jueves, marzo 10, 2011

La gente te juzgará por tu apariencia



Faltaban pocos días para el partido de futbol americano entre los pumas de la UNAM y los burros del IPN. Debió de ser un jueves de septiembre o de octubre de 1995. 

Por la mañana habían circulado algunos rumores en los pasillos de la escuela: supuestamente se adelantaría “la quema del burro” y nadie se salvaría de los porros. Como en mi primer año en la prepa había escuchado los mismos rumores y había huido temprano a la casa para evitar “la novatada”–y como además ninguno de mis conocidos había sido rapado por nadie–, no les di importancia. 

Sin embargo, las cosas se pusieron extrañas alrededor del mediodía. Las clases fueron suspendidas y la directora de la prepa dio la orden de que la escuela fuera desalojada. 

Por la tarde habría un concierto de rock en Ciudad Universitaria y tenía planeado ir con algunos amigos, así que cuando desalojaron la escuela, me reuní con ellos. Había tanta gente frente a la puerta de la escuela que me costó trabajo encontrarlos. Éramos un montón de alumnos –¿más de cincuenta?– y uno que otro curioso.   

Cuando di con ellos, reparé en que todos nos veíamos andrajosos: casi todos traíamos pantalones de mezclilla raídos, playeras de grupos de rock y el cabello desaliñado. 

Veríamos a mi hermano en alguna estación del metro –él aún iba a la secundaria–, para llegar juntos al concierto. El concierto comenzaba como a las dos de la tarde y nos quedamos un rato afuera de la prepa. Tenía curiosidad por saber de qué se trataba “la quema” y creí que, debido a nuestra apariencia andrajosa, nadie se atrevería a entrometerse con nosotros. 

De repente pasó un camión de refrescos por la avenida. En un par de minutos, un grupo de sujetos, entre los que había estudiantes y algunas personas sospechosas, detuvieron el camión.
Un montón de gente se acercó al camión y comenzó a vaciarlo. Algunos estudiantes guardaban los refrescos en sus mochilas. 

Al poco rato, a lo lejos se escucharon las sirenas de algunas patrullas. 

Habíamos permanecido como espectadores y en ese momento decidimos que había sido suficiente y caminamos hacia el metro La Merced.  

Vimos cómo algunas patrullas llegaban a donde estaba detenido el camión de refrescos y también vimos cómo algunos policías detenían arbitrariamente a la gente que estaba cerca del camión. Apresuramos el paso.  

Íbamos por Zoquipa, casi a la altura de la Estación de Bomberos, a sólo una cuadra de la Avenida Fray Servando, cuando una patrulla nos alcanzó. Un par de obesos policías se bajaron de la patrulla. Uno de ellos nos obstruyó el paso. 

Sostenía una macana con una mano y la golpeaba sistemáticamente contra la otra mano, justo como lo hacen los policías en las películas mexicanas de bajo presupuesto. Su mirada era a la vez amenazante y burlona. 

Nos intimidó: 

“Ya se los cargó la chingada, pendejitos.”

Las palabras del policía surtieron efecto de inmediato. 

Aun cuando ninguno de nosotros había participado en el saqueo del camión –ni nos habíamos separado en ningún momento– y aun cuando era obvio que no teníamos pruebas que nos incriminaran, sus palabras me asustaron. El policía me hizo dudar de mí mismo y de los demás. Me sentí acorralado y temí que él y su compañero nos implantaran pruebas que les sirvieran para incriminarnos. 

Había visto muchas películas de bajo presupuesto. 

No hubo tiempo para pensar. 

Sólo uno de nosotros continuó caminando como si nada, pasó desapercibido y escapó. No recuerdo haber sabido alguna vez su nombre, pero era un sujeto flaco y de mi estatura. Antes de estos sucesos, yo creía que era “porro”. Quizá era tres años más grande que todos nosotros y sin duda tenía más experiencia que todos nosotros.

Mientras tanto, el otro policía, aprovechando la confusión, nos hizo subir a la patrulla. 
Nadie opuso resistencia. Me sentí como si todos hubiéramos aceptado nuestra culpabilidad, a pesar de que no ocultábamos nada. Tal vez lo peor que podía tener alguno de nosotros en su mochila era una cajetilla de cigarrillos.  

