miércoles, marzo 28, 2018
Alguien debe morir para dejar vacante una plaza académica
Según un estudio de la OCDE del 2017*, sólo el 17% de los mexicanos entre los 25 y los 64 años de edad poseen un título universitario.
De ese 17%, sólo el 1% posee una maestría y menos del 1% posee un doctorado.
En este contexto, pertenezco a menos del 1% de la población mexicana entre los 25 y los 64 años de edad.
Estos números me hacen pensar dos cosas: 1) que pocas personas concluyen estudios universitarios porque la mayoría de la población no tiene la oportunidad de hacerlo y 2) que para estudiar un posgrado quizá no sólo se trata de tener la oportunidad de hacerlo, sino de tener suficiente capacidad intelectual para ingresar a uno y de ser suficientemente tenaz para terminarlo.
Al menos en el posgrado que estudié, nadie se gradúa sólo por haber tomado clases o por haber tenido suficiente dinero para pagar una colegiatura.
Para ser aceptado en ese posgrado, tienes que demostrar que eres mejor que cientos de aspirantes.
Necesitas haber concluído la licenciatura al menos con un promedio de 8.
Necesitas pasar unas pruebas psicométricas para que el posgrado descarte que tienes un retraso mental o que puedes desarrollar una psicopatía.
Lo más importante es aprobar la entrevista de admisión al posgrado, ante un comité de investigadores reconocidos que evalúan cuáles aspirantes exhiben una capacidad apropiada para integrar información científica muy especializada, exponerla coherentemente y defender la viabilidad del proyecto de investigación que pretenden desarrollar y concluir durante el posgrado.
Ese proyecto de investigación que defiendes en tu entrevista de admisión, no es un texto cualquiera ni se escribe en un solo día.
No es común que un aspirante llegue al posgrado con una brillante idea y que con base en esa brillante idea escriba él solo un proyecto de investigación.
Lo común es que el aspirante haya trabajado previamente en el laboratorio del investigador con el que quiere cursar sus estudios de posgrado y que el investigador tenga una sólida línea de investigación y que sea él quien le asigne un proyecto de investigación.
Dependiendo de lo estricto que sea el investigador, o de lo capaz que le parezca el aspirante, el aspirante puede prepararse todo un mes, o todo un semestre, para esa entrevista de admisión.
Para tu entrevista de admisión no sólo basta conocer tu proyecto de investigación -los antecedentes, la pregunta de investigación, la hipótesis, la metodología con la que pretendes poner a prueba tu hipótesis, el análisis estadístico que sería más adecuado para tus datos-, sino que debes preparar una presentación oral con material de apoyo -como una presentación en power point, o con cualquier software de tu preferencia-, para exponérsela al comité evaluador de la manera más convincente posible.
Obviamente, toda la información que da lugar a tu proyecto de investigación está escrita en inglés y está publicada en revistas especializadas.
Un curso de inglés básico puede facilitarte la lectura de esa información científica, pero no necesariamente su comprensión.
Obviamente, el comité evaluador espera que en tu presentación expongas datos (y que no leas diapositivas llenas de oraciones que cualquier persona que no supiera el tema podría leer también, como acostumbran a hacer muchos estudiantes de licenciatura cuando les toca exponer en clase) y que los interpretes de una manera congruente con tu pregunta de investigación.
Desde hace tres años, pertenezco al Sistema Nacional de Investigadores.
Obtuve mi grado de doctor en mayo del 2014.
He impartido clases a nivel licenciatura y posgrado en universidades públicas y privadas casi durante diez años.
He participado en exámenes de grado -sólo he titulado a una estudiante de licenciatura y fui asesor de otra alumna de maestría que desertó-, he escrito proyectos de investigación básica para concursar por financiamiento -y que hasta ahora sólo han pasado el primer filtro de evaluación-, y desarrollé un proyecto de investigación por mi cuenta.
Me molestan los comerciales de la presidencia en los que se presume la creación de muchos empleos, pero me molesta mucho más la gente a la que esos comerciales convence fácilmente.
De acuerdo con un estudio de ManPower Group**, cuando la presidencia se refiere a la "enorme" cantidad de empleos que ha generado durante el sexenio que está por concluir, se refiere a empleos diseñados para un grupo de personas que ni siquiera terminaron la primaria (114, 990 trabajadores), que aceptan menores sueldos, que no tienen prestaciones ni seguridad social o que laboran en la informalidad o en la subcontratación.
