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sábado, julio 19, 2025

The waiting drove me mad


Durante casi 20 meses consecutivos había estado corriendo “los experimentos”, todos los días, exceptuando uno que otro domingo, a las 8 AM. Nada ni nadie habían interrumpido esa rutina (“el amor por la investigación” y mi ingenuidad me cegaron y me hicieron creer que trabajar hasta en días feriados y en vacaciones, sin cobrar un centavo, eran la mejor forma en la que podía invertir mi tiempo y que me darían, tarde o temprano, la oportunidad de tener una plaza de académico de tiempo completo), pero, en fin, esa mañana rompí mi rutina. Las palomas, las cajas operantes de Skinner, Francis Mechner et al. y el laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tuvieron que esperar. Pearl Jam había anunciado 2 fechas por primera vez en México, vendrían de gira con Riot Act –su séptimo álbum de estudio, lanzado apenas en el 2002, un álbum influenciado por el clima político y social que siguió a los atentados de Las Torres Gemelas y a la administración del “Texas leader”–, y esa mañana salían a la venta los boletos. 

Algunas estaciones del metro estaban en reparación. Después de esperar el RTP que me llevó hasta Velódromo, crucé a pie el puente de Río Frío y luego la ESEF y ese largo pasaje en el que confluyen unas canchas de futbol rápido y la calle en la que suelen ponerse los vendedores de mercancía pirata en los días de concierto. Apenas iban a dar las 7 de la mañana cuando llegué al Palacio de Los Deportes, pero ya había cientos de personas formadas en las taquillas. Parecía que había un casting para salir como extra en Singles, esa comedia romántica de 1992 donde Janet Livermore y Cliff Poncier fueron un pretexto para que Cameron Crowe mostrara la inminente explosión del grunge en Seattle, con cameos de Alice In Chains y de Chris Cornell y con Jeff Ament y Eddie Vedder en papeles secundarios. 

Traía mis walkman para matar el tiempo, así que me acomodé los audífonos, probablemente escuchaba Vs –uno de mis álbumes menos favoritos de PJ–, o la radio. Tomé mi lugar a varios kilómetros de distancia de las taquillas, entre toda esa gente melenuda con Levi’s, Martens y camisas de franela, y esperé. PJ nunca había sido mi banda favorita, mi devoción por Kurt Cobain me impedía apreciar su música, más bien creía que Vedder era un oportunista –lo delataba su desastroso pasado con Bad Radio, cuando era un desesperado imitador de Anthony Kiedis– y también creía que todo ese lío legal que PJ había armado en contra de Ticketmaster en la gira de Vitalogy sólo era mercadotecnia. Sin embargo, la chica con la que salía entonces era súper fan de la banda y me había convencido de que no podíamos perdernos ese concierto, así que allí estaba, en una especie de soledad compartida, con toda esa gente. 

Alrededor de las 9 AM, un tipo esparció el rumor de que se habían agotado los boletos para los dos conciertos. Casi de inmediato, otro tipo esparció buenas noticias: Vedder y compañía acababan de abrir una tercera fecha. Sintonicé la radio en mi walkman (o eso creo) y Rulo, “el profeta de la radio pública para dummies”, lo confirmó. Así que sólo tenía que seguir esperando. La fila avanzaba lentamente, mientras escuchaba una y otra vez Vs, mientras me preguntaba una y otra vez cómo habría sido mi vida si hubiera estado consciente de la escena musical de Seattle en septiembre y en octubre de 1993, cuando salieron a la venta In Utero y Vs, cuando In Utero vendió alrededor de 200, 000 copias en su primera semana de lanzamiento, cuando Vs vendió más de 900, 000 copias en los primeros cinco días de su lanzamiento, cuando yo sólo era un mocoso de secundaria y convivía con otros mocosos que sólo tomaban Tecates a escondidas y que no sabían ni quiénes eran los Caifanes..., ¿habría seguido el camino de la academia, o me habría convertido en un imitador de Cliff Poncier...?

Tal vez dieron las 11 AM, cuando compré tres boletos: uno para la chica que me había convencido de ir a ese concierto, uno para Diego –mi hermano, el menor, que estaba terminando la secundaria– y uno para mí. Tal vez no me quité los audífonos y continué escuchando Vs, tal vez caminé de vuelta hasta Velódromo y transbordé en Centro Médico, tal vez caminé desde Copilco hasta la Facultad de Psicología y fui al laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tal vez me encargué de correr las últimas sesiones experimentales, no lo sé. Lo que sí sé es que estuve en el concierto de PJ del 19 de julio del 2003 en El Palacio de Los Deportes, fue un sábado y llovió, y me tomé una o dos cervezas, teníamos unos lugares horrendos, PJ abrió con “Wash”, la banda tocó 3 canciones consecutivas, después de “Given to fly” hicieron la primera pausa del concierto y Eddie dijo algo como: «Sábado por la noche en México... Hablo español un poco... Lo siento...», y la gente lo ovacionó. Somos un público fácil. 

