Mostrando las entradas con la etiqueta Ejercicios Literarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ejercicios Literarios. Mostrar todas las entradas

jueves, junio 25, 2026

Ototubaritis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del Instituto de Psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica, como el trabajo que tuve en el lugar en el que (en un mundo justo) debería seguir trabajando, ese lugar en el que pasé de SNII1 a SNII2, en el que impartí alrededor de 40 cursos y en el que dirigí alrededor de 10 tesis, con contratos miserables de dos trimestres al año y casi 20 horas de clase a la semana.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubaritis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de lo que todo mundo ve y repite en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

domingo, febrero 01, 2026

whatever colors you have in your mind



La oleada de cortisol de las 3 AM me despierta, giro mi cuerpo hacia la izquierda y luego hacia la derecha, me obligo a mantener los párpados cerrados, es como una vieja pesadilla al revés, la oleada interrumpe puntualmente mi sueño, no sé desde cuándo pero suele pasar cuando no estoy pasándola muy bien, y no quiero levantarme de la cama, no necesito confirmar la hora en el reloj de la mesita de noche, estoy incómodo, mi cuerpo no se siente como mi cuerpo, sé que no podré volver a dormir. 

Meto una de mis manos debajo de la almohada, busco una posición más cómoda en la cama, pero esquivo al gato que tengo en los pies, luego esquivo al gato que tengo en la cabeza, pesa alrededor de 7 kilos y está ocupando el 70% de la almohada, también esquivo a la gatita que está apoyada junto al gato de 7 kilos, más allá, en el otro extremo de la cama, está mi esposa, tengo una gran familia pero apenas puedo estirarme en la cama, y me resigno a no encontrarme más cómodo y tengo un insight, descubro por qué suelo levantarme de la cama con contracturas en la espalda y en el cuello, y porqué, algunos días, estoy en stand by todo el día.

Boca arriba, sobre la cama, con los brazos cruzados alrededor del pecho, como si fuera un vampiro en su ataúd, escucho la respiración de los tres gatos y de mi esposa, sin duda tengo una gran familia –“una vamfilia”, como diría Colin Robinson de la serie What we do in the shadows–, pero los gatos a veces están encima de mí y no puedo hallar una posición cómoda en la cama. 

Recorro la habitación con la vista, aún está oscuro, dejo que la oscuridad entre en mis ojos, que mis ojos se adapten a la oscuridad, total, ya sé que no podré volver a dormirme, y así ha sido casi toda esta semana, y, si no recuerdo mal, la anterior. 

En la medida de mis posibilidades, muevo un poco la cabeza hacia la derecha, se me ocurre que tengo que matar el tiempo mientras transcurre la madrugada, me acuerdo de cómo hace más o menos veinte años, cuando estaba en mis veintes, a veces no podía dormir porque tomaba mucho café y porque comía muchas cosas irritantes y tenía gastritis y las noches eran eternas, son otros tiempos ahora, no tengo gastritis, pero, igual que hoy, hace más o menos veinte años, tampoco podía dormir, también me acuerdo de haber intentado leer algo súper aburrido hace más o menos veinte años –Ulises, de James Joyce, por ejemplo–, también me acuerdo de esa sensación de la gastritis en mi cuerpo, como si una liga estuviera presionándome el vientre y como si no pudiera moverme ni siquiera un milímetro en la cama, me acuerdo de haber estado en posición fetal, más o menos como ahora, algunas cosas no cambian en más o menos veinte años. 

Tomo lentamente el teléfono de la mesita de noche, veo de reojo la hora en el reloj y confirmo la hora, otra vez es la hora de la vieja pesadilla al revés, otra vez la oleada de cortisol me ha despertado, y entonces enciendo el teléfono, quiero ponerme los audífonos y escuchar música para entrar en una especie de trance que me permita ahuyentar todos estos pensamientos del pasado que me dan vueltas en la cabeza y que no me dejan volver a dormir. 

Ayer, en la cena, encontré a un tiktoker tocando una canción de Guns N' Roses y la música me remontó a la adolescencia, cuando escuché por primera vez Use Your Illussion II, cuando no había tenido ningún problema serio de salud, cuando no sabía nada de enfermedades serias, cuando no sabía nada de odiar tu propia vida ni desear esfumarte porque el malestar es incompatible con tu existencia, porque los síntomas de la enfermedad hacen imposible imaginar tu vida 5 segundos más allá del presente.

Ayer, antes de cenar, me sentí mal, como casi todos los días del 2026, y trataba de desasirme de la horrenda sensación de carraspeo y de sofocamiento con mis propias flemas, tuve un ataque de tos, y aparecieron este tiktoker y esta canción, esta canción de Guns N' Roses es una opción para matar el tiempo mientras transcurre la madrugada. 

Muevo los ojos dentro de mí mismo un par de veces con los párpados cerrados, como si quisiera resetear mi existencia, es el último día de enero, todo el mes he estado teniendo días malos, ataques de tos, carraspeo, y hoy no hace tanto frío, y me acuerdo del año pasado, vagamente recuerdo que hace un año el frío era despiadado en la casa, no tenía problemas de salud como hoy, enviaba alrededor de 3 solicitudes a 3 Instituciones de Educación Superior al mes, iba saliendo del hérpes Zóster, no generaba ingresos, Katz y yo acabábamos de ver Nosferatu y Flow en el cine, leía a Han Kang y a Bram Stoker, todos los días eran inciertos, íbamos al tianguis de Metepec todos los lunes, ahora sólo estoy divagando, deben de ser ya las 3:30 AM, sólo estoy usando mi mente para no enfocarme en lo único que ha estado preocupándome este mes: mi salud.

Los ataques de tos y el carraspeo son despiadados, no puedo ignorarlos, en enero he tenido ataques de tos a diario, por las mañanas, mientras me visto, mientras termino de desayunar, mientras me dirijo al trabajo, he tenido ataques de tos y carraspeo por las noches y por las tardes, y el carraspeo me deja exhausto, de pronto tengo la sensación de que hay una flema atorada en la garganta, de pronto trato de aclararme la garganta pero la flema sigue allí, es una sensación incómoda, el sistema nervioso autónomo se apodera de mi consciencia, no puedo dejar de darme cuenta cómo está haciendo todo lo posible por expulsar a ese agente extraño de la garganta, mi cuñada me ha dicho que debo de tener irritada la garganta, que debo ir a ver a un gastroenterólogo, me acuerdo de que en mayo de este año cumplo 10 años de haber pasado por el quirófano, me acuerdo de los horribles síntomas del ERGE, era imposible imaginar mi vida 5 segundos más allá del presente, también me acuerdo de que el carraspeo era muy parecido a este carraspeo, que no podía dejar de carraspear durante varios minutos, que era consciente de la actividad de mi sistema nervioso autónomo, que no podía dejar de darme cuenta de que todo el tiempo estaba secretando saliva, de que el ruido que hacía al intentar aclararme la garganta era insoportable para mí mismo, que el acto, en sí, era automático y consciente, una paradoja del sistema nervioso autónomo, y me acuerdo de una que otra vez que tuve que salirme de alguna oficina o de algún seminario o de alguna junta importante porque ni siquiera yo mismo soportaba el ruido que hacía al intentar aclararme la garganta una y otra vez.

En lo que val del 2026 he tenido 3 ó 4 episodios de carraspeo que me han puesto al borde de un ataque de ansiedad, que me han hecho acordarme de todas estas cosas, es imposible ignorar estas cosas que normalmente hace mi sistema nervioso autónomo sin que me dé cuenta, sólo cuando todo está jodido me doy cuenta de todo está jodido porque soy consciente de mi sistema nervioso autónomo, cuando intento aclarar mi garganta y carraspeo varias veces y sin embargo la flema sigue allí y al cabo de unos segundos crece, ocupa todo mi esófago, y ya no puedo pasar saliva y siento que me asfixiaré, una terrible necesidad de escupir y carraspear se apodera de mis pensamientos, ayer todo esto pasó mientras veía una película de David Lynch, y hace 2 semanas todo esto pasó mientras veía un partido de la NFL por tv –¿Seattle Seahawks vs Chicago Bears?–, y no quiero ni imaginarme cómo sería si me diera uno de estos ataques de tos y de carraspeo en la calle, a mitad de la nada, en el Tren Insurgente, por ejemplo, no quiero que se repita nada de esto, no quiero volver a vivir lo que viví hace 10 años. 

Finalmente me pongo los inalámbricos y los sincronizo con el teléfono, y busco “Breakdown” en el catálogo de Amazon Music —¡The Warning es el artista que tienen como representantes del género “hard rock”!, ¡qué horror!, ¡hay que ser muy tonto para no ver lo evidente: que es más importante la publicidad y el efecto halo...!, ¡que Joseph Goebbels está presente en el Siglo XXI...!—, y una idea cruza mi mente y dejo de buscar a Guns N' Roses: antes de sincronizar los inalámbricos leí American Psycho, estoy en la página 370: Bateman vuelve al apartamento de Paul Owen un año después de haber asesinado allí a un par de scorts, el capítulo me hizo sentir nauseabundo, cerré el libro y me metí a ver mis redes sociales en el teléfono –y todo esto parece haber ocurrido entre sueños, con los gatos en la almohada, en mis pies y en mi brazo–; un post en la página de Ministry en Facebook dice que Filth Pig salió a la venta el 30 de enero de 1996 y que la banda allí toca un cover de “Lay lady lay”, y ésta es la idea que cruza mi mente, me dio curiosidad escuchar el cover de Bob Dylan, y ahora quiero escuchar el álbum y lo busco en Amazon Music y le doy play y cierro los párpados y vuelvo a mi posición de Laszlo Cravensworth en su ataúd, y cierro los párpados otra vez y lo escucho desde el principio, medio me quedo dormido de nuevo, no sé si todo esto ya pasó tal vez ya lo escuché de principio a fin varias veces, tal vez entre sueños se me ocurrió buscar información de Ministry en Wikipedia, tal vez leí que Al Jourgensen nació en Cuba, que el sonido de Ministry en su primera etapa era más new wave y synthpop que metal industrial, que en esos tiempos le abrieron varios conciertos a The Police, en la gira de Synchronicity, que Palm 69 es el álbum que les catapultó a la fama, que Filth Pig es su sexto álbum de estudio y que Al Jourgensen estaba deprimido durante la composición y grabación de Filth Pig y que la banda no suele tocar canciones de este álbum en ningún concierto. 