En este reporte se menciona que la cantidad total de desempleados en México asciende a más de un millón de personas.
A la presidencia le faltó señalar este "pequeño" detalle.
Para las personas con mi perfil académico, la manera más fácil de obtener una plaza es que alguien muera y que irremediablemente deje vacante su plaza y nos permita concursar por ella.
(A veces, incluso en estos casos inusitados, ya se tiene a un "candidato" para ocupar la plaza y entonces los concursos son una farsa.)
Es una situación desgastante.
Además del desempleo y de la inseguridad laboral, a diario tenemos que lidiar con la opinión desinformada de la gente.
Son tan fáciles de convencer que pueden pasar de creer que tener un doctorado no tiene ninguna utilidad y que es un desperdicio de recursos y que las personas con doctorado somos presuntuosas y groseras, a creer que un candidato a la presidencia es la mejor opción para gobernar el país porque tiene un doctorado y además a veces viaja en transporte público.
Sospecho que ese porcentaje de la población que no se toma ni cinco minutos para informarse acerca de nada por su propia cuenta, es la población que más opina y que más lastima al país.
Ustedes son los responsables de que la presidencia nos vea como Azcárraga Milmo veía a los televidentes: como un montón de ignorantes que apenas saben leer y escribir.
Si creen que estudiar un doctorado es como estar de luna de miel y que las personas que estudiamos un doctorado lo hicimos porque queríamos evitar la realidad laboral y porque aspirábamos a dar clases en una preparatoria, están equivocados.
Si son incapaces de contar coherentemente las trivialidades de su propia vida, pero repiten y defienden lo que les dicen en la televisión y en la radio como si fuera su propia opinión, están dañando al país.
También dañan al país si creen que lo máximo en la vida es tener automóvil, o hijos.
Y si creen en ello y sin embargo no se han dado cuenta que el precio de la gasolina ha subido dramáticamente en los últimos años, qué lástima.
Y si creen en ello y ni siquiera les pueden enseñar a sus hijos que tirar la basura en la calle, o que desperdiciar el agua, o que abandonar y/o maltratar a sus mascotas, o que aprovecharse del prójimo, no está bien, qué lástima.
Obviamente no se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que la crisis que atraviesa el país es mental, que los feminicidios y que los miles de muertos debido al tráfico de drogas y que las decenas de periodistas asesinados y que los 43 desaparecidos de Ayotzinapa son irrelevantes.
No se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que en este sexenio se han hecho las cosas bien.
Ni siquiera notaron la ironía cuando el extitular de la SEP promovía la Reforma Educativa y al mismo tiempo minimizaba el plagio del presidente en su tesis de licenciatura.
No les resulta una burla que ese personaje ahora sea coordinador de campaña del candidato a la presidencia de ese mismo partido, pero, eso sí, si ellos les dicen que hay un peligroso candidato que nos convertirá en Venezuela, no lo dudan.
Y, sin embargo, los envidio porque parece que son felices así.
Yo ni siquiera puedo dormir, por estar pensando en todas estas cosas que no tienen solución.
*Panorama de la Educación
**Empleo en México y sus perspectivas para 2018
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viernes, febrero 16, 2018
Mamá Anita
Mentiría si dijera que fui muy apegado a ella.
Hacía más de seis meses que no la veía.
Pero hubo un tiempo en que la veía al menos una vez por semana.
Todavía vivía en la casa de mis papás, y ni siquiera había terminado la licenciatura.
Anita -nunca le gustó que la llamáramos abuela- pasaba a ver a mi mamá por las tardes, y las dos se metían a la cocina.
Yo bajaba de mi recámara para saludarla, y ella me preguntaba cómo estaba y yo hacía lo mismo. Ella siempre bromeaba y me respondía que estaba como los mangos.
Luego me preguntaba si no tenía un cigarrito que le regalara.
Se sentaba en la mesa de la cocina a fumar tranquilamente con mi mamá, mientras las dos conversaban.
La última ocasión que la vi, mi mamá había hecho una comida en la casa.
Era el cumpleaños de mi papá.
Anita se marchó poco después de la comida.
Me pareció más huraña y pensativa que de costumbre.
Desde unos años para acá, no convivía más de lo necesario.
Siempre se marchaba pronto porque decía que tenía que cuidar a sus mascotas.