En el concierto –que fue el último de la gira Riot Act por Latinoamérica y que transmitieron en vivo por radio a toda Latinoamérica– pasó de todo: Vedder llamó por teléfono a Marky Ramone, unos mariachis se subieron al escenario y le cantaron “Las Mañanitas” a Stone Gossard, Corin Tucker –la guitarrista y cantante de Sleater-Kinney– también se subió al escenario y acompañó a PJ a cantar “Hunger Strike”, las dos o tres últimas canciones las pasaron casi en directo por Telehit... 

Hoy también es sábado, a lo mejor llueve por la tarde, a lo mejor escucharé un rato Riot Act y trataré de pensar en que no han transcurrido ya 22 años.

domingo, octubre 06, 2024

Give Me A Leonard Cohen Afterworld

Estoy sentado frente a la computadora por tercera o cuarta vez en lo que va del día, hace frío, son las seis de la tarde del domingo, ya me puse la pijama que compré hace rato en el Costco, había un montón de gente en el Costco pero no tanta gente como el martes, que fue día feriado porque Claudia Sheinbaum –¡la primera presidenta de México!– recibió la banda presidencial, y los ojos me lloran, me escuecen, tengo la nariz tapada y el cuerpo cortado, mi piel es un campo minado, y es la segunda vez que me enfermo en tres meses, o tal vez es la alergia estacional, una más de las razones por las cuales no me gusta esta época del año, y la odio porque, además, es la época del año en la que cumplo años (para mí, no estamos en octubre, ya estamos en diciembre, ya cumplió años Jim Morrison –¿sigue vivo?–, falta poco para que Eddie Vedder cumpla años –¡ya casi es abuelo!– y para que las familias se reúnan a cenar pavo y lomo relleno y ensalada de manzana, e ignoren que Jesús no nació el 25 de diciembre, y para que el mundo entero mire el desfile en Times Square por televisión –¿suena “Over the rainbow”, de Israel Kamakawiwo'ole?–, y el año ya se acabó, y no puedo dejar de acordarme de todas las posadas del 20 de diciembre en las que me obligaron a escuchar “Las Mañanitas” y a soportar que un invitado genérico, que no tenía ni la más remota idea de quién era yo y cuánto odiaba los cumpleaños genéricos –no está mal; si lo necesitas, lo necesitas; si te gusta, te gusta, pero yo no soy la clase de persona que usa como pretexto sus cumpleaños para mimarse y para procrastinar, o que sube fotos de sus cumpleaños en redes sociales–, me aplastara la cabeza contra el pastel, mientras todos aplaudían y sonreían –lo siento papás: nunca nos gustaron las mismas cosas, y ya sé que se van a quejar porque no saben quién soy, aunque en verdad no les importe saber quién soy–, y lo sé, y sé que tú me entiendes: hace más de cuatro décadas que nací y ya debería haberlo superado pero no puedo superarlo, y tengo tantos prejuicios que no sé qué tipo de terapia sería la mejor para mí), pero, cuando estoy a punto de precipitarme en el abismo, una canción de los Butthole Surfers inunda la estancia –What do they know about love, my friend...?, canta Gibby Haynes–, y yo pienso «Gracias Alexa, no reprodujiste a esa cursi banda pop llamada Melvins, de la India, y que no se tomó la molestia de googlear si había otra banda, como los Melvins de los 80, de Montesano, Washington, que se llamara Melvins, cada vez que te pido a los Melvins», y suspiro, y siento cómo el aire caliente inunda mis fosas nasales, es una ráfaga de bienestar, como un shot de euforia, de lugar seguro, y le doy otro sorbo al Jack Daniel's con Coca Cola –si fuera un ingenuo que no sabe nada de farmacología y que nunca ha tenido un malviaje, estaría preocupado, preguntándome si me voy a “cruzar” por mezclar loratadina, paracetamol y whiskey, pero sí estoy preocupado por el daño que le hago a mis riñones, por la cantidad de nefronas que han matado mis hábitos, por el daño que ha sufrido mi estómago, no sé qué tan saturada estará mi alcohol deshidrogenasa en este momento, cuando escupo estas líneas, y también estoy preocupado por el daño que ha sufrido mi hígado a lo largo de tantas décadas de atracones de alcohol en fines de semana–, pero empiezo a sentirme ligero, y eso es lo que me importa, estoy en el borde de la euforia y de una espantosa resaca, y es como la primera vez que tomé alcohol a escondidas, cuando acababa de volver a la casa de mis papás después de comprar el recién lanzado a la venta MTV Unplugged In New York, era la Noche Buena de 1994, acababa de terminar la secundaria, Kurt Cobain ya era una leyenda, una estrella de rock que se inyectaba heroína y que se había volado los sesos con una Remington, y entonces me serví dos o tres vasitos de Johnnie Walker, hurtados de la cantina de mi papá, y estaba mortalmente aburrido, pensando en cuánto deseaba tener novia y una guitarra eléctrica, y subí a mi recámara y me bebí los vasitos de Johnnie Walker en tiempo récord, mientras escuchaba a Kurt Cobain, desde el más allá, decirle a la audiencia de los Sony Studios de New York que iba a tocar una versión solista de “Pennyroyal Tea” y en la casa reinaba una atmósfera de funeral porque los abuelos maternos y paternos nos habían “dado el cortón” y no irían a cenar con nosotros, y Cobain la cagaba al final de la canción y eso era genial, súper punk rocker– y, en fin, en el presente del domingo seis de octubre del 2024, mis ojos no son mis ojos ya, sino los ojos de otra persona, pero los ojos de esta otra persona anidan en las cuencas de mis ojos y son un par de granadas a punto de estallar. 