El policía de la macana condujo rápidamente hasta la Delegación Venustiano Carranza, mientras el otro tipo continuaba amedrentándonos. Su lenguaje altisonante me hizo sentirme en una de las películas de Alfonso Zayas y Luis de Alba. Parecía que no sabía hablar de otra forma. Se refería a nosotros como si fuéramos la escoria de la sociedad.

Circulamos por la avenida, como si fuéramos delincuentes, todos apretujados en el asiento trasero de la patrulla –éramos como cinco o seis–, detrás de la barra metálica que nos separaba de los asientos del piloto y del copiloto.

Vi a algunos conocidos de la escuela, caminar por la calle como si nada y los envidié. Pensé que mis papás habían tenido razón siempre: la gente te va a juzgar por tu apariencia.

Habían insistido hasta el cansancio en que me cortara el cabello y en que me vistiera mejor.



Cuando llegamos a la Delegación, ambos policías nos hicieron bajar de la patrulla sin desperdiciar la oportunidad de insultarnos con las vulgaridades que nacían de sus mentes vulgares. Nos hicieron caminar hasta el Ministerio Público. Allí, otros sujetos se burlaron de nosotros y nos ordenaron quitarnos los cinturones y las agujetas de nuestros zapatos. 

No habían transcurrido ni diez minutos desde que habíamos comenzado a caminar rumbo al metro La Merced y ya estábamos tras las rejas, compartiendo separo con otros delincuentes de verdad. Uno de ellos nos empezó a contar que lo habían detenido muchas veces por narcomenudeo. Otro nos dijo que estaba allí porque lo habían culpado de robo a mano armada. 

Un tipo de traje se acercó a las rejas desde afuera y nos dijo que estaríamos detenidos hasta que transcurrieran 48 ó 72 horas. Uno de nosotros, a quien apodábamos “El Chapulín” porque siempre llevaba una playera roja con un corazón amarillo en el pecho, ya había recordado sus clases de Derecho y ya nos había dicho que eso iba a pasar. Otro tipo de traje se carcajeó y nos dijo que esa misma tarde nos llevarían al Tutelar de Menores. 

Mientras todo esto ocurría, Mondragón –un compañero que conocía desde la secundaria y que quería ser abogado– salió de otro separo con su novia. Un hombre –tal vez su papá– había hablado con los sujetos de traje del Ministerio y había logrado que los dejaran ir. 

Mondragón se dio cuenta de que estábamos detenidos y nos miró y nos dijo:

“¡Nos vemos!”

Y se largó. 

Ni él ni el hombre que había logrado que los dejaran ir a él y a su novia, hicieron ningún intento por averiguar en qué condiciones nos encontrábamos. Simplemente se comportaron como si hubieran estado seguros de que éramos culpables. Simplemente deduje que nos habían estigmatizado y que nos habían culpado de algo que él y su novia, obviamente, no eran culpables. 

Nos conocíamos desde la secundaria, pero nunca hablamos más de cinco minutos consecutivos. Él y sus amigos jugaban basket. Él era muy intenso para jugar –incluso usaba protector bucal, como Charles Barkley– y se burlaba de sus rivales cuando les anotaba una canasta o cuando les tapaba algún tiro. 

Alguna vez jugamos futbol, juntos. A él no le gustaba el futbol y no sabía jugar futbol y lo pusimos en la portería. Le anotaron unos goles muy tontos. 

Cuando le interesaba alguna de las chicas de la escuela, actuaba como Brandon Walsh –seguramente entonces yo hacía un gran esfuerzo por parecerme a Dylan McKay– e imaginé que quizá las seducía diciéndoles que quería convertirse en abogado. Sin duda, éramos unos niños –teníamos como 12 ó 13 años– y, mientras él estaba influenciado por la NBA –Michael Jordan y los Toros de Chicago ganaban un torneo tras otro–, yo estaba influenciado por Beverly Hills 90210. 

Yo era un pésimo jugador de basket y aborrecía el basket. 
Alguna vez jugué en su equipo y perdí el balón con uno de los rivales. Mondragón me sacó de inmediato de la cancha. Toda la semana estuvo fastidiándome con el asunto. 

Una vez, el director nos llamó a él y a mí a su oficina. El director quería saber si en verdad necesitábamos una beca a la que teníamos derecho, debido a nuestras calificaciones. Mis papás me habían dicho que otros alumnos podían necesitar esa beca más que yo y me habían pedido que la rechazara. Mondragón le dijo al director que él sí la necesitaba, porque sus papás no tenían suficiente dinero.    

