martes, septiembre 05, 2023

Tengo fotofobia, déjame en paz

Es 14 de agosto. Es lunes. Y pasé una muy mala noche. 

Ya no recuerdo si anoche o si otra noche fue cuando tuve 'una discusión' con un fulano en Facebook, un tipo que tiene una edad mental de preescolar, un tipo que es famoso en redes sociales –¡Tengo varios miles de seguidores!, me escribió y dio por zanjada 'la discusión', como si, eso, tener miles de seguidores en redes sociales, fuera mi máxima meta en la vida– porque sube fotografías de Kurt Cobain y plagia todo lo que lee sobre el líder de Nirvana en libros y en entrevistas, y lo comparte en sus redes sociales como si él fuera el autor intelectual de esos temas. Si le preguntas por sus fuentes, se encabrona, trata de ridiculizarte, te dice 'para que te eduques' o 'tú puedes buscar la fuente', y es algo que, simplemente, no tolero. Tal vez se debe a mi profesión, o tal vez no, pero, para mí, el conocimiento no debe ser un secreto, debes facilitarle a la gente el acceso al conocimiento, ya sea sobre temas especializados en neurociencias o ya sea sobre cultura pop.

Ya no recuerdo si anoche o si otra noche tuve esta discusión, o si, como me ocurre dos de cada tres noches, en lugar de estar pensando en que ese tipo es exactamente la clase de fan que Cobain corría de sus conciertos, cuando Nirvana era la banda más famosa del mundo, estuve pensando en la incertidumbre de mi futuro, y si, por eso, no pude conciliar el sueño. 

Estoy aturdido. Siento que un boxeador me tiró un uppercut. 

Miro el reloj en la mesita de noche. Ya van a dar las seis de la mañana, y tengo la impresión de que no he pegado los párpados en toda la noche. Ya siento que mi día será difícil, que estaré menos ágil mentalmente que de costumbre, que me dolerá la cabeza, que andaré como zombie por la universidad, que me dolerán las extremidades como si hubiera corrido toda la noche sin descanso. Tengo seminario a las diez de la mañana, creo que la expositora de hoy nos hablará sobre un proyecto que parece un proyecto de Jacobo Grinberg, y debo levantarme ya. 

Apenas pongo un pie en el suelo, me siento extrañamente angustiado. No sé por qué. Estoy paranoico.

Enciendo mi teléfono celular. 

Al cabo de unos instantes, recibo decenas de notificaciones de WhatsApp. Parece que alguien ha estado buscándome con insistencia. Me pregunto qué pasa, quién, o quiénes, ha(n) querido comunicarse conmigo a esta hora, insistentemente. Estoy un poco paranoico. Casi nadie me manda mensajes por Whats, nunca nadie satura mi Whats con mensajes, excepto si se tratan de malas noticias. 

Tengo un vago recuerdo de las malas noticias que he recibido en el año por WhatsApp –la muerte del último de mis abuelos, el accidente que sufrieron mi cuñada y mi suegro, el conductor impertinente que se estrelló contra un poste de luz, el concurso de oposición que ya no fue publicado, la gatita de mis papás que enfermó repentinamente y que murió...–, y es imposible no pensar en que, en esta ocasión, no será distinto.

Comienzo a pensar en todas las posibilidades que hay. Me pregunto si, de algún modo, la mala noche que pasé y la forma en que me siento, son un presagio de lo que voy a descubrir en cuanto revise mi teléfono.

Tomo el teléfono. 

Tengo alrededor de treinta mensajes de WhatsApp. 

Alguien, a quien no conozco, me ha agregado a un chat. La fotografía del perfil del chat es de un colega que hace mucho tiempo que no veo pero que conocí hace como quince años, cuando estaba en el doctorado y asistíamos, cada año, a los congresos, a los diplomados y a los coloquios de la Sociedad Mexicana de Medicina del Sueño. A ese colega, luego, cuando estaba en el posdoc, lo traté más cercanamente. Entonces, él era profesor visitante en el Departamento al que yo estaba adscrito. Al final del posdoc, cuando él tenía una plaza de Profesor Asociado, fuimos juntos a comer algunas veces, otras veces él me invitó a dar algunas pláticas sobre marihuanas endógenas y mecanismos cerebrales del sueño a sus grupos.