Hubo un tiempo en que tuvo un perro que se llamaba Pookie, unas cuantas gallinas, un pato y algunos pericos, pero entonces sólo tenía a un loro que se llamaba Choche.
Al despedirse de mí, me dijo que me cuidara y que no me olvidara de mi mamá.
Tengo muchos recuerdos de Anita, pero casi todos son de la infancia.
Una vez, mis papás tuvieron que llevar de emergencia a mi hermano al hospital.
Cuando desperté, lo primero que vi fue su cara.
Ella estaba junto a la cama, cuidándome.
Antes de que yo dijera cualquier cosa, me dijo que mis papás habían tenido que salir con mi hermano y que tendría que acompañarla a su casa.
Salimos del departamento y ella me tomó de la mano y caminamos en silencio hasta su casa. Hacía mucho frío -yo estaba muy bien abrigado- y parecía que el sol acababa de salir.
La calle estaba desierta, y el silencio de Anita fue tan natural y me hizo sentir tan cómodo que no le pregunté más, aunque era una situación extraña.
Mis papás nunca me dejaban solo.
Además, era lunes y no fui a la escuela.
Mi mamá nos llevaba mucho a su casa.
Íbamos casi todos los viernes, después de la escuela.
Veíamos allí a nuestras primas y comíamos con ellas.
Anita cocinaba una sopa que me gustaba mucho.
El aroma del jitomate de la sopa recién hecha inundaba la estancia y penetraba mis fosas nasales, mientras mis primas y nosotros aguardábamos sentados en el comedor.
Después de la comida, nos levantábamos de la mesa y nos íbamos a jugar a la sala o al patio.
Los adultos se quedaban en la plática de sobremesa, fumando.
Hasta la sala llegaba el aroma del tabaco y los ecos de sus misteriosas conversaciones.
Al cabo de un rato, mi mamá nos llamaba y nos decía que nos despidiéramos de todos.
Anita nos decía que cuidáramos a mi mamá, nos daba un beso en la mejilla y entonces nos marchábamos.
Cuando llegábamos a la esquina de la calle, siempre nos deteníamos y volteábamos a su casa. Ella seguía en la puerta, diciéndonos "Adiós" con las manos.
A Anita le gustaba mucho bailar.
En la fiesta de graduación de la primaria, la vi varias veces en la pista de baile.
Ella llevaba un vestido rojo con puntos blancos que llamaba mucho la atención.
Sonreía mucho, y parecía que se la estaba pasando muy bien con mi abuelo.
Cuando tenía más de un año en la Universidad, estalló la huelga en la UNAM.
De vez en cuando, Anita iba a la casa a saludar.
Estaba muy consternada por la situación de la UNAM y me preguntaba qué opinaba del movimiento estudiantil.
También quería saber si yo había ido a la Universidad en esos días.
Ella sólo se enteraba del movimiento por lo que decían en la televisión y creía que aquello era prácticamente una zona de guerra y que la Universidad estaba tomada por vándalos.
Cuando le contaba lo que pensaba y lo que había visto, sólo negaba con la cabeza y me decía que tuviera cuidado y que no hiciera cosas buenas que parecieran malas.
(Ésa era una de las frases que más me decía en esa época:
"No hagas cosas buenas que parezcan malas.")
También tengo un recuerdo de ella del día de mi examen profesional de licenciatura.
Mis papás habían invitado a muchas personas al examen -una de mis sobrinas adolescentes incluso se la pasó jugando con su gigantesco teléfono celular-, y yo estaba de pésimo humor.
La situación no era para tanto, pero me hubiera gustado que fuera un evento más íntimo.
Cuando terminó el examen y el protocolo del juramento universitario, mi mamá insistió en que yo personalmente invitara a los sinodales a comer a la casa.
Me puse todavía de peor humor, pero Anita me tomó del brazo y me dijo que no me costaba nada invitarlos y que lo más seguro era que no aceptaran.
Caminamos en silencio, como aquélla vez que no fui al kínder y que ella me llevó a su casa porque mis papás estaban en el hospital con mi hermano.
Tal y como ella lo había vaticinado, ningún sinodal aceptó la invitación.
Antes de que regresáramos a donde estaba la familia, me regaló un reloj de cadena, como los que usaba mi abuelo, y me dijo que le daba mucho gusto que hubiera terminado la carrera. Me pasó una mano por las mejillas y sonrió.
Estaba preparándome para acostarme a dormir, cuando mi hermano me llamó por teléfono para darme la noticia.
