viernes, noviembre 21, 2025

try to build a home, bones of birds


El último año en el infierno en el que se había convertido el doctorado estaba por comenzar, y todos los fines de semana empezaban alrededor de las 4 pm de los viernes y eran una evasión de la realidad. Ese viernes no era la excepción, iba por mi tercer o cuarto litro de cerveza, iba por la segunda o tercera cajetilla de Camel, iban a dar las seis o siete de la tarde. A través de la bruma del alcohol escuchaba el último álbum de estudio de Soundgarden, me llevaba el Camel a la boca, intuía el aroma de la nicotina en mi piel, en la oscuridad intuía mis dedos de nicotina, lo primero que hacía al despertar y lo último que hacia antes de acostarme a dormir era fumar. Decidí cargar la pipa, tenía un dealer y amigo en el laboratorio que me abastecía y que nunca me dejaba más de quince días sin mercancía.

Le di una jalada a la pipa, su ojo de fuego incandescente resplandeció como el ojo de un dragón que podía presagiar un mal viaje pero no me importó: seguí fumando, y luego me tumbé en la colchoneta que había puesto en el suelo para entrar en comunión con la banda de Seattle que no había grabado un álbum de estudio en más de 10 años, desde que estaba en la prepa, desde Down On The Upside, las luces estaban apagadas en el pequeño departamento que rentábamos en Xola, hacía mucho frío, el aroma de la marihuana y del tabaco se habían estancado en el departamento, no me importaba que los vecinos me estigmatizaran, Liz no había vuelto del trabajo aún, la beca del doctorado no era suficiente para pagar la renta y todos los gastos corrientes, no gastábamos más que en lo necesario, no salíamos de viaje a ningún lugar.

Quería que la experiencia fuera lo más cercano a una noche acampando en un paraje solitario, no quería saber nada de la realidad, sólo que Soundgarden daría un concierto en México en un par de meses, en mayo, en El Palacio de los Deportes, ya tenía mis boletos, había invitado a uno de mis hermanos al concierto, el futuro cercano podía ser genial, pero me sentía tan ajeno a mí mismo, como una rata rindiéndose en la prueba de Porsolt, como uno de los perros del experimento de desesperanza aprendida de Martin Seligman; no quería pensar más en el doctorado, tampoco quería desertar, odiaba ir al laboratorio todos los días, ya no disfrutaba estar allí 10 ó 12 horas diarias, ese entusiasta aspirante al posgrado que había corrido experimentos a las 2 de la mañana durante varias semanas ya se había muerto, ya no soportaba los exabruptos del tutor, había descubierto su doble moral, estaba decepcionado de su doble moral.

En cuatro años ya había publicado tres papers de investigación original en revistas internacionales evaluadas por pares, y en cada uno de ellos yo había hecho prácticamente todo: no sólo fabricar electrodos y cánulas y hacer cirugías estereotáxicas y correr los experimentos, sino también analizar los datos, escribir los papers en inglés, darles el formato que requirieran las revistas y someterlos a revisión —hacer el trabajo del autor corresponsal, sin recibir ese crédito en ninguna ocasión—, y había aprendido a hacer todo eso yo solo, sin otra guía que los papers que leía y los papers que habían publicado los estudiantes de doctorado recién egresados del laboratorio del tutor, y podía titularme ya pero tenía otro paper en progreso, el posgrado en Ciencias Biomédicas “sólo” exigía que el Comité Tutoral hubiera evaluado y aprobado cada uno de los 9 semestres al alumno (sus clases, sus avances del proyecto de investigación) y que el alumno publicara la tesis de doctorado y al menos un paper en una revista internacional evaluada por pares, y que, por supuesto, el alumno defendiera su proyecto en un examen de grado ante un jurado de sinodales.

Asistía a cada uno de los seminarios de avances y journal clubs que le interesaban al tutor, y también era ponente en todos los congresos nacionales e internacionales que le interesaban al tutor, y sin embargo no descuidaba mis clases como profe de asignatura en la UNAM, también impartía los diplomados en Medicina del Sueño o las charlas de divulgación a las que me invitaban, no descuidaba ningún compromiso académico, pero el tutor era volátil y manipulador y había estallado varias veces, se había salido de personaje, tal vez era incapaz de controlar a su grupo, seguramente había leído varios libros de superación personal y de motivación y de liderazgo, y sabía perfectamente que lo más sencillo para recuperar el control era humillar y mitigar la autonomía de quienes más trabajaban en su grupo, así que se me fue directo a la yugular, y, enfrente de todos, en uno de los (maratónicos) seminarios de avances de cada lunes (de 2 pm a 9 pm), me regañó, me dijo que yo «sólo seguía sus instrucciones», que «le cagaba mi falta de iniciativa...» (en retrospectiva, me confieso culpable: “el delito” había sido correr una serie de experimentos, que acabarían publicados en mi cuarto paper como primer autor, sin su consentimiento; obviamente, él era el líder, nadie podía saltárselo, nadie podía desafiar su autoridad, ya había recibido una advertencia cuando los estudiantes más avanzados y yo corríamos unos experimentos para los revisores de un paper que fue mi primera coautoría, ¿cómo se me había ocurrido actuar de manera independiente...?, ¿cómo se me había ocurrido desafiar su autoridad...?)

