jueves, julio 20, 2017

Espero que la selección pierda esta noche en Phoenix


En unas horas la selección de México se enfrenta a la selección de Honduras, en Phoenix, Arizona. 

El partido corresponde a los cuartos de final de La Copa Oro 2017


La selección que disputa este torneo es una selección alternativa conformada por jugadores de La Liga Mx, y su desempeño, en general, no ha dejado del  todo satisfecha ni a la afición ni a la prensa. 


Su partido debut lo ganó 3 a 0 en San Diego, contra El Salvador; el segundo, lo empató sin goles, en Denver, contra Jamaica; y el tercero, lo ganó 1 a 0, en San Antonio, contra Curazao.




De acuerdo con un sector de la prensa escrita, en todos los partidos, México exhibió la misma desorganización que mostró la defensa en La Copa Confederaciones hace un mes, y, además, la misma falta de entendimiento entre los jugadores.

El técnico no se cansa de ser positivo. Para él, no recibir goles de selecciones amateur que por primera vez disputan La Copa Oro -como Curazao-, es una virtud. Para él, cambiar a 8 jugadores de un partido a otro y además colocarlos en posiciones que no dominan, es una ventaja. 

Yo creo que el futbol es más simple que eso. Nadie va a descubrir el hilo negro después de XX Copas del Mundo disputadas. 




Sin embargo, un sector de la prensa y muchos aficionados están a muerte con el técnico. Dicen que, a diferencia de otros procesos, esta vez la selección prácticamente ya calificó al mundial de Rusia y que, además, los datos respaldan el trabajo de Osorio, porque la selección sólo ha perdido tres partidos bajo su cargo. 

¿Se imaginan que pasara lo imposible y que la selección perdiera todos los juegos de la eliminatoria que falta por disputar?


Yo creo que también hay que analizar contra quiénes jugamos la eliminatoria rumbo al mundial -el nivel de los equipos es el más bajo en las últimas dos décadas- y, lo más importante, cuáles son los tres partidos que se han perdido y de qué manera se han perdido.   

Además, también hay que analizar que la mayoría de los juegos que se han ganado, se han ganado por un accidente. 




Esos aficionados que siguen llenando los estadios en Estados Unidos, incluso después de que la selección perdiera escandalosamente contra Chile, tienen gran porcentaje de responsabilidad de que no estemos compitiendo contra los mejores del mundo. 

Esos aficionados que se conforman con ir al mundial, esos aficionados a los que les basta escuchar a los federativos cada cuatro años comprometerse con llegar al quinto partido, esos aficionados que ya esperan con ansias el comienzo de La Liga Mx, tienen la culpa de que no estemos compitiendo contra los mejores del mundo. 


Si el equipo gana contra Honduras esta noche, jugando mal, será un dato más que apoye el proceso de Osorio. Por eso espero que esta noche la selección pierda.  



lunes, julio 10, 2017

¿Y si nadie puede replicar mis datos?


A la mitad del doctorado, tuve que aprender por mi cuenta una técnica de biología molecular. Más o menos antes de entrar al posgrado, un compañero del laboratorio me había enseñado a realizarla, pero yo sólo había practicado unas cuantas veces y nunca había obtenido buenos resultados sin su supervisión. 

Cuando pasé mi examen de candidatura, mi compañero estaba de posdoc en Francia y yo ya había terminado casi toda la parte conductual y farmacológica de mi proyecto de investigación. Tenía que complementar mis datos con una doble tinción para unos péptidos del hipotálamo y para un marcador de activación neuronal. 




Durante más de un semestre había estado trabajando en la inmunofluorescencia, sin obtener buenos resultados. Tenía decenas de recetas y de protocolos, pero la tinción simplemente no me salía. 

Mi tutor de doctorado era parte del comité de un estudiante del IFC que hacía dobles tinciones, y me dijo que me pusiera en contacto con él para que me pasara sus recetas y me enseñara su técnica. No me gustó nada la idea, porque él era arrogante y no me caía muy bien. Lo conocía de algunas clases. Estaba acostumbrado a que sus compañeros de laboratorio lo consideraran una especie de genio y en las clases subestimaba a todo mundo. 




