domingo, noviembre 19, 2017

Tendré que ir a Australia a escuchar a Courtney Barnett


El 16 de abril Axl Rose, Slash y Duff McKagan tocarían, juntos por primera vez después de casi 20 años, en el Festival de Música y de Arte de Coachella.

En unos cuantos días, ellos vendrían a tocar a la Ciudad de México, pero yo veía la transmisión del festival por internet.

Cuando estaba aburriéndome de la infinidad de bandas synthpop y dance-punk que tocaban en ese festival de Coachella, vi a Courtney Barnett.

No sabía nada de ella, pero me llamó la atención.

Tocaba una Telecaster para zurdos y cantaba con desgano.

Su banda de psychedelic rock la completaban un baterista y un bajista.

Algunas de sus canciones tenían una atmósfera semejante a las canciones de Thurston Moore y de Lee Ranaldo con Sonic Youth.


Courtney Barnett nació en Sidney y comenzó a tocar la guitarra a la edad de diez años, influenciada por Jimmy Hendrix y por Kurt Cobain.

A los doce años compuso sus primeras canciones. 

Tocó en algunas bandas de garage, como Immigrant Junior y Rapid Transit

Junto con su pareja, Jen Cloher, es dueña del sello discográfico Milk! Records.


Supuestamente, le pidió un préstamo a su abuela para fundar la compañía. 

Entre el 2011 y el 2013, publicó tres EPs bajo este sello. 

Su álbum debut, Sometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit, fue publicado en marzo del 2015. 

Su música no suena a ninguna banda australiana que conozca, y la he disfrutado mucho. 


Las letras de sus canciones fluctúan entre lo convencional, lo divertido, lo sarcástico y lo inesperado, pero algunas de ellas están llenas de pasajes existencialistas y crueles. 

Elevator Operator, la canción que abre el álbum, habla de un chico que odia su trabajo y que un día decide faltar a él y subirse en elevador hasta lo más alto de un edificio a contemplar la ciudad, para reflexionar acerca de su vida. 

Una chica con sonrisa de botox -que huele a perfume caro, que es tan delgada que se le notan los huesos y que lleva una bolsa de piel de víbora-, lo mira de arriba abajo y lo confunde con un suicida y se sube al elevador y lo acompaña hasta el último piso.

Cuando los dos llegan al último piso y el chico está por presionar el botón para abrir las puertas del elevador, ella trata de convencerlo de que no vale la pena matarse y le dice que ella daría lo que fuera por tener una piel tan bonita como la de él.  

El chico -se supone que es un amigo de Courtney Barnett y que la historia está basada en una historia real- le dice a la chica que él no es un suicida y que toda su vida ha soñado con ser operador de un elevador. 


Pedrestian at best, la segunda canción del álbum, es una canción sobre la queja de una mujer iracunda que está frustrada porque su pareja es una persona débil y dependiente que la idolatra y que la hace sentirse mal cada vez que llora. 

An Illustration Of Loneliness (Sleepless in New York) es sobre la soledad que experimenta alguien en una ciudad desconocida, mientras cuenta las grietas de las paredes de la habitación en la que intenta dormir y no puede dejar de pensar en un ser amado.


Small Poppies es la historia de una mujer que se debate entre el deseo de ser alguien más y encontrarse a sí misma, mientras contempla una amapola.

Kim's Caravan tiene un carácter más fatalista y describe el abandono que siente una mujer que vive en una caravana junto al océano, al contemplar el paisaje, encontrar el rostro de Jesús por todas partes y preguntarse por el sentido de su vida.  

Hace un año Courtney Barnett tocó en el Festival Corona Capital, y sigo lamentándome por no haber ido.

No sé cuánto tiempo pasará para que vuelva a interesarme tanto en una artista como ella, ni si ella volverá a tocar a la Ciudad de México.

martes, octubre 17, 2017

Michel Jouvet formó parte de La Resistencia Francesa


Michel Jouvet nació en 1925, en Lons-le Saunier, al este de Francia, en la frontera con SuizaEl lugar es mundialmente conocido por las montañas de Jura, cuya cordillera se extiende a lo largo de Francia, Suiza y AlemaniaEstas montañas son un importante atractivo turístico para los amantes del esquí, del ciclismo de montaña y del senderismo

El padre de Jouvet era médico, pero él quería ser oficial de la Armada, así que en 1942 se encontraba en Lyon estudiando "matemáticas especializadas" para ingresar a la Escuela Naval; sin embargo, en diciembre de ese año, gran parte de La Armada Francesa se había mudado a Toulon y, por lo tanto, en ese momento resultaba imposible convertirse en oficial. 


