jueves, junio 25, 2026

Ototubartitis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del instituto de psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubartitis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de las tendencias en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

No hay comentarios.: