sábado, junio 20, 2026
Bleach your works
sábado, mayo 23, 2026
El cliché de los intelectuales del rock (¡que están hartos del cliché de Kurt Cobain!)
sábado, julio 27, 2024
Everything Zen
Desde la incomodidad de las náuseas matutinas, acurrucado en este sillón que compré hace menos de diez años pero que parece que saqué de un basurero esta mañana, contemplo a Gavin Rossdale. No sé cómo llegué a este video de YouTube. Hace unos minutos veía “E-Bow the Letter” y luego “Malibu”, y pensaba vagamente en Michael Stipe –¿en verdad, a principios de los noventa, esparció entre la prensa el rumor de que había contraído VIH y que estaba a punto de morir?–, en cuánto me gusta esta canción de R. E. M. y en que nunca le había prestado demasiada atención al video. También pensé en que el video de “Malibu” fue casi el primer video en el que apareció Courtney Love en MTV después de la muerte de su esposo, y en que, cuando lo vi –¿entre mayo y junio de 1999?–, no dimensioné el contexto de ese video: Courtney Love estaba promocionando el primer álbum de Hole después de la muerte de Cobain... después de la muerte del “grunge” y del “sonido Seattle” y demás etiquetas de esas que ponen los periodistas de rock con poca imaginación.
Más bien, desde la incomodidad de las náuseas matutinas y del sillón que los gatos han arañado miles de veces, al ver esos videos, me acordé de la huelga de la UNAM de 1999, de la desesperación y de la incertidumbre que asocio a esa huelga que parecía no tener fin. Me acordé de que, entre mayo y junio de 1999, cuando debí de ver por primera vez el video de “Malibu”, empecé a tener episodios de ansiedad y que tuve que ir a un par de consultorios médicos y que los especialistas me dijeron que estaba un poco deprimido, que tenía que hacer ejercicio, salir de la casa, platicar con otras personas que no vivieran en la casa, que tenía dermatitis psicosomática.
También me acordé del dermatólogo al que visité en la Roma, dos o tres jueves de dos o tres meses, que él me recetó una solución, que una vez al mes tenía que ir a una farmacia de Centro Médico Nacional Siglo XXI a que la prepararan, que me sentaba a leer en un jardín mientras preparaban esa solución en la farmacia, que debía hacerme abluciones todas las noches con esa solución. También me acordé de que en esos meses leía Tiempo Libre y La Divina Comedia y Fausto, y que iba solo a alguno de los teatros del CNA –cuando aún no se llamaba CENART– y que iba solo a ese cine de La Condesa que luego se llamó El Plaza Condesa, y que un día me encontré en Tiempo Libre un anuncio de un taller de creación literaria que impartía un escritor joven en La Pirámide. Me acordé de que me inscribí a ese taller. Que lo tomé cada sábado, de cinco a seis y media de la tarde, durante alrededor de medio año. Que en ese taller conocí a una docena de tipas y tipos con los que fui a varias reuniones y cantinas, y que nos emborrachamos y que pasábamos de Dostoievski a Verlaine, y de Octavio Paz a Elena Garro, y de Alejandra Pizarnik a Jorge Cuesta. Que algunos aborrecían o adoraban “Piedra De Sol”. Que otros veneraban “Muerte Sin Fin”. Que les leía (algo de) lo que escribía. Que escuchaba lo que los demás escribían.
Me acordé que creí que seríamos grandes amigos, que parecía que teníamos tantas cosas en común. Que acabó la huelga y que sólo nos vimos una o dos veces, circunstancialmente, en Ciudad Universitaria. Que fuimos amigos en Facebook por más de diez años, y que, apenas hace un mes, o algo así, eliminé de mis contactos a la mayoría de ellos. Que tuve un momento de claridad: si interactuábamos en Facebook, lo hacíamos porque yo los buscaba. Que ellos, en realidad, nunca estuvieron interesados en que fuéramos amigos. Que unos abandonaron sus intereses literarios y se convirtieron en 'fotógrafos de la cotidianeidad'; que otros publicaron libros de poesía y que se creyeron que eran inalcanzables; que otras se radicalizaron, por sus propias historias de vida, y, que, aun cuando, desde el 2006 y hasta el 2012, visitaban uno de mis blogs constantemente, cambiaron tanto, que, en sus muros de Facebook, después de la pandemia, desconocieron estar enteradas de que escribo; que otras se casaron y que dejaron de ir al Chopo a embriagarse y a inhalar estimulantes del sistema nervioso central. Que ahora, por mi propio bienestar, casi todos ellos están muertos para mí.
Y también recuerdo que, mientras Eric Erlandson, Melissa Auf der Maur y Deen Castronovo –la baterista que recién había sustituido a Patty Schemel, la baterista de los dos primeros álbumes de Hole, y que, incluso, había grabado todas las baterías de Celebrity Skin–, acompañaban a la viuda de Cobain por la playa en el video de “Malibu”, tuve un insight: ¿Courtney y su banda, en cierta forma, reflejan, en ese video, el tipo de música que habría compuesto Nirvana en 1999, de haber seguido vivo Cobain...?
Le doy un sorbo al sucralfato, y me acomodo en el sillón. No quiero pensar en las náuseas, quiero ahuyentarlas, no quiero pensar en que estoy así porque tengo una condición y porque no puedo comer lo que come la mayoría de la gente. Ni siquiera puedo hacerlo una vez al mes porque me siento fatal durante dos o tres días. Apuesto a que no sabes lo horrible que es tener que comer, más o menos, siempre las mismas cosas. Por el resto de tu vida.
En fin. El video en el que contemplo a Gavin Rossdale es el video #22 de una serie de colaboraciones para Guitar World, un canal de guitarristas.
El cantante de Bush nos enseña cómo tocar “Everything Zen”, la primera canción de Sixteen Stone, el álbum debut de la banda británica, estrenado en enero de 1994. Antes que nada, Rossdale nos dice que es una canción muy sencilla, que tiene tan sólo tres partes, pocos acordes, y también nos conmina a quedarnos en casa y a cuidarnos. (Este video tiene la fecha del 22 de abril del 2020, aún estábamos en la pandemia.) Luego, nos muestra su Jazzmaster '67. Tiene algunas partes muy deterioradas, sobre todo cerca del mástil, y es morada y la pintura tiene “chispas”, como la guitarra signature de J. Mascis, y Rossdale nos dice que con esa Jazzmaster grabó la mayoría de las canciones de Sixteen Stone.
