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martes, febrero 22, 2022

Nadie respeta el luto

Las últimas semanas han sido terriblemente estresantes. No he podido descansar ni disfrutar de este periodo intertrimestral. He estado –como toda la vida– en la cuerda floja: persiguiendo, cada 3 ó 4 años, contratos temporales... revisando cada semana compulsivamente gacetas de distintas universidades, en busca de concursos para gente con mi perfil... Generalmente debo concursar con biólogos, con químicos y con médicos, y, generalmente, los concursos para biólogos, para químicos y para médicos son exclusivamente para biólogos, para químicos y para médicos... Nunca me ha parecido justo, pero es lo que hay. 

Pero ahora estoy harto, llegando a mi límite. Siempre he trabajado en las cosas que me gustan y siempre he sacrificado bienes materiales y he estado de acuerdo con que sea así, pero no parece que la situación vaya a cambiar, sino, más bien, que se trata de un ciclo: que encuentro cierta estabilidad temporalmente y que después debo empezar de cero. 

Sé que para la mayoría de la gente lo único que importa es tener mucho dinero y estoy totalmente en desacuerdo (esa no debería ser la meta de nadie: todos deberíamos tener la oportunidad de explotar nuestro potencial y de vivir decentemente haciendo lo que nos guste hacer), pero, ocasionalmente, como hoy, simplemente no soporto la presión que ejercen los medios masivos de comunicación (en cualquiera de sus expresiones) para convencernos de que lo único que debe importarnos a todos es tener mucho dinero. 

El estrés de estas últimas semanas ha sido tan debilitante que me ha llevado a considerar que, si pierdo este concurso por un contrato temporal de tres meses para dar clases en la universidad, será una señal para abandonar mi carrera académica definitivamente. 

¿Qué utilidad tiene lo que hago? ¿A quién le importa el conocimiento, cuando puedes hacer cualquier cosa para generar dinero a corto plazo...? Al mundo no le importa entender cómo funciona el cerebro, sino lucrar con la idea de que puedes aprender cómo funciona el cerebro y dominar tus pasiones y volverte millonario de un día a otro. Al mundo le interesa venderte cursos en Domestika y engañarte y decirte que sólo necesitas prestar atención durante cinco minutos, y que no tienes que esforzarte realmente en aprender nada y que no tienes que invertir varias horas de estudio por tu cuenta. Al mundo no le importa que sepas cuáles son los circuitos cerebrales del apetito o del placer, ni cuál es la naturaleza química de los millones de moléculas que circulan en tu cerebro: le interesa venderte la idea de que, apenas apretando un botón conectado a un dispositivo que llevas en la cabeza, puedes quitarte el hambre o permanecer despierto todo el mes... o sentir placer realizando actividades aburridas... o simplemente oprimir otro botón y “encender” tu creatividad artística o, si así lo deseas, tu creatividad científica. Al mundo le interesa vender cualquier cosa que parezca asombrosa y fácil.

Estoy pensando en todas estas cosas que no me llevan a ningún sitio, mientras espero a que la Comisión Dictaminadora me dé acceso a la sala de Zoom. Apenas el viernes, después de haber cargado durante toda la semana mi solicitud y mis documentos en el sistema de las evaluaciones curriculares de la universidad, los miembros de la Comisión me citaron al mediodía de hoy y me pidieron conectarme a Zoom diez minutos antes del mediodía. El reloj en la computadora dice que ya son las 12: 20. 

La espera está volviéndome loco. Ya no estoy seguro de nada. No sé si el estrés me hizo una mala jugada, ya no sé si me equivoqué de fecha. Reviso rápidamente en mi correo-e y confirmo que hoy es mi Día D (como tantos otros Días D que he vivido). 

Para lidiar con la espera –el estrés está llegando a un nivel desquiciante–, trato de leer información que pueda ayudarme a tener más dominio del tema del cual le hablaré a la Comisión Dictaminadora, pero nada se me queda en la cabeza. Me dijeron que debo dar una miniclase de diez minutos sobre la neurobiología de las emociones y que debo estar preparado para otros diez minutos de preguntas de los integrantes de la Comisión. 

Adquirir más información en este momento es contraproducente. La sensación es familiar. Muchas veces he estado así: cayendo en la cuenta de que, conforme más sé sobre un tema, menos sé sobre ese tema.

Todos los escenarios posibles, relacionados con mi desempeño durante la entrevista, cruzan mi mente, llegan como escopetazos a mi cabeza y me dejan viendo fosfenos.

Al cabo de cinco minutos, la Comisión me da acceso a la sala de Zoom. 

Cuarenta minutos más tarde, la entrevista termina. Tengo la impresión de que no dije todo lo que quería decir. Tengo la impresión de que perdí el concurso. 

No quiero pensar en el futuro –¿cómo me ganaré la vida en el siguiente mes, para no tener que depender, como otras veces, exclusivamente de mis ahorros...?–, y me meto a revisar twitter en mi teléfono. No sé qué estoy buscando. Sólo quiero distraerme. Apenas entro a la aplicación, veo un tweet que me llama la atención sobre todos los demás: alguien, aparentemente muy cercano a Mark Lanegan, tuitea desde la cuenta de Mark Lanegan, que Mark Lanegan acaba de morir. 

La noticia me pone muy mal. Me parece que no está pasando, que se trata de un mal sueño dentro otro mal sueño. No quiero pensar ni siquiera en el presente. 

