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miércoles, junio 29, 2022

Una notificación


Los gatos pasan encima de mí en la cama, como si no pesaran más que una almohada de plumas, me despiertan, y no puedo ignorar cuánto me duele el tobillo izquierdo; siento mucho dolor, como una punzada terrible, como si los músculos estuvieran rotos, como si un nervio estuviera inflamado, como si el hueso del tobillo estuviera carbonizado; como si mi tobillo tuviera mucho sueño, como si mi tobillo estuviera resfriado, como si mi tobillo tuviera cólicos premenstruales, como si mi tobillo tuviera diarrea, como si mi tobillo tuviera tos y alergia estacional y todos los padecimientos posibles; como si yo hubiera contraído raquitismo en el Siglo XIX y las secuelas me hubieran dejado cojo y aún estuviera adaptándome a usar una prótesis de por vida que me lastima el tobillo.

Los gatos pasan encima de mí, me despiertan, miro el reloj en la pared de la recámara, son las siete de la mañana, y repaso mentalmente lo que haré hoy, y me siento culpable porque no he podido salir a correr más que un día en esta semana –hoy debería correr, y el viernes también debería correr, pero lo más probable es que el tobillo continúe doliéndome y que no saldré a correr hasta el sábado o el domingo–, y pienso en la presentación que debo terminar para la plática que daré mañana por la tarde para un diplomado de investigación y medicina del sueño; me han invitado a este diplomado desde que era candidato a doctor, sino recuerdo mal en el 2012, cuando Katz y yo vivíamos en Xola, en una colonia bonita que quedaba cerca de todo, cuando Gatusso era un minino y era nuestro único amigo felino y su cabeza cabía en la palma de una de mis manos y yo le daba su biberón –lo abandonaron en la calle, y su mamá no lo amamantó– al mismo tiempo que me fumaba inconscientemente un Camel; y en otras ocasiones en las que me han invitado a este diplomado me he sentido un poco fuera de mi hábitat, hablando de temas que no domino y que no me gustan mucho, pero que siempre disfruto, pero en esta ocasión, cuando la presidenta de la sociedad que organiza este diplomado, que ocurre cada dos años más o menos desde el 2008, se comunicó por teléfono conmigo, en diciembre, le planteé hablar sobre un tema que me fascina y ella me dijo que sí.

Los gatos pasan encima de mí, ya estoy despierto, y reparo en que tendré una junta a las 13: 30 por Zoom con los colegas del departamento de ciencias de la salud; allí la jefa de departamento nos presentará a una profesora temporal (como yo) que impartirá estadística avanzada durante este trimestre (yo impartiré una clase los lunes, los martes y los jueves, de las 13:00 a las 18:00, cada día, y otra clase los miércoles, de las 14:00 a las 17:00), nos hablará sobre la página de internet del departamento y sobre la necesidad de retomar los seminarios departamentales; también repaso mentalmente lo que me espera dentro de la siguiente hora: ir al estudio y pincharme un dedo y medirme la glucosa y anotar cuántos mg/dl de glucosa en sangre tengo en ayuno, bajar a la cocina y buscar los platos de los gatos y darles comida blanda, cambiarles el agua –Gatusso siempre ensucia y tira el agua– y la arena, y buscar a Jackson –raras veces baja a la cocina, a la hora del desayuno– y llevarle su plato con comida blanda, y esperar a que Yoko o Gatusso o Jackson usen el arenero justamente cuando acabo de limpiarlo y entonces tener que limpiarlo otra vez, y entonces tener que barrer otra vez el cuarto donde está el arenero y entonces tener que volver a sacar la arena, que acaban de ensuciar, al bote de basura del patio.


Los gatos pasan encima de mí y ya se dieron cuenta que desperté y comienzan a maullar –sobre todo Gatusso– y a merodear alrededor de la cama como si fueran tiburones merodeando la balsa en la que agoniza un sujeto después de varias semanas de naufragio, y pienso que debería quedarme otros minutos tumbado en la cama, pero ya no tengo sueño y los maullidos de los gatos son cada vez más insistentes. 

Me siento en un borde de la cama, escucho la respiración de Katz que continúa de visita en algún mundo onírico que olvidará apenas despierte, y estiro un brazo hacia la mesita de noche y tomo mi teléfono celular y lo enciendo, y recuerdo todas las cosas que tengo que hacer en cuanto me levante, y vuelvo a pensar que debería tumbarme en la cama otros cinco minutos, pero también vuelvo a reparar en que ya no tengo sueño y en que los gatos están cada vez más impacientes y en que Katz sigue dormida y en que no quisiera perturbar su descanso. 