Escribo estas líneas, ya son casi las 9 AM, he tenido uno que otro ataque de tos, no sé si saldré a correr, sólo quiero sentirme bien, volver a ser como cualquier persona que no se da cuenta de lo que hace su sistema nervioso autónomo, es desquiciante estar al tanto de tu sistema nervioso autónomo, no podría volver a vivir los síntomas del ERGE otra vez.

viernes, octubre 10, 2025

no puedes conectar (emocionalmente) con todos




El conductor del Uber avanza sobre la avenida X, las calles están encharcadas, cayó una tormenta toda la noche, el tráfico está a vuelta de rueda, normalmente hago 10 minutos en este recorrido pero pasaremos esa frontera, me acomodo en el asiento, me ajusto el cinturón de seguridad, no quiero pensar en estas cosas pero hace un año en 10 minutos estaba en el trabajo, la distancia entre la casa y el trabajo era muy corta, ni siquiera me daba tiempo para pensar en las clases que impartiría, estaba en mi hábitat, mi rutina era distinta. Desde agosto mis recorridos y mi rutina han cambiado, la mayoría de las cosas han mejorado aunque todavía no me adapto por completo a mi nuevo trabajo, todavía no me siento en mi hábitat, es como si me hubiera lanzado al vacío, el público es difícil, a veces  me siento rebasado, como si no tuviera sentido cuánto tiempo estudio e invierto en mis clases, es como si al final los temas que abordo no le interesaran a nadie, pero suelo exagerar, me gusta hacer las cosas bien, soy muy exigente, casi nunca quedo satisfecho, ni siquiera con estas cosas que escribo sólo para mí mismo. 

«No puedes conectar emocionalmente con todo mundo, no puedes conectar intelectualmente con todo mundo, apenas tienes un mes en este trabajo», me digo a mí mismo y aprieto la mandíbula y cierro los párpados y suspiro, y luego me acuerdo de las dos o tres ocasiones en las que me he encontrado accidentalmente a dos o tres ex estudiantes en el último año en alguna plaza, todas me han saludado con mucho gusto y me han dado un abrazo y (palabras más, palabras menos) me han dicho que me extrañan, que creían que volvería a darles clases, que qué bueno que me di lugar, que ya están trabajando en sus tesis, que se preguntan dónde estoy y por qué no puedo ser su director de tesis, que me siguen en mis redes sociales, cosas así.

Me pregunto si algún día conectaré de este modo con los estudiantes de ahora, a veces siento que somos de mundos totalmente distintos, que obviamente la brecha generacional es más amplia, que la tecnología sí cambia el modo de actuar de los estudiantes, que los hace más impacientes, que sus modos de procesar información son totalmente distintos al mío, que ya ni siquiera saben quién fue Kurt Cobain o que no les da curiosidad leer un relato de Oliver Sacks o un libro de Murakami sobre los atentados terroristas de marzo de 1995 con bombas de gas sarín en 3 estaciones del metro de Tokio.

Nos detenemos en un semáforo, en la calle una mujer circulaba en sentido contrario junto a la banqueta, no logró esquivar un charco y se cayó, un hombre está ayudándola a levantarse, otra persona ha sujetado la bicicleta, el conductor del Uber dice algo sobre el mal estado de las calles, nos miramos por el espejo retrovisor durante unos segundos, le sonrío y le digo que cuando llueve todo es más complicado, él sonríe también y asienta con la cabeza, y reparo en que está encendida la radio, aggh, la inconfundible voz de Villalvazo me arrastra a esa parte quejumbrosa de mí mismo, desde que lo recuerdo siempre está quejándose de algo, a eso lo llama periodismo, tiene un montón de seguidores y patrocinadores, y no lo soporto, habla por hablar, se mete en temas que claramente no conoce, una vez hizo una sopa de evolución y neuromarketing y Juegos Olímpicos y el Cruz Azul en un lapso de 3 minutos, él sí que salta de un tema a otro y no cierra ningún tema, escucharlo quejarse de todo lo que ocurre en México y en el mundo me pone de malhumor, es como un dolor estomacal, como cuando estás a punto de dar una conferencia que no preparaste con suficiente tiempo, escucharlo quejarse de todo es como una cucharada de sal en el corazón, y es contagioso, de por sí soy una persona muy quejumbrosa, me hace daño.

Me vuelvo a acomodar en el asiento y la voz de Villalvazo me remonta a los recorridos de hace un año, cuando salía de la casa con rumbo a ese trabajo que queda a 10 minutos de la casa, tengo la impresión de que entonces los conductores de Uber escuchaban más este programa de radio que los conductores de ahora, supongo que entonces le prestaba más atención a la radio porque el recorrido era más corto y porque ya tenía preparadas casi todas mis clases y porque podía enfocarme casi exclusivamente en eso, volvía a la casa en 10 minutos, ahora tengo más ocupaciones y más distractores, paso varias horas a la semana en Uber y en tren y caminando, lidio con más personas en el tren, unas van platicando a todo volumen, otras van escuchando música o viendo el mismo Reel una y otra vez a todo volumen, “México en la piel”, “El son de la negra”, “El mariachi loco” van sonando en el tren a todo volumen, ahora imparto cursos diferentes, debo cubrir programas de estudio diferentes, debo tratar con estudiantes diferentes, debo hacer recorridos diferentes, apenas empiezo, estoy cumpliendo poco más de un mes en este nuevo trabajo y en cada recorrido que hago de la casa al trabajo no puedo dejar de pensar en las clases que impartiré, en que todavía no me siento completamente en mi hábitat en este nuevo trabajo, en que estudio todo el fin de semana, en que llega el lunes y sin embargo tengo la impresión de que no sé nada sobre mis clases.

A veces  me siento rebasado, como si no tuviera sentido cuánto tiempo estudio e invierto en mis clases, es como si al final los temas que abordo no le interesaran a nadie, pero suelo exagerar, me gusta hacer las cosas bien, soy muy exigente, casi nunca quedo satisfecho, ni siquiera con estas cosas que escribo sólo para mí mismo. 

«No puedes conectar emocionalmente con todo mundo, no puedes conectar intelectualmente con todo mundo, apenas tienes un mes en este trabajo», me digo a mí mismo y aprieto la mandíbula y cierro los párpados y suspiro, y luego me acuerdo de las dos o tres ocasiones en las que me he encontrado accidentalmente a dos o tres ex estudiantes en el último año en alguna plaza, todas me han saludado con mucho gusto y me han dado un abrazo y (palabras más, palabras menos) me han dicho que me extrañan, que creían que volvería a darles clases, que qué bueno que me di lugar, que ya están trabajando en sus tesis, que se preguntan dónde estoy y por qué no puedo ser su director de tesis, que me siguen en mis redes sociales, cosas así.

sábado, julio 12, 2025

People You May Know

«Si no estás de acuerdo conmigo, si te gustó la película de Eggers y si no sabes tanto de Murnau como yo, eres un limitado cognitivo, sobreestimas tus capacidades...», dice, más o menos, este crítico de cine que quién sabe de dónde salió (su biografía dice que vive en la Narvarte y que no le gusta presumir pero que, jajaja, sí te presume que ha publicado varios libros), y en esta ¿columna de opinión? mete a la fuerza el taquillero “efecto Dunning-Kruger”. Independientemente de que quién sabe si el medio digital en el que escribe es como una revista “de cuates” —sin evaluación por pares— o como un Conozca Más del cine, y de que sólo bastó que sus cuates confiaran en que es un experto en el tema y que escribe cosas chidas “que vale la pena leer”, su diatriba me ha puesto a pensar en varias cosas. 

No conozco personalmente a ningún crítico de cine, pero varias veces me he encontrado en otras redes sociales a expertos alardeando sobre los filmes de Kurosawa, de Tarkovski y de Lynch, criticando a “los mortales” que no han visto cine de culto, y luego me los encuentro recomendándoles Cindy, la regia a sus followers. Debe de haber excepciones, gente con más respeto hacia las opiniones de los demás, pero siempre me ha desconcertado la actitud de los críticos de cine que he leído –¿son intelectuales exquisitos, o no...?–, y, en general, también me ha desconcertado la actitud de los cinéfilos. En enero fui a ver al cine Nosferatu de Eggers, no soy súper fan de la literatura epistolar ni de la ficción gótica, pero ya había visto Drácula de Coppola y ya había leído a Mary Shelley, a Poe, a Lovecraft, a Lord Byron, a Polidori, a Wilde, a Le Fanu... y se me ocurrió comentar en Threads que la película de Coppola era una caricatura en comparación con la de Eggers, que esa historia de amor entre Mina y Drácula, y que Drácula paseándose con gafas de sol por una ciudad europea, estaban fuera de sitio, y eso bastó para que un puñado de sus seguidores se me fueran encima. «Seguramente no has visto la película de Murnau...», «Seguramente no has leído la novela de Stoker...», decían, por ejemplo, los más suavecitos. (Pensándolo un poco mejor, no sólo lo críticos de cine son soberbios e intolerantes: tal parece que los amantes del cine de culto, también.) En fin, leí la novela de Stoker y vi la versión de Murnau, y sigo creyendo lo mismo: la película de Coppola es una caricatura en comparación con la de Eggers, esa historia de amor entre Mina y Drácula, y Drácula paseándose con gafas de sol por una ciudad europea, están fuera de sitio.