Bastan unos cuantos minutos desde que me entero de esta mala noticia y mi mente ya está divagando en aquellos días de interminables arcadas –provocados por el consumo de tantos antibióticos–, en los que The Winding Sheet me confortó; mi mente ya está divagando en aquellas tardes en las que estaba resignándome a vivir miserablemente porque ningún tratamiento médico había funcionado, cuando las canciones de Mark Lanegan de pronto aparecieron como la luz al final del túnel; mi mente está divagando en aquella noche de septiembre del 2018, cuando estaba a unos metros de Jeff Field, de Shelley Brian y de Mark Lanegan, escuchando “Wild flowers” y sintiéndome feliz y triste simultáneamente, como si toda la felicidad y toda la tristeza que había acumulado durante los dos años y medio previos que duró la enfermedad y la convalecencia de la cirugía hubieran estallado como una granada de gas pimienta/hilarante en El Plaza Condesa. 

En unos minutos, todo mundo ya habla en redes sociales sobre Mark Lanegan. La situación me enfurece. Estoy confundido. Estoy triste. Podría llorar o podría gritar o podría destrozar todo lo que tengo a mi alcance. Estoy tan molesto e indignado que se me olvida que acabo de concursar por un contrato de tres meses en la universidad y que concursamos 13 personas y que probablemente algunas de ellas también pertenezcan al SNI y que probablemente algunas de ellas también tengan muchos años de experiencia docente en universidades públicas y privadas y que seguramente también están tan estresadas y tan frustradas como yo. 

Durante más de cinco años he estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en mis blogs, invitando a mis conocidos y a mis familiares a que escuchen su música; diciéndoles que es un gran compositor, que su trayectoria es muy amplia, que es un artista sin el reconocimiento que merece. Ahora, varios de ellos, gracias a que algunos “todólogos” populares de redes sociales de pronto se han convertido en portavoces de la trayectoria artística de Mark Lanegan, comparten (o dicen compartir) mi dolor. 

Las personas –quizá esas que juzgan si a alguien le va bien en la vida, en función del número de autos y de hijos y de casas que tenga– siempre le dan más crédito a los desconocidos. 

Nadie respeta el luto. El mundo es tan horrible que incluso la muerte es negocio. Siempre es y siempre será así: hasta que la gente talentosa muere, la gente sin criterio “abre los ojos”. 

Una vez más, uno de los sujetos que me transmiten algo emocionalmente, se ha ido. Tal parece que estoy condenado a escuchar a artistas que mueren cuando se convierten en una parte esencial de mi vida. 

El futuro cercano es mucho más oscuro y mucho más terrible de lo que había imaginado: ya no está Mark Lanegan. Siento como si él hubiera decidido abandonarme precisamente en este momento, para abrirme los ojos. Si pierdo este concurso, tocaré fondo. Lo sé. 

sábado, mayo 02, 2020

Temporada de Huracanes | Fernanda Melchor (2017)

Hace más de dos años, encontré una nota sobre esta novela en algún portal de internet. Decía que la autora es una de las voces más importantes de la narrativa mexicana actual, y que Temporada de Huracanes –su segunda novela publicada*–, se convertiría en una de las novelas más aclamadas por la crítica especializada. 

En un lapso de tres o cuatro meses, leí varias reseñas que la nominaban a ser “la novela mexicana” de ese año, y que también pronosticaban que podría ganar varios premios nacionales e internacionales. (Mientras escribo estas líneas, ha ganado el premio Anna Seghers y es finalista del International Booker Prize.) 

Busqué el libro en las sucursales de Gandhi de Francisco I. Madero de El Centro Histórico de la Ciudad de México y de Town Square Metepec, pero estaba agotado y tuve que dejarlo en “mi lista de deseos” durante algunos meses.

Mientras tanto, compré Aquí no es Miami. Y me gustó. La narrativa y la atmósfera en la que suceden cada uno de los relatos, me dejaron muy impresionado, y lo leí de principio a fin en unos cuantos días. En ese libro, que aborda el nacimiento y el desarrollo del narcotráfico en Veracruz, a principios de la década de 1990, la habilidad de Fernanda Melchor para fusionar el periodismo y la literatura, en una especie de crónica, para contar historias que fluctúan entre el terror de la realidad y el terror de la ficción, es muy contundente. Es una escritora fabulosa y muy talentosa. 

También me agradaron otros tres detalles de Aquí no es Miami: que la autora no hubiera recurrido a lugares comunes –de esos ganchos al hígado que usan muchos escritores y que lucran burdamente con los sentimientos (y con la ingenuidad) del lector–, que no hubiera empleado trucos literarios para inflar la cantidad de páginas de sus relatos –de esos que te hacen ganar concursos de novela, con una obra que es similar, en cuanto a calidad y cantidad, a tu diario de la adolescencia– y que, aun en el contexto del narcotráfico, sus relatos tuvieran tanta diversidad literaria. 

Leer Aquí no es Miami aumentó las expectativas que ya tenía sobre Temporada de Huracanes


Durante la pandemia del Covid-19, algunas editoriales dieron acceso gratuito a los primeros capítulos de algunas novelas de sus catálogos, y así pude leer algunas páginas de esta novela en internet, antes de tener el libro físico en mis manos. Lo poco que pude leer, me desconcertó.  

No entendí si la novela se trataba de una historia de terror cuyos protagonistas eran un grupo de niños en un pueblo olvidado por el mundo, o si se trataba de una historia de los usos y costumbres de los habitantes de un pueblo ficticio que había sido invadido por el narcotráfico. 

A pesar del desconcierto que me causó la lectura de algunos capítulos de Temporada de Huracanes, tras casi dos años de espera (antes de la contingencia sanitaria de la pandemia del Covid-19, también transcurrieron una huelga en la universidad, un par de trimestres con varias horas de clase frente a grupo, unas largas vacaciones, una Navidad, un Año Nuevo y una Semana Santa), finalmente encontré un ejemplar de la novela en la sucursal de Gandhi de Town Square Metepec, y lo compré, pero, por una razón u otra –¿muchas clases en línea, mucho trabajo burocrático, algunos viajes a Querétaro y a la Ciudad de México...?–, no tuve tiempo para leerla, inmediatamente. 


Cuando, pude comenzar mi lectura, las primeras páginas me “atraparon” a tal punto que la leí en una semana. (Precisamente, mientras escribo estas líneas, acabé de leerla.)

Temporada de Huracanes, de acuerdo con algún conocido de la autora, originalmente se llamaría Domingo Siete (supuestamente, el editor le sugirió a la autora modificar el título) y tiene 222 páginas, y ya forma parte de las novelas “más intensas” que he leído. (Tal vez será una de mis lecturas más recurrentes, cuando me decepcionen las cosas que escribo –algo que, para bien o para mal, es muy frecuente– y cuando reflexione sobre lo lejos que me encuentro de ingresar a un círculo literario –a la mafia literaria mexicana, que usa trucos publicitarios burdos que conmueven a los lectores, ávidos de cultura pero poco críticos–, o de obtener retroalimentación sobre lo que escribo.)

Además de la velocidad y la fluidez de la narrativa –el lenguaje está tan bien trabajado, que cada vez que comenzaba un capítulo, no podía dejar de leerlo hasta que llegaba al final–, me impresionó la manera, magistral, sutil y apenas perceptible, en la que Fernanda Melchor introdujo en la trama a cada uno de los personajes y cómo los fue relacionando entre ellos y confiriéndoles protagonismo. (A diferencia de otras novelas que he leído, y que escribieron “las vacas sagradas” de la literatura mexicana, no encontré un solo detalle que estuviera de más, en cada uno de “los mundos literarios” de los protagonistas.) 

Hay tantos elementos destacables en Temporada de Huracanes que lo mejor es invitar a la gente a leerla, a que averigüe por ella misma de qué se trata y por qué ha generado tantas reacciones positivas entre los expertos. (¡Incluso en Wikipedia hay un sitio dedicado a esta novela!)

*    *    *    *

*Supuestamente, antes de su primera novela publicada en una editorial trasnacional, Fernanda Melchor publicó otra novela en una editorial underground, y no le gusta hablar mucho de ella, porque la avergüenza. 

Aquí hay una nota sobre los premios que ha ganado: Global UNAM

lunes, enero 06, 2020

Los Desesperados de Joselo Rangel


Después de un libro de cuentos –One Hit Wonder (2015)–, Los Desesperados (2018) es la primera novela de Joselo Rangel.

En esta novela, Joselo desarrolla una historia de rock, de amor y de extraterrestres, basándose en las vicisitudes que enfrentan dos bandas mexicanas de rock independiente –Los Desesperados y Los Chicle Bomba– mientras pasan de tocar para un puñado de fieles admiradores a firmar un contrato con una disquera internacional, a grabar un disco en un sofisticado estudio de grabación, a abrir un concierto a The Libertines, a dar giras por todo el mundo, a experimentar los excesos del rock n' roll –el consumo de una droga ficticia lleva a uno de los músicos a interactuar con su álter ego, encarnado en El Principito del rock latino– y a tocar en festivales importantes. 

La historia está narrada de un modo fluido y ameno –no es indispensable leer una y otra vez la misma página para captar el mensaje– y aborda temas en los que Joselo –¿alguien se atrevería a cuestionar que es una voz autorizada para hablar del rock mexicano y de la música contemporánea?– es experto


Todos los personajes, directa o indirectamente, viven en el mundo de la música y tienen elementos que los hacen interesantes por sí mismos, pero Joselo los dota de una fuerza vital* que les permitiría continuar por su propia cuenta en otros relatos.

¿Es probable que estos personajes hayan adoptado características de otros músicos de la vida real con los que Joselo ha compartido giras... o fiestas?, ¿es probable que algunos eventos de Los Desesperados se hayan llevado a cabo en la vida real, más o menos de la misma forma en la que están narrados en la novela...?

Supongo que sí. 

Si no lo es, prefiero pensar que así fue y que Joselo se basó, principalmente, en sus propias experiencias con otros músicos –vividas a lo largo de más de treinta años de trayectoria–, para contarnos esta historia. 

(Considero una pérdida de tiempo leer textos sobre temas que el escritor no conoce realmente y considero un fastidio cuando un autor –omitiendo su falta de imaginación para crear a partir de lo que tiene a su alcance– anuncia que viajará a algún sitio exótico –¿Las Vegas, Jaipur, Ruanda...?— para “inspirarse” a escribir “una gran novela”. Uno debería escribir por necesidad, sobre las experiencias que le ocurren; no debería buscar a priori experiencias “extrañas” y escribir sobre ellas para cumplir con cierto número de novelas publicadas al año.)


La novela tiene algunos pasajes en los que Joselo “acomoda las cosas” para profundizar en anécdotas relacionadas con el mundo del rock n' roll –tal vez las conoce de primera mano–, tales como: cuáles son los detalles que hacen especial a la White Falcon de Neil Young, por qué es tan singular una Chet Atkins, por qué no son tan populares los bajos Music Man, cuáles son los pedales de guitarra que usa Johnny Greenwood... cuál es el verdadero talento de un secre de batería en comparación con un huesero... cuál es la verdadera motivación de un frontman de una banda de rock supuestamente subversiva... cómo llega un periodista de rock –tirando mala onda y aprovechando sus influencias– a convertirse en el periodista de rock nacional...

Aunque la novela tiene algunos tintes trágicos –por ejemplo, la muerte de una estrella pop “más rockera que los rockeros”–, en general, es divertida y cómica. 

La recomiendo ampliamente, incluso a quienes no les gusta Café Tacuba.
(También cabe la posibilidad de que un fan from hell** de Café Tacuba, se sienta indignado al terminar de leer Los Desesperados.)



P. D. Yo también creo que al rock mexicano, le hace falta un muertito.

___________

*No sé me ocurre otro término. 
**Debes leer Los Desesperados para entender el chiste.

martes, diciembre 24, 2019

24 de Diciembre


Mientras espero a que el agua hierva para verterla en una de mis tazas preferidas –la de los Melvins que tiene impreso un cuervo– y luego depositar en ella la bolsita de té –hibiscus y ruibarbo– y dejarla reposar allí alrededor de cinco minutos, tomo un cuchillo del escurridor de los trastes y a continuación me lo llevo a la mesa como si fuera un arma letal y lo meto con cuidado en el frasco de mermelada de frambuesa y después lo saco cautelosamente para no derramar la mermelada y luego lo paso por encima del hot cake casi al mismo tiempo que mi estómago gruñe.

Casi es el mediodía, pero estoy despierto desde las cuatro de la mañana. Normalmente me despierto a esa hora porque el hambre es insoportable –desde que me realizaron una cirugía, todas mis vísceras chirrían y siento un vacío doloroso en los intestinos cuando han transcurrido varias horas de ayuno–, pero en esta ocasión, además del hambre, me desperté porque tenía una pesadilla.

En la pesadilla, era de noche y estaba solo en un bosque, alrededor de una fogata. Una niña caminaba en círculos entre los árboles, arrastrando una muñeca y acercándose cada vez más a mí. Cuando la niña estaba a unos metros de mí, la muñeca que arrastraba se convertía en Eso y entonces ambos hablaban al mismo tiempo con una voz burlona y sepulcral y me miraban a los ojos y me decían "Tú eres tu peor temor", como si se tratara de una sentencia a muerte. 

No debería leer tanto a Stephen King. Tal vez he leído más de sesenta libros suyos. Aún me hace reír cuando alguien quiere señalarme que tal o cual película está basada en una novela o relato de él, asumiendo que lo más probable es que no lo sé. 

En cuanto desperté de la pesadilla, medio atolondrado y asustado todavía, me puse a escribir sobre ella en una libreta. Me gusta analizar por qué sueño lo que sueño. Generalmente encuentro una explicación. Estoy convencido de que no existe mejor intérprete de sueños que uno mismo. Sólo uno es capaz de entender por qué sueña lo que sueña. Sólo uno sabe cuáles son sus peores frustraciones, sus peores perversiones y sus peores debilidades. 

En esta ocasión, creo que la pesadilla se debió a que yo mismo evito convertirme en quien podría llegar a ser, por temor a renunciar a la comodidad de escribir tonterías que nadie lee. 

Luego de escribir, quise a volver a dormirme, pero fue imposible. 

Terminé poniéndome los audífonos y escuchando la Sonata No. 14 de Beethoven.

Hace unas semanas, mi esposa y yo fuimos a ver un documental de Anton Corbijn sobre Depeche Mode y luego me puse a escuchar algunos de sus álbumes y en la versión digital de uno de ellos descubrí una versión de esta canción. Desde entonces, estoy convencido de que debo conocer a Martin L. Gore en persona. Me encantaría decirle que admiro su talento para transmitirle su melancolía y su euforia a millones de desconocidos a través de la música. 
Luego, me gustaría hablar con él y descubrir cuál es el precio que debe pagar por ese talento. Imagino que es un alma torturada. 

Mientras estoy a punto de darle una mordida al hot cake, el aroma que despide me hace pensar en la casa de mis papás. Algunos fines de semana, mi mamá solía preparar hot cakes para el desayuno. El aroma era tan intenso que llegaba a mi habitación y me hacía levantarme con un apetito voraz. 

Eran otros tiempos: jamás sentía este terrible vacío que me despierta a las cuatro de la mañana. 

Luego reparo en que es 24 de diciembre y trato de no pensar en que definitivamente la mejor cena navideña para mí sería una en la que pudiera quedarme solo en la casa y en la que no me viera comprometido a fingir que, de algún modo retorcido, a pesar de que no profeso abiertamente ninguna creencia, en el fondo espero la inmortalidad y sí creo en Jesús y que, además, celebro su nacimiento... y que incluso me la paso contando en secreto los días que faltan para que llegue la Navidad.

Respeto las creencias de todos –aunque, generalmente, los más creyentes son los más necios, los más pecadores y los más intolerantes–, pero no soporto que, ni por un segundo, se me confunda con alguien que puede vivir creyendo ciegamente que todo lo que vemos –e incluso lo que no vemos– y que todo lo que existe –e incluso todo lo que está por existir– y que todo lo que somos –sin importar la voluntad y los sacrificios que uno haya realizado para conseguirlo– fue creado y determinado previamente por un ser del que todo mundo habla pero que realmente nunca nadie ha visto... a menos que se trate de una alucinación promovida por la fe, por la esquizofrenia o por la estimulación de los lóbulos temporales con el casco de Dios

Mi Navidad ideal sería quedarme en la casa y descansar de todas las cosas que normalmente no puedo evitar el resto del año. Conversar con la gente y pretender que me interesa convencerla de algo en lo que soy experto, o darle una cátedra de los temas que me apasionan, no son mi mayor ambición. Tampoco soy muy bueno para interesarme en cualquier tema, o para fingir que cualquier tema me interesa. Frecuentemente me agota prestarle atención a la gente, y no se debe necesariamente a que me aburra lo que dicen sino a que me cuesta trabajo prestarle atención a una sola cosa por mucho tiempo. 

Por desgracia, estas incapacidades pueden terminar por convencer a la gente de que soy un individuo al que todo le da lo mismo y que está en paz con todo mundo. Éste es uno de los peores conflictos con los que vivo a diario. Una cosa es que no quiera crear controversia y otra cosa es que todo me dé lo mismo y que esté a gusto con todo lo que me pasa. Una cosa es que me guste mi trabajo y otra cosa es que esté de acuerdo en realizar todas las cosas que mi trabajo demanda. Una cosa es que no me queje de lo que hago y otra cosa es que no me moleste nada. 

La cena navideña representa más complicaciones que cualquier otra cosa para mí. 

Normalmente, me resulta imposible convivir y tomar la palabra en cualquier reunión y termino sentado en la mesa como un maniquí que intenta sonreír y mantenerse despierto. 

Trato de recordar alguna cena navideña y me sorprende no tener recuerdos exactos de ninguna. Recuerdo algunas cosas, pero no estoy tan seguro de que hayan ocurrido como las recuerdo y de que hayan ocurrido en los años que creo que ocurrieron. Mañana escribiré sobre este tema. Ya casi es hora de disfrazarme de persona. 

Lo que sí recuerdo es que en mi vida adulta, jamás he podido vivir una Navidad a mi manera. 

No soy adepto de desvelarme viendo cualquier cosa en la televisión. Tampoco me gusta transcurrir mientras la familia se reúne y da la hora de la cena, como si estuviera tan aburrido que ya no sé qué más hacer para sepultar el aburrimiento que me carcome y olvidar que existo. 

Tampoco soy admirador de las comidas exóticas, elegantes y excesivamente condimentadas que caracterizan a los platillos que se sirven frecuentemente en la cena navideña. Soy un hombre de paladar simple que apenas puede comer dos o tres cosas desde hace casi cinco años – y que puede padecer un dolor estomacal más de una semana, si se atreve a comer alguna cosa que a la mayoría de la gente le resulta (escabrosamente) "sabrosa"–, y preferiría cenar las mismas cosas simples que ceno cualquier otro día del año.

No es tan fácil quedar exento de la cena navideña.

Lo único que sí he pensado en los últimos días es en que sólo falta una semana para que la década de los noventa quede, oficialmente, treinta años atrás. 

No me gusta pensar que así como yo veía a los adultos de la década de los sesenta cuando era un adolescente, así deben de verme los adolescentes de hoy. 

Me cuesta aceptar que ahora yo soy como esos adultos que consideraba viejos y decadentes, cuando yo era adolescente.  

Por fortuna, la tetera suena. 
El agua está hirviendo: es hora del té. 

sábado, diciembre 14, 2019

Seis formas de morir en Texas | Marina Perezagua (2019)


Cuando leí la sinopsis de este libro –publicado en México, en septiembre del 2019–, hace más o menos dos meses en la sucursal de Gandhi de Francisco I Madero, me interesó tanto en la novela –incluso Salman Rushdie, recomendaba a la autora– que terminé comprándolo.

Después de leerlo, debo decir que no cumplió con mis expectativas y que la sinopsis resultó mejor que la trama. 

La historia se desarrolla alrededor de tres vidas ligadas a un corazón que fue traficado en el mercado negro de órganos de China –la autora cita alrededor de 30 artículos relacionados con la persecución de personas y con el tráfico de órganos en el comunismo chino, con los trámites legales que deben cumplirse para que se lleve a cabo el trasplante de un órgano en países de primer mundo como Canadá, con la farmacodinamia de las sustancias que se emplean en las inyecciones letales, con los protocolos que deben seguirse en las prisiones cuando alguien ha sido condenado a muerte y con la vida en prisión de un condenado a muerte–, pero no me gustó la forma en la que la narró. 

Me atrevo a decir que el 90% del libro –277 páginas, divididas en 5 partes, exceptuando la bibliografía– son cartas. No tengo nada en contra de que los autores usen cartas o extractos del diario de algún personaje de sus novelas para contar una historia y aumentar la cantidad de páginas de su obra y así dar la impresión de que escriben cientos de palabras*, pero en el caso de Seis formas de morir en Texas fue un recurso que me pareció redundante... y, a ratos, aburrido. 

Tantas cartas –escritas por un personaje cuya única preparación académica la recibió a través de los libros a los que tuvo acceso en prisión– me aturdieron.

También me parecieron una trampa y me hicieron dudar de la seguridad de la autora en su propia obra para explotar los argumentos de la trama y para contar su historia. 

En ellas hay metáforas, analogías y reflexiones que difícilmente podrían ocurrírsele –según yo– a una persona cuyo único contacto con el conocimiento son los libros que pudo leer en prisión. (¿Es creíble que una persona que perdió la vista desde los seis años y que nunca ha acudido a la escuela -de hecho, aprendió a escribir y a leer en prisión–, emplee, por ejemplo, una analogía sobre la ecolocalización de los delfines para explicar que los ciegos no tropiezan todo el tiempo con lo que está a su paso?) 

Ni siquiera el lenguaje de las cartas me pareció consistente: o era muy académico y formal, o muy cursi y pueril. 

La novela tiene varios elementos que pudieron haberla convertido en una de las mejores novelas del año: la espiritualidad y la codicia que conviven en un país oriental cuya cultura difícilmente guarda relación con nosotros, la relación amor-odio entre una adolescente adoptada con problemas de drogodependencia y su padre biológico, las cifras estratosféricas en el mercado negro del tráfico de órganos, los conflictos de un individuo que profesa una religión que sobrepone la verdad, la benevolencia y la tolerancia a toda necesidad humana, los detalles clínicos de la extracción y del trasplante de un órgano, la apreciación de la vida en una prisión, un atroz asesinato... pero estos elementos fueron relegados a una serie de cartas entre tres personas. 

Estas tres personas –Robyn, el padre de Robyn y Xinzàng– se encuentran cuando una de ellas va a dar a la prisión por un asesinato y es condenada a muerte.

Las vidas de los protagonistas se relacionan con el corazón de un individuo al que le fue extraído ilegalmente el órgano en una prisión y con la obsesión de su nieto por recuperarlo y por devolverle el shen a su abuelo para que éste pueda descansar en paz. 

Más allá de la enorme cantidad de cartas que constituyen la novela, el final –exceptuando uno o dos capítulos previos en los que el narrador lo justifica– es lo mejor (y no porque sea el final de la novela, sino porque es realmente la mejor parte escrita de toda la trama.) 

______________

*Es un recurso tan común en la literatura que me lleva a pensar que tal vez el autor de una novela que recientemente ganó un concurso (y que emplea este recurso en esa novela), aún no había terminado de escribir la obra ganadora cuando le dijeron que sería el ganador de ese concurso. 

miércoles, agosto 07, 2019

Aquí no es Miami | Fernanda Melchor (2013)


Fernanda Melchor nació en Veracruz (1982) y es periodista (Universidad Veracruzana) y Maestra en Estética y Arte (Benemérita Universidad de Puebla).

También es autora de las novelas Falsa Liebre (2013) y Temporada de Huracanes (2016).

Para escribir Aquí no es Miami (2018), realizó un trabajo periodístico y entrevistó a gente involucrada en los hechos que dan lugar a las narraciones del libro.

El libro está dividido en tres secciones –Luces, Fuego y Sombras– y la autora utilizó una narrativa que fluctúa entre el relato y la crónica para contar doce historias que reflejan el impacto de la delincuencia organizada en el Estado de Veracruz.


Los relatos van, casi cronológicamente, de los inicios del narcotráfico, a principios de la década de los noventa, cuando los habitantes de Playa del Muerto –un municipio situado en la cabecera de Boca del Río–, sugestionados por "la fiebre de los ovnis", desatada por un maratónico programa de televisión de Nino Canún en el que apareció por primera vez Jaime Maussán, confunden las avionetas Cessna de origen colombiano que cruzan el cielo –y que transportan droga– con naves extraterrestres, hasta los años en los que, paulatinamente, el narcomenudeo de cocaína –destinado exclusivamente al consumo de las altas esferas de Veracruz sustituye al tráfico de mercancía robada de embarcaciones provenientes de Sudamérica. 

Estos relatos también abordan el cambio radical que sufrieron los habitantes de Veracruz debido a La Guerra Contra el Narcotráfico: un obrero ejemplar que se quedó sin empleo y que debió meterse al narco para sostener a su esposa y a su hija porque no tenía otra opción, una reina del carnaval que cometió un crimen atroz y que terminó en la cárcel y que supuestamente se volvió loca, una familia que vive en un buen vecindario al que llega el fuego cruzado entre cárteles enemigos, unos hermanos que son tentados para trabajar como abogados de un narco, un pueblo remoto en donde los habitantes hacen justicia por su propia mano hasta que llega el narco, una fastuosa construcción abandonada que sería un restaurante de lujo pagado con dinero del narco y que terminó por convertirse en "un lugar maldito"...

Tienes que leer este libro. 

jueves, diciembre 08, 2016

Lee Ranaldo me firmó un disco



En reparación

Hace seis meses –para ser exactos, el cuatro de mayo– estaba saliendo del quirófano. Me suturaron una porción del esófago con una porción del estómago, para formar una válvula que impidiera que los jugos gástricos ascendieran al esófago. La cirugía no sólo me para prevenir la formación de un tumor cancerígeno que pudiera ocasionar la constante erosión del esófago por los jugos gástricos.  ha adaptado totalmente al procedimiento quirúrgico y la recuperación ha sido más lenta y más fastidiosa de lo que esperaba, pero poco a poco me voy sintiendo otra vez como una persona normal. 