De pronto, tengo otro insight: ya había visto este video. Ocurrió hace como dos o tres años. No lo encontré, como ahora, por accidente y en YouTube, sino en Facebook. Un domingo, después de salir a correr, no tenía náuseas ni estaba ahogado en esta especie de depresión que provocan las náuseas y me puse a escribir algo en uno de mis blogs y, quién sabe cómo, lo que escribí hizo que me acordara de mi primer semestre en la Facultad de Psicología, de que entonces “Bonedriven” y “Greedy Fly” sonaban mucho por la radio. Que había comprado Razorblade Suitcase en el Chopo, que no tenía ni idea de que lo había producido Steve Albini. Que esas dos canciones me gustaban mucho y que nunca se me había ocurrido aprender a tocarlas. Que busqué un tutorial para aprendérmelas. Que quién sabe cómo di con este mismo video de Guitar World, pero en Facebook.
No sé qué hice a continuación exactamente, pero estoy muy seguro de que entonces agarré una de mis guitarras, que seguí las instrucciones de Gavin Rossdale y que “Everything Zen” debió de parecerme una canción 'muy rocker', de esas que, conforme vas tocando por tu cuenta, liberan algún neurotransmisor de la felicidad en tu cerebro y momentáneamente sepultan en el fondo de tu consciencia todas las cosas que te afligen.
También estoy casi seguro de que “Everything Zen” debió de parecerme una canción tan fácil de tocar que me aburrió y que dejé de practicarla. Ahora mismo que veo este video del canal de Guitar World, los acordes que nos enseña a tocar Gavin Rossdale no me resultan nada familiares.
Mientras el sabor del sucralfato permanece en mis papilas gustativas y mientras las náuseas matutinas van abandonando mi cuerpo y mi mente, salto a otro tema: me pregunto cuándo escribiré 'naturalmente' algo sobre la pandemia –¿es éste el momento?–, sobre mis experiencias de cuarenta y tantas horas a la semana de clases y de juntas por Zoom, sobre mi paranoia para salir a caminar cerca de la casa durante la pandemia, sobre cómo la pandemia –el encierro, ver y no ver, por Zoom, a un montón de colegas y estudiantes, todos los días, al mismo tiempo; y tener, paradójicamente, un empleo seguro por los siguientes doce meses–, repercutió en mi salud, se manifestó primero en mi sedentarismo y en mis hábitos alimenticios de comida chatarra, y luego en mi mal humor y en mi vista borrosa y en la hiperglucemia en ayuno –¡casi 200 mg/dl de sangre!–, y tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre los síntomas que me provocaron las vacunas de Cansino, más o menos al final de 'la primera parte de la pandemia', cuando todas las actividades eran virtuales, y de Moderna, más o menos al final de 'la segunda parte de la pandemia', cuando ya habíamos vuelto a clases semipresenciales en la universidad, cuando estaba en un cubículo que parecía un invernadero y desde allí impartía mis clases por Zoom.
Tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre mi experiencia en esa escuela primaria en la que recibí las vacunas de Cansino y de Moderna, en donde me topé con varios colegas, a quienes logré identificar a pesar de las mascarillas que llevaban puestas.
De lo mal que me sentí cuando recibí mi segundo refuerzo –la vacuna de Moderna–, que entonces impartía una clase de Sensopercepción para casi cincuenta estudiantes, que no pude dar clase ese día y que luego de haber recibido la vacuna volví a la casa en Uber y que me acosté en la cama y que encendí la tele y que me encontré un concierto de Bush en Miami. Que Gavin Rossdale era el único sobreviviente de la alineación original de Bush. Que pedí una Big Mac por teléfono y que me di un atracón de Coca-Cola y de papas a la francesa. Que tuve síntomas de fiebre y de gripa, que duraron apenas un día.
No sé por qué me cuesta tanto escribir sobre lo que realmente me importa. Todo ha cambiado –el área de Biología y Química me otorgó el nombramiento de Investigador Nacional Nivel II en la Convocatoria 2024 del SNII, hace 10 años estaba presentando mi examen de grado del doctorado, tengo casi 20 papers en revistas internacionales, cumplí 10 años como docente en universidades públicas– y, sin embargo, todo sigue igual... o peor.
sábado, junio 29, 2024
tienes que ser una novela miniatura
«Una novela miniatura es lo que debes ser, tienes que ser una novela miniatura», me repito cuando he llegado a un punto muerto, cuando estoy perdido, cuando no sé qué más escribir, cuando el alcohol ya no es un aliado sino un enemigo, cuando las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo.
Podría perderme y divagar más, enfocarme en que ahora ya no estoy en la zona, en que mis torpes dedos siempre chocan con una tecla que no quiero aporrear y en que tengo que estar corrigiendo una y otra vez lo que escribo, pero no quiero que este impulso muera.
«Una novela miniatura es lo que debes ser, tienes que ser una novela miniatura», me repito cuando he llegado a un punto muerto, cuando estoy perdido, cuando no sé qué más escribir, cuando el alcohol ya no es un aliado sino un enemigo, cuando las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo; cuando me dispongo a escribir otra vez La chica de humo, pero quiero que sea una novela miniatura, que tú la puedas leer en un solo día, que te transmita lo mismo que me transmite a mí esta canción de Fobia, o cualquier canción que a ti te guste, o cualquier cosa que te haga sentir en la zona, o cualquier cosa que a mí me guste, que nos guste a los dos, porque Fobia, en realidad, no es mi banda favorita, me cae bien Paco Huidobro, una vez me lo encontré en Guitar Gear y nos tomamos una foto y fue un tipo muy amable, sino porque Fobia, más bien, es una especie de “gusto culposo”, pero eso no importa, lo que importa es que tú y yo pasemos un buen rato, principalmente yo, que escribo para mí mismo, para darme gusto a mí mismo, porque necesito escribir.
sábado, abril 08, 2023
cuenta hasta diez
Juego con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano. Hago malabares. Prolongo la abstinencia al máximo (¡en mayo, cumpliré ocho años sin fumar!) y me recuerdo a mí mismo lo que ya sé: que esta adicción es tonta, que no recaí (sólo me fumé varios cigarrillos, un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023, me fumé 3 cigarrillos); que todo está mal, que soy débil (sólo me fumé varios cigarrillos un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023), que estoy enfermo; que nunca dejas de fumar; que sólo prolongas tu abstinencia al máximo; que el tabaquismo es una espiral que lleva a otros vicios, que el tabaquismo es un vicio que no mejora nada, que empeora mi condición física, que me roba el aire (como cuando pongo a prueba a mis pulmones y me sumerjo en la alberca una vez a la semana y salgo a la superficie tras apenas diez segundos debajo del agua y acepto que aprendí a nadar como un salvaje debajo del agua), que jode mis pulmones, que me sofoca, que puede provocarme cáncer, que me hace carraspear, que me aletarga, que me impedirá correr 6 kilómetros en menos de 25' (tres veces a la semana) y que no me generará ningún placer excepto el de terminar con los malestares (el mal humor, la sudoración, la ansiedad) de la abstinencia.