Era obvio que él no requería ningún apoyo económico. Sus papás tenían automóviles propios y él usaba los tennis más costosos de las estrellas de la NBA. Mientras él se marchaba del Ministerio, reflexioné en estas cosas y llegué a la conclusión de que desde la secundaria tenía vocación de abogado.
 
Solicité una llamada telefónica y me comuniqué con mi abuela –mis papás estaban en el trabajo y no sabía de memoria los números telefónicos de sus trabajos– y ella logró comunicarse con mi mamá y luego mi mamá se comunicó con mi papá y al cabo de una hora (o algo así), mis papás llegaron al Ministerio Público y nos sacaron a todos.

A otros compañeros de la prepa que eran excelentes estudiantes y que no se vestían como nosotros, no les fue tan bien y los trasladaron al Tutelar de Menores. 

Al cabo de un año, la directora de la prepa fue demandada por varios padres de familia y la expulsaron de la UNAM. Hubo varios rumores sobre su proceder. Había ingresado a la preparatoria como profesora de Educación Física y en un lapso de tres años ya se había convertido en directora. 
 
En el año de 1999, durante la huelga de la UNAM, cuando Mondragón y yo ya estábamos en la universidad, a alguien de la secundaria se le ocurrió hacer una fiesta y a mí se me ocurrió asistir. Fue la última vez nos vimos. Nos saludamos y hablamos poco. 

sábado, diciembre 25, 2010

Sin embargo, a mí sólo me gustaba Brenda


Brenda y Jenny eran amigas y siempre bailaban una canción de Vanilla Ice en los recesos de la secundaria. El rap era la música más popular y era difícil ignorar ese hecho, incluso mis compañeros de grupo -a quienes les gustaba más la salsa y la cumbia- escuchaban a Ace Of Base de vez cuando.

Había otras chicas bailando junto a Brenda y a Jenny, pero yo sólo las veía a ellas dos. Me impresionaba la forma en que se movían rítmicamente y hacían que todo lo demás -incluyendo el triste uniforme- pasara a segundo término. Se coordinaban a la perfección. Creo que hasta tenían una coreografía.


Usábamos un uniforme horrible que consistía de camisa blanca y pantalón y suéter cafés. Las chicas vestían una falda larguísima en lugar del pantalón, y tenían prohibido pintarse los labios y modificar el largo de la falda. A los hombres nos obligaban a traer el cabello lo más corto posible y teníamos prohibido jugar futbol soccer.



Jenny era una chica igual de popular que el rap. Todo mundo en la escuela sabía quién era ella, cuántos novios había tenido, quiénes eran sus pretendientes, cuáles eran sus aficiones, a dónde solía ir los fines de semana... Tenía su séquito de admiradores. Había algunos pervertidos que la espiaban desde el patio de la escuela cuando ella caminaba por los pasillos del segundo o tercer piso y aseguraban que Jenny usaba bragas de un color específico para cada día de la semana.

Ella sonreía frecuentemente, y no se parecía nada a la mayoría de las chicas de la secundaria. Algunas veces -sobre todo cuando bailaba y su cabellera lacia y rubia se movía de manera espectacular- hasta pensé que había nacido en Estados Unidos. No podía dejar de compararla con Sharon Stone.


Jenny era delgadísima, de tez blanca y rasgos finos. Su nariz respingada, sus pequeños labios y sus ojos marrones la hacían ver frágil, como una muñeca de porcelana a punto de romperse y que coqueteaba todo el tiempo. Sin embargo, a mí sólo me gustaba Brenda.

Brenda también sabía moverse muy bien, pero no era tan popular como Jenny con los chicos. Era morena y tenía sobrepeso. Su cabellera era castaña y ensortijada, y caía pesadamente por debajo de sus hombros, como una cascada de estambre. Sus ojos eran marrones y su nariz y sus labios eran un poco gruesos. Ella también sonreía, aunque con menor frecuencia que Jenny, y usaba brackets. No sé por qué, pero me enloquecían.


Una vez me acerqué a Brenda entre clases. Toqué uno de sus hombros con la mayor precaución, para no asustarla. Le dije mi nombre y que la había visto bailar varias veces. Ella sonrió y abrió la boca, como si estuviera a punto de decirme algo. Por unos segundos, me perdí en el reflejo de sus brackets. Definitivamente me volvían loco.