Estoy en estos pensamientos que son como un torbellino, cuando suena una notificación del teléfono celular. Apenas distingo el sonido, por debajo de los maullidos de Gatusso, de Yoko y de Jackson. Puede ser cualquier cosa –un Whats que requiere una respuesta urgente, un depósito inesperado de $20 MDD en mi cuenta bancaria, un nuevo seguidor en twitter, un mensaje del messenger de Facebook de alguien que no veo desde hace más de quince años–, pero tengo la certeza de que se trata de la notificación más innecesaria de todas las aplicaciones que tengo en mi teléfono: Google Fotos. 

Y sí: la aplicación me recuerda que, hace exactamente 9 años, después de haber vivido alrededor de cinco años en el pequeño departamento de Xola, Katz y yo nos mudamos de vuelta a Pantitlán, a donde habíamos vivido, cada quien por su lado, nuestras infancias. No me cuesta mucho trabajo recordar que ese día fue sábado y que había cajas por todas partes, y que tomé un par de fotografías mientras Katz bajaba a la calle a abrirle a un sujeto que la había contactado en una página de trueques en Facebook, con quien intercambiaríamos nuestro tanque de gas por dos o tres bolsas de Scoop Away. 

Esta notificación llegó en un momento curioso: apenas el fin de semana, en la novela que estoy escribiendo –además de los mil y un relatos que escribo en varios archivos de Word y de los tres blogs en los que improviso cualquier cosa que se me ocurre, como esta entrada, esta novela es mi tercer proyecto: tengo dos versiones de una novela ya terminada que envié dos veces a un concurso “para jóvenes escritores” que resultó un fraude, y tengo otra novela más o menos avanzada, a la que no he vuelto desde que vivimos en Toluca-Lerma–San Mateo Atenco–, me quedé atrapado en un relato sobre ese día. Intentaba escribir sobre el 29 de junio del 2013, sin saber que se trataba del 29 de junio del 2013. Intentaba escribir sobre el sujeto que vimos ese día y que se llevó nuestro tanque de gas y que nos dio dos o tres bolsas de arena para gatos.

Serían como las diez de la mañana cuando el sujeto llegó al departamento. Mi papá había conseguido una camioneta para la mudanza y ya andaba por allí con nosotros, y mientras Katz se había encargado de empacar prácticamente todas nuestras pertenencias, además de encontrar el departamento al que nos mudaríamos y recoger las llaves y acordar con el dueño del departamento cuánto pagaríamos de renta cada mes y cuánto deberíamos depositarle en el primer mes, el papá de Katz había estado ayudándole a ella toda la semana y yo había estado, como siempre que han ocurrido estos traslados, como un inútil quejumbroso toda la semana, escudándome en el estrés que me provocaba el ambiente tóxico del laboratorio de mi tutor de doctorado. Ya no soportaba un día más en ese laboratorio. 

Mi tutor había perdido el control sobre su grupo de investigación y yo estaba a punto de quedarme sin beca doctoral –como la dueña del pequeño departamento de Xola nos iba a subir la renta y como Katz y yo tendríamos que vivir algunos meses con nuestros ahorros y con los ingresos de Katz, que entonces trabajaba en una agencia aduanal, nos mudábamos de vuelta a Pantitlán–, estaba empezando a escribir mi tesis doctoral y terminando los experimentos de mi cuarto artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada. Era obvio que había sacrificado mi estabilidad económica –que la vigencia de la beca doctoral terminara–, para publicar más artículos que los que necesitaba para titularme –como requisito de titulación el posgrado sólo exigía un artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada–, pero mi tutor lo percibía de otra forma: cuando se enojaba, nos reunía a todos los que formábamos parte de su grupo de investigación y nos decía frente a todos (o nos enviaba un correo-e masivo) todo lo que le parecía que hacíamos mal cada uno. A mí me decía que yo sólo seguía sus instrucciones y que no tenía iniciativa y que no era ambicioso. Era un ambiente muy tóxico, y yo ya no quería seguir allí.