Antes de que me operaran, me realizaron varias endoscopías y estuve casi dos años bajo tratamiento médico. Además de que ya estaba harto de comer siempre lo mismo –dos o tres alimentos sin irritantes ni grasas, meticulosamente preparados por mi esposa– y de beber exclusivamente agua simple para evitar que los jugos gástricos ascendieran al esófago y que lo erosionaran constantemente hasta tal punto que pudieran provocarme un tumor –por no mencionar que si no tomaba estas precauciones, los alimentos apetitosos y las bebidas dulces o ácidas me mantenían carraspeando y secretando excesivas cantidades de saliva que me provocaban una sensación de asfixia que terminaba en un episodio de ansiedad, mi salud no mejoraba. 

Todo ese tiempo tuve que consumir muchos medicamentos y antibióticos que dañaron mi estómago y mi flora intestinal –ni siquiera podía comer yogurt o tomar jugo de naranja– y que me provocaron unas terribles náuseas que experimentaba a lo largo del día –tenía que llevar una bolsa de emergencia a todas partes y evitar los olores fuertes– y mononeuropatías –unos horribles temblores incontrolables en las extremidades, mezclados con unos horribles espasmos– El reflujo gastroesofágico me tuvo casi dos años bajo tratamiento médico, me realizaron varias endoscopías y seguí al pie de la letra varios tratamientos médicos, pero ninguno funcionó. 

El exceso de medicamentos dañó mi flora intestinal y también me provocó mononeuropatías. 


Las náuseas y el hormigueo en manos y piernas podían ser tan intensos que no podía concentrarme ni para leer ni para escribir.

Además de todas estas molestias, comencé a tener esofagitis.

Tenía que tomar sucralfato diariamente, varias veces al día, para mitigarla. 

Los gastronterólogos me dijeron que las quemaduras que sufriera el esófago podrían provocar problemas más graves, como un tumor cancerígeno, y decidí optar por el procedimiento quirúrgico.

Estuve con molestias durante casi dos años.   

La recuperación de la cirugía ha sido lenta y fastidiosa. 

No puedo estar en ayuno mucho tiempo, sin sentir unos horribles deseos de vomitar. 
Debo evitar casi todo tipo de alimentos. 
Prácticamente sólo puedo beber agua simple. 



Por la noche, fuimos al Auditorio Blackberry a ver unos cortometrajes de Georges Méliès.

Nunca había visto El Viaje A La Luna ni conocía el trabajo de Méliès, pero el evento me interesó porque los cortometrajes serían musicalizados por una banda en vivo.

La banda estaría integrada por John MedeskiKenny GrohowskyMike Rivard y por Lee Ranaldo


Mi única experiencia con un evento de este tipo había sido cuando Antonio Sánchez tocó en El Teatro Metropólitan durante la proyección de Birdman en el aniversario de una revista de música y no me había gustado mucho, pero
 Lee Ranaldo es uno de los guitarristas que más admiro y no quise perderme la oportunidad de escucharlo.


No sabía qué esperar del evento.

¿Se parecería al aniversario de WARP? 

¿Pasaría a segundo término la música? 

La primera vez que vino Sonic Youth a la Ciudad de México, Lee Ranaldo y Thurston Moore terminaron el concierto con improvisaciones y feedback, y me imaginaba que la música para los cortometrajes sería semejante.

El resto de los músicos de la banda eran altamente reconocidos: Medeski, tecladista; Grohowski, baterista; y Rivard, bajista. Todos tocaban, o habían tocado,  jazz

Tenía la impresión de que la mayoría de los asistentes al evento serían aficionados al cine de culto y que le prestarían más atención a los cortometrajes que a la banda -probablemente muchos de ellos ni siquiera habían escuchado a Sonic Youth o a Morphine-, o que, en todo caso, sólo apreciarían la música como un complemento de los cortometrajes, así que compré boletos de pista, convencido de que sería más fácil (que en los conciertos, por ejemplo) estar cerca del escenario y de la banda.

Llegamos al Auditorio Blackberry casi una hora antes del evento, y hasta ese momento recordé que hacía seis meses que había pasado por el quirófano. 

Hacía un poco de frío y yo tenía arcadas y me sentía un poco mal. 


Afuera del auditorio, en la calle de Tlaxcala, había alrededor de 50 ó 70 personas formadas en tres filas. 

La mayoría de ellas vestía formalmente -como el público que va al teatro- y me dio la impresión de que no eran el tipo de gente dispuesta a permanecer de pie o frente al escenario, por mucho tiempo. 

Unos 20 minutos más tarde, las puertas del foro fueron abiertas y la gente comenzó a avanzar en las filas. 

En el mezzanine había un bar en el que vendían snacks y bebidas alcohólicas -cerveza de barril, cerveza artesanal, mezcal, whisky, ron- y no alcohólicas. 

Se me antojó una cerveza, pero sólo compré una botella de agua y después nos formamos en una de las puertas de acceso a la pista. 

Hasta el fondo del mezzanine había una mesa con mercancía del evento. 

Me acerqué a la mesa y Eli se quedó formada en la fila, junto a la puerta de acceso. 



En la mesa había algunos discos de Lee Ranaldo, algunos ejemplares de un pequeño libro escrito por él -creo que se llamaba Road Movies- y algunos pósters del evento. 

Un tipo de bigote me dijo que Lee había llevado pocos discos, que era súper buena onda y que saldría a firmar algunos de sus discos después del evento, por si me interesaba comprar alguno. 

Volví a la fila a contarle a Eli lo de los discos y ella se me quedó mirando y me dijo que parecía que me daba lo mismo tener un disco de Lee Ranaldo autografiado, o no tenerlo

Mientras hablábamos, la gente comenzaba a acercarse a la mesa.

