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domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

sábado, agosto 01, 2026

te escondías entre mis piernas, debajo de las sábanas

 

Lizzie está en la caja, apenas a 4 ó 5 metros de distancia de la mesa, pagando el Chai Late que va a tomarse y el Strawberry Açai Refresher que le encargué, pero hay tanto ruido y tanta gente en este lugar que parece que estamos en mundos distintos, que nos separa una autopista intergaláctica que en realidad no lleva a ninguna parte. 

Trato de ignorar a la gente y el ruido, trato de encerrarme en el breve espacio entre la libreta y yo, me sumerjo en sus hojas, aspiro el aroma de los árboles que talaron para fabricarla, imagino cómo fue a dar a manos de mi cuñada y cómo vino a dar a mis manos, la libreta es una libreta de hojas blancas y tiene tantas hojas blancas que es difícil escribir en ella, cada vez que escribo tengo que apoyar la mano derecha en las hojas que quedan al otro lado mientras tomo la pluma con la mano izquierda y hago malabares para escribir, las hojas del otro lado de la libreta siempre estorban, no importa de qué lado escriba. 

Me esfuerzo en concentrarme, veo a Lizzie a una autopista intergaláctica de la mesa, ya no tarda en volver y mi misión es escribir lo más rápido que pueda, que cada palabra que escriba en esta libreta se convierta en un muro que me aísle de la realidad, así es como puedo desahogarme, así es como puedo sublimar el dolor que siento cada vez que pienso en ti (y cada segundo desde que no estás, pienso en ti), así es como puedo escapar de este dolor sin escapar de este dolor, y así es como estas palabras que voy escupiendo en la libreta y que nadie lee me liberan momentáneamente de esta realidad tan vívida, de esta realidad que es como una herida abierta que cada segundo se abre más.

Me duele pensar en ti pero no quiero dejar de pensar en ti, cada segundo me duele más pensar en ti, cada segundo te extraño más, he perdido a tantos seres cercanos y sin embargo nunca había sufrido tanto ninguna pérdida, y me acuerdo de ti en cualquier momento y reparo en tu ausencia y es como quedarme sin aire, es como tirarme al vacío, es como ahogarme en mi ansiedad después de hiperventilar y reducir el dióxido de carbono en mi sangre. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y pienso en ti, en cuánto te extraño, en todos los momentos que pasamos juntos, en cómo me buscabas en tus últimos días, en que eras como un niño que no se sentía bien y que tenía miedo y que no entendía nada, te escondías entre mis piernas debajo de las sábanas, te acomodabas en mis brazos, allí te quedabas mientras buscaba perderme en alguno de los juegos del mundial 2026 y olvidarme todo, ignorar que no estabas bien. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y me acuerdo de ti cuando eras formidable y saltabas por toda la casa, por los libreros, por las escaleras, por los sillones, por la mesa, cuando inundabas nuestras vidas con tu felicidad. También me acuerdo de tus últimos domingos de junio, cuando jugó Japón, cuando jugó Países Bajos, cuando jugó Alemania. De pronto te veías muy bien y de pronto ya estabas vomitando y escondiéndote en esa casita que te compramos en PetCo cuando nadie imaginaba que enfermarías y que tu vida se iría apagando en un mes y que el 5 de julio tendríamos que despedirnos de ti. 

Cierro los párpados y pienso en esas líneas de Jack Kerouac en Big Sur, cuando tiene un momento de lucidez y se acuerda de Tyke, cómo se acostaba en la palma de una de sus manos cuando era un bebé y cómo lo hizo hasta cuando era un enorme gato persa; cuánto confiaba Tyke en Kerouac, cuánto lo echa de menos Kerouac, por qué piensa que pocos hombres entienden lo mucho que puede significar un gato para un humano, y por qué para él perder a Tyke fue como volver a perder a su hermano Gerard. 

Van a dar las 6 de la tarde, Lizzie ya vuelve a la mesa, no he escrito gran cosa y sin embargo me duele la mano, Lizzie y yo hemos estado en Galerías Metepec más de 2 horas, caminamos mucho, y durante más de 2 horas he tenido dolor de estómago, almorzamos en una fonda en Metepec y la carne que comí estaba un poco pasada, le di una mordida y me dejó un sabor como a carne de caballo, justo como a lo que sabía esa carne que me comí en un restaurante en Real de Catorce hace más de 20 años, cuando Lizzie y yo éramos novios, cuando tú todavía no nacías; Lizzie me invitó a una práctica de su carrera de Geografía, nunca entendí exactamente en qué consistía la práctica, pero en cuanto llegamos al hotel en el que nos hospedamos en Real de Catorce –en esos días murió mi abuela materna– y dejamos nuestras maletas, salimos a buscar dónde comer y nos metimos a un restaurante y allí pedí una milanesa –una de las milanesas más caras que he probado en toda mi vida– y sabía más o menos a lo que me supo la milanesa que almorcé hoy.

El dolor de estómago no viene solo, tengo ototubaritis otra vez –la primera vez que tuve ototubaritis fue cuando te llevamos a la veterinaria y te hicieron un ultrasonido– y la sensación no es discapacitante pero tampoco me acostumbro por completo a tener el oído tapado, es como escuchar todo lo que entra por mi canal auditivo izquierdo a través del agua. 

Aparto la mirada de la libreta, un grupo de adolescentes acaba de entrar. Todos deben de ser menores de edad. Los chicos vienen con shorts, hace calor, todo el día ha estado así. Cuando veníamos caminando a Galerías Metepec el calor era tan sofocante y nos detuvimos en un bazar que había en un terreno cercado con malla ciclónica, el lugar está lleno de pasto, muy cerca del Centro Médico Toluca, donde Lizzie estuvo hospitalizada de emergencia en abril, a veces hay unos hombres paseando a sus perros por allí, pero esta vez pusieron un bazar y había varios puestos y una banda tocaba «No dejes que» y Lizzie y yo nos metimos en el bazar y mientras veíamos qué vendían en los puestos la banda tocó «La negra Tomasa» y sonaba bien, el cantante cantaba mucho mejor que Saúl, y ahora me sorprendo en 1988, más precisamente en el salón Danitzel, ese que estaba por la casa de mis papás y que en tiempos del mundial de Brasil 2014 se convirtió en un Oxxo, y en particular en el Oxxo al que íbamos mis hermanos y yo a comprar cervezas en los medios tiempos de los juegos Camerún-México, Brasil-México y México-Croacia, en esos tiempos todavía no llegabas a nuestras vidas.

«La negra Tomasa» me remonta a ese salón Danitzel y me veo a mí mismo en una foto que alguien compartió hace tiempo en la página de Facebook del grupo de la primaria, y ahora que Lizzie camina hacia la mesa me acuerdo en secreto de las niñas de mi salón que me gustaban, aún recuerdo sus nombres, y también recuerdo cómo íbamos vestidos mi hermano y yo en el festival del día de las madres en el que tomaron esa fotografía, mi hermano y su salón bailaron «La negra Tomasa» y él iba vestido con jeans y con una chamarra de mezclilla, yo iba con ropa de jarocho, en mi salón bailamos «La bamba», o algo así. Y no me gustó. Y desde antes no me gustaba bailar. 

Lizzie está a unos pasos de mí, trae las bebidas y me sonríe, ella también te extraña mucho, fuiste su gran compañero, siempre la acompañabas a todas partes, le contabas cosas al despertar, dejabas que te acariciara la panza antes de dormir, te quería mucho, jamás entenderé cuánto sufre que ya no estés aquí.

Ahora más bien pienso en El Silencio de los Caifanes. Un día, cuando ya estábamos en la secundaria, a mi hermano uno de sus compañeros de salón se lo prestó, y lo escuché y se me hizo un álbum tan extraño, en esos tiempos «Nubes» y «No dejes que» sonaban en la radio. Nadie en mi salón topaba a los Caifanes, pero sí conocían a Willie Colón.