También recuerdo una vez que llegué a la universidad con lentes de sol –como siempre lo hago; las gafas de sol y yo tenemos una relación simbiótica– y que me lo encontré en un pasillo y que él me preguntó ¿Dónde perdiste la playa?, y él sólo intentaba ser cordial, no lo dijo para fastidiarme, simplemente, él era de otra generación diferente a la mía, una generación en la que, quizá, sólo los Beatles o los Stones usaban gafas de sol, pero me cayó muy mal, y le sonreí pero le dije Tengo fotofobia, déjame en paz, aunque eso no era cierto, aunque, simplemente, me gusta usar gafas de sol, pero, entonces, estaba recuperándome de una cirugía, no había cumplido ni un mes de haber pasado por el quirófano, y todo me daba náuseas, tenía ataques de ansiedad constantemente, no podía comer más que dos o tres cosas, y era más intolerante que de costumbre. 

Estoy más paranoico que al principio del día, más paranoico que cualquier otro lunes, no sé de qué se tratan esos mensajes de WhatsApp, no sé de qué se trata ese chat, pero estoy seguro de que son MALAS NOTICIAS, y odio este lunes, no me gusta sentirme así, pero la verdad es que, quién sabe por qué, desde hace varios años, me siento así todos los lunes, no encuentro mi lugar en el mundo, quisiera ser libre y vivir libre y decentemente haciendo lo que me gusta hacer, sin estar cazando trabajos temporales, sin tener que empezar de cero, una y otra vez, nunca más. 

Sólo leo dos o tres mensajes del chat en WhatsApp, y me entero que mi colega murió por la noche, tal vez cuando yo daba vueltas en la cama, repasando en mi mente ese conflicto sin sentido con el tipo 'que vive su sueño en redes sociales' –el emisario de las fotografías de Kurt Cobain–, o cuando, tal vez, estaba torturándome, pensando en que, como me ocurre cada dos de tres noches, debo darle un giro de 180º a mi vida, en que nunca voy a tener el trabajo de mis sueños en la academia, en que debo dejar la carrera, en que debo bajarme del barco.

En el último de los dos o tres mensajes que leo, me entero de que mi colega tenía varios meses pasando por quimioterapias, y me pregunto cuándo lo vi por última vez –¿en el 2019...?, ¿en el funeral de ese otro colega que él y yo teníamos en común...?–, y ya no quiero pensar en nada más. 

Trato de tomar perspectiva de mis problemas: no tengo ningún problema, todo es una invención de mi mente. Pero no dejo de pensar en aquella vez en la que él me preguntó ¿Dónde perdiste la playa?, y en que debí quedarme callado y no decirle Tengo fotofobia, déjame en paz.

viernes, agosto 04, 2023

la gente que lee, tampoco lee

Es el último viernes de vacaciones. Todas las vacaciones estuve trabajando, corrigiendo un paper que propuse escribir yo solo y que tiene más de dos años en “la congeladora” y que, el grupo de investigación al que se lo propuse, a casi última hora, después de más de 18 meses de una mala comunicación por correos-e, decidió enviar a corrección de idioma y de estilo –la correctora se tomó muy en serio su trabajo y cambió de sentido un montón de oraciones y, entre otras cosas, también cambió doce “employ” por doce “use”, y cambió un “use” por un “utilize”; después de todo, ella no sabe que tengo más de doce papers publicados y tampoco tiene por qué saber que la escritura es sagrada para mí, que escribo desde que aprendí a escribir, que he tomado un montón de talleres de creación literaria, que tengo dos novelas sin publicar y cientos de relatos, y que, aparte de éste, tengo un blog en inglés en el que no escribo nada académico; y tampoco tiene por qué saber que, en la mayoría de esos papers, soy autor corresponsal o primer autor, y que, básicamente, yo solo (con retroalimentación de mis colegas) los escribí en inglés; tampoco tiene por qué saber que, a más de la mitad de esos papers publicados, no los he enviado ni a revisión de idioma ni de estilo.

