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viernes, mayo 20, 2022

La radio toca mi canción favorita


Quiero escribir algo, pero me despiertan las terribles ganas de orinar que van materializándose lentamente en una forma humana que se abre camino hacia la vejiga. 
Presiento que la vejiga es como un globo a punto estallar y tengo que levantarme urgentemente de la cama, trastabillando y adentrándome en la realidad, como si mis deseos prohibidos me hubieran noqueado después de haber batallado contra mi conciencia durante doce rounds. 

Me tallo los ojos con el dorso de las manos y bostezo y asimilo el exilio del fantástico sueño que soñaba. Era una especie de Kyle MacLachlan mexicano en una película de David Lynch, y en el sueño nada tenía sentido excepto mis debilidades corporales y mis últimos pensamientos oscuros del día.

Me despabilo y me concentro en la penumbra de la habitación. Miro hacia un lado y hacia otro. El camino de partículas de aire que flotan aleatoriamente en la habitación cuando los primeros rayos del sol atraviesan las ventanas y las cortinas, apenas va anunciándose, como un embrión que apenas tiene un rasgo primitivo y cuya placa neural poco a poco irá invaginándose y convirtiéndose en ectodermo, en mesodermo y en endodermo. Luego pienso en cómo el resplandor de los primeros rayos del sol que emerge del horizonte todos los días al despuntar el alba, siempre parece quemar la silueta de las montañas. Estoy más dormido que despierto.

Tropiezo con los tres gatos que son dueños de mi cama y de mi existencia. Me han dado tantos momentos de felicidad y me han llevado a reflexionar tantas veces cuando estoy sucumbiendo ante las superficialidades de la vida, que no me importa si todas las noches me dejan un pequeño espacio en la cama.
 
Gatusso, el mayor de ellos, apenas se da cuenta de que ya regresé al mundo de los vivos, me hace saber que ya puedo darle su comida blanda de todas la mañanas y maúlla trágicamente, como siempre hace: como si no hubiera comido en varias vidas. Siempre tiene hambre. 

Como todos los días, Gatusso me persigue al baño y yo intento escabullirme de él y concentrarme en orinar y en abrir los ojos totalmente y en adentrarme en la realidad, pero él siempre va un paso adelante de mí y de algún modo parece siempre estar en el baño antes que yo, aun cuando yo sea quien abra la puerta.
 
Me mira y ronronea y se talla contra mis piernas, y me hace recordar aquellos años cuando los dos éramos más jóvenes y vivíamos primero en un departamento en Xola y luego en otro departamento en Pantitlán y todos los viernes yo volvía temprano del laboratorio y deseaba apagar mi conciencia por completo y olvidarme de las absurdidades de ciertas personas psicópatas con las que convivía a diario y emborracharme enloquecidamente, y entonces, apenas llegaba al departamento en turno, dejaba mis cosas allí y salía frenéticamente al Oxxo o a la tienda más cercana y compraba una cajetilla de Camel y varios litros de alcohol y volvía al departamento y ponía a Soundgarden o a Sonic Youth o a Radiohead o a Nirvana o a Dinosaur Jr. a todo volumen en el estéreo o iPod o grabadora en turno –Katz volvía tarde al departamento, y Gatusso era nuestro único gato– y medio leía algunas páginas de alguno de los libros de mis autores preferidos –desde Trakl y Heym, hasta Bukowski y Kerouac– mientras bebía y fumaba frenéticamente y cargaba la pipa y la encendía y la fumaba frenéticamente y tosía y acababa frenéticamente intoxicado.

Al cabo de un par de horas me sentía fatal, y Gatusso me acompañaba en los malos viajes, cuando la neblina del alcohol me hacía ver doble y moverme torpemente y cuando el estupor provocado por las otras sustancias estaba matándome y me ponía paranoico; cuando la ansiedad me estrangulaba lentamente y cuando mi cuerpo pedía a gritos que desechara todas los compuestos tóxicos que había consumido; cuando, invariablemente, acababa de horcajadas junto al excusado, hiperventilando, prometiéndome no caer en los excesos jamás y buscar otra forma de lidiar con el estrés, y tratando de devolver el estómago. 

Era un sujeto tan idiota que, luego, cuando me reponía, volvía a fumar y a emborracharme, o entraba en un estado casi comatoso y me tumbaba totalmente aniquilado en la cama, pero Gatusso siempre estaba allí, cuidándome.

Él siempre hallaba la forma de acostarse junto a mí y apoyaba su cabeza contra mi pecho y ponía su nariz felina a unos centímetros de la mía y me miraba como el Thundercat majestuoso de pelaje abundante que es –con sus ojos y con sus inmensas pupilas verticales y con sus iris amarillos que son como unas enormes ventanas de luz de otros mundos y que me hacen pensar en un poema de Baudelaire que leí en la adolescencia, cuando el amor era una estupidez salvaje, violenta e impura–, y ronroneaba y me confortaba y me hacía sentir seguro: me hacía saber que la pesadilla de los excesos –ese primitivo escape de la enfermiza relación que tenía con ciertas personas psicópatas con quienes convivía diariamente–, no era el fin del mundo y que, tarde o temprano, volvería a estar sobrio. 