Brenda usaba un lápiz labial metálico y olía a durazno. Me puse nervioso, resoplé y me largué. Había pensado varios días qué cosas le diría cuando la tuviera frente a mí -incluso tenía un discurso-, pero cuando llegó el momento olvidé todo. Enmudecí.

Por la tarde, al volver a la casa, me puse a ver televisión. Brasil y Suecia jugaban en Pasadena una de las semifinales del mundial de futbol de Estados Unidos'94, y parecía que Suecia le anotaría a Brasil en cualquier momento, pero yo sólo pensaba en Brenda. Me sentía estúpido. A pesar de que era increíble haberme atrevido a hablar con ella, me había comportado como un idiota. Romario anotó un gol de último minuto y todo el fin de semana estuve pensando qué le diría a Brenda cuando volviera a verla en la escuela.


Pero jamás pude hacerlo, porque ese fin de semana Brenda murió en un accidente de motocicleta.

viernes, agosto 27, 2010

Lorena Herrera esperaba su Frapuccino



Este mes ha sido uno de los más estresantes que he vivido. Apenas el miércoles 28 de abril fue mi examen de candidatura*. Todo resultó mejor de lo que lo esperaba y lo aprobé en mi primera oportunidad. 

Además de estar en el posgrado y de tomar clases de posgrado y de leer artículos sobre mi proyecto de posgrado y de correr experimentos de mi proyecto de posgrado y de analizar los datos de mi proyecto de posgrado, doy clases de licenciatura en la Facultad de Psicología y asisto al menos dos veces por semana a los seminarios del grupo de investigación en el que estoy.

Durante este mes, también tuve varios ensayos para mi examen de candidatura en el laboratorio y con otros grupos académicos (UAM-Iztapalapa, Facultad de Psicología de la UNAM), y también tuve que dedicarle muchas horas a los inagotables trámites burocráticos que realicé para acordar una fecha de examen con todos los sinodales –me llevó varios días colectar sus firmas, porque no todos están en la Ciudad Universitaria ni en la Ciudad de México y tuve que desplazarme a sus sitios de trabajo, entre clases, seminarios y experimentos– y para apartar el auditorio Octavio Rivero Serrano. 

En los momentos más difíciles –cuando me apaleaban en alguno de los ensayos y acababa dándome cuenta de que no sé nada–, casi lo único que me mantenía con sobreviviendo era el mundial de futbol. Faltan menos de dos meses para que comience. Imaginaba que cuando acabara esta tortura, podría relajarme y disfrutar de una cerveza y de un cigarrillo mientras veía el debut de la Selección Nacional en Johannesburgo.  

Conforme la fecha del examen más se acercaba y conforme más ensayaba mi presentación –en estos exámenes los sinodales evalúan qué tanto sabes de tu proyecto y cuáles son los avances experimentales que tienes–, me sentía más ignorante y más ansioso. Sólo quería olvidarme de todos los demás compromisos que tengo y enfocarme exclusivamente en la preparación de mi examen de candidatura. 



Mi examen de candidatura fue al mediodía. 


Lo primero que hice ese día fue sentarme en el comedor y encender un cigarrillo.
Eran las cinco de la mañana. Mi esposa estaba en el funeral de su abuela y yo me sentía tenso y cansado. Toda la noche me la había pasado en vela, pensando en el examen. 
Además de todo, me sentía mal por mi esposa. Me sentía egoísta por no haberla acompañado al funeral. Ella es una gran mujer, quería mucho a su abuelita, y siempre ha estado conmigo en los buenos y en los malos momentos. 

Se suponía que me había quedado en el departamento para estudiar y para descansar, pero estaba tan estresado que la información que había estudiado a última hora ya no la había comprendido y tampoco había podido dormir. 

Mientras fumaba, pensaba que al menos todo estaba a punto de terminar. 

Se me ocurrió que los sinodales podían reprobarme y que entonces tendría que volver a prepararme para el siguiente año y volver a pasar por todo el estrés del último mes.

En ese caso, además, si reprobaba de nuevo, podrían expulsarme del posgrado. 