En estas vacaciones también estuve leyendo diversos papers sobre neurobiología de las adicciones y trastornos del sueño para un seminario que impartí el lunes pasado, y también corrí más de 100 km (seguramente, entre la gente que conozco, habrá alguien que se atreva a decir que nada más uso mis piernas cuando no me queda otra opción), y fui una vez al hospital –un evento muy trágico–, y vi algunos documentales en HBO –Moonage Daydream– y en Netflix –Pepsi, ¿dónde está mi avión?– y algunas películas, y también aprendí, o re-aprendí, a tocar algunas canciones en la guitarra.

En estas vacaciones, me bebí algunas cervezas y whiskys y algunas veces desperté con resaca y deshidratado, y tuve pesadillas y fiebre, y también escribí algunos capítulos de la última novela en la que estoy trabajando (algunos extractos y borradores de esa novela están en este blog), y estuve pensando seriamente en lo frustrante que es competir contra escritores que viven “su cuento de hadas” y que tienen amigos editores y amigos escritores y un montón de publicistas y promotores a su servicio –por no mencionar que, también, en su “éxito”, contribuye “el lector hormiga”, ese lector pasivo, como decía Cortázar, que no lee más que cuando le dicen (en Facebook, por ejemplo), que no lee, o que sólo ojea algunas páginas de las novelas que las vacas sagradas le recomiendan por todos los medios posibles– y, para ponerlo más claro, por escritores que viven “su cuento de hadas”, me refiero a quienes, por ejemplo, viajan a Seattle –y lo anuncian por sus redes sociales–, para escribir una novela sobre “un asesino serial que vive en Seattle”. 

También leí, o releí, a Del James –el libro que incluye el relato en el que está basado el fastuoso video de “November Rain” de Guns N' Roses–, a Karl Ove Knausgård –el último tomo de Mi Lucha–, a José Agustín –un libro de cuentos y un libro sobre periodismo de rock–, a Kim Gordon, a Simon Critchley –un libro sobre el fascinante mundo artístico de David Bowie–, y también releí American Junkie, la novela negra y autobiográfica de Tom Hansen en la que habla sobre su dependencia a opiáceos –comienza escribiendo la novela en un hospital en el que estuvo internado más de medio año–, sobre el mundo de las estrellas de rock adictas a opiáceos –él no sólo consumía opiáceos, sino que era dealer de Kurt Cobain, de Mark Lanegan y de Nick Cave–, en la primera mitad de la década de los noventa.

Son más de las diez de la noche. Acaba de llover, y acabo de ver Seven –la película de 1995, dirigida por David Fincher, con Morgan Freeman, Brad Pitt, Gwyneth Paltrow y Kevin Spacey, y con música de Trent Reznor y de David Bowie–, pero estoy pensando en ese concierto de los Flaming Lips al que fuimos Katz y yo, en el 2008, en el Festival Motorkr. Allí también tocaron Stone Temple Pilots y NIN. Scott Weiland estuvo fatal, tambaleándose en el escenario y olvidando las letras de las canciones. Wayne Coyne se metió en una gigantesca pelota de playa y surfeó entre el público. Trent Reznor y su banda estuvieron geniales. 

¿Quieres leer más...?

martes, julio 11, 2023

Can You Hear Me, Major Tom?

Son las 10 y algo por la mañana, y ya platiqué con Katz sobre un pasaje de la novela de Knausgård que estoy leyendo –la literatura es más que describir los hechos; implica ahondar en la individualidad de la gente... en las emociones que un individuo, incluso por su forma de andar, le transmite a quien escribe, y que, de algún modo, quien escribe, le transmite a quien lee–, y ya le dije que también leí una nota en la que Marcelo Ebrard hablaba sobre unos algoritmos de inteligencia artificial que usarán en la CDMX para detectar a delincuentes, “por su modo de andar”...; y ya le platiqué que me parece paradójico; que, mientras Knausgård le confiere algo “sublime” al andar, la inteligencia artificial lo ve como algo genérico. 

