintieron cautivados por la fuerza emocional transmitida por Kurt Cobain y por su Martin D18-E durante la interpretación de “Pennyroyal Tea” en ese concierto en los Sony Studios de Nueva York. 

Después de este momento hipnótico e innegablemente visceral, la banda volvió a subir al escenario y durante otros quince o veinte minutos continuaron tocando la mayoría de las canciones de B'lieve I'm Goin' Down y de otros álbumes de Kurt Vile. La penúltima canción fue “Downdbound Train” – un cover de Bruce Springsteen– y el concierto terminó con “Baby's Arms”.

Después de poco más de una hora, entre el feedback de las guitarras y la ovación del público, Kurt Vile y el resto de los músicos se retiraron del escenario. Las luces de El Plaza se encendieron y la gente comenzó a abandonar el recinto. Al cabo de unos minutos
, el técnico de guitarra salió nuevamente al escenario y tomó del suelo una hoja de papel –la lista de las canciones de ese concierto– y se la entregó en las manos a una persona del público, y pensé que, de haberlo ayudado a comunicarse con el vendedor de las gorras y de las playeras antes del concierto, yo pude haber sido esa persona. 

                                                           


*Otra entrada. Los Libros de Próspero, El Talentoso Sr. Ripley y Cinco Sentidos.