sábado, junio 29, 2024

tienes que ser una novela miniatura

«Una novela miniatura es lo que debes ser, tienes que ser una novela miniatura», me repito cuando he llegado a un punto muerto, cuando estoy perdido, cuando no sé qué más escribir, cuando el alcohol ya no es un aliado sino un enemigo, cuando las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo. 

Hace veinte o treinta minutos, cuando todo esto comenzó, puse un DVD que encontré el otro día, mientras limpiaba el mueble de madera en el que guardo decenas de discos compactos, de cassettes, de VHS's y de DVD's. Quién sabe cuándo compré el DVD, lo más seguro es que aún vivíamos en la CDMX, que tenía pocos meses el concierto de Pastel, del aniversario XXX de Fobia al que habíamos asistido, que en MixUp todavía vendían más discos compactos y vinilos que cómics, y que MixUp no se había convertido en un santuario de Taylor Swift. 

Cuando todo esto empezó, hace veinte o treinta minutos, la música me remontó a ese concierto de Fobia, a los días previos a ese concierto, cuando acababan de publicar mi primer paper como autor corresponsal, cuando acabábamos de ir hasta Polanco a las oficinas de Pengüin Random House a entregar el ejemplar de La chica de humo, esa burda novela que escribí para concursar por el Premio Mauricio Achar 2018. 

Estaba en otra frecuencia, en la realidad del presente, angustiándome por el futuro cercano y por la rutina de la incertidumbre, y pensando en cuánto necesitaba ir a la playa –confesándome Lo que realmente necesitas es ir a la playa y embriagarte con la brisa del mar–, pero la música de Fobia poco a poco fue hipnotizándome y cuando sonó “La Iguana” me acordé de lo importante que había sido esa canción cuando escribía esa burda novela. 

Llegó la parte del coro...

 Para que nunca me digas que no
Para que nunca me digas que no
Para que nunca me digas que no
Para que nunca me digas que no

... y me acordé de muchas cosas. 

Entonces, cuando escribía esa burda novela (que ahora tiene que ser una novela miniatura), escuchaba mucho esa canción. No sé por qué tenía la impresión de que el enamorado de Columba –la protagonista de La chica de humo–, escuchaba mucho esa canción y que pensaba mucho en Columba cada vez que la escuchaba. No sé por qué, a pesar de que la impresión era tan fuerte, nunca escribí nada sobre esta canción de Fobia en esa burda novela.

De pronto, me descubro aporreando el teclado de la MacBook Air como un boxeador enfurecido, como si hubiera heredado las habilidades pugilísticas de mi abuelo –¡el gran Kiko Serratos!–, porque el DVD de Pastel, del aniversario XXX de Fobia, reproduce una canción que no conozco, o que, creo, nunca haber escuchado. O, si lo he hecho, nunca le he prestado suficiente atención. Y me pregunto «¿Se trata de “Mundo Feliz”?» y, entonces, las imágenes resplandecen de tal forma en los límites de mi campo visual, que no puedo ignorar el televisor. 

El televisor es mi aliado, es mi entrenador personal, es quien me aconseja cuando suena la campana y termina un round y camino hacia una esquina del ring y me dice que no aporree a mi rival, que deje de aporrear el teclado de la MacBook Air, que me concentre, que vuelva a pensar en qué cosas estoy escribiendo, que últimamente el alcohol ya no ha sido un aliado sino un enemigo, que no divague, que las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo, que las drogas no deben ser el camino ni la meta, que las drogas sólo pueden sacar a la superficie lo que uno viene pensando desde hace tiempo, que las drogas no escriben novelas por arte de magia.

Hasta ahora sólo he escanciado tres o cuatro dedos de Jack Daniel's y alrededor de 300 ml de Coca Cola en un vaso de vidrio. Aún no le he dado un sorbo al whisky, pero sólo porque no quiero que este impulso de escribir, y que ha nacido con esta canción de Fobia, se muera. No he bebido sólo porque no quiero que este impulso que apareció cuando puse el DVD del aniversario XXX de Fobia, muera. 