Quiero pasar de largo, No tengo por qué leer esta columna de opinión, me repito, pero me la encontré por accidente, acabo de revisar un paper para Frontiers In Endocrinology, acabo de concluir un taller de inducción a la docencia de la Ibero, acabo de leer un paper de Neuroscience Biobehavioral Reviews –no tengo cuates con un medio subvencionado en Internet, pero tengo este blog y en mi blog a veces también presumo lo que hago– y necesito urgentemente un descanso, así que hago lo más fácil, lo que sería, técnicamente, como una recaída, tengo varias redes sociales y casi nunca me aportan nada, pero mi cerebro, hambriento de estimulación, me controla: me meto a Facebook y entonces Facebook me sugiere como amistad al autor de la columna de opinión—también llama “ridículo actor” a Willem Dafoe—, resulta que tenemos un contacto en común (un escritor a quien tampoco conozco en persona), y me engancho con su columna. En mi defensa, además de todas las cosas que hice hoy, he tenido semanas muy ajetreadas: Katz contrajo la enfermedad de crup y luego se quemó un brazo con agua hirviendo, tuve una entrevista de trabajo y preparé una charla de neuroquímica y de psicofármacos para un comité de profesores de la Ibero, fui a un funeral entresemana, estoy un poco desvelado y susceptible, escribo 2 papers en inglés en paralelo, no he podido salir a correr en cuatro días, invertí decenas de horas en la página del SAT, sometí mi décimo tercera solicitud (¡en 8 meses!) para una convocatoria de académico de tiempo completo a una Institución de Educación Superior y escribí mi tercer o cuarto proyecto de investigación en lo que va del año...

Agggh. 

¡No quiero pensar en estas cosas! ¡Son mi mantra! ¡Son mi maldición! Tal vez no lo parece, pero estar en mis pies es sofocante, unos días más que otros.

Mis pensamientos son hostiles, no necesito leer más hostilidad, me repito, y ahora mismo ya estoy pensando en que Poserhead –el autor que tenemos en común en Facebook el crítico de cine y yo– también entra en esa categoría de gente que puede vivir del arte y que es un poco soberbia e intolerante, que no sabe nada de neurociencias pero que de pronto lee una columna amarillista del tipo «¡Estudio revela por qué a la gente le gusta Bad Bunny!» que no habla más que de lo que todo mundo sabe, que la dopamina, que la oxitocina, que el placer... Y, sin embargo, actúa como si tuviera un PhD en neurobiología de las adicciones. Algunas veces, Poserhead, en La Locura, escribe reseñas chidas, sabe muchas cosas de la historia de la música, sobre todo de Lemmy Kilmister, Ozzy Osbourne y compañía, pero otras veces despotrica en contra del gobierno y llama “simios” a quienes no piensan como él; es un tipo diplomático, le he comentado una que otra cosa sobre estos temas en sus redes sociales y se toma el tiempo para contestarme razonablemente, quizá no soy capaz de entender su punto de vista porque nunca he vivido en un mundo elitista, pero, en fin, creo que es publicista, su más reciente libro de relatos fue publicado hace no más de medio año, es un libro que sólo venden en librerías “underground”, algunas reseñas prometen que es una especie de crónica subversiva de la historia del punk rock. Sin embargo, casi cada vez que entro a Facebook para distraerme y me topo con algún post suyo, él revela su verdadera actitud de ultraderecha: a la gente que no comparte su ideología política, la llama “simios” o “gente que rebuzna”. Por supuesto que, entre un post y otro, no deja de expresar su admiración por bandas como Los Ramones, Black Sabbath y Motörhead, por ejemplo, y reseñar tal o cual festival en el que actuaron “los amigos de cuarta de Bad Bunny” y que fue “una especie de zoológico urbano”. 

No es tan extraño: según Facebook, Poserhead y el crítico de cine, son amigos, al menos en Facebook.

Bueno, ya acabé de leer esta columna de opinión, y ya no puedo evitarlo: en resumen todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, no sólo este crítico de cine que llama “personas limitadas que sobreestiman sus capacidades” a quienes no comparten su punto de vista, que Murnau es un chingón y que Eggers es un imitador de cuarta de Murnau –¿dónde habrá leído sobre “el efecto Dunning-Kruger”?–, y que no se da por enterado de que todo lo que escribió en su columna lo hace ver como un ejemplo del efecto Dunning-Kruger, tampoco se da cuenta de que sobreestima el conocimiento del que alardea, que cualquier persona con un IQ un poco arriba del promedio y con 5 minutos ociosos para surfear en Internet, podría aprender lo mismo. (Te recomiendo buscar en Internet sobre la vida y la muerte de Murnau, sobre las maldiciones asociadas a Nosferatu; tal vez te parecerá entretenido). 

Uff. 

Todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, como ese otro escritor de cuyo nombre no quiero acordarme pero que me dijo en X hace varios años que él no le ponía etiquetas ni a la narrativa de Kazuo Ishiguro ni a la de nadie, pero que le dedicó ¡una columna de 6,000 palabras! a “la disonancia cognitiva” y a los alienígenas, hace unos meses, entendiendo una cosa por otra: usando como etiqueta –y erróneamente–, este constructo, sin saber que la disonancia cognitiva no se refiere a cuando “sigues creyendo en los Fenómenos Anómalos No Identificados, a pesar de ser un adulto”, sino a cuando, por ejemplo, les dices a tus amigos que eres fan de los animalitos –y les presumes que hasta estás afiliado a PETA–, pero también te gusta ir a los toros. Este otro autor –a quien llamaré El Sr. Disonancia–, no sabe que la disonancia cognitiva no se refiere a que crees en cosas que van en contra tus principios, sino a cómo las incongruencias entre lo que decimos y lo que hacemos, actúan como una fuerza motivacional que nos ayuda a reducir esas incongruencias y a sentirnos mejor con nosotros mismos.

Todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, y a lo mejor esto se debe a que la mayoría de la gente subestima la psicología y sobrestima sus propias creencias sobre la psicología y el comportamiento humano. 

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir 24/7.

domingo, febrero 16, 2025

Los lunes en los tianguis



Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, me ha servido para distraerme, para sepultar ese algo terriblemente triste y solitario que tienen los lunes, me ha servido para no pensar en que ninguna puerta se abre, en que esto es apenas el principio, en que apenas en octubre dejé de tener un ingreso fijo y que no encontraré nada bueno muy pronto, no he querido escribir, apenas escribo lo básico en mi diario, no he disfrutado nada, he estado leyendo a Bram Stoker, he estado tomando un curso de capacitación en línea tres días a la semana, este curso lo tomo por curiosidad pero parece un fraude, hay mucha gente desesperada por generar ingresos, quien lo imparte tiene todo el look de un vende humo, nos conectamos a YouTube alrededor de 400 personas.

Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, todo lo que hago está empañado por mi estado de ánimo, es como si mis ojos y mi mente tuvieran una especie de neblina, como si me persiguiera una especie de sopor que no me deja ver claramente nada, ni disfrutar nada; independientemente de ello, hace unos días fue el Superbowl y no lo vimos, pero una canción sonó en el espectáculo del medio tiempo y el tipo que la canta también la baila de un modo pegajoso y no he podido sacármelo de la cabeza, y mientras transcurría el Superbowl, Lizzie y yo salimos a Town Square, y estaba tomándome mi Açai Refresher cuando yo siempre tengo la razón –un sujeto menor que yo y que conocí en el 2017, cuando estaba en el postdoc, y que luego me encontré en un concierto en el Alicia y con quien, más o menos desde que estuve concursando y ganando 3 evaluaciones curriculares consecutivas, con contratos de 2 trimestres al año y 15 horas de clase a la semana en el Distrito IV, hablé por teléfono dos o tres veces al año–, me mandó un Whats y luego otro y otro, aparentemente tenía muchas ganas de conversar y de “generar polémica”, es un tipo que me recuerda a mí mismo cuando acababa de entrar a la universidad, cuando idealizaba la academia y al mismo tiempo no le daba la menor importancia a la universidad, cuando me la pasaba leyendo novelas y poesía en lugar de estudiar a Skinner o a Mechoulam, en fin, yo siempre tengo la razón me empezó a decir cosas sobre divulgación de la ciencia, su discurso no me late, ¡por Dios!, unos colegas de la UV y yo estamos por publicar un paper en una revista Q1, escribí prácticamente yo solo el paper en 3 meses, tengo más de 20 papers publicados en revistas en inglés, hace casi 11 años fue mi examen de grado del PhD, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia y más de 70 cursos de licenciatura, y yo siempre tengo la razón, básicamente, insistió en que él tiene más que decir sobre la ciencia que yo, no me late su discurso, a veces es del estilo «todos tenemos derecho a pensar lo que nos dé la gana»  (excepto si alguien pone en entredicho lo que yo pienso), y, en fin, su rollo fue subiendo de intensidad, y simplemente me desgastó y ya no quise contestarle, me recordó que lo invité así, casi de la nada, a dar una clase a uno de los grupos a los que les impartía Interdisciplina. 

