martes, julio 31, 2018

Piensa mal y acertarás


No había escuchado nada acerca de este premio hasta que leí Adiós a Dylan.

Bob Dylan había ganado el Nobel de Literatura y yo tenía algunos meses tratando de leer Tarántula y de escuchar algunos de sus álbumes.

Me estaba costando mucho trabajo leer ese libro -esperaba relatos, pero más bien se trataba de canciones escritas en prosa poética- y eso por alguna razón me impedía escuchar su música. 

Un sábado estábamos en la Librería Gandhi de Madero y me encontré la novela de Alejandro Carrillo en la sección de novedades. 

Aunque decía que era la novela ganadora del Premio Mauricio Achar, lo que más me llamó la atención fue el título. 

Según la sinopsis, se trataba de una historia cuyo protagonista admiraba a Bob Dylan y que atribuía todos sus éxitos y fracasos a su música.

Cuando acabé de leer la novela, decidí concursar en la siguiente edición del Premio Mauricio Achar



Al principio, tenía planeado concursar con una novela escrita ex profeso, pero llegué a un punto en el que la historia no fluía y opté por retomar una novela que empecé a escribir el día de mi cumpleaños treinta y tres. 


Esa novela estaba muy avanzada y según yo sólo requería algunos cambios. 


Tardé muchas semanas en decidirme, así que en el último mes antes de la fecha de cierre para la entrega de novelas inéditas, estuve escribiendo frenéticamente. 

Estuve tan enfocado en la escritura que todas las noches soñaba con la novela. 

Soñaba capítulos que aún no escribía y finales que no se me habían ocurrido.  
Me sorprendía despertando de sueños en los que estaba escribiendo. 

Terminé de escribirla un día antes de la fecha límite y al día siguiente llevé mi novela a las Oficinas de Penguin Random House

El edificio está en Polanco, a unas cuadras de Plaza Antara


Mi esposa y yo salimos del trabajo a la hora de la comida y llegamos a la recepción del edificio, alrededor de las cuatro de la tarde. 

Las oficinas de la editorial estaban en el primer piso.

Mientras subíamos en el ascensor, me sentía tan nervioso y estúpido como un adolescente que va por primera vez a hacer algo que sí le importa.


Estaba tan nervioso que me acordé de un relato de Baudelaire en el que decía que incluso la taquilla de un teatro podría representar el peor obstáculo para una persona insegura.  

A pesar de todo, tenía el presentimiento de que mi novela no era tan mala. 


En las oficinas de la editorial, un hombre de traje me dijo que podía dejar el manuscrito y el sobre con mis datos en un escritorio.

En el escritorio había decenas de sobres y decenas de manuscritos engargolados o empastados.

Le eché un vistazo a algunos de los seudónimos empleados por los autores de esos manuscritos. 
Eran francamente infantiles. Recuerdo en particular El Viajante Decimonónico, El Cronista Citadino y El Escribano de Relatos

Mi seudónimo era más simple e ingenioso. 

Tomé las iniciales de un famoso personaje cuyo caso clínico permitió la identificación de dos tipos de memoria y les agregué uno de los apellidos de un investigador con el que trabajo desde hace cuatro años. Es un apellido azteca. 

Dejé el ejemplar de mi novela en el escritorio, imaginando cuál sería la calidad de la mayoría de los manuscritos apilados allí (a juzgar por los seudónimos de sus autores) y cuáles serían las probabilidades de que a alguno de los jueces lo atrapara realmente mi novela. 

Después fuimos a comer a Antara y volvimos a la casa en transporte público. 

Al día siguiente no había labores en la universidad y nos acostamos tarde. No podía dejar de pensar cuál sería la probabilidad de que a alguno de los jueces del concurso en verdad le gustara mi novela, y no pude dormir.

Aún tenía el presentimiento de que no era tan mala. 

