Como casi a diario, independientemente de que tenga, o no, que salir a la calle, me desperté a las 6 AM. Soy la clase de persona que sigue esta rutina y que ni siquiera en Noche Buena o en Año Nuevo, ni en ningún otro día de asueto o en vacaciones –ni mucho menos el día de su cumpleaños– se despierta más allá de las 6 AM.
Ya hice mil cosas, ya me medí la glucosa, ya les di comida blanda a Yoko, a Jackson y a Gatusso, ya les cambié el agua de sus recipientes, ya les recogí la arena, ya jugué con ellos un rato, ya leí unos minutos esta infumable novela (pretenciosa) de Vila-Matas (tal vez no es el mejor momento de mi vida), ya ojeé algunas páginas del gigantesco libro de Bono que estoy leyendo desde diciembre del año pasado, ya salí a tomar el sol, ya me topé con algunos vecinos insomnes como yo, ya son las 8 AM.
Me tomo unos minutos de descanso. Quiero olvidarme de mis problemas por unos minutos –que la salud de Jackson no mejora, que los medicamentos no están funcionando, que ya casi no come ni toma agua, que debo cumplir con mis obligaciones fiscales, que debo hacer varios trámites burocráticos y resolverlos hoy mismo porque hoy mismo me los pidieron, que debo terminar de organizar esta treinta y tantas páginas de análisis estadísticos y escribir en inglés técnico y científico la sección de datos de este nuevo paper en el que estoy trabajando desde hace un par de meses–, pero en cuanto me siento a tomar el sol en la terraza, lo único que escucho es el motor de la aspiradora del vecino, seguramente él está limpiando su auto, es todo un ritual que afortunadamente no lleva a cabo todos los días de la semana, ni siquiera todos los fines de semana de cada mes, pero ocasionalmente, como esta semana, justamente, él ha estado haciéndolo casi 3 veces por semana.
A veces, cuando salgo a correr, el vecino de la casa 48 está en las mismas condiciones que el vecino de la casa 60: lavando su propio auto con una placer que me resulta totalmente inconcebible.
A veces a estos dos vecinos se les une alguien más con una podadora en el jardín de otra casa y, entonces, cuando paso cerca de ellos, no escucho nada más que los motores de sus máquinas. Todo esto también puede coincidir con el motor de un avión que pasa volando encima de los tres, justo en ese momento. O puede coincidir con el motor de un tráiler que lleva toneladas de quién sabe qué y que circula por alguna avenida. O puede coincidir con el motor de una motocicleta de algún héroe que “ha salvado el día” y que vuelve a casa. Los terribles sonidos de todas estas máquinas me desquician, convierten un segundo en una eternidad –ttrrr, ttrrr, ttrrr, ttrrr–, excavan con sus motores en las profundidades de mis membranas timpánicas, me enfurecen, me sacan de mis casillas, y no puedo dejar de pensar en los abruptos cambios que producen en la presión atmosférica, aumentándola y disminuyéndola brutalmente. Tampoco puedo dejar de pensar en cómo todas estas vibraciones de aire entran por mis canales auditivos y hacen que mis huesecillos del oído medio enloquezcan. Además de que no suelo levantarme de la cama más allá de las 6 AM, me incomodan los ruidos. Padezco ototubaritis. He estado en conciertos muy ruidosos –el de Pantera de 1996 ó 1997 en El Palacio de los Deportes, por ejemplo–, pero esto es totalmente diferente.
¿Por qué estamos tan acostumbrados al ruido forzado, a la contaminación auditiva...?, ¿hay algo fascinante en aspirar los asientos de un auto y en usar una poderosa podadora cada tercer día...?, ¿estas actividades son terapéuticas para los dueños de los autos y para quien poda el jardín...? Tal vez no estoy entendiendo nada.

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