Ya no sé ni qué escribo: estoy viendo a futuro, y pensando en el espantoso color de mis dedos de nicotina y en el espantoso aroma a llanta quemada, impregnado en mis dedos de nicotina; y en las múltiples enfermedades respiratorias que contraería cada año, y en mi incapacidad para subir las escaleras de todos los edificios del mundo sin asfixiarme, en la eterna fatiga que me perseguiría a todas partes; y también estoy pensando en el teclado de la vieja laptop Sony que usaba cuando padecía tabaquismo, cuando no tenía una Mac, cuando fumaba casi tres cajetillas de lunes a viernes y casi cuatro cajetillas en fin de semana –¡en ayuno, caminando, subiendo escaleras, al final de algún experimento, después de impartir una clase, después de cada comida, en una conversación sobre cualquier cosa, bañándome, viendo una película, escribiendo, escuchando música...!–, y en cómo el teclado de esa vieja laptop quedó marcado con quemaduras de cigarrillo para recordarme el infierno del tabaquismo, y también para recordarme cuántos cigarrillos me fumaba entonces, en automático, mientras, tal y como lo hago ahora, escribía en este blog (por ejemplo) y no reparaba en cuántos cigarrillos me fumaba, ni tampoco me daba cuenta del espantoso aroma del tabaco que quedaba impregnado en el departamento en el que vivía.
Juegas con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano, haciendo malabares y prolongando la abstinencia al máximo y pensando en todas estas cosas, mientras tu apraxia te ataca: ese automatismo de escribir mal una palabra, de saltarte una letra, de poner una vocal, o una consonante, en lugar de otra vocal, o de otra consonante; esa compulsividad de saber que escribiste mal una palabra y de regresar a corregir esa palabra, y de sentirte frustrado porque no puedes dejar de cometer errores (si aprendes a usar el teclado de una Sony VAIO, no puedes re aprender a escribir en el teclado de una Mac), y porque no puedes dejar de aporrear las teclas hasta que las palabras estén escritas correctamente; esa compulsividad de regresar, una y otra vez, a la misma palabra mal escrita para corregirla; esa compulsividad de sentir que cada palabra mal escrita es una piedrita en el zapato que no te deja avanzar y que te saca ámpulas y que te revienta los pies; esa compulsividad de sentirte frustrado porque cada palabra mal escrita es también como tu infernal mito de Sísifo privado: que la rutina de regresar a corregir las palabras, conforme intentas vaciar una idea en la hoja en blanco –la idea que se esfuma lentamente, como el día–, así como vacías tu estómago cuando has comido un alimento podrido, te mantiene dándole vueltas al mismo tema, sin llegar a ningún lado y sin concluir un párrafo: como si estuvieras lavando trastes y el fregadero nunca se vaciara.
Pasan todas estas cosas, mientras el sol va ocultándose y el sofocante calor de abril se va debilitando, y mientras Alexa reproduce los gritos iracundos (y la angustia y las frustraciones) de Kurt Cobain, que escupe sus vísceras desde el más allá...
(he was born scentless and senseless/
he was born a scentless apprentice/
go away...!/ go away...!/, go away...!)
... y haces una pausa, y reflexionas, y dejas de aporrear el teclado y contemplas el cigarrillo en una de tus manos, y crees que una vocecita interior te murmura al oído «¿No puedes superarlo?», y que esa vocecita recalca «¡Ya pasaron casi treinta años desde su muerte! ¡Hay millones de músicos nuevos a quienes podrías escuchar!», pero la ignoras (después de todo, esa vocecita eres tú mismo, o un fragmento de ti mismo, perdido en las profundidades, o en la superficie, de ti mismo), y, entonces, una cosa lleva a otra cosa y recuerdas ese artículo que leíste en Internet hace unas semanas, cuando no tenías esta abstinencia y este antojo de cigarrillo; ese artículo que trataba sobre por qué, conforme envejecemos, nos rehusamos a escuchar música nueva.
Sigues haciendo malabares con el cigarrillo apagado y tratas de pensar por qué no escuchas música nueva. Intentaste con Cloud Nothings y con Kurt Vile, pero no fue lo mismo. Estás convencido de que, tomando como referencia las explicaciones de ese artículo (la maduración psicosocial, más precisamente), tú no escuchas música nueva, porque: a) no quieres romper los vínculos emocionales que tienes con la música que escuchaste en la adolescencia, y b) ya tienes una personalidad definida (o sea que no escucharías música nueva, como lo hace un adolescente, para pertenecer a un grupo de amigos, ni para que ese grupo moldee/refuerce tu personalidad); y sales de estas cavilaciones (así como sales, una vez a la semana, a tomar aire, cuando te sumerges en la alberca y nadas debajo del agua y tus pulmones se quedan sin aire) y te preguntas qué pensaría Kurt Cobain de la música actual, qué pensaría él de todos estos artistas plásticos que todo mundo escucha en el 2023 y que ni siquiera saben cantar, y cuyos principales objetivos parecen consistir en verse bien, en moverse bien en el escenario, en vender dos o tres hits al año y en ganar millones de dólares.
Te preguntas qué pensaría el difunto líder de Nirvana, de la música de estos artistas plásticos que no proponen nada, más allá de vivir en la superficie de las cosas. Te preguntas qué pensaría de los seguidores de estos artistas plásticos que no quieren quebrarse la cabeza y que sólo quieren pasar un buen rato; que sólo escuchan tracks, que nunca escuchan álbumes completos, y que parecen aspirar a lo mismo que los artistas plásticos a los que veneran: fama y fortuna (¿dónde has escuchado esto?)
Te preguntas si Kurt Cobain usaría sus redes sociales; si él tendría twitter o facebook o mastodon o telegram o un canal de youtube, y qué opinaría de la mayoría de los influencers y de los podcasters que adora todo mundo en el 2023 y que venden cualquier cosa que sus patrocinadores les pidan que vendan, y que, a pesar de ser unos vendidos (o, precisamente, por eso), hacen declaraciones osadas, que dicen cosas como «La especie más evolucionada, pasó, de escuchar a Eddie Vedder, a escuchar a Bad Bunny», o «Soy súper humilde: tengo veinte playeras Calvin Klein del mismo color, diez Levi's 501 y tres pares de los sneakers Michael Jordan de edición limitada».