Me sentía tan alienado, tan ajeno a mí mismo, manipulado; ya no quería ir al laboratorio, ya no quería lidiar con el tutor todos los días. 

La voz de Chris Cornell...

«try to build a home,
bones of birds...»

... recorrió mis entrañas y huesos, atravesó mis canales auditivos, explotó en las cócleas y se convirtió en una señal eléctrica mientras la droga hacía click en mi cerebro.

Cerré los párpados y los puños, deseé que esa sensación de bienestar no terminara nunca, quería quedarme allí, tumbado en la oscuridad, en esa colchoneta que se había transformado en una casa de campaña, y me enfoqué en la música, la música se transformó en un oleaje de colores y de sonidos, en oleadas de bienestar que iban y venían; mi sistema nervioso era un surfer en el océano, la música era una tabla para surfear, y traté de pensar positivamente, en que todo lo que se avecinaba en mi último infernal año de doctorado tenía sentido, en que ese infierno que comenzaba valdría la pena, y me acordé de la prepa, cuando la muerte de Kurt Cobain estaba reciente, cuando Blur y Oasis sepultaban a Nirvana y asociados, cuando Irvine Welsh sepultaba a Charles Bukowski, cuando escuchaba a Soundgarden todos los días, cuando no hacía otra cosa más que escuchar música, leer y escribir, cuando no me importaba el futuro, cuando estaba convencido de que me convertiría en escritor, cuando no había tenido más que una decepción amorosa, cuando no había tenido a ningún jefe manipulador, cuando no había conocido a ninguna persona horrible que quisiera meterse en mi cabeza y llevarse todo el crédito de mi trabajo y demeritar mi trabajo, y minar mi autonomía para no perder el control, para alimentar su necesidad de poder.

Hoy escucho otra vez King Animal, Liz, los tres gatos y yo vivimos en una casa grande y fría, terminando el doctorado pasé por una cirugía y odié cada segundo de mi vida durante la enfermedad que me llevó al quirófano, hace más de 5 años que nos mudamos de ciudad, ya fui Profesor Visitante (en nada de ello tuvo nada que ver el tutor de doctorado), ya fui postdoc tres años, Liz duerme, son las 3:45 am del viernes 21 de noviembre del 2025, estoy insomne y sobrio, no me emborracho todos los fines de semana (si bebo, bebo Jack Daniel's), dejé de fumar durante casi 10 años, luego recaí pero acabo de cumplir 22 meses sin fumar otra vez, hace casi 10 años que no enciendo una pipa, he corrido casi 3,000 km desde junio del 2021, tengo la distinción de Investigador Nacional Nivel II desde junio del 2024, no he cobrado un centavo del estímulo económico del SNII desde noviembre del 2024, nunca he tenido un contrato de base, nadie me ha puesto nada en bandeja de plata, ya fui Profesor Asociado, comencé en un nuevo trabajo en verano, y podría dar nombres y apellidos de colegas más jóvenes que yo y que por razones extra académicas ya son profes indeterminados en alguna Institución de Educación Superior Pública, según mi experiencia es más probable que una Comisión Dictaminadora (coludida con las autoridades) le abra un concurso de oposición ad hoc a sus allegados, podría escribir un tratado de endogamia académica, después de todo, parece ser más práctico seguir instrucciones que ser independiente en la academia, tengo náuseas, no puedo dormir desde las 2: 30 am, escribo y escucho King Animal y “Bones of birds” desde las 2: 30 am, seré un zombie todo el día y tengo decenas de cosas por hacer, debería tratar de dormir otro rato.