El dolor de estómago no cesa, patea con la fuerza de un caballo enfurecido, he estado leyendo un libro inédito de Céline –el primer libro que compro desde que nos despedimos de ti– y tal vez por eso –en este libro, Céline relata su experiencia en la guerra– tengo la impresión de que mi vientre es un cráneo roto por un obús, que está hecho pedazos en un campo de guerra, y mi oído izquierdo sigue tapado y asocio esta sensación con el zumbido de Céline en uno de sus oídos –a él realmente le estalló un obús cerca del oído–, y ahora tengo náuseas y me voy precipitando lentamente en el pozo de la ansiedad, en cualquier momento podría devolver el estómago, ahora estoy pensando en música, en que me faltan NIN y Local H y Babasónicos en mi playlist, en que también faltan Sonic Youth y Butthole Surfers y Soundgarden, y, quizá, para los momentos más cursis y más cansados, también me faltan U2 y Placebo y tal vez hasta esa canción de Café Tacuba que escuchamos en uno de los primeros Uber en el que nos subimos Lizzie y yo desde que nos despedimos de ti, era una canción que sonaba mucho durante la larga huelga de 1999 de la UNAM, tal vez se llama «Revés». Pienso en música para acostumbrarme a este dolor, tú y yo escuchábamos música todo el tiempo. Estoy creando nuevas playlists para formar nuevos recuerdos. Toda la música que escucho me recuerda a ti.

Lizzie ya está sentándose junto a mí y justo en este momento suena «La negra Tomasa» en el Starbucks, y me acuerdo de ti, Jax.  

domingo, noviembre 30, 2025

unos días son más difíciles que otros

Son las 9: 15 del lunes. La radio está encendida, el conductor del Uber escucha el programa de Taradazo. Tengo un flashback. 

Aggh, quiero olvidar, meterme una de esas píldoras que provocan amnesia, hay un montón de cosas en las que no quiero pensar, me resisto a pensar en ellas, pero todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza. Aunque he aprendido a ahuyentarlas, la voz de Taradazo me hace recordar...

«¡A ver, a ver, es obligación del gobierno...!»

... cierro los párpados y ya estoy viajando en otro Uber, es una mañana aleatoria, está en curso el Trimestre 23 Otoño y me ajusto los Ray Ban y voy pensando «Si X y Z ya son profes de tiempo completo definitivo, si los 3 llegamos el mismo año a Distrito IV, si entonces yo ya era SNII-1 y ellos ni siquiera estaban en el SNII, si en esta convocatoria me dieron la distinción de SNII-2 y además estoy concursando por la Jefatura de Departamento, mi “suerte” tiene que cambiar...» 

«Disculpe, joven... Marcel es nombre de dama y de caballero, ¿verdad?», el conductor me interrumpe, me regresa a la realidad. Aunque no estoy seguro, le contesto que sí, y luego me pregunta si mi nombre tiene algún significado y me dice que a él le gusta saber el significado de los nombres. Tengo otro flashback, y me provoca escalofríos: en estos días un colega de la Ibero, que acabo de conocer, también me preguntó algo sobre mi nombre. Le contesto al conductor del Uber que no sé qué significa mi nombre. 

Aggh. 

Hacía tanto tiempo que nadie me preguntaba estas cosas sobre mi nombre, creo que la primera vez que alguien lo hizo fue en la prepa, allí me presenté por mi segundo nombre, el que siempre me había gustado pero que no usaba nunca, supongo que era la costumbre y que antes de la prepa el asunto del nombre no era tan importante, además en la secundaria a todos nos trataban como si fuéramos un puñado de adolescentes sin talento, nos llamaban por nuestros apellidos, como si estuviéramos en una prisión (de hecho, los varones teníamos que traer el cabello casi a rape) y en la primaria el asunto del nombre era mucho menos importante que en la secundaria, aunque odiaba cuando me llamaban “niño”, me daba igual que me llamaran por mi primer nombre, en la primaria nunca se me ocurrió que podía exigirle a mis compañeros que me llamaran por alguno de mis nombres en particular, supongo que apenas estaba construyendo mi identidad, supongo que era más Mauricio que Marcel, y todo mundo me decía Mauricio, algunos sobrevivientes de esa etapa aún me siguen llamando así, pero, en retrospectiva, la verdad es que Mauricio nunca me gustó realmente, suena como a actor de telenovela de los ochenta. 