Así que alimentarlo cada mañana cuando me pide insistentemente su comida blanda mientras me despabilo y me tallo los ojos y trato de conectarme con el mundo y orino, no representa nada, comparado con lo que él hizo por mí. Sin embargo, soy tan idiota que casi siempre me desesperan su insistencia y su apetito voraz.

Son otros tiempos. Gatusso y yo estamos más viejos y hemos vivido muchas cosas juntos, en distintos lugares. Ahora, corro 5 kilómetros al menos dos veces a la semana y bebo una o dos cervezas, o una o dos copas de vino, muy de vez en cuando, y, en estos días, cumplo seis años sin fumar. También me he librado de los psicópatas. 

Total, que, después de orinar, bajo a la cocina y enciendo el estéreo y pongo a un volumen moderado –Katz aún duerme– y en modo aleatorio una de mis playlists de Spotify y entonces suena “I of the mourning”, y me precipito hacia el refrigerador y lo abro y saco la lata de comida blanda para los tres gatos y busco sus tres platos esparcidos en los rincones de la cocina. 

Cuando los encuentro, les sirvo a cada uno de los gatos su porción de comida blanda y luego me siento en un sillón a escuchar tranquilamente esta canción de Smashing Pumpkins que suena en el estéreo y que me remonta a otros recuerdos sobre los cuales ya no podré escribir –esa es otra historia–, mientras ellos tres pastan felizmente como cabras y lamen con sus rasposas lenguas cada uno de sus platos, y entonces caigo en la cuenta de que no sólo hace siete años que no fumo, sino que hace ocho años fue mi examen de grado del doctorado. 

lunes, agosto 05, 2019

Tom Hansen no sólo le vendió drogas a Kurt Cobain


Tom Hansen es un músico y escritor norteamericano, nacido en 1961. 

En la década de los ochenta –mucho antes de que el grunge* saltara a la cima de la escena musical–, él tocó en bandas punk del circuito underground de Seattle –The Fartz, Refuzors– y, con Crisis Party –una banda que podría relacionarse más con el sonido heavy metal que con el sonido punk–, grabó un álbum de estudio. 

Sin embargo, tristemente, es más conocido por haberle proveído drogas a Kurt Cobain, a Layne Staley y a Mark Lanegan. 
  
American Junkie (2010), su primera novela, está inspirada en su propia vida.



Después de una década de consumo de heroína, del continuo uso de jeringas en sus brazos y de la subsecuente desaparición de sus venas de la superficie de su piel, Tom Hansen comenzó a inyectarse en una pantorrilla y adquirió una infección que lo llevó al hospital y que lo mantuvo al borde de una amputación. 

Su tolerancia a los opiáceos era tan elevada que despertó de la anestesia a la mitad de la cirugía, cuando los médicos se disponían a amputarle la pierna infectada. 

Su salud era tan deplorable que debió permanecer ochos meses en el hospital –incluso era incapaz de moverse y de tomar un baño por sí solo–, y todo lo que vivió allí –vio a niños condenados a una vida miserable por tener quemaduras de tercer grado, convivió con una mujer que contrajo SIDA por compartir, una sola vez, una jeringa para inyectarse droga; y fue testigo de las violentas y silenciosas muertes de unos cuantos ancianos olvidados por sus familias y por la sociedad–, lo llevó a reflexionar acerca de su adicción y de su vida. 



Cuando tenía alrededor de diez años supo que era adoptado, y, poco después, su padre no biológico murió en un trágico accidente en el Golfo de Alaska.

La presencia de la muerte moldeó su carácter y su apreciación de la muerte.

En la adolescencia ganó algunos concursos como patineto y continuamente se sintió fuera de lugar y ese sentimiento lo llevó a comportarse como un rebelde –incendió algunos recintos y destruyó algunas cosas–, provocando que lo expulsaran de las escuelas en las que estudiaba.

Estaba acostumbrado al rechazo y nunca logró relacionarse con nadie en ninguna escuela ni en ningún vencindario.

(La primera niña que le gustó, a la edad de ocho años, quiso abrirle la frente con una roca mientras los dos paseaban en bicicleta por el vecindario.

Su primera relación adulta terminó con la muerte por sobredosis de una mujer en la casa que compartían los tres. 

Su madre biológica era una prostituta hippie que se enredó con un pintor alcohólico que probablemente fue su padre biológico.) 

Cuando Tom Hansen se subía al escenario y tocaba su Les Paul '57 sunburst, llegó a estar convencido de que componer música era lo máximo. Luego, cuando experimentó con drogas, las drogas lo colmaron de una felicidad que jamás había sentido. 

De este modo, cansado de tocar las mismas canciones, sustituyó la emoción que le provocaba la música, por el consumo de alcohol, de tabaco y de marihuana.

Paulatinamente, pasó de la marihuana a los ácidos y de los ácidos a la cocaína y a los opiáceos.

Se convirtió en proveedor de drogas.



La novela está escrita con una crudeza introspectiva que fluctúa entre la narrativa de Henry Miller en Trópico de Cáncer y "la narrativa de los adictos" que abunda en las novelas de William Burroughs; y la complementan registros médicos de la estancia de Tom Hansen en el Harborview Hospital y también unas cuantas páginas en las que describe sus encuentros, como traficante de drogas, con estrellas de rock... pero como si él mismo sólo fuera un espectador de esos encuentros. 

