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domingo, junio 12, 2022

Brasil vs Suecia

Mis abuelos –maternos y paternos– vivían en la misma calle y sus casas quedaban una junto a la otra, así que cuando los visitábamos –religiosamente, casi cada domingo–, podíamos verlos a los cuatro; sólo teníamos que turnarnos: a veces llegábamos primero a la casa de los abuelos maternos y nos despedíamos en la casa de los abuelos paternos; otras veces, era al revés. Lo mismo ocurría en las fiestas de Independencia, de Navidad y de Año Nuevo. 

Como casi cualquier otro domingo de mi infancia, el domingo 12 de junio de 1990 no fue la excepción: fuimos a ver a los abuelos. El mundial de futbol tenía unos días de haber comenzado. La selección mexicana había sido castigada por la FIFA y no disputaría ese torneo, pero en la escuela todo mundo hablaba del mundial y yo veía programas en la tv relacionados con el mundial y coleccionaba estampas de los jugadores del mundial que salían en las paletas de los helados Holanda. 

Apenas el viernes previo mi papá se había quedado en la casa y los dos habíamos visto por tv una semblanza de los mundiales de futbol (acompañados por el comentarista Juan Dosal y por el invitado estelar HugoSánchez) y la tediosa inauguración del mundial (exceptuando la fabulosa canción de Gianna Nannini y Edoardo Bennato, casi lo único llamativo había sido el desfile, en el que una modelo había mostrado accidentalmente un pecho) y la derrota de la selección argentina con un gol de François Omam-Biyik en El Estadio Giuseppe Meazza; el sábado habíamos visto por tv el debut de la selección italiana y el gol de Salvatore 'Toto' Schillaci contra los austríacos en El Estadio Olímpico de Roma.

Ese domingo, en cuanto entramos en la casa de los abuelos maternos, percibí el aroma de la sopa de pasta y de la pierna horneada que había preparado la abuela. Casi era la hora de la comida. Me metí a la sala a saludar a mi abuelo. Él estaba sentado frente al televisor. Estaba comiéndose un mazapán o unos cacahuates. A lo mejor estaba tomándose una cerveza. La diabetes todavía no hacía estragos visibles en su salud. Él me sonrió y me invitó a sentarme junto a él. La abuela se acercó a mí y me preguntó si quería un vaso con refresco. A lo mejor le dije que sí. Mis papás dijeron que irían al mercado a comprar comida para la semana y salieron de la casa (así lo recuerdo). 

En El Estadio Delle Alpi, en Turín, jugaban las selecciones de Brasil y de Suecia. Los narradores de Televisa decían que Brasil tenía un súper equipo y que era candidata a ganar el mundial –su más reciente mundial lo habían ganado en 1970–, y que la figura de los suecos era un mediocampista ofensivo llamado Tomás Brolin. 

Cuando iba a terminar el primer tiempo, Careca –compañero de Maradona en el Nápoles– recibió un pase desde medio campo en el límite del área de los suecos y dribló al arquero sueco en el área y anotó para Brasil. Llevaba unas licras negras debajo de los calzoncillos azules del uniforme y festejó el gol con una especie de samba. Mi abuelo apoyaba a Brasil y celebró el gol y me contó que los brasileños habían jugado en Guadalajara en los mundiales de México, en 1970 y en 1986. 

En el segundo tiempo, Brasil volvió a anotar otro gol y el abuelo volvió a celebrar. Casi al final del partido, Tomás Brolin descontó para los suecos. Unos días más tarde, la selección de Costa Rica, una de las revelaciones del torneo, jugaría un gran partido contra los brasileños y avanzaría a los octavos de final del mundial, en su primera participación mundialista. Unas semanas más tarde, en ese mismo estadio, los brasileños, gracias a una genialidad de Maradona y a la habilidad de Caniggia, perderían el partido de octavos de final contra los argentinos y volverían a casa. Tendrían que esperar cuatro años más para volver a ganar un mundial. 