Cierro los párpados como si pudiera desasirme del par de granadas (que son los ojos de otra persona) que amagan con volar mi materia cefálica, y como si pudiera desasirme de esta maldición: en todo el día no he podido escribir; y no, no es 'el bloqueo del escritor'.

En la mañana, en cuanto me levanté (porque soñaba que unos evangelistas me bautizaban en una alberca y que Chinaski me pedía el divorcio en frente de todos los estudiantes del último curso que impartí; la clase de sueños que puedo tener después de terminar mi contrato temporal del 2024, después de haber recibido un pastel sorpresa de los estudiantes del curso de Neurofarmacología y Adicción, después de haber visto Ed Wood, de Tim Burton, y después de haber tenido una discusión con Chinaski porque no le gustó Ed Wood, de Tim Burton, y porque yo mismo me siento mal por haber tenido un blackout provocado por el espíritu del vino de hace una semana, en la inauguración del Centro Neurológico y de Sueño, cuando platiqué con Raúl Aguilar, y por haberle llamado la atención enfrente de mis colegas en un elevador) y todo estaba en penumbra y en silencio, vine a este mismo lugar, y me senté frente a la computadora, como ahora, y la encendí y me dispuse a escribir, como ahora, pero, al cabo de un par de minutos, cuando una idea comenzaba a fluir, cuando (creía) comenzaba a entrar en la zona, llegó Kilitos de Amor y maulló una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, y me pidió comida y atención. 

Tuve que abandonar lo que empezaba a escribir por la mañana, cuando Kilitos de Amor demandó mi atención, justo como ocurrió hace una semana (y lo que comenzaba a escribir esta mañana, igual que lo que comenzaba a escribir hace una semana, era una tontería con la que no conectaba del todo, una tontería colosal y pretenciosa sobre mi traumatizante experiencia en el Edificio S de X universidad durante el terremoto del 19 de septiembre del 2017, cuando era posdoc y estaba en el limbo de la academia), y cuando volví a sentarme frente a la computadora, después de darle de comer Royal Canin a Kilitos de Amor y a sus hermanos, y después de recoger la arena de Kilitos de Amor y de sus hermanos, releí lo que había escrito y lo que había escrito me pareció una tontería digna de las columnas semanales de uno de esos escritores “consagrados” a los que les pagan por escribir una columna semanal –lo que les da la gana: «me gustó el espectáculo del Superbowl; si no te gustó, es tu problema; no sabes de música»; «el Fullham perdió pero Raúl Jiménez le dio una súper asistencia a su compañero»; «el shrink anota quién sabe qué en su libreta, es fin de año y se me fue la onda»– en diarios de circulación nacional. 

«¡Cuánto me gustaría conocer a alguien que me pagara por escribir las mismas tonterías que escribo en mi blog!», me digo mentalmente, y los Butthole Surfers inundan la estancia, y Gibby Haynes me hace imaginarlo en Exodus con Kurt Cobain, sentados junto a una ventana, en los últimos días de marzo de 1994. «El tipo se saltó la barda, pero, ya sabes, puedes salir de Exodus por la puerta principal; nadie está aquí en contra de su voluntad», le dice Gibby a Cobain, mientras los dos se fuman un Marlboro.

«Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», me sorprendo diciéndome mentalmente, y ya tengo los puños crispados, intento no morderme los labios, estoy furioso, frustrado, necesito una IV de morfina para lidiar con mi rabia. Y este mantra, «Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», que me persigue desde que abrí mi primer blog, en el 2006, cuando era cool tener un blog, no es lo mismo que “el bloqueo de escritor”. Eso que los escritores 'consagrados' –a quienes les pagan por escribir cosas similares a las que yo escribo en mi blog–, llaman 'bloqueo del escritor' es un pretexto, es un capricho, es falta de imaginación, es falta de disciplina, es falta de creatividad y perspectiva. Cuando yo digo que no puedo escribir aunque tenga todo el tiempo del mundo, no me refiero a que estoy bloqueado; me refiero a que siempre escribo pero que no siempre me gusta lo que escribo. Es diferente. Soy quisquilloso.

Lo que ocurre ahora mismo, lo que ha ocurrido desde que me levanté de la cama y vine a este lugar a escribir y usé como pretexto la necesidad de atención de Kilitos de Amor, es lo mismo que ha ocurrido en las últimas cuatro o cinco semanas, o tal vez desde un par de meses: he vivido tantas cosas en tan poco tiempo, que no puedo procesarlas, ni escribir sobre ellas. 

Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría a Las Vegas a escribir una novela sobre un alcohólico y jugador que pierde todo su patrimonio en Las Vegas, jamás intentaría ser una mala imitación de Dostoievksi. Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría al Coliseo Romano a escribir una novela sobre un gladiador que era un asesino serial, jamás me bastaría con tener un libro en los anaqueles de novedades de Sanborns. ¿Y tú...?

viernes, diciembre 23, 2022

Eddie Vedder cumple 58 años

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre del 2022. Escucho By the fire, un álbum de Thurston Moore que fue publicado en septiembre del 2020, cuando estábamos en la pandemia, cuando me la pasaba trabajando frente a la computadora entre diez y doce horas al día, convirtiéndome en un terrible sedentario; cuando, creo, impartía un curso en línea de neurofarmacología y adicción, y cuando impartía, creo, otros dos o tres cursos más en línea –es sorprendente cómo se me olvidan estas cosas que ocuparon tantas horas de mis días durante todo un trimestre–; cuando apenas tenía un espacio los fines de semana para escribir y para leer novelas, cuando apenas Katz y yo salíamos a la calle para lo indispensable. 

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre, y no tengo ningún recuerdo asociado con By the fire; a diferencia de otros álbumes de Thurston Moore o de sus proyectos alternos a Sonic Youth –Chelsea Light Moving, por ejemplo–, apenas he escuchado este álbum un par de veces desde que me lo encontré en Internet –por entonces no tenía ni Spotify ni Amazon Music y debí descargarlo de algún blog–, y esto es tan cierto que ninguna de sus canciones está en ninguna de las seis o siete playlists que tengo en Spotify y en Amazon Music y que utilizo para hacer diversas cosas: desde correr cinco o seis kilómetros algunos días, hasta lavar trastes en los días en los que el agua te hiela las manos, o escribir cualquier tontería –como ésta– en algún blog, o escribir minutas o aburridos y horripilantes documentos burocráticos. 

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre del 2022, y casi nunca tomo café pero me tomé uno hace rato y aún tengo en el paladar su sabor y el sabor me remonta a otros días que no tienen nada que ver con las fiestas decembrinas ni con las posadas que hacía mi mamá en su casa hace mucho tiempo con el pretexto de celebrar mi cumpleaños, cuando toda la familia se reunía a regañadientes en la casa, cuando mi mamá invitaba a personas que raras veces veíamos y que apenas sabían algunas cosas vagas de mí, sino, más bien, el sabor del café me remonta a mi primer semestre en la universidad, cuando tenía clases desde las siete de la mañana y aprovechaba las horas muertas entre clases –un profesor de Introducción a la psicología científica nunca llegaba a las siete de la mañana– y me iba a la cafetería de la facultad de filosofía y letras a comprarme un café de olla o un capuccino y luego volvía al aula a la facultad de psicología y me lo tomaba allí mientras me fumaba un cigarrillo –entonces no estaba prohibido fumar en espacios cerrados– y platicaba sobre música o sobre literatura con algún compañero de clase. 

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre del 2022, y, justo ahora, cuando llego a este párrafo, suena “Venus”, y la encuentro como una de las clásicas composiciones de Thurston Moore con Sonic Youth –feedback atmosférico–, y estoy totalmente seguro de que no había reparado en esta canción, y me gusta, y, sin pensarlo demasiado, la agrego a una playlist que tiene por nombre “Caos”, que es una playlist en la que tengo algunas canciones similares –con feedback atmosférico–, entre las que destacan “Infinite rain” y “Light years out”, de Jim Jarmusch y de Lee Ranaldo, respectivamente, pero no quiero desviarme del tema: cuando estaba en el primer semestre de la licenciatura en psicología, todo mundo tomaba café y todo mundo fumaba en las aulas, y yo, ocasionalmente, me tomaba un café, pero siempre estaba fumando; y tengo muchas anécdotas de esas horas muertas en las que todos consumíamos café y tabaco, y me acuerdo de una en particular. 

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre del 2022, y la protagonista de la anécdota a la que me remonta el sabor del café en mi paladar es esa chica de ojos verdes a la que le gustaba Pearl Jam –estaba enamorada de Eddie Vedder, quien cumple 58 años hoy, y estaba fascinada con una versión de “Light my fire”, que había encontrado en un cassette en El Chopo, en la que tocaban Manzarek, Densmore y Krieger, mientras Vedder cantaba–, y que estaba en mi grupo –creo que ella había estudiado en el CCH Sur y que vivía en Tlatelolco– y que se ponía muy ansiosa cuando tenía que exponer frente a la clase; una vez platicamos en esas horas muertas entre clases, y me dijo que ella y algunas de sus amigas un día se habían ido de pinta a tomar café a un Vips cerca de la facultad; que ella no estaba acostumbrada a tomar café pero que ese día había tomado mucho café –¡casi un litro ella sola!– y fumó mucho también –repito: entonces no estaba prohibido fumar en espacios cerrados–, y se cruzó y se puso muy mal, y acabó con náuseas y con vértigo, y por siempre repudió el café, pero siguió fumando. 