Desde junio de 1940, la prefectura de Jura había sido ocupada por el ejército alemán. 


Lyon era la capital de la Resistencia Francesa y, además de estar sometida a constantes bombardeos, estaba ocupada por tropas alemanas y brigadas especiales de la SS




En estas circunstancias, Jouvet se trasladó a las montañas de Jura y se unió a los maquisardos, una guerrilla de la Resistencia Francesa conformada por hombres y mujeres que habían escapado a las montañas para evitar el Service du travail obligatoire (STO) y ser forzados a trabajar para los alemanes. 

Con los maquisardos, Jouvet peleó principalmente contra "La Armada de Vlassov", un ejército constituido por soldados anti-stalinistas hechos prisioneros en Ucrania y que recibía órdenes de la SS.  


Estos soldados eran sumamente crueles y asesinaron a centenas de civiles y a varios compañeros maquisardos de Jouvet.




Después de la liberación de Jura en agosto de 1944, Jouvet fue voluntario en las tropas de Los Alpes y allí realizó patrullajes en esquí a lo largo de la frontera con Italia

En enero de 1945, su brigada fue enviada a defender Estrasburgo -que había sido atacada por pánzers alemanes- a lo largo del Río Rhino.


Ya como Sargento, después de mayo de 1945, Jouvet entró en ocupación en Viena durante dos meses y finalmente volvió a la vida civil en octubre de ese año. 


Tras una breve incursión en la Antropología y en la Etnografía, Michel Jouvet se dejó convencer por su padre e ingresó en la Escuela de Medicina en Lyon. 


Su padre le había insistido que "la medicina abría muchas puertas". 


En 1951, Jouvet fue admitido como residente en neurocirugía y allí se sintió atraído por la forma tan lenta con la que los pacientes parecían "recobrar la conciencia" durante los periodos post-operatorios. 




Entonces Ivan Pavlov era reconocido como una de las figuras más eminentes en el campo de la fisiología del cerebro y Jouvet se interesó en sus estudios. 

Al igual que el fisiólogo ruso, Jouvet estaba convencido de que el cerebro no era una caja negra y, además, pensaba que la corteza cerebral participaba tanto en el aprendizaje como en el sueño. 

En ese mismo año, gracias a un intercambio académico entre las Universidades de Lyon, de Moscú y de Leningrado, tuvo contacto con dos discípulos de Pavlov. 


El aprendizaje pavloviano ya no le pareció tan interesante.


Más adelante, tuvo la oportunidad de leer el trabajo de Moruzzi y Magoun en el que mostraban que la formación reticular podía controlar los estados de vigilancia en el gato, y esa experiencia le dio sentido a su vida académica.     


Arch Ital Biol 

martes, septiembre 26, 2017

Tuve que caminar más de tres kilómetros


Hace una semana hubo un simulacro en la Ciudad de México, para conmemorar el aniversario 32 del terremoto del 19 de septiembre de 1985

La Comisión de Seguridad de la Universidad nos había pedido que durante el simulacro nos mantuviéramos en una zona de seguridad y que no bajáramos del tercer piso del edificio S. 

La zona de seguridad estaba entre los baños y las escaleras, apenas a unos 15 metros del cubículo. 

De acuerdo a lo planeado, la alerta sísmica sonó a las 11:00 a.m. y todos los que estábamos en el tercer piso en ese momento, hicimos lo que nos habían pedido las autoridades.  

Entre investigadores, administrativos y estudiantes de la División de Ciencias Biológicas y de la Saludéramos alrededor de 20 personas -menos de la tercera parte de todo el piso-, en la zona de seguridad

En el cubículo normalmente estamos cuatro personas, pero en el simulacro todas estaban en diferentes lugares. 

Una de mis colegas fue la representante del Departamento de Biología de la Reproducción en la Comisión de Seguridad y, durante el simulacro, estuvo ocupada organizando a la gente de la División. Su esposo -otro colega del Departamento- en ese momento impartía una clase de licenciatura en otro edificio. Otro investigador con el que comparto cubículo, había salido a arreglar algunos asuntos a la Rectoría de la Unidad en ese preciso momento.  

Me acerqué a unas compañeras que estaban a unos metros de mí y traté de contarles sobre mi experiencia en el terremoto de 1985, pero no les interesó.

Tal vez nunca habían visto desplomarse un edificio, o nunca habían vivido un terremoto destructivo, o simplemente las asustaba la idea de imaginárselo.  


Cuando acabó el simulacro, volví al cubículo. 

Estaba trabajando en una propuesta de investigación para concursar por financiamiento en una convocatoria del CONACyT


La fecha límite para entregarla era el viernes 22 de septiembre, y me faltaban unos cuantos detalles. 