Internet me recuerda que ya pasaron 32 años de este partido. Mis abuelos paternos se mudaron de casa en el 2000 y ninguno de los cuatro abuelos vive ya.

domingo, octubre 14, 2018

Mi abuelo siempre cantaba y tomaba el sol


[INCONCLUSO]

Recuerdo a mi abuelo feliz, cantando y tomando el sol.  

Según mi mamá, él siempre había querido ser artista y había participado en algunos concursos de la XEW cuando era joven. 

Mi mamá también decía que él se había ablandado con nosotros. 

Cuando ella y sus hermanos eran niños, el abuelo ni siquiera les permitía hablar durante la comida.

A nosotros incluso nos había comprado una mesa más pequeña que la que utilizaban los adultos y no sólo nos dejaba platicar durante la comida, sino que nos daba dulces aun cuando no hubiéramos terminado nuestros alimentos.

El abuelo tuvo una infancia difícil.
Sus padres eran alcohólicos y él tenía que ir a sacarlos de las cantinas. 
Ellos eran muy duros con él y a veces lo amarraban a un árbol y lo dejaban allí.
(Tal vez por eso tenía problemas con el alcohol. No bebía siempre, pero cuando bebía, lo hacía durante varios días.)

Trabajaba como telegrafista y tenía una motocicleta.
El olor de la gasolina era muy penetrante y le daba al patio de su casa una atmósfera especial. Parecía que en cualquier momento todo podía arder. 

Según mi mamá, una vez el abuelo llevó algún documento a un edificio de gobierno y vio un montón de cadáveres apilados en el patio de ese lugar. Los soldados los arrojaban desde camiones del ejército, como si fueran costales. Habían pasado unos días de la matanza de Tlatelolco. 

Una vez se volcó el autobús en el que iba a Acapulco, se fracturó las costillas y se fracturó una pierna. Uno de los paramédicos que llegó al lugar pensó que él estaba muerto y le quiso quitar una cadena de oro. Otra vez se cayó desde la azotea de su casa y volvió a fracturarse la misma pierna. Le pusieron tornillos y cojeó el resto de su vida. 

El abuelo tenía diabetes, pero no seguía las recomendaciones de los médicos. 
Decía que prefería vivir pocos años haciendo lo que le gustaba. 

Antes de que yo entrara a la secundaria, el abuelo se jubiló y vendió la moto. Se compró un Valiant y una Betamax.

Le gustaban las películas de acción de Charles Bronson, pero también veía películas de Tin Tán y de Joaquín Pardavé y podía sentarse con mis primas a ver una y otra vez La Sirenita o Parque Jurásico.

También le gustaba el futbol soccer. 
Los domingos no se perdía los partidos del Real Madrid y de Hugo Sánchez. 
Entre semana, veía los partidos de la Copa UEFA. 
Alguna vez me dijo que su equipo favorito era el Atlante, aunque también había apoyado al Necaxa y en esa época era seguidor del América. 

Una vez fui por mí a la primaria en su bicicleta. Eran vacaciones de verano y yo me preparaba para alguna competencia con otras escuelas. Mis papás no me dejaban volver solo a la casa y los dos estaban en el trabajo. 

Cuando volvimos a la casa de mi abuelo, encendió el televisor. 
Iba a comenzar el segundo tiempo de un partido de la fase de grupos de La Copa del Mundo de Italia 1990. Creo que jugaban los españoles y los belgas.

Debí preguntarle algo: qué le parecía el nivel de ese mundial, quién era su favorito para ganar ese mundial, qué pensaba del castigo de la selección mexicana... pero entonces no sabía gran cosa del futbol. 

Tampoco le pregunté años después qué pensaba de la selección de Mejía Barón que llegó a la final de La Copa América de 1993, ni qué pensaba de los partidos de ese equipo en el mundial de Estados Unidos 1994. 