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre del 2022, y ahora suena “Cantaloupe”; un par de riffs se parecen a los riffs de “I want you (she's so heavy)” de The Beatles, y no se me ocurre otra cosa excepto que todas las canciones tienen influencia de otras canciones, que, a estas alturas de la humanidad, todas las bandas suenan a otras bandas, que unas influencias son más conocidas que otras, y que nadie va a descubrir el hilo negro; y lo que en verdad quería hacer al comenzar esta entrada era escribir sobre la Navidad, escribir sobre alguno de mis recuerdos de Navidad, cuando era un niño y las vacaciones de diciembre me parecían oscuras, frías y larguísimas, y sólo quería que terminaran pronto para que llegara el día de los reyes magos y despertarme ese día y sorprenderme con los juguetes que había pedido en una carta desde principios de noviembre; que en diciembre nos la pasábamos en la calle, que mi papá algunos días llegaba relativamente temprano de su trabajo y que nos llevaba al Zócalo o a cenar a algún restaurante; que íbamos a algunas posadas en la colonia en la que vivían mis abuelos, que allí casi nunca nos tocaba ni a mi hermano ni a mí pasar a romper la piñata, que me sentía un intruso en esas posadas; que, el 24 de diciembre, pasábamos la mitad de la noche en casa de mis abuelos paternos y la otra mitad en casa de mis abuelos maternos; que los adultos veían mucha televisión y que el frío me parecía mortal, y que las cenas no eran totalmente de mi agrado, que mi abuela materna preparaba romeritos con mucho condimento y que mi abuela materna era más práctica y que preparaba pierna, y que los adultos tomaban bebidas alcohólicas y que nunca se emborrachaban, y que a mí me daban ponche caliente, con mucha caña, y que, luego, cuando pasaba la cena de Año Nuevo y llegaba el seis de enero, me ponía nostálgico, y no quería volver a la escuela, y lamentaba mucho no haber disfrutado mis vacaciones por estar contando las horas para que llegara el día de los reyes magos.

Son casi las diez de la noche del viernes 23 de diciembre del 2022, Eddie Vedder cumple 58 años, todos estamos viejos, nunca he sido rey mago de nadie y soy un anciano rey mago al mismo tiempo, y tengo mucha sed –quisiera tomarme un té de frambuesa o un whiskey con agua mineral–, pero me sorprendo pensando todavía en la chica de ojos verdes que estaba enamorada de Eddie Vedder, y me pregunto qué será de ella –¿terminaría la licenciatura?, ¿es terapeuta?, ¿estudió un posgrado?, ¿aún fuma?, ¿toma café?, ¿seguirá escuchando a Pearl Jam?, ¿habrá escuchado Into the wild?–; le perdí la pista en segundo o en tercer semestre.

domingo, agosto 09, 2020

Sing Backwards And Weep | Mark Lanegan (2020)

 

Es el viernes 26 de junio de 1992. En Gotemburgo, la selección danesa de futbol disputará la final de la Eurocopa contra la selección alemana. Mientras tanto, en Roskilde, en uno de los festivales daneses de música más importantes, los Screaming Trees compartirán el escenario principal con Nirvana y con Pearl Jam.

“I Nearly Lost You” aún no pone en la órbita del “sonido Seattle” a la banda de Ellensburgh, pero, al cabo de unos meses, en parte gracias al éxito de Singles –la película de Cameron Crowe que contará con cameos de Chris Cornell y de Eddie Vedder, entre otras estrellas de la escena musical de Seattle, y que incluirá a esta canción en el soundtrack–, en parte gracias a que MTV rotará constantemente el video de la canción en su programación y en parte gracias al apoyo que recibirán de Kurt Cobain, los Screaming Trees saldrán del relativo anonimato en el que han estado desde mediados de los ochenta, cuando los hermanos Conner formaron la banda. Sweet Oblivion, su sexto álbum de estudio, es el primero que graban con una disquera trasnacional. Debido al inusitado éxito que tendrán, Epic Records –la sucursal de Sony con quien grabaron Sweet Oblivion– les extenderá su contrato por al menos un álbum más. 

Pero estamos en el verano de 1992. La película de Cameron Crowe que explotará el interés del público en las bandas de Seattle y que contará con las actuaciones estelares de Bridget Fonda y de Matt Dillon, todavía no ha sido estrenada en el cine. La banda sonora de Singles es apenas un proyecto en vías de consolidarse y nadie ha considerado la participación de los Screaming Trees**. 

Antes de volar a Europa, los hermanos Gary Lee Conner (guitarra) y Van Conner (bajo), Barrett Martin (batería) y Mark Lanegan (cantante), terminaron de grabar Sweet Oblivion en Nueva York, con Don Fleming (como productor) y con John Agnello (como ingeniero de sonido); Andy Wallace –el famoso ingeniero de sonido que ha trabajado con R. E. M. y que mezclará “All Apologies”, “Heart-shaped Box” y “Pennyroyal Tea” en el (último) álbum de estudio que Nirvana comenzará a grabar en febrero de 1993 en los Pachyderm Studios en Minnesota–, mezclará algunas canciones. 