viernes, octubre 10, 2025

no puedes conectar emocionalmente con todo mundo




El conductor del Uber avanza sobre la avenida X, las calles están encharcadas, cayó una tormenta toda la noche, el tráfico está a vuelta de rueda, normalmente hago 10 minutos en este recorrido pero pasaremos esa frontera, me acomodo en el asiento, me ajusto el cinturón de seguridad, no quiero pensar en estas cosas pero hace un año en 10 minutos estaba en el trabajo, la distancia entre la casa y el trabajo era muy corta, ni siquiera me daba tiempo para pensar en las clases que impartiría, estaba en mi hábitat, mi rutina era distinta. Desde agosto mis recorridos y mi rutina han cambiado, la mayoría de las cosas han mejorado aunque todavía no me adapto por completo a mi nuevo trabajo, todavía no me siento en mi hábitat, es como si me hubiera lanzado al vacío, el público es difícil, a veces  me siento rebasado, como si no tuviera sentido cuánto tiempo estudio e invierto en mis clases, es como si al final los temas que abordo no le interesaran a nadie, pero suelo exagerar, me gusta hacer las cosas bien, soy muy exigente, casi nunca quedo satisfecho, ni siquiera con estas cosas que escribo sólo para mí mismo. 

«No puedes conectar emocionalmente con todo mundo, no puedes conectar intelectualmente con todo mundo, apenas tienes un mes en este trabajo», me digo a mí mismo y aprieto la mandíbula y cierro los párpados y suspiro, y luego me acuerdo de las dos o tres ocasiones en las que me he encontrado accidentalmente a dos o tres ex estudiantes en el último año en alguna plaza, todas me han saludado con mucho gusto y me han dado un abrazo y (palabras más, palabras menos) me han dicho que me extrañan, que creían que volvería a darles clases, que qué bueno que me di lugar, que ya están trabajando en sus tesis, que se preguntan dónde estoy y por qué no puedo ser su director de tesis, que me siguen en mis redes sociales, cosas así.

Me pregunto si algún día conectaré de este modo con los estudiantes de ahora, a veces siento que somos de mundos totalmente distintos, que obviamente la brecha generacional es más amplia, que la tecnología sí cambia el modo de actuar de los estudiantes, que los hace más impacientes, que sus modos de procesar información son totalmente distintos al mío, que ya ni siquiera saben quién fue Kurt Cobain o que no les da curiosidad leer un relato de Oliver Sacks o un libro de Murakami sobre los atentados terroristas de marzo de 1995 con bombas de gas sarín en 3 estaciones del metro de Tokio.

Nos detenemos en un semáforo, en la calle una mujer circulaba en sentido contrario junto a la banqueta, no logró esquivar un charco y se cayó, un hombre está ayudándola a levantarse, otra persona ha sujetado la bicicleta, el conductor del Uber dice algo sobre el mal estado de las calles, nos miramos por el espejo retrovisor durante unos segundos, le sonrío y le digo que cuando llueve todo es más complicado, él sonríe también y asienta con la cabeza, y reparo en que está encendida la radio, aggh, la inconfundible voz de Villalvazo me arrastra a esa parte quejumbrosa de mí mismo, desde que lo recuerdo siempre está quejándose de algo, a eso lo llama periodismo, tiene un montón de seguidores y patrocinadores, y no lo soporto, habla por hablar, se mete en temas que claramente no conoce, una vez hizo una sopa de evolución y neuromarketing y Juegos Olímpicos y el Cruz Azul en un lapso de 3 minutos, él sí que salta de un tema a otro y no cierra ningún tema, escucharlo quejarse de todo lo que ocurre en México y en el mundo me pone de malhumor, es como un dolor estomacal, como cuando estás a punto de dar una conferencia que no preparaste con suficiente tiempo, escucharlo quejarse de todo es como una cucharada de sal en el corazón, y es contagioso, de por sí soy una persona muy quejumbrosa, me hace daño.

Me vuelvo a acomodar en el asiento y la voz de Villalvazo me remonta a los recorridos de hace un año, cuando salía de la casa con rumbo a ese trabajo que queda a 10 minutos de la casa, tengo la impresión de que entonces los conductores de Uber escuchaban más este programa de radio que los conductores de ahora, supongo que entonces le prestaba más atención a la radio porque el recorrido era más corto y porque ya tenía preparadas casi todas mis clases y porque podía enfocarme casi exclusivamente en eso, volvía a la casa en 10 minutos, ahora tengo más ocupaciones y más distractores, paso varias horas a la semana en Uber y en tren y caminando, lidio con más personas en el tren, unas van platicando a todo volumen, otras van escuchando música o viendo el mismo Reel una y otra vez a todo volumen, “México en la piel”, “El son de la negra”, “El mariachi loco” van sonando en el tren a todo volumen, ahora imparto cursos diferentes, debo cubrir programas de estudio diferentes, debo tratar con estudiantes diferentes, debo hacer recorridos diferentes, apenas empiezo, estoy cumpliendo poco más de un mes en este nuevo trabajo y en cada recorrido que hago de la casa al trabajo no puedo dejar de pensar en las clases que impartiré, en que todavía no me siento completamente en mi hábitat en este nuevo trabajo, en que estudio todo el fin de semana, en que llega el lunes y sin embargo tengo la impresión de que no sé nada sobre mis clases.

