martes, octubre 17, 2017

Michel Jouvet formó parte de La Resistencia Francesa


Michel Jouvet nació en 1925, en Lons-le Saunier, al este de Francia, en la frontera con SuizaEl lugar es mundialmente conocido por las montañas de Jura, cuya cordillera se extiende a lo largo de Francia, Suiza y AlemaniaEstas montañas son un importante atractivo turístico para los amantes del esquí, del ciclismo de montaña y del senderismo

El padre de Jouvet era médico, pero él quería ser oficial de la Armada, así que en 1942 se encontraba en Lyon estudiando "matemáticas especializadas" para ingresar a la Escuela Naval; sin embargo, en diciembre de ese año, gran parte de La Armada Francesa se había mudado a Toulon y, por lo tanto, en ese momento resultaba imposible convertirse en oficial. 

Desde junio de 1940, la prefectura de Jura había sido ocupada por el ejército alemán. 

Lyon era la capital de la Resistencia Francesa y, además de estar sometida a constantes bombardeos, estaba ocupada por tropas alemanas y brigadas especiales de la SS




En estas circunstancias, Jouvet se trasladó a las montañas de Jura y se unió a los maquisardos, una guerrilla de la Resistencia Francesa conformada por hombres y mujeres que habían escapado a las montañas para evitar el Service du travail obligatoire (STO) y ser forzados a trabajar para los alemanes. 

Con los maquisardos, Jouvet peleó principalmente contra "La Armada de Vlassov", un ejército constituido por soldados anti-stalinistas hechos prisioneros en Ucrania y que recibía órdenes de la SS.  


Estos soldados eran sumamente crueles y asesinaron a centenas de civiles y a varios compañeros maquisardos de Jouvet.




Después de la liberación de Jura en agosto de 1944, Jouvet fue voluntario en las tropas de Los Alpes y allí realizó patrullajes en esquí a lo largo de la frontera con Italia

En enero de 1945, su brigada fue enviada a defender Estrasburgo -que había sido atacada por pánzers alemanes- a lo largo del Río Rhino.

Ya como Sargento, después de mayo de 1945, Jouvet entró en ocupación en Viena durante dos meses y finalmente volvió a la vida civil en octubre de ese año. 

Tras una breve incursión en la Antropología y en la Etnografía, Michel Jouvet se dejó convencer por su padre e ingresó en la Escuela de Medicina en Lyon. 

Su padre le había insistido que "la medicina abría muchas puertas". 

En 1951, Jouvet fue admitido como residente en neurocirugía y allí se sintió atraído por la lentitud con la que los pacientes parecían "recobrar la conciencia" durante los periodos post-operatorios. 


Entonces Ivan Pavlov era reconocido como una de las figuras más eminentes en el campo de la fisiología del cerebro y Jouvet se interesó en sus estudios. Estaba convencido de que se desconocía por completo el funcionamiento del cerebro y también de que la corteza cerebral participaba tanto en el aprendizaje como en el sueño. 

En ese mismo año, gracias a un intercambio académico entre las Universidades de Lyon, de Moscú y de Leningrado, tuvo contacto con dos discípulos de Pavlov. 


El aprendizaje pavloviano ya no le pareció tan interesante.


Más adelante, tuvo la oportunidad de leer el trabajo de Moruzzi y Magoun en el que mostraban que la formación reticular podía controlar los estados de vigilancia en el gato, y esa experiencia le dio sentido a su vida académica.     

Arch Ital Biol 

martes, septiembre 26, 2017

Tuve que caminar más de tres kilómetros


Hace una semana hubo un simulacro en la Ciudad de México, para conmemorar el aniversario 32 del terremoto del 19 de septiembre de 1985

La Comisión de Seguridad de la Universidad nos había dado la instrucción de replegarnos en una zona de seguridad, junto a las escaleras, y que no bajáramos del edificio S. 

De acuerdo a lo estipulado, la alerta sísmica sonó a las 11:00 a.m. y todos los que estábamos en el tercer piso salimos en orden.  