Después de un rato, dos de mis colegas regresaron al cubículo. 


Ellos se pusieron a charlar sobre René Drucker -había muerto el domingo anterior-, y tuve curiosidad por saber qué opinión tenían de él. 


Aunque fue alumno de Raúl Hernández Peón -uno de los mexicanos pioneros en los estudios sobre la participación de la acetilcolina en el sueño- y realizó diversos trabajos relacionados con la perfusión de sustancias hipnóticas que se acumulaban en gatos dormidos y que inducían sueño en gatos despiertos, la mayoría de la gente lo identifica por sus cápsulas de divulgación de la ciencia o por sus estudios relacionados con el Parkinson


La gente que lo trató personalmente o que colaboró con él, tiene una opinión más especializada acerca de sus aportaciones a la comunidad científica. 




Yo tenía curiosidad por conocer la opinión de mis colegas. 

Drucker estuvo en mi examen de candidatura -aunque sólo crucé palabras con él, dos o tres veces-, es mi abuelo académico -fue tutor de mi tutor de doctorado- y tengo una publicación con él.


A pesar de la curiosidad, no quise parecer un entrometido y seguí trabajando en la propuesta de Ciencia Básica del CONACyT.


A las 13: 14 estaba tomando un descanso. 


Para distraerme, leía un artículo que evaluaba el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores usaban un extraño paradigma en el que el molusco tenía que aprender a dejar de aproximarse a un alimento apetitoso incomible. 


En condiciones normales, la Aplysia aprendía rápidamente que el alimento no era comestible -estaba dentro de una bolsa que el molusco no podía romper- y dejaba de aproximarse a él, pero la restricción de sueño bloqueaba el aprendizaje. 

La parte más significativa del trabajo era que una oportunidad de 4 horas para dormir, resultaba suficiente para revertir el efecto negativo de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo.  




De repente sentí una terrible sacudida -como si una ola atravesara el suelo-, y me levanté de mi asiento. Ni siquiera apagué la computadora. 

Pensé que el temblor no duraría mucho y que no sería catastrófico. Unas semanas atrás -el jueves 7 de septiembre- también había temblado y no había ocurrido nada que lamentar.


Mis colegas hicieron lo mismo, y todos salimos del cubículo en orden. 


Cuando estaba a unos metros del cubículo, la sacudida cobró más fuerza. 

No sé por qué, pero volví al cubículo -nadie lo había cerrado- y tomé mi bolsa de mano y salí y cerré la puerta con llave

El suelo se movía de tal manera que me resultó casi imposible mantener la vertical. 

Ni siquiera intenté llegar a la zona de seguridad en la que había permanecido durante el simulacro de las 11:00. 

A unos metros del cubículo había una especie de cadena humana. Varias personas estaban abrazadas junto a una de las columnas del edificio, y me acerqué a ellas. 

En otra de las columnas sobre el mismo pasillo, reconocí a una investigadora. Ella estaba abrazada a otras personas que se apoyaban en esa columna. 


No sé si fue sólo mi impresión, pero ella se veía incrédula y angustiada. 


Nos conocemos desde hace casi 10 años -incluso fue sinodal en mi examen de grado del doctorado-, pero últimamente no nos hablamos. Ella inventó que yo saboteaba sus experimentos. Al verla allí, en la columna, pensé que su invención no tenía la menor importancia. 


De la cadena humana en la que estaba esa investigadora provenían gritos de mujeres y de algunos hombres que intentaban tranquilizarlas. 


Eso me puso un poco nervioso y volteé hacia otro lado. 


Miré detrás de mí y vi a uno de mis colegas. Tenía la mirada perdida y estaba solo, a unos cuantos pasos de otra de las columnas del edificio. Estaba inmóvil, intentando mantener la vertical. 


Tuve la impresión de que él intentaba guardar la calma, pero que también temía por su vida. En ese momento, su esposa -la colega que había representado a la División en la Comisión de Seguridad durante el simulacro- estaba impartiendo una clase en otro edificio, y probablemente él estaba pensando en ella y en sus hijos. 




Al verlo, me sentí solo, al igual que en el simulacro. 


A pesar de que prácticamente estaba abrazando a una desconocida -ella es muy delgada, usa lentes de aumento y sólo la conozco de vista; y estaba muy asustada, a punto de gritar- y de que habíamos alrededor de 15 personas en ese pasillo del tercer piso, pensé que todos en realidad estábamos solos allí, lejos de nuestras familias, preguntándonos si el edificio resistiría el terremoto o si se desplomaría, o pensando si nuestros seres queridos estaban a salvo. 