A veces  me siento rebasado, como si no tuviera sentido cuánto tiempo estudio e invierto en mis clases, es como si al final los temas que abordo no le interesaran a nadie, pero suelo exagerar, me gusta hacer las cosas bien, soy muy exigente, casi nunca quedo satisfecho, ni siquiera con estas cosas que escribo sólo para mí mismo. 

«No puedes conectar emocionalmente con todo mundo, no puedes conectar intelectualmente con todo mundo, apenas tienes un mes en este trabajo», me digo a mí mismo y aprieto la mandíbula y cierro los párpados y suspiro, y luego me acuerdo de las dos o tres ocasiones en las que me he encontrado accidentalmente a dos o tres ex estudiantes en el último año en alguna plaza, todas me han saludado con mucho gusto y me han dado un abrazo y (palabras más, palabras menos) me han dicho que me extrañan, que creían que volvería a darles clases, que qué bueno que me di lugar, que ya están trabajando en sus tesis, que se preguntan dónde estoy y por qué no puedo ser su director de tesis, que me siguen en mis redes sociales, cosas así.

sábado, septiembre 06, 2025

(Help) you know I need someone

 


Cuando escucho a los Beatles, pienso en la década de los 60, en el mundial de futbol que ganaron los ingleses en Wembley, en Bobby Moore y en Gordon Banks, en Franz Beckenbauer y en Uwe Seeler, pienso en los estudiantes masacrados en Tlatelolco, en Díaz Ordaz y en los Juegos Olímpicos, en la ocupación de Ciudad Universitaria por el ejército, en el Batallón Olimpia, pienso en la moda, en esos horribles pantalones acampanados y entallados que usaban los hombres, en las fabulosas melenas de Lennon y de Harrison que escandalizaban a las autoridades del mundo, pienso en los exuberantes peinados de las mujeres, pienso en John Kennedy y en Jackie Onassis, pienso en esos vestidos de mujeres adultas que usaban las adolescentes, y la música de los Beatles me remonta a esa atmósfera en blanco y negro de la televisión de esos tiempos, y también me remonta a Adam West y a Burt Ward, a la serie de tv de Batman, y tengo flashazos de un documental del mundial de Inglaterra 1966 que vi en la inauguración de Italia '90 por tv, pienso en alguna película en la que siempre parecía estar lloviendo y en la que la muerte parecía inminente. 

Debí de tener cuatro o cinco años cuando los escuché por primera vez, los domingos mi papá y yo salíamos a comprar el desayuno y luego pasábamos al puesto de periódicos, íbamos a pie, caminábamos varias cuadras, las calles estaban semi desiertas, me gustaba cerrar los párpados ocasionalmente y no dejar de caminar, varias veces estuve a punto de estrellarme contra un poste de luz, ahora que lo pienso seguramente esas mañanas eran muy diferentes al resto de la semana para mi papá, seguramente era una época en la que mi papá trabajaba desde muy temprano y hasta muy tarde casi todos los días, seguramente los domingos por la mañana de esos tiempos eran casi el único momento en el que podía olvidarse del trabajo.

Todo estaba en paz y todo parecía en orden, apenas iban a dar las nueve de la mañana cuando volvíamos al departamento y él se sentaba a leer el periódico y ponía Abbey Road en la tornamesa, y, sin embargo, la música de los Beatles casi nunca me remonta a esos domingos, por alguna razón Abbey Road nunca ha sido uno de mis álbumes favoritos de los Beatles, a lo mejor luego lo escuché obsesivamente en una época en la que me obsesioné con una chica que nunca se interesó en mí y no dejaba de imaginarla en mi vida, mientras ponía una y otra vez “She's so heavy”, quién sabe, a lo mejor esos domingos de mi infancia no fueron tan pacíficos y ordenados como los recuerdo, a lo mejor, en el fondo, yo mismo me boicoteé porque nunca quise que esa chica por la que me obsesioné y yo, estuviéramos juntos.  

