Este álbum cumple 26 años, ayer me percaté de ello en un post de Facebook, mientras veníamos de vuelta a la casa en un Uber, y en ese momento recordé algunos fragmentos de mi vida de hace 26 años. Al principio, no me pareció nada realmente memorable, pero me fui a la cama acordándome de varias cosas.
Entonces estaba estancado en una relación destructiva, a la mitad del trabajo experimental de una tesis que ya no me aportaba nada, más allá del compromiso de concluir mis estudios de licenciatura. Todos los días eran una copia del otro, y ya estaba harto de mi rutina. Todos los días me levantaba a las 5 ó 6 AM y recorría la ciudad en metro desde el oriente hasta el sur. Luego, dependiendo de la hora, de cuánto tiempo me quedara para llegar a correr los experimentos a las 7 AM al laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, caminaba en la penumbra de Eje 10 Sur o de El Paseo de Las Facultades o de Las Islas, desde Copilco hasta la Facultad de Psicología.
Unas veces caminaba por El Paseo de Las Facultades. Otras veces cruzaba Odontología, Economía, Derecho y Filosofía y Letras. Independientemente de lo que hiciera, todo ese trayecto desde la casa de mis papás, lo hacía escuchando mi walkman.
Hace 26 años había comprado el CD de Black Market Music en una extraña bodega de artículos de todo tipo que me hacía pensar en la película de Garage Olimpo y en Las Galerías El Triunfo, era una bodega medio clandestina, como de mercancía decomisada, podías encontrar jerseys de la Lazio, ropa de El Palacio de Hierro, muebles, comida y hasta fuentes grotescas de esas que los nuevos ricos ponen en los recibidores de sus casas. La bodega estaba en la esquina de Huipulco y Tlalpan, y varios días a la semana pasaba por ahí, al salir de la universidad, de camino a la casa de mi exnovia tóxica.
Kenia vivía en Xochimilco, y al salir de la escuela cruzábamos Insurgentes y luego nos subíamos a un camión que iba a Huipulco. Y en Huipulco, justo en frente de la extraña bodega de mercancía extravagante, tomábamos un RTP que iba al Reclusorio Sur y que tardaba mucho tiempo en pasar. Alguna vez, para matar el tiempo, debimos de pasar a esa bodega, y me compré el CD de Placebo). En ese RTP pasábamos por detrás del INP, junto al Tec de Monterrey, por La Noria, veinte lugares más y nos bajábamos 10 ó 15 minutos antes de El Reclusorio Sur.
Ahora que me acuerdo de ese trayecto de casi todos los días de hace 26 años, no puedo creer que gran parte de mi vida de entonces se haya consumido así. Casi todos los días era lo mismo, una hora, casi dos horas, desde Psicología hasta su casa. Unas tardes me quedaba a comer con ella y con sus papás, porque ella insistía, excepto cuando estaba hasta la madre y le decía que no quería quedarme a comer en casa de sus papás, o cuando ella estaba súper emputada conmigo (ella no era la única responsable de que la relación estuviera del carajo; también yo contribuía) y no quería saber nada de mí. La casa de sus papás era enorme, parecía casa de telenovela del canal de las estrellas, y estaba casi en lo más alto de un cerro –como El Castillo de Chapultepec, jaja– y para llegar hasta la casa tenías que subir por un sendero rocoso, entre casas y privadas, y de una de esas casas, justo a la mitad del camino, salía un perro de ataque, tal vez era un pitbull. Sus dueños eran poco amistosos y les valía madre todo, y lo llamaban “El Diablo”, y no era un nombre aleatorio, el perro parecía eso. Nunca me mordió, pero sí se me lanzó varias veces. Cuando tenía que pasar por allí, tan solo pensar en que el pitbull podía aparecer de pronto, era una tortura.
Luego de esquivar al perro, tenía que tomar un camión que me llevaba al Bosque de Nativitas. Allí pasaba el RTP que iba a casa de mis papás. Los dos camiones tardaban mucho tiempo en pasar. En total, el recorrido desde Xochimilco hasta el Oriente de la ciudad también me tomaba otra hora y media o dos horas.
Lo más absurdo de todos esos recorridos desde CU hasta Xochimilco es que Kenia y yo no siempre estábamos bien; más bien, ya nos detestábamos, nuestra relación era horrible, sólo seguíamos juntos por costumbre. Muchas veces ni siquiera nos dirigíamos la palabra en todo el camino; otras veces hablábamos de cursilerías de novios universitarios.
Aggh.