El tipo parece no darse cuenta de nada, para él es como si él y yo nos conociéramos desde el kínder, como si fuéramos pares, como si tuviéramos el mismo recorrido en la academia, y, ¡perdón!, pero no. El otro día me sacó de onda encontrármelo accidentalmente en redes sociales pidiendo informes para tomar un curso en línea ¡con Todokoro!, uff, ¡cuántas veces le dije que tengo media docena de papers publicados con Todokoro, que mi PhD lo estudié en su laboratorio...!, pero, claro, yo siempre tengo la razón, sólo me dio por mi lado, ni siquiera me preguntó nada sobre este curso de adicciones que quiero impartir en el Centro Neurológico y de Sueño, ni siquiera le interesó (aunque es un sujeto que pidió informes sobre el curso de adicciones que impartirá Todokoro y aunque es un sujeto al que le interesa la ciencia y el conocimiento), ni me preguntó nada al respecto, ni pudo descubrir que no sólo tengo media docena de papers publicados con Todokoro sino que he impartido ¡alrededor de 300 horas! de Neurofarmacología y Adicción en Distrito IV, ¿qué podría yo aportarle sobre el tema, si (en su mente) los dos nos conocemos desde el kínder...?, es más probable que (en su mente) Ruzzarín o Rudy III tengan una opinión más informada sobre neurofarmacología y adicciones y cannabis que yo. 

Ir al tianguis también me recuerda que Lizzie y yo íbamos al tianguis cuando Distrito IV estaba en huelga y Lizzie y yo teníamos que vivir de nuestros ahorros, esa tampoco fue una buena época, pero, en perspectiva, al menos sabía que no duraría toda la vida, que la huelga terminaría en algún punto, pero el punto es que ir al tianguis es terapéutico en general, me ayuda a sentir que “conecto” con un montón de gente que sobrevive y que no parece lamentar su estilo de vida, sino que disfruta lo que hace, estar vendiendo sus frutas, sus verduras, sus gorditas, sus quesadillas, sus pescados, sus carnes frías, pero también, ocasionalmente, me trae estos flashbacks. 

Lo que hacen todas estas personas para sobrevivir no tiene nada de académico, pero es igual de importante. O tal vez más importante que la academia. No creo que los vendedores de tianguis tengan dos pies izquierdos, no creo que estén pensando siempre en cómo tener más poder y en cómo rodearse de gente manipulable que siga sus órdenes. Creo que son más listos que un académico estándar, que saben responder a los madrazos de la vida y que saben cuándo les conviene asociarse con alguien que puede hacerlos crecer, en lugar de seguir órdenes para conservar sus chambas. 

Ir al tianguis cada lunes también me recuerda cuando vivíamos en Agua Caliente, allí también se ponía un tianguis todos los lunes, era un poco diferente a éste, pero, en general, la gente también parecía disfrutar su estilo de vida. Visitar ese tianguis de Agua Caliente también me hacía recordar cuando iba a otros tianguis, cuando estaba en la prepa, cuando iba algunos domingos al tianguis de San Juan, en los límites entre Iztapalapa y Neza, y me gustaba ver otro tipo de cosas allí, también vendían las cosas que venden en un tianguis de lunes, pero me gustaba ver tennis, discos compactos y playeras de rock. Algunos puestos de ese tianguis de San Juan también se ponían los sábados en El Chopo. Allí me compré varios discos que escuché toda la prepa –Bleach, Blood Sugar Sex Magik, Live Through This... –, en fin, todo era tan diferente, todo esto ocurrió en una época que parece quedar a varios siglos de distancia, cuando ni siquiera había entrado a la universidad, cuando no pensaba en absoluto en cómo sería mi vida adulta, cuando aún no había conocido a personas poderosas y manipuladoras, cuando aún no había tratado a aspirantes a divulgador de la ciencia que no le dan crédito a nadie más que a ellos mismos y a las celebridades que no saben nada de nada pero que tienen un millón de seguidores, o que son unos sociópatas, en fin, hoy es domingo 16 de febrero y son las 18: 12, mañana también (espero) iremos al tianguis, y me pregunto cuándo habré digerido estas visitas de cada lunes al tianguis y podré escribir algo que me guste sobre cómo ir al tianguis de Metepec ha movido algo dentro de mí.

sábado, febrero 01, 2025

I do not want this



Estábamos casi en la quiebra, viviendo más o menos al día, cuando vino Mark Lanegan a dar un concierto en El Plaza. Apenas pude comprar un par de boletos, nuestros ingresos no me permitieron más que comprar una pequeña litografía, conseguir que él me la firmara, estrecharle una mano, aceptar que ese contacto sería lo más cercano que estaría a Kurt Cobain, y tomarme una foto con él. La banda trajo un montón de mercancía: libros que escribió Mark Lanegan, álbumes que no están a la venta en ninguna parte ni disponibles en ninguna plataforma de streaming, playeras y sudaderas de él y de su banda, stickers, cosas así. Me hubiera gustado comprar algo más. Pero, como ya dije, nuestros ingresos no me permitieron más que comprar la pequeña litografía y el par de boletos para su concierto. No todo fue malo: el día del concierto fue publicado mi primer paper como autor corresponsal, mi paper #7 en total.

Luego de un año más o menos conseguí un contrato temporal en otra universidad, tuvimos que mudarnos de ciudad, y todo pintaba mucho mejor, parecía que ésa era la manera de ingresar definitivamente a la academia, de obtener el trabajo de mis sueños, excepto que al mes de haber entrado a trabajar, apenas habiendo cobrado mi primera quincena, la universidad estalló en huelga. Estuvimos así 3 meses, sobreviviendo con los pocos ahorros que nos quedaban del último año fatal –habíamos sobrevivido con $10, 000 MXN mensuales– y teniendo que recurrir a pequeños préstamos para cubrir la renta y los gastos diarios. En marzo, cuando la huelga apenas cumplía un mes, Courtney Barnett vino a México. Ni siquiera pude comprar un par de boletos. Teníamos el dinero contado, no podíamos permitirnos un viaje a la CDMX. Mucho menos comprar un par de boletos para un concierto.

Ahora estamos otra vez en este círculo vicioso. Las condiciones no son tan malas como en el 2018 ni como en el 2019, ahora soy Investigador Nacional Nivel II, tengo más de 20 papers publicados, he impartido más de 40 cursos de licenciatura y posgrado, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia, he hecho mucho más de lo que debería haber hecho para obtener la oportunidad de concursar por una plaza indeterminada, he conseguido mucho más que cualquier persona con 10 años de trabajos temporales, y heme aquí, esencialmente quejándome de la mala fortuna que he tenido. Queriendo ignorar que he permanecido en el SNII y que no he recibido el estímulo económico del SNII durante más de medio año porque no he tenido contrato con ninguna universidad en los últimos 3 ó 4 meses de los 3 últimos años.

También he concursado por plazas de académico de tiempo completo en 6 universidades distintas en los últimos 4 meses, en todas me dicen que no soy psicólogo clínico o que no soy psiquiatra o biólogo o químico, nadie quiere ver que estoy más preparado que un psicólogo clínico y que compito con psiquiatras, con biólogos y con químicos, y hemos vivido de nuestros ahorros casi 3 ó 4 meses de cada uno de los últimos 3 años, y espero que un paper en el que soy primer autor sea aceptado para publicación en los siguientes días, y los gastos continúan, el trabajo no remunerado no para, las oportunidades escasean, y J Mascis viene a México. 

domingo, enero 19, 2025

¿Eres lo que atraes?



Hay diversos puntos de vista sobre lo que significa una mala noticia –que te digan por teléfono que tienes tal o cual enfermedad y que sólo te quedan 3 meses de vida, que el amor de tu vida acepte tu invitación a cenar y allí te diga que está enamorada de tu mejor amigo, que te comuniquen por correo-e que no pasaste ni siquiera la primera fase de un concurso para una plaza académica de tiempo completo–, pero, independientemente de ello, soy la clase de persona que “atrae” malas noticias, y esto no tiene nada que ver con la metafísica: tengo “un imán” para recibir noticias sobre la muerte –diría que las recibo casi de manera inmediata a la muerte de alguien– porque siempre estoy al pendiente de las malas noticias, mi cerebro siempre está al pendiente de todas las cosas malas, y es un vicio, no recuerdo un solo día de los últimos diez o veinte años en el que no haya estado así.

Hace un año, por ejemplo, cuando me debatía entre continuar con mi rutina y satisfacer mi adicción a la nicotina, o resistirme a salir al Oxxo a comprar una cajetilla de Camel –después de casi 8 años de abstinencia, tras una larga enfermedad que me llevó al quirófano, había recaído y estaba perdiendo el control otra vez–, me metí a X y leí en la cuenta de Jesús Ramírez-Bermúdez que José Agustín acababa de morir. Mentiría si dijera que lo primero en lo que pensé fue cuál de sus libros me gusta más —¿Ciudades desiertas?, ¿Se está haciendo tarde?— y cuál menos —¿Dos horas de sol?, ¿La tumba?—; más bien, pensé en que era un imán de malas noticias, en que ocurrió lo mismo cuando murieron David Bowie, Chris Cornell, Mark Lanegan, Andrew Fletcher...

El otro día volvía a la casa después de correr 7 kilómetros y traté de acallar los pensamientos negativos que casi nunca puedo ignorar, que son como una vocecita que siempre está aconsejándome, y me senté a tomarme un suero, a revisar en la aplicación del teléfono cuál había sido mi mejor tiempo. Calculé que corrí casi veinte segundos más rápido que el lunes, y eso me hizo sentir bien. «Una buena noticia entre las tantas malas noticias que he recibido en los últimos 4 meses», me dije mentalmente. Luego, intenté enfocarme en otras buenas noticias: en que (otra vez) cumplía un año sin fumar –antes de recaer, fumaba a todas horas, una cajetilla en un par de horas si había alcohol de por medio, tenía dedos de nicotina, no podía subir escaleras sin sentir que me daría un ataque al corazón–, en que en esta semana terminábamos de responderle los treinta y tantos comentarios al Revisor #5 y en que no puede llover todo el tiempo, que nadie puede recibir malas noticias todo el tiempo. 