Estoy casi seguro de que escucharía más a los Beatles, si esos domingos hubiera escuchado “Help! en lugar de “Because”, probablemente me habría convertido en súper fan de los Beatles y me habría obsesionado en formar una banda que también pudiera pasar de “I want to hold your hand” a “Sgt. Pepper's Lonely Heart's Club Band”, pero las cosas no fueron así, el punto es que quién sabe por qué no me gusta tanto Abbey Road y, cuando escucho rock inglés de los 60, raras veces escucho a los Beatles, más bien les compré a los Stones esa imagen de malosos, esa leyenda de Keith Richards fumándose las cenizas de su padre, y principalmente porque los Stones continuaron haciendo música y escuché muchas veces alguna que otra canción de Voodoo Lounge cuando entré a la prepa, principalmente porque el video de “Love Is Strong” llegó a la pantalla de la tv cuando tenía pocos días de haber entrado a la prepa y movió algo dentro de mí.

Ahora es sábado, los domingos de la infancia y los primeros días de la prepa quedaron varias décadas atrás, acaban de dar las 7: 30 am, Lennon canta...

When I was younger
So much younger than today
I never needed anybody's help in any way
But now these days are gone

 ... y ya se repitieron varias veces todas las canciones de Help!, estoy escribiendo y huyendo de lo que realmente me levantó de la cama y me trajo a la computadora desde las 6 am, vuelvo a desviarme del tema y espero que la app que uso para salir a correr sí funcione hoy y miro hacia la ventana y medio veo que aún no ha salido el sol y nunca jamás volveré a escuchar a los Beatles como antes, hace casi un mes me dijeron por Whats que habías partido a otra dimensión, y no he tenido tiempo para reflexionar, sólo sé que me duele, que te gustaban mucho los Beatles, que te conocí en una feria de ciencias, que formaste parte de mi comité tutoral del doctorado, que luego fuiste mi jefe en el postdoc, que me diste la oportunidad de hacer muchas cosas, de escribir mi propio proyecto de investigación, de publicar como autor corresponsal, de tener estudiantes de posgrado, de encontrar la mejor posición académica que he tenido, que eras una gran persona, que te vi varias veces por Zoom cada lunes desde agosto o septiembre del 2022, que trabajamos varias tardes por Zoom en un plan de estudios de una licenciatura que no se concretó, que siempre estabas de buen humor, que no te dije adiós.

sábado, agosto 16, 2025

whisper secrets for me


Un tipo de Ocesa se nos acerca, le echo un ojo a mi reloj y con la otra mano sostengo una cerveza, van a dar las 7 pm, las luces de El Palacio de Los Deportes están todas encendidas, le echo un vistazo al recinto, no parece estar ni a la tercera parte de su capacidad, quién sabe si se llene. Le doy un sorbo a la cerveza, está tibia, su sabor me remonta a otros tantos conciertos en El Palacio de los Deportes, todavía es temprano, este concierto está anunciado a las 8 y media. No habrá banda telonera.

El tipo de Ocesa mueve la cabeza de un lado a otro, muy rápido, tiene una sonrisa maliciosa, nos pregunta (en voz baja) si queremos pasarnos a la Sección General A, «Nada más me dan mi propina», o algo así, murmura (y me pregunto qué tendrá en mente, a cuánto ascenderá su concepto de propina), y su sonrisa me recuerda a la de los villanos de las películas de Disney, esos que se frotaban las manos cuando planeaban cómo salirse con la suya, y ahora ya estoy teniendo un flashback de esas aburridísimas tardes de sábado en casa de Omar, quién sabe por qué mi mamá pensaba que era genial ir a casa de mi tía al menos un sábado al mes, pero pasábamos toda la tarde viendo películas de Disney mientras la tía Ofelia nos servía unas abominables botanas hechas a base de brócoli y espárragos que parecían ser una delicia para Omar. Apenas estábamos en el kínder o entrando a la primaria. La tía Ofelia también nos preparaba infusiones de pasiflora y valeriana que tenían en un estado semicatatónico a Omar (pensándolo bien, mi tía era sobreprotectora), y, por otra parte, siempre había algo angustioso en esas películas de Disney, me parecían tan abominables como las botanas y las infusiones que preparaba la tía Ofelia, desde niño ya era aprehensivo, no necesitaba angustiarme de más porque un cazador asesinaba a la madre de Bambi y lo dejaba huérfano ni porque la bruja quería envenenar con una manzana a Blanca Nieves ni porque Cenicienta estaba bajo un hechizo y nadie sabía que lo único que podía salvarla era el beso de su príncipe azul; no necesitaba enterarme a esa edad que la gente es insensible, envidiosa y mala. (Tengo un insight: tal vez aborrezco las películas de Disney y creo que esas tardes eran aburridísimas, pero, más bien, eran angustiosas.)