Por primera vez en su historia, desde que los Screaming Trees grabaron su álbum debut en 1985, Gary Lee Conner le permitió a Mark Lanegan formar parte del proceso creativo de la composición de las canciones. Lanegan no sólo se sintió involucrado, por primera vez, con las canciones que canta, sino que además está convencido de que Sweet Oblivion será el mejor álbum que podrán componer juntos como banda. 

En menos de un año, Sweet Oblivion venderá alrededor de 300, 000 copias sólo en Estados Unidos, obtendrá una certificación de platino y se convertirá en el único álbum que los acercará al “estrellato” del que gozan sus coterráneos. 

Conforme el álbum vaya consolidándose y atrayendo seguidores en Europa y en Estados Unidos, Lanegan lidiará con su alcoholismo, paulatinamente sustituirá el alcohol con los opiáceos, amenazará a Gary Lee Conner varias veces con abandonar a la banda, comenzará a trabajar en algunas canciones de su segundo álbum solista (apenas en 1990, Sub Pop lanzó a la venta su primer álbum solista –The Winding Sheet– y, en 1993, tendrá una gran influencia en el MTV Unplugged In New York de Nirvana), pero sus adicciones le harán perder el control y lo pondrán al borde de la muerte.
    

Debido a la inusitada aparición de la selección danesa de futbol en la final de la Eurocopa, los organizadores de Roskilde modificaron los horarios del festival. A la hora del partido de futbol entre las selecciones de Dinamarca y de Alemania, en lugar de escuchar música en vivo, los asistentes podrán ver el partido de futbol en pantallas gigantes que estarán colocadas en puntos estratégicos del festival. 

Los Screaming Trees tocarán por la tarde en el escenario principal, antes de que se dispute la final de la Eurocopa '92, pero la mánager de Screaming Trees le dice a Lanegan que Cobain quiere hablar urgentemente con él, que vaya a verlo a su camerino. Apenas da un paso dentro del camerino, tiene un mal presentimiento. Ve a Cobain tumbado en un sillón y cubierto con una manta, lidiando con el síndrome de abstinencia y recibiendo una inyección intravenosa de metadona. Cobain le dice que quiere que los Screaming Trees cierren el festival, que toquen por la noche, después de Nirvana; que la gente tiene que darse cuenta de lo geniales que son. Lanegan arguye en vano que está seguro de que los 50, 000 asistentes a Roskilde se sentirán decepcionados –Nirvana y Pearl Jam son las bandas más populares del momento– y que nadie se quedará a escuchar a Screaming Trees por la noche.

Cobain insiste: el público tiene que darse cuenta de lo geniales que son los Screaming Trees, tal y como a él mismo le ocurrió, muchos años antes de que Nirvana se volviera la banda más famosa en el mundo, cuando le pedía insistentemente a su amigo Dylan Carlson que invitara a Mark Lanegan a un concierto de Nirvana en Olympia y que le presentara a Mark Lanegan; le dice a Lanegan que está loco, que ellos no pueden rechazar esa oportunidad y que la gente los amará. 

Cuando la banda de Ellensburg sale esa noche al escenario principal, comienzan con “Shadows Of The Season” –la canción que abre Sweet Oblivion– y el micrófono de Lanegan no funciona. Un miembro del staff entra al escenario e intenta arreglar el problema, pero después de diez canciones, la situación no mejora y Lanegan desahoga su frustración con los monitores. Mientras la banda sigue tocando, varios miembros del staff lo rodean en el escenario y tratan de detenerlo.

Dieciocho años más tarde, en el Capítulo 8 de Sing Backwards And Weep, Lanegan se recuerda como un impertinente que había estado bebiendo todo el día con Mike McCready y con Van Conner, y describe este suceso*** como una parodia de las persecuciones entre Tom y Jerry: cada vez que él intentaba destruir los monitores, el staff se acercaba a él y él se ponía en guardia, preparado para recibirlos como un boxeador. 

La parodia de Tom y Jerry continúa en el escenario principal de Roskilde, mientras el resto de la banda destroza sus instrumentos para dar por concluida su actuación. Gary Lee y Barrett Martin abandonan el escenario. Los furiosos miembros del staff se alistan para inmovilizar a Mark Lanegan.

Krist Novoselic –el bajista de Nirvana– ha estado al pendiente de la situación a un costado del escenario. Cuando el staff se lanza en contra de Lanegan, él y Van Conner intervienen e impiden que Lanegan reciba una paliza. Debido a los destrozos ocasionados por Lanegan, los Screaming Trees serán vetados de todos los conciertos veraniegos que tenían agendados en Europa. 

Unas semanas más tarde, Nirvana encabezará el Reading Festival y Kurt Cobain abogará por los Screaming Trees: si los organizadores no aceptan de vuelta a los Screaming Trees, Nirvana no encabezará el Reading Festival. El staff del Reading Festival será el mismo staff de Roskilde. Los organizadores aceptarán la condición de Cobain, pero Lanegan tendrá que mantener un bajo perfil. 