Acabo de leerla por segunda vez y no entiendo por qué a nadie se le ha ocurrido traducirla al español o llevarla al cine. 

Tengo la impresión de que la mayoría de los críticos literarios "más famosos" –incluso, algunas veces, el mismo lector que se cree crítico literario por "haber soportado" una "dura novela"**–, le recomiendan al público a autores cuyo máximo logro literario parece ser describir los exóticos lugares que visitan ex profeso –Japón, Qatar, Egipto, Barcelona, París, Las Vegas, Los Ángeles... el metro de la Ciudad de México, el peligroso barrio de Tepito...– o narrar una loca historia de terror con personajes psicópatas. 

Tom Hansen va mucho más allá de todos estos clichés. 
Él no tuvo que "inventarse una vida extraña" para escribir. 



American Junkie debería ser una novela altamente recomendada –al menos por la gente que escucha a bandas emparentadas con el sonido Seattle de la década de los noventa y al menos por la gente que se considera conocedora de la literatura  beatnik y/o amante de la novela negra–, y debería tener unos cuantos millones de seguidores en todo el mundo. 

No dudo que cuando Tom Hansen muera –¡que quede claro que no estoy deseando su muerte!–, ésta se volverá una novela de culto. 

La gente "conocedora" siempre "reconoce" el talento post mortem.  

(En Canadá, la acaban de llevar al teatro. 
¿El resto del mundo está esperando a que el autor muera, para darle crédito?)

American Junkie está llena de un conocimiento literario que no se adquiere en ninguna escuela. 

(No estoy muy seguro de que en El Claustro te enseñen que "uno no destruye su cuerpo de un momento a otro, sino que lo hace paulatinamente, y que la destrucción ocurre de manera imperceptible, como la puesta del sol". ***)

Esta novela no es una historia con final feliz –mucho menos, de princesas y de príncipes azules– o de sexo, drogas y rock n' roll; en todo caso, es una retorcida historia de superación personal. 

No es una novela para extraer frases de optimismo o para presumir lo que "has aprendido" sobre el mundo de las drogas en el que viven las estrellas de rock, sino para reflexionar.

Irónicamente, me enteré de esta novela porque a alguien se le ocurrió escribir una reseña en la que enfatizaba que American Junkie había sido escrita por uno de los dealers de Kurt Cobain. 



______________

*Léase con sarcasmo. 
**Cualquiera de Aguilar Camín o Mario Benedetti o Guadalupe Loaeza o Paulo Coehlo.
***Tom Hansen. 

viernes, abril 12, 2019

Miedo y Asco en Las Vegas | Hunther S. Thompson (1971)


Mi primer acercamiento con este autor, fue a través de la película de Terry Gilliam (1998).

Johnny Depp (Raoul Duke), Benicio del Toro (Dr. Gonzo) y Christina Ricci (Lucy), entre otros, interpretaban a una serie de personajes "fuera de lo común" –drogadictos, aventureros, limítrofes, psicópatas–, en una historia confusa que pasaba de una escena a otra, sin ninguna hilación aparente. 

Debió de ser en el verano del 2005. 

Por alguna razón (poco tiempo libre, algún compromiso, aburrimiento), esa vez no logré ver la película de principio a fin. Terminé viéndola en secciones, a lo largo de varios meses (¿un año?), cuando me encontraba frente al televisor y resultaba que estaban pasando la película en algún canal donde lo común era ver filmes de bajo presupuesto.

(De hecho, no sé si alguna vez la he visto de principio a fin.)

Ya que no la había visto de corrido (y completa), fui formándome una historia propia.

La escena donde Gonzo y Lucy están perdidos en una habitación de hotel y Duke llega y ambos lo quieren matar, era la que recordaba haber visto más veces. 
Tal vez porque me gustaba Christina Ricci.  



En el 2007, impartí un curso de Laboratorio de Sensopercepción –mi primer curso como profesor de asignatura en la UNAM– y, ya que, en cierta forma, el programa de estudio abordaba temas relacionados con "estados alterados de la consciencia" (y ya que yo mismo, en mi entusiasmo e ingenuidad, pude haberles sugerido a mis alumnos que la sociedad podría haber satanizado el consumo de drogas más de lo necesario), les dejé, como trabajo final, leer el libro de Hunther S. Thompson. 

Mi propósito, más que integrar la novela con un tema del programa de estudio, era que mis alumnos tuvieran una perspectiva más amplia del consumo de drogas: que vieran a través de los ojos de Duke a dónde podrían llevar los excesos. 

Los malviajes, los flashbacks de LSD y los ataques de paranoia que padecen Duke y su abogado samoano, a lo largo del desierto de Las Vegas, en las habitaciones de hotel en las que se hospedan y destrozan todo y engañan a las camareras y les dicen que son agentes de la CIA, en los casinos de los que los corren por hacer escenas de locos y en los aeropuertos donde terminan con la mente hecha pedazos, me parecían un buen ejemplo. 