También, como cada día, desde hace muchos meses, ya me medí la glucosa, ya lavé los trastes, ya le di de comer a los gatos y ya les cambié la arena y el agua.

Me preparo para correr. 

Me froto un ungüento en las piernas y en los tobillos, y también hago algunos estiramientos, para evitar cualquier tipo de lesión. Hace un año me lastimé un tobillo y tuve que dejar de correr durante casi un mes. 

Tomo un vaso de agua, me pongo los audífonos y el protector solar y los lentes de sol; conecto el cable de los audífonos al Huawei, abro la aplicación de Amazon Music y selecciono la playlist que he creado para correr. Sería imposible salir a correr en silencio, o en compañía de otro corredor, o escuchando las “disertaciones académicas” de algún podcaster a los que todo mundo escucha. (No puedo evitar ponerme a pensar en lo que creo que son la mayoría de los podcasters académicos: personajes sin preparación académica pero con millones de seguidores, hablando de temas 'taquilleros' y de pseudociencia, haciendo correlaciones espurias; y también pienso en los personajes que tienen podcasts de comedia, y que, para defender a Chumel Torres, o causas similares, usan sus redes sociales para decirle al resto del mundo que ellos son 'el último eslabón de la evolución' porque hacen reír a la gente: ¿acaso no han analizado que el 95% de la gente que los sigue y que paga por sus shows sólo quiere pasar un rato agradable, que esa gente está predispuesta a pasar un rato agradable, y que, probablemente, no es muy exigente?).  

En los últimos días ha llovido mucho y casi no ha salido el sol, pero hoy es un día soleado. Espero que el sol no sea un enemigo. 

Estoy por completar mis primeros dos kilómetros de carrera. Ya me topé con mi cuñada, que sacó a pasear a su perro, y ya me topé con el vecino tatuado, que también sacó a pasear a su perro. Ya me topé con otros vecinos que entran y que salen del fraccionamiento en sus autos. Ya me topé con la vecina que siempre sale en pijama a pasear a su perro. Ya me topé con los vigilantes. Ya me topé con unos veterinarios que llegaron en una camioneta, a atender a algún animal. Ya me topé con la vecina adolescente que siempre que me ve, desvía la mirada y se pasa el cabello por detrás de la oreja.

Estos dos kilómetros me han costado. He estado a punto de tener un ataque de ansiedad porque he sentido que no puedo respirar y que mis pulmones nunca llegan a su máxima capacidad. Me he preguntado por qué demonios puedo correr –¿a quién le gusta correr solo?– y, sin embargo, por qué demonios soy incapaz de dejar de fumar, otra vez. 

¿Por qué volví a fumar, si ya había cumplido ocho años de abstinencia...?

Entonces, cuando estoy pensando en que nadie podría darme una lección sobre el tabaquismo, suena “Space Oddity” –la canción de David Bowie que fue estrenada el 11 de julio de 1969, a días de que Neil Armstrong y su equipo se convirtieran en los primeros humanos en llegar a la luna– y la escucho como si se tratara de una señal del más allá que me dice que me falta perspectiva y que nada más soy un ser vivo minúsculo, con sus minúsculas preocupaciones, en el majestuoso universo.

Mientras me adentro en el tercer kilómetro, me enfoco en la letra de la canción.

¿Major Tom decidió perderse en el espacio, o la nave espacial dejó de funcionar y lo abandonó a su suerte...?, ¿Major Tom decidió perder todo contacto con la torre de control, o la nave espacial dejó de funcionar y entonces a Major Tom le resultó imposible mantener la comunicación con la torre de control...?, ¿David Bowie escribió la canción porque estaba impresionado por el primer alunizaje humano, o porque lo había impresionado la película de Stanley Kubrick...?