Mark Lanegan –quien, además de haber sido cantante de los Screaming Trees (1984-2000) y de haber publicado unos cuantos libros de canciones y de poemas, ha colaborado con artistas como PJ Harvey, Duff McKagan, Josh Homme, Layne Staley, Kurt Cobain y Duke Garwood, entre otros–, refiere este tipo de anécdotas, a lo largo de 43 Capítulos, en Sing Backwards And Weep, su primer libro autobiográfico. 

El título del libro hace referencia a “Fix”, una de las canciones de la carrera solista de Lanegan, y no es un título aleatorio, no es un accidente, sino una advertencia de lo que el lector encontrará en las casi 400 páginas que lo conforman: estrellas de rock enganchadas a la heroína, peligrosos encuentros con narcotraficantes dispuestos a asesinar a sus deudores, un largo recuento de muertes por sobredosis, estrellas de rock como Nick Cave buscando drogas en departamentos de bajo perfil en Washington, Mike Starr en abstinencia y dispuesto a asesinar a Lanegan por unos gramos de heroína, Layne Staley paranoico y convencido de que su cuerpo está lleno de hormigas que quieren conquistar el mundo, búsquedas infernales de heroína –con síndrome de abstinencia y con Josh Homme como guardaespaldas– en barrios violentos, peleas con Liam Gallagher en los pasillos de festivales de música... 

Después de más de tres décadas de consumo de opiáceos, es probable que el contenido del libro no quede exento de la fragilidad de la memoria del autor. Hasta en este sentido, el mensaje de Sing Backwards And Weep es contundente: las drogas, al principio, te llevan al paraíso; al final, te abren la puerta del infierno.

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*Debido a la guerra de los Balcanes, la FIFA había expulsado a selección yugoslava de futbol de toda competencia internacional y, a última hora, la selección danesa había ocupado su lugar en la Eurocopa '92. 

**Mientras grababan el álbum, Michael Goldstein –el mánager de Pearl Jam– se hospedaba en un hotel de Nueva York. Bob Pfeifer –el mánager de los Screaming Trees– tuvo que obligar a Mark Lanegan a ir a ese hotel a entregarle personalmente un cassette con esta canción, pues Sony pensaba dejarlos fuera de la banda sonora. Irónicamente, a pesar del éxito de la película y de la banda sonora (y a pesar del éxito de la canción en la banda sonora), los Screaming Trees, a diferencia de Pearl Jam, Soundgarden y Mudhoney, bandas que también fueron incluidas en la banda sonora, nunca recibieron un cheque por las regalías.

***Este video, gracias a que Kim White, la mánager de la banda, grabó el concierto con una cámara de video, está disponible en You Tube.  

viernes, diciembre 13, 2019

13 de Diciembre de 1993


Me gustaría saber exactamente qué hice el 13 de diciembre de 1993, pero lo único que sé con seguridad es que ese mes fueron las últimas vacaciones navideñas que pasé en la secundaria, que un hermano de mi abuela vino desde Estados Unidos a pasar la Navidad con nosotros y que, exactamente dos días después de mi cumpleaños, las selecciones de México y de Alemania jugaron un partido amistoso en El Estadio Azteca que les sirvió como preparación para La Copa del Mundo de 1994.

Quisiera estar seguro de que uno de los últimos días de clases de ese año hubo una kermés en la escuela, que sorprendentemente el director (que se peinaba como Hitler y que usaba un bigote como el de Hitler y que decían que castigaba severamente a los estudiantes revoltosos) permitió que todos los alumnos lleváramos ropa de civil a ese evento (el uniforme escolar era horrible –parecíamos reclusos–, pero la mayoría nos vestimos como niños en ropa de adultos) y que la canción más escuchada durante ese evento fue una de Vanilla Ice (o una de New Kids On The Block), pero lo más probable es que esté mezclando recuerdos de otros años. 



Me gustaría decir que escuchaba a Nirvana desde el primer año de secundaria –mis primeros días en la secundaria coincidieron con el lanzamiento de Nevermind–, que tenía algunas semanas escuchando In Utero –su lanzamiento ocurrió el 24 de septiembre de 1993 y el acceso a la música entonces era mucho más complicado que hoy–, que ya había escuchado All Apologies varias veces por la radio –el lanzamiento de este sencillo ocurrió el 6 de diciembre de 1993, pero yo sólo escuchaba una estación de radio que pasaba música pop en español– y que, obviamente, estaba enterado de que esa noche de lunes Nirvana tocaría en el Pier 48 de Seattle y que desde la mañana de ese día –independientemente de si tuve clases, o no– me la pasé pensando en ese concierto.

Me gustaría decir que sabía que MTV había planeado que Pearl Jam compartiera escenario con Nirvana y que Eddie Vedder se había enfermado y que entonces Kurt Cobain había accedido a que su banda tocara más tiempo del estipulado y que antes de ellos subirían al escenario una banda de rap (o de hip hop) y las Breeders.

También me gustaría decir que sabía que el evento sería grabado por MTV en su totalidad y que esperaba con ansías la Navidad porque MTV lo transmitiría ese día.