Entre investigadores, administrativos y estudiantes de la División de Ciencias Biológicas y de la Saludéramos alrededor de 20 personas -tan sólo una tercera parte, o menos, de todo el piso-, en la zona de seguridad

Yo estuve solo casi todo el simulacro. 

Una de mis colegas fue la representante del Departamento de Biología de la Reproducción en la Comisión de Seguridad y, durante el simulacro, estuvo ocupada organizando a la gente de la División. Su esposo -otro colega del Departamento- en ese momento impartía una clase de licenciatura en otro edificio. Otro investigador con el que comparto cubículo, había salido a arreglar algunos asuntos a la Rectoría de la Unidad en ese preciso momento.  

Esa soledad fue como un mal presentimiento. 

Me acerqué a unas compañeras que estaban a unos metros de mí y traté de contarles sobre mi experiencia en el terremoto de 1985 -son más jóvenes que yo, y probablemente ni siquiera habían nacido entonces-, pero se mostraron apáticas.

Fue evidente que ellas nunca habían visto desplomarse un edificio y que nunca habían padecido un terremoto destructivo.  


Cuando acabó el simulacro, volví al cubículo a trabajar. 

Estaba trabajando en una propuesta de investigación para concursar por financiamiento en una convocatoria del CONACyT


La fecha límite para entregarla era el viernes 22 de septiembre. 


Después de un rato, dos de mis colegas regresaron al cubículo. 


Ellos se pusieron a charlar sobre René Drucker -había muerto el domingo anterior-, y tuve curiosidad por saber qué opinión tenían de él. 


En general, la gente que no se dedica a la ciencia lo reconoce como un gran científico y un gran divulgador de la ciencia. Aunque fue alumno de Raúl Hernández Peón -uno de los mexicanos pioneros en la investigación del sueño- y realizó diversos trabajos con relación a los mecanismos del sueño en gatos, la mayoría de la gente lo conoció por sus estudios relacionados con el Parkinson

Varios colegas de la comunidad científica, tienen una opinión de Drucker muy distinta a la opinión de la mayoría de la gente. 


Yo tenía curiosidad por conocer la opinión de mis colegas, simplemente porque Drucker estuvo en mi examen de candidatura -es mi abuelo académico, porque fue tutor de mi tutor de doctorado- y porque incluso tengo una publicación con él.

A pesar de todo, no quise verme como un entrometido y seguí trabajando en la propuesta de Ciencia Básica del CONACyT.


A las 13: 14 estaba tomando un descanso. 


Para distraerme, leía un artículo que estudiaba el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores usaban un paradigma que consistía en entrenar al molusco a que aprendiera a discriminar un alimento que no era comestible. 


En condiciones normales, la Aplysia aprendía rápidamente que el alimento no era comestible y dejaba de aproximarse a él, pero la restricción de sueño bloqueaba el aprendizaje. La parte más llamativa del trabajo era que una oportunidad de 4 horas para dormir, era suficiente para revertir el efecto negativo de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo.  



De repente sentí una terrible sacudida -como si una ola atravesara el suelo-, y me levanté de mi asiento, tranquilamente. Ni siquiera apagué la computadora. 
Pensé que el temblor no duraría mucho. Unas semanas atrás -el jueves 7 de septiembre- también había temblado y no había ocurrido nada que lamentar.

Mis colegas hicieron lo mismo, y todos salimos del cubículo en orden. 


Sin embargo, la sacudida rápidamente cobró más fuerza. 

Por unos momentos no supe qué hacer. Lo único que hice fue volver al cubículo -nadie lo había cerrado- y tomar mi bolsa de mano y salir y cerrar la puerta con llave

El suelo se movía de tal manera que me resultó casi imposible mantener la vertical. 

Al salir del cubículo, pensé en resguardarme en la zona de seguridad en la que había permanecido durante el simulacro de las 11:00, pero me quedaba muy lejos y además no había nadie allí. 

A unos metros del cubículo había una cadena humana, abrazada 
a una columna del edificio, y me acerqué a ella. 