La canción llega a esa parte en la que la torre de control y Major Tom ya se comunicaron, cuando suenan los cuatro acordes disonantes de la guitarra, que se repiten dos veces y que son seguidos de aplausos, y también recuerdo que agregué esta canción de 1969 a la playlist que escucho mientras corro, porque hace unos días Katz y yo vimos Moonage Daydream –el documental sobre David Bowie que dirigió Brett Morgen y que está en HBO– y reconozco que, desde entonces, “Space Oddity” ha tomado otra dimensión para mí. Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que hoy cumple 54 años de haber sido lanzada al público. Ni siquiera estaba enterado. Lo supe apenas unos minutos antes de ponerme a escribir estas cosas.

La he estado escuchando muchas veces, y he estado aprendiendo a tocarla en la guitarra. Los acordes no son muy difíciles, pero la letra sí me ha resultado muy difícil de aprender –es como si David Bowie, en lugar de escribir una canción estándar, verso, coro, verso, hubiera escrito un breve relato que colinda con la realidad y la ciencia ficción–, y le he dado vueltas a cada oración de la canción –a diferencia de la mayoría de las canciones que escucho, casi ningún verso y casi ningún coro se repiten–, y me he estado haciendo preguntas sobre la clase de historia que cuenta. 

Corro mi cuarto y mi quinto kilómetros. Ya no siento que mis pulmones se quedan sin aire. Me acuerdo cuando corría regularmente cinco kilómetros y cuando compartía mi registro en Facebook. Un día sólo corrí cuatro kilómetros –tenía un esguince, y me costaba mucho trabajo correr– y uno de mis contactos, que pasaba casi siempre de largo por mi muro, me preguntó “¿no corrías ya cinco kilómetros?”, o algo así. Si es complicado entender a la gente cuando te habla de frente, es mucho más difícil comprenderla por lo que comenta en un post en redes sociales. Nunca estás seguro de cuál es el énfasis de un comentario. 

Corro mi sexto y séptimo kilómetros. Desde hace más o menos un mes, después de estar corriendo seis kilómetros durante casi medio año, subí a siete kilómetros. Estoy cansado, pero necesito más. 

Divago un poco y pienso en que estoy comprobando el error de predicción de la recompensa; o sea: cuando la dopamina que liberas ante la expectativa de algo placentero llega a un punto en el que eso que adoptaba el carácter de placentero, ya no es suficiente; cuando tienes que pasar a otro nivel, encontrar una estimulación mayor que sea capaz de liberar suficiente dopamina y que ésta te haga sentirte bien.

Pienso en que ahora debo esforzarme como nunca antes, desde que empecé a correr, hace casi dos años; que debo propiciar que mi cerebro libere más dopamina otra vez; que debo realizar un esfuerzo extra, llegar a un punto al que nunca he llegado: nueve kilómetros. En este mes, dos veces, ya corrí ocho kilómetros.

El noveno kilómetro me cuesta un poco más, pero cuando la aplicación en el teléfono me dice que acabo de completarlo, me siento muy bien, casi en éxtasis, y entonces me detengo unos segundos para descansar y miro hacia el cielo y veo que el sol se ha ocultado detrás de unas nubes y siento una brisa que refresca y que renueva cada poro de mi piel. 

Decido hacer algo que nunca antes he hecho: correr diez kilómetros. Es ahora o nunca.

Termino rendido, pero satisfecho. Miro mi reloj. Son ya casi las doce del día. Por primera vez, desde que comencé a correr, hace casi dos años, corrí diez kilómetros y no puedo creerlo. “Space Oddity” quedó atrás hace muchos kilómetros –ya escuché a Mudhoney, a PJ Harvey, a Tracy Bonham, a Pixies, a Pink Floyd, a Nirvana, a Alice In Chains, a Blind Melon, a Terry Lee Hale...–, y esto es lo que realmente me interesa escribir: que hoy corrí diez kilómetros.

sábado, junio 24, 2023

no azotes la puerta


El Uber está a tres minutos. 