Vuelves a aporrear el teclado y a luchar con tu apraxia y con tu abstinencia.
Continúas haciendo malabares con el cigarrillo apagado (es un Lucky Strike pesadísimo), y admites que ya casi no escuchas a Nirvana, que hoy pusiste In Utero porque se trata de una fecha especial, porque, hace casi 30 años, un electricista, que iba a instalar una alerta de seguridad en la casa del matrimonio Cobain-Love (en Lake Washington), descubrió el cadáver de una de las principales estrellas de rock de la década de los noventa, en el invernadero de esa casa; porque, un día como hoy, hace 29 años, ese electricista, que, al principio, creería que no se trataba de un cuerpo humano, sino de un maniquí que estaba tumbado en el suelo del invernadero, después confirmaría que se trataba de un cadáver humano y llamaría a una estación de radio, o a la policía, para dar la noticia; porque has leído decenas de veces, en distintas fuentes, cómo se supone que fueron los últimos días de Cobain, y cómo la policía llegó al invernadero ese domingo 8 de abril de 1994 y confirmó lo que había visto el electricista: que se trataba de un cadáver humano, en particular del cadáver de Cobain; y que Cobain tenía una Remington en el pecho y un disparo en la cabeza; y que también reportó que en el suelo había parafernalia de junkie –cucharas, encendedores, jeringas– en una caja de puros y una nota escrita a mano (clavada, con una pluma, en una maceta), a unos metros del cadáver; y que, en tiempo récord, cerró el caso y concluyó que Cobain se había suicidado.
La canción está a punto de terminar.
Repasas cómo crees que fueron los últimos días de Cobain: cómo, el 31 de marzo o el 1 de abril, se fumaba un cigarrillo en Exodus, mientras Gibby Haynes –el cantante de los Butthole Surfers– le contaba sobre el paciente que había escapado de ese lugar, saltándose la barda («nadie está aquí en contra de su voluntad: basta con decirle al personal de Exodus que ya no quieres estar aquí, para que te dejen salir por la puerta principal») y Cobain pensaba que esa sería la forma ideal de escapar de la rehabilitación; cómo llevaba a cabo su plan, sin siquiera haber transcurrido 24 horas internado, y se saltaba la barda de Exodus; cómo el 1 ó 2 abril se encontró a Duff McKagan en el aeropuerto de Los Ángeles; cómo llegó a Seattle y descendió del avión y tomó un taxi y llegó a su casa en Lake Washington; cómo se tumbó a dormir un par de horas en cualquier recámara de su casa; cómo despertó y después encontró al niñero de Frances Bean y a la novia del niñero, acostados en otra habitación; cómo el 2 o el 3 de abril intentó comunicarse por teléfono con Courtney Love; cómo salió a buscar heroína y alquiló una habitación en el hotel Aurora; cómo su esposa lo declaró desaparecido y contrató a un detective y canceló todas sus tarjetas de crédito; cómo el 1 o el 2 de abril llamó por teléfono a Mark Lanegan y cómo Mark Lanegan nunca le contestó; cómo estuvo desaparecido varios días; cómo, supuestamente, el 4 de abril, comió en un restaurante de comida mexicana, en una plaza de Seattle, y volvió a su casa; cómo, el 5 de abril, tomó una escopeta que tenía escondida en un armario, y que había comprado previamente con su amigo Dylan Carlson, y cómo tomó una caja de municiones que también tenía escondidas; cómo se metió, con la escopeta y con las municiones, al invernadero de su casa; cómo se fumó cuatro o cinco cigarrillos y escribió una carta para su esposa y para su hija; cómo cargó la Remington, puso Automatic For The People en un reproductor de cds y preparó una dosis letal de heroína; cómo se sentó en el suelo del invernadero y se puso la Remington en el pecho; cómo se inyectó la heroína y, antes de que los efectos de esa dosis de heroína (que, de cualquier modo, lo habría matado), estallaran en su sistema nervioso, se puso el cañón de la escopeta en la boca y jaló el gatillo; cómo el electricista encontraría su cadáver hasta el 8 de abril, y confundiría su cadáver con un maniquí, y luego llamaría a la estación de radio o a la policía...
También pienso en todas las teorías de la conspiración que circulan sobre la muerte de Cobain –¿lo asesinaron?, ¿estaba a punto de desenmascarar a una red de poderosos pedófilos?, ¿planeaba divorciarse de Courtney Love?, ¿su esposa presentía el final de su matrimonio y el final de Nirvana y el final de la mina de oro que era Cobain?, ¿él cambió su testamento antes de morir?, ¿había disuelto a Nirvana?–, pero la canción llegó a su fin y el cigarrillo captura toda mi atención y me quema las manos.
Ya no resisto más. Y no quiero recaer. Me repito «¡en mayo, cumplirás siete años sin fumar!», y me siento frustrado y aborrezco la abstinencia y también aborrezco a todos esos académicos que publican artículos sobre neurobiología de las adicciones y que nunca han sufrido el infierno de la abstinencia (ni siquiera para una droga socialmente aceptada, como la nicotina), y que nos señalan a los adictos como si no tuviéramos fuerza de voluntad y como si fuéramos unos débiles, unos seres inferiores que sólo seguimos instrucciones, y que somos incapaces de hilar un conjunto de ideas en un texto, o de tomar una decisión, después de evaluar los pros y los contras; y, a veces, también quisiera gritar furiosamente como Kurt Cobain lo hacía y destrozar una Stratocaster zurda como él lo hacía al final de sus conciertos y conectar emocionalmente con miles de personas como él lo hacía, pero, sólo puedo hacer malabares con un cigarrillo, lidiar con mi abstinencia de casi siete años, resistirme y prolongar mi abstinencia al máximo, escribir tonterías (que nadie leerá, excepto si abandono este plano terrenal) sobre todas estas cosas... y contar hasta diez.
domingo, julio 31, 2022
Un trabajo de verdad
Sonó el teléfono.
El ringtone me asustó y me sacó del letargo –de la morosidad–, de estar sentado frente al televisor durante aproximadamente cuarenta minutos, en una posición que sin duda dañaría mi columna vertebral a largo plazo, medio viendo por enésima ocasión un capítulo de Your honor y pensando en mil y un cosas al mismo tiempo, mientras me negaba a admitir que los análisis de sangre de los días previos habían mostrado que tenía los niveles de glucosa altísimos, como los niveles de glucosa (en ayuno) de un diabético.