Cuando el tipo de la arena llegó al departamento de Xola hace 9 años, Katz me lo presentó y me pidió que le entregara el tanque de gas, así que él, mi papá y yo subimos a la azotea. Mi papá y el tipo me decían algunas cosas y no podía prestarle atención a ninguno de los dos. Mientras mi papá me hablaba sobre su trabajo, sobre algún padecimiento que le molestaba y sobre algunos problemas familiares, el tipo de la arena me decía que era editor de una revista literaria y que sus oficinas estaban enfrente del Parque Hundido y que él y su chica se habían mudado recientemente a un departamento cercano a las oficinas y que los tanques de gas estaban carísimos y que nos agradecían muchísimo el intercambio.

Yo le pregunté sobre la revista literaria y allí vi una oportunidad de publicar alguno de los tantos textos que he escrito (desde niño, cuando aprendí a escribir), y entonces le dije que yo escribía, y quería contarle sobre ese aspecto de mi vida con un poco de detalle para que no se quedara con la idea de que yo escribía, tal y como millones de personas dicen que escriben, pero mi papá estaba muy angustiado por los problemas que tenían mi tía, mi prima y mis sobrinas, y necesitaba desahogarse conmigo.

Ante mi incapacidad para controlar la situación, apoyé los codos en una de las bardas de concreto de la azotea y me quedé mirando desde allí la colonia de ese edificio de tres pisos junto a Tlalpan, frente a un Sanborns, a unas cuadras de las estaciones Xola y Villa de Cortés del metro, a unas cuadras de la estación Las Américas del metrobús, en el que Katz, Gatusso y yo habíamos vivido.

Por primera vez reparé en que era una colonia bonita y bien ubicada, y en que nunca la había disfrutado. Pensé en todas las cosas que habían pasado en un lapso de cinco años, y me pregunté si algún día volveríamos a vivir en una colonia similar a esa.

Bajamos hasta la calle, el tipo de la arena se encargó de bajar él solo el tanque de gas, mi papá y yo lo acompañamos hasta su auto, el tipo me dio un par de ejemplares de la revista en la que era editor y me dijo que le enviara uno de mis textos y que seguíamos en contacto. Yo le dije que no debía sentirse comprometido a publicarme, que me bastaba con su retroalimentación. 

Apenas acabamos de instalarnos en el departamento de Pantitlán –teníamos pocas cosas, y Katz y yo terminamos de instalarnos en menos de 24 horas–, me puse a escribir un relato para enviárselo al tipo de la arena –era un relato sobre un sujeto que llevaba a su novia ebria de vuelta a su casa, después de una fiesta, el día que la selección sub 17 había ganado el mundial de la categoría en Perú 2005– y se lo envié. Por supuesto: el tipo de la arena nunca me contestó. 

Ya pasaron nueve años desde ese día. Mi tía, mi prima y mis sobrinas continúan teniendo problemas, y me pregunto quién vivirá ahora en ese departamento de Xola, me pregunto qué será de la vida del tipo de la arena: ¿al menos habrá leído el texto que le envié?; si ahora mismo, por azares del destino, leyera esta entrada, ¿le parecería mala?, ¿sentiría curiosidad por leer aquel texto que le envié en el 2013...?

También me pregunto si alguno de los integrantes de los comités de los concursos “para jóvenes escritores” en los que participé, leyó mi novela. También me pregunto qué pasaría si un desconocido, por azares del destino, leyera esta entrada, creyendo que no la escribí yo, sino una estrella de rock de las letras: ¿le volaría la cabeza...?

domingo, abril 12, 2020

A la sombra de las muchachas en flor de Marcel Proust

Marcel Proust es probablemente uno de los escritores más citados y menos leídos en el mundo. Tal vez se debe a mi falta de sueño, a que estoy más irritable que de costumbre (por mi falta de sueño) y a que soy menos tolerante y más exagerado que en condiciones normales, pero creo que, de no ser así, algunas “mentes brillantes” de nuestra sociedad –pienso en les luchadores incansables que abogan por “el lenguaje inclusive” y que al mismo tiempo hablan el inglés con la exquisitez del acento británico–, ya habrían intentado censurar algunas de sus obras. 

Creo que si las personas equivocadas leyeran esta novela –el segundo tomo de los siete tomos que constituyen su obra maestra, que tardó ¡casi veinte años en escribir!–, podrían ignorar el contexto en el que fue escrita: el autor no podía hablar abiertamente de su sexualidad, estuvo enfermo casi toda su vida (y dependió de un modo insano de su madre y de su abuela) y su padre siempre lo vio como un inútil y un perezoso y lo comparó con su exitoso hermano.