Y estaba funcionando: de alguna manera, había logrado desasirme de esos pensamientos negativos, pero después me metí a Facebook y vi un post de Stereogum y allí había una fotografía de David Lynch y decía que él acababa de morir. El post tenía 3 minutos de haber sido publicado. Mentiría también si dijera que conozco todas las películas de Lynch, que Eraserhead es mi favorita. Que veo la vida cómo él la veía, que me sabía esa anécdota en la que Spielberg lo dirige y él interpreta a John Ford, que yo era de los fans que decía que esa escena de Los Fabelman era la mejor escena en la historia del cine: el mejor director de cine, dirigiendo al mejor director de cine, interpretando al mejor director de cine. Escuché el soundtrack de Lost Highway antes de ver la película.

Me terminé el suero y pensé en que algo malo ocurre conmigo, en que estoy tan acostumbrado a ver que la vida es una amenaza constante, en que lo primero que pienso en cualquier circunstancia es en todo lo malo que puede suceder —eso no me incapacita para hacer lo que tenga que hacer, sólo me impide disfrutar el proceso—, y desde ayer o anteayer, ya no sé cuándo, no puedo dejar de preguntarme cómo hacen los demás para ignorar todo lo malo que hay en el mundo: ¿qué cosas leen, qué música escuchan, cómo pasan su tiempo libre...?, ¿pueden ver una película de David Lynch, llenar los huecos con su imaginación, y ser felices...?

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

viernes, diciembre 27, 2024

Te extrañaré, Tony


Esa tarde de mayo o junio, nos peleamos por una tontería y ella quiso hacer las paces, pero yo, como el gran idiota que soy, continué y entonces nos dejamos de hablar. No quería pensar en la horrible persona que soy cuando me empecino en tener la razón y tampoco quería reconocer que me había equivocado, así que hice algo que casi nunca hago: encendí la televisión. Pero no la encendí para ver cualquier cosa que atontara mis sentidos. Me metí a la aplicación de Max y busqué Los Soprano. Ya me habían hablado de la serie, sabía que Gandolfini ya estaba muerto desde hacía más de diez años, que le había dado un infarto en la habitación 449 del Hotel Boscolo Exedra en Roma; me habían dicho que era una serie estupenda, me la habían recomendado uno de mis hermanos y uno de mis escritores de cabecera (quien era tan fan de la serie que constantemente la citaba en sus relatos y además había escrito por esos días una columna en un diario de circulación nacional en la que divagaba sobre la importancia de las mujeres con las que estaba relacionado Tony Soprano) y, sin embargo, por una u otra razón, en 2 ó 3 años, no había podido pasar de la primera media hora del primer capítulo, a lo mejor tenía tantas expectativas que ese capítulo acaba por parecerme tedioso. Iban a dar las once de la noche, ella y yo seguíamos sin hablarnos y la reconciliación parecía tan distante e imposible como el trabajo de mis sueños, pero ya estaba terminando la Temporada 1.

En fin, en estos días, mientras sobrevivía a las náuseas provocadas por el vino tinto de la cena de Noche Buena, terminé las 6 Temporadas. Acabar Los Soprano me tomó alrededor de 6 meses: 2 episodios cada día, cada 2 ó 3 días, exceptuando los fines de semana. Y sí me pareció una serie tan genial como decían que era, pero también tuvo momentos malos –como la vida– y creo que hasta descubrí muchas cosas de mí mismo en Tony Soprano –si reflexiono un poco, mis problemas para relacionarme con la gente provienen de la forma en la que aprendí a relacionarme con mi familia, a veces no puedo delegar mis responsabilidades, a veces no logro ver lo fabulosa que es la mujer que vive conmigo desde hace más de diez años–, y todo esto transcurrió de manera casi imperceptible: Tony se había convertido casi en un miembro de mi familia, veía al Tío Junior por todas partes, me creaba ambivalencia el cinismo de Janice, me identifiqué con Christopher, sentí pena por la forma en la que acabó Johnny Sack, aborrecí a Phil Leotardo y a los chantajistas del FBI; temporada tras temporada, la Dra. Melfi me cayó peor; pensé en que podría interpretar a Furio y que Carmela podría ser mi crush.

En una escena, Meadow veía un video de Morphine en su recámara; en otra escena, Carmela salía del consultorio de la Dra. Melfi mientras sonaba una canción de Tom Petty; casi al final de la Temporada 6, la cámara se enfocaba en un árbol que había atravesado la camioneta de Christopher y que se había insertado exactamente en el asiento que podría haber ocupado su bebé, mientras sonaba “Comfortably Numb” y Christopher agonizaba, ahogándose en su propia sangre, detrás del volante, y Tony tomaba una decisión. En la Temporada 5, Steve Buscemi interpretó a «Tony B» –un mafioso que pasó varios años en la cárcel y que quiso rehacer su vida, pero que recayó por la tentación del dinero– y dirigió algunos capítulos; Sir Ben Kingsley, Nancy Sinatra y David Lee Roth también aparecieron en otras temporadas, “interpretándose” a ellos mismos.

El final no podía ser cualquier tontería explícita, no podía terminar con «Y Los Soprano fueron felices para siempre...», y los fans han especulado mucho sobre el posible significado de ese hombre que parece estar cazando a Tony mientras Carmela y sus hijos se reúnen con él en ese restaurante de bajo perfil, David Chase ha contado su versión, ha dicho que nada fue un accidente, que el final tenía que estar abierto a lo que cada espectador quisiera creer que ocurriría con Los Soprano, y me pareció un final muy bueno, que “Don't stop believin'” sonara cuando aparecen los créditos de la serie fue la mejor elección, y, sin embargo, el final me dejó con una sensación de vacío, como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago y estuviera recuperando lentamente el aire y volviendo a la (implacable) realidad, esta en la que ya hice las paces con mi esposa, pero en la que no importa cuánto lo intente, en la que el trabajo de mis sueños sigue siendo algo imposible y distante.

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

viernes, octubre 11, 2024

(perdí el) control

Quién sabe cómo llegamos a la Cineteca, pero debieron de ser las cinco o las seis de la tarde. Entre las nueve y las diez, estaba en Querétaro, más exactamente en el Instituto de Neurobiología, en mi segunda entrevista de admisión al Doctorado. En comparación con mi primera entrevista, que tenía más o menos un año de haber ocurrido en el Instituto de Fisiología Celular, incluso estaba preparado para responder a alguna integrante del jurado que tuviera prejuicios hacia los psicólogos, que nos tuviera estigmatizados como “profesionales de la salud de menor rango”, incapaces de estudiar ciencia de frontera en modelos animales, y que me preguntara algo como ¿Sabes quiénes fueron Moruzzi y Magoun...? ¡Cuéntanos cuál es la diferencia entre el encéfalo aislado y el cerebro aislado! y que les insistiera a los demás miembros del jurado que yo no tenía perfil de investigador, que todos los psicólogos debíamos limitarnos a la psicoterapia. 

Quién sabe cómo llegamos allí, pero entonces ya tenía más de un año en el laboratorio de mi potencial tutor de Doctorado y había asistido a un congreso nacional y a varios seminarios con su grupo. También tenía más dominio del tema de mi proyecto de investigación –ya tenía clarísimo que el Sistema Reticular Activador Ascendente no era un concepto vigente y ya sabía cómo responder si algún miembro del Jurado me preguntaba cuáles eran las diferencias entre “la actividad comatosa” y “el sueño profundo” en el EEG–, en dos meses había ensayado una y otra vez, en distintos grupos de investigación, mi presentación, y, según las reglas de la convocatoria de las entrevistas de admisión al Doctorado en Ciencias Biomédicas, no debía durar más de diez minutos. 

Quién sabe cómo llegamos allí, pero había pasado la noche en Querétaro, en casa de una amiga. Lulú estudiaba la Maestría en Neurobiología en el INB y su esposo y ella tenían varios meses viviendo en Querétaro. Luego de la entrevista, los tres volvimos a la CDMX, Lulú y yo tomamos un montón de cervezas y encontramos en algún punto de la CDMX a Chinaski. Cuando la vimos, ya estaba un poco ebrio. Tenía la impresión de que la entrevista había sido todo un éxito, pero no quería pensar demasiado en la entrevista. Era mi última oportunidad. Si el Jurado me reprobaba, ya no podría ingresar a ese posgrado.

Tal vez Lulú lo propuso y decidimos ir a la Cineteca, Control tenía algunos días en cartelera, y Lulú y Mike querían verla. Ni a Chinaski ni a mí nos interesaban Ian Curtis o Joy Division. A Chinaski le daba igual Joy Division. A mí me chocaba. Me parecía una de esas bandas que todo mundo había comenzado a escuchar, pero no tanto por su música ni por interés en el post-punk, sino por marketing. O por las cosas que el periodismo de rock cuenta sobre la epilepsia y la depresión que llevaron a Ian Curtis a suicidarse a los veintitrés años, ahorcándose en la cocina de su casa, horas antes de que Joy Division partiera a su primera gira en Estados Unidos. 

No recuerdo cómo llegamos, pero el punto es que allí estábamos: en las butacas de la tercera o cuarta fila de la sala A, B o C de la Cineteca. Debió de ser un jueves de mayo. Chinaski estaba a mi izquierda, Mike y Lulú estaban a mi derecha, y nos pasábamos una botella de vino. Chinaski era la única sobria, ella no había tomado una sola gota de alcohol, ella nunca tomaba una sola gota de alcohol, y yo no le prestaba mucha atención a la película, me daba igual el origen de Joy Division en alguna oscura reunión en Manchester en la década de los setenta, me daba igual si a Ian Curtis le resultaba imposible lidiar con la presión de la banda y si su matrimonio se desmoronaba y si de todo eso obtuvo inspiración para escribir “Love will tear us apart”; yo solamente hablaba y hablaba con Chinaski, me sumergía en la penumbra de la sala y me perdía en los confines de sus impresionantes ojos del color del Mar Caribe, la amaba con todo mi corazón, la admiraba y le decía cómo me sentía, que tenía la impresión de que la entrevista había sido todo un éxito, que al final de la entrevista un miembro del Jurado me había preguntado por qué quería ingresar a ese posgrado y que yo le había dicho que prefería ser el peor de los mejores que el mejor de los peores, y ella se rió y me dijo que eso había estado un poco fuera de lugar. Le dije que no sabría qué haría si me volvían a rechazar en el posgrado, que tal vez eso significaría que no tenía vocación para la investigación, y ella me reconfortó, me dijo que todo saldría bien, que no tenía por qué preocuparme. 