Al ver los análisis y pedirle su opinión a mi cuñada (es médica), después de pasar por la negación de esa posibilidad, había pensado en mi abuelo diabético, en su prematura muerte antes de los sesenta años de edad, y había considerado que era su herencia maldita y en que él no quiso disciplinarse ni renunciar a su actitud hedonista (otra potencial herencia maldita de mi abuelo); y me había preguntado por qué él no me había heredado mejor una pequeña fortuna o una empresa o una casa o un departamento, en lugar de una enfermedad neurodegenerativa, pero también había considerado que más de medio año de clases en línea, que más de medio año de trabajo en línea, que más de medio año pegado a la computadora durante más de diez horas diarias, que más de medio año de sedentarismo, que más de medio año de comida chatarra, que más de medio año de azúcares líquidos indiscriminados, que más de medio año encerrado en mi mundo –Katz y los gatos; prácticamente, nula socialización–, provocados por la pandemia, finalmente me habían cobrado factura.
Me busqué el teléfono en el bolsillo derecho de mis pantalones (soy zurdo, pero quién sabe por qué siempre lo guardo allí y por qué coloco mi cartera en el bolsillo izquierdo), intentando adivinar quién quería hablar conmigo en ese momento: las seis de la tarde de un jueves de julio del 2021. Quienes me conocen y quienes me tratan día a día, no me llaman por teléfono nada más porque sí. Todos son sumamente atentos y respetuosos (a lo mejor creen que soy un neurótico que puede estallar a la menor provocación y que deben tomarse sus precauciones conmigo, pero juro que no siempre estoy enojado), y antes me mandan un Whats preguntándome si tengo algunos minutos para atender una llamada. (No tienen por qué saber que no me gusta hablar por teléfono, excepto si es muy urgente; repito: son extremadamente atentos y respetuosos). Sólo Katz (a ella le permito todo) y mi papá y mis hermanos me llaman por teléfono en cualquier momento (e incluso ellos respetan mi privacidad y mi trabajo, y nunca llaman cuando estoy en clase o en alguna junta).
Continuaba tratando de sacar el teléfono de las profundidades del bolsillo derecho de mis pantalones, imaginando que debía de ser una llamada muy urgente, pensando en la escoliosis de Kurt Cobain, que le agravó el peso de sus guitarras, concierto tras concierto, desde la gira de Bleach, en la costa Oeste de Estados Unidos y en Europa, hasta la explosión de Nevermind en el mainstream de los primeros años de la década de los noventa, y de sus entrevistas, como adicto confeso a la heroína, para MTV en la gira de In Utero, cuando finalmente lo conseguí: tomé el control remoto de la tv, le puse “muting” al televisor y revisé el teléfono.
Era el dentista. Lo había contactado apenas tres semanas antes para que me revisara. Alguien, que lo había localizado en un momento “de vida o muerte”, me lo había recomendado. Tenía algunas semanas con las encías inflamadas y sangrantes, y quería saber la opinión de un experto.
En la primera consulta, más o menos dos semanas antes de la llamada, el dentista me había dicho que tenía que extraerme una muela del juicio y me había mandado a hacer algunos análisis. Una semana antes de la llamada, en su consultorio, con los análisis en la mano, me había diagnosticado periodontitis y me había dicho que esa enfermedad podía estar asociada con los altos niveles de glucosa que habían mostrado los análisis de sangre. Unos días antes de la llamada, me había extraído una muela del juicio.
Aprovechando mi segunda visita a su consultorio, antes de la extracción de la muela, me realizó una limpieza con esos infernales taladros que van tallando las piezas dentales, que duelen como una marca de hierro y que despiden un peculiar aroma a quemado y a metal (y que me remontaron a mi infancia), y también me vendió un dentífrico y un enjuague bucal, presumiéndome un diplomado en el que había hablado recientemente (me dio flojera decirle –no encontré razones para contarle– que, desde el 2012, he sido invitado a hablar en diplomados y que tengo más de quince años impartiendo clases a nivel licenciatura).
El día de la extracción de la muela del juicio, llegó 30 ó 40 minutos tarde a su propio consultorio, y se excusó. “Se le había hecho tarde porque había mucho tráfico y porque alguien se había estacionado en la entrada del estacionamiento del consultorio”. Por todo su trabajo –de 30 ó 40 minutos, sin descontar su impuntualidad–, me cobró alrededor de $3, 000 MXN. En total, por esas tres consultas, en dos semanas, ya le había pagado casi $10, 000 MXN.
Al regresar a revisión después de la extracción, me dijo, tras una minuciosa inspección en las cavidades de mi boca, que necesitaba extraerme una muela inservible, urgentemente. También me dijo que me convenía que me extrajera esa muela inservible y que me convenía agendar una cita con una endodoncista amiga suya para que me restaurara esa muela inservible. Me advirtió que esa muela me daría problemas más adelante. Me hizo una cotización: alrededor de $20, 000 MXN por todo el trabajo, por seis o siete –máximo diez– horas de su trabajo. Al decírmelo, me miró de arriba abajo y me dijo, de un modo que sonó falso y conciliador, que podía pagarle en plazos. No lo culpo. Todos tenemos sesgos cognitivos. Después de más de un año de pandemia y con más de ocho meses sin cortarme “profesionalmente” el cabello, yo traía el cabello largo y descuidado; como siempre, traía mis dos aretes en el lóbulo izquierdo (esos que algunos colegas no dejan de mirarme, inconsciente e insistentemente, cuando platicamos en los pasillos de la universidad); como casi siempre que no estoy dando clase o en la universidad, traía una camisa “grunge” un poco vieja –de esas que H&M o American Eagle anuncian como “camisas de leñador”–, y, debajo de esa camisa, traía una vieja playera estampada con el rostro de Syd Barrett, y también traía unos pantalones de mezclilla raídos y unos tenis. Él, a diferencia de mí, era lo que podría decir tu abuelo que consume mucha tv: “una persona de bien”: cabello corto estándar, ropa formal estándar, zapatos formales estándar y lentes de aumento, de persona que “se quema las pestañas, estudiando”.
Tomé la llamada. El dentista me dijo que me mandaría un video al Whats en el que me explicaría cómo cepillarme los dientes (obviamente no tenía que llamarme para eso), y también me recordó que me sugería agendar otra cita con él cuanto antes para que me extrajera la otra muela inservible y para que su amiga endodoncista procediera a repararme esa pieza dental, con residuos de mi propia muela inservible (realmente, el leitmotiv de la llamada), o algo así. Obviamente, no preguntó si estaba ocupado, o si tenía tiempo, ni si podía contestarle la llamada en ese momento. Nada. Y no me sorprendió. Cierto: podía interesarle mi salud, pero yo también sospechaba que, más bien, él quería cambiarle las llantas a su Sentra orange metallic –el que no pudo estacionar porque alguien se había estacionado en la entrada, cuando llegó 30 ó 40 minutos tarde a su propio consultorio, cuando me extrajo la muela–, o algo así. Me cayó mal.
