sábado, julio 12, 2025

People You May Know

«Si no estás de acuerdo conmigo, si te gustó la película de Eggers y si no sabes tanto de Murnau como yo, eres un limitado cognitivo, sobreestimas tus capacidades...», dice, más o menos, este crítico de cine que quién sabe de dónde salió (su biografía dice que vive en la Narvarte y que no le gusta presumir pero que, jajaja, sí te presume que ha publicado varios libros), y en esta ¿columna de opinión? mete a la fuerza el taquillero “efecto Dunning-Kruger”. Independientemente de que quién sabe si el medio digital en el que escribe es como una revista “de cuates” —sin evaluación por pares— o como un Conozca Más del cine, y de que sólo bastó que sus cuates confiaran en que es un experto en el tema y que escribe cosas chidas “que vale la pena leer”, su diatriba me ha puesto a pensar en varias cosas. 

No conozco personalmente a ningún crítico de cine, pero varias veces me he encontrado en otras redes sociales a expertos alardeando sobre los filmes de Kurosawa, de Tarkovski y de Lynch, criticando a “los mortales” que no han visto cine de culto, y luego me los encuentro recomendándoles Cindy, la regia a sus followers. Debe de haber excepciones, gente con más respeto hacia las opiniones de los demás, pero siempre me ha desconcertado la actitud de los críticos de cine que he leído –¿son intelectuales exquisitos, o no...?–, y, en general, también me ha desconcertado la actitud de los cinéfilos. En enero fui a ver al cine Nosferatu de Eggers, no soy súper fan de la literatura epistolar ni de la ficción gótica, pero ya había visto Drácula de Coppola y ya había leído a Mary Shelley, a Poe, a Lovecraft, a Lord Byron, a Polidori, a Wilde, a Le Fanu... y se me ocurrió comentar en Threads que la película de Coppola era una caricatura en comparación con la de Eggers, que esa historia de amor entre Mina y Drácula, y que Drácula paseándose con gafas de sol por una ciudad europea, estaban fuera de sitio, y eso bastó para que un puñado de sus seguidores se me fueran encima. «Seguramente no has visto la película de Murnau...», «Seguramente no has leído la novela de Stoker...», decían, por ejemplo, los más suavecitos. (Pensándolo un poco mejor, no sólo lo críticos de cine son soberbios e intolerantes: tal parece que los amantes del cine de culto, también.) En fin, leí la novela de Stoker y vi la versión de Murnau, y sigo creyendo lo mismo: la película de Coppola es una caricatura en comparación con la de Eggers, esa historia de amor entre Mina y Drácula, y Drácula paseándose con gafas de sol por una ciudad europea, están fuera de sitio.

Quiero pasar de largo, No tengo por qué leer esta columna de opinión, me repito, pero me la encontré por accidente, acabo de revisar un paper para Frontiers In Endocrinology, acabo de concluir un taller de inducción a la docencia de la Ibero, acabo de leer un paper de Neuroscience Biobehavioral Reviews –no tengo cuates con un medio subvencionado en Internet, pero tengo este blog y en mi blog a veces también presumo lo que hago– y necesito urgentemente un descanso, así que hago lo más fácil, lo que sería, técnicamente, como una recaída, tengo varias redes sociales y casi nunca me aportan nada, pero mi cerebro, hambriento de estimulación, me controla: me meto a Facebook y entonces Facebook me sugiere como amistad al autor de la columna de opinión—también llama “ridículo actor” a Willem Dafoe—, resulta que tenemos un contacto en común (un escritor a quien tampoco conozco en persona), y me engancho con su columna. En mi defensa, además de todas las cosas que hice hoy, he tenido semanas muy ajetreadas: Katz contrajo la enfermedad de crup y luego se quemó un brazo con agua hirviendo, tuve una entrevista de trabajo y preparé una charla de neuroquímica y de psicofármacos para un comité de profesores de la Ibero, fui a un funeral entresemana, estoy un poco desvelado y susceptible, escribo 2 papers en inglés en paralelo, no he podido salir a correr en cuatro días, invertí decenas de horas en la página del SAT, sometí mi décimo tercera solicitud (¡en 8 meses!) para una convocatoria de académico de tiempo completo a una Institución de Educación Superior y escribí mi tercer o cuarto proyecto de investigación en lo que va del año...