Me acomodo en el asiento y me ajusto los Ray Ban de nuevo. Hace mucho sol y frío. No quiero pensar en nada más, un pensamiento puede precipitarme en otro, puedo acabar hundido en la maldición de los lunes, en que los lunes nunca me han gustado, además tengo un poco de náuseas, ayer no comí bien y me tomé varios Jack Daniel's, otra vez pienso en cuánto quisiera meterme una de esas píldoras que provocan amnesia –benzodiacepinas, antidepresivos tricíclicos, anticonvulsivos, opiáceos–, en que hay un montón de cosas en las que no quiero pensar, en que me resisto a pensar en ellas, en que todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza, y la voz de Taradazo insiste en recordármelas... 

«¡Y nuestros representantes están muy tranquilos... 
voltean a otro lado, hacen la vista gorda...!»

... ay, este tipo, tiene tantos seguidores y tantos patrocinadores y lo único que hace es despotricar –crítica fácil de dos centavos– en un programa de radio que aparentemente es el favorito de los conductores de Uber, cuando trabajaba en Distrito IV mis clases comenzaban muy temprano y tenía que escucharlo 2 ó 3 veces por semana, ahora no tengo clases tan temprano y en esta ruta sólo uno que otro conductor de Uber escucha su programa de radio... o a lo mejor tomo el Uber cuando su programa de radio ya terminó, no sé. 

Mmmh. 

Ya tenía un amplio recorrido en Distrito IV, trabajé allá entre el 2019 y el 2024, y aunque no es exactamente la misma situación de la prepa (cuando me presenté por mi segundo nombre y mis compañeros me hacían preguntas sobre su significado), la pregunta del conductor deja claras las cosas: estoy empezando de cero, otra vez. 

Al menos Taradazo ya se calló, cruzamos Las Torres en el Uber y escuchamos un comercial, ya casi llegamos al Interurbano. El conductor ya no me pregunta nada, me precipito en más pensamientos catastróficos que no tienen sentido: ¿por qué me tocó esta “suerte”...?, ¿por qué no soy profe indeterminado, como X y Z...?, ¿por qué las autoridades de Distrito IV prefirieron contratarlos a X y a Z, que ni siquiera estaban en el SNII cuando llegamos a trabajar a esa universidad, y que ahora mismo no son SNII-2, como yo...?, ¡es absurdo que el discurso de Distrito IV ante medios masivos de comunicación sea la excelencia académica; es una farsa...!, ¡si tan sólo tuviera un contrato, incluso temporal, en una IES pública, nada más por tener la distinción de SNII-2, habría alrededor de $500, 000 MXN “extras” en mi cuenta bancaria...!, ¿por qué el gobierno decidió retirar el estímulo económico del SNII a quienes somos miembros del SNII pero trabajamos en una universidad privada...?, ¿por qué el gobierno se preocupa más por la tecnología que por la ciencia...?  

Aggh, ya no quiero pensar en estas cosas, quisiera meterme una píldora de las que producen amnesia. Nunca he hecho nada sólo por dinero, hago lo que hago porque me gusta, he luchado por seguir haciendo lo que me gusta, pero eso es romántico y poco adaptativo, necesito dinero para todo, todos los días tengo que pagar al menos un servicio. 

Inhalo y exhalo, y me digo a mí mismo que todo está mejor, que ya tengo un empleo, que ya no estoy enviando solicitudes a distintas IES como loco, que acabaron esos ocho o nueve meses fatales de incertidumbre, que se fueron por el caño esas noches de insomnio en las que no podía dejar de pensar hasta qué punto resistiría, hasta cuándo cambiaría “mi suerte”..., y también pienso en que este trayecto en Uber es temporal, en que la voz de Taradazo...

«Labregones, así los llamaría mi abuela...»

... también es temporal, en que debo disfrutar el presente, enfocarme en lo que voy a hacer hoy en la universidad, por ejemplo, pero unos días resultan más difíciles que otros, hoy mismo tengo la impresión de que podría mandar todo a volar, que aún no me siento yo mismo en la Ibero, en que, más o menos, me siento como me sentía cuando estaba en la primaria y me daba igual si me llamaban por mi primero o por mi segundo nombre. 