Siempre pensé que habría un mejor momento para hablar de esos temas. 

En 1998, su salud empeoró.

Mi mamá iba todos los días a verlo al hospital. Después de algunos meses, él decidió que no quería continuar en el hospital. Insistió tanto que los médicos lo dejaron volver a su casa. Requería muchas atenciones. Mi mamá también iba a verlo a diario. 

Una vez fui a verlo.
Él estaba acostado en su cama. 
Mi mamá y mi abuela me habían dicho que tenía alucinaciones y que les hablaba de personas que ya estaban muertas y que iban a visitarlo. 
Le costó trabajo identificarme y después empezó a preguntarme cómo me iba en la escuela. Yo acababa de entrar al segundo semestre de la licenciatura.

Una de mis primas iba a cumplir años y en ese momento ella tenía una fiesta en un salón cerca de la casa del abuelo. 

Anoché soñé que mi abuelo me perseguía por todas partes, porque quería que escribiera sobre él.
Hace veinte años murió mi abuelo. 

viernes, febrero 16, 2018

Mamá Anita


Mentiría si dijera que fui muy apegado a ella. 
Hacía más de seis meses que no la veía. 

Pero hubo un tiempo en que la veía al menos una vez por semana.

Todavía vivía en la casa de mis papás, y ni siquiera había terminado la licenciatura. 

Anita -nunca le gustó que la llamáramos abuela- pasaba a ver a mi mamá por las tardes, y las dos se metían a la cocina. 


Yo bajaba de mi recámara para saludarla, y ella me preguntaba cómo estaba y yo hacía lo mismo. Ella siempre bromeaba y me respondía que estaba como los mangos.


Luego me preguntaba si no tenía un cigarrito que le regalara.


Se sentaba en la mesa de la cocina a fumar tranquilamente con mi mamá, mientras las dos conversaban.

  
La última ocasión que la vi, mi mamá había hecho una comida en la casa.
Era el cumpleaños de mi papá.

Anita se marchó poco después de la comida.

Me pareció más huraña y pensativa que de costumbre. 
Desde unos años para acá, no convivía más de lo necesario.

Siempre se marchaba pronto porque decía que tenía que cuidar a sus mascotas. 

Hubo un tiempo en que tuvo un perro que se llamaba Pookie, unas cuantas gallinas, un pato y algunos pericos, pero entonces sólo tenía a un loro que se llamaba Choche. 


Al despedirse de mí, me dijo que me cuidara y que no me olvidara de mi mamá. 


Tengo muchos recuerdos de Anita, pero casi todos son de la infancia. 


Una vez, mis papás tuvieron que llevar de emergencia a mi hermano al hospital. 

Cuando desperté, lo primero que vi fue su cara. 
Ella estaba junto a la cama, cuidándome. 
Antes de que yo dijera cualquier cosa, me dijo que mis papás habían tenido que salir con mi hermano y que tendría que acompañarla a su casa. 

Salimos del departamento y ella me tomó de la mano y caminamos en silencio hasta su casa. Hacía mucho frío -yo estaba muy bien abrigado- y parecía que el sol acababa de salir. 
La calle estaba desierta, y el silencio de Anita fue tan natural y me hizo sentir tan cómodo que no le pregunté más, aunque era una situación extraña. 
Mis papás nunca me dejaban solo. 
Además, era lunes y no fui a la escuela. 

Mi mamá nos llevaba mucho a su casa.
Íbamos casi todos los viernes, después de la escuela. 
Veíamos allí a nuestras primas y comíamos con ellas.

Anita cocinaba una sopa que me gustaba mucho.


El aroma del jitomate de la sopa recién hecha inundaba la estancia y penetraba mis fosas nasales, mientras mis primas y nosotros aguardábamos sentados en el comedor.


Después de la comida, nos levantábamos de la mesa y nos íbamos a jugar a la sala o al patio.


