domingo, junio 12, 2022

Brasil vs Suecia

Mis abuelos –maternos y paternos– vivían en la misma calle y sus casas quedaban una junto a la otra, así que cuando los visitábamos –religiosamente, casi cada domingo–, podíamos verlos a los cuatro; sólo teníamos que turnarnos: a veces llegábamos primero a la casa de los abuelos maternos y nos despedíamos en la casa de los abuelos paternos; otras veces, era al revés. Lo mismo ocurría en las fiestas de Independencia, de Navidad y de Año Nuevo. 

Como casi cualquier otro domingo de mi infancia, el domingo 12 de junio de 1990 no fue la excepción: fuimos a ver a los abuelos. El mundial de futbol tenía unos días de haber comenzado. La selección mexicana había sido castigada por la FIFA y no disputaría ese torneo, pero en la escuela todo mundo hablaba del mundial y yo veía programas en la tv relacionados con el mundial y coleccionaba estampas de los jugadores del mundial que salían en las paletas de los helados Holanda. 

Apenas el viernes previo mi papá se había quedado en la casa y los dos habíamos visto por tv una semblanza de los mundiales de futbol (acompañados por el comentarista Juan Dosal y por el invitado estelar HugoSánchez) y la tediosa inauguración del mundial (exceptuando la fabulosa canción de Gianna Nannini y Edoardo Bennato, casi lo único llamativo había sido el desfile, en el que una modelo había mostrado accidentalmente un pecho) y la derrota de la selección argentina con un gol de François Omam-Biyik en El Estadio Giuseppe Meazza; el sábado habíamos visto por tv el debut de la selección italiana y el gol de Salvatore 'Toto' Schillaci contra los austríacos en El Estadio Olímpico de Roma.

Ese domingo, en cuanto entramos en la casa de los abuelos maternos, percibí el aroma de la sopa de pasta y de la pierna horneada que había preparado la abuela. Casi era la hora de la comida. Me metí a la sala a saludar a mi abuelo. Él estaba sentado frente al televisor. Estaba comiéndose un mazapán o unos cacahuates. A lo mejor estaba tomándose una cerveza. La diabetes todavía no hacía estragos visibles en su salud. Él me sonrió y me invitó a sentarme junto a él. La abuela se acercó a mí y me preguntó si quería un vaso con refresco. A lo mejor le dije que sí. Mis papás dijeron que irían al mercado a comprar comida para la semana y salieron de la casa (así lo recuerdo). 

En El Estadio Delle Alpi, en Turín, jugaban las selecciones de Brasil y de Suecia. Los narradores de Televisa decían que Brasil tenía un súper equipo y que era candidata a ganar el mundial –su más reciente mundial lo habían ganado en 1970–, y que la figura de los suecos era un mediocampista ofensivo llamado Tomás Brolin. 

Cuando iba a terminar el primer tiempo, Careca –compañero de Maradona en el Nápoles– recibió un pase desde medio campo en el límite del área de los suecos y dribló al arquero sueco en el área y anotó para Brasil. Llevaba unas licras negras debajo de los calzoncillos azules del uniforme y festejó el gol con una especie de samba. Mi abuelo apoyaba a Brasil y celebró el gol y me contó que los brasileños habían jugado en Guadalajara en los mundiales de México, en 1970 y en 1986. 

En el segundo tiempo, Brasil volvió a anotar otro gol y el abuelo volvió a celebrar. Casi al final del partido, Tomás Brolin descontó para los suecos. Unos días más tarde, la selección de Costa Rica, una de las revelaciones del torneo, jugaría un gran partido contra los brasileños y avanzaría a los octavos de final del mundial, en su primera participación mundialista. Unas semanas más tarde, en ese mismo estadio, los brasileños, gracias a una genialidad de Maradona y a la habilidad de Caniggia, perderían el partido de octavos de final contra los argentinos y volverían a casa. Tendrían que esperar cuatro años más para volver a ganar un mundial. 