Podría perderme y divagar en el millón de cosas que ocurrieron alrededor de La chica de humo, en cómo fueron los meses previos al concierto de Fobia, al que asistimos el viernes 21 de septiembre del 2018 en El Palacio de Los Deportes, cuando todavía vivíamos en Agua Caliente, cuando aún no nos mudábamos a Lerma de Villada, cuando ni siquiera sabía dónde está la universidad en la que trabajo actualmente porque he ganado tres evaluaciones curriculares y porque antes ocupé una causal; cuando tenía casi un año sobreviviendo con el estímulo económico del SNII, cuando estaba en el limbo, cuando ya no era posdoc, cuando (como ahora) tampoco había ninguna posibilidad de concursar por una plaza indeterminada; cuando el Edificio XYZ había sufrido daño estructural en el terremoto del 2017 y mis colegas de entonces y yo teníamos unos meses asilados en la oficina de divulgación de la ciencia, cuando esporádicamente entraban a esa oficina tres estudiantes de licenciatura –dos chicas y un chico– y me veían pero era invisible para ellos –¿indigno de su atención?– y ni siquiera me saludaban (¿qué será de ellos?, ¿habrán concluido satisfactoriamente sus licenciaturas?, ¿serán estudiantes de posgrado?, ¿sus tutores los tratarán como basura?, ¿ya tendrán varios papers como autores corresponsales?, ¿existe el karma...?); cuando, esporádicamente, una de esas chicas le decía a su tutora de licenciatura, a unos metros de mí, que quería cambiar su proyecto de tesis, que le interesaba más montar una línea de investigación sobre “sadomasoquismo en modelos animales” y su tutora la miraba con incredulidad y decepción; cuando llegaba a la oficina de divulgación de la ciencia otra chica que estudiaba la maestría y que sí me saludaba porque le había impartido algunas clases –¿se llamaba Rossana?– y siempre me preguntaba si ya había escuchado tal o cual canción de Faith No More, porque, al terminar una clase, le había comentado algo sobre una playera que ella llevaba puesta –la de la portada de un álbum de Daniel Johnston que hizo famosa Kurt Cobain– y entonces le recomendé escuchar a Sweet 75 –la banda que formó Krist Novoselic después de la muerte de Kurt Cobain– y porque ella me recomendó escuchar cualquier proyecto de Mike Patton y yo no me acordé en ese momento que él había sido el cantante de Faith No More.

Podría perderme y divagar más, enfocarme en que ahora ya no estoy en la zona, en que mis torpes dedos siempre chocan con una tecla que no quiero aporrear y en que tengo que estar corrigiendo una y otra vez lo que escribo, pero no quiero que este impulso muera.

«Una novela miniatura es lo que debes ser, tienes que ser una novela miniatura», me repito cuando he llegado a un punto muerto, cuando estoy perdido, cuando no sé qué más escribir, cuando el alcohol ya no es un aliado sino un enemigo, cuando las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo; cuando me dispongo a escribir otra vez La chica de humo, pero quiero que sea una novela miniatura, que tú la puedas leer en un solo día, que te transmita lo mismo que me transmite a mí esta canción de Fobia, o cualquier canción que a ti te guste, o cualquier cosa que te haga sentir en la zona, o cualquier cosa que a mí me guste, que nos guste a los dos, porque Fobia, en realidad, no es mi banda favorita, me cae bien Paco Huidobro, una vez me lo encontré en Guitar Gear y nos tomamos una foto y fue un tipo muy amable, sino porque Fobia, más bien, es una especie de “gusto culposo”, pero eso no importa, lo que importa es que tú y yo pasemos un buen rato, principalmente yo, que escribo para mí mismo, para darme gusto a mí mismo, porque necesito escribir.

jueves, junio 13, 2024

para que nunca me digas que no


no me soporto

me gusta Fobia
pero soporto menos a sus fans
de lo que me soporto a mí mismo

la música
al principio
me llevó al borde
del éxtasis
pero ahora 
me hace sentir 
diferente
como si estuviera ebrio
como si hubiera bebido mucho
como si bebiera por inercia
como si supiera cuánto daño
estoy haciéndome
y no me importara
en absoluto

pero la música
también me hace recordar otras cosas
cuando estaba en el limbo
cuando ya no era posdoc
cuando tampoco tenía un contrato definitivo
cuando estaba asilado en una oficina de divulgación
cuando un par de tontos estudiantes de licenciatura
se acercaban a mi escritorio
y ni siquiera me saludaban
cuando me aceptaron mi primer paper
como autor corresponsal
cuando fuimos a escuchar a Mark Lanegan
el día que publicaron mi primer paper 
como autor corresponsal

cuando me enfoqué en escribir una novela
para concursar en el premio mauricio achar
cuando fuimos a entregarla hasta polanco
cuando volvimos a la casa en transporte público
cuando escuchaba esta canción de fobia
y en el fondo sabía que esa novela 
en cierta forma era lo que me transmitía esa canción
y sin embargo no me dejé llevar por el impulso
y escribí una novela que nadie leyó