Nunca hablamos por teléfono, así que imaginé que había ocurrido algo importante.
Su voz sonaba tan entrecortada y triste que casi no le entendí.
Iban a dar las 10 de la noche, y lo primero en lo que pensé fue en cómo se sentiría mi mamá.
Fuimos a la casa de mi abuela y luego nos trasladamos al velatorio.
Mi mamá estuvo tranquila y resignada toda la noche, toda la madrugada y toda la mañana del día siguiente, pero se puso muy mal al mediodía, cuando se llevaron el féretro.
Jamás la había visto tan desconsolada.
Dijo que su mamá había sido su mejor amiga -su confidente-, y que no sabía cómo asimilaría que jamás volvería a verla.
Mi mamá siempre estaba al pendiente de su mamá.
Si no la visitaba a diario, la llamaba por teléfono.
Han transcurrido dos semanas desde entonces y todavía no sé cómo puedo consolar a mi mamá. Creo que todo lo que diga o haga, no podrá hacerla sentir mejor.
miércoles, febrero 14, 2018
Fuego amigo
Entré a un laboratorio de investigación, un año antes de ingresar al doctorado.
Estaba tan entusiasmado con la posibilidad de aprender sobre el funcionamiento del cerebro y en convertirme en investigador que incluso corrí experimentos a la una de la mañana y estuve yendo regularmente al laboratorio durante las vacaciones de verano.
Tenía medio año contratado como profesor de asignatura en la Facultad de Psicología, y no tenía ningún problema por realizar el trabajo en el laboratorio.
Mi futuro tutor me dio una beca de estudiante de licenciatura alrededor de seis meses.
Eran como $2,000 al mes.
A los dos años y medio de haber ingresado al doctorado, ya tenía un par de publicaciones: una como colaborador y otra como primer autor.
Cuando aprobé mi examen de candidatura, mi entusiasmo comenzó a decaer.
A la mayoría de los estudiantes que estaban en el laboratorio en ese momento, les faltaba compromiso.
No asistían regularmente o llegaban tarde o rara vez tenían datos que mostrar en los seminarios de avances.
Yo tenía mis propios asuntos.
No me correspondía insistirles en que mostraran compromiso.
En una ocasión mi esposa enfermó y avisé a mi tutor que no iría al laboratorio.
Justamente ese día nos llegó la respuesta de una revista a la que había enviado mi segundo artículo como primer autor.
El artículo requería menores modificaciones para ser publicado.
Mi tutor me pidió que fuera inmediatamente al laboratorio a trabajar en las respuestas a los comentarios de los revisores, para contestarles ese mismo día.
Eso hice.
Cuando llegué al laboratorio, pasé a su oficina.
Mi tutor estaba feliz, porque el artículo estaba prácticamente aceptado.
Sonreía ampliamente, exhibiendo su dentadura.
Él estaba convencido de que la sonrisa había sido un mecanismo de agresión disfrazada, empleado por nuestros ancestros.
Lo decía frecuentemente en los seminarios estilo Journal Club que teníamos los lunes por la mañana.
En ese momento, no pude dejar de pensar en ello.
Había algo frívolo y maquiavélico en su actitud.
De repente, cambió su semblante.
Cruzó las manos a la altura del pecho y me dijo que era normal que mi esposa enfermara, sobre todo porque ella tenía sobrepeso.
Tratando de ser amistoso, me sugirió que no me preocupara tanto por su salud.
Tuve que apretar la mandíbula.
¿Realmente había dicho eso?
Ya sabía que mi vida le importaba un carajo, pero en ese momento lo confirmé.
Al siguiente día, me ausenté del laboratorio.
Estaba enojado. Amanecí con fiebre, náuseas, congestión nasal y dolor de estómago.
Obviamente, también le avisé.
Siempre nos decía que tuviéramos la cortesía de avisarle cualquier cosa que nos impidiera asistir al laboratorio.
Seguía dando clases en la Facultad de Psicología y en el posgrado tomaba una clase de Biología Molecular (¡me estaba costando mucho trabajo!), pero había hecho todo lo posible para no ausentarme del laboratorio ¡más de seis horas a la semana!
El doctorado es un trabajo que exige dedicación de tiempo completo -sin vacaciones, sin aguinaldo y sin prestaciones-, pero está permitido trabajar un máximo de ocho horas a la semana, en actividades ajenas al posgrado.