Pero la principal razón por la que me caía mal era porque usaba a menudo la playera de Le Coq Sportif que vestía a la selección de Argentina campeona del mundo en México '86

Apenas unos meses atrás, la selección Argentina había eliminado a la selección mexicana en Johannesburgo, en los octavos de final del mundial de Sudáfrica; y cuatro años antes, en Leipzig, en los octavos de final del mundial de Alemania 2006, también.




En otros torneos internacionales -como La Copa Libertadores-, la diferencia entre el futbol argentino y el mexicano no era tan abismal. 

A veces me irritaba cuando los equipos mexicanos vencían a los equipos argentinos y algunos futbolistas argentinos no sabían perder y cometían todo tipo de trampas, o cuando los árbitros sudamericanos favorecían descaradamente a los argentinos. 


Ponerse una playera de la selección de Argentina, a tan pocos meses de distancia de esa derrota en el mundial, me parecía de lo más abyecto. Una cosa era reconocer que su selección era mucho mejor que la selección mexicana, y otra cosa -la más fácil- era pasarse de su lado. 




Este sujeto era mexicano, pero tenía ascendencia japonesa. Por sus rasgos, parecía más oriental que mexicano. Siempre tuve la impresión de que se sentía superior a los mexicanos por esa razón. 

Su proyecto de investigación era semejante al mío -estudiaba el hipotálamo de roedores-, y también estaba interesado en la narcolepsia. 

Seguí las órdenes de mi tutor -no tuve otra opción porque la técnica no me salía-, y empecé a ir al IFC a ver al tipo de ascendencia nipona. Lo primero que le dejé claro fue que yo quería aprender la técnica, porque yo mismo quería hacer las tinciones para mi proyecto. Él me dijo que estaba bien y me pasó su receta. 

Alrededor de cuatro meses insistí en que me enseñara la técnica, me ajusté a sus horarios, le llevé tejido de mis animales a su laboratorio, le repetí decenas de veces que yo sólo quería aprender la técnica... pero jamás tuvo mucho interés en enseñarme nada. 



Un día, me llamó por teléfono al laboratorio y me dijo que ya tenía resultados de mis experimentos. Aunque entonces yo ya tenía dos publicaciones, a mi tutor le urgía que publicara otro artículo y tuve que limitarme a realizar conteos de células. Pusimos al colega como colaborador en el artículo y ese mismo año lo publicamos.

Él se fue de posdoc a Estados Unidos con uno de los grupos más reconocidos a nivel mundial en la investigación sobre narcolepsia, y publicó un artículo allá. 


Unos meses después, el líder de ese grupo de investigación decidió retirar ese artículo de la revista donde lo habían publicado porque nadie en su laboratorio -excepto Masao- podía replicar los datos.


Irónicamente, ahora él se dedica a dar cápsulas de ciencia y a desenmascarar a pseudocientíficos en redes sociales. 


A mí sólo me preocupa que nadie pueda replicar mis datos. 



domingo, junio 18, 2017

No se me olvida el 7-0


Hace un año la selección nacional perdió estrepitosamente contra la selección de Chile en Santa Clara, California. Eran los cuartos de final de La Copa América 2016, y Juan Carlos Osorio llegaba a ese torneo con una racha de 9 partidos ganados y un empate. La selección chilena era el campeón defensor. Un año antes, neutralizando casi por completo a Messi, había ganado la final disputada en Santiago contra Argentina. 



Desde el principio, ni la prensa ni la afición estuvieron de acuerdo con la elección de Osorio como técnico de la selección. De un partido a otro, cambiaba casi toda la alineación -incluyendo a los porteros- o hacía que los futbolistas jugaran en posiciones que no les correspondían. El equipo no jugaba a nada. 

via GIPHY

La selección había ganado casi todos los partidos de Clasificación a la Copa Mundial de Rusia 2018 y en esa Copa América había ganado de último minuto a Uruguay, había vencido a Jamaica y había empatado contra Venezuela con un asombroso gol de Jesús Corona. Un sector de la prensa decía que México podría ganar el torneo, pero ese partido contra Chile mostró la verdad: la fragilidad de la defensa, la desorganización en el medio campo y la falta de contundencia en el ataque. 