De pronto, tuve un blackout. 

Pasó lo que pasó, de lo que no tengo recuerdo alguno, y salimos del cine, debieron de ser las ocho o nueve de la noche, y probablemente no podía ni hablar ni pensar coherentemente y probablemente no podía caminar en línea recta, y estoy casi seguro de que Lulú y Mike nos acercaron a alguna estación del metro en su camioneta y que entonces Chinaski y yo volvimos a nuestros rumbos y que luego salimos del metro y que yo la llevé a su casa y que me sentía feliz, que la amaba con todo mi corazón, que tenía la impresión de que mi entrevista había sido todo un éxito. Luego nos despedimos y luego caminé hasta la casa de mis papás, tal vez llovía un poco, ya debían de ser más de las diez de la noche, ya no estaba tan ebrio, pero estaba exhausto. Me tumbé en la cama y llamé por teléfono a Chinaski, y, después de una breve conversación que no recuerdo claramente, me sentí exhausto y colgamos y me acosté a dormir. Años después, cuando discutimos por alguna tontería de esas que suscitan cataclismos en las parejas que se mudan a vivir solas, Chinaski se enojó mucho conmigo y me contó todo, me dijo qué hice cuando tuve ese blackout en la Cineteca. Y jamás he podido superarlo, me convertí en algo que odio y ni siquiera tengo recuerdo de ello.

sábado, julio 27, 2024

Everything Zen


Desde la incomodidad de las náuseas matutinas, acurrucado en este sillón que compré hace menos de diez años pero que parece que saqué de un basurero esta mañana, contemplo a Gavin Rossdale. No sé cómo llegué a este video de YouTube. Hace unos minutos veía “E-Bow the Letter” y luego “Malibu”, y pensaba vagamente en Michael Stipe –¿en verdad, a principios de los noventa, esparció entre la prensa el rumor de que había contraído VIH y que estaba a punto de morir?–, en cuánto me gusta esta canción de R. E. M. y en que nunca le había prestado demasiada atención al video. También pensé en que el video de “Malibu” fue casi el primer video en el que apareció Courtney Love en MTV después de la muerte de su esposo, y en que, cuando lo vi –¿entre mayo y junio de 1999?–, no dimensioné el contexto de ese video: Courtney Love estaba promocionando el primer álbum de Hole después de la muerte de Cobain... después de la muerte del “grunge” y del “sonido Seattle” y demás etiquetas de esas que ponen los periodistas de rock con poca imaginación. 

Más bien, desde la incomodidad de las náuseas matutinas y del sillón que los gatos han arañado miles de veces, al ver esos videos, me acordé de la huelga de la UNAM de 1999, de la desesperación y de la incertidumbre que asocio a esa huelga que parecía no tener fin. Me acordé de que, entre mayo y junio de 1999, cuando debí de ver por primera vez el video de “Malibu”, empecé a tener episodios de ansiedad y que tuve que ir a un par de consultorios médicos y que los especialistas me dijeron que estaba un poco deprimido, que tenía que hacer ejercicio, salir de la casa, platicar con otras personas que no vivieran en la casa, que tenía dermatitis psicosomática. 

También me acordé del dermatólogo al que visité en la Roma, dos o tres jueves de dos o tres meses, que él me recetó una solución, que una vez al mes tenía que ir a una farmacia de Centro Médico Nacional Siglo XXI a que la prepararan, que me sentaba a leer en un jardín mientras preparaban esa solución en la farmacia, que debía hacerme abluciones todas las noches con esa solución. También me acordé de que en esos meses leía Tiempo Libre y La Divina Comedia y Fausto, y que iba solo a alguno de los teatros del CNA –cuando aún no se llamaba CENART– y que iba solo a ese cine de La Condesa que luego se llamó El Plaza Condesa, y que un día me encontré en Tiempo Libre un anuncio de un taller de creación literaria que impartía un escritor joven en La Pirámide. Me acordé de que me inscribí a ese taller. Que lo tomé cada sábado, de cinco a seis y media de la tarde, durante alrededor de medio año. Que en ese taller conocí a una docena de tipas y tipos con los que fui a varias reuniones y cantinas, y que nos emborrachamos y que pasábamos de Dostoievski a Verlaine, y de Octavio Paz a Elena Garro, y de Alejandra Pizarnik a Jorge Cuesta. Que algunos aborrecían o adoraban “Piedra De Sol”. Que otros veneraban “Muerte Sin Fin”. Que les leía (algo de) lo que escribía. Que escuchaba lo que los demás escribían. 

Me acordé que creí que seríamos grandes amigos, que parecía que teníamos tantas cosas en común. Que acabó la huelga y que sólo nos vimos una o dos veces, circunstancialmente, en Ciudad Universitaria. Que fuimos amigos en Facebook por más de diez años, y que, apenas hace un mes, o algo así, eliminé de mis contactos a la mayoría de ellos. Que tuve un momento de claridad: si interactuábamos en Facebook, lo hacíamos porque yo los buscaba. Que ellos, en realidad, nunca estuvieron interesados en que fuéramos amigos. Que unos abandonaron sus intereses literarios y se convirtieron en 'fotógrafos de la cotidianeidad'; que otros publicaron libros de poesía y que se creyeron que eran inalcanzables; que otras se radicalizaron, por sus propias historias de vida, y, que, aun cuando, desde el 2006 y hasta el 2012, visitaban uno de mis blogs constantemente, cambiaron tanto, que, en sus muros de Facebook, después de la pandemia, desconocieron estar enteradas de que escribo; que otras se casaron y que dejaron de ir al Chopo a embriagarse y a inhalar estimulantes del sistema nervioso central. Que ahora, por mi propio bienestar, casi todos ellos están muertos para mí. 

Y también recuerdo que, mientras Eric Erlandson, Melissa Auf der Maur y Deen Castronovo –la baterista que recién había sustituido a Patty Schemel, la baterista de los dos primeros álbumes de Hole, y que, incluso, había grabado todas las baterías de Celebrity Skin–, acompañaban a la viuda de Cobain por la playa en el video de “Malibu”, tuve un insight: ¿Courtney y su banda, en cierta forma, reflejan, en ese video, el tipo de música que habría compuesto Nirvana en 1999, de haber seguido vivo Cobain...?  

Le doy un sorbo al sucralfato, y me acomodo en el sillón. No quiero pensar en las náuseas, quiero ahuyentarlas, no quiero pensar en que estoy así porque tengo una condición y porque no puedo comer lo que come la mayoría de la gente. Ni siquiera puedo hacerlo una vez al mes porque me siento fatal durante dos o tres días. Apuesto a que no sabes lo horrible que es tener que comer, más o menos, siempre las mismas cosas. Por el resto de tu vida.

En fin. El video en el que contemplo a Gavin Rossdale es el video #22 de una serie de colaboraciones para Guitar World, un canal de guitarristas.

El cantante de Bush nos enseña cómo tocar “Everything Zen”, la primera canción de Sixteen Stone, el álbum debut de la banda británica, estrenado en enero de 1994. Antes que nada, Rossdale nos dice que es una canción muy sencilla, que tiene tan sólo tres partes, pocos acordes, y también nos conmina a quedarnos en casa y a cuidarnos. (Este video tiene la fecha del 22 de abril del 2020, aún estábamos en la pandemia.) Luego, nos muestra su Jazzmaster '67. Tiene algunas partes muy deterioradas, sobre todo cerca del mástil, y es morada y la pintura tiene “chispas”, como la guitarra signature de J. Mascis, y Rossdale nos dice que con esa Jazzmaster grabó la mayoría de las canciones de Sixteen Stone. 

De pronto, tengo otro insight: ya había visto este video. Ocurrió hace como dos o tres años. No lo encontré, como ahora, por accidente y en YouTube, sino en Facebook. Un domingo, después de salir a correr, no tenía náuseas ni estaba ahogado en esta especie de depresión que provocan las náuseas y me puse a escribir algo en uno de mis blogs y, quién sabe cómo, lo que escribí hizo que me acordara de mi primer semestre en la Facultad de Psicología, de que entonces “Bonedriven” y “Greedy Fly” sonaban mucho por la radio. Que había comprado Razorblade Suitcase en el Chopo, que no tenía ni idea de que lo había producido Steve Albini. Que esas dos canciones me gustaban mucho y que nunca se me había ocurrido aprender a tocarlas. Que busqué un tutorial para aprendérmelas. Que quién sabe cómo di con este mismo video de Guitar World, pero en Facebook. 

No sé qué hice a continuación exactamente, pero estoy muy seguro de que entonces agarré una de mis guitarras, que seguí las instrucciones de Gavin Rossdale y que “Everything Zen” debió de parecerme una canción 'muy rocker', de esas que, conforme vas tocando por tu cuenta, liberan algún neurotransmisor de la felicidad en tu cerebro y momentáneamente sepultan en el fondo de tu consciencia todas las cosas que te afligen. 

También estoy casi seguro de que “Everything Zen” debió de parecerme una canción tan fácil de tocar que me aburrió y que dejé de practicarla. Ahora mismo que veo este video del canal de Guitar World, los acordes que nos enseña a tocar Gavin Rossdale no me resultan nada familiares.