Agggh. 

¡No quiero pensar en estas cosas! ¡Son mi mantra! ¡Son mi maldición! Tal vez no lo parece, pero estar en mis pies es sofocante, unos días más que otros.

Mis pensamientos son hostiles, no necesito leer más hostilidad, me repito, y ahora mismo ya estoy pensando en que Poserhead –el autor que tenemos en común en Facebook el crítico de cine y yo– también entra en esa categoría de gente que puede vivir del arte y que es un poco soberbia e intolerante, que no sabe nada de neurociencias pero que de pronto lee una columna amarillista del tipo «¡Estudio revela por qué a la gente le gusta Bad Bunny!» que no habla más que de lo que todo mundo sabe, que la dopamina, que la oxitocina, que el placer... Y, sin embargo, actúa como si tuviera un PhD en neurobiología de las adicciones. Algunas veces, Poserhead, en La Locura, escribe reseñas chidas, sabe muchas cosas de la historia de la música, sobre todo de Lemmy Kilmister, Ozzy Osbourne y compañía, pero otras veces despotrica en contra del gobierno y llama “simios” a quienes no piensan como él; es un tipo diplomático, le he comentado una que otra cosa sobre estos temas en sus redes sociales y se toma el tiempo para contestarme razonablemente, quizá no soy capaz de entender su punto de vista porque nunca he vivido en un mundo elitista, pero, en fin, creo que es publicista, su más reciente libro de relatos fue publicado hace no más de medio año, es un libro que sólo venden en librerías “underground”, algunas reseñas prometen que es una especie de crónica subversiva de la historia del punk rock. Sin embargo, casi cada vez que entro a Facebook para distraerme y me topo con algún post suyo, él revela su verdadera actitud de ultraderecha: a la gente que no comparte su ideología política, la llama “simios” o “gente que rebuzna”. Por supuesto que, entre un post y otro, no deja de expresar su admiración por bandas como Los Ramones, Black Sabbath y Motörhead, por ejemplo, y reseñar tal o cual festival en el que actuaron “los amigos de cuarta de Bad Bunny” y que fue “una especie de zoológico urbano”. 

No es tan extraño: según Facebook, Poserhead y el crítico de cine, son amigos, al menos en Facebook.

Bueno, ya acabé de leer esta columna de opinión, y ya no puedo evitarlo: en resumen todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, no sólo este crítico de cine que llama “personas limitadas que sobreestiman sus capacidades” a quienes no comparten su punto de vista, que Murnau es un chingón y que Eggers es un imitador de cuarta de Murnau –¿dónde habrá leído sobre “el efecto Dunning-Kruger”?–, y que no se da por enterado de que todo lo que escribió en su columna lo hace ver como un ejemplo del efecto Dunning-Kruger, tampoco se da cuenta de que sobreestima el conocimiento del que alardea, que cualquier persona con un IQ un poco arriba del promedio y con 5 minutos ociosos para surfear en Internet, podría aprender lo mismo. (Te recomiendo buscar en Internet sobre la vida y la muerte de Murnau, sobre las maldiciones asociadas a Nosferatu; tal vez te parecerá entretenido). 

Uff. 

Todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, como ese otro escritor de cuyo nombre no quiero acordarme pero que me dijo en X hace varios años que él no le ponía etiquetas ni a la narrativa de Kazuo Ishiguro ni a la de nadie, pero que le dedicó ¡una columna de 6,000 palabras! a “la disonancia cognitiva” y a los alienígenas, hace unos meses, entendiendo una cosa por otra: usando como etiqueta –y erróneamente–, este constructo, sin saber que la disonancia cognitiva no se refiere a cuando “sigues creyendo en los Fenómenos Anómalos No Identificados, a pesar de ser un adulto”, sino a cuando, por ejemplo, les dices a tus amigos que eres fan de los animalitos –y les presumes que hasta estás afiliado a PETA–, pero también te gusta ir a los toros. Este otro autor –a quien llamaré El Sr. Disonancia–, no sabe que la disonancia cognitiva no se refiere a que crees en cosas que van en contra tus principios, sino a cómo las incongruencias entre lo que decimos y lo que hacemos, actúan como una fuerza motivacional que nos ayuda a reducir esas incongruencias y a sentirnos mejor con nosotros mismos.

Todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, y a lo mejor esto se debe a que la mayoría de la gente subestima la psicología y sobrestima sus propias creencias sobre la psicología y el comportamiento humano. 

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir 24/7.

miércoles, julio 09, 2025

And know I'm ready to close my mind



Camino por un pasillo de la universidad, busco un baño, estuve aquí casi 3 horas, los colegas me dieron un tour, conocí el laboratorio de neurociencias, tienen más de 10 cajas operantes de Skinner, ¡todas funcionan simultáneamente!, tienen un montón de laberintos y equipos para analizar muestras biológicas, también conocí la biblioteca, tres o cuatro lugares para comer dentro de la universidad, cada uno parece la sección de comida de cualquier plaza comercial pero con sillones y asientos súper cómodos, tanto en interiores como en exteriores, hay hasta un jardín para meditar, una cancha de béisbol, una capilla, cafeterías, auditorios, salas de cine, en fin, estoy menos tenso, esa sensación de tirarse al agua cada vez que voy a dar una clase o charla, no desaparece. Y eso está bien, el día que me dé igual, me dedicaré a otra cosa.

Toda la semana estuve trabajando obsesivamente en mi charla de 20 minutos. Desde que me desperté temprano esta mañana, lo único que quería era impatirla ya, terminar con la tensión.

Estoy a unos metros del baño y pienso en el futuro próximo en esta universidad. Hace veinte años, empecé aquí como profesor de asignatura; fue mi primera experiencia. También pienso en los detalles de mi charla de 20 minutos y la entrevista, de hace casi dos horas. También pienso en otras cosas del tour que me dieron mis colegas, percibo cierta incomodidad entre ellos, tal vez no se caen bien, tal vez es mi impresión. También pienso en si realmente tengo posibilidades de conseguir una posición de académico de tiempo completo a largo plazo, o si todo seguirá como siempre.

De repente, una canción suena en medio del pasillo, creo que proviene de un altavoz que está oculto en las paredes. Son sólo tres acordes de guitarra eléctrica, seguidos del bajo y de la batería, y los he escuchado otras veces. La guitarra suena distorsionada, tiene un sonido como de punk de los 70, un poco de fuzz, y sé que he escuchado estos acordes miles de veces, pero no puedo identificar qué canción es exactamente. Recuerdo vagamente a una mujer cantándola, quizá Kim Gordon, pero sé que no es una canción de Sonic Youth ni de Kim Gordon. Entonces, un hombre canta...

«So messed up I want you here
In my room I want you here»

... pero no reconozco la voz del hombre, me confunde aún más. Supongo que mi memoria esperaba una voz diferente, pero no sé exactamente qué tipo de voz. Es como si hubiera escuchado esta canción miles de veces antes y simultáneamente estuviera escuchándola por primera vez.

Me detengo y cierro los ojos. 

¿Cómo se llama esta canción?, me pregunto y escarbo en las profundidades de mis recuerdos. 

Es posible que hace veinte años, cuando tuve mi primera oportunidad como profesor de asignatura en la vida y en esta universidad, también haya caminado por este pasillo con la vejiga a punto de estallar y que también haya escuchado esta canción. Quizá esta canción forma parte de la programación de la estación de radio de la Ibero. Uno de mis colegas me contó que Carlos Velázquez, uno de mis escritores de cabecera, vendrá mañana a una entrevista, creo que hablará sobre El menonita Zen y sobre las ediciones de todos sus libros que ahora publicará Planeta. 