hoy sólo sé que volveré a escribir esa novela
que ya pasó por otra re escritura 
en otra etapa crítica de mi vida
y que la escribiré para que sea 
el tipo de novela que puedes leer en un sólo día

viernes, mayo 24, 2024

Like A Rolling Stone


Esta novela la encontré en la sección de novedades de la sucursal de Gandhi de Francisco I.
Madero, un sábado cualquiera del 2016, y me llamó la atención por el título: Adiós A Dylan. A Dylan acababan de anunciarlo como ganador del Nobel de Literatura, y la crítica estaba dividida: ¿bastaba su trayectoria como músico, compositor y poeta, para otorgarle esa distinción...?, ¿era injusto darle ese premio a un personaje que no dedicaba su vida entera a la literatura...? 

Yo no conocía tanto a Dylan, sabía que él era un personaje muy influyente en la música, que Guns N' Roses había hecho una fabulosa versión de una canción suya –¡Slash, para interpretar en vivo “Knockin' On Heaven's Door”, tocaba una Gibson de doble mástil!–, que se le identificaba como un cantante folk que escribía canciones con un alto contenido de protesta social, que era el autor de “Like A Rolling Stone”, una de las mejores canciones de rock en la historia según la revista Rolling Stone, que “Like A Rolling Stone” Dylan la compuso en la década de los sesenta, que es tal vez su mayor éxito comercial, que esta canción marcó su saltó del folk al rock, que “Like A Rolling Stone” compitió en las listas de ventas con “Help!” de los Beatles, que la canción fue interpretada por Mick Jagger, por Jimi Hendrix, por David Bowie, por Johnny Thunders, que no es una canción sobre los Rolling Stones sino sobre la gente falsa, que se ha especulado quién es Miss Lonely –la protagonista de “Like A Rolling Stone”–, que la letra destila odio, venganza y compasión, que Cate Blanchet interpretó a Bob Dylan en una película del 2008, que Dylan ha escrito varios libros, que su narrativa es comparada con la poesía de Mallarmé y de Rimbaud, que sus admiradores –los bobcats– son de los más locos del mundo, que muchos de ellos no recibieron muy bien la época de Dylan en la que cambió la guitarra acústica y la armónica por la guitarra eléctrica... y creí que ese libro de la sección de novedades era una especie de Dylan para dummies.

Tomé uno de los ejemplares de Adiós A Dylan, y leí que su autor era Alejandro Carrillo, un joven veracruzano, que el libro no era una especie de Dylan para dummies sino que se trataba de una novela, que la novela había ganado el Premio Mauricio Achar 2015, que el Premio Mauricio Achar era un premio dirigido a autores jóvenes de novela, que ésa era la segunda edición del Premio Mauricio Achar, que el slógan de ese premio era “La oportunidad para los nuevos escritores”.

Entonces, leí la sinopsis. 

Al principio, había un párrafo tomado directamente de la novela, y me gustó. 

Luego, la sinopsis, como tal, decía que Omar era el protagonista de Adiós A Dylan, que Omar estaba obsesionado con Bob Dylan, que la novela “era una novela iniciática con influencia de la generación beat, que era una novela sobre los ídolos, los papás y los ideales de los que nos colgamos para crecer”. 

Eso ya no me gustó. Me hizo pensar en la importancia de la publicidad, en cómo la publicidad puede engañar a la gente, en cómo los lugares comunes pueden acercar o alejar a un público en particular. Me acordé de Leonel –el sujeto que impartía el primer taller de creación literaria que tomé en La Pirámide–, quien siempre nos advertía: si van a escribir algo de lo que todo mundo habla, busquen su propio lenguaje; no hablen como lo haría todo mundo, sino como ustedes lo harían; encuentren su propia voz.
 
En fin. Me llevé el libro a casa. Lizzie me preguntó de qué trataba, le dije que era una novela y que la sinopsis era un asco pero que le daría crédito al autor, que la publicidad podía ser engañosa, que quería saber cómo podían ser los bobcats, que quería saber quién podía ser Bob Dylan para un escritor.