Me bajo del Uber, el conductor me desea un buen día, yo también le deseo un buen día, veo en mi reloj que ya son las 9: 27, camino hacia el tren Interurbano, es un poco más tarde que otros días, hay 3 personas aprendiendo a cargar la tarjeta de movilidad en la taquilla del Interurbano, La máquina no está aceptando billetes, dice el vigilante, estas personas son muy lentas, inhalo y exhalo, esto no tiene por qué impacientarme, Estoy formado en la fila, no es el fin del mundo, me digo a mí mismo y me pongo los audífonos, apenas los compré la semana pasada, tienen cancelación de ruido, cuando trabajaba en Distrito IV el recorrido de la casa a la universidad era tan corto que ni siquiera pensaba en ponerme los audífonos para escuchar música... 

Entre unas cosas y otras dan las 9: 34 y finalmente puedo cargar mi tarjeta de movilidad, luego paso por los torniquetes y subo las escaleras eléctricas, el tren está llegando al andén, tengo que correr, alcanzo a subirme al último vagón del tren –otro pensamiento intrusivo: X y Z ya tenían auto cuando los tres llegamos a trabajar a Distrito IV en el 2019, y no hay que quebrarse la cabeza: la academia es un ámbito de privilegiados; 9 de cada 10 colegas no son lo que yo soy, no han vivido lo que yo he vivido y no soportarían estar en mis zapatos ni una semana–, ahora sí está lleno el tren, apenas encontré lugar, frente a una mujer que trae audífonos y que se parece muchísimo a una colega de Distrito IV, al fin y al cabo somos lo que somos, las coincidencias no existen, tal vez ella siempre viaja en tren pero yo estoy pensando en estas cosas y percibo las cosas así, que ella se parece muchísimo a una colega de Distrito IV, unos días son más difíciles que otros. 

Miro por la ventana del tren y espero que este trayecto no sea particularmente escandaloso, la gente suele ser súper irrespetuosa, me ha tocado enterarme de conversaciones ajenas porque algunos usuarios del tren va hablando a todo volumen o viendo TikToks o Reels a todo volumen, me ha tocado soportar diez veces en un recorrido “El son de la negra” o “La llorona”, en fin, me acomodo en el asiento, me ajusto los Ray Ban, trato de ignorar a esta mujer que se parece a la colega de Distrito IV, trato de concentrarme en la clase de hoy, voy a explicarles a los estudiantes cómo una vesícula sináptica se fusiona con la membrana plasmática para liberar un neurotransmisor mediante exocitosis... o ¿mejor les hablo de algo más amable, por ejemplo, de esa historia de Michael Jackson y el propofol que lo mató...? 

Evalúo los pros y los contras de una y otra cosa, y, de pronto, así, ¡de la nada!, la música mueve algo dentro de mí, se adueña de mis pensamientos, y todo es diáfano en mi interior, una corriente de bienestar inunda mi ser, son las endorfinas, la música es lo único que vale la pena, y ahora mismo es la voz de Charly García la que mueve algo dentro de mí, él canta algo sobre una extraña influencia, dice...

«Si yo fuera otro ser, no lo podría entender...» 

... y aunque no tengo en mi radar esta canción, es como si ya la conociera de toda la vida, me identifico con lo que canta Charly, cuando escribió la canción él probablemente se sentía de un modo similar al modo en el que me siento el día de hoy, unos días son más difíciles que otros, tal vez me siento así porque los lunes nunca me han gustado, tal vez me siento así porque mi primer nombre nunca me ha gustado, tal vez me siento así porque sé que X y Z ya son profes indeterminados y no tienen mi trayectoria ni mi perfil ni mis habilidades, tal vez me siento así porque unos días son más difíciles que otros y porque no puedo dejar de pensar en que si ellos son profes indeterminados obviamente yo también debería serlo ya.

Aggh. Estos pensamientos, todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza, aunque he aprendido a ahuyentarlos, unos días son más difíciles que otros, prefiero enfocarme en la letra de la canción...

«Si fue hecho para mí, lo tengo que saber...» 