Hace veinte años ya existía esta estación, hasta Nos Llamamos y Los Silencios Incómodos vinieron a un programa que conducía un tal Uriel Waizel, creo que el programa se llamaba Clickaporte.

Aggh. 

Han pasado veinte años desde entonces y sin embargo otra vez estoy empezando de cero. Este sentimiento es tan familiar. Nadie me conoce aquí, nadie me recuerda, nadie sabe quién soy, nadie conoce mi trayectoria. Quién sabe a qué se dediquen los estudiantes a quienes les di clases aquí, volveré a ser profesor de asignatura en la Ibero, pero soy veinte años más viejo, tengo una experiencia de más de 70 cursos de pregrado y una decena de posgrado, he publicado casi 20 artículos en revistas internacionales evaluadas por pares, el más reciente fue publicado en febrero de este año y lo escribí prácticamente yo solo en tres meses, con todo y hérpes Zóster, en el desempleo, porque la universidad en la que trabajé casi 6 años prefiere contratar a psicólogos clinicos, a biólogos y a químicos, un SNII 2 con mi perfil de psicólogo biomédico, no les interesa, quién sabe qué piensan de la psicología y de la biomedicina, quién sabe cuánto les interesen los estudiantes.

Francamente no sé si ésta será mi última experiencia en la academia. Quizá deje de buscar plazas de académico de tiempo completo definitivo, quizá me gane la lotería este fin de semana y salde todas mis deudas y luego haga un viaje loco a Seattle y me lleve un libro de Chuck Klosterman y me noquee una iv de heroína y me sepulte en el país de Nunca Jamás, quizá me convierta en un frívolo tiktoker y me corte el pelo y me quite los aretes y cree un personaje que parezca psiquiatra o algo así, y luego vuelva a México y mande a volar a todos los sell outs que forman parte del sistema académico que conozco y que voltean a otro lado cuando ocurre una injusticia para no perder su chamba (como que, en consenso, aprueben que un pésimo profesor gane un premio a la docencia), quizá les recuerde a esos sell outs que ellos y yo comenzamos al mismo tiempo en esa universidad y que yo tengo un perfil mejor que el de ellos y que es incomprensible que ellos tengan ya plazas de tiempo completo definitivo y que yo continúe en el limbo, quizá me decida realmente a buscar dónde publicar una novela, quizá tú leas esto y digas Voy a darle una oportunidad a lo que escribe, quizá no todos somos iguales y algunos nos resistimos a ser autómatas y a actuar, pensar y hacer cualquier cosa como si estuviéramos fabricados en serie, quizá todo siga igual, quizá solo envejezca y las deudas vayan acumulándose, pero, en fin, como dijo Neil Young –quien no es el autor de esta canción que aún no identifico–, la música nunca muere. 

Aquí estamos de nuevo, y pase lo que pase, podré cerrar los párpados en algún momento y escuchar una canción que me guste.

domingo, mayo 04, 2025

todo esto movió algo dentro de mí


Escuchaba esta canción, me preparaba mentalmente para ir al dentista, me cepillaba los dientes, me extraerían una muela del juicio, el dentista no era totalmente de mi agrado, ya sabes, era del tipo «Soy el Dr. Fulano y exijo un kilo de tortillas y traigo servilleta», pero la muela me dolía muchísimo, ya no soportaría otra noche en vela, el ketorolaco ya no era suficiente.

La clínica estaba en un barrio muy bonito, Paseo de Colón creo que se llama, y tenía una sala de espera muy pequeña, tan sólo estábamos 2 pacientes, uno muy separado del otro, y la recepcionista y uno que otro personaje que llegaba y pasaba directamente a algún consultorio, los tres llevábamos cubrebocas, la atmósfera era como del fin del mundo, me concentraba en la canción que sonaba en los audífonos...

I didn't take no shortcuts...
I spent the money that I saved up...