De por sí, en la primera consulta, cuando me había hecho la plática, ya me había caído mal. Para empezar, yo había tenido que ajustarme a su horario de trabajo. Nunca me preguntó a qué hora podía asistir a su consultorio; simplemente dijo: “puedo tal día, a tal hora; te espero tal día y a tal hora”. Estaba tan preocupado cuando lo contacté, que no analicé sus imposiciones. Esto fue extraño para mí, pero lo dejé pasar. Toda la gente con la que trabajo –a pesar de que casi todos tenemos los mismos grados académicos– es atenta y respetuosa del tiempo de los demás: siempre que agendan una junta, lo hacen con anticipación y siempre preguntan por tu disponibilidad de tiempo. Este cretino asumió que me urgían sus servicios y que debía ajustarme a sus tiempos. Sin más.
En su consultorio, mientras le transfería el monto de sus servicios en la aplicación del teléfono, de 30 ó 40 minutos de su tiempo, me preguntó a qué me dedico, e insinuó que, su trabajo, a diferencia del mío, “sí era un trabajo de verdad”. Y ahí estaba la muestra, en ese jueves por la tarde: yo, el dentista, te llamo cuando quiera, porque sé que no tienes nada realmente importante que hacer.
Insistió en la llamada, con ese tono falso y conciliador que conocía y que él había usado para asumir que yo no tenía dinero para pagarle (¿por qué debería haberle hecho saber que sí tengo dinero, que he decidido tener siete guitarras eléctricas que cuestan lo mismo que su Sentra orange metallic, y un montón de libros de autores que, probablemente, no mencionan sus amigos dentistas a los que ve en los conciertos de piano a los que asiste su hija, cada semana, y que me resisto a caer en la inercia de disfrazarme de “una persona de bien” y que me vale madre que mis vecinos crean que soy, o no, “una persona de bien”?), y volví a decirle que lo pensaría mejor. Tuve que inventarle que estaba en una junta importantísima y que no podía hablar más tiempo.
Al día siguiente, me mandó otra cotización al correo-e y le contesté que tenía que pensarlo otra vez. (Prefería comprarme otra guitarra eléctrica de gama media, que llenarle los bolsillos). Tres días después me mandó otro Whats. Ahora me invitaba a leer un artículo en el que se mostraba la necesidad de la extracción de muelas inservibles. Le contesté el Whats y le dije que agradecía su información. Ya pasó más de un año de ese Whats. Cambié mis hábitos –dejé de comer comida chatarra y corro 5 ó 6 kilómetros al menos tres días a la semana– y ya no he tenido problemas dentales. El dentista nunca contestó ese último Whats –es más: ni lo leyó; sigue allí, en espera de ser leído por él–, pero te apuesto a que si le mando un Whats ahora mismo y le digo que quiero agendar otra cita con él para que me extraiga esa muela inservible, me va a llamar por teléfono de inmediato, hoy, domingo 31 de julio del 2022, a las ocho y media de la noche.
martes, abril 05, 2022
5 de abril de 1994
Según los forenses, moriste a las 11: 30 am del 5 de abril de 1994. Un electricista halló tu cadáver 3 días después en el invernadero de tu casa en Lake Washington. Iba a instalar un sistema de vigilancia y te confundió con un maniquí. Estabas tumbado en el suelo, con una Remington en el pecho. Te habías metido el cañón de la escopeta en la boca y te habías disparado.
Ya perdí la cuenta de las veces que he escuchado tus canciones, de los libros que he leído sobre ti y de los rumores que he escuchado sobre tus últimos días. Nadie sabrá nunca qué pasó. Habías escapado de un centro de rehabilitación, te habían visto comiendo budín en un restaurante mexicano, te habían visto en una taberna buscando a alguien...
Lo único que sí sé es que, de no haber sido por tu música, nunca me habría interesado aprender a tocar la guitarra y que la música no sería tan importante para mí.
jueves, noviembre 18, 2021
18 de noviembre de 1993
Lo más probable es que el 18 de noviembre de 1993 haya sido como cualquier otro jueves de los últimos meses del tercer año de la secundaria: debí de levantarme sin la necesidad de escuchar ninguna alarma, entre las seis y las seis media de la mañana; debí de vislumbrar las cuatro larguísimas horas de tortura del taller de dibujo técnico industrial que me esperaban en la escuela, después del receso; debí de imaginar que antes de esas horas de pesadilla –en verdad detestaba la rutina de ese taller, con todo mi corazón–, al menos tendría la oportunidad de ver, a la distancia, a la altísima chica de cabellera rizada y de brackets que me volvía loco, y también debí de fantasear con un encuentro en el que finalmente me atrevía a hablarle y a decirle cuánto me interesaba...
Lo más probable es que ese jueves 18 de noviembre de 1993, la voz de Héctor Martínez Serrano debió de confundirse varias veces con el sonido del agua caliente de la regadera que caía sobre mi cabeza, mientras iba despertando y asimilando la realidad.
Lo más probable es que, en algún momento, ese programa de radio, que siempre escuchaba mi mamá por las mañanas, debió de ser interrumpido por la canción del comercial de la Cajeta Coronado que siempre sonaba en la mayoría de las pausas comerciales... y que aun hasta hoy me basta escuchar durante unos segundos para recordar vívidamente esas mañanas.
No estoy seguro, pero quizá, mientras me ponía el uniforme y sentía aversión hacia la secundaria, el comercial debió de hacerme pensar en los convencionalismos, y en particular hacia ese convencionalismo absurdo del uniforme, y debió de hacer que me preguntara si ese convencionalismo, junto con el convencionalismo absurdo de traer el cabello corto –casi estilo militar– y los lustrosos zapatos negros, de algún modo, repercutirían en mi vida adulta y me convertirían en “una persona de bien”.
Ese jueves 18 de noviembre, unos minutos más tarde, aun con la voz de Martínez Serrano y el esporádico jingle de Cajeta Coronado de fondo, debí de desayunar huevos con jamón o con salchichas, o hot cakes, o un sándwich, y un licuado de fresa o de plátano, mientras suspiraba pensando en mi amor platónico de rizos y de brackets, y las canciones de amor de John Secada –que estaban de moda y que también sonaban con frecuencia en otras estaciones de radio– revoloteaban en mi corteza auditiva y hacían que mi corazón latiera como una máquina de vapor precipitándose a toda velocidad a un despeñadero.