Internet me recuerda que ya pasaron 32 años de este partido. Mis abuelos paternos se mudaron de casa en el 2000 y ninguno de los cuatro abuelos vive ya.

domingo, junio 05, 2022

El Sedán detenido en Circuito Interior


Estábamos atascados en el tráfico, llovía como si fuera el fin del mundo y mi mamá estaba estresada, pero el sonido de las intermitentes del Sedán detenido en Circuito Interior era lo único que capturaba mi atención y me remontaba a otros momentos, como cuando era un niño de seis o siete años y salíamos en familia a una boda o a un bautizo de algún pariente que sólo conocían los abuelos y volvíamos por la noche a la casa desde algún lugar remoto y yo estaba tan cansado que no podía mantenerme despierto y mi papá tenía que detener el Sedán en un sitio poco convencional, y luego tenía que encender las intermitentes del auto y ese sonido monótono y pacífico llenaba el espacio y me hipnotizaba y me libraba de toda preocupación.
 
Ahora estaba en la secundaria, acababa mayo de 1992, el América —con Hugo Sánchez y con Germán Martellotto y con Gonzalo Pineda y con Bernardo y con Óscar Ruggeri— acababa de perder la semifinal de ida de La Liguilla en El Tec de Monterrey con un gol de 'Careca' Bianchezi en aparente fuera de lugar, mi papá volvía de un viaje a Monterrey –nos contaría que lo habían 'invitado' a ver ese partido en El Tec, pero que los boletos estaban muy caros y que rechazó la oferta–, mi mamá conducía el Sedán y nos dirigíamos al aeropuerto, pero, otra vez, el sonido de las intermitentes ejercía un poder hipnótico sobre mí y me hacía sentir como un niño de seis o siete años que estaba exhausto y que volvía a su casa en el auto familiar después de una fiesta en algún lugar remoto.  

Las circunstancias eran muy distintas. No sólo llovía como si fuera el fin del mundo y no sólo estábamos atascados en el tráfico: un millón de automovilistas enfurecidos y neuróticos hacían sonar los claxons de sus automóviles y nos echaban las luces encima en Circuito Interior. Por si fuera poco, los limpiaparabrisas del Sedán habían dejado de funcionar y el parabrisas estaba empañado y no podíamos ver nada del exterior.

Mis hermanos y yo íbamos en el asiento trasero del auto y mi mamá y mi abuelo iban en los asientos de piloto y de copiloto. Cuando la situación parecía más estresante para todos, el abuelo le dijo a mi mamá que detuviera el auto y que encendiera las intermitentes. Luego se bajó del Sedán y encendió un cigarrillo –entonces fumaba Raleigh– y mi mamá dijo (y yo pensé) que ese no era un momento apropiado para que él se pusiera a fumar, pero, después de dos o tres caladas, el abuelo deshizo el cigarrillo y esparció el tabaco en el parabrisas, se metió de nuevo en el Sedán y le dijo a mi mamá que condujera otra vez. 

Avanzamos y los automovilistas en Circuito Interior dejaron de echarnos las luces de sus autos encima y también dejaron de hacer sonar los claxons de sus automóviles. Continuó lloviendo como si fuera el fin del mundo pero el tabaco esparcido en el parabrisas del Sedán comenzó a aclarar el panorama y llegamos sin problemas al aeropuerto. 

Desde entonces, al abuelo, que era un hombre muy práctico y que siempre tenía un buen plan para resolver cualquier problema, le apodamos 'MacGyver'.

sábado, junio 04, 2022

Solicitudes de amistad y contactos fantasma



Sueño un sueño absurdo en el que Thurston Moore se limpia la nariz escandalosamente y luego me dice en español que quiere comprarme una de mis guitarras eléctricas y que me contará algo que nadie sabe sobre la muerte de Kurt Cobain, mientras J Mascis bosteza y parece estar harto de los dos. 