... había estado escuchándola mucho, creo que hasta había medio intentado aprender a tocarla en guitarra, los Strokes nunca habían sido una de mis bandas favoritas pero era una canción que me había acompañado durante el dolor, no me remontaba más que a esa experiencia de dolor.

Una media hora antes de salir a la clínica me había mirado en el espejo y me había tomado una foto, pocas cosas me causaban el terror que me causaba ir al dentista, mis recuerdos se remontaban a la infancia, al consultorio de un dentista obeso que quedaba muy cerca del departamento en el que vivimos hasta 1990 mis papás, mis hermanos y yo, en general nunca había sufrido mucho, pero el ruido de los aparatos del dentista y estar sintiendo cómo te tallaba los dientes con esa especie de taladro que despedía un olor a tejido humano quemándose y también el penetrante aroma de los antisépticos y la cercanía del dentista, metiendo mano en mi boca, invadiendo mi privacidad, todo en conjunto, más bien me hacían tener una impresión desagradable de los consultorios dentales. 

Tenía poco de conocer al dentista, vivía en el mismo fraccionamiento que yo, me lo habían recomendado unos conocidos, una que otra vez me lo había topado por allí, no recuerdo si ya había empezado a salir a correr al menos un día a la semana, no recuerdo si ya me habían hecho estudios de laboratorio y si ya sabía que me encontraba en un estado prediabético, pero, en todo caso, ya ubicaba al dentista, y tenía la impresión de que era un sujeto un tanto engreído, no exactamente como esos otros sujetos engreídos que también vivían en el fraccionamiento y que se ponían a lavar sus autos cada domingo –algunos tenían hasta tres autos y los usaban incluso para recorrer distancias menores a un kilómetro, como ir de sus casas a alguna de las tiendas del fraccionamiento– y que, mientras lavaban un Audi Q7, tenían abiertas las ventanas del Ford K y la música del reproductor del Ford K retumbando a todo volumen. 

El dentista y yo apenas nos habíamos visto en su consultorio un par de veces, pero creo que él se sentía inferior a mí, pero él tuvo la culpa; en nuestra primera cita, entre junio y julio del 2021, se le ocurrió preguntarme a qué me dedicaba y cuando le contesté tal vez no me creyó –no había ido a cortarme el cabello en varios meses, traía dos pendientes, seguramente llevaba una playera y unos Levi's desgastados, nada que ver con el look de los profesionales de la salud o de los catedráticos– y me puso a prueba, me preguntó algo del cerebro, y de pronto ya estaba contándome que había impartido una clase en tal o cual universidad o que había ido a un congreso a Cancún.

Los minutos transcurrían, el dentista todavía no llegaba al consultorio, la canción de los Strokes agonizaba, además de todo tenía que lidiar con la impuntualidad del dentista, no quería estar allí, no quería pensar en que me extraerían una muela, en cuánto me dolería, prefería concentrarme en la otra misteriosa paciente escondida detrás de su cubrebocas a unos metros de distancia –¿cómo sería su rostro sin cubrebocas?, ¿a qué había acudido a la clínica?, ¿también tenía un insoportable dolor de muelas...?–, prefería concentrarme en que, a pesar de todo –la pandemia, esa atmósfera de fin del mundo, la interminable cantidad de trabajo en línea que tenía, el terrible dolor de muelas que había estado sintiendo en las últimas semanas–, tenía un trabajo y una fuente de ingresos estable.

Ya pasaron varios años de esto, no tengo ninguna muela del juicio, pero me encontré esta foto y escuché otra vez a Los Strokes y todo esto movió algo dentro de mí.

sábado, marzo 29, 2025

Soy humano y mi destino es ser mortal



Al salir de la casa, mientras desayunaba, leí en algún portal de internet que hoy cumple 70 años Bruce Willis, ahora estoy en la sala de espera del aeropuerto, a menos de 10 minutos de subirme a un avión, con los audífonos puestos, escuchando esta canción de Los Babasónicos, que, según sus fans, «está cargada de simbolismo y misticismo, y explora temas como la mortalidad, la redención y la condena». (Al menos eso recuerdo que encontré aquella tarde en la que decidí romper con la costumbre y escuchar rock en español y le pedí a Alexa que tocara algo de Draco Rosa y lo hizo y a continuación reprodujo “Seis vírgenes descalzas” y, ¡sorpresivamente!, me encantó y luego busqué información sobre el significado de la letra de esta canción de la banda de Buenos Aires).