Casi todos los días que fui estudiante de posgrado, llegaba al laboratorio a las ocho de la mañana y salía alrededor de las ocho de la noche.
En el último año y medio, lo normal era que hasta las diez de la mañana sólo estuviéramos mi tutor, su investigadora asociada, una joven técnica que acababa de llegar al laboratorio y yo.
Ese día que me ausenté, no apareció ningún estudiante en el laboratorio.
Mi tutor enfureció y nos envió un correo electrónico a todos los estudiantes.
Aunque yo tenía prácticamente tres publicaciones -¡me faltaba la mitad del doctorado!-, él tuvo que anunciar públicamente en ese correo que yo no tenía ideas y que sólo seguía sus instrucciones.
Me molestó muchísimo.
Quise mandar todo al diablo.
Desde entonces, si lo pienso bien, perdí el entusiasmo.
Tuve que comenzar a beber alcohol cada fin de semana, para lidiar con la frustración.
No podía hacer nada más. Mi vida era el posgrado.
Se terminó mi beca de doctorado -insistí en terminar unos artículos que ya no necesitaba para titularme- y viví seis meses con mis ahorros y otros seis meses con una beca de licenciatura que él me dio.
Tuve que negociar con él.
Todo el tiempo que estuve en ese laboratorio, mi tutor formó parte de una sociedad que organizaba un congreso cada dos años.
Generaba datos tan constantemente que participé en todos esos congresos, con trabajos diferentes.
Al último congreso que asistí, llevé unos datos que tuve que explicarle.
Salió de su oficina y trató de ponerme en evidencia, frente a algunos estudiantes de licenciatura que estaban allí.
Le parecía absolutamente incomprensible la dosis y el vehículo que había empleado, así como la hora de administración de los fármacos.
Ya le había hablado del proyecto, pero no lo recordaba.
Con todo y esos elementos absolutamente incomprensibles para él, esos datos terminaron publicados en un artículo.
Cuando el artículo fue aceptado y los editores de la revista nos enviaron las galeras, él tuvo la osadía de cambiar la sección que especificaba la participación de cada autor.
Obviamente, puso que a él se le habían ocurrido los experimentos.
Tenía que reforzar la idea de que yo sólo seguía sus instrucciones.
En esa ocasión, tampoco dejó escapar la oportunidad de regañarme por correo electrónico.
Ese era mi cuarto artículo como primer autor con su grupo de investigación.
En las tres publicaciones previas, siempre fui yo el responsable de hacer el trabajo del autor corresponsal (subir al portal de cada revista, toda la información que requería cada una de ellas para considerar la publicación de nuestros manuscritos científicos), aunque no me dio el crédito ni para un artículo, y siempre lo puse a él como PhD.
Nunca recibí una queja de su parte, así que supuse que así estaba bien.
Sin embargo, en esa ocasión me insultó por correo electrónico y me preguntó dónde tenía la cabeza y si acaso yo no sabía que él también era MD.
Lo hizo para molestar nada más.
O para mostrarme quién tenía el poder.
Hace poco publicó un artículo con una parte de los datos que obtuve en su laboratorio.
Incluyó unas gráficas con esos datos, distintas a las gráficas que están publicadas en los trabajos originales.
Si me hubiera enterado de esa revisión, yo mismo habría realizado esos cambios.
Después de todo, yo generé esos datos y yo hice las gráficas.
Incluso habría aportado algo más para ese artículo de revisión.
(Ni siquiera me puso en los agradecimientos de ese artículo de revisión.)
Soñé que alguien a quien admiro, me juzgaba sin conocer todos estos detalles.
No he podido dejar de pensar en ese sueño y tuve que escribir todas estas palabras.
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lunes, enero 22, 2018
Recuerdos de la enfermedad
No he dejado de toser desde ayer por la noche.
Los ataques son tan fuertes que ya hasta me duele la espalda.
Siempre he sido muy enfermizo y debilucho.
Me gustaría ser como las personas que se enferman poco y que aun cuando se enferman no tienen que interrumpir sus actividades diarias.
Las envidio totalmente.
He pasado muchos días en convalecencia.
Tengo recuerdos brumosos de varias noches de la infancia, ardiendo en fiebre y alucinando, debido a los efectos de algún antipirético -sufría de amigdalitis, constantemente-, mientras mi mamá me consolaba.