Esperamos unos minutos el Uber en la calle de Tacuba, y todo el camino hasta el departamento me la pasé leyendo Adiós A Dylan. No debí de leer más de veinte páginas, pero me gustó mucho lo que leí. La narrativa sí tenía cierta influencia de los escritores beat, pero la trama era auténtica, Alejandro Carrillo tenía su propio estilo para contar que el protagonista de la novela no sólo era un bobcat, sino que cada aspecto de su vida estaba impregnado de referencias a Bob Dylan: a las letras de sus canciones, a los libros que se han escrito acerca de él, a los libros que él mismo ha escrito, a las convenciones y extraños juegos que organizan sus fanáticos alrededor del mundo, a los lugares en los que Bob Dylan vivió cuando decidió dejar a sus padres para dedicarse a la música, a los cafés en los que tocaba antes de volverse mundialmente famoso...  

Omar relacionaba todos sus éxitos y todos sus fracasos con el 
músico, poeta y cantante nacido en Duluth, Minnesota. Cada uno de los capítulos tenía por título el nombre de una de las canciones de Dylan. 
La trama se desarrollaba en la Ciudad de México, en Acapulco y en Nueva York. El protagonista se enamoraba de una chica que hacía porno amateur. Ella estaba enamorada de otra persona, pero Omar la idealizaba tanto que no podía aceptar su rechazo. Mientras intentaba olvidarla, viajaba a Estados Unidos, a un concierto de Bob Dylan, y aprovechaba el viaje para hacer un recorrido por los lugares que todo bobcat visitaba en esa ciudad. En ese recorrido, Omar tenía una especie de brote psicótico, y perdía contacto con la realidad, pero, irónicamente, ese brote psicótico, le ayudaba a encontrarse a sí mismo. 

Leí Adiós A Dylan en una semana, hace muchos años. Y te lo recomiendo.

jueves, febrero 22, 2024

22 de febrero del 2022


Estabas sentado frente a la computadora, en una especie de trance maligno, alienado por las luces que emitía la pantalla —que parecían flashazos radioactivos de una resaca insoportable, que parecían una señal del fin de los tiempos—, esperando a que la Comisión te diera acceso a la sesión de Zoom. Las últimas semanas habían sido horribles. Habías pasado noches sin dormir, imaginando los escenarios más apocalípticos de los siguientes meses. Habías pasado días enteros revisando gacetas de distintas universidades, cargando documentos en distintas plataformas institucionales, llenando y firmando solicitudes en distintas convocatorias. Enviando correos-e a medio mundo de desconocidos.

Durante alrededor de dos años habías tenido “el empleo de tus sueños”. Y no podías dejar de pensar en que, en una realidad justa, ese sería el empleo al que correspondería (más o menos) tu CV: Profesor Titular A. Sin embargo, aunque no tenías motivos para quejarte –desde que obtuviste ese empleo, ya sabías que era temporal–, tampoco podías dejar de preguntarte por qué siempre tenías que estar cazando trabajos temporales; no podías dejar de pensar cómo podrías encontrar un empleo lo más pronto posible; por qué, cada 2, o cada 3 o cada 4 años, se repetía la misma historia; por qué siempre tenías que competir con biólogos, con químicos, con médicos y con psiquiatras; por qué los biólogos, los químicos, los médicos y los psiquiatras competían, casi exclusivamente, con biólogos, con químicos, con médicos y con psiquiatras. 

Concursaste por una evaluación curricular. 

Una evaluación curricular es un concurso abierto a personas con cierto perfil: con una licenciatura en X área (o áreas), con un posgrado afín a X área (o áreas), con experiencia específica en X actividades docentes o de investigación o de divulgación (o las tres). La ganadora o el ganador tiene un contrato de tres meses para impartir clases a nivel licenciatura, con el nombramiento de Profesor Asociado D –básicamente, un peldaño por debajo del nombramiento que habías tenido con el empleo de tus sueños– y es un contrato que no te permite crecer. En el mejor de los casos, pueden renovarte el contrato durante otros tres meses, pero no puedes planear nada a largo plazo: no puedes echar a andar ningún proyecto de investigación, no tienes recursos para hacer investigación, no puedes involucrar a ningún estudiante en ningún proyecto de investigación. Tienes que limitarte a impartir clases, a coordinar ciertas etapas de algunos proyectos de investigación de otras personas, a realizar actividades de difusión, a cubrir las necesidades que ningún académico contratado por tiempo indeterminado puede cubrir. 