En la realidad, siento las piernas adormecidas, como si me hubiera pasado un tren encima, y también siento unas irresistibles ganas de orinar, como, después de cierta edad, ocurre todas las mañanas.

Despierto. Jax está acostado en mis piernas. Él es el tren que me ha pasado encima. 

Aplazo el momento en el que ya no podré resistir más las ganas de orinar, y miro el reloj en la mesita de noche. Son las cinco de la mañana. Si me levanto de la cama, me pondré a hacer mil cosas –medirme la glucosa, recoger la arena de los gatos, darles comida blanda a los gatos, ponerme ropa deportiva, salir a correr– y ya no volveré a la cama. Quiero descansar un poco más. 

Enciendo mi teléfono y me meto a Facebook. Ayer hice un experimento –compartí lo que opino sobre un tema de interés popular y después compartí una nota absurda sobre el mismo tema, excepto que la escribió un líder de opinión, de esos que están en todas partes, atacando o defendiendo un punto de vista, dependiendo de quién le pague más–, y tengo curiosidad por saber qué pasó: cuántas reacciones tiene cada publicación. 

A diferencia de mi publicación –que no obtuvo ninguna reacción–, la publicación del líder de opinión obtuvo veinte reacciones en mi muro. Seis de mis contactos incluso compartieron esa publicación desde mi muro. No me sorprende. Siempre he sabido que las cosas son así: que la gente, incluso la que conozco (o, principalmente, la que conozco) le da más crédito a los líderes de opinión, aunque sean unos tontos y digan obviedades, y aunque opinen de un tema que no conocen y que yo sí conozco (porque tengo publicaciones sobre ese tema en revistas evaluadas por pares, o porque he impartido cursos sobre ese tema en la universidad).

Siento un hueco en el estómago y una especie de calambre en la vejiga, pero aún puedo aplazar la hora de levantarme de la cama, y me pregunto de dónde salieron todos estos contactos que tengo en Facebook. Exceptuando a mis familiares, a mis colegas y a los conocidos con quienes he convivido en alguna etapa de mi vida –la primaria, la secundaria, la prepa, la universidad–, a la mayoría del resto de los contactos que no entran en esa categoría los conocí y los traté personalmente. Pienso en el número del antropólogo Robin Dunbar. Alguien me contó que él estima que una persona está conectada socialmente con 150 personas y que esa proporción está relacionada con el tamaño de la neocorteza. O algo así. 

Casi ya no puedo aplazar las ganas de orinar, pero hago algunos cálculos: yo tengo 296 contactos en Facebook; de esos 296, alrededor de 80 han interactuado conmigo alguna vez; de esos 296 contactos, alrededor de 200 nunca han interactuado conmigo (ni siquiera cuando comparto fotografías de perros o de gatos).  

Una serie de preguntas cruzan mi mente: ¿qué sentido tiene que seamos contactos en Facebook, si no hay interacción?; estos contactos fantasma, ¿sólo están al pendiente de lo que me pasa, para saber cuándo me pasan cosas malas?; estos contactos fantasma ¿sólo aceptaron por cortesía mi solicitud de amistad...? 

O ellos me enviaron personalmente solicitud de amistad, o yo les envié solicitud de amistad, pero el punto es que aceptamos, y yo esperaría que hubiera un trato más cercano, incluso en la virtualidad de Facebook, al menos una vez al año, pero tengo Facebook desde el 2009, ó desde el 2010, y estos 120 contactos nunca han interactuado conmigo. 