En otra columna que estaba más cerca de las escaleras, vi a otra investigadora. Ella se veía incrédula y angustiada. Nos conocemos desde hace casi diez años -incluso fue sinodal en mi examen de grado del doctorado-, pero últimamente no nos hablamos. Ella inventó que yo saboteaba sus experimentos. 


Al verla allí, en la columna, incrédula y angustiada, me di cuenta que no valía la pena darle importancia a lo que había dicho. 


De la cadena humana donde ella estaba provenían gritos de mujeres y de hombres que intentaban calmarlas. Eché un vistazo detrás de mí y allí estaba uno de mis colegas, con la mirada perdida, a unos cuantos pasos de otra columna. Él estaba completamente solo. Me pareció que intentaba guardar la calma, pero que también temía por su vida. En ese momento, su esposa -la colega que había representado a la División en la Comisión de Seguridad- estaba impartiendo una clase en otro edificio, y probablemente él estaba pensando en ella y en sus hijas. 



Entonces, al igual que en el simulacro, me sentí solo. 


A pesar de que prácticamente estaba abrazando a una desconocida -ella también estaba muy asustada y tenía la mirada perdida- y de que habíamos alrededor de quince personas en ese corredor del tercer piso, pensé que todos estábamos solos allí, lejos de nuestras familias, preguntándonos si el edificio se desplomaría y si nuestros seres queridos estaban a salvo. 


Mientras el edificio se sacudía, además de los gritos de las mujeres, yo escuchaba (o eso me parecía) que las tuberías y las varillas del edificio crujían. 


En medio de todo ese ruido, una pared se derrumbó -aparentemente muy cerca de nosotros, porque el sonido que hizo fue estruendoso y aterrador- y luego unos cristales se rompieron. 


El movimiento era tan intenso que yo sólo pensé que ese derrumbe era una señal de que el edificio S no estaba tan bien construido como parecía y de que podría caerse en cualquier momento. 


Por desgracia he visto en varios documentales cómo se desploman muchos edificios en cuestión de segundos.


No quería pensar que el edificio podía colapsarse y que todos podíamos quedar atrapados entre los escombros, pero no podía evitarlo. 


Pensé en mi esposa y en mis gatos, que estaban en el quinto piso del edificio donde vivimos, a tan sólo veinte minutos de la Universidad. Temí por sus vidas. Temí que le hubiera pasado algo a ese edificio. 




Cuando el terremoto cesó, no sé cómo, pero llegué hasta la planta baja. De repente ya estaba en la explanada, frente a la Rectoría de la Unidad. Allí había muchas personas asustadas, intentando llamar por teléfono a sus familiares y amigos. 

Me temblaban las manos. 

Intenté comunicarme por teléfono con mi esposa, pero no tenía señal. 

Regresé a la entrada del edificio S y vi que tenía una grieta aparatosa, y me puse más nervioso. Pensé que el terremoto había sido más fuerte de lo que había creído y me preocuparon más mi esposa y mis gatos. 


Intenté llamarla de nuevo y volví a fracasar. 

Salí de la Universidad, frenético y desesperado. 


La calle era un caos. No habían transcurrido ni diez minutos desde el terremoto, y parecía que acababa de ocurrir un saqueo o una revolución. Pasaban pocos taxis y todos estaban ocupados. Pasaban pocos camiones de pasajeros y todos estaban llenísimos. Tuve que caminar sobre la avenida Rojo Gómez alrededor de tres kilómetros. 


Estaba desesperado. Sólo quería saber cómo estaba mi esposa y cómo estaban mis gatos -mi teléfono seguía sin señal-, y no había manera de llegar pronto a la casa. 


Aunque había mucha gente caminando en la calle y no se veía ningún edificio derrumbado, había mucho tráfico y pasaban patrullas y ambulancias en dirección hacia Ermita




En algún momento las piernas no me respondieron y me detuve en una tienda donde había varias personas escuchando la radio. En las noticias decían que en la colonia Roma se habían caído varios edificios, y me sentí más desesperado.  