«¿Qué dicen, amigos?», insiste el tipo de Ocesa. 

Todo esto resulta irónico, hace tres meses salía con Beatriz y hace poco más de un mes Beatriz me dejó y volvió con su ex, un tipo que, precisamente, trabaja en Ocesa; de hecho, Beatriz me contó varias anécdotas de él, que el tipo fue una especie de guardaespaldas de Marilyn Manson cuando su banda vino al DF a cerrar la gira de Antichrist Superstar, que Manson estaba lleno de cicatrices, de cortadas con objetos punzocortantes, que el tipo de Ocesa los acompañó a él y a Twiggy Ramírez en una camioneta, un par de días antes del concierto, al Mercado Sonora, que los rockstars buscaban a alguna bruja, que estaban fascinados con El Mercado Sonora...; Beatriz también me contó que el ex acompañó a Shirley Manson y a Butch Vig a dar un rol por la Condesa cuando Garbage vino a tocar al Metropólitan por primera vez, cosas así (¿qué edad tendrá el tipo...?, esto no pasó hace más de tres años pero me parece que es un veterano ya), y quién sabe qué, de todo esto, pasó, y qué tanto, de todo esto, fue rollo del tipo para impresionar a Beatriz, el punto es que ella y él están juntos de nuevo, que ella terminó conmigo a finales del semestre escolar, en la estación Copilco del metro, y que me dijo que casi no salíamos a ningún lado, que tampoco hablábamos por teléfono muy seguido, que parecíamos más “amiguitos de la escuela” que novios; en fin, todo esto es irónico, ¿qué tal si este tipo de Ocesa es el mismo tipo de Ocesa del que hablaba Beatriz?, ¿qué tal si este tipo que nos ofrece pasarnos a la Sección General A es el actual novio de Beatriz...?, ¿qué tal si, en un mundo paralelo, Beatriz y yo estamos aquí...?, aunque a ella no le gustan los Smashing Pumpkins, es más de rock en español, Julieta Venegas, Jarabe de Palo, Santa Sabina... Caifanes.

Mmmh, ahora estoy pensando en el cassette que me regaló Beatriz cuando empezamos a salir, siempre me dedicaba una canción de Jarabe de Palo, creo que hablaba sobre la importancia de expresar emociones y buscar apoyo en los demás, quién sabe qué impresión tenía Beatriz de mí. 

En el presente, tú y yo nos quedamos en silencio y me miras y me sonríes y te pasas el cabello por detrás de una oreja –¡cuánto me gustan tus orejas!–, todas las luces están encendidas en El Palacio de Los Deportes, y me sumerjo en la calidez que brota de la fuente de tus pupilas color almendra, es como un abismo o una ventosa, y no te lo he dicho pero tus pupilas me hacen pensar en la Semana Santa, en esa atmósfera de la crucifixión de Jesús en Iztapalapa y en la película de Scorsese, a veces no entiendo por qué pienso las cosas que pienso, pero, casi siempre, desde que nos conocimos, la calidez que brota de tus pupilas que son un abismo y una ventosa me desconcierta, me vuelve loco, me llena de ímpetu, me incita, y me dan ganas de abrazarte, me dan ganas de devorarte. 

Ahora estoy pensando en esta canción —“Pug” se llama— de Billy Corgan, que, por cierto, es una de las pocas canciones que me gustan del último álbum de estudio de su banda, lo compré en El Chopo a mediados de junio y no he dejado de escucharlo, y cuando entro en este estado de trance al ver tus pupilas y tener la experiencia de que son un abismo o una ventosa, mueves algo dentro de mí, y de pronto ya no soy esta especie de gnomo colérico que no expresa emociones pero que quiere destruir cosas por aquí y por allá y me relajo, y tú me tranquilizas –aggh, este es un horrible lugar común, pero eres como una iv de morfina que estalla en mi médula espinal.