Además de todo, en tu caso, nunca ha habido evaluaciones curriculares con tu perfil en los últimos trimestres del 2022 y del 2023, así que cuando los estudiantes empiezan a ubicarte –y piensas en que algunos de ellos podrían convertirse en tus estudiantes de licenciatura o de posgrado–, tienes que dejar la universidad y esperar, otros tres meses, a que sea publicada una evaluación curricular con un perfil similar al tuyo (puede llegar un momento en el que ya no haya evaluaciones curriculares), y esperar a que la Comisión esté de acuerdo con que tu perfil cubre los requisitos de la convocatoria (una vez me inscribí a una convocatoria y sólo pudo participar la persona ganadora) y a que te evalúe favorablemente en la prueba –una miniclase de un tema que te asigna un par de días antes de la prueba– y te declare (en caso de que así sea) ganador. 
 
En fin, estabas en esa especie de trance maligno, sentado frente a la computadora. No podías dejar de pensar en la posibilidad de perder esa evaluación curricular. No podías dejar de pensar en que ésa sería una señal para abandonar tu carrera académica definitivamente. No habías cumplido ni diez años de haber hecho tu examen de grado del doctorado y ya tenías tres años de experiencia posdoctoral y varios años como miembro del SNI —ya hasta tenías papers publicados como autor corresponsal— y más de diez años de experiencia docente, pero el futuro no era nada prometedor.

La Comisión aún no te daba acceso a la sesión de Zoom. 

Mientras la espera te desquiciaba y no podías evitar todos estos pensamientos catastróficos, repasaste los días previos: apenas el martes anterior habías enviado tu solicitud para concursar en la evaluación curricular, apenas el viernes anterior, el representante de la Comisión te había enviado un correo-e con una liga de Zoom y te había pedido que prepararas una presentación de diez minutos sobre un tema en particular y que te conectaras a la sesión de Zoom diez minutos antes del mediodía del 22 de febrero del 2022. 

El reloj en la computadora decía que ya eran las 12: 20. Tenías media hora esperando a que te dejaran entrar a la sesión de Zoom. Era –¿martes?– 22 de febrero del 2022.
 
La espera estaba desquiciándote. Ya no estabas seguro de nada. Ya no sabías si te habías equivocado de fecha. Revisaste rápidamente tu correo-e y confirmaste que ese –¿martes?– 22 de febrero del 2022 era tu Día D, uno más de los Días D de tu existencia. 

No tenías otra opción más que esperar. El estrés estaba alcanzando niveles discapacitantes. Te pusiste a
 estudiar dos o tres cosas que pudieran enriquecer la presentación que habías preparado, pero nada se te quedaba en la cabeza. 

Lo único que daba vueltas en tu cabeza era la parte del correo-e que te había enviado el representante de la Comisión y que decía: 

«Debe preparar una miniclase de diez minutos sobre el tema X, y debe estar preparado para que la Comisión le haga preguntas durante otros diez minutos».

Adquirir más información en ese momento en el que el estrés estaba llegando a un punto de no retorno, era contraproducente. Te acordaste de otros eventos similares. Muchas veces habías estado así: dándote cuenta de que, conforme más sabías sobre un tema, menos sabías sobre ese tema. La sensación era inherente a la academia, era tan familiar.

Todos los escenarios posibles relacionados con tu desempeño durante la entrevista, cruzaban tu mente, llegaban como escopetazos a tu cabeza, como un uppercut, y te dejaban viendo estrellitas que en realidad eran las luces de la pantalla de la computadora que emitían flashazos radioactivos.
 
Dieron casi las 12: 30. La Comisión finalmente te dio acceso a la sesión de Zoom. 

La entrevista terminó 40 minutos después. Tuviste la impresión de que no dijiste todo lo que querías decir. Tuviste la impresión de que habías perdido el concurso. No quisiste pensar en el futuro –¿cómo obtendrías ingresos durante los siguientes meses?, ¿hasta cuándo tendrías que vivir de tus ahorros?, ¿por qué, siempre, tenías que estar ahorrando y preparándote para escenarios catastróficos?– y te metiste a revisar twitter en tu teléfono. No buscabas nada en particular. Sólo querías distraerte. 

Apenas tenías unos cuantos segundos en la aplicación, cuando te topaste con un tweet.

Alguien, aparentemente muy cercano a Mark Lanegan, tuiteaba, desde la cuenta de Mark Lanegan, que Mark Lanegan acababa de morir. 

La noticia fue otro uppercut, otro escopetazo en la cabeza. 

Esto no puede estar pasando, te dijiste, con las manos temblorosas, como cuando acabó el terremoto del 2017 y saliste de aquel edificio que meses más tarde sería demolido por haber sufrido daño estructural. O como hacía unos minutos, cuando había acabado tu entrevista por Zoom con la Comisión. 

Se trata de un mal sueño, dentro de otro mal sueño, te dijiste. Cerraste los párpados y quisiste que el presente fuera un mal sueño. 