Trato de enfocarme en cómo la canción es una especie de shot intravenoso de algún compuesto químico de los que mitiga el dolor físico y emocional y que además produce amnesia; no quiero pensar en el presente, no me gusta mi realidad; no quiero pensar en que no me gusta viajar en avión, en que, en mis más recientes vuelos, he tenido ataques de ansiedad; no quiero pensar en que podría estar a 10, 000 pies de altura sintiéndome atrapado, en una jaula; en que no habrá escape; en que todo estará en mi mente y en que, sin embargo, no podré hacer otra cosa más que cerrar los párpados y esperar a que el ataque termine.

Dárguelos canta, dice algo como «Soy humano y mi destino es ser mortal...», y aunque esta frase no tiene nada que ver con lo que pienso últimamente de mí mismo (creo), cobra un sentido diferente, así que prefiero concentrarme en la escena de Die Hard, cuando John McClane está en el avión que lo llevará a Los Ángeles, y me repito a mí mismo este mantra: «Tarde o temprano aterrizarás, tarde o temprano te registrarás en el hotel, tarde o temprano subirás a tu habitación y allí te podrás quitar los zapatos...»

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir los 365 días del año.

sábado, marzo 22, 2025

ya pensaré con mayor claridad cuando vuelva a casa

 


Estoy de pie, recargado en la pared este (¿oeste...?, ¿norte...?, ¿sur...?) del Auditorio Polivalente, me siento exhausto, son como las 11 de la mañana, es el tercer día del Congreso de la SOMIMS, curiosamente mi primer Congreso de la SOMIMS también se llevó a cabo en Monterrey, eran otros tiempos, la ciudad era más insegura, nos recomendaron no salir a ningún lado, quedarnos en el hotel, durante ¡todo el Congreso!, y aun así nos dimos tiempo para salir al Parque Fundidora, apenas estaba preparándome para la entrevista de admisión al Doctorado en Ciencias Biomédicas, ya impartía 2 horas de un laboratorio de Sensopercepción en la Facultad de Psicología de la UNAM, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba en la academia, si alguien me hubiera dicho que volvería a un Congreso de la SOMIMS en el 2025 como miembro de la Mesa Directiva y que entonces sería SNII 2, con más de 40 cursos de licenciatura y posgrado y más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia y más de 20 papers publicados en revistas evaluadas por pares, pero sin haber sido profesor indeterminado un solo día de toda mi vida académica, tal vez no lo habría creído. Si alguien me hubiera dicho que daría una charla de alteraciones metabólicas asociadas a la restricción de sueño y que coordinaría un simposio al que invitaría a una experta en restricción de sueño y metabolismo, de la Universidad de Chicago, tal vez no lo habría creído. O si alguien me hubiera dicho que pasaría gran parte de una tarde charlando y caminando por la Universidad Autónoma de Nuevo León con un uruguayo experto en adicciones y orexinas/hipocretinas, del Sleep Research Center de la UCLA, tal vez tampoco lo habría creído. 

| «¿Cómo dijiste...?

«Que se le botó un tornillo...»

«Ésa está buena, che...»

«¿Cómo dicen allá...?»

«Que se le descompuso el motor...» |

Si alguien me hubiera dicho que me encontraría casi medio año trabajando sin remuneración económica, viviendo de mis ahorros, lidiando con la frustración de ser SNII 2 sin cobrar el estímulo económico del SNII, que escribiría mi paper #20 en 3 meses y que sería publicado en medio de esa crisis, tal vez habría optado por no estudiar el posgrado en Ciencias Biomédicas y me habría enfocado en la búsqueda de otros intereses: en la escritura de narrativa literaria o en la música, por ejemplo.