Sé que es probable que algunos de ellos no compartan mis intereses o que les valga madre mi vida, pero yo mismo ocasionalmente interactúo con los contactos con los que no comparto intereses. Les pregunto por cortesía cómo les va o cuántos años tienen los niños (¿sus hijos?) que salen en las fotos que comparten en sus muros. A veces hasta he compartido las publicaciones de algunos de mis contactos –cuando, por ejemplo, darán una plática o un concierto, o recibieron algún reconocimiento, o cuando abrieron un negocio, y están compartiendo esa información en sus muros–, pero nunca ha habido reciprocidad y paulatinamente he dejado de hacerlo. He sido ingenuo. Katz insiste en que a la mayoría de la gente le gusta estar al tanto de lo que uno hace, pero que en realidad no le importa lo que haces. Yo insisto en que debería haber un mayor acercamiento con la gente a la que tienes entre tus contactos de Facebook, al menos ocasionalmente.

No recuerdo si a la mayoría de estos contactos fantasma yo les envié solicitud de amistad, o si fue al revés. Lo que sí sé es que a algunos de estos contactos los he dejado de seguir porque me han aturdido, molestado o aburrido con sus publicaciones. Tengo curiosidad por saber cuántos han hecho lo mismo conmigo. 

He dejado de seguir a quienes sólo suben fotografías de los lugares exóticos a los que viajan cada fin de semana, o de los restaurantes en los que comen cada fin de semana, o de los eventos del año a los que asisten cada fin de semana (desde un partido de futbol en El Estadio Azteca, hasta una carrera de autos Fórmula 1 en El Autódromo Hermanos Rodríguez, o un concierto de Café Tacuba o de Ricardo Arjona o de OV7 o de Silvio Rodríguez en El Auditorio Nacional), o de bodas o de cumpleaños. 

Por absurdo que parezca, algunos de ellos, ocasionalmente, han compartido fotografías de los automóviles que acaban de comprarse. Algunos incluso le han puesto un moño de regalo en el cofre a su auto recién comprado y han posado junto a él.  

A otros contactos fantasma los he dejado de seguir por obtusos y por su falta de empatía. Algunos de ellos son superficiales y envidiosos –se nota a kilómetros de distancia–, y sólo comparten posts de los líderes de opinión que refuerzan sus “ideologías políticas”; otros, casi exclusivamente comparten memes y sólo comentan mis publicaciones cuando pueden corregirme o cuando creen que saben exactamente cómo pienso. 

También admito que pude haber ofendido accidentalmente a algunos de mis contactos fantasma con alguno de mis posts. Quién sabe cuántos de estos contactos que no sigo, también dejaron de seguirme. Tengo curiosidad por saber cuántos han hecho lo mismo conmigo. 

A otros contactos fantasma que tengo en Facebook, los conocí como profesor. Tampoco recuerdo si yo les envié solicitud de amistad, o si fue al revés, pero supongo que, al principio de los tiempos, cuando todo era caos y oscuridad en Facebook, cuando abrí mi cuenta de Facebook, yo les envié solicitud de amistad. No me interesaba saber a qué se dedicaban o qué hacían, sino mantenerme en contacto con ellos. Quién sabe por qué. Supongo que sólo quería tener muchos contactos en Facebook. 

Desde al menos hace cinco años que no le envío solicitud de amistad a ningún ex alumno, pero ocasionalmente sí acepto solicitudes de amistad de ex alumnos. Algunos ex alumnos son respetuosos –sobre todo aquellos a quienes les di clases hace más de diez años– y algunos ex alumnos son insolentes –sobre todo los de las generaciones a los que les impartí una o dos clases hace cinco años, cuando estaba en el posdoc y traía el cabello teñido de azul, cuando acababa de ponerme dos pendientes en el lóbulo izquierdo y cuando algunos profesores me invitaban a impartir alguna clase en sus cursos–, y, ahora que lo pienso mejor, estos ex alumnos más jóvenes crecieron en un mundo virtual en el que la comunicación es totalmente distinta a la comunicación a la que estamos acostumbradas las generaciones más viejas. 

Quizá estos jóvenes que crecieron en un mundo virtual se sienten protegidos y alentados por otros jóvenes iguales que ellos, y quizá terminan creyendo que todos somos iguales, que las formalidades académicas son de un siglo anticuado y que los grados académicos no importan ni siquiera en el ambiente académico.