Quisiera decir que entonces ya sabía que Kurt Cobain y Dylan Carlson eran amigos y que incluso Cobain lo había citado en la letra de In Bloom y que los dos habían visto a un dealer unas horas antes del concierto a unas cuadras del Pier 48.

Quisiera no mentir cuando escribo que ya sabía que Kurt Cobain le había regalado a su dealer un pase para el backstage mientras se disponía a abandonar el automóvil en el que habían realizado la transacción y que miraba desde la ventanilla del asiento del copiloto a las decenas de admiradores que se dirigían al muelle a escuchar a su banda y que se sentía incómodo y que odiaba su status de estrella de rock.

Sin embargo, ni el mismo Tom Hansen sospechaba que publicaría una novela autobiográfica más o menos diez años más tarde y que en ella escribiría unos cuantos párrafos sobre estos detalles... ni mucho menos sospechaba que su adicción a los opiáceos lo mantendría alrededor de nueve meses en un hospital, a punto de perder una pierna, y que esa experiencia le serviría de inspiración para escribir American Junkie.

Yo nada más era un adolescente que había asistido sólo a un concierto en toda su vida –a uno de los últimos conciertos de Michael Jackson en El Estadio Azteca en los meses previos–, que desde entonces escuchaba exclusivamente casi todos los días Dangerous en un walkman Aiwa de regreso de la secundaria a la casa de sus papás, que no sabía de la existencia de MTV (además, no teníamos televisión por cable) y que iba a cumplir trece años en una semana. 


La única verdad es que hasta 1995 –más o menos en los meses previos al primer año de la muerte de Kurt Cobain– escuché algunas canciones del concierto Live & Loud de Nirvana del 13 de diciembre de 1993 y que fue grabado por MTV.

Un compañero de la preparatoria me prestó un cassette que había comprado en El Chopo y que traía algunas canciones del Live & Loud y del Unplugged In New York. 

Ya había escuchado el Unplugged, así que sólo me enfocaba en el lado B de ese cassette.
Incluía algunas canciones que ya conocía –para entonces, además del Unplugged, ya tenía Nevermind e In Utero– y lo escuchaba todos los días. 

Si no recuerdo mal, la primera canción de ese cassette era Drain You y le seguían Breed, Serve The Servants –era diferente a la versión de estudio porque Cobain cambiaba "father" por "sister" en el verso, y lo recuerdo bien porque esa parte del cassette de mi compañero tenía un silencio de unos cuantos segundos después de ese verso–, Rape Me, Heart-shaped Box, Scentless Apprentice, Lithium y The End Of The Show, que era una improvisación de ruido después de una versión poco afortunada de Endless, Nameless y que culminaba con feedback de la Stratocaster de Cobain confundiéndose con los gritos del público y con él mismo agradeciéndole y deseándole buenas noches al público. 



Cuando se cumplió un año de la muerte de Kurt Cobain, ya había televisión por cable en la casa de mis papás y MTV iba a pasar un especial de Nirvana –¡de todo el tiempo que habíamos tenido MTV, jamás lo habían transmitido!– y, obviamente, quería verlo.

Por desgracia, la fecha de su aniversario luctuoso coincidió con las vacaciones de Semana Santa y mis papás tenían otros planes: se  habían puesto de acuerdo con unos amigos suyos para salir a algún lugar a nadar, precisamente el día que MTV transmitiría ese programa. 

No pude convencer a mis papás de que me dejaran quedarme en la casa, ni los logré convencer de lo importante que desde entonces ya eran Nirvana y Kurt Cobain para mí. 

Recuerdo haber estado molesto y frustrado, sentado en el asiento trasero del automóvil de mi papá, escuchando el lado B de ese cassette en el walkman Aiwa e imaginando cómo habría sido ese programa especial de Nirvana y cómo habría sido ese concierto Live & Loud. 



Finalmente pude ver ese especial de MTV hasta el tercer semestre de la licenciatura –¡exactamente en abril de 1999!–, porque un compañero lo tenía en VHS y me lo prestó. 

Apenas en septiembre del 2013 –¡cuando se cumplieron veinte años del lanzamiento de In Utero!– salieron a la venta el DVD y una edición especial del álbum con un disco compacto que tienen el concierto completo. 

Obviamente, tengo los dos (curiosamente, el DVD lo he visto pocas veces). 

Hoy este concierto cumple veintiséis años y, mientras escucho The End Of The Show, me pregunto en quién me habría convertido de haber conocido a Nirvana desde la secundaria... o de haberme quedado ese sábado de abril de 1995 en la casa de mis papás y de haber podido ver el especial de MTV y el Live & Loud por televisión. 



Live And Loud

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Miércoles 22 de diciembre de 1993.
Estadio Azteca.
Alineación: Jorge Campos, Jorge Rodríguez, Juan de Dios Ramírez Perales, Ignacio Ambriz, Ramón Ramírez (Guadalupe Castañeda, 79'), Marcelino Bernal, Alberto García-Aspe (Benjamín Galindo, 46'), Joaquín del Olmo, David Patiño (Miguel Herrera, 46'), Luis Roberto Alves, Luis García.

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