También recuerdo haber tenido en múltiples ocasiones unas horribles náuseas y haberlas soportado en el asiento trasero del automóvil de mi papá, mientras volvíamos de un restaurante a la casa porque la comida me había caído mal.
El trayecto de regreso a la casa era eterno.
Cuando estaba en la secundaria, un simple resfriado me hacía permanecer en cama toda una semana.
Tomaba una clase en un aula enorme y muy fría que tenía muchas ventanas y puertas que casi siempre estaban abiertas de par en par.
La clase duraba tres -¿o cuatro?- largas y tediosas horas.
La profesora nos dictaba a toda velocidad, unas normas de comportamiento que supuestamente nos iban a servir para ser mejores personas cuando creciéramos.
Era un taller de dibujo técnico industrial, pero parecía un taller de taquigrafía.
Teníamos que escribir esas normas a su ritmo, en un block de papel milimétrico.
Además, teníamos que hacerlo con la mayor limpieza posible.
Encorvado sobre el restirador, con escurrimiento nasal y los ojos llorosos, trataba de pasar a toda prisa la pluma estilográfica Staedtler de .3 mm a través de los huecos de las letras de las plantillas, para escribir esas normas sin cometer errores.
Como soy zurdo, tenía que hacerlo con mucho cuidado para no manchar accidentalmente el papel milimétrico con mi mano mientras la desplazaba de la izquierda a la derecha, conforme iba escribiendo.
La tinta china es muy escandalosa y no se seca pronto.
Casi nunca le daba mantenimiento a la pluma estilográfica y, justo cuando estaba a la mitad de un dictado, podía taparse y la tinta china dejaba de salir.
Mientras la profesora continuaba dictándonos y yo tenía escurrimiento nasal, tenía que llevarme la pluma estilográfica a los labios y chuparle la punta para que la tinta volviera a salir.
El amargo sabor de la tinta se me quedaba en la boca.
Imaginaba que así debía de saber el veneno.
Los ojos me escocían y odiaba no poder largarme del aula y sacar un pañuelo y sonarme la nariz, para respirar normalmente.
Por si fuera poco, tengo una especie de rinitis alérgica estacional.
De un momento a otro, empiezo a tener los síntomas de un resfriado, exceptuando la fiebre. Casi siempre esto coincide con la cercanía de la primavera o del invierno.
Al cabo de unos minutos, el escurrimiento nasal es excesivo, no paro de estornudar, tengo los ojos llorosos y me siento muy cansado y con el cuerpo cortado.
La loratadina suele mitigar los síntomas.
Cuando hay mucha contaminación en la ciudad, también comienzo a estornudar y a tener escurrimiento nasal aparatosamente.
Debo tomar loratadina y ponerme un cubrebocas para salir a la calle.
El fin de semana, mi esposa quería probar los helados de Ice Cream Nation.
Alguien se los había recomendado o los había visto por internet.
La heladería está junto a Los Bisquets Obregón de la Colonia Roma.
Me sentía bien y no me puse cubrebocas ni tomé loratadina.
Cuando llegamos a la heladería, estaba ordenando un tipo calvo y con lentes de sol.
Su rostro me resultó familiar, pero no recordé de dónde lo conocía.
Lo acompañaba una adolescente a la que le estaba diciendo que "era muy cagada y natural, como su mamá."
Cuando se dio cuenta que yo lo veía insistentemente, me saludó.
Entonces recordé de dónde lo conocía.
Hace muchos años, él tenía un programa de televisión.
El programa salía los lunes por la noche en el Canal 5.
Yo lo veía porque a esa hora regresaba a la casa.
Era profesor de asignatura en la Ibero y daba clase de las 18:00 a las 21:00hrs.
No me molestaba el horario.
Ya había sido profesor adjunto en la Facultad de Psicología de la UNAM, pero nunca había tenido a un grupo de estudiantes completamente bajo mi cargo.
Preparaba mis presentaciones en Power Point con videos y fotografías ilustrativas, pero nunca las podía utilizar.
No tenía computadora personal, pero podía pedir una en la universidad.
Tenía que apartarla personalmente ese mismo día de la clase, al menos a las 5 de la tarde.
Tampoco tenía un proyector y siempre me prestaban los proyectores más defectuosos -tal vez porque me veían muy joven, creían que daba lo mismo- y entonces terminaba dando mis clases de memoria y en el pizarrón.
Ahora que lo pienso mejor, esa clase debió de ser una tortura para los estudiantes.