En fin, el tipo de Ocesa insiste, pero no soy corrupto y además no traigo mucho dinero, apenas lo suficiente para algunas cervezas más (a precio de concierto) y apenas para el taxi de vuelta a tu casa, vives en la Del Valle, ya veré cómo hago para volver a mi casa (queda a quince minutos de El Palacio de Los Deportes), he calculado que el concierto no terminará más allá de las 11, y entonces le digo que no, que no queremos que nos pase a la Sección General A, estamos en la Sección C, casi junto a una de las entradas a la Sección General A, desde aquí parece que tendremos una buena vista del escenario, excepto que el recinto no está ni a la tercera parte de su capacidad y es difícil predecir cuánto cambiará la perspectiva cuando comience el concierto, y el tipo de Ocesa mete la cabeza en los hombros y dice algo como «Si cambian de opinión, estaré por aquí» y se aleja pero a los segundos lo veo acercarse a otra pareja y seguramente les tira el mismo rollo porque al cabo de no más de un par de minutos los hace pasar a la Sección General A, jaja. 

Vuelvo a mirarte, algo se mueve dentro de mí, nos conocimos a finales de julio, en la fiesta de cumpleaños de uno de los tipos del taller de creación literaria al que me inscribí cuando Beatriz terminó conmigo y empecé a apreciarla (en verdad es así: soy tan estúpido que no valoro en su justa medida a quienes me quieren sino hasta que ya son historia: Beatriz era una buena chica, tal vez un poco absorbente, sumamente afectuosa y un poco cursi –¡le gustaba Jarabe de Palo–, tenía expectativas muy altas de mí, pero me quería, y al principio de nuestra relación decía que podía enamorarse perdidamente de mí); en fin, no sé qué piensas de todo esto, creo que no te gustó mucho que se nos acercara el tipo de Ocesa, sólo quiero abrazarte, sólo quiero devorarte, sólo quiero sentirte cerca, “Pug” se repite una y otra vez en mi cabeza, leí en una revista que es una compleja canción que habla sobre la contradicción del amor, sentirse atrapado entre la comodidad de una relación y el deseo de salir al mundo exterior, quién sabe, Billy Corgan escribe buenas canciones, es un mamón pero es muy ingenioso, aún recuerdo cómo pasaba mis tardes en los últimos años de prepa escuchando Mellon Collie & The Infinite Sadness, y, en fin, esta canción es una de las pocas canciones de Adore que me gustan, y es el 11 de agosto de 1998, hace más o menos un mes Francia ganó la final del mundial de futbol en el Stade de France, las vacaciones de verano se están muriendo, no hemos cumplido ni la mayoría de edad y quién sabe si volveremos a vernos cuando tú vuelvas a clases, también cursarás el tercer semestre de Psicología pero en la UIC, y yo volveré a la Facultad de Psicología de la UNAM –ya te dije que preferiría cambiar de carrera, que no me veo como psicólogo clínico, que no me veo en un consultorio, que me veo en un laboratorio, que quisiera dedicarme la investigación básica y que no sé si quiero estudiar un posgrado, porque ése parece ser el camino, que el trabajo es escaso en la academia, que las plazas ya están apalabradas, que me cuesta mucho conectar con la gente, que la gente suele decirme que siempre parezco estar enojado, que parezco un gnomo colérico que quiere destruir todo por aquí y por allá, tú misma me dijiste eso cuando nos conocimos en el cumpleaños de Leonardo y platicamos sobre este concierto de los Smashing Pumpkins... –¿quién diría que asistiríamos juntos?–, cuando nos tomábamos unas Heineken y escuchábamos Mellon Collie & The Infinite Sadness y me decías que esperabas que los Pumpkins tocaran algo de Gish y de Siamese Dream en El Palacio de Los Deportes, y añadiste «pero ya ves que en Europa sólo han estado tocando Adore y versiones muy raras de Mellon Collie...», ¡uff!, siempre estás informada, quién sabe qué dirías si te contara las anécdotas del novio de Beatriz, quién sabe qué me dirías si te dijera que he estado pensando en Beatriz mientras le doy sorbos a esta tibia cerveza de concierto, tal vez terminarías conmigo, aún no sé si te cae mal Manson, si crees que es satánico, si eso te da risa, si eso te asusta –Beatriz era una santa–, aún no sé si te gusta Garbage, no hemos salido más que cuatro o cinco veces, nos conocimos hace un mes, sólo quiero abrazarte, sólo quiero sentirte cerca, sólo quiero devorarte, que me cuentes secretos al oído.

miércoles, agosto 13, 2025

Strawberry fields forever

 