Además, me sentía frustrado. 

La casa estaba cerca, pero simplemente no podía llegar ni comunicarme con nadie.

Después de casi cuarenta minutos de caminata, finalmente logré abordar un camión de pasajeros. 


Iba llenísimo. Había unos pasajeros que iban haciendo bromas estúpidas relacionadas con el terremoto -ellos, obviamente, ya se habían logrado comunicar con sus familiares- y que no dejaban escuchar la radio que traía encendida el chofer.   

Llegué a la casa como a las 15:30. 

Desde afuera, el edificio se veía en buen estado. Respiré profundamente.
El vecino del departamento contiguo al de nosotros, inspeccionaba las zonas aledañas al edificio con sus hijos, y eso me tranquilizó.

Entré en el edificio y subí hasta el quinto piso.


Todos estaban bien en casa.  

El departamento también estaba en buenas condiciones.

No había luz ni agua y sólo tuvimos internet un rato -suficiente para ver por redes sociales la destrucción que había causado el terremoto-, y decidimos pasar la noche en casa de mis papás. 


Me sentía exhausto, pero no pude dormir. 


Tuve pesadillas toda la noche. 


    

martes, septiembre 19, 2017

En tan sólo dos minutos


Hoy por la mañana, desperté más temprano que de costumbre y me levanté de la cama a alimentar a los gatos. Mientras ellos comían, yo trataba de recordar mi sueño. Tenía la impresión de que había soñado algo espantoso. 

Me senté en un sillón y me puse a leer las noticias en el teléfono. Muchas noticias mencionaban que hacía 32 años un terremoto de una magnitud de 8.1 había devastado a la Ciudad de México


Aquella mañana del jueves 19 de septiembre de 1985, antes de que temblara, yo estaba desayunando como cualquier otro día de la semana. Iba a cumplir 5 años, tenía unos meses en la primaria y mi mamá me iba a llevar a la escuela en el automóvil de la familia. 


Nadie sospechaba que, en un lapso de tan sólo dos minutos, miles de personas perderían la vida o todo su patrimonio. 




Vivíamos en un departamento de dos recámaras, en el quinto piso de un edificio. Mientras yo desayunaba, mi mamá escuchaba la radio en su recámara y mi hermano dormía en su cuna. Mi papá ya estaba en la calle. Él había tenido problemas nerviosos en los últimos meses y su médico le había recomendado no usar el automóvil. 


Esa mañana, a esa hora, él se encontraba en la avenida Insurgentes, en La Zona Rosa, a punto de tomar una camioneta de la empresa en la que trabajaba. 

A las 7: 19 comenzó el terremoto, y 
lo sentí como una extraña sacudida.

Primero pensé que estaba un poco mareado y creí que el desayuno me había caído mal. 
Pero rápidamente, cobró mayor fuerza y todo empezó a moverse en el departamento violentamente, y me asusté. 



Mi mamá salió apresuradamente de la recámara y le dije que estaba sintiéndome mal. Ella me dijo que estaba temblando y que no me preocupara. Me tomó de la mano y me llevó a la recámara en la que dormía mi hermano. Él tenía tan sólo dos años de edad. No recuerdo si él despertó cuando mi mamá lo sacó de la cuna para cargarlo. No recuerdo si él comenzó a llorar. No recuerdo si mi mamá lo consoló. Tal vez mi mamá y yo nos sentamos en el suelo, abrazados, junto a la cuna. Tal vez mi mamá se puso a rezar. 


El edificio se sacudía cada vez más fuerte, y los cuadros que colgaban en las paredes del departamento se balanceaban sin cesar, como un péndulo lleno de violencia. Algunas cosas cayeron al suelo -un cuadro con una fotografía de la boda de mis papás y una lámpara de mesa- y se quebraron. Las tuberías y las varillas del edificio crujían, haciendo un sonido horrible, al igual que el tabique y el concreto de las paredes. 


