sábado, septiembre 10, 2011

Ese disco pudo cambiar tu vida totalmente



Vuelves a tu casa, excesivamente cansado. Abres la puerta del edificio mecánicamente, cierras la puerta por dentro, y subes las escaleras. Cinco pisos hasta tu departamento. Los pies te punzan como una herida abierta. Necesitas descansar. 
Al entrar en tu departamento y cerrar la puerta por dentro, te dejas caer en un sillón. Mientras enciendes un cigarrillo, piensas en lo que pudo ser. 
Te levantas del sillón, con el cigarrillo en los labios, y pones un disco que un día como hoy, pero hace 20 años, salió a la venta. 
Vuelves a tomar asiento en el sillón, y cierras los párpados. Escuchas y piensas que ese disco pudo cambiar totalmente tu vida, si lo hubieras escuchado entonces, hace 20 años. Mientras tanto, piensas que podrías haber tocado la guitarra y que incluso habrías podido formar una banda de rock. Ahora mismo quién sabe, tal vez serías músico.

sábado, agosto 27, 2011

Nunca me ha gustado bailar, pero una vez fui chambelán



Desde niño, supe que no me gustaba bailar. Veía los videos de Michael Jackson y me impresionaba su manera de bailar, pero desde un principio supe que esa actividad no era para mí. Odiaba participar en los bailables de la primaria, pero no tenía otra opción. Aunque resultaba evidente que no tenía