Empezaba a imaginar cuán estresado estaría en esa situación y empezaba a recordar algunos casos de alumnos que habían reprobado en su segunda oportunidad de candidatura y empezaba a sentirme más tenso, cuando me di cuenta de que ya me había acabado el cigarrillo. 



A principios de febrero, fue mi primer ensayo del examen de candidatura en el laboratorio. 
Expuse mi proyecto de investigación en el seminario de los lunes por la mañana. Aún faltaban dos meses para el examen y mi tutor estaba de excelente humor. Tanto él como mis compañeros más avanzados fueron condescendientes conmigo.

Ese día incluso suspendió el maratónico seminario de avances que tenemos todos los lunes –puede extenderse desde la hora de la comida hasta las ocho o nueve de la noche– y nos invitó a comer a todos sus estudiantes y a sus investigadoras asociadas. 

Nos llevó a un lugar que se llama El Rincón de La Lechuza.

Mientras llegaba la comida a la mesa, nos dijo que iba a ese lugar muy seguido cuando era estudiante de posgrado. También nos platicó algunas cosas chuscas que le pasaron en Estados Unidos cuando era posdoc. 

Se me ocurrió contarle que Eric Kandel me había preguntado algo trivial en mi primer congreso de la SfN en Chicago, y él me dijo que eso podría ser una señal para que me dedicara de lleno a las neurociencias. 


Fundación UNAM
La comida tardaba más de lo esperado y mi tutor continuó contándonos anécdotas. 

Nos dijo que cuando era posdoc tuvo muchos problemas para publicar y que estaba muy preocupado porque no estaba seguro de que lo quisieran contratar por un año más en el laboratorio donde hacía la estancia posdoctoral. 

Nos dijo que René Drucker, su tutor de posgrado, había ido a visitarlo algunas veces a Estados Unidos y que él estaba desconcertado porque, en lugar de darle consejos o de decirle cosas reconfortantes respecto a su futuro académico, sólo le pedía que lo invitara a comer a lugares costosos.  

(Cuando volvió del posdoc, obtuvo el laboratorio en el que realizo mi investigación doctoral y desde entonces ha titulado a una treintena de estudiantes de licenciatura y de posgrado y ha publicado más de cien artículos.)

Finalmente le aceptaron un paper cuando menos lo esperaba y quiso celebrarlo a lo grande.
Fue a un centro comercial a comprar algo para beber. Nunca le había gustado el vino chileno, pero quiso darle una segunda oportunidad. 

Mientras estaba frente a los estantes de vino y no se decidía por una botella de vino, pensó:


“Si Dios en verdad existe y en verdad quiere que yo tome vino, me dará una señal.”  

En ese momento se le acercó una edecán muy atractiva y le ofreció un vino español. Él lo
 probó y le gustó. (No lo dijo, pero tal vez en ese momento creyó en Dios. Suele decir que uno sólo cree en Dios cuando está en las trincheras.)

Luego nos contó de algunos posdocs que conoció.  

Nos habló de un japonés que se puso muy mal en una cena de Navidad, después de darle un sorbo a un vaso que nadie le había dicho que contenía cerveza. 

Nos habló de un croata que le había hablado maravillas de la carne de búfalo y que lo invitó en alguna ocasión a comer hamburguesas de carne de búfalo. 

Apenas llegaron al lugar donde las vendían y se bajaron del automóvil, el croata le dijo que no era necesario que los dos fueran a hacer el pedido, que él solo entraría a hacer el pedido y que lo esperara en el auto con su esposa. Luego le preguntó si podía prestarle unos dólares para pagar las hamburguesas porque no llevaba efectivo. 

Mi tutor accedió y el croata se metió al restaurante.
En eso, la esposa del croata se bajó del automóvil y le preguntó a mi tutor qué había pasado.
Mi tutor le dijo lo que había pasado y la esposa se alarmó y le dijo que su esposo tenía problemas de adicción a las apuestas y que probablemente se había ido al casino. 

Los dos se metieron al restaurante a buscar al croata y no lo encontraron. 
Mi tutor se quedó con las ganas de probar la carne de búfalo y el croata nunca volvió ni al restaurante ni a su casa.  

En ese momento llegó la comida. 
Mi tutor jamás ha vuelto a contar anécdotas de esta clase. 



Conforme se acercaba la fecha de mi examen de candidatura y yo continuaba exponiendo mi proyecto de investigación en los seminarios de los lunes en el laboratorio, las preguntas –y el humor de mi tutor– se fueron haciendo más difíciles.