Si fuera supersticioso, tal vez creería que se trata de una señal: que debo seguir así, que no debo hacerle caso a todas esas ideas que han estado dándome vueltas por la cabeza en los últimos días, a partir de mi mala experiencia de esta semana con un conductor de Uber: que no necesito aprender a manejar, ni tampoco comprarme un auto.

No es para tanto, ni soy supersticioso. Me digo a mí mismo «Todo mundo conduce. No es una virtud. Algún día tendrás que entrar a ese círculo vicioso.» 

Según la aplicación del teléfono, el Hyundai que nos llevará de vuelta a la casa está a cuatro minutos de distancia. Salimos de Gong Cha y de pronto ya estoy pensando en cuánto dinero me he gastado en Uber, desde hace más o menos dos años, cuando estábamos en la pandemia y un día tuve que tomar un Uber a la universidad y sacar un equipo de investigación y esperar a que una persona llegara en una camioneta, desde un punto X de la República, para que luego se llevara el equipo a ese punto X de la República. 

Independientemente de que ésa tampoco fue una buena experiencia con Uber –hacía calor, luego llovió y no había nadie a cuarenta metros a la redonda; dos o tres conductores, cuando ya estaban cerca del punto de partida, me cancelaron el viaje y tuve que esperar casi cuarenta minutos afuera de la universidad, en tiempos de pandemia, antes de que hubiera vacunas–, los cálculos no me favorecen. 

Pude invertir todo lo que me he gastado, en clases de manejo y tal vez hasta en algunas mensualidades de un auto. 

El Uber está a dos minutos. 

También pienso en el sujeto que conocimos en un viaje en Uber hace más de un año y que luego nos ofreció viajes “por fuera de Uber” y que nos llevaba a donde quisiéramos ir. Él tenía una numerosa familia: seis o siete personas –incluido un niño con una enfermedad extrañísima– vivían en la misma casa, y, de todos ellos, su hermana, un ex novio de su hermana y él eran casi los únicos que tenían un ingreso más o menos fijo. Varias veces tuvimos que esperarlo treinta minutos o más. Cuando me llevaba a la universidad, a veces me desconcertaban sus comentarios –“¿a poco das clases...?”, “¿tus estudiantes no se te suben a las barbas...?”, “no pareces académico; te ves muy joven...”, “la ciencia es peligrosa...”, “yo, la verdad, sí creo que esas vacunas de Moderna nos van a controlar el cerebro...”–, o, luego, cuando ya estaba cansado y hambriento y quería volver pronto a la casa, él llegaba por mí a la universidad con su esposa, con su suegra y con su hijo, y me preguntaba si podíamos pasar a la farmacia o a la panadería, antes de llevarme a la casa. Hasta parecía que no me cobraba los viajes.

El Hyundai llega al muelle de Town Square. 

Le abro la puerta a Katz y avanzo hacia la otra puerta y me aseguro de que no pasen otros autos a toda velocidad por el muelle.

Apenas meto la cabeza en el auto, me recibe una canción de Jon Secada que me remonta a mil años atrás, cuando no sólo no había imaginado que algún día viviría en esta ciudad, sino cuando tenía la vaga impresión de que terminaría convirtiéndome en la copia de la copia de la copia: con un trabajo poco estimulante, con un auto en la puerta de mi casa, con una esposa que se hartaría muy pronto de mí y con un par de adolescentes que me odiarían. 

Nada de esto pasó. Tengo un trabajo muy estimulante que me encanta y también tengo una fabulosa esposa que me ama. Tengo mucho tiempo para escribir, para leer, para tocar la guitarra y para pensar. Claro, también tengo que pagar el precio de esta clase de vida, andar en la cuerda floja, ése es mi mito de Sísifo.

Jon Secada también me recuerda a mi musa hip de la secundaria, a esa chica enorme que tenía brackets y una cabellera como la de Ricky Martin cuando cantaba en los Muñecos de Papel. Ella tenía novio –el susodicho ya estaba en segundo de prepa–, y le dije que me gustaba pero nunca la invité a salir a ninguna parte; sólo platicamos cuatro o cinco veces, en los recreos. Me pregunto qué será de su vida. ¿Se acordará de mí...?