Tu mente ya estaba en otra parte. 

Recordaste aquellos días de interminables arcadas, cuando tenías que consumir un montón de antibióticos, cuando ningún tratamiento médico funcionaba y te resignabas a vivir miserablemente por el resto de tus días; cuando escuchaste The Winding Sheet y ese álbum te llevó a otros álbumes de Mark Lanegan, cuando las canciones de Mark Lanegan de pronto se convirtieron en un consuelo en los días más horrendos de tu vida; cuando, aquella noche de septiembre del 2018, en El Plaza Condesa, estabas a unos metros de Jeff Field, de Shelley Brian y de Mark Lanegan, escuchando “Wild Flowers” y sintiéndote nostálgico y eufórico al mismo tiempo, celebrando la vida, que ese día habían publicado tu primer paper como autor corresponsal y que tu salud mejoraba considerablemente. Te recordaste estrechando una mano de Mark Lanegan al final de ese concierto y diciéndole un lugar común: It was an awesome show!

Volviste a la realidad del presente. 
 
En unos minutos, todo mundo ya hablaba de Mark Lanegan en redes sociales. La situación te enfureció. Estabas confundido y triste. Podrías haber llorado o podrías haber gritado o podrías haber destrozado todo lo que estuviera a tu alcance. Pero no hiciste nada. Estabas tan molesto e indignado que olvidaste que acababas de concursar por un contrato de tres meses en la universidad y que habían concursado otras 13 personas y que probablemente algunas de ellas también tenían el nombramiento de Investigador Nacional I y que también tenían varios años de experiencia docente en universidades públicas y privadas. Que, seguramente, también estaban tan estresadas y tan frustradas como tú.
 
Durante más de cinco años habías estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en tus blogs, en cómo su música te ayudó a sobrellevar la miseria de una larga enfermedad que terminó en una cirugía, invitando a tus conocidos y a tus familiares a escuchar su música; diciéndoles que Mark Lanegan era un gran compositor, que también escribía poesía, que su trayectoria artística era muy amplia, que no sólo había sido mentor de Kurt Cobain, que no sólo había colaborado con un millón de artistas –PJ Harvey, Isobel Campbell, Duff McKagan, Kurt Cobain, Josh Homme, Dave Grohl, Alain Johannes–, que era un artista sin el reconocimiento que merecía.

En cierta forma, nos parecemos, murmuraste. 

Estabas exhausto. Los “filtros mentales” que normalmente impiden que externes todo lo que piensas habían bajado la guardia. Culpaste al estrés. Y al insomnio de las últimas semanas.

En unos cuantos minutos, gracias a las redes sociales, esas personas que siempre te habían ignorado cuando los invitabas a escuchar a Mark Lanegan, ya eran expertos en los Screaming Trees, en Mark Lanegan, en Devil In A Coma, en Sing Backwards And Weep.  

Hasta en ese sentido, se repetía la misma historia. Siempre te habías sentido identificado con artistas que morían prematuramente, cuando su música se estaba convirtiendo en una parte esencial de tu vida, antes de que el mundo los conociera porque la muerte no es negociable pero siempre es un negocio.

Ya pasaron dos años desde entonces, hoy es 22 de febrero del 2024, has concursado en otras dos evaluaciones curriculares (ya ganaste tres y ya le ganaste a más de 20 personas); a pesar de que has hecho todo lo que está a tu alcance para cambiar tu situación (como concursar por una Jefatura de Departamento), nada ha cambiado gran cosa: han pasado dos años desde la muerte de Mark Lanegan y el futuro sigue siendo incierto, quizá hasta todo esté peor. 

Ay, la muerte no es negociable pero siempre es negocio.

domingo, febrero 18, 2024

Waiting For The Deathblow


Ya no sé cuántas noches he dormido mal, ya no sé cuántas noches he estado dando vueltas en la cama, dándole vueltas a la misma idea, teniendo la sensación de que mis pensamientos son buitres y que mi mente es un animal en agonía.

Ya no sé cuántas veces he revisado el correo-e en los últimos días, ya no sé cuántas veces he tenido taquicardia cada vez que me llega una notificación al teléfono, cada vez que vibra o cada vez que suena el teléfono.

Ya no sé cuántas veces he repasado mentalmente cómo me sentí en la entrevista de hoy, cómo me sentí en la entrevista de hace un año y cómo me sentí en la entrevista de hace dos años. Sólo sé que me he preguntado, una y otra vez, por qué todo ha cambiado, y, sin embargo, está igual. O peor. 