Es sábado, deben de ser las 11 de la mañana, ya impartí mi charla, ya coordiné un simposio, la Dra. Erin Hanlon anda por ahí, ayer cenamos y platicamos muchas cosas, mi mente estaba en otra dimensión, no podía pensar en español, mucho menos en inglés, ella me preguntó qué pensamos en México de los ciudadanos de EEUU, si los vemos como vemos a Trump, o si distinguimos entre la administración de Trump y ellos, y también hablamos sobre las IAs y, obviamente, sobre ciencia. 

| «I guess my favorite singer is Prince...»

«Really...? And what's your favorite song?»

«“Starfish and coffee”...»

«Oh...!» |

No he dormido bien, salí de la casa el miércoles, el día que cumplió 70 años Bruce Willis, mientras me dirigía al aeropuerto no podía dejar de pensar en las horribles experiencias que tuve en mis más recientes vuelos en avión, en junio, y tampoco podía dejar de pensar en lo que le decía a John McLane un pasajero del vuelo que los llevaría desde Nueva York hacia Los Ángeles, en Die Hard, esa película que veo casi religiosamente cada 24 de diciembre.

Estoy de pie, recargado en la pared este (¿oeste...?, ¿norte...?, ¿sur...?) del Auditorio Polivalente, me siento exhausto, son como las 11 de la mañana, es el tercer día del Congreso de la SOMIMS, un señor con saco y corbata se me acerca y me dice «Felicidades por tu plática, fuiste muy directo y claro» y me aprieta suavemente el brazo, luego me sonríe y vuelve a su asiento. El aire acondicionado está al máximo, ayer tuve que ponerme una frazada mientras escuchaba a otros conferencistas, se me tapó la nariz, soy muy friolento, acabo de salir a caminar por la Facultad de Medicina, por la mañana me parecía que era cualquier día entre semana, pero hace unos minutos todo estaba vacío, caía la tarde, me di cuenta de que era sábado, sólo tengo ganas de volver al hotel y tumbarme a dormir, estar en otra parte, me siento tan débil físicamente, estar en el congreso es como estar en una burbuja, ajeno a la realidad de cada día, viviendo el sueño que debería estar viviendo, el sueño que estaría viviendo si tuviera a un equipo de campaña apoyándome en una universidad (porque ¡vaya sorpresa! eso es más importante que tu trayectoria académica), he hablado con tantos colegas que no tienen por qué saber cómo estoy sobreviviendo, se me han acercado algunos estudiantes, como la chica que ayer se sentó frente a mí y que aprovechó un momento en el que le hacía una pregunta a una Dra. que hablaba sobre la incidencia de narcolepsia tipo 1 en México, y su micrófono dejó de funcionar. 

| «Aprovechando la pausa, Dr., quisiera decirle que vi su contenido en redes...»

«¿En serio...?»

«¡Me encantó...!»

«¡Qué bueno...! ¿Y asististe a mi plática...?» |

Estoy muriéndome de frío, no quiero enfermarme, quisiera estar en otra situación, si tuviera una plaza definitiva volvería a la CDMX con potenciales colaboraciones, probablemente comenzaría a planear que algunos de los estudiantes de mi grupo hicieran una estancia corta en la Universidad de Chicago o en el Sleep Research Center de la UCLA, pero a quién le importa, ya estoy perdiendo la fe en la academia, ésa es la única verdad, a veces pienso que debería enfocarme en escribir, que es una profesión igual de incierta que la academia (y ¡por supuesto!, también hay publicistas, gente que te vende “al Dostoeivski mexicano”, gente que sigue las estrategias de Joseph Goebbels y repite la misma mentira una y otra vez hasta que los lectores dan por hecho que están leyendo al “Dostoievksi mexicano”, que serían unos tontos si no lo leyeran y no estuvieran convencidos de que se trata del “Dostoievksi mexicano”), en fin, tal vez sólo estoy exhausto, ya pensaré con mayor claridad en un par de días, cuando vuelva a casa.