No demoré más de cinco minutos en volver, pero casi todos los álbumes de Lee Ranaldo ya se habían vendido. 

Apenas alcancé a comprar un ejemplar de Acoustic Dust y uno del álbum doble The Rising Tide


El tipo de bigote me dijo que esos álbumes normalmente sólo se vendían en los sitios donde tocaba Lee Ranaldo en vivo y me explicó que Acoustic Dust era un álbum con versiones acústicas de algunos covers de Neil Young y de algunas canciones poco conocidas de la carrera solista de Lee, mientras que The Rising Tide incluía un disco con versiones acústicas y otro disco con las versiones eléctricas de las canciones del disco acústico. 

Creo que antes también había visto un álbum de Text of Light -un proyecto de Lee en el que improvisaba música en vivo para los filmes de Stan Brakhage, una de las figuras estadunidenses del cine experimental del siglo XX-pero ya se habían acabado en ese momento.

Casi en cuanto volví a la fila, fueron abiertas las puertas de acceso a la pista.

Eli y yo fuimos de los primeros en entrar a la pista -apenas detrás de otras cinco personas-, y nos pusimos justo frente al escenario, del lado izquierdo, a unos metros de donde había un atril con una Jazzmaster de color azul y que parecía una de las guitarras favoritas de Lee Ranaldo


Tal y como lo había pensado desde que había comprado los boletos y antes de entrar al Auditorio Blackberry, a la mayoría de los asistentes no le interesaba tanto la banda, como los cortometrajes.

Durante todo el evento tuvimos de frente a Lee Ranaldo, sin que nadie nos estorbara.

Yo creía que la música sería principalmente improvisación y feedback, pero parecía que la banda había ensayado y que había compuesto las canciones para cada uno de los cortometrajes y que sólo había dejado abierta la improvisación para Lee Ranaldo en ciertas partes de cada cortometraje. 

Le presté más atención a la música que a los cortometrajes, pero los cortometrajes que más me gustaron fueron Alucinaciones Farmacológicas y Fausto En Los Infiernos

Los efectos visuales de los cortometrajes eran muy básicos, pero también muy ingeniosos. 



A la salida del evento, empecé a ponerme nervioso.

Después de ver todo lo que le había visto hacer con la guitarra y con los pedales de efectos, me puse a pensar en todos los músicos a los que ha influenciado Lee Ranaldo y con todos los personajes -vivos o muertos- con los que ha convivido, y, para ese momento, definitivamente ya estaba obsesionado con la idea de tener un autógrafo suyo. 

En el mezannine había un caos de personas que salían del foro, sin idea de quién era Lee Ranaldo, y de personas que parecían saber que Lee Ranaldo saldría a firmar autógrafos y que ni siquiera habían comprado un póster. 

Nos formamos rápidamente en una fila detrás de una pareja, frente a la mesa donde habíamos comprado los discos, y esperamos.

De repente salió Lee Ranaldo al mezannine y aparecieron personas por todas partes y se metieron a la fila sin respetar a los que estábamos formados. 

La pareja delante de nosotros y nosotros fuimos a dar a varios metros de distancia de la mesa.



Tuvimos que hacer lo mismo que nos habían hecho los irrespetuosos y los sacamos de la fila a empujones. 

Algunos tuvieron la osadía de quejarse, pero el tipo de bigote les preguntó si tenían mercancía oficial para que se las firmara Lee y entonces ellos dijeron que no tenían y tuvieron esperar a que nosotros pasáramos. 

Todo mundo quería al menos tomarse una fotografía con Lee. 

Por un momento, creí que no obtendría su firma, porque todo era caótico. 
Otras personas interceptaban a Lee en el camino hacia la mesa y no permitían que llegara.

También había otro grupo de personas del otro lado de la mesa, frente a nosotros, y ellas lo interceptaron cuando finalmente llegó.

El tipo de bigotes y otros miembros del staff pusieron orden.

Lee Ranaldo comenzó a firmar la mercancía y alcancé a escuchar que él le preguntaba su nombre a una chica que estaba delante de mí en la fila.

Me temblaban las manos y mi corazón latía deprisa. 
No podía creer que estaría con Lee Ranaldo, el guitarrista, vocalista y co-fundador de Sonic Youth. Cuántas veces los mejores festivales del mundo y cuántas veces estuvo en backstage con otros músicos que admiro.  

Obviamente no pude evitar darle crédito a la leyenda de algunos bloggers que decían que le había prestado una Jazzmaster suya a Kurt Cobain en un concierto en el que tocaron Mudhoney y Sonic Youth en California. 

Tampoco pude dejar de pensar que él compartió una gira con Nirvana en Europa, poco después de que saliera a la venta Nevermind.  


Cuando llegó mi turno, le di Acoustic Dust y le dije mi nombre.

Le dije que se escribía igual que el de Proust, para evitar confusiones. 

Lee Ranaldo se rió -tal vez sonó algo pretencioso de mi parte- y me dijo: 


"Just like Duchamp, too".

Eli nos tomó la fotografía. 

Yo estaba realmente nervioso. 

Creo que no estuve tan nervioso ni cuando Eric Kandel apareció de la nada en el mezannine del McCormick Place y me preguntó algo irrelevante, ni cuando me metieron al quirófano hace seis meses, mientras surtía efecto la anestesia y el anestesiólogo trataba de platicarme cualquier cosa para distraerme y yo sólo pensaba que tal vez ya no volvería a despertar.