Hubo un periodo en el que exponía al menos una vez a la semana. Ya estaba harto.
Salía de esas presentaciones sintiéndome más ignorante, estúpido e inseguro. 

Cuando iba a otros grupos académicos, el resultado era el mismo. 


Una vez en la UAM Iztapalapa, una posdoc me hizo una pregunta en la que yo nunca había reparado. La pregunta era tan elemental que me hizo sentir bobo. Nunca se me había ocurrido. 

Si todo esto no era suficientemente estresante, un día antes del examen tuve que darme tiempo para comprar bocadillos y bebidas para los sinodales. 

Saliendo del laboratorio, tuve que ir a Universum por una última firma de Drucker.
También aproveché para dejarle un recordatorio del examen –es un hombre tan ocupado que nunca pude verlo personalmente, en ninguno de los trámites burocráticos que tuve que realizar–, pues fue el presidente de mi examen de candidatura y su presencia era indispensable.

De regreso a la casa, tuve que tomar el Metro Universidad y estuvo detenido como media hora. 
Después tuve que pasar a algunas tiendas más o menos excéntricas a comprar los bocadillos y las bebidas y tuve que llevármelas en transporte público y procurar que no se dañaran. 

Cuando llegué a la casa, guardé en el refrigerador todo lo que había comprado y traté de ponerme a estudiar, pero mi cabeza no daba para más. 


Tomada del muro de Facebook de Miryam Domínguez

Después de fumarme ese cigarrillo en ayunas, me metí a bañar. 

Me vi en el espejo. Estaba muy demacrado. Parecía que iba al paredón de fusilamiento y que no había dormido en varios días. 

Desayuné automáticamente. Ni siquiera recuerdo qué desayuné. 

Volví a fumarme otro cigarrillo y salí del departamento rumbo a la Facultad de Medicina, cargando mi mochila con mi laptop y todos los bocadillos y bebidas que había comprado para los sinodales de mi examen de candidatura.

Sólo deseaba que el asunto terminara de una buena vez.

Llegué al laboratorio una media hora antes del examen y de inmediato comencé a prepararlo todo: laptop, proyector, cables, señalador, pluma, actas de examen, café, bocadillos, agua...

Hice como diez viajes del laboratorio al auditorio Octavio Rivero Serrano, y viceversa. 

Todos los sinodales llegaron al mediodía, excepto René Drucker, que era el presidente.

Apenas llegó Drucker, todos guardaron silencio y comenzó el examen. 



Estaba muy nervioso.
No quería reprobar.

No dejaba de pensar que, si reprobaba el examen de candidatura, no sólo tendría que prepararme para el año siguiente y que pasaría otra vez por todo el estrés que había vivido en los últimos meses, sino que, además, podrían expulsarme del posgrado. 

(Durante todo el tiempo que me preparé para el examen, jamás consideré que mi primera oportunidad fuera una oportunidad de ensayo para reprobarlo.)

Mientras los sinodales se acomodaban en las butacas del auditorio Octavio Rivero Serrano, me acordé de la situación que había vivido uno de mis compañeros del laboratorio. 

Él había reprobado recientemente su examen de candidatura en su primera oportunidad y sólo le quedaba una última oportunidad para aprobarlo. Yo no quería estar en su lugar. 

¿Cómo sería el estrés que estaría viviendo en esa situación hipotética, si apenas había podido lidiar durante un mes con el examen...?, ¿cómo lidiaría con mi última oportunidad...?

Además, ¿cómo lo tomaría nuestro tutor...? ¿En qué clase de infierno podría convertirse el laboratorio...?

Comenzó el examen. Casi desde el principio de mi exposición, los sinodales me interrumpieron para cuestionarme. 

La mayoría quedó satisfecha con mis respuestas y con los datos que había generado hasta entonces –tenía dos años en el posgrado, pero ya tenía dos publicaciones como colaborador y suficientes datos para comenzar a escribir un manuscrito como primer autor–, pero algunos de ellos comenzaron a hacerme preguntas extrañas.

René Drucker les pidió que no se pasaran de listos. 

En fin, aprobé el examen de candidatura y descansé. 

Después de recabar las firmas de los sinodales y de recoger los víveres que les había comprado, volví al laboratorio a darle la noticia a mi tutor. 