Ya perdí la cuenta, ya no sé cuántas veces estos pensamientos me han asaltado a cualquier hora del día, mientras, por ejemplo, salí a correr y traté de ignorar que la aplicación en el teléfono es un asco y que puede fallar estrepitosamente y registrar que acabé mi primer kilómetro en 13 minutos, cuando, en la realidad, mi mejor tiempo en tres años ha sido 4 minutos y 20 segundos por kilómetro, y me siento como si fuera la primera vez que uso mis piernas para correr, y tengo ganas de mandar todo al carajo.

Hoy, mientras corría, quise enfocarme en mejorar mi tiempo, en correr y correr y correr, lo más rápido posible, tanto como me lo permitieran mis músculos, hasta quedar exhausto y no tener fuerzas, hasta no ser capaz de analizar nada, hasta no ser capaz de reflexionar sobre nada, hasta no ser capaz más que de repetirme mi mantra a mí mismo... 

«Ya ganaste dos veces, dos concursos similares a éste» 

... hasta no ser capaz de pensar en que ésta puede ser la primera vez que pierda un concurso, hasta no ser capaz de pensar en que siempre existe la posibilidad de perder cuando compites por algo, hasta no tener fuerzas para pensar en nada. 

No tengo ni corazón ni cabeza para buscar mañana mismo, o pasado mañana, o este mes, o cuando sea que reciba las malas noticias que he visualizado en el peor escenario hipotético posible, cualquier empleo.


Al volver de correr, vibró el teléfono y tuve taquicardia y revisé el teléfono por sexta o séptima ocasión en lo que iba del día, tal y como lo he hecho en las últimas dos o tres semanas, y la taquicardia que acompaña a esta actividad tan mecánica y tan espeluznante nada más fue un desperdicio de energía. 

La notificación resultó ser una falsa alarma...

«KAVAK: cotiza tu auto inmediatamente...»
«Elon Musk acaba de subir una foto a X...»
«Paty López acaba de publicar un video en TikTok...»

... pero me dio un poco de paz. 

Y sin embargo supe que esa paz no duraría mucho tiempo, que apenas me dejaría asimilar que las malas noticias que he visualizado en el peor escenario hipotético posible, no llegarían justamente en esos segundos en los que revisaba el teléfono.

Ya sabía que esa paz no duraría mucho tiempo, que sería muy breve, que duraría apenas uno o dos minutos, apenas veinte o treinta segundos. 




Así he estado desde los últimos días de enero –cuando publicaron la convocatoria en la que concursé–, y hoy. Y esto no es vida. Ningún cerebro está capacitado para mantenerse en estado de alerta las 24 horas del día. Ni siquiera las ratas pueden sobrevivir más de dos semanas bajo estrés continuo.

Pero esto no es lo más decadente. Lo más decadente es que esta incertidumbre es la historia de mi vida. Sé que en cuanto guarde el teléfono, por decirlo de alguna manera (cuando la incertidumbre termine), y ya no tenga que preguntarme ¿y si pierdo...?, tendré un poco de estabilidad –¿durante tres meses?, ¿durante seis meses?–, pero que, después, volveré a subirme a la montaña rusa de mis emociones y que tendré que cazar, una vez más, otro trabajo temporal.

Me tumbo en un sillón, en una pésima posición, siento cómo mi columna vertebral está arqueada pero nada me duele, todo el sufrimiento está concentrado en el dolor de mi mente, y enciendo el televisor y me da vértigo, tengo arcadas, como cuando paso varias horas en ayuno y me pongo ansioso y me falta aire y se me tapan los oídos y empiezo a hiperventilar y tengo la sensación de que vomitaré en cualquier momento. 

Me acomodo en el sillón, creo escuchar cómo se me quiebra la columna, y me concentro en la pantalla del televisor, y me doy cuenta de que sólo veo la televisión cuando no quiero pensar, cuando quiero huir de la realidad, cuando la realidad me abruma. 

Tengo la vista borrosa, me cuesta trabajo enfocar y desenfocar, mis cristalinos están tan viejos y tan enfermos, cierro los párpados fuertemente, hasta ver fosfenos detrás de la cortina de los párpados –¿alguna vez, realmente, cerramos los ojos...?, cuando cerramos los párpados, ¿en realidad vemos la oscuridad que hay dentro de nosotros mismos...?–, y la sensación me remonta a algún momento perdido entre mis recuerdos de la infancia, cuando acompañaba a mi papá a comprar el periódico. Quién sabe por qué me gustaba caminar con los párpados cerrados, y una que otra vez estuve a punto de estrellarme contra algún poste de luz. 