Nos asilaban en un edificio nuevo, en la Oficina de Divulgación de la ciencia, ya habían transcurrido varios meses desde el terremoto que dejó en condiciones inhabitables el Edificio S y era obvio que las autoridades no iban a asignarle pronto a tu grupo de investigación un espacio de trabajo, en el Edificio S tu grupo tenía un cubículo de estudiantes, un cubículo de profesores y un enorme laboratorio de investigación básica que compartía con el Departamento de Biología de la Reproducción. Tu grupo de investigación publicaba en revistas Q1 y Q2, tus colegas impartían cursos de licenciatura y posgrado, asesoraban cada trimestre a varios estudiantes de licenciatura y posgrado, colaboraban con colegas de otras Instituciones de Educación Superior y organizaban eventos de Divulgación de la ciencia, tenían cada año una Feria de Ciencias abierta a público en general, era un grupo muy productivo. Sobrevivía con el estímulo económico del SNII, el postdoc había terminado y realizaba actividades de docencia, asesoría, divulgación e investigación, y no había dimensionado que ser productivo no es lo más políticamente correcto en la academia, que a un montón de autoridades –administrativos, profesores de tiempo completo, investigadores de tiempo completo– no les gusta que nadie les haga sombra. No sabía que en la práctica todas esas cosas que te dicen sobre la academia cuando estudias el posgrado –¡la excelencia académica es primero!, ¡siempre hay que pensar en mantenerse en el SNII!, para la mayoría de los académicos sólo era un eslógan para no perder sus becas y para que la universidad no perdiera el presupuesto federal. 

En esa oficina, al principio me asignaron un escritorio hasta el fondo, prácticamente allí no convivía con nadie, no había ventanas, hacía frío, casi nadie pasaba por allí, era un espacio en el que entrevistaban a académicos que aparecían en distintos eventos de Divulgación, pero un día viste esa situación y me cambiaron a otro escritorio, a la entrada del edificio, con colegas de tiempo completo definitivo, a una oficina que tenía ventanas. Una tarde enviaba a revisión el MS de mi proyecto de postdoc (tú eras mi jefe de postdoc y me habías dado la oportunidad de escribir mi propio proyecto de postdoc y ser Autor Corresponsal en ese MS; aunque ya había publicado 4 papers de investigación original como Primer Autor y había hecho el trabajo de Autor Corresponsal en esos 4 papers en el PhD, nadie me había dado esa oportunidad, mi tutor de PhD era una persona totalmente diferente a ti y no sólo insistía en que yo no tenía iniciativa y en que sólo seguía sus instrucciones, sino que no me dio la oportunidad ni una sola vez de ser Autor Corresponsal) y te sentaste cerca de mí y me dijiste «Por ahí me han dicho que tocas la guitarra eléctrica...» y me contaste que tú eras un desastre para tocar la guitarra eléctrica, que tenías una pero que nunca habías aprendido a tocarla, te gustaban los Beatles, todo mundo lo sabíamos, no sólo porque en tu oficina –en el Edificio S– había colgado alguno que otro cuadro de los Beatles, sino porque, de una u otra forma, siempre le hacías saber a tus colaboradores, colegas y estudiantes cuánto te gustaban los Beatles.

Esa era la clase de conversación que podía tener contigo, además de las conversaciones académicas, cuando te conocí estabas en una Feria de Ciencias, fui a buscarte para que firmaras un documento en el que aceptabas formar parte de mi Comité Tutoral de Doctorado y desde ese momento supe que no eras un académico de mente cerrada, que apoyabas a tus colegas, colaboradores y estudiantes, en los Exámenes Tutorales eras siempre el más ecuánime, como mi Jefe de postdoc siempre me apoyaste, gracias a ti pude acercarme a colegas de otra universidad pública y tener mi experiencia más cercana a mi empleo ideal –Profesor Visitante, con un nombramiento de Profesor Titular A, durante 3 años–, en los últimos 3 años he estado asistiendo cada lunes a los seminarios de tu grupo de investigación clínica –un grupo multidisciplinario de psicólogos, neurólogos, psiquiatras y odontólogos que tienen una clínica privada y que también apoyaste– y trabajamos en un programa de estudios de una licenciatura que ninguna autoridad quiso apoyar, nos vimos varias veces en alguna cena de fin de año o en alguna reunión de trabajo, nunca pudimos concretar una comida, hablamos por teléfono para acordar detalles de un par de artículos de Divulgación o de un par de charlas de Divulgación, ahora comienzo una etapa nueva, voy saliendo a mi primer día de trabajo, en una universidad privada, un montón de canciones de los Beatles van sonando en mi cabeza, me siento dividido, hace no más de 12 horas que recibí la noticia, ya no volveremos a verte nunca más.