(Desgraciadamente, no recuerdo ninguno de los escritos que mis alumnos me dieron al final del curso. Tampoco sé dónde quedaron, y lo lamento mucho. Estoy seguro de que me encontré algunos textos interesantes. Ahora mismo, me gustaría leerlos otra vez.) 


Apenas hace dos años (más o menos), compré el libro. 

Era uno de esos libros que tenía curiosidad de leer, pero, como ya había visto fragmentos de la película de Gilliam, siempre encontraba, a última hora, otro libro que me llamaba más la atención. 

Lo compré en una Feria del Libro en El Palacio de Minería. 

Editorial Anagrama, ofrecía descuentos irresistibles. 

(También compré Los Desnudos y Los Muertos, La Conjura de Los Necios, La Isla de La Infancia, El Buda de Los Suburbios... ¡eran otros tiempos y podía comprar más libros de los que podía leer!)

Nos mudamos de casa a principios de este año y encontré mi ejemplar de Miedo y Asco en Las Vegas en una caja llena de otros libros que ni siquiera recordaba haber comprado. 



Hace unas semanas, lo comencé a leer. 

Durante mucho tiempo fui prejuicioso y me quedé con la impresión de que era un libro para posers que querían "documentarse" y no "hablar en el vacío", cuando tuvieran la oportunidad de presumir acerca de las experiencias que habían tenido con drogas ilegales...

Tenía la creencia de que el libro era una suerte de enciclopedia "sobre los excesos de las drogas"... y lo desestimé. 

Estaba acostumbrado a tratar con personas que, en cierta forma, aunque nunca lo hubieran leído, veneraban a Thompson. 

Ahora, tantos años después de haberme encontrado accidentalmente la película en un canal de filmes de bajo presupuesto y después de tantos años de haberme decidido a comprar el libro y de haberlo leído, lo recomiendo. 

No diría que es una lectura para adolescentes de preparatoria. 

Sin embargo, tampoco diría que es indispensable estar en edad universitaria para leerla. 

(En todo caso, más bien, depende de tus prejuicios, o ignorancia, acerca de las drogas.) 

No es una novela aburrida –aunque el consumo de drogas puede aturdir en algún punto–, está llena de enseñanzas sobre la vida de los adictos, abundan los relatos de personajes "fuera de lo común", tiene pasajes lúgubres y divertidos, historias de brotes psicóticos y de paranoia, interminables nombres de drogas, relatos sobre experiencias con hormonas extraídas de humanos y que jamás (quizá) en tu vida habrías imaginado que alguien podría usar como droga...

El lenguaje fluye como la Ballena Blanca que renta Duke para transitar en Las Vegas... 

Además, es, quizá, el libro pionero del periodismo Gonzo. 

sábado, noviembre 12, 2016

American Junkie | Tom Hansen (2010)


Hace unos cuatro meses, mientras procastinaba –evadía la actualización de varios kilobytes de información de mi viejo CVU a la nueva plataforma del CONACYT y también evadía la realización de un análisis estadístico que requería el empleo de una vieja SONY VAIO que tarda horas en encender y que tiene un ventilador que suena a turbina de avión–, me encontré en internet un blog con una reseña sobre una novela que había escrito "uno de los dealers de Kurt Cobain, Layne Staley y Mark Lanegan".

(De hecho, si no recuerdo mal, los términos "dealer", "grunge*" y "Kurt Cobain" destacaban en el título de la reseña.)

Obviamente, el título me dio curiosidad y continué leyendo la nota. 

Para mi sorpresa, la reseña no contenía esa clase de juicios de valor simplistas –del estilo "¡me encantó!" y "¡la odié!"– que caracterizan a la mayoría de los artículos en internet que escriben los admiradores/detractores/críticos (aficionados) de los artistas.

El autor de la reseña explotaba el status de rockstar del líder de Nirvana y de su trágica entrada al "club de los 27" y dejaba claro que American Junkie (2010) era una novela biográfica que contenía información sobre el mundo de las drogas en el que estaban inmersas las estrellas de rock más célebres del "sonido Seattle", pero no daba los detalles de la trama de la novela.

(¿A quién le interesaría leer una novela que ya le contaron de principio a fin...?) 



En lugar de ponerme a trabajar en el análisis estadístico y en la actualización de mis datos en la nueva plataforma del CONACYT, me puse a buscar en internet más información sobre Tom Hansen –el autor– y sobre la novela.  

No tuve suerte: ni Wikipedia ni El Rincón del Vago tenían artículos sobre estos temas. 

Cuando estaba a punto de desertar y de ponerme a trabajar –tenía varios días postergando estas actividades–, encontré la novela en Amazon. 

Allí tampoco había reseñas sobre la novela ni información sobre el autor. 

Tom Hansen y su novela –al igual que las teorías conspiracionales relacionadas con la participación de los Iluminati en la muerte de Kurt Cobain– parecían una leyenda. 

De acuerdo con la plataforma de Amazon, si le daba click a mi compra, adquiriría uno de los últimos ejemplares en stock de la primera edición en formato físico de American Junkie. 

Debió de costar alrededor de $200. 

Amazon sugirió que también podía interesarme adquirir Come As You Are. 
No tenía presente este libro en ese momento, pero siempre lo había querido leer. 