Hoy la selección juega contra Portugal en Kazan su primer juego en La Copa Confederaciones. Portugal llega como campeón de Europa, después de vencer a Francia en Saint-Denis, y México llega como campeón de la CONCACAF, después de vencer a Estados Unidos en Pasadena. 



Toda la semana he visto notas en internet en las que un sector de la prensa mexicana dice que la selección tiene suficiente nivel para ganarle a Portugal -e incluso para ganar este torneo-, aun cuando hace una semana, en un gris y aburrido partido en El Estadio Azteca, no pudieron vencer a la selección de Estados Unidos y hace menos de un mes perdieron un partido amistoso contra el equipo B de Croacia. 



Esas notas me suenan como a promesas de políticos en campaña electoral.

martes, mayo 02, 2017

Keret en la librería Mauricio Achar


Hace más de un mes aparté dos lugares para la Conferencia Magistral de Keret. La cuota de recuperación incluía un ejemplar de Tuberías y una firma de autógrafos. En ese momento no recordaba exactamente por qué, pero tenía la vaga impresión de que no me habían gustado mucho esa clase de eventos literarios. 

A mi esposa le gustan mucho los libros de Keret y desde que le conté de la conferencia quiso asistir. De hecho, a ella le gusta tanto Keret que yo empecé a leerlo porque me dijo que Kurt Cobain era uno de los personajes de Pizzería Kamikaze




Llegamos a la librería Mauricio Achar más de una hora antes del evento. No había nada que hiciera alusión a la conferencia de Keret. Mi esposa preguntó dónde sería la conferencia y entonces subimos al primer piso por las escaleras eléctricas. Yo esperaba que hubiera una fila, o algo así, pero no había nada ni nadie afuera del recinto.  

Aparentemente éramos los primeros en llegar y alguien nos dijo que podíamos comenzar a hacer la fila, pero no quisimos. La librería en general estaba semidesierta y bajamos a comprar algo para beber. Parecía un martes cualquiera.


No tardamos más de treinta minutos, pero cuando regresamos al recinto ya había unas diez o quince personas formadas en una fila. Al cabo de unos cuantos minutos, la fila se hizo más y más numerosa. Hasta había personas que ni siquiera habían pagado la cuota de recuperación, intentando colarse. Me puse un poco impaciente, porque me incomoda la gente que quiere pasarse de lista. 




Poco antes de las 7, la fila empezó a avanzar y entramos al recinto. Nos tocaron dos asientos muy cerca del escenario, que no era más que un par de sillones y una mesa con un ejemplar de Tuberías.

El lugar estaba lleno cuando empezó la conferencia. Keret habló en inglés y hubo traducción al español más o menos simultánea. El inglés de Keret fue fácil de entender, así que la traducción muchas veces estuvo de sobra. La conferencia fue divertida, Keret contó muchas anécdotas de su vida como escritor, las circunstancias en las que había escrito ciertos relatos y terminó con una serie de consejos para escribir. 




Hubo una sección de preguntas al final de la conferencia, y fue entonces cuando recordé exactamente por qué no me gustan mucho los eventos literarios. Las preguntas fueron de lo más estúpidas. Aunque los organizadores solicitaron que las preguntas fueran breves, las personas seleccionadas para realizarlas hicieron caso omiso. Todas comenzaron adulando a Keret y terminaron preguntándole cualquier cosa. Un tipo hasta se atrevió a sugerirle que escribiera una historia de él -allí, haciéndole esa pregunta-, y una mujer -que probablemente llegó tarde a la conferencia- hasta le preguntó por qué escribía. 

Sin embargo, el momento más insoportable de la sección de preguntas fue cuando una mujer de cabellos verdes y atuendo punk empezó a decirle que Mundos Paralelos había cambiado su vida -claro, después de presumir que ella también era escritora o editora, o ambas cosas- y que quería saber si Keret creía en lo que escribía porque ella estaba convencida de que esos Mundos Paralelos existían en algún lugar. Durante más de una hora, Keret nos había contado que le gustaba la ficción literaria y que no le importaba que sus historias carecieran de congruencia.   