(No estoy seguro, pero tal vez Proust se sentía profundamente culpable y menospreciado y quería impresionar a su padre y demostrarle que tenía talento para escribir, y, tal vez, por esta razón –y por muchas otras razones que desconozco y sobre las que ni siquiera puedo especular– le dedicó obsesivamente un tercio de su vida a la escritura de “En busca del tiempo perdido”.)



El lector equivocadamente podría interpretar esta novela como la historia de un acosador que espía a mujeres jóvenes en las fastuosas reuniones de Odette de Crécy, mientras se enreda en conversaciones pretenciosas y fútiles con personajes que aparentan formar parte de “la crema y nata” de la aristocracia europea, para después fantasear e idealizar a esas mismas mujeres en la soledad de su habitación en la casa de sus padres o en el hotel de Balbec al que huye con su abuela para superar el rechazo de Gilberta. 

El lector equivocadamente podría enfocarse en los detalles anteriores e ignorar las asombrosas semejanzas entre los diversos personajes superfluos de principios del Siglo XX que aparecen en este tomo –talentosos pintores que engañan a sus esposas con alguna cocotte, damas de la “alta sociedad” que se reúnen para hablar mal de otras damas de la “alta sociedad”, arrogantes herederos de fortunas inconmensurables cuyo único propósito es humillar a la gente que consideran inferior a ellos, escritores que alaban patéticamente a quienes consideran influyentes para que les ayuden a publicar sus novelas y para que esa misma sociedad falsa los considere “artistas”, burócratas que hablan de negocios y de política como si se tratara de la vida y de la muerte, gerentes “aspiracionales” de restaurantes que tratan a los comensales de la manera en la que los ven vestidos– y la gente de nuestra sociedad.
 
Si en la época de Proust habían salones fastuosos en los que se reunía la aristocracia a perder el tiempo, ahora tenemos las redes sociales. 

Es tal y como lo dijo Juan Villoro en una conferencia a la que asistí. Palabras más, palabras menos, él dijo:
“Usamos las redes sociales de la misma forma en la que nuestros antepasados usaban el cuchillo cuando lo descubrieron: para asesinar a sus enemigos.”
(Basta que pasemos 5 minutos en las redes sociales de nuestra preferencia para que encontremos mensajes de odio, de humillación, de desprestigio, de “superioridad moral”...) 

Independientemente del lenguaje sesquipedálico de Proust –tal vez es un efecto del ambiente aristocrático en el que vivió– y de las digresiones características de su narrativa –que hacen un poco difícil la lectura–, todos aquellos que se consideran “escritores” deberían leer “A la sombra de las muchachas en flor”. 
 

domingo, enero 26, 2020

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick


Los viajes interplanetarios son comunes. La Tierra ha sufrido los estragos de un polvo radioactivo que ha extinguido a la mayoría de los animales. Los humanos más afortunados viven en Marte. 
Los androides conviven con los humanos, haciéndose pasar por humanos. Los animales eléctricos han sustituido a los animales reales y son un objeto tan apreciado por los humanos como lo son los automóviles en nuestro mundo. Los animales reales son escasos, la gente puede consultar sus precios en “el catálogo Sydney”,  adquirirlos por una fortuna y endeudarse por el resto de su vida. 

Algunos de los humanos que se quedaron en La Tierra, son considerados “cabezas huecas” y tienen empleos simples y viven en apartamentos abandonados en los que la basugre se apodera paulatinamente de todo. Lo más cercano que tienen a la espiritualidad y a la religión les es proporcionado por “la caja empática” –un dispositivo a través del cual se fusionan mentalmente con otros humanos que adoran a Wilbur Mercer, el Jesús de su época– y todo lo que sienten está regulado por “un climatizador del estado de ánimo” que forma parte de los electrodomésticos imprescindibles para todo humano. Estos climatizadores fungen como los ansiolíticos de nuestro mundo. 

Otros humanos son cazarrecompensas. 

Los Nexus-6 son los androides más sofisticados. Un grupo de estas unidades cerebrales escapó de Marte y en su huída mató a algunos humanos. Rick Deckard es un cazarecompensas que debe dar con el paradero de algunos Nexus-6 y eliminarlos.

Los Nexus-6 han usurpado algunas funciones humanas y son temidos por la humanidad. 