No era experto en el curso que impartía, ni me fascinaba.
Le dedicaba toda una semana a la preparación de una sola clase, pero de todas formas cada lunes me sentía un charlatán, tratando de convencer a los estudiantes de la importancia de los temas que cubría el programa de estudio, exponiendo temas que no me apasionaban y que no conocía a fondo.
Volvía a la casa, deprimido y frustrado, y me sentaba en la sala a ver televisión.
La sección que más me entretenía de ese programa era una en la que el tipo calvo se hacía pasar por millonario. Recibía cartas de hombres solitarios y patéticos.
Ellos le exponían unos casos absurdos, pidiéndole ayuda.
El millonario leía las cartas y le daba un sorbo a una copa de vino.
Luego decía
"Que lo hagan ellas"
Siempre me había parecido un tipo pesado y un malísimo comediante, pero me cayó bien en Ice Cream Nation.
Mi esposa pidió un helado con leche de almendras y crema de cacahuate.
De un momento a otro, me sentí mal.
Empecé a estornudar y se me pusieron llorosos los ojos.
Como toda la semana había tenido esos síntomas, no les quise dar importancia.
Caminamos hacia la calle de Guanajuato.
(Una vez recorrimos casi diez kilómetros sin descanso, desde Plaza Universidad hasta el Centro SCOP, y el malestar desapareció en algún momento).
Luego volvimos a la Avenida Álvaro Obregón y seguimos hasta Nuevo León.
Recorrimos Nuevo León hasta El Parque España.
Cuando llegamos al Plaza Condesa, ya me sentía mucho peor.
Seguimos caminando hasta Tamaulipas y Fernando Montes de Oca, en busca de un local donde venden shawarma y falafel.
Tenía hambre y allí preparan una salsa agridulce de mango que me gusta.
Estaba cerrado.
Caminamos otro rato hasta Alfonso Reyes y Saltillo.
La congestión nasal desapareció.
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| (1/11/2017; 17: 16) |
Me bebí una León y retomé la lectura de una novela de Ishiguro.
La novela estaba escrita de un modo muy original -el mismo autor dijo en una entrevista que la escribió para renovarse, porque estaba cansado de que lo categorizaran como escritor de novelas impecables-, y nunca se sabía si lo que se relataba estaba por suceder o si ya había sucedido.
El protagonista era un prestigioso músico que llegaba de visita a un pequeño pueblo de Europa, como invitado a un magno evento que organizaban todos los habitantes respetables.
Su estadía en el pueblo, le permitía involucrarse con sus habitantes y conocerlos realmente.
Estaba por llegar al final de un capítulo, cuando sentí comezón en las fosas nasales y empecé a estornudar escandalosamente.
Me tomé la loratadina, y esperé una hora.
No surtió efecto.
Por la noche, me sentía con el cuerpo cortado y me tomé un Theraflu.
Quince minutos más tarde, me sentí peor.
El domingo desperté acatarrado y con fiebre.
Hoy me quedé en el departamento, esperando reponerme.
Pero me siento mucho peor que ayer.
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lunes, enero 15, 2018
No es tan divertido como parece
Lola era más chica que yo.
Nos conocimos en una clase de inglés. Tanto ella como yo éramos alumnos avanzados y la profesora quería prepararnos para que participáramos en un concurso de intercambio académico.
La primera vez que la vi, Lola llegó al salón de clases, se sentó junto a mí y la profesora nos puso a trabajar juntos.
Al principio, no le di mucha importancia a su aspecto.
Medio noté que era blanca y muy delgada.
Como ella tenía el cabello largo y lacio y además usaba lentes, se veía como John Lennon en la época de Abbey Road.
Nos pusimos a trabajar en una actividad del libro de inglés.
En el ejercicio, se suponía que yo buscaba trabajo en una oficina -aunque la actividad más bien se parecía a uno de los horribles interrogatorios que hacen en las aduanas de los aeropuertos de Estados Unidos- y ella me entrevistaba.
La pronunciación de su inglés era estupenda (y eso me gustó mucho), pero ella hablaba con una voz muy temblorosa.
Yo decidí darle mi número telefónico verdadero.
Tenía la impresión de que ella se sentía atraída por mí y sólo quería comprobarlo.
A lo largo de la actividad, Lola no pudo sostenerme la mirada.
Era tan tímida que parecía que en cualquier momento se desmayaría.