... y otra vez Charly mueve algo dentro de mí, y ya nada importa, ésta es la vida que me tocó vivir, nadie me lo ha contado, la academia no es académica, no importa cuántas veces lo intentes, hay un montón de factores extra académicos que influyen en tener una plaza indeterminada, 9 de cada 10 colegas no son lo que yo soy, no han vivido lo que yo he vivido y no soportarían estar en mis zapatos ni una semana, yo no volteo a otro lado cuando algo está fatal, no soy de los que cobran su cheque y están convencidos de que están donde están porque son los mejores de todos.

viernes, octubre 10, 2025

no puedes conectar (emocionalmente) con todos




El conductor del Uber avanza sobre la avenida X, las calles están encharcadas, cayó una tormenta toda la noche, el tráfico está a vuelta de rueda, normalmente hago 10 minutos en este recorrido pero pasaremos esa frontera, me acomodo en el asiento, me ajusto el cinturón de seguridad, no quiero pensar en estas cosas pero hace un año en 10 minutos estaba en el trabajo, la distancia entre la casa y el trabajo era muy corta, ni siquiera me daba tiempo para pensar en las clases que impartiría, estaba en mi hábitat, mi rutina era distinta. Desde agosto mis recorridos y mi rutina han cambiado, la mayoría de las cosas han mejorado aunque todavía no me adapto por completo a mi nuevo trabajo, todavía no me siento en mi hábitat, es como si me hubiera lanzado al vacío, el público es difícil, a veces  me siento rebasado, como si no tuviera sentido cuánto tiempo estudio e invierto en mis clases, es como si al final los temas que abordo no le interesaran a nadie, pero suelo exagerar, me gusta hacer las cosas bien, soy muy exigente, casi nunca quedo satisfecho, ni siquiera con estas cosas que escribo sólo para mí mismo. 

«No puedes conectar emocionalmente con todo mundo, no puedes conectar intelectualmente con todo mundo, apenas tienes un mes en este trabajo», me digo a mí mismo y aprieto la mandíbula y cierro los párpados y suspiro, y luego me acuerdo de las dos o tres ocasiones en las que me he encontrado accidentalmente a dos o tres ex estudiantes en el último año en alguna plaza, todas me han saludado con mucho gusto y me han dado un abrazo y (palabras más, palabras menos) me han dicho que me extrañan, que creían que volvería a darles clases, que qué bueno que me di lugar, que ya están trabajando en sus tesis, que se preguntan dónde estoy y por qué no puedo ser su director de tesis, que me siguen en mis redes sociales, cosas así.

Me pregunto si algún día conectaré de este modo con los estudiantes de ahora, a veces siento que somos de mundos totalmente distintos, que obviamente la brecha generacional es más amplia, que la tecnología sí cambia el modo de actuar de los estudiantes, que los hace más impacientes, que sus modos de procesar información son totalmente distintos al mío, que ya ni siquiera saben quién fue Kurt Cobain o que no les da curiosidad leer un relato de Oliver Sacks o un libro de Murakami sobre los atentados terroristas de marzo de 1995 con bombas de gas sarín en 3 estaciones del metro de Tokio.

Nos detenemos en un semáforo, en la calle una mujer circulaba en sentido contrario junto a la banqueta, no logró esquivar un charco y se cayó, un hombre está ayudándola a levantarse, otra persona ha sujetado la bicicleta, el conductor del Uber dice algo sobre el mal estado de las calles, nos miramos por el espejo retrovisor durante unos segundos, le sonrío y le digo que cuando llueve todo es más complicado, él sonríe también y asienta con la cabeza, y reparo en que está encendida la radio, aggh, la inconfundible voz de Villalvazo me arrastra a esa parte quejumbrosa de mí mismo, desde que lo recuerdo siempre está quejándose de algo, a eso lo llama periodismo, tiene un montón de seguidores y patrocinadores, y no lo soporto, habla por hablar, se mete en temas que claramente no conoce, una vez hizo una sopa de evolución y neuromarketing y Juegos Olímpicos y el Cruz Azul en un lapso de 3 minutos, él sí que salta de un tema a otro y no cierra ningún tema, escucharlo quejarse de todo lo que ocurre en México y en el mundo me pone de malhumor, es como un dolor estomacal, como cuando estás a punto de dar una conferencia que no preparaste con suficiente tiempo, escucharlo quejarse de todo es como una cucharada de sal en el corazón, y es contagioso, de por sí soy una persona muy quejumbrosa, me hace daño.