Él me dijo que estaba seguro que yo iba a aprobar y me felicitó. 
Me dijo que él sabía en quién confiar. 

Le pedí que me dejara irme a mi casa –a algunos compañeros, si querían, les había dado la oportunidad de ausentarse del laboratorio toda una semana, con tal de que aprobaran el examen–, y me dijo que estaba bien.

Cuando llegué al departamento, me quedé dormido y desperté hasta la noche. 

Tomada de Foursquare

Unos días más tarde, mi tutor me invitó a almorzar al Starbucks de Miguel Ángel de Quevedo. 

En el camino, mientras él conducía su automóvil, trataba de convencerme de hacer una estancia en algún laboratorio de Estados Unidos –el problema principal era que yo pensaba que no me alcanzaría el dinero para mantenerme allá y para además pagar la renta del departamento en el que vivía y cubrir los gastos de aquí– y ocasionalmente me preguntaba cosas de mi familia. 

Se comportó amablemente y me hizo sentir casi como su colega.

Me costó trabajo asimilar que era el mismo investigador estricto que enfurecía cuando alguno de los compañeros del laboratorio no tenía datos que mostrar en los seminarios de avances, o cuando, por las mañanas, sólo estábamos dos o tres personas en el laboratorio.

Me agradó que se tomara ese tiempo para hablar conmigo en un ambiente no académico. 

Cuando llegamos al Starbucks –fue la primera vez que puse un pie en un Starbucks–, vimos a Lorena Herrera ordenar un Frapuccino. 

Era imposible no mirarla. 
Llevaba leggins, un top y zapatillas deportivas.
A pesar de que una ballerina sujetaba y alborotaba su cabellera teñida de rubio, tenía un peinado que parecía de salón de belleza.

Mi tutor y yo nos miramos durante algunos segundos, sin decir nada, mientras ella ordenaba. 
Creo que él no sabía quién era Lorena Herrera.

Luego nos sentamos en una mesa y él me contó muchas cosas de su vida como estudiante y como posdoc en Estados Unidos. 

Yo quería prestarle toda mi atención, pero estaba en otro lugar. 

Durante varias semanas había anhelado tanto que pasara el estrés del examen de candidatura que en ese momento no quería pensar en mi futuro académico; sólo quería disfrutar haber aprobado el examen y beberme unas cervezas y fumar y escribir y esperar la llegada del mundial de Sudáfrica.

Ahora he reflexionado sobre varias cosas. 

¿Sólo rindo al máximo, cuando estoy estresado?
¿Estoy dispuesto a sacrificar, poco a poco, todas las pequeñas cosas que siempre me han gustado y que no tienen ninguna relación con la academia, a cambio de ser científico, dedicarme de lleno a ello y quizá nunca obtener el reconocimiento que me gustaría?
¿En realidad soy listo, o sólo le he hecho creer a la gente que lo soy?
¿En realidad tengo vocación para la ciencia?

No me gustaría ser científico de medio tiempo, pero tampoco he sido feliz cuando he tenido que abandonar por completo las actividades no académicas que siempre he disfrutado, para involucrarme de lleno en mi proyecto de investigación. 

Todos los días tengo presente el encuentro con Eric Kandel.

El Universal
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*¡No vas a creerlo, pero tener un Doctorado (que sea PNPC) no sólo debes tomar clases, hacer tareas y exámenes, como en la escuelita! Tampoco vas a creerlo, pero, para que te den una beca, ¡no sólo tienes que solicitarla y ya!

jueves, mayo 20, 2010

Pude ser futbolista profesional




Escuchábamos Blue Boy, mientras el Jetta circulaba por Fray Servando y Teresa de Mier. Íbamos a La Faena otra vez, porque Nos Llamamos y The Primos tocarían allí. Mi hermano conducía y creo que yo iba en el asiento del copiloto. Como nadie decía nada de la canción, él dijo que alguien le había comentado que la cantante de The Primos era como Björk pero Región 4. Era la única referencia que teníamos de ellos y parecía un poco irónica. 


Yo conocía más o menos al baterista de esa banda, porque teníamos un amigo en común. Una vez, los tres tomamos una clase de teatro en la preparatoria. Teníamos que actuar en una adaptación de La Iliada. Yamil escogió su personaje y después de leer una parte del diálogo que le correspondía, dijo que Shakespeare estaba muy cabrón. No entendí si quiso ser sarcástico, o si realmente pensaba eso.