Cuando llegó mi turno para entrevistarla, ella se sonrojó y tardó mucho en responder cada una de las preguntas. Corrigió la mayoría de ellas, como si estuviera buscando mi aprobación.
(Supongo que ella en verdad creía que yo ya no era un adolescente cualquiera).
Tan sólo unos días más tarde, una chica misteriosa comenzó a llamarme por teléfono, casi tres veces por semana.
La primera vez que hablamos, yo veía por televisión una sesión que Nirvana dio en los estudios MTV de Nueva York en enero de 1992.
Casi nunca transmitían esa sesión completa, y me molestó mucho que Lola me interrumpiera precisamente en ese momento, pero de todas formas hablamos durante casi una hora por teléfono.
Aun cuando la chica misteriosa se rehusó a darme su nombre, fue obvio que se trataba de ella.
Algo que sí me dijo por teléfono fue que le gustaban Los Cranberries y que era admiradora de Dolores O' Riordan.
Me contó muchas cosas de la banda irlandesa de rock e incluso prometió que, eventualmente, me prestaría sus álbumes favoritos.
Cuando estuve plenamente convencido de que Lola era la chica misteriosa que me llamaba por teléfono, decidí buscarla en la escuela.
Quería conocerla en persona porque me había simpatizado.
Además, ella había confesado que se sentía interesada en mí y yo tuve la loca idea de seguirle el juego y considerar la posibilidad de que comenzáramos a salir y de que ella terminara siendo mi novia.
Una mañana faltó el profesor de la segunda clase, y salí del aula.
Ella estaba sola.
Almorzaba, junto a una de las canchas de basquetbol.
Me acerqué y le dije que estaba seguro que ella era la chica misteriosa que me hablaba por teléfono.
Por supuesto que ella se hizo la desentendida, pero se ruborizó.
En unos días, ya nos hablábamos en persona.
Entonces me dijo que tenía novio.
Se conocían desde la secundaria.
Fue muy extraño, pues la única razón por la que Lola había comenzado a llamarme por teléfono era porque estaba interesada en mí y sin embargo no quería terminar con su novio.
También era incómodo, porque algunas veces, mientras ella me llamaba por teléfono desde su casa, su novio llegaba de visita y teníamos que colgar.
Solíamos escaparnos de algunas clases y platicar.
Una vez le dije que ya me había cansado de la situación, que también me interesaba salir con ella y que no quería seguir pretendiendo que todo estaba bien así.
Le dije que no volvería a hablarle hasta que dejara a su novio.
Entonces ella me besó.
Estábamos en el auditorio de la escuela.
Uno de mis amigos iba a actuar como Poseidón en una obra de teatro y yo había invitado a Lola para que me acompañara.
Toda la tarde había estado lloviendo y Lola y yo habíamos pasado mucho tiempo juntos.
Yo no podía dejar de ver su cabellera húmeda, ni dejar de pensar que en verdad ella se parecía mucho a John Lennon.
Lola estaba comiéndose unos Ruffles, o alguna comida chatarra.
De repente, en la penumbra del auditorio, noté que sus pupilas se dilataban detrás de los cristales empañados de sus lentes.
Ella tomó una de mis manos y sus ojos adoptaron una actitud salvaje, como si estuvieran poseídos por un embrujo y todo formara parte de un ritual, y entonces puso sus labios alrededor de los míos.
Su lengua se movía de un lado a otro.
Yo estaba estupefacto.
Mientras detectaba el sabor de los Ruffles en mi paladar y Lola mantenía los párpados cerrados, yo sólo pensaba en que jamás se me había ocurrido que ella podría besar con tanta pasión.
Siempre la había visto más como una chica culta que como una mujer pasional.
Hace más de 20 años vi a Lola por última vez.
Yo acababa de entrar a la Universidad y un día se me ocurrió ir a visitarla a mi antigua escuela.
Ella estaba en el último año de la prepa y, tontamente, durante todo el trayecto supuse que le daría gusto verme.
Pero Lola fue cortante. Se veía muy angustiada.
Tal vez esperaba que su novio apareciera en cualquier momento.
Me molestó tanto su actitud que le mentí y le dije que no había ido a la escuela a verla a ella, sino que había quedado con alguien más, y me largué de allí.
Jamás volví a buscarla.
Quisiera saber si se convirtió en la profesora de inglés que quería ser y cómo se siente hoy.
'Cause It's Not, Not What It Seems
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