Tras intentar infructuosamente ignorar mi reflejo de estudiante genérico de secundaria en el espejo del baño, mirándome de reojo, debí de cepillarme los dientes, y alrededor de las seis cuarenta y cinco, mi papá, mi hermano y yo debimos de salir de la casa en el Jetta rojo.
En el corto trayecto de la casa hacia la escuela, debí de sentir el nudo en el estómago que siempre sentía –parecía que el licuado de fresa o de plátano se precipitaba hacia mi garganta y que terminaría devolviendo el estómago– y que se intensificaba cuando estaba en la entrada de la escuela y presentía que el prefecto no me dejaría ingresar porque él juzgaría que traía el cabello largo o que mi uniforme y mi aspecto no eran suficientemente impecables.
(Ese sujeto tenía un juicio muy cuestionable. Bastaba que fingieras ser su amigo, para que te dejara ingresar a la escuela, incluso con tennis negros y cortes de cabello modernos –Vanilla Ice era moderno entonces–, y, ahora, mientras escribo esto a toda prisa para no perder el impulso, recuerdo incluso que él mismo traía una ridícula coleta, y también me pregunto qué tan solo y frustrado se sentía como para estar interesado en la amistad de un montón de adolescentes idiotas.)
Ese 18 de diciembre, minutos antes de las siete de la mañana, debí formarme en la fila de mi grupo y esperar a que el director de la escuela saliera a escena y nos dijera alguna frase motivacional para alentarnos a ser responsables y a conducirnos con el compromiso que implicaba ser el futuro de México –así como, estúpidamente, varias décadas más tarde, hago yo con mis alumnos de licenciatura, cuando creo que la situación lo amerita–, y yo debí de cerrar los párpados y vislumbrar la salida de la secundaria, y debí de pensar que en el camino de vuelta a la casa me pondría los audífonos y que le daría play al walkman y que escucharía por enésima ocasión Dangerous de Michael Jackson, mientras continuaba sin creer del todo que hacía apenas unas cuantas semanas había asistido a uno de sus conciertos en El Estadio Azteca, y me mentalizaba a pasar toda la tarde realizando alguna tarea sin sentido, sentado frente al televisor de la casa de mis papás, en la sala, junto a mi mamá, procurando enfocarme en aprender, entre los mortecinos resplandores de Rescate 911 y de Misterios Sin Resolver que salpicaban mis cuadernos y libros, y entre las voces de los dobladores de William Shatner y quién sabe de quiénes más.
La rutina de las últimas semanas de 1993 debió de estar caracterizada también por mis peleas interiores y por mis múltiples estados de ánimo adolescentes, frecuentemente tendiendo hacia el malhumor y hacia el dramatismo, resultado de todas esas emociones que aparecían y desaparecían de un momento a otro.
Lo que no es probable es que en ese momento en el que el director nos sermoneaba y yo cerraba los párpados para escapar del patio de la escuela, me encontrara feliz y expectante porque sabía que esa noche Nirvana grabaría el MTV Unplugged In New York.
Ni siquiera sabía de la existencia de esa banda.
De haberlos escuchado, es muy probable que me hubiera sentido tan identificado con su música que la muerte de Kurt Cobain, tan sólo cinco meses más tarde, me hubiera destrozado y que me hubiera dolido como nunca antes nada lo había hecho.
Es probable que hubiera sentido que nadie me comprendía y que hubiera sentido que era el fin del mundo, y es probable que mi dramatismo me hubiera llevado a guardar luto durante varios meses, o incluso a perder el interés por todo... A lo mejor me habría convertido en una persona más resentida de la que soy, o a lo mejor habría sido rebelde y habría dejado la casa de mis papás y me habría empecinado en ser escritor... Quién sabe. Pero sospecho que, de haber conocido a Nirvana a los 12-13 años, no sería la misma persona que soy.
martes, octubre 19, 2021
Una Jaguar '65 llena de sangre
Qué molesto es lidiar con los dolores del ayuno apareciendo intermitentemente en tu estómago como explosiones de ansiedad en un campo de batalla minado y llamando escandalosamente tu atención como un gatito hambriento y caprichoso que suelta mordiditas que te pellizcan la piel, cuando lo único que quieres hacer es poner en palabras esa idea que tenías en la cabeza antes de que tu vejiga a punto de reventar te levantara de la cama.
Qué molesto es tener que acostumbrarse a esas convulsiones de tus intestinos y tener un ataque de tos a la mitad de todo provocado por el ayuno de toda la noche y luego tener que tomar el kit de la prueba de glucemia y sacar la libreta en la que llevas el registro de tu glucosa en sangre en ayuno desde hace más de 100 días consecutivos y sacar la pluma y luego la tira reactiva y la lanceta y después pinchar el dedo afortunado para el sacrificio de sangre de hoy, y sentir el breve pinchazo de la lanceta en tu dedo competir con los calambres locos e incontrolables de tus vísceras hambrientas en la frialdad de la recámara que parece un cruel congelador, e ir olvidando cuál idea tenías en la cabeza y querías poner en palabras, mientras esperas con desesperanza la lectura del glucómetro y haces acopio de tus fuerzas para recordar qué cosas indebidas comiste ayer y reparas en que es 19 de octubre y que se cumplen 30 años de aquel célebre concierto de Nirvana en Dallas, Texas, en un club llamado “Trees”, en el que Kurt Cobain tuvo un altercado con un guardaespaldas.
Qué molesto es recordar todo esto justo cuando los temblores de tus intestinos reclaman que bajes a la cocina y que los alimentes exactamente en este momento y que termines comportándote como una bestia con una corteza cerebral de adorno y que obedezcas y que hagas lo mismo que cualquier otra persona, sin ningún interés en este concierto ni en ordenar en palabras la idea que se va borrando lentamente como el amanecer en tu mente, podría hacer.
Qué molesto es tener esta idea y no poder ponerla en palabras –probablemente no es una idea brillante, pero sí es auténtica sólo porque nadie más que tú puede tenerla en el mismo momento en el que tú la estás pensando– y que no puedas elaborar en detalle todos los elementos de este evento que te ha recordado este 19 de octubre del 2021, tales como los testimonios de los asistentes a ese concierto –incluyendo a Kurt Cobain, a Krist Novoselic y a Dave Grohl, y a otros músicos cercanos a ellos, como Mark Lanegan– que quedaron plasmados en algún libro o en alguna entrevista o en algún artículo y en los que casi todos los involucrados coinciden en que Kurt Cobain estaba frustrado porque había estado teniendo problemas con un amplificador toda la noche y que lo pateó varias veces y que el amplificador resultó ser de un amigo de uno de los guardaespaldas que cuidaban que el público no se subiera al escenario, y que el guardaespaldas ya le había pedido a Cobain varias veces que dejara de patear el amplificador y que éste lo ignoró y que entonces, cuando se lanzó al público a la mitad de “Love Buzz” –en la parte del feedback de la guitarra–, era inevitable que el guardaespaldas perdiera los estribos y lo jalara furiosamente de los cabellos para regresarlo al escenario y que Kurt le diera un certero guitarrazo en la frente.