Era como si estuviéramos en una embarcación que se mecía lentamente de un lado a otro y en círculos, y que cada vez tardaba más tiempo en volver a su posición original. 


Lo siguiente que recuerdo es que mi abuelo abrió de un portazo la entrada del departamento -su casa estaba cerca del edificio-, gritándole como loco a mi mamá. Cuando mi mamá le respondió, él se metió a la recámara y se aseguró de que estuviéramos bien. 


Después, salimos del departamento y nos subimos al Volkswagen




Mi mamá condujo hasta la escuela primaria -no quedaba muy lejos del edificio- mientras mi abuelo buscaba algún daño visible en la calle. Ya que todo parecía normal por donde vivíamos, mi mamá me dejó en la escuela. Había varios niños allí, como en cualquier otro día de clases. 

Sin embargo, ella volvió a la escuela unas horas más tarde -tal vez cuando se restableció el servicio de luz, y se enteró por radio o por televisión del desastre que había dejado el terremoto en la ciudad-, y estuvimos un rato en la casa de mis abuelos. 


No teníamos teléfono en el departamento, y esperamos a que mi papá lograra comunicarse con nosotros. Después de unas horas, él lo consiguió y le dijo a mi mamá que estaba bien. 


Volvimos al departamento y encendí la televisión. En lugar de las caricaturas -era la hora de He-Man-, estaba un tal Jacobo Zabludovsky recorriendo la ciudad a bordo de un automóvil, relatando lo que veía a su paso. Su automóvil circulaba sobre Eje Central, a la altura de La Torre Latinoamericana. Aunque ese edificio estaba en pie y sin ningún daño aparente, Zabludovsky decía que muchos edificios habían caído en El Centro Histórico y que los ciudadanos habían tomado las calles y que estaban organizados en busca de sobrevivientes entre los escombros.  
 




Por la noche, al volver del trabajo, mi papá le contó a mi mamá que había visto cosas horribles. Había visto a turistas envueltas en toallas de baño, corriendo al borde de la histeria por las calles. Había visto a familias enteras salir a toda prisa de los hoteles en los que se hospedaban. Había visto cómo caían escombros y vidrios de edificios viejos. 


En el camino a su trabajo, también había visto desde lejos las ruinas de El Hotel Continental

Sólo él sabía vagamente cuáles habían sido las dimensiones de los estragos del terremoto en otros puntos de la ciudad.  

Durante meses visitamos a amigos de mis papás. Todo mundo hablaba del terremoto. Era casi imposible no conocer a alguien que no hubiera vivido una experiencia terrible o que no hubiera perdido a un ser querido en el terremoto. 


Se estima que hubo veinte mil muertos. 



*  *  *

Actualizo esta entrada, una semana después.  

El martes 19 de septiembre, hubo un simulacro en toda la ciudad, a las 11: 00 am.


A las 13:14, justamente 32 años años después del terremoto de 1985, comenzó a temblar.

Hasta ahora nadie sabe cuánto duró el sismo, pero supuestamente tuvo una magnitud de 7.1. 


Muchos edificios cayeron en diferentes puntos de la ciudad.

Yo estaba en el tercer piso del edificio S de la UAM-I, y fue horrible. 

El terremoto estuvo tan fuerte que nadie podía mantener la vertical.

Se cayeron algunas paredes y se rompieron algunos vidrios. 

El ruido que hicieron fue horrible.

Creí que el edificio podría caerse en cualquier momento.

Inmediatamente pensé en mi familia -ellos estaban en el quinto piso de un edificio de departamentos-, y sólo esperaba que estuvieran bien.

En esos momentos, mientras algunas compañeras de trabajo gritaban al borde de la histeria y mientras algunos hombres intentaban calmarlas, tampoco pude evitar imaginarme que miles de personas estaban perdiendo la vida y su patrimonio, como hace 32 años.  

Hoy volví a la universidad y entré en el edificio S. 
Algunos colegas y yo alimentamos a las ratas que teníamos en el laboratorio. 
El edificio está en muy malas condiciones.