Mientras el edificio se sacudía, además de los gritos de las mujeres, yo escuchaba (o eso me parecía) que las tuberías y las varillas del edificio crujían, igual que cuando era un niño y estaba con mi mamá en el quinto piso del edificio en el que vivíamos 32 años atrás. 


Justamente esa mañana, después de leer las noticias en el teléfono celular, había recordado mi experiencia en el terremoto de 1985 y la inmediatez de esos recuerdos y lo que estaba ocurriendo en ese momento fue escalofriante. 


En medio de todo ese ruido y mientras recordaba mi infancia, una pared se derrumbó -aparentemente muy cerca de nosotros, porque el sonido que hizo fue estruendoso y aterrador- y luego unos cristales se rompieron. 


El movimiento del suelo era tan intenso que yo sólo pensé que ese derrumbe era una señal de que el edificio S no estaba tan bien construido como parecía y de que podría caerse en cualquier momento. 


Por desgracia he visto en varios documentales cómo se desploman muchos edificios en cuestión de segundos.


No quería pensar que el edificio podía caerse y que todos podíamos quedar atrapados entre los escombros, pero no podía evitarlo. 


Pensé en mi esposa y en mis gatos, que en ese momento estaban en el quinto piso del edificio donde vivimos, a tan sólo 20 minutos de la Universidad. 


Temí por sus vidas.  




Cuando el terremoto cesó, no sé cómo, pero llegué hasta la planta baja. 

De repente ya estaba en la explanada, frente a la Rectoría de la Unidad. Allí había muchas personas asustadas, intentando llamar por teléfono a sus familiares y amigos. 


Me temblaban las manos. 

Estaba más impresionado de lo que creía. 
Intenté comunicarme por teléfono con mi esposa, pero no tenía señal y me preocupé. 
Creo que las líneas telefónicas dejan de funcionar, sólo cuando los terremotos son realmente catastróficos. 

Regresé a la entrada del edificio S y vi que tenía una grieta aparatosa, y me puse más nervioso. Pensé que el terremoto había sido más fuerte de lo que había creído y me preocuparon más mi esposa y mis gatos. 

Intenté llamarla de nuevo y volví a fracasar. 


Salí de la Universidad, frenético y desesperado. 


La calle era un caos. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el terremoto y parecía que acababa de ocurrir un saqueo o una revolución. Pasaban pocos taxis y todos estaban ocupados. Pasaban pocos camiones de pasajeros y todos estaban llenísimos. Tuve que caminar sobre la avenida Javier Rojo Gómez más de tres kilómetros. 


Estaba desesperado. Sólo quería saber cómo estaba mi esposa y cómo estaban mis gatos -mi teléfono seguía sin señal-, y no había manera de llegar pronto a la casa. 


Aunque había mucha gente caminando en la calle y no se veía ningún edificio derrumbado, había mucho tráfico y pasaban patrullas y ambulancias en dirección hacia Ermita




En algún momento las piernas no me respondieron y me detuve en una tienda donde había varias personas escuchando la radio. En las noticias decían que en la colonia Roma se habían caído varios edificios, y me sentí más desesperado.  

Además, me sentía frustrado. 

La casa estaba cerca, pero simplemente no podía llegar ni comunicarme con nadie.

Después de casi 40 minutos de caminata, finalmente logré abordar un camión de pasajeros. 


Iba llenísimo. Había unos pasajeros que iban haciendo bromas estúpidas relacionadas con el terremoto -ellos, obviamente, ya se habían logrado comunicar con sus familiares- y que no dejaban escuchar la radio que traía encendida el chofer. 


Hasta ese momento supuse que también alguien podría estar preocupado por mí, y la idea me hizo sentir incómodo.   


Llegué a la casa poco antes de las 16:00. 


Desde afuera, el edificio donde vivo se veía en buen estado. 

Respiré profundamente.

Vi a uno de mis vecinos a lo lejos, inspeccionando con sus hijos las zonas aledañas al edificio, y eso me tranquilizó.


Entré en el edificio. 

Una de las vecinas me dijo que mi esposa acababa de subir al departamento.

Subí hasta el quinto piso.


Mi cuñada estaba también en el departamento y ella y mi esposa estaban bien.

Los gatos estaban escondidos debajo de la cama, un poco asustados. 

El departamento también estaba en buenas condiciones.


No había luz ni agua y sólo tuvimos internet el tiempo que duró la batería del módem, pero fue suficiente para ver por redes sociales la destrucción que había causado el terremoto.


Me sentí la persona más afortunada del mundo.


Con todo y gatos, pasamos la noche en casa de mis papás. 


Me sentía exhausto, pero no pude dormir.