Esa mujer me impacientó y me sentí aliviado de no estar en los zapatos de Keret. Me imaginé cuántas situaciones de esa clase tienen que enfrentar los escritores en las conferencias. Seguramente acaban rendidos, preguntándose por qué tienen que pagar ese precio. Me acordé del capítulo de Mujeres donde Bukowski está hospedado en el mismo hotel que Burroughs, antes de dar una conferencia. La persona que los contrató a los dos le dice a Bukowski que Burroughs no ha salido de su habitación en ningún momento y que le parece que está exagerando y que no debería esconderse de sus admiradores, y Bukowski le dice que él comprende a Burroughs y que los lectores pueden llegar a ser los personajes más insoportables del mundo y que los peores son aquéllos que además creen tener vocación de escritor. 


Estábamos sentados a unos metros de Keret y del traductor, pero en cuanto acabó la conferencia y los organizadores dijeron que Keret firmaría los ejemplares de Tuberías, toda la gente enloqueció y los que llegaron más tarde se formaron en los primeros lugares de la fila. Los organizadores fueron incapaces de poner orden, y mi esposa y yo tuvimos que esperar casi dos horas para conseguir el autógrafo de Keret.

Había personas que llevaban otros libros de Keret y que le pedían que dedicara cada uno de ellos a una persona distinta. Había otras personas que abusaban del tiempo de Keret y de los demás y se la pasaban contándole que ellas también escribían y que sólo estaban buscando una oportunidad. Había familias que hacían que Keret se tomara fotografías con cada uno de los integrantes de la familia y después con toda la familia completa.



Cuando finalmente llegó nuestro turno, yo sólo le dije a Keret que me gustaba mucho su relato de Kurt Cobain. Él nos firmó los ejemplares de Tuberías, los dedicó y nos hizo unos dibujos. 

Acabamos la noche cenando hamburguesas en un Vips de Miguel Ángel de Quevedo, y quejándonos de la gente que se pasa de lista. 

domingo, marzo 05, 2017

Kurt Vile tocó en El Plaza, pero no tocó mi canción favorita


Eran los últimos días de noviembre, llovía, hacía mucho frío y tenía más de una semana sin salir a la calle, cuando escuché a Kurt Vile por primera vez

Ocurrió de manera fortuita. Ni siquiera sabía que existía.

Él y su banda tocaban en una estación de radio de Seattle. La canción que tocaban era larga y tenía un ritmo hipnótico y lento que me hizo pensar en alguna tribu de África. 

En el sopor de la enfermedad, me pareció que la letra trataba de un sujeto que disfrutaba estar solo


La voz era peculiar -casi como un susurro desganado- y la guitarra eléctrica y la batería destacaban sobre todos los demás instrumentos. 


Las demás canciones no me agradaron tanto en ese momento, pero, como todavía permanecí varios días en cama y tuve mucho tiempo para escucharlas una y otra vez, eventualmente terminaron gustándome. 

Cuando pasó la enfermedad y pude salir a la calle de nuevo, ya identificaba varias canciones de Kurt Vile y ya hasta había encargado por internet su último álbum de estudio.


Justamente cuando el álbum llegó a la casa, Kurt Vile y su banda anunciaron que vendrían en febrero a la Ciudad de México. Fue una coincidencia de lo más oportuna, porque raras veces tengo tanto tiempo para escuchar música nueva y comenzar a interesarme en un artista nuevo y además tener la oportunidad de escucharlo en vivo. 

Compré boletos para el concierto, y escuché día y noche B'lieve I'm Goin' Down

En algunas canciones había ciertos destellos de optimismo, pero la música y las letras estaban llenas de pasajes melancólicos y sombríos, en general. 

Kurt Vile no sólo escribe la letra de todas sus canciones, sino que él compone la música y toca la mayoría de los instrumentos en sus álbumes. 

La prensa lo compara con Neil Young.  



Cuando llegó el día, mis expectativas eran muy altas. 

Estaba muy entusiasmado. Hacía tiempo que no me ilusionaba tanto asistir a un concierto. 