Son casi idénticos a los humanos, pero los delata su falta de empatía –en la novela, se da por hecho que la empatía es una característica exclusivamente humana*– y cuando son sospechosos de ser andys, deben ser sometidos por los cazarecompensas a algunos tests que evalúan la empatía –el test Voigt-Kampff o el test Boneli del arco reflejo cervical– y que miden algunos parámetros fisiológicos que ni los androides son capaces de manipular. 

La trama es entretenida, fácil de seguir, tiene elementos muy interesantes –¿tecnología más inteligente que las manos que la emplean?– e invita a la reflexión –¿qué tan empáticos y humanos somos, realmente?, ¿nos afecta, como especie, la muerte de otro ser vivo?, ¿qué tan superiores y libres somos, en comparación con las máquinas?, ¿los androides, de existir, realmente serían más “fríos” y “calculadores” que nosotros?–, pero el final me decepcionó un poco.

Espero que la película de Ridley Scott me muestre algo que me haya perdido en la novela. 

_________________

*Si Philip K. Dick hubiera conocido las redes sociales y hubiera visto a la humanidad comportarse con “tanta empatía” como lo hace cotidianamente –¿algunos humanos se sacan los ojos por un lugar en un estacionamiento público?, ¿algunos humanos humillan selectiva y sistemáticamente a otros humanos porque no son expertos en Octavio Paz y porque se fijan en “nimiedades” como una palabra mal escrita?, ¿algunos humanos cobran un sueldo, por matar a otros humanos?–, quizá su novela habría adoptado otro enfoque. 

PD. Desde las década de los 60, existen modelos experimentales de empatía. Si te interesa, puedes consultar este artículo en el que se mostró que los roedores exhiben “cierto nivel de empatía” hacia otros roedores que se encontraban en una situación experimental desfavorable:





martes, agosto 14, 2018

Trópico de Cáncer | Henry Miller (1970)


Esta novela es considerada una de las obras maestras de la literatura del Siglo XX. 

Fue publicada en París en 1934 y en Estados Unidos en 1961. 

Su contenido, altamente sexual y explícito, en el que abundan las enfermedades venéreas y la vida nocturna de los barrios sórdidos de París, la hizo acreedora a más de cincuenta demandas, incluyendo un juicio por obscenidad.  


En Trópico de Cáncer, Henry Miller recurre a la ficción y a la autobiografía para narrar su paso por París mientras malvivía y deseaba convertirse en escritor.  

Algunos capítulos de la novela se apegan a una narrativa tradicional y detallada en la que aparecen los compañeros de trabajo y los amigos del autor, mientras que otros capítulos están llenos de pasajes introspectivos en los que puede comparar a Henry Matisse con un poeta. 



El protagonista trabaja como corrector para un periódico de mala muerte y recibe un salario miserable que apenas le permite alquilar una habitación y comer.

Cuando ocasionalmente tiene más dinero que el de costumbre –cuando recibe un giro proveniente de Estados Unidos, donde vive su familia, o cuando alguno de sus amigos funge como su benefactor a cambio de ciertos favores, o cuando lo despiden y lo liquidan de algún empleo–, se lo gasta en comida, alcohol y mujeres.

Sobrevive en un ambiente de apariencias en el que sólo importan el dinero y el sexo, mientras encuentra un refugio en sus amigos y una oportunidad para comer y entretenerse.   

*Wikipedia

domingo, mayo 27, 2018

Guitarra Jaguar no es una novela sobre Kurt Cobain


A diferencia de lo que dijo Marcello Lara en la presentación de Guitarra Jaguar, el jueves pasado, la premisa de la novela me pareció genial. 

Él dijo que estaba cansado de la leyenda de Kurt Cobain y que por esa razón le costó trabajo comenzar a leer la segunda novela de Erick de Kerpel. 

Rulo –el otro invitado a hablar de la novela en la librería Mauricio Achar–, no dijo exactamente lo mismo, pero sí enfocó más su charla hacia el mito de Kurt Cobain y hacia el estereotipo del adolescente que quiere dedicarse a la música –encarnado en el protagonista–, que hacia la trama de la novela.

Ya que los dos han trabajado en el ámbito de la música y durante muchos años fueron parte de una de las estaciones de radio más conocidas en la Ciudad de México, es probable que tengan (o hayan tenido) contacto con un montón de amateurs interesados en la muerte de Kurt Cobain. 