Los dos libros tardaron casi un mes en llegar a la casa y comencé a leer American Junkie cuando terminé de leer la biografía oficial de Nirvana, escrita por Michael Azerrad.



Acabé de leer la novela, hace unas semanas. 

He estado pensando qué escribir al respecto –¡debo escribir algo al respecto!–, pero aún no sé por dónde empezar. 

No quiero terminar escribiendo cuánto me gustó, ni por qué me pareció genial. 

Tampoco quiero escribir mis primeras impresiones. 

Si lo hiciera, probablemente terminaría escribiendo el tipo de cosas que odio de la mayoría de las reseñas que leo en internet sobre algún artista o sobre la obra de algún artista.

(No quiero llenar esta entrada con palabras rimbombantes para impresionar a nadie –como hacen algunos "profesionales" que inundan las redes sociales con sus "artículos"–, ni tampoco quiero disfrazar mi falta de imaginación con adjetivos reiterativos –ídem–.

Tampoco quiero que esta entrada parezca uno de esos artículos que van de "la descarada adulación" a "la crítica objetiva" y cuyo único propósito parece ser que el artista involucrado los encuentre, los lea –se sienta halagado o vilipendiado– y "los haga virales"...) 


Empezaré por lo más obvio. 

A diferencia de la reseña que me trajo a esta novela –o, al menos, a la idea que sugería el título de la reseña–, no creo que lo más destacable de American Junkie sea que "fue escrita por uno de los dealers de Kurt Cobain". 

Aun cuando he escuchado durante más de veinte años la música de Nirvana y he leído decenas de libros sobre Kurt Cobain y lo más normal sería que terminara escribiendo una reseña sobre su adicción a las drogas y que terminara abrumando al lector con detalles sobre su vida y su obra, American Junkie no es el caso. 

Tal vez no está mal publicar una reseña de American Junkie en internet enfatizando que la escribió uno de los dealers de Kurt Cobain, pero tratar de enganchar al lector sugiriéndole que en ella encontrará anécdotas que involucran al líder de Nirvana, a Mark Lanegan y a Layne Staley, como si eso fuera lo más importante de la novela, es un gran error.

(¿Una trampa?)

Los pasajes de la novela en los que se alude a Kurt Cobain –cuyo cadáver fue hallado por un electricista en el invernadero de su casa en Lake Washington, en abril de 1994–, al vocalista de Alice In Chains –cuyo cadáver fue hallado, en estado de descomposición, por sus familiares, en su departamento, dos semanas después de su muerte, en abril del 2002– y al ex-vocalista de Screaming Trees –único sobreviviente del grupo de músicos asociado con "el sonido Seattle" de la década de los noventa, adictos a la heroína–, sólo son, por decirlo de alguna forma burda, la cereza en el pastel.

(Estos pasajes, corresponden más o menos al 3% de American Junkie.) 



Independientemente de su trabajo como escritor, Tom Hansen fue guitarrista de bandas punk que tocaban en el circuito underground de Seattle mucho antes de que Nevermind y Ten "le volaran la cabeza" al mundo de la música. 

A finales de los ochenta, después de estar en bandas como The Fartz y The Refuzors –la primera, compartió escenario con Dead Kennedys; la segunda, tuvo un éxito llamado Splat Goes The Cat**–, grabó un álbum de estudio con Crisis Party.

(Según él mismo –y algunos expertos– es un álbum de dudosa calidad; sin embargo, actualmente es un objeto de colección y cuesta una pequeña fortuna en internet.) 

Hansen encontró, temporalmente, en la música un tipo de felicidad que nunca había experimentado, pero se aburrió de tocar siempre las mismas canciones –las bandas en las que creaba la música que le causaba más satisfacción, nunca tenían éxito; las bandas en las que tocaba la música más simple y más burda, tenían un éxito inesperado–, y cambió la música por las drogas. 

Del alcohol y la marihuana, pasó a los ácidos. De los ácidos, pasó a la cocaína y a la heroína. De la heroína, pasó a analgésicos como el Percodan y el Demerol. 

En algún punto de su vida, encontró su empleo ideal: siendo su propio jefe, trabajando a su propio ritmo y vendiendo (y consumiendo) drogas. 
En un día de trabajo, regularmente, podía ganar hasta $5, ooo USD. 

Irónicamente, proveyéndole drogas a Kurt Cobain, a Mark Lanegan y a Layne Staley –entre otros músicos de la escena– fue como se hizo de un nombre en el circuito underground de Seattle.


En 1999, Tom Hansen terminó de emergencia en el hospital.
Entonces había sido adicto a la heroína durante más de una década.  

Debido a los abscesos que tenía en una de sus piernas –la pierna ya estaba casi en los huesos y estaba llena de infecciones–, le resultaba muy difícil caminar y moverse, y el dolor era insoportable. 

El continuo empleo de jeringas para inyectarse drogas, ya había hecho que la mayoría de sus venas desaparecieran de la superficie de su piel. Tom Hansen tenía unos meses inyectándose en las pantorrillas... y, en particular, en una herida abierta en una de sus piernas. 