Mientras el sabor del sucralfato permanece en mis papilas gustativas y mientras las náuseas matutinas van abandonando mi cuerpo y mi mente, salto a otro tema: me pregunto cuándo escribiré 'naturalmente' algo sobre la pandemia –¿es éste el momento?–, sobre mis experiencias de cuarenta y tantas horas a la semana de clases y de juntas por Zoom, sobre mi paranoia para salir a caminar cerca de la casa durante la pandemia, sobre cómo la pandemia –el encierro, ver y no ver, por Zoom, a un montón de colegas y estudiantes, todos los días, al mismo tiempo; y tener, paradójicamente, un empleo seguro por los siguientes doce meses–, repercutió en mi salud, se manifestó primero en mi sedentarismo y en mis hábitos alimenticios de comida chatarra, y luego en mi mal humor y en mi vista borrosa y en la hiperglucemia en ayuno –¡casi 200 mg/dl de sangre!–, y tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre los síntomas que me provocaron las vacunas de Cansino, más o menos al final de 'la primera parte de la pandemia', cuando todas las actividades eran virtuales, y de Moderna, más o menos al final de 'la segunda parte de la pandemia', cuando ya habíamos vuelto a clases semipresenciales en la universidad, cuando estaba en un cubículo que parecía un invernadero y desde allí impartía mis clases por Zoom.

Tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre mi experiencia en esa escuela primaria en la que recibí las vacunas de Cansino y de Moderna, en donde me topé con varios colegas, a quienes logré identificar a pesar de las mascarillas que llevaban puestas. 

De lo mal que me sentí cuando recibí mi segundo refuerzo –la vacuna de Moderna–, que entonces impartía una clase de Sensopercepción para casi cincuenta estudiantes, que no pude dar clase ese día y que luego de haber recibido la vacuna volví a la casa en Uber y que me acosté en la cama y que encendí la tele y que me encontré un concierto de Bush en Miami. Que Gavin Rossdale era el único sobreviviente de la alineación original de Bush. Que pedí una Big Mac por teléfono y que me di un atracón de Coca-Cola y de papas a la francesa. Que tuve síntomas de fiebre y de gripa, que duraron apenas un día. 

No sé por qué me cuesta tanto escribir sobre lo que realmente me importa. Todo ha cambiado –el área de Biología y Química me otorgó el nombramiento de Investigador Nacional Nivel II en la Convocatoria 2024 del SNII, hace 10 años estaba presentando mi examen de grado del doctorado, tengo casi 20 papers en revistas internacionales, cumplí 10 años como docente en universidades públicas– y, sin embargo, todo sigue igual... o peor. 

miércoles, noviembre 29, 2023

Subterranean Homesick Alien (Instrumental) | Molotov Cocktail Piano

Tengo los pies fríos, la cabeza me duele, es como si estuviera sumergido en una tina con hielo, y al mismo tiempo mis globos oculares son una pelota ardiente, y mi garganta es un túnel incendiándose, y tengo varios kilos de ropa encima, y apenas puedo moverme, y todo me duele; siento que mis extremidades inferiores y superiores son ligas estiradas al máximo, como me imagino que se siente pisar una bomba en un camino minado y volar en pedacitos de vísceras y de dolor, en los confines de un campo de exterminio..., y mis coyunturas son cables de alta tensión que en cualquier momento harán corto circuito, en la tempestad de mis pensamientos febriles. 

Tengo el cuerpo cortado, apenas puedo respirar, soy un animal que agoniza, soy una rata de laboratorio que va volviendo a la realidad, que nunca quedó totalmente inconsciente porque el pasante de licenciatura no sólo no le administró bien la dosis letal de pentobarbital, sino porque no la decapitó bien; soy esa pobre rata de laboratorio que jadea y que agoniza en la mesa de disección, con la mitad del cerebro cercenada, y que pide clemencia, que resuella, que lanza sus estertores y que le suplica al pasante de licenciatura que acabe ya con el sufrimiento; soy ese individuo al que un alcohólico con psicosis de Korsakoff le ha abierto la garganta de par en par, en un callejón oscuro; soy ese individuo que se desvanece poco a poco y que se despide de este mundo y que está ahogándose con su propia sangre. 

Apenas puedo moverme con tanta ropa encima, y toso y estornudo, y moqueo y escupo, y sorbo mis mocos y me trago mis flemas, y mis pulmones suenan a estertor, a resuello, a jadeo, a agonía..., y me duele mucho la cabeza, pero no tengo fiebre, lo que sí tengo son casi 140 h en abstinencia de nicotina y casi 6 días enfermo, y durante estos casi 6 días no sólo no he fumado, sino que me he tomado los medicamentos que me recetaron, pero cada día me siento peor. 

¿Es éste el fin? 

Puse “Subterranean Homesick Alien” cuando comencé a escribir estas líneas, después de darme dos o tres disparos de Afrin Lub, y primero sonó la versión original de OK Computer y ahora escucho una interpretación en piano de esa canción, una interpretación de una banda que no conozco, y creo que he escuchado cien veces, cien interpretaciones, de la misma canción, todas y ninguna suenan igual, y el ataque de tos es ya inminente, y la vorágine de flemas que ascienden desde mis pulmones hasta mi esófago son ya inminentes, y un breve episodio de ansiedad, provocado por un breve episodio de asfixia, es ya inminente..., y un calambre letal, que es un escalofrío como esos incontrolables latigazos que preceden al vómito, me recorre toda la piel: desde la punta de los dedos de mis pies fríos, hasta mi cabello más largo..., y sé que todo estará peor mañana, aunque me diga a mí mismo que no puedo ponerme peor. 

Ni siquiera me siento libre dentro de mi propio cuerpo, me siento físicamente esclavizado a los kilos de ropa que traigo encima –los kilos de ropa son cadenas que me atan a la cama, y la cama es la plancha de un quirófano o un lecho de muerte de piedra–, y tanta ropa (y tantas cadenas) me impiden moverme y acostarme y sentirme un poco cómodo (nada más durante unos cuantos segundos, ¡por favor!), y no quiero estallar, no quiero encabronarme, no quiero resistirme a toser y no quiero resistirme a levantarme de la cama para orinar, y no quiero reparar en el amargo sabor a medicamentos que tengo en el paladar, y no quiero ponerme nostálgico, pero ¡cuánto añoro la primavera y el verano!, ¡esos días en los que puedo andar ligero de ropa y quedarme dormido en cualquier lugar, y despertarme en cualquier momento de la madrugada, o cuando va amaneciendo!, y ¡cuánto extraño caminar descalzo hasta el baño y sentir que el calor de la vida se me mete por las plantas de los pies...! 

¡Cuánto añoro mi salud!

Cuando hace frío, hasta para dormir hay que ponerse ropa caliente –calcetas, pantalones, suéter, gorro, guantes– y hay que preparar ropa caliente en la cama y a veces hasta hay que encender un calefactor. Nada de esto es práctico. No quiero entrar en discusiones con la gente que ama el frío, pero, ¿por qué no tenemos tanto pelaje como los osos de la Antártida...? 

Cuando hace frío, incluso levantarse de la cama, nada más para ir al baño, es una odisea. Cuando hace frío, mi estado de ánimo se vuelve gris. 

Cada día que pasa me siento peor. 

El miércoles, hace casi una semana, me salí a la terraza a fumarme un Camel, y llovía y hacía mucho viento; casi de inmediato, sentí un escozor en la garganta, y repetí mi mantra –Siento un escozor en la garganta, espero no enfermarme–, el que digo cada vez que presiento que puedo enfermarme, y el jueves por la mañana desperté con un ataque de tos pero fue pasajero, incluso salí a la calle, y en la calle hacía mucho frío y el escozor iba y venía, junto con las flemas, pero no era nada con lo que no pudiera lidiar. En la sala de espera, mientras Lizzie estaba en consulta y mientras me resguardaba del frío y de la soledad que imperaba en el hospital, releía un libro sobre Bowie que escribió Simon Critchley y el escozor ya parecía cosa del pasado. Después de la consulta, hasta desayunamos en un restaurante. Hacía mucho viento. Hacía mucho frío. Traía puesta una de esas chamarras estorbosas que sólo me pongo una o dos veces al año. El Nevado de Toluca, prácticamente, se veía desde cualquier parte de la ciudad. Al volver a la casa, me tomé un paracetamol y un ibuprofeno, y me tumbé en la cama. 

El viernes, comencé a tomar ambroxol y loratadina, y me sentí un poco mejor que el jueves –hasta creí que ya había pasado lo peor de la enfermedad–, pero, en la madrugada, tuve un ataque de tos que me levantó de la cama.

El sábado, durante la mañana y la tarde, me sentí mejor que todo el viernes –incluso se me antojó un Camel–, pero pasé una noche fatal: los ataques de tos me despertaron a la una, a las dos, a las tres, a las cuatro y a las cinco de la mañana... 

El domingo continué con el tratamiento y salí un rato a tomar el sol y me puse a leer a Knausgård en la terraza, y estuve allí alrededor de 40 minutos, y de pronto se ocultaba el sol y hacía un poco de viento, y luego, por la noche, ya me sentía peor: muy débil, muy cansado, con el cuerpo cortado..., y pasé una noche regular, sin tantos ataques de tos como los del sábado, pero el lunes, en cuanto puse un pie fuera de la cama, sentí la nariz tapada, un cúmulo de flemas precipitándose desde mis pulmones hasta mi garganta, los ojos hinchados, y todo el cuerpo cortado, como si alguien me hubiera hecho pedacitos con un afilado cuchillo de carnicero.

En fin, el lunes me sentí mucho peor que todos los días anteriores. 