Llegamos a Eje Central y allí dimos la vuelta. Hacía mucho calor y comenzó a llover. Antes de que pudiéramos tomar Venustiano Carranza, la lluvia arreció y la humedad dentro del Jetta se volvió sofocante. Sin ninguna razón aparente, recordé cuando jugaba futbol al mediodía casi todos los sábados. Al principio, jugaba en una cancha de asfalto y no podía quedarme en un solo sitio porque sentía que las plantas de mis pies comenzaban a hervir. Una vez alguien consiguió un partido en una cancha de pasto. Creí que sería como jugar en una alfombra, pero me equivoqué. Antes de que empezáramos a jugar, alguien se puso a regar el césped. Cuando empezó el partido, la humedad era sofocante, como en el Jetta. 

Tenía 10 años, y era el portero de ese equipo. Me gustaba jugar de portero principalmente porque me habían regalado unos guantes de portero Uhlsport. Eran de la marca que usaban  porteros como Preud'homme y Walter Zenga. 



Esos guantes me parecían fascinantes. El dorso era de piel, pintada de blanco, y tenía una medialuna bordada en azul y rosa. La palma de los guantes era azul cielo y estaba hecha con un plástico texturizado. Tenían un pequeño cinturón alrededor de la muñeca que se ajustaba con velcro. Algunos porteros profesionales solían usar ese cinturón para poner sus nombres. 
Los guantes desprendían un aroma excitante, como a juguete nuevo, y eran muy cómodos.

En el futbol, casi nadie quiere ser portero, a menos que juegues en una cancha de pasto, o a menos que puedas usar unos guantes Uhlsport. Muchas veces mis compañeros equipo querían ser porteros por esa razón. Cuánto los odiaba cuando se portaban así. 



Llegamos a La Faena, dejó de sonar la canción y, de repente, me sentí ridículo por andar pensando en mi adolescencia, cuando jugaba futbol y consideraba la posibilidad de convertirme en un futbolista profesional. Era un buen portero.

miércoles, mayo 05, 2010

El sangrado de Twinkle




En Discovery Channel pasaron un programa acerca de una chica que sangraba sin razón aparente. Buchanan -supuestamente un médico tradicional con una gran reputación- estaba convencido de que la chica padecía el síndrome de Münchausen. 

Dwivedi -otro médico con una gran reputación, pero abierto a emplear métodos alternativos- fue más práctico y decidió que ella sufría el sangrado de Twinkle. 

Así se apellidaba la chica.

Lo que más llamó mi atención no fue la rareza de la enfermedad, sino la forma en que ambos médicos le buscaban una explicación y descartaban posibles causas. 

En los comerciales no pude dejar de pensar en los fanáticos religiosos que creen en leyendas escritas hace más de 1, 000 años en arameo, latín y griego, y que ni siquiera saben que originalmente la palabra "demonio" se usaba para nombrar al "conocimiento". 

No pude dejar de pensar en las personas que prefieren orar en vez de buscar ayuda de un especialista de la salud; en las personas que esperan que orando se solucionen todos sus problemas y que consideran a la ciencia una cosa del demonio. 

Generalmente culpan a otros de sus fracasos -necesitan que alguien les diga qué es lo correcto o incorrecto- y agradecen a Dios todo lo bueno que les ocurre. No parecen capaces de asociar las consecuencias con sus propios actos. 


Al volver de los comerciales, Buchanan escudriñó la frente de Twinkle en busca de cicatrices ocultas a simple vista. Dwivedi sopesó la posibilidad de que el sangrado fuera el resultado de un condicionamiento clásico. Él pensaba que el sangrado podía ser evocado por la presencia de la madre de la chica y que la madre podía estar asociada a algún evento que por sí sólo hubiera hecho sangrar a Twinkle.

Aparecen otros comerciales y ahora no puedo dejar de pensar en lo horrible que debe de ser ponerse a sangrar y no poder controlarlo -se me ocurre que puede ser como vomitar-, y ya quiero saber en qué termina todo.

Antes de que acaben los comerciales, llegan unos conocidos de visita al departamento.

Uno de ellos me pregunta qué veo en la televisión y le explico. Me dice que ya vio el programa y que sin duda el sangrado de Twinkle es una milagro de Dios.