Qué molesto es recordar todo esto frenéticamente, cuando mis vísceras no dejan de callarse y me hablan como si fueran voces dentro de mi cabeza conspirando en contra de estos recuerdos y obligándome a interrumpir estos recuerdos frenéticos y bajar a la cocina y tomar una aburrida manzana del aburrido frutero y comérmela en el aburrimiento de la lentitud que implica comer una manzana y concentrar toda mi atención en comerme la manzana, cuando lo que en verdad quiero hacer es escribir sobre estos recuerdos y cuando estoy seguro que más tarde podría comerme la maldita manzana y que ya no podré escribir estas tontas ideas porque el momento preciso para escribir estas tontas ideas se habrá ido.
Qué molesto es acabar con la manzana y hacer un gran esfuerzo para retomar el hilo de los recuerdos y recordar que después de jalar a Kurt Cobain de los cabellos y recibir un golpe en la frente con una Jaguar '65, el guardaespaldas enfureció y le dio una patada a Kurt cuando Kurt estaba levantándose del suelo, y que la banda dejó de tocar abruptamente y que Krist Novoselic dejó caer por ahí su bajo y que Dave Grohl saltó desde detrás de la batería y que Krist Novoselic detuvo al guardaespaldas que ya se le iba a los puños a Kurt Cobain y que se quitó su playera y que se la ofreció y que la frente del guardaespaldas sangraba copiosamente y que Dave Grohl miraba a la distancia y se pasaba el cabello detrás de una oreja como si estuviera asustado y no diera crédito a lo que estaba pasando y no supiera qué hacer, aunque tenía casi un año tocando con Nirvana en clubes parecidos al Trees y aunque había sido testigo de enfrentamientos semejantes –parece que Cobain siempre los metía en líos– y aunque tenía casi 10 años tocando la batería en diversas bandas de punk hardcore y aunque debía estar familiarizado con esta clase de peleas.
Qué molesto es recordar todo esto justo cuando mis necesidades fisiológicas me llaman estruendosamente una vez más, y cuando el frío de este congelador que parece una recámara en la que siempre es invierno me está entumeciendo los dedos que aporrean el teclado de la computadora, y cuando debo interrumpir mi escritura por enésima ocasión, pero en esta ocasión para ir al baño; y qué molesto es no recordar precisamente dónde leí –para volver a consultar la fuente– que Cobain, que Novoselic y que Grohl al final del concierto tomaron apresuradamente un taxi y que el taxi se quedó sin gasolina, o que le falló el motor, y que se quedaron allí varados, justamente a una cuadra del club, atentos a que el guardaespaldas –que había sido expulsado del concierto después del altercado con Kurt– cumpliera su amenaza y los estuviera esperando a la salida del club y los estuviera buscando y se apareciera en cualquier momento con sus amigos guardaespaldas, para romperle la madre a Kurt Cobain.
Todo esto quedó registrado en el VHS Live!!! Tonight!!! Sold!!! Out!!! y lo vi por primera vez un domingo de 1995 y me dejó tan impactado que, ahora mismo, justamente cuando se celebran 30 años del concierto, encuentro ridículo intentar ponerlo en palabras, no sólo porque tenía otra idea en la cabeza y también quería ponerla en palabras, sino porque ocurrió en el momento preciso en el que debí obedecer a mis vísceras y porque mis ruidosas vísceras asesinaron el ímpetu que tenía para escribir sobre estos recuerdos.
Qué molesto es no tener paciencia para elaborar sobre los detalles de esta escena que alimentó mi enfermiza admiración hacia Kurt Cobain y no poder entrar en detalles sobre las cosas que ocurrieron años más tarde, cuando ya me había casado y cuando mi mujer dormía a mi lado en nuestra cálida cama matrimonial y cuando yo tenía apenas unas semanas de haber ingresado al doctorado y sin embargo ya lidiaba con mis propias frustraciones; cuando, en lugar de patear furiosamente un amplificador, todos los viernes por las noches fumaba antes de dormirme para mitigar el estrés –modulando la liberación de neurotransmisores excitadores e inhibidores, y sintiendo que así me quitaba de encima una pesada semana de casi 12 horas diarias de trabajo y de los tediosos recorridos de 2 ó 3 horas diarias en el infernal transporte público desde la casa hasta Ciudad Universitaria de ida y vuelta– y me acostaba a ver conciertos en el iPod –los había descargado de YouTube y acababa de comprarme el iPod y la pila todavía no entraba en obsolescencia programada– mientras mi mujer dormía y esperaba que el fin de semana saliéramos a divertirnos a algún lugar.
Durante varios viernes consecutivos vi este concierto en el Club Trees de Dallas, Texas, de principio a fin, y, cada vez que lo veía me sentía trasladado por un momento a aquel domingo de 1995 en el que vi por primera vez esta escena del golpe de la Jaguar '65 en la frente del guardaespaldas, o incluso me sentía trasladado a aquel 19 de octubre de 1991, como si yo mismo hubiera estado frente al escenario en ese club –el video de este concierto había sido grabado por un amigo de Krist Novoselic (¿su hermano?) desde uno de los costados del escenario y las tomas eran muy cercanas, de pésima calidad, pero muy vívidas–; y qué molesto es reconocer que entonces no tenía que lidiar con el escandaloso dolor de mis vísceras exigiendo que las alimente, ni con el pinchazo de la lanceta en uno de mis dedos, ni con la desesperanza de la lectura del glucómetro, ni con este terrible frío, ni con la necesidad de aplazar una idea que quería poner en palabras ¡y que se ha esfumado mientras todo esto ha ido ocurriendo, y mientras el mundo ha despertado y todo está lleno de ruido y me siento vigilado!, y qué molesto es admitir que nada es realmente molesto: molesto sería tener ERGE y no poder comer más que dos o tres cosas y andar con náuseas todo el día y aborrecer cada segundo, y no tener una cama cálida ni una mujer fabulosa en la cama; molesto sería no tener razones para molestarse y no tener imprevistos que no te impidieran escribir, ni poder incendiar tus emociones rabiosas en unas tontas líneas que escribes en un blog que nadie lee aparte de ti.