Me vuelvo a acomodar en el asiento y la voz de Villalvazo me remonta a los recorridos de hace un año, cuando salía de la casa con rumbo a ese trabajo que queda a 10 minutos de la casa, tengo la impresión de que entonces los conductores de Uber escuchaban más este programa de radio que los conductores de ahora, supongo que entonces le prestaba más atención a la radio porque el recorrido era más corto y porque ya tenía preparadas casi todas mis clases y porque podía enfocarme casi exclusivamente en eso, volvía a la casa en 10 minutos, ahora tengo más ocupaciones y más distractores, paso varias horas a la semana en Uber y en tren y caminando, lidio con más personas en el tren, unas van platicando a todo volumen, otras van escuchando música o viendo el mismo Reel una y otra vez a todo volumen, “México en la piel”, “El son de la negra”, “El mariachi loco” van sonando en el tren a todo volumen, ahora imparto cursos diferentes, debo cubrir programas de estudio diferentes, debo tratar con estudiantes diferentes, debo hacer recorridos diferentes, apenas empiezo, estoy cumpliendo poco más de un mes en este nuevo trabajo y en cada recorrido que hago de la casa al trabajo no puedo dejar de pensar en las clases que impartiré, en que todavía no me siento completamente en mi hábitat en este nuevo trabajo, en que estudio todo el fin de semana, en que llega el lunes y sin embargo tengo la impresión de que no sé nada sobre mis clases.

A veces  me siento rebasado, como si no tuviera sentido cuánto tiempo estudio e invierto en mis clases, es como si al final los temas que abordo no le interesaran a nadie, pero suelo exagerar, me gusta hacer las cosas bien, soy muy exigente, casi nunca quedo satisfecho, ni siquiera con estas cosas que escribo sólo para mí mismo. 

«No puedes conectar emocionalmente con todo mundo, no puedes conectar intelectualmente con todo mundo, apenas tienes un mes en este trabajo», me digo a mí mismo y aprieto la mandíbula y cierro los párpados y suspiro, y luego me acuerdo de las dos o tres ocasiones en las que me he encontrado accidentalmente a dos o tres ex estudiantes en el último año en alguna plaza, todas me han saludado con mucho gusto y me han dado un abrazo y (palabras más, palabras menos) me han dicho que me extrañan, que creían que volvería a darles clases, que qué bueno que me di lugar, que ya están trabajando en sus tesis, que se preguntan dónde estoy y por qué no puedo ser su director de tesis, que me siguen en mis redes sociales, cosas así.

sábado, marzo 29, 2025

Soy humano y mi destino es ser mortal



Al salir de la casa, mientras desayunaba, leí en algún portal de internet que hoy cumple 70 años Bruce Willis, ahora estoy en la sala de espera del aeropuerto, a menos de 10 minutos de subirme a un avión, con los audífonos puestos, escuchando esta canción de Los Babasónicos, que, según sus fans, «está cargada de simbolismo y misticismo, y explora temas como la mortalidad, la redención y la condena». (Al menos eso recuerdo que encontré aquella tarde en la que decidí romper con la costumbre y escuchar rock en español y le pedí a Alexa que tocara algo de Draco Rosa y lo hizo y a continuación reprodujo “Seis vírgenes descalzas” y, ¡sorpresivamente!, me encantó y luego busqué información sobre el significado de la letra de esta canción de la banda de Buenos Aires).

Trato de enfocarme en cómo la canción es una especie de shot intravenoso de algún compuesto químico de los que mitiga el dolor físico y emocional y que además produce amnesia; no quiero pensar en el presente, no me gusta mi realidad; no quiero pensar en que no me gusta viajar en avión, en que, en mis más recientes vuelos, he tenido ataques de ansiedad; no quiero pensar en que podría estar a 10, 000 pies de altura sintiéndome atrapado, en una jaula; en que no habrá escape; en que todo estará en mi mente y en que, sin embargo, no podré hacer otra cosa más que cerrar los párpados y esperar a que el ataque termine.

Dárguelos canta, dice algo como «Soy humano y mi destino es ser mortal...», y aunque esta frase no tiene nada que ver con lo que pienso últimamente de mí mismo (creo), cobra un sentido diferente, así que prefiero concentrarme en la escena de Die Hard, cuando John McClane está en el avión que lo llevará a Los Ángeles, y me repito a mí mismo este mantra: «Tarde o temprano aterrizarás, tarde o temprano te registrarás en el hotel, tarde o temprano subirás a tu habitación y allí te podrás quitar los zapatos...»

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir los 365 días del año.