También hay excepciones a esta regla. También hay ex alumnos que conocí hace más de diez años y que no son respetuosos y que se dirigen a mí exclusivamente cuando necesitan algo de mí, o que comentan mis posts con ironía (a veces, cuando subo un post en el que toco la guitarra y canto, me han recomendado afinar la guitarra en otro tono y usar un tono más grave para cantar) o con la intención de polemizar (como si me vieran como un gran amigo suyo, al que conocieron desde el kínder). También hay ex alumnos que incluso se roban mis posts y que los hacen pasar como suyos y que luego se hacen las víctimas porque les digo que eso está mal. 

También hay ex alumnos que están tan metidos en la inercia de las redes sociales, que creen que los profesores nos quedamos estancados en el siglo XX, y que no sabemos qué es un gadget o qué es funar, o cómo se sube un video a YouTube, y que sienten la obligación de explicarte cómo encender una computadora.

Basta ya. No puedo seguir perdiendo el tiempo, ni aguantar más las ganas de orinar. Tengo que levantarme de la cama, tengo que ir al baño y luego tengo que lavarme las manos y la cara, y luego tengo que cepillarme los dientes. 



viernes, mayo 20, 2022

La radio toca mi canción favorita


Quiero escribir algo, pero me despiertan las terribles ganas de orinar que van materializándose lentamente en una forma humana que se abre camino hacia la vejiga. 
Presiento que la vejiga es como un globo a punto estallar y tengo que levantarme urgentemente de la cama, trastabillando y adentrándome en la realidad, como si mis deseos prohibidos me hubieran noqueado después de haber batallado contra mi conciencia durante doce rounds. 

Me tallo los ojos con el dorso de las manos y bostezo y asimilo el exilio del fantástico sueño que soñaba. Era una especie de Kyle MacLachlan mexicano en una película de David Lynch, y en el sueño nada tenía sentido excepto mis debilidades corporales y mis últimos pensamientos oscuros del día.

Me despabilo y me concentro en la penumbra de la habitación. Miro hacia un lado y hacia otro. El camino de partículas de aire que flotan aleatoriamente en la habitación cuando los primeros rayos del sol atraviesan las ventanas y las cortinas, apenas va anunciándose, como un embrión que apenas tiene un rasgo primitivo y cuya placa neural poco a poco irá invaginándose y convirtiéndose en ectodermo, en mesodermo y en endodermo. Luego pienso en cómo el resplandor de los primeros rayos del sol que emerge del horizonte todos los días al despuntar el alba, siempre parece quemar la silueta de las montañas. Estoy más dormido que despierto.

Tropiezo con los tres gatos que son dueños de mi cama y de mi existencia. Me han dado tantos momentos de felicidad y me han llevado a reflexionar tantas veces cuando estoy sucumbiendo ante las superficialidades de la vida, que no me importa si todas las noches me dejan un pequeño espacio en la cama.
 
Gatusso, el mayor de ellos, apenas se da cuenta de que ya regresé al mundo de los vivos, me hace saber que ya puedo darle su comida blanda de todas la mañanas y maúlla trágicamente, como siempre hace: como si no hubiera comido en varias vidas. Siempre tiene hambre. 

Como todos los días, Gatusso me persigue al baño y yo intento escabullirme de él y concentrarme en orinar y en abrir los ojos totalmente y en adentrarme en la realidad, pero él siempre va un paso adelante de mí y de algún modo parece siempre estar en el baño antes que yo, aun cuando yo sea quien abra la puerta.
 