Jon Secada continúa cantándole a un amor mal correspondido y me acomodo en el asiento.

El conductor del Hyundai se llama como yo, tiene mi primer nombre, ése que no me gusta y por el que sólo me llaman Katz y la familia, a pesar de que les he dicho varias veces que no me llamen así. 

Mauricio confirma el destino del viaje y nos pregunta si tenemos una ruta o si sigue la ruta que le marca la aplicación. Le digo que siga la ruta que marca la aplicación. Es un tipo muy amable. Nada qué ver con el conductor con quien tuve una mala experiencia en la semana, que era un sujeto hostil y que, además, parecía estar bajo los efectos de la coca o de las tachas. Le pedí un servicio para volver de la universidad a la casa y, en cuanto me subí al Dodge Neon y cruzamos dos o tres palabras, tuve que exigirle que cancelara el viaje.

Apenas cerré la puerta –tal y como lo he hecho 2 veces al día, 4 ó 5 veces por semana, desde febrero del 2021–, y me acomodé en el asiento, el conductor refunfuñó, me echó una mirada hostil por el retrovisor, y dijo algo ininteligible.

«Perdón, ¿cómo dijiste?», le pregunté. 

Él me miró de nuevo por el espejo retrovisor. Tenía las pupilas muy dilatadas. También tenía una especie de bruxismo, y movía mucho la quijada. Frunció el ceño, y me dijo: «¡No es una camioneta; no azotes la puerta!», y entonces visualicé los diez o quince minutos de recorrido de vuelta a la casa en el Dodge Neon, en condiciones incómodas, y le pregunté «¿Cancelamos el viaje?» y él me contestó «Como quieras», y le dije «Cancélalo tú» y me bajé del auto y cerré la puerta, con la misma fuerza con la que cierro la puerta siempre que me subo y siempre que me bajo de cualquier auto, y volví a escuchar que él decía que no azotara la puerta. 

Tuve que meterme otra vez a la universidad. Me senté en una banca al aire libre, a unos metros de algunos ex estudiantes que hablaban sobre Thomas Hobbes –el filósofo británico del Siglo XIX– y sobre la violencia: “¿es innata o es adquirida...?”, “¿necesitamos a un monarca que domestique nuestra violencia...?” 

Volví a pedir otro viaje en Uber, estaba muy encabronado, y me puse a pensar en lo peligroso que sería para Katz o para mi mamá o para mi suegra o para alguna de mis cuñadas, o tías o primas, o para cualquier estudiante de la universidad, o para cualquier persona en general, tener que lidiar con un conductor como el del Dodge Neon.  

Al cabo de cinco minutos, otro conductor tomó el viaje, y reporté al conductor hostil en la aplicación de Uber. 

domingo, junio 18, 2023

naproxeno sódico, paracetamol y loratadina

Hoy cumplo casi 7 días sin fumar. Después de mi estrepitosa recaída que acabó con una abstinencia de casi 8 años, es todo un logro. Más o menos desde abril, ya estaba fumándome 3 ó 4 cigarrillos al día. 

Hoy no cumplo casi 7 días sin fumar porque me haya mentalizado a no hacerlo, o porque me haya resultado fácil dejar de fumar, sino porque no me quedó otra opción. 

El viernes 9 de junio desperté con escozor en la garganta, con flemas y con moco. Impartí mi clase de las nueve de la mañana, hablé sobre Phineas Gage y sobre la frenología,  y también hablé sobre Pierre Paul Broca y su paciente Tan, y sobre los asombrosos experimentos de ablación de Pierre Flourens, y sobre la afasia de Wernicke y sobre la Revolución Francesa y las decapitaciones en la guillotina que inspiraron los experimentos que realizaron Robert Whytt, François Magendie y Charles Bell –en ranas, en perros y en conejos, respectivamente.