Y, por la noche del lunes, dejé de tomar ambroxol y loratadina, y empecé a tomar celestamine, amoxicilina y dextrometorfano, y, en fin, hoy, martes, me siento peor que ayer y que todos los días anteriores: ya hasta tengo mocos y de pronto la moquera coincide con un ataque de tos, y entonces las flemas, que ascienden desde los pulmones, y los mocos, que descienden desde los cornetes nasales, convergen en mi garganta y ¡es un horror!, y no puedo respirar y me pongo ansioso... 

De la nada, mientras lamento mi suerte y me pudro en la enfermedad y me aborrezco y visualizo una noche más del carajo y que mañana voy a sentirme mucho peor que hoy, me llega a la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años –¿de cuál marca era?–, cuando nos veíamos una que otra vez, cuando recorríamos las calles de la ciudad y nos metíamos a cines y a tiendas de discos y a cafeterías, mucho antes de que conociera a Lizzie y mucho antes de que te embarazaras de tu novio y de que te pareciera tan intolerable tu vida y decidieras esfumarte de este mundo.

(Qué insignificante soy. Qué insignificantes son mis preocupaciones y mis dolores.)

Esta sensación de asfixia, de sofocamiento, esta impresión de estar a punto de morir por falta de aire, de que mis pulmones son un par de globos que alguien ha pinchado, y, sin embargo, tener en la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años, es muy extraño, es una anomalía, es mi forma de delirar, es mi estrategia para no sucumbir ante la enfermedad... 

Esta impresión de estar más cerca de la muerte que nunca antes, de hundirme en un drama existencial, y, sin embargo, tener en la mente el aroma de tu perfume, es como salir a la superficie por unos cuantos segundos, después de haber estado buceando incansablemente, llevando los pulmones al límite, con la piel tostada por el sol y llena de sales, y con el cuerpo deshidratado, a instantes de morir en un punto perdido del océano.

¿Es éste el fin?

domingo, noviembre 26, 2023

La última hoja que cae de un árbol

El escozor recorre mi garganta como una zarza ardiente, como un nombre que exige ser pronunciado, como una necesidad que no puede ser aplazada, como un grito que aparece de la nada en un oscuro callejón, como un secreto que ya no puede continuar siendo un secreto, como un reflejo que separa los límites entre la vida y la muerte. 

La sensación es similar a un tren en llamas que atraviesa a toda prisa mi garganta, que chamusca mi garganta, que asciende desde mis pulmones, que hace silbar a mis pulmones, que me convierte en un cuerpo que es un conjunto de vísceras y de arterias que se sofocan y que se colapsan, que es un cuerpo y un cerebro y una señal de alarma de una potencial muerte por broncoaspiración. 

He dado cien vueltas a la cama, he intentado comprender este poema de Celan que analiza Knausgård en el sexto y último tomo de Mein Kampf, y no puedo creer que este tomo haya sido publicado en el 2011 y que yo apenas me encuentre en la página 400 a la una de la mañana del domingo 26 de noviembre del 2023, y tampoco puedo creer que apenas he rebasado la mitad de este tomo (algunas novelas son tan largas que parece que uno nunca terminará de leerlas), y que, sin embargo, ya he leído alrededor de 3, 000 páginas escritas por él, y que comencé a leer La muerte del padre –el primer tomo de Mein Kampf, publicado en el 2009–, hasta noviembre del 2016 ó 2017, en las mismas condiciones en las que me encuentro ahora. 

Parece una analogía del ciclo de la vida: terminas de leer Mein Kampf en las mismas condiciones en las que comenzaste a leer Mein Kampf.

En el poema que cita Knausgård en la página 400 del sexto tomo de su novela colosal –el título que le puso no es un título cualquiera, sino uno provocativo, uno que él tomó (o que sus editores le sugirieron tomar), deliberadamente, del célebre libro de Hitler–, Celan hace un juego de palabras; a mí no me transmite nada, me parece un callejón sin salida, un conjunto de palabras que forman parte de una metáfora que está allí y que no está allí –para ser totalmente franco, me parece algo pretencioso y me hace pensar en otro escritor mexicano que alardea sobre los procesos metacognitivos de la poesía–, pero, según Knausgård –quien ha reconocido en las páginas previas ser un tipo que no comprende la poesía y que no comprender la poesía lo hace sentirse un idiota–, Celan plantea, a propósito, una situación en la que nunca se puede saber quién es “yo” ni quién es “tú” ni quiénes somos “nosotros”, ni qué está ocurriendo, y que eso es lo fascinante del poema: que puede significar cualquier cosa: todo o nada. 

Knausgård va más allá: dice que Celan está sugiriendo que las palabras existen independientemente de los humanos, pero que son un puente de comunicación entre los humanos, que el lenguaje es una creación humana, que lo social es inherente a lo humano, que las novelas de Proust, de Joyce y de Faulkner, por ejemplo, abordan lo social desde distintas perspectivas: que Proust hablaba de lo social, desde sus recuerdos, con lujo de detalle, describiendo minuciosamente a las personas que formaron parte de su círculo social, en el contexto de la aristocracia en la que vivió; que Faulkner, en El ruido y la furia, por ejemplo, hablaba de lo social pero sin entrar en detalles, sin mencionar quiénes son los personajes, obligando al lector a sentirse parte de una familia en la que todos se conocen y se reúnen a comer una tarde de domingo, una familia en la que, por lo tanto, no es necesario decir “ciertas cosas”, porque están de más, porque “todo mundo” conoce esas cosas, o porque son temas tabú; que Joyce hablaba de lo social, pero también de los griegos –quienes habitaban el mismo espacio físico que los Dioses–, y que, por eso, los nombres, comenzando por el nombre de su novela más célebre, no son un accidente en su obra, que no aparecen de la nada, pero que insinúan que es absurdo que un animal social se considere único en su especie e intelectualmente superior a William Shakespeare y que se obsesione por nombrar y ponerle etiquetas a todo aquello que va descubriendo... O algo así. 

Para ser totalmente franco, estoy en una especie de delirio, y no sé si todo lo anterior Knausgård lo escribió exactamente así, o si yo lo he modificado, si yo entendí algo totalmente distinto a lo que él quería dar a entender, y salgo de una ensoñación y de pronto me encuentro leyendo la página 404, y aquí Knausgård continúa analizando el poema de Celan, y ha escrito que el árbol representa lo efímero de la vida y que la piedra representa lo imperecedero de la naturaleza, que nosotros –los humanos– pasamos brevemente por la naturaleza y que sin embargo somos auténticos y que tenemos características que nos hacen diferentes a unos de otros, pero que las piedras siempre han estado, que ya formaban parte de la naturaleza antes de que nuestra especie apareciera, que todas las piedras son iguales, que son genéricas, que forman parte de la escenografía de la naturaleza, que nosotros las usamos para lanzarlas al fondo de un lago e impresionar a los niños. 

Knausgård también está delirando, y va más allá: insinúa que las palabras no tienen que ser mencionadas para existir, que las palabras son obvias, que son como el nombre de Dios –que todo mundo conoce y que no tiene por qué pronunciar–, y toma de ejemplo un pasaje de la Biblia en el que Job pelea con un humano durante muchas horas, casi todo un día, y luego su rival, totalmente exhausto, le pide a Job que pare la pelea y Job le dice a su rival que no parará la pelea sino hasta que el rival lo ame en lo más profundo de su corazón, o algo así, y el rival acepta amar a Job y le pregunta cómo puede llamarlo y Job le responde que el nombre de Dios no se debe pronunciar porque existe más allá de las palabras, o algo por el estilo, y entonces el rival decide llamarlo “Israel”. 

De pronto, cuando, por enésima ocasión, intento comprender el poema de Celan y ya he releído cuatro o cinco veces el mismo párrafo, avanzo al párrafo que sigue y Knausgård ya está analizando un pasaje de Heráclito, el más conocido, ese que dice que ningún ser vivo se baña dos veces en el mismo río, pero luego cita otro pasaje menos conocido, uno que mi estado mental y físico me impide memorizar, pero que, más o menos, dice que el río siempre es el mismo y que los seres vivos, aun en nuestra condición efímera, somos inconstantes y que, aunque nos bañemos dos veces, o más, en el mismo río, ya no somos la misma persona; luego, el escritor noruego salta a otro pasaje de Heráclito en el que Heráclito dice que cuando estamos despiertos vemos la muerte y que cuando estamos dormidos vemos el sueño, pero que la muerte es un sueño en vida. 

Son las dos, son las tres, son las cuatro, son las cinco... y todo sigue igual: no comprendo a Celan, divago sobre otros tomos de Mein Kampf... me duermo un rato, me despierto y permanezco despierto varios minutos. Más o menos recuerdo que soñé algo que estaba relacionado con lo que leí –intentaba convencer a alguien sobre la fuerza de las palabras, que existen aun cuando nadie las pronuncie–, pero los ataques de esta enfermedad me despertaron, parecieron durar toda una vida, y cada vez son más agresivos, y entonces me sofoco y me tumbo en la cama y me acomodo cien veces más en la cama, y vuelvo a recordar que conocí a  Knausgård en noviembre del 2016 ó 2017, en las mismas condiciones en las que me encuentro ahora que su novela colosal está agonizando en mis ojos, en mis manos y en mi mente; que, cuando lo conocí, había permanecido casi dos meses consecutivos en cama, sufriendo estos ataques y acomodándome cien veces más en la cama. 

La repetición me lleva a pensar de nuevo en la analogía del ciclo de la vida: que termino de leer Mein Kampf en las mismas condiciones en las que comencé a leer Mein Kampf. También, para refrasear a Heráclito, pienso en que soy el mismo y no soy el mismo que comenzó a leer a Knausgård, y que parece que fue ayer cuando leí La muerte del padre y me sentí abatido –por decirlo de alguna manera, así conecté con el escritor noruego–, después de leer una frase que se me quedó en la cabeza, una frase que decía algo así: la muerte es la última hoja que cae de un árbol.