Me mira y ronronea y se talla contra mis piernas, y me hace recordar aquellos años cuando los dos éramos más jóvenes y vivíamos primero en un departamento en Xola y luego en otro departamento en Pantitlán y todos los viernes yo volvía temprano del laboratorio y deseaba apagar mi conciencia por completo y olvidarme de las absurdidades de ciertas personas psicópatas con las que convivía a diario y emborracharme enloquecidamente, y entonces, apenas llegaba al departamento en turno, dejaba mis cosas allí y salía frenéticamente al Oxxo o a la tienda más cercana y compraba una cajetilla de Camel y varios litros de alcohol y volvía al departamento y ponía a Soundgarden o a Sonic Youth o a Radiohead o a Nirvana o a Dinosaur Jr. a todo volumen en el estéreo o iPod o grabadora en turno –Katz volvía tarde al departamento, y Gatusso era nuestro único gato– y medio leía algunas páginas de alguno de los libros de mis autores preferidos –desde Trakl y Heym, hasta Bukowski y Kerouac– mientras bebía y fumaba frenéticamente y cargaba la pipa y la encendía y la fumaba frenéticamente y tosía y acababa frenéticamente intoxicado.

Al cabo de un par de horas me sentía fatal, y Gatusso me acompañaba en los malos viajes, cuando la neblina del alcohol me hacía ver doble y moverme torpemente y cuando el estupor provocado por las otras sustancias estaba matándome y me ponía paranoico; cuando la ansiedad me estrangulaba lentamente y cuando mi cuerpo pedía a gritos que desechara todas los compuestos tóxicos que había consumido; cuando, invariablemente, acababa de horcajadas junto al excusado, hiperventilando, prometiéndome no caer en los excesos jamás y buscar otra forma de lidiar con el estrés, y tratando de devolver el estómago. 

Era un sujeto tan idiota que, luego, cuando me reponía, volvía a fumar y a emborracharme, o entraba en un estado casi comatoso y me tumbaba totalmente aniquilado en la cama, pero Gatusso siempre estaba allí, cuidándome.

Él siempre hallaba la forma de acostarse junto a mí y apoyaba su cabeza contra mi pecho y ponía su nariz felina a unos centímetros de la mía y me miraba como el Thundercat majestuoso de pelaje abundante que es –con sus ojos y con sus inmensas pupilas verticales y con sus iris amarillos que son como unas enormes ventanas de luz de otros mundos y que me hacen pensar en un poema de Baudelaire que leí en la adolescencia, cuando el amor era una estupidez salvaje, violenta e impura–, y ronroneaba y me confortaba y me hacía sentir seguro: me hacía saber que la pesadilla de los excesos –ese primitivo escape de la enfermiza relación que tenía con ciertas personas psicópatas con quienes convivía diariamente–, no era el fin del mundo y que, tarde o temprano, volvería a estar sobrio. 

Así que alimentarlo cada mañana cuando me pide insistentemente su comida blanda mientras me despabilo y me tallo los ojos y trato de conectarme con el mundo y orino, no representa nada, comparado con lo que él hizo por mí. Sin embargo, soy tan idiota que casi siempre me desesperan su insistencia y su apetito voraz.

Son otros tiempos. Gatusso y yo estamos más viejos y hemos vivido muchas cosas juntos, en distintos lugares. Ahora, corro 5 kilómetros al menos dos veces a la semana y bebo una o dos cervezas, o una o dos copas de vino, muy de vez en cuando, y, en estos días, cumplo seis años sin fumar. También me he librado de los psicópatas. 

Total, que, después de orinar, bajo a la cocina y enciendo el estéreo y pongo a un volumen moderado –Katz aún duerme– y en modo aleatorio una de mis playlists de Spotify y entonces suena “I of the mourning”, y me precipito hacia el refrigerador y lo abro y saco la lata de comida blanda para los tres gatos y busco sus tres platos esparcidos en los rincones de la cocina. 