                                       

Tenía cuatro años cuando aprendí a escribir. 
Aunque mis profesores les preguntaban a mis papás si yo tenía amigos y si jugaba como los demás niños -era muy solitario en la escuela-, jugaba y veía caricaturas como los niños de mi edad, pero lo que más disfrutaba era escribir

Escribía historias en las que Mickey Mouse envejecía. Mientras lo hacía, me sentía poseído por una fuerza que jamás experimentaba cuando realizaba cualquier otra actividad. 

Cuando empezaron a atraerme las mujeres en la adolescencia, todo lo que escribía estaba relacionado con ellas.

Cuando empezó a interesarme la música, todo lo que escribía estaba relacionado con mis bandas favoritas. 

Cuando tuve mi primera novia, dejé de escribir. 
Me sentía tan feliz y pasaba tanto tiempo con ella que no podía escribir. 

(Hace tanto tiempo de eso.) 

Cuando la relación terminó, retomé la escritura y volví a tomar un taller de creación literaria.

Sólo había tomado uno durante la huelga de la UNAM en 1999.
Aunque en realidad fue más bien un taller de poesía y todo mundo despedazaba mis textos a la menor oportunidad, me resultó muy útil. 

Incluso aprendí a escribir décimas. 

Conocí a personas muy listas y amables -un poco outsiders- que me hicieron leer a autores que jamás habría conocido en esa época. 



Escribir es lo único que he hecho en los buenos y en los malos momentos de mi vida. Mi trabajo ideal involucraría leer y escribir acerca de lo que leo. Lo que hago se aproxima a ello, pero desde una perspectiva científica. 

Si fuera millonario, incluso sería capaz de pagar por escribir.

He escrito relatos, cuentos y novelas que abandono por largas temporadas. 
Me cuesta mucho trabajo quedar satisfecho con lo que escribo. 

Tengo este blog Metastasis Of Sound desde hace más de diez años. 


Lo que publico en estos blogs es un ejercicio y está en constante cambio. 

Raras veces digo que escribo -no me agrada la gente que dice que escribe a la menor oportunidad-, pero cuando digo que escribo, tengo la impresión de que alguien puede creer que me refiero a lo que publico aquí. 

No soy tan engreído ni tan ingenuo. 

Cuando digo que escribo, no me refiero precisamente a lo que publico en estos blogsMe toma semanas y meses escribir algo que realmente me importa. 

En la convocatoria del Premio Mauricio Achar 2018 decía que anunciarían a los ganadores en el mes de julio. Pasó la primera quincena del mes y no hubo ningún tipo de información. 

Conforme pasaban los días, se fue esfumando el presentimiento de que mi novela no era tan mala y fue cobrando más peso la idea de que era un texto mal escrito y aburrido. 

Así es cómo pienso de la mayoría de los textos que escribo.

Por esa razón, lo que publico en mis blogs cambia constantemente. 

12 de Agosto, 2018. Museo Nacional de Antropología. 
La semana anterior, Librerías Gandhi dio a conocer a los ganadores. 

Apareció el jurado en un Facebook Live desde El Foro Expresarte

No sé por qué, pero desde que vi al jurado y lo escuché hablar de literatura, supe que ninguno de ellos se habría sentido atraído por mi novela, incluso si hubiera sido lo único que pudieran leer por el resto de sus vidas. 

Empezaron a hablar de teoría literaria.

Pensé que ellos podrían ser como Bioy Casares y Jorge Luis Borges, subestimando la obra de Horacio Quiroga.  

Desde luego que no estoy comparándome con él. 

El jurado anunció que por primera ocasión habría dos ganadores.

Uno de ellos estaba en la conferencia de prensa y cuando lo entrevistaron dijo que había comenzado a escribir la novela ganadora con una beca del FONCA.

Uno de los jurados le hablaba con mucha familiaridad y decía cosas que implicaban que se conocían -probablemente tuvieron que estar en contacto algunas semanas antes de la conferencia- y otro de los jurados le dijo que le parecía que su novela estaba casi lista para publicarse. 

No he podido dejar de pensar en estas cosas. 


Necesito escribir más y concursar más, pero también conocer a gente que trabaje en editoriales. 

Da click aquí, para escuchar una canción de Bob Dylan que habla de mí

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