No tenía más de dos meses de conocer su música y estaba a unos minutos de escuchar cómo sonaba en vivo. Tenía muchas ganas de escuchar a Kurt Vile.

Estaba seguro que la banda tocaría Wheelhouse.

Llegamos como una hora antes del concierto. 



Afuera de El Plaza, había unas cincuenta personas. 

Había algunos puestos de mercancía pirata del concierto y unos extranjeros se veían muy interesados en los souvenirs. Uno de ellos intentaba darse a entender en un español muy rudimentario con un vendedor. Querían comprar unas gorras y unas playeras, y querían pagar en dólares porque no llevaban pesos mexicanos. Mi esposa me preguntó por qué no me acercaba a ayudarles a comunicarse con el vendedor, pero no le hice caso. 

Al vendedor le costó trabajo hacer un cálculo de lo que costaba su mercancía en dólares, pero al final llegó a un acuerdo con los extranjeros. 

Cuando terminaba la transacción, uno de los extranjeros me pareció vagamente conocido y me acerqué a él. Le pregunté si era el guitarrista de la banda y me dijo que sí, y sin pensarlo mucho se me ocurrió pedirle que me dejara tomarle una foto conmigo. 

Jesse Trbovich accedió y fue muy amable. 



Entramos al Plaza y me sentí un poco idiota porque mi esposa me dijo que a lo mejor los demás extranjeros también eran músicos de Kurt Vile y que yo simplemente los había ignorado. Tenía razón. En ese momento empecé a recordar sus rostros en algunos conciertos que había visto por internet. 

La última vez que había estado en El Plaza, todavía era un cine donde podías beber. 

En la planta alta había algunas butacas que parecían balcones de teatro y también había servicio de bar. A pesar de que el foro era pequeño, esa gente estaba muy retirada del escenario. Me dio la impresión -y lo confirmé más tarde- que a esas personas no les interesaba tanto la música, sino beber y platicar con música en vivo de fondo. 


Quisimos acercarnos lo más posible a la banda, pero ya estaban ocupados los mejores lugares. Aun así, nos quedamos a menos de diez metros del escenario. 

Conforme pasaban los minutos, la gente siguió llegando, aunque el lugar no se llenó por completo. Era un ambiente muy íntimo y me pregunté por qué no había ido a escuchar a Mark Lanegan cuando su banda tocó Blues Funeral allí. 

Trbovich y el resto de los extranjeros que habíamos visto comprando gorras y playeras, salieron al escenario después de las nueve.

Luego, salió Kurt Vile y la banda comenzó a tocar Dust Bunnies. 



Casi sin hacer una pausa, salvo para que su técnico -el extranjero que había intentado comunicarse con el vendedor de piratería afuera de El Plaza- le recogiera la guitarra Jaguar y le ayudara a ponerse un banjo, Kurt Vile tocó I'm An Outlaw. 

El sonido country de esa canción en su versión de estudio no me había agradado para nada, pero me gustó mucho cómo sonó en vivo esa noche. 

Luego tocaron Jesus Fever, la primera canción que todos en el público parecieron identificar por completo. 

Tal vez el momento más ovacionado fue cuando tocaron Pretty Pimpin'.  


La banda tocó durante más de una hora casi todo el álbum B'lieve I'm Goin' Down, algunos de sus éxitos de otros álbumes y hasta un cover de Bruce Springsteen

En algún momento, alguien en el público le pidió Wheelhouse a Kurt Vile, pero él se negó y dijo que sería en otra ocasión. 

En algunas canciones Kurt Vile se quedó solo en el escenario con una guitarra acústica. 

Fue impresionante y conmovedor cuando comenzaba a tocar. Parecía un hipnotista, o algo semejante. Yo sólo lo contemplé en silencio y creí entender por qué algunos periodistas lo comparan con Neil Young

Hasta estuve a punto de llorar cuando tocó Stand Inside.

Espero que Kurt Vile vuelva pronto a la Ciudad de México y espero que para entonces yo ya conozca mejor su música y que él toque mi canción favorita. 




viernes, febrero 10, 2017

El Sexto Piso



Luciano avanzó por las escaleras, mecánicamente. Subió hasta el rellano del cuarto piso, se detuvo y tomó un poco de aire. Notó que le costaba trabajo respirar. Nunca lo había considerado, pero su peso le resultaba un problema. Había subido casi seis kilos en un mes. Sintió cómo le escurría el sudor por la frente y acercó su nariz a una de las axilas. Olía horriblemente, como a Old Spice agrio. Luego, vislumbró una mancha de sudor en la camisa. Odiaba tener que subir tantas escaleras y que la actividad física le manchara la ropa. Aún faltaban un par de pisos.

Luciano volvió a subir las escaleras y llegó hasta el sexto piso, finalmente. Caminó a lo largo de un pasillo poco iluminado y se detuvo frente al número 666. Golpeó la puerta con los nudillos de la mano derecha, un par de veces. Esperó unos cuantos segundos, y volvió a golpear la puerta. Esta vez golpeó cinco o seis veces, con más fuerza. 

"¡Abre de una maldita vez!", vociferó. Fatigosamente, acercó una oreja a la puerta y sólo escuchó el débil maullido de Ripley, el gato de Yedvani, junto con un resuello que salía de alguna parte de su pecho. Después escuchó cómo el gato arañaba la puerta desde dentro, sin dejar de maullar. 


"Vamos, no tengo toda la noche, querida", pensó. Miró su reloj. Faltaban quince minutos para las once. Decidió que forzaría la puerta. Inspeccionó a su alrededor discretamente. Al percatarse de que no había nadie más que él en el pasillo, se puso delante de la puerta y dio unos cuantos pasos atrás. Calculó la fuerza requerida para tirar la puerta de un solo golpe, con base en la distancia a la que se encontraba, pero no se pudo mover. Una especie de sofocamiento lo detuvo. 

Luciano se desplomó junto a la puerta y se llevó ambas manos al pecho. Logró apoyarse contra una pared y sintió que se recuperaba. El pasillo olía a humedad y hacía mucho frío. Se sentó en el suelo, se recargó en la pared y cerró los párpados. 

Yedvani volvió al departamento cuando faltaban quince minutos para la medianoche. Estaba tan oscuro en el pasillo, que ella no se dio cuenta que había un cadáver a unos cuantos pasos de la puerta. 


lunes, enero 02, 2017

Si no te lo pido, no me hables de Jesús



Todo empezó una madrugada en la que bebía alcohol. Me sentí muy mal, como si tuviera algo atorado en la garganta, y como si eso estuviera asfixiándome y no pudiera permitirme ni siquiera tragar saliva. 

Fue una noche infernal, pero a la mañana siguiente, ya me sentía mejor. 


La frecuencia y la intensidad del malestar aumentaron con el tiempo, y tuve que acudir con un especialista. Seguí al pie de la letra los tratamientos médicos durante casi dos años. Tuve que cambiar mi dieta, dejar de fumar y dejar de beber alcohol. Hubo cierta mejoría, pero, cuando terminé los tratamientos, volví a sentirme mal y hasta un poco peor que al principio. 


Tanto medicamento me causó una horrible mononeuropatía y dañó terriblemente mi flora intestinal. Además de los calambres causados por la mononeuropatía, tenía náuseas y esofagitis todos los días, aunque comiera sanamente y no fumara ni bebiera alcohol ni ningún tipo de bebida azucarada o gaseosa. 


via GIPHY

No pasaba un día completo sin sentirme mal. Tras pedir la opinión de varios gastroenterólogos, opté por la cirugía.

Un miércoles me metieron al quirófano. Permanecí en el hospital hasta el viernes por la tarde. Cuando salí del quirófano, me sentía realmente mal, como si tuviera reflujo gastroesofágico. Supuestamente era un malestar normal porque me habían entubado durante el procedimiento quirúrgico. Tenía muchas flemas y estaba desesperado. No pude tomar agua sino hasta el jueves. Sentía que en cualquier momento me ahogaría con mis propias flemas. 



La primera noche en el hospital tuve que permanecer inmóvil, más bien dormitando y viendo la televisión. Repetían juegos de la Champions League todo el tiempo. Pasaban la semifinal entre el Real Madrid y el Manchester City, y otro partido del Villarreal. Odié el futbol. Tal vez desde entonces rara vez veo un partido de futbol.  

También por la televisión pasaban con frecuencia comerciales de la cobertura que harían en FOX durante las olimpiadas de Río de Janeiro. Me sentía tan abatido, que tuve que aferrarme a la idea de que cuando comenzaran las olimpiadas me sentiría mucho mejor. 


Estar acostado en la cama y apenas poderme mover todos esos días que permanecí en el hospital, también me resultó deprimente. La debilidad que sentí al salir del hospital fue todavía más deprimente. Apenas podía dar un paso. Caminaba lentamente y encorvado, como un anciano. Me dolía mucho la herida. 

En la casa sólo me sentía un poco incómodo por la herida y detestaba un poco la cicatriz que me quedaría. Algunos pedazos del hilo quirúrgico de la sutura sobresalían en mi abdomen, y eso me hacía sentir vulnerable. Tan sólo la posibilidad de que el hilo quirúrgico pudiera atorarse con otro objeto y desprenderse y causarme dolor, me atemorizaba. También me atemorizaba la posibilidad de que mis gatos me lastimaran accidentalmente.

Además de todo lo anterior, un día me impacienté. 

Durante la convalecencia, un familiar vino a verme a la casa. Dijo que había orado para mi pronta recuperación y que Gracias a Dios los médicos habían realizado bien la cirugía. Continuó con su discurso Bíblico. Dijo solemnemente "Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Romanos 8:18". 



via GIPHY

Guardé silencio durante algunos minutos, tratando de despabilarme de esa horrible sensación. Desde niño, he odiado todo lo litúrgico. Cuando mis papás me obligaron a hacer la primera comunión y tuve que acudir al catecismo, no podía dejar de observar a la gente que estaba allí y sentirme infectado de un virus letal. La mayoría de ellos olían mal y se veían sucios, y sus rostros humildes reflejaban que creían ciegamente en Dios. Tal vez no tiene ninguna relación, pero no podía dejar de pensar en la gente de la Edad Media, en el fanatismo de la Inquisición y en la falta de higiene que provocaba epidemias que causaban miles de muertes. 

Cada vez que oigo rezar a alguien, no puedo evitarlo y pienso en todas estas cosas. 


El Triunfo de la Muerte. Peter Brueghel, 1562. 

Mi familiar continuó orando en mi casa, aun sabiendo que yo no estoy de acuerdo con sus creencias. Cada vez que tiene oportunidad de pregonar la palabra del Señor, no la deja escapar. No quise darle importancia al asunto, pero simplemente no pude ignorarlo. 

¡No había transcurrido ni una semana desde la operación! 

via GIPHY

Me sentía mal, débil, exhausto, sin ánimos de escuchar cosas que no me hacen falta.
Me exasperó y lo interrumpí. Le dije que la cirugía había salido bien, gracias a los médicos; no, gracias a Dios. Se disgustó, y me dijo que seguramente yo creía que los humanos proveníamos del chango. Yo le respondí que no proveníamos exactamente del chango, pero que desde luego tampoco proveníamos de un ser Todopoderoso.  


Entiendo, hasta cierto punto, que muchas personas necesiten creer en un Dios. Yo no hablo de Dios porque tengo una opinión negativa acerca de la religión y porque no necesito tratar de convencer a nadie de que está equivocado por creer ciegamente en un libro que fue escrito hace 1 500 años, por quién sabe cuántos miles de personas, con quién sabe cuántos miles de intereses que han ido cambiando a lo largo del tiempo. Considero que cada quién decide en qué creer, pero no soporto que nadie quiera imponerme sus creencias, o que me trate como si yo no supiera que en realidad estoy buscando a Dios.

No puedo evitar imaginarme que si tuviera un hijo, tarde o temprano alguien de la familia le impondría una creencia. La idea me tortura por muchas razones. No soportaría que alguien le inculcara cualquier tipo de creencia, aun sabiendo que yo no soy creyente. Odiaría tener un hijo sin sentido común.