En el Harborview Hospital, los médicos estuvieron a punto de amputarle la pierna infectada. Su tolerancia a los opiáceos era tan fuerte, que despertó en medio de la cirugía. 
La dosis de anestesia que le administraron los médicos no fue suficiente para mantenerlo dormido durante el procedimiento quirúrgico. 

Tom Hansen permaneció alrededor de nueve meses en el hospital, recapacitando acerca de su vida. Su estadía en el hospital dio lugar a la escritura de American Junkie. 


American Junkie ha sido catalogada por los expertos como una novela negra, su narrativa tiene un carácter introspectivo y está plagada de pasajes en los que la muerte siempre está presente: desde que Tom Hansen era un niño y vivía en Edmonds y perdió a su padre trágicamente, hasta que se hizo de un nombre como proveedor de drogas en Seattle y vio morir por sobredosis a un montón de sus clientes. 

Terminaré por lo más obvio: la última parte de la novela en la que Tom Hansen relata brevemente sus encuentros con estrellas de rock. 

(Esta parte de la entrada es la única sección de la novela que te interesaría leer, si eres un fan from hell del grunge***.)

En una ocasión, él les vendió droga a Kurt Cobain y a Dylan Carlson.

Era el 13 de diciembre de 1993. 

Los tres están en su Camaro, a unas cuadras de Pier 48, unas horas antes de que Nirvana toque el famoso Live N' Loud de MTV. 

Él conduce, Cobain va en el asiento del copiloto y Carlson va en el asiento trasero.

Mientras el automóvil circula a través del tráfico y Hansen ve a las decenas de admiradores de Nirvana caminar hacia el muelle y a Kurt Cobain sonriéndole desde el asiento del copiloto, no puede dejar de pensar que, en ese momento, él es quizá el ser más invisible en la escena musical de Seattle y que sin embargo tiene "algo" que ni la música ni sus admiradores pueden proveerle directamente a la estrella de rock más conocida en todo el mundo.


Mientras relata ese momento, asegura que tenía la impresión de que no volvería a ver al líder de Nirvana y lo recuerda como un tipo muy solitario con el que pudo tener una sólida amistad. 

Según él, cuando le llevaba drogas a algún hotel o a alguna de sus casas, Cobain siempre parecía dispuesto a conversar... y especula que tal vez Cobain lo veía como un tipo que no iba a pedirle ningún favor y que por esa razón lo invitaba a hacerle compañía. 

Más tarde, vuelve a Pier 48 –Cobain le regaló un pase para el backstage– y se siente fuera de sitio. Hubo un tiempo en el que conocía a toda la gente que asistía a los conciertos en Seattle. 

En ese momento, en el escenario, además de Cobain, Novoselic y Grohl, sólo identifica a Pat Smear –exguitarrista de los Germs– y, cerca de la consola de sonido, a Dylan Carlson.

Se siente ajeno a esa generación de adolescentes con camisas de leñador que saltan enloquecidamente mientras suena Radio Friendly Unit Shifter. 

Se despide de Carlson, un poco defraudado porque Nirvana no ha tocado Something In The Way, y abandona el lugar cuando suena Breed. 


Unas páginas más adelante, relata que va al departamento de Layne Staley.

El único mueble que hay en todo el lugar es un sillón y él se sienta en el suelo. 
Layne se inyecta la droga y luego le ofrece. 
A Hansen no le gusta drogarse con sus clientes, pero hace una excepción. 

La heroína comienza a surtir efecto, mientras suena Mad Season a todo volumen. 

Alice In Chains se ha tomado un receso y el álbum homónimo de Mad Season tiene un par de meses de haber sido lanzado a la venta. 

Después, Staley y él recorren Seattle en motocicleta.

En las páginas finales de American Junkie, Tom Hansen también relata un encuentro con Mark Lanegan. 

El ex-vocalista de Screaming Trees tiene unos meses viviendo en Seattle y The Winding Sheet, su álbum debut, tiene poco tiempo de haber sido lanzado a la venta. 

El departamento de Lanegan es un desastre. 
Hay libros, vinilos y discos compactos tirados por toda la sala. 

Mientras Lanegan se va a inyectar al baño, Hansen le esconde unos gramos de heroína en una de las cajas de uno de los discos compactos que encuentra por ahí. 

Lanegan suele llamarlo a altas horas de la noche, pidiéndole droga. 

Se ha vuelto costumbre, así que Hansen suele dejarle algunos gramos de droga en su departamento, escondidos por ahí, y le revela los lugares en los que los escondió, cuando Lanegan lo llama por teléfono. 


Estos pasajes sólo refuerzan la novela.

Sería una estupidez decir que American Junkie sólo habla de esta clase de anécdotas y que usa como "gancho" a estos personajes para "atrapar" al lector.

También sería una estupidez decir que Tom Hansen sólo fue dealer de estos artistas vinculados con el consumo de heroína. 

American Junkie, no es una novela de "grunge".

Si nunca has escuchado un álbum completo de estas bandas –o de ninguna otra–, pero te gusta el "grunge", mejor no leas American Junkie. 

Te aburrirás y, si no tienes la madurez suficiente... desearás volverte un junkie.