Debe de ser muy molesto escuchar lo mismo, una y otra vez: ¿Courtney Love contrató a alguien para que matara a su marido?, ¿Michael Stipe y Kurt Cobain tenían planeado grabar un álbum juntos?, ¿había un ejemplar de Automatic For The People en el invernadero donde la policía halló su cadáver?, ¿Duff McKagan encontró a Kurt Cobain en el Aeropuerto de Seattle, cuando recién se fugó del centro de rehabilitación en el que había estado internado y prefirió dejarlo solo, a pesar de que se veía en pésimas condiciones...?

También debe de ser horrible tener que lidiar con personas que idolatran igual a Kurt Cobain que a John Lennon, igual a Chris Cornell que a Chester Bennington, igual a Jim Morrison que a Jimi Hendrix... o a cualquier rockstar que murió de manera trágica.

Pero Guitarra Jaguar no es una novela sobre Kurt Cobain.

La historia se centra en la búsqueda de la famosa guitarra Jaguar '65 que el líder de Nirvana utilizó para grabar la mayoría de las canciones de Nevermind.  


La novela abre con una cita a Robert Johnson –un músico de blues que supuestamente le vendió su alma al diablo a cambio de talento y que desapareció de la faz de la tierra a los 27 años de edad– y tiene varios capítulos paralelos a la trama, cuyo tema central es el animismo y las guitarras más emblemáticas de algunos músicos. 

La historia comienza cuando Tobías Goldstein –un adolescente sin ambiciones ni talento musical que está por cumplir 27 años– conversa con un bar tender después de un terrible concierto su banda, Los Heartbeasts.

El concierto fue tan malo que la gente los bajó del escenario y Tobías está decidido a renunciar a su banda.

El bar tender lo consuela y le dice que él mismo le sirvió unos tragos a Kurt Cobain antes de que fuera famoso. 

También le habla de la mítica guitarra Jaguar '65.

Tobías Goldstein se obsesiona por encontrarla.
Realmente no le gusta Nirvana, pero se convence de que la guitarra le conferirá poderes y lo convertirá en un rockstar. 

En la búsqueda de la guitarra, pierde todo lo que considera importante y...


martes, mayo 01, 2018

Esta novela no es sólo la historia de un bobcat


Adiós a Dylan es una novela de Alejandro Carrillo.

Ganó el Premio Mauricio Achar el mismo año que
 el Premio Nobel de Literatura le fue otorgado a  Bob Dylan. 

El protagonista de la novela es un bobcat
. 

Cada aspecto de su vida está impregnado de referencias a Bob Dylan: a las letras de sus canciones, a los libros que se han escrito acerca de él, a los libros que él mismo ha escrito, a las convenciones y extraños juegos que organizan sus fanáticos alrededor del mundo, a los lugares en los que vivió cuando decidió dejar a sus padres para dedicarse a la música, a los cafés en los que tocaba antes de volverse mundialmente famoso...  


Todos sus éxitos y sus fracasos los relaciona con el 
músico, poeta y cantante nacido en Duluth, Minnesota.



Cada uno de los capítulos tiene por título el nombre de una de las canciones de Dylan. 

La trama se desarrolla en la Ciudad de México, en Acapulco y en Nueva York. 


El protagonista es un adolescente que se enamora de una chica que hace porno amateur. Ella está enamorada de otra persona, pero él la idealiza tanto que no puede aceptar su rechazo.  

Mientras intenta olvidarla, viaja a Estados Unidos a un concierto de Bob Dylan y hace un recorrido por los lugares que todo bobcat quisiera visitar en esa ciudad.

En ese recorrido, sufre una serie de contratiempos que lo llevan a perder contacto con la realidad y que, irónicamente, le ayudan a encontrarse a sí mismo. 




Cuando vi el libro en la sección de novedades de la librería, me llamó la atención el título.

Al principio, me pareció que era una biografía de Robert Allen Zimmerman.

Quería conocer su trabajo literario y creí que el libro podría incluir información que me acercara a la obra que lo había hecho acreedor al Premio Nobel. 
Tarántula me estaba costando mucho trabajo. 

La sinopsis p
rometía que la novela era el viaje de iniciación de un adolescente, a través de las letras de Bob Dylan. 
También me llamó la atención que hubiera sido la ganadora de un premio para jóvenes escritores.

Leí Adiós A Dylan en una semana.

No sólo me gustó, sino que me interesó en la música de Bob Dylan y me hizo creer en este premio. Tenía la impresión de que necesitabas comenzar a escribir una novela con una beca del FONCA, o escribir como un académico especializado en temas decimonónicos, para acceder a un premio con estas características.