También quise dejar como mensaje que las conclusiones de los experimentos de Magendie eran más precisas que las conclusiones de los experimentos de Bell –las raíces dorsales de la médula espinal controlan las sensaciones y las raíces ventrales de la médula espinal controlan el movimiento–, y que, a pesar de lo anterior, la disputa de la titularidad de los resultados de esos experimentos, se inclinó a favor de Bell y que por eso llamamos así a la ley Bell-Magendie, y que esta disputa es tan citada que ha servido de argumento para que organizaciones como PETA y grupos antiviviseccionistas ataquen la investigación en modelos animales y llamen la atención de la gente sobre los derechos de los animales de experimentación.

Me pasé unos quince o veinte minutos hablando sobre el propósito de la investigación preclínica. Que, quizá, la gente de PETA y los antiviviseccionistas creen que este tipo de investigación se lleva a cabo para probar shampoos y maquillajes y otras cosas vanas, cuando el propósito no es ése, sino entender cómo funciona el cerebro y cuál es el origen de las enfermedades que aquejan a la humanidad, para, así, diseñar herramientas o fármacos que puedan prevenirlas o tratarlas. Que, quizá, esas personas creen que los investigadores no tienen que someter a comités de ética los protocolos de sus proyectos de investigación, y que, quizá, creen que los animales de experimentación son tratados cruelmente, que viven en las peores condiciones –sin agua ni comida, encadenados en una azotea, como hacen muchos ciudadanos con sus mascotas, en el día a día, fuera de los laboratorios–, y que, sin embargo, sus actos de protesta tienen mucho eco en la sociedad.

Les conté a los estudiantes de aquel congreso de la SfN al que asistí –¿en San Diego?, ¿en Washington, D. C.?–, en el que había una multitud de antiviviseccionistas apostados en la entrada del recinto en el que se llevó a cabo ese congreso. Había también camionetas de CBS y de NBC. A lo mejor hasta salí en la tele. Parecía una escena de una película de Hollywood.

Luego me fui al cubículo y estuve trabajando en varias cosas –un paper que está en la congeladora desde diciembre del 2021, una tesis de licenciatura, un servicio social, una clase sobre el costo oculto de la recompensa, una clase sobre disonancia cognitiva– y pedí un Uber. 

Cuando volví a la casa, entre 5: 00 y 5: 30 de la tarde, no quise pensar en el escozor en la garganta ni en las flemas ni en el moco que no habían cesado, y me salí a la terraza y me fumé 2 Camel.

Katz había salido a nadar.

Mientras fumaba, tampoco quise pensar en esas toneladas de correos-e y de archivos en excel y en word que había tenido que revisar en el cubículo después de dar mi clase. No quise pensar en todo el trabajo que me esperaba para el fin de semana: revisar una tonelada de documentos y redactar (parcialmente) un informe técnico de un proyecto de investigación del que me hice cargo hace dos años. 

Tampoco quise pensar en que no había más de la mitad de estudiantes en mi clase de la mañana, ni en que, en las últimas semanas de fin de trimestre, algunos alumnos habían decidido salirse a tomar el sol o asistir a un concierto de rock, en lugar de tomar mis clases; ni tampoco quise pensar en que, esa mañana, en la clase, me llamó la atención el comportamiento de una estudiante que parecía estar en otro lugar y que descubrí que ese otro lugar era Facebook en su teléfono celular.

Me acabé el segundo Camel y el escozor y el moco y las flemas aumentaron, y llegó Katz a la casa y le dije que me sentía mal, que estaba enfermándome, y también le dije lo que había pasado en la clase de la mañana, y que sólo ella, a lo mejor, sabe cuánto me esmero por preparar mis clases y por encontrar la manera de llamar la atención de los estudiantes, y que para mí es suficiente si tres o cuatro estudiantes al final de la clase me dicen que les gustó la clase.

Y tosí, y ya no pude dejar de pensar en que, desde la mañana, me enfermé, y que me enfermé porque el día anterior fui a recoger a Katz al Centro Acuático y comenzó a llover y le di mi chamarra y me enfrié.

Hoy me siento mejor... y tengo ganas de volver a fumar.