Al precipitarme en la oscuridad que hay dentro de mí, con los párpados cerrados, también recuerdo otras cosas más recientes, cuando tenía que lidiar con mi enemigo público #1 todos los días, cuando mi única estrategia para soportar cada semana era la expectativa de la Tierra Prometida de cada fin de semana, cuando acababa los viernes en las peores condiciones posibles, cuando me daba un atracón de alcohol y de otros agentes químicos cada viernes, cuando odiaba mi existencia, cuando me sentía esclavizado, cuando sabía que había recorrido un gran tramo del doctorado, que me faltaban sólo unos meses para el examen de grado, que no podía abandonar todo, que no podía escoger, que no podía darle prioridad a mi salud mental, cuando mi relación con mi enemigo público #1 era insoportable. 


En la pantalla del televisor, Jessica Jones está a punto de tener un ataque de pánico y repite su propio mantra...

«Birch Street, Higgins Drive, Cobalt Lane...»

... y cierro los párpados otra vez, pero los abro de inmediato, lo más decadente es que ésta es la historia de mi vida, no es algo excepcional.

No quiero ponerme a pensar en cuántas veces he sentido que el estrés le da martillazos a mi corazón y que luego golpea mi cerebro y que me hace tener la sensación de que no he dormido en varios días, que apenas puedo mantener los párpados abiertos, que mi vida es un fuego cruzado y que el mundo es una trinchera y que debo mantenerme alerta.

Tampoco quiero precipitarme en la espiral de los pensamientos negativos que forman parte de mis hábitos, y tampoco quiero pensar en cosas que ya pasaron y que debí enfrentar de otra manera. Pero no puedo evitarlo. 

A Krysten Ritter, o como sea que se llame en la realidad –¿es ella también la autora de esa novela de suspense?–, antes de ser la protagonista de la serie de Marvel, la conocí en otra serie de televisión, cuando, para variar, no vivía los mejores momentos de mi vida.

Entonces estaba terminando el doctorado y ya tenía varios papers publicados como primer autor, y ya tenía varios años de experiencia docente, y ya tenía planes para irme de posdoc a Los Ángeles... Cuando enfermé, cuando acabé en el quirófano, cuando todo se cayó. Cuando tenía que lidiar con personas tóxicas y egocéntricas y narcisistas. Cuando convivía con personas que podrían ser los protagonistas de los relatos de Jeff Lindsay o de Del James. Cuando convivía con personas que minimizaban mi trabajo para “motivarme”...

«Sólo sigues instrucciones...»
«Lo que deberías estar haciendo es preparar café...»

... o para saciar su necesidad de poder, para sentir que tenían control sobre todas las cosas. 

Entonces, cuando la conocí, Jessica Jones no era Jessica Jones, sino Jane Margolis –la novia de Jesse Pinkman–, y Mr. White ya estaba harto de ella y de Pinkman y de sus hábitos de drogadictos, y una vez los descubrió tumbados en una cama, ellos dos se habían inyectado heroína, y Jane, en su viaje, comenzó a ahogarse con su propio vómito y Mr. White decidió colocarla boca arriba en la cama y dejarla morir por broncoaspiración.

En la pantalla, en el presente, el mantra de Jessica Jones surte efecto –ha ahuyentado a Killgrave, lo ha sacado de su mente–, pero yo ya no puedo dejar de pensar en el pasado, ni en mi propio Killgrave. 

Me acuerdo de esos últimos meses en el doctorado, cuando conocí a Jane Margolis y todas las noches de los martes –¿del 2012?–, veía Breaking Bad, cuando tenía que lidiar con el estrés, cuando bebía en exceso los viernes, cuando consumía otras cosas para soportar el estrés, cuando estaba acostumbrado a recibir injustamente palabrotas en los correos-e...

«Hello! Hello!
¿Qué chingados tienes en la cabeza...?
¡Más de una puta vez te he dicho que no sólo soy PhD...!»

... y me desquiciaba no tener el control de mi propia vida, tener que soportar cosas así, descubrir que tenía mi propio Killgrave.

Al menos, eso quedó atrás. Jamás volveré a relacionarme con personas tóxicas, jamás volverán a ponerme las manos alrededor del cuello, jamás tendrán en sus manos la decisión de dejarme morir por broncoaspiración. Prefiero esta incertidumbre de las últimas semanas, aunque sea el precio que debo pagar para ser libre.