Me despierto de un sueño que fue como un puñetazo en el estómago, de pronto nada tiene sentido en esa frontera entre la realidad y los sueños, lo que soñé se va borrando como los recuerdos resacosos de una borrachera, Gatusso me mira desde la puerta de la recámara, nuestras miradas se funden en una sola, maúlla, no quiero levantarme todavía de la cama, quisiera quedarme otro rato, imaginar por un rato que no tengo más responsabilidades que ir a la escuela, que tengo todo el día libre, que puedo pasar toda la tarde después de la escuela escuchando música, pero Gatusso persiste, de los 3 gatos es el gato más impaciente, en cuanto se da cuenta de que ya desperté –tiene un sentido tan agudo para detectarlo, parece que sabe exactamente a qué hora despierto o que sabe distinguir cómo cambia mi respiración cuando despierto– empieza a maullar, es como un bebé al que le faltan comida y agua.
Cierro los párpados, rompo mi contacto con la mirada de Gatusso, el sueño ya está sepultado en un lugar muy lejano, ya dejé atrás la frontera entre la realidad y los sueños, tengo 3 días sin revisar mis redes sociales, estoy por cumplir casi 90 horas sin revisar mis redes sociales, es un pequeño logro, he adquirido el hábito de checar mis redes sociales en piloto automático, y tampoco tiene sentido: el contenido más común en redes sociales es como esa frontera entre la realidad y los sueños, en Facebook, por ejemplo, desde hace más de medio año básicamente no veo posts de gente real, sólo aparecen Digital Creators en mi feed, gente que quién sabe de dónde salió pero que sólo sigue a 10 “personas” y que tiene millones de followers y que comparte reels sin ninguna importancia –«Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia»–, desde hace más de medio año se ha vuelto una red aburrida, nadie comparte nada relevante, casi exclusivamente fotos en las que posan con la Torre Eiffel o con la Fuente de Trevi o con el Coliseo Romano... casi exclusivamente cosas que el dinero puede comprar, casi exclusivamente cosas materiales.
De pronto desapareció el contenido de personas «reales» en Facebook, y, sin embargo, casi todos los días, en cuanto me levanto de la cama (o, peor aún: en cuanto me despierto), me meto a revisar Facebook y me encuentro lo de siempre: «Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia». En otras redes sociales el asunto es similar. Si le preguntas a una IA por qué usamos las redes sociales, te dice que nos sirven para «compartir experiencias, para comunicarnos y para “dejar huella” de nuestra era», ¡claro!, están hechas para complacernos, para hacernos sentir lo más top de lo más top, no nos dirían que están hechas para volvernos dependientes, para provocar mini explosiones de dopamina cada segundo, para lucrar con nuestro tiempo y moldear nuestros intereses, para crearnos falsas expectativas, para manipularnos, para vendernos lo que sea, para reducir nuestra capacidad de atención y nuestra paciencia –en mis redes sociales abiertas, según los datos de distintas apps, en promedio, los usuarios ven mis reels ¡nada más 30 segundos!, así que no importa realmente lo que diga: en promedio los internautas que ven mis reels sólo los ven 30 segundos... y no es que me importe estar en tendencia, por supuesto que en mis redes sociales privadas soy prácticamente invisible, hay una regla implícita en las redes sociales: si un internauta «te conoce» personalmente, por supuesto que sabe que no tienes nada importante que decir.
Ni siquiera entiendo por qué «creo contenido», las redes sociales no son mi hábitat, me hacen sentir como cuando tenía que participar en el bailable de un festival escolar en la primaria –¡no nos tienen que gustar los festivales a todos!, ¡bailar no nos tiene que volver locos a todos!–, cuando no sospechaba que tengo un nivel moderado de autismo y me culpaba a mí mismo por no sentirme como los demás, por no conectar con los demás, por sentirme abrumado ante la idea de compartir un espacio físico con otras personas, por estar pensando obsesivamente cómo serían los siguientes 10 minutos de mi vida en un lugar lleno de gente, pero siempre me ha gustado crear: escribo desde que aprendí a escribir, me he obsesionado con distintas actividades y siempre han estado relacionadas con «crear algo»; desde que aprendí a escribir, me gustaba crear historias, relatos, cuentos; cuando me interesé en el futbol, no sólo jugaba futbol 24/7 y veía partidos de futbol 24/7, sino que también creaba maquetas de estadios de futbol, canchas de futbol a escala, y cosas así; cuando entré a la prepa y abandoné el futbol, me obsesioné creando mixtapes todas las tardes, después de volver de la escuela, cuando no tenía más responsabilidades que ir a la escuela... Y así podría seguir enumerando distintas actividades que han involucrado «crear algo».
Desde que recuerdo me ha gustado crear cosas, en distintas etapas de mi vida me he obsesionado con distintas tecnologías –para crear equipos de futbol en un videojuego, para crear videos en una app de la laptop, para crear pistas de audio con un software gratuito en internet, para crear un blog que es como una novela que es un blog...–, y, desde hace un año más o menos, fortuitamente, me encontré «creando contenido» en dos redes sociales abiertas, sorprendentemente tengo casi 2 mil seguidores a pesar de que (obviamente) no soy una celebridad ni nunca he invertido un centavo en mis redes sociales, a pesar de que nunca subo contenido que esté en tendencia, a pesar de que sólo comparto información sobre el SNII, sobre la academia, sobre cómo es ser SNII2 sin haber tenido nunca un contrato de base, sobre cómo es sobrevivir como académico en un país tercermundista, o sobre libros que me gustan o temas de neurociencias en los que no soy un novato, tengo casi 2 mil seguidores en dos redes sociales abiertas a pesar de que nunca uso apps para crear contenido con grandes efectos audiovisuales y enganchar a los internautas con hacks fáciles... y a veces quisiera darme un break indefinido de mis redes sociales, no conecto con la mayoría del contenido de redes sociales, la mayoría de los internautas no conectan con el contenido que creo, no me vuelan la cabeza los podcasts, no me interesa enterarme por qué Ruzzarín o por qué Mente Creativa prefieren a Rosalía o a los Rayados del Monterrey, tampoco me atrapan los reels con grandes efectos audiovisuales ni me interesa saber qué opina tal o cual influencer sobre el tema caliente del día –«¡fíjate que El Estadio Banorte... a meses de la inauguración del mundial...!»–, no quiero escuchar a nadie aconsejarme para que «me vuelva millonario, desde mi casa, en un par de minutos», y, sin embargo, en cierta medida, soy esclavo del scroll, checo en piloto automático mis redes sociales, veo cómo la mayoría de mis conocidos comparten lo que todo mundo comparte en sus redes sociales, lo que ya es viral, veo cómo (sin darse cuenta) se han condicionado para ir con las tendencias, para abandonar Facebook, para meterse casi completamente a Instagram o a Tiktok, veo cómo han ido perdiendo su capacidad de reflexión (si es que alguna vez la tuvieron), cómo caen en los hacks de la publicidad –«¡Esto te volará la cabeza!»–, intuyo cómo ellos también checan en piloto automático sus redes sociales, aunque su capacidad promedio de atención dure sólo 30 segundos... En fin, seguramente en cuanto me levante de la cama y atienda a Gatusso, encenderé mi teléfono y checaré mis redes sociales.