____________

*Léase despectivamente. 
**En un concierto a beneficio, organizado por KRAB Radio, en el Dancehall USA, la banda arrojó al público un gato muerto que habían recogido unas horas antes en Capitol Hill, mientras compraban cerveza en una tienda de conveniencia. Splat Goes The Cat, compuesta por Michael Refuzor, narra la historia de un gato que se pierde en la ciudad, que se asusta por el ruido y por la gente y que luego corre por la calle hasta que un automóvil lo arrolla. El evento quedó registrado en un periódico.  
***Léase sarcásticamente. 

viernes, junio 17, 2016

Montage Of Heck


Fui a ver Montage Of Heck porque Kurt Cobain es uno de los pocos temas que siguen apasionándome desde la adolescencia. 

Eso significa que no soy uno de esos admiradores que sólo han escuchado algunas canciones de Nevermind o que vagamente conocen In Utero o Unplugged In New York y que no pueden decir de memoria el tracklist de ninguno de sus álbumes.

Tampoco soy uno de esos admiradores que compran todo lo que tenga relación con el líder de Nirvana o con cualquier otra banda cuyos integrantes hayan muerto en condiciones sospechosas. 

He visto todos los documentales y películas disponibles que abordan la muerte de Kurt Cobain -Kurt & Courtney, About A Son, Soaked In Bleach, Last Days- y he leído libros sobre el mismo tema, como Heavier Than Heaven o Cobain Íntimo.

Incluso he leído sus diarios y la biografía oficial de Nirvana escrita por Michael Azerrad. 

A pesar de lo anterior, no me considero ni vigilante ni crítico de todo lo relacionado con Nirvana -jamás diría que tenía expectativas muy altas respecto a este documental, ni a cualquier otro-, así que ese viernes en el Cinépolis de La Diana Cazadora, no tenía ningún interés en formular una nueva hipótesis acerca de su muerte, ni quería satanizar a Courtney Love o endiosar a Frances Bean.

Sólo tenía curiosidad por saber qué tal estaba este documental avalado por la familia Cobain Love.

Este documental ha sido criticado por Buzz Osborne, el líder de Melvins, una banda formada en Montesano, Washington en 1983 y que fue una gran influencia para Kurt Cobain antes de que éste se convirtiera en un personaje famoso.

Los admiraba tanto que incluso audicionó para tocar el bajo con ellos y se encargó de pintar la camioneta en la que transportaban sus instrumentos. 


Antes de que comenzara la función, se me ocurrió comprar una bebida.

Estaba caliente y ligeramente ácida. Sólo le di un trago, pero me cayó mal inmediatamente. 

Tengo reflujo gastroesofágico y desde hace un año he estado en tratamiento médico.
Cambié mi dieta, dejé de beber alcohol, dejé de fumar y nada ha funcionado. 

Cuando algún alimento o bebida me cae mal, los jugos gástricos ascienden por el esófago y siento que la garganta se me cierra y que me falta el aire.

Comienzo a ponerme ansioso.  

La ansiedad es infernal. 

Los lugares cerrados y la oscuridad aumentan la ansiedad. 

No puedo dejar de pensar que me desmayaré y que dejaré de respirar, o que me ahogaré. 

He intentado muchas cosas para mitigar la ansiedad, pero nada ha funcionado. 

Tuve que dejar de beberme el té y esperé a que el malestar menguara. 

No quería tener una crisis de ansiedad y terminar abandonando la sala de cine para tomar aire y tranquilizarme, justo cuando comenzara el documental de HBO. 


El malestar cedió poco a poco.

Cuando me sentí mejor, pensé que de cualquier modo esa experiencia de sofocamiento terminaría influyendo en mi percepción sobre el documental de Brett Morgen. 

Para mi desgracia, había una chica sentada junto a mí. 
No dejaba de hablar.

Las luces de la sala aún estaban encendidas. 

Volteé a verla.

Debería de tener unos dieciséis años. 

Ella iba con sus papás, y su atuendo era el de una adolescente admiradora del sonido Seattle de la década de los 90. 

Traía una camisa de leñador, una playera con el rostro de Kurt Cobain estampado, una falda escocesa, unas medias de bailarina de ballet y unas Doctor Martens.

Creo que su cabello estaba teñido de rosa brillante. 

Me bastó escucharla hablar un par de minutos para darme cuenta que era el tipo de adolescente que adora todo lo relacionado con Kurt Cobain. 

La chica no dejaba de contarles a sus papás cosas sobre Nirvana.

Era obvio que así estaría toda la función.

 

Unos diez minutos más tarde, ya no me sentía tan mal y empezó Montage of Heck. 

Lo primero que me impresionó fue el sonido. 

Me di cuenta que nunca había escuchado a Nirvana a un volumen tan alto, ni siquiera cuando era un adolescente como la chica que estaba sentada junto a mí y yo no hacía otra cosa más que escuchar su música.

Territorial Pissings sonaba a todo volumen, mientras se mezclaban en la pantalla del cine diversas escenas de Nirvana tocando en vivo. 

Los instrumentos desaparecieron poco a poco y sólo quedaron los coros de la canción.

Mientras la voz de Kurt Cobain gritaba desgarradoramente desde el más allá, la toma se cerró a una escena de Aberdeen a finales de los 60. 