Apenas puedo creer que alguna vez fui esa clase de persona. Qué un alivio que eventualmente apareció alguien más en la vida de Kenia y que ella se enamoró de esa otra persona. A pesar de que para ella y para mí era obvio que ya no estábamos nada bien, ni ella ni yo hacía nada para terminar la situación, unas veces tal vez yo me aferraba a que las cosas mejorarían, otras veces tal vez era ella quien se aferraba, el punto es que los dos seguíamos juntos por costumbre, y que yo no tenía el valor suficiente para terminar con la relación, me faltaba tanta perspectiva, tal vez de haber estado en un laboratorio en el que sí me apasionara lo que hacía, todo habría sido diferente. Y por supuesto que yo contribuí, tanto como ella (o más que ella) para que la relación se fuera al carajo, y por supuesto que a veces la odiaba tanto como ella me odiaba, pero era incapaz de mandar todo a volar. Cuando las discusiones me llevaban al límite y pensaba en terminar con la relación, no podía apartar de mi mente la vulnerabilidad de Kenia.
Ahora todo esto lo veo como una estupidez, pero no siempre tienes la perspectiva que necesitas. Un día tu vida se resume a todo lo que te ha ocurrido en poco más de dos décadas y crees que todo eso será lo mejor que vivirás el resto de tu vida, que no conocerás a otras personas que se interesen por ti. Pero luego descubres que hay cosas mucho peores que terminar con una novia a la que tienes hasta la madre y que te tiene hasta la madre. Luego, la vida misma, te va mostrando que no vale la pena hacer sacrificios por otras personas, que, si tienes suerte en el amor, solo conocerás a una persona que daría la vida por ti. En mi caso, obviamente, esa persona no es Kenia. Ni ella ni otras mujeres que atravesaron mi vida, antes de que conociera a Lizzie.
La mayoría de la gente solo piensa en sí misma, y en estos 26 años desde que salió a la venta Black Market Music, he aprendido (de mala forma) que la gente es así.
El punto es que en el camino de ida a la universidad, cuando salió a la venta este álbum de Placebo, entre el ruido de los vendedores ambulantes y de los usuarios del metro, una que otra vez podía aislarme en mi propio mundo y escuchar música en mi walkman, y en general escuchaba lo de siempre, tenía mis mix de cassettes con canciones de las bandas que me gustaban –Nirvana, Sonic Youth, Pixies–, pero también tenía cassettes de uno que otro álbum completo, y cuando compré el CD de Black Market Music lo grabé en un cassette y seguramente lo escuché muchas veces en esos trayectos de ida a la universidad y de vuelta desde Xochimilco hasta casa de mis papás. Por ahí tengo ese cassette.
Mmmh, si pudiera hablar ese cassette...
El punto es que la mayoría de los días de hace 26 años regresaba a la casa de mis papás entre 5 y 6 PM, y hasta ese momento me quitaba los walkman –¿cuánto dinero habré gastado en pilas?– y entonces me encontraba a mis hermanos viendo Malcolm el de en medio, y a veces me sentaba con ellos a ver la tele, para descansar del arduo trayecto (casa-universidad-universidad-Huipulco-Xochimilco-Nativitas–Alameda Oriente) y también para olvidarme de mi relación tóxica y de esa tesis de licenciatura que ya no me aportaba nada.
Una que otra vez, además, cuando volvía a casa de mis papás, Kenia y yo estábamos emputados el uno con el otro, o ella tenía planes –una fiesta con sus amigos de la prepa, algún problema “de vida o muerte” de su ex–, y acordábamos que ni siquiera nos llamaríamos por teléfono durante todo el fin de semana o toda una semana. Ahora que lo pienso mejor, no lo acordábamos: ella lo decidía, y esa imposición me volvía loco, me emputaba, no tenía las suficientes agallas para terminar con esa relación tóxica pero ella sí podía hacerme a un lado cuando tenía otras cosas que hacer. Y cada segundo de esos fines de semana o de esas semanas era eterno, y para matar el tiempo veía la tele con mis hermanos o fumaba compulsivamente un Camel tras otro en mi recámara. Casi no leía ni escribía. Y si pudiera volver el tiempo atrás, me pondría a escribir, aunque fuera un diario.
Algunas canciones de Black Market Music me pegaban, como esa en la que Molko preguntaba «Can you find me place inside your bleeding heart?», y no era muy consciente de ello, no pensaba mucho al respecto, pero vagamente tenía la impresión de que la mayoría de las letras hacían referencias a drogas –ketamina, opiáceos, alcohol–, y que eran ambiguas y que esas relaciones tóxicas entre un junkie y su droga de preferencia descritas en las canciones también podían trasladarse a relaciones entre una persona y otra. O a lo mejor lo veía así por la vida que tenía hace 26 años. No le he prestado mucha atención a las letras de las canciones.
Mientras escribo estas líneas, he estado escuchando Black Market Music, y algunas canciones me gustan más que otras, en general me trae recuerdos agridulces y sé que viví todas estas cosas sobre las que he escrito –y muchas más–, y no puedo creer que haya pasado tantas horas al día en el transporte público. No quiero ni pensar cuántas cosas me perdí en el transporte público, cuántos libros no leí, cuántas cosas dejé de escribir, cuántas cosas dejé de compartir con mis hermanos y que jamás podré recuperar, por estar tantas horas en el transporte público.
Pero, en fin, no le guardo rencor a Kenia. Espero que ella tampoco a mí.