Los adultos se quedaban en la plática de sobremesa, fumando. 

Hasta la sala llegaba el aroma del tabaco y los ecos de sus misteriosas conversaciones.

Al cabo de un rato, mi mamá nos llamaba y nos decía que nos despidiéramos de todos. 

Anita nos decía que cuidáramos a mi mamá, nos daba un beso en la mejilla y entonces nos marchábamos. 
Cuando llegábamos a la esquina de la calle, siempre nos deteníamos y volteábamos a su casa. Ella seguía en la puerta, diciéndonos "Adiós" con las manos. 

A Anita le gustaba mucho bailar. 

En la fiesta de graduación de la primaria, la vi varias veces en la pista de baile.
Ella llevaba un vestido rojo con puntos blancos que llamaba mucho la atención.
Sonreía mucho, y parecía que se la estaba pasando muy bien con mi abuelo. 

Cuando tenía más de un año en la Universidad, estalló la huelga en la UNAM. 
De vez en cuando, Anita iba a la casa a saludar. 
Estaba muy consternada por la situación de la UNAM y me preguntaba qué opinaba del movimiento estudiantil.
También quería saber si yo había ido a la Universidad en esos días. 

Ella sólo se enteraba del movimiento por lo que decían en la televisión y creía que aquello era prácticamente una zona de guerra y que la Universidad estaba tomada por vándalos.


Cuando le contaba lo que pensaba y lo que había visto, sólo negaba con la cabeza y me decía que tuviera cuidado y que no hiciera cosas buenas que parecieran malas. 


(Ésa era una de las frases que más me decía en esa época: 

"No hagas cosas buenas que parezcan malas.")

También tengo un recuerdo de ella del día de mi examen profesional de licenciatura.  


Mis papás habían invitado a muchas personas al examen -una de mis sobrinas adolescentes incluso se la pasó jugando con su gigantesco teléfono celular-, y yo estaba de pésimo humor. 


La situación no era para tanto, pero me hubiera gustado que fuera un evento más íntimo. 


Cuando terminó el examen y el protocolo del juramento universitario, mi mamá insistió en que yo personalmente invitara a los sinodales a comer a la casa. 

Me puse todavía de peor humor, pero Anita me tomó del brazo y me dijo que no me costaba nada invitarlos y que lo más seguro era que no aceptaran.


Caminamos en silencio, como aquélla vez que no fui al kínder y que ella me llevó a su casa porque mis papás estaban en el hospital con mi hermano. 

Tal y como ella lo había vaticinado, ningún sinodal aceptó la invitación. 


Antes de que regresáramos a donde estaba la familia, me regaló un reloj de cadena, como los que usaba mi abuelo, y me dijo que le daba mucho gusto que hubiera terminado la carrera. Me pasó una mano por las mejillas y sonrió. 


Estaba preparándome para acostarme a dormir, cuando mi hermano me llamó por teléfono para darme la noticia. 

Nunca hablamos por teléfono, así que imaginé que había ocurrido algo importante. 
Su voz sonaba tan entrecortada y triste que casi no le entendí.
Iban a dar las 10 de la noche, y lo primero en lo que pensé fue en cómo se sentiría mi mamá.

Fuimos a la casa de mi abuela y luego nos trasladamos al velatorio. 


Mi mamá estuvo tranquila y resignada toda la noche, toda la madrugada y toda la mañana del día siguiente, pero se puso muy mal al mediodía, cuando se llevaron el féretro.
Jamás la había visto tan desconsolada. 
Dijo que su mamá había sido su mejor amiga -su confidente-, y que no sabía cómo asimilaría que jamás volvería a verla. 

Mi mamá siempre estaba al pendiente de su mamá.
Si no la visitaba a diario, la llamaba por teléfono. 

Han transcurrido dos semanas desde entonces y todavía no sé cómo puedo consolar a mi mamá. Creo que todo lo que diga o haga, no podrá hacerla sentir mejor.