El contraste entre esos gritos desgarradores y el pueblo donde Cobain nació y vivió su infancia fue conmovedor. 

Un punto para el documental. 



La primera parte de Montage Of Heck aborda la infancia de Kurt.

Nos muestra que era un niño cariñoso y sociable, querido por todos, interesado por la música y por la pintura.

Su carácter empezó a cambiar con la llegada de su hermana Kimberly, cuando toda la atención dejó de centrarse en él. 

En su escuela, los profesores se quejaban a menudo de que Kurt era distraído y sus papás tuvieron que llevarlo al médico y el médico les recetó metilfenidato. 

Todo marchaba relativamente bien hasta que sus papás se divorciaron, cuando él tenía alrededor de diez años. 



Brett Morgen tomó audios grabados por Cobain y les puso animaciones.

Éstas son lo mejor del documental. 

Hay una en la que Kurt relata su primera experiencia con la marihuana.

Estaba en la secundaria y se juntaba con los maleantes de su clase.

Se metían a escondidas a la casa de una chica con retraso mental y robaban botellas de alcohol.

A la chica siempre la dejaban sola sus padres y supuestamente él abusó de ella.

Todos se enteraron en la escuela, lo suspendieron y los chicos le pusieron un apodo humillante y él se sintió muy mal por lo que le había hecho a la chica.

Quería morirse, se echó sobre las vías del tren a esperar la muerte.
Estuvo toda la noche así, pero el tren nunca pasó por allí.

Al volver a su casa, fumó marihuana y se puso a escuchar música en sus audífonos. 

La yerba lo ayudó a apreciar de otro modo la música y a tener un interés por crear música. 


Hay otra animación en la que Kurt Cobain está tocando Been A Son en el departamento de Olympia en el que vivían él y Tracy Marander. 

De repente suena el teléfono y él tiene que dejar de tocar la guitarra para contestarlo. 

Escuchar tanto la maqueta de esa canción incompleta como la conversación telefónica y mostrar cómo pudo ocurrir todo eso en la cotidianidad de un joven Kurt Cobain que componía canciones para su banda, fue muy ingenioso.

 Otro punto para el documental.

Aunque Tracy fue muy importante en la carrera de Nirvana -ella trabajaba mientras Cobain se enfocaba en componer las canciones de Bleach o pasaba el día viendo televisión-, no aparece jamás en el documental. 

¿Por qué? 

Otras partes de Montage Of Heck están hechas con videos caseros de Kurt, Courtney y Frances Bean. 

Algunos fueron demasiado íntimos y otros muy amarillistas.


En uno de ellos, alguien demasiado cercano a Kurt y a Courtney, los filma semidesnudos frente al espejo de un baño. 

¿Quién podría ser tan cercano a los dos, como para tener esa libertad de filmarlos en esas condiciones y por qué los filmaría? 

En otro video, alguien los filma en lo que parece un cumpleaños de Frances. 

Aparecen Dave Grohl y Krist Novoselic con regalos para la niña.

Kurt Cobain se ve infernalmente aburrido y desaparece a la menor oportunidad, mientras Courtney Love le grita furiosamente que vuelva cuanto antes. 

El video más amarillista de todos fue uno en el que se sugiere la adicción de Kurt Cobain a los opiáceos. 

Courtney Love intenta cortarle el cabello a la niña y él intenta cargarla, pero está quedándose dormido y su esposa lo regaña y le pregunta si quiere darle ese ejemplo a su hija. 


En el documental también abundan dibujos de Kurt y algunas hojas de cuaderno con las letras de algunas canciones de Nirvana escritas por el puño y letra de Kurt.

Estas piezas aparecen acompañadas por música de Nirvana. 

Otro punto para el documental. 

Brett Morgen tenía acceso completo al material de Kurt Cobain y de Nirvana.

Fue alentado por la esposa y la hija del artista, y estaba autorizado a usar todo el material como mejor le pareciera. 

Habría sido un desperdicio que no explotara todas estas cosas.

Otro punto para el director. 

La última parte del documental es la peor. 

Wendy O'Connor -la madre de Cobain- y Courtney Love hacen su aparición melodramática en plan de actrices.

Bajo un ambiente lúgubre -luces tenues, ausencia de música, la cámara enfocándolas individualmente-, dan sus testimonios acerca de los problemas de Kurt con las drogas y con la fama. 

No lo soporté. 

El propósito parecía convencer al espectador de que Kurt Cobain tenía razones para dispararse una escopeta en la boca -aun dejando huérfana a su hija- y que es un mártir del rock n' roll. 

De hecho, Wendy y Courtney repetían casi el mismo monólogo y lloraban casi después de decir las mismas frases. 

Sentí lástima por Kurt.
Aparentemente, se casó con una mujer idéntica a su mamá. 

Obviamente, la chica de las Dr. Martens que estaba sentada junto a mí, se puso a llorar.



Esta parte final, me decepcionó.

En conclusión, Montage of Heck es una versión autorizada de la muerte de Kurt Cobain. 

Creo que le gustará a la mayoría de la gente y que volverá locos a los admiradores de Nirvana que sólo conocen Smells Like Teen Spirit...