Cuando los encuentro, les sirvo a cada uno de los gatos su porción de comida blanda y luego me siento en un sillón a escuchar tranquilamente esta canción de Smashing Pumpkins que suena en el estéreo y que me remonta a otros recuerdos sobre los cuales ya no podré escribir –esa es otra historia–, mientras ellos tres pastan felizmente como cabras y lamen con sus rasposas lenguas cada uno de sus platos, y entonces caigo en la cuenta de que no sólo hace siete años que no fumo, sino que hace ocho años fue mi examen de grado del doctorado. 

martes, mayo 17, 2022

Bajar es lo peor | Mariana Enríquez (1995)



Cuando entro en una librería y me siento como un niño en una juguetería o como un señor debe de sentirse en una agencia de automóviles, me enloquece el aroma de los libros y husmeo por aquí y por allá, entre los estantes de novedades, de novelas clásicas, de novelas contemporáneas y de poesía, y tomo un libro de algún autor que en ese momento se me antoje leer, o busco un libro de algún autor que haya estado dándome vueltas en la cabeza antes de ir a la librería, y después de leer la sinopsis y ver el precio, lo compro o no. 

Si lo compro, sé que voy a terminar de leerlo, aunque me baste leer diez páginas para encontrarme en un callejón sin salida o terriblemente decepcionado y aburrido, pensando en que la sinopsis mintió descaradamente, o en que no puedo negar que soy un mamón que aborrece los extremos: la literatura pretenciosa y la literatura fácil. Raras veces compro un libro porque alguna “voz autorizada” ha dicho que es espectacularmente conmovedor, o cosas similares. Casi siempre compro un libro porque accidentalmente he leído algo sobre él –la sinopsis de la novela, en la misma librería, o alguna referencia a la novela, en otra novela o en alguna reseña o crónica, por ejemplo– que me ha llamado la atención. 

En el caso de Bajar es lo peor, ya había leído otro libro de la autora y ya había buscado información sobre ella en Internet y encontré que Mariana Enríquez publicó su primera novela en 1995, cuando la autora tenía 19 años de edad, trabajaba en un diario argentino y, supuestamente, vestía (y vivía) como punk. 

Desde el 2016 ó 2017 busqué el libro en varias librerías y sólo lo encontré en Amazon: había un ejemplar, de segunda mano, de la primera edición de Bajar es lo peor, pero costaba alrededor de $3, 000 MXN. Según Amazon, no se sabía si la editorial volvería a editarlo. Aunque me había gustado Las cosas que perdimos en el fuego –un libro de relatos de suspenso y de terror que se parecen un poco a los relatos de Stephen King–, no creí que la primera edición de un libro, cuya autora apenas conocía por un libro, valiera tanto dinero. 

Hace cosa de un mes fui a Gandhi y encontré la segunda edición de Bajar es lo peor. Anagrama acababa de lanzarla a la venta. Le eché un ojo a la sinopsis –más o menos ya sabía de qué trataba la novela– y me la compré, aunque el precio me pareció un poco descabellado –casi $400 MXN–, pero es lo que pasa cuando los críticos dicen que una obra es “una novela de culto”. 

La acabé de leer en estos días. En resumen: no la disfruté mucho. 

La trama cuenta la relación bisexual amor-odio de tres adolescentes que viven en Buenos Aires, entre drogas, sexo y rock n' roll, y tiene pasajes muy bien logrados (los diálogos a veces son un tanto fáciles, como los de los escritores jóvenes, pero son dinámicos), pero es una novela juvenil, de otros tiempos: cuando la autora tenía 19 años y leía mucha “literatura de vampiros” y había visto decenas de veces Entrevista con el vampiro y estaba obsesionada con la inmortalidad, con la belleza eterna y con Brad Pitt (en el prólogo de la segunda edición, ella misma, más o menos, lo reconoce), y cuando, aparentemente (esto lo supongo yo), también estaba obsesionada con el consumo de heroína que le había costado la vida a algunas estrellas de rock de los noventa. 

Tal vez vuelva a leer esta novela en otro momento –al mismo tiempo leía a Carrère y a Klosterman, y quería acabar de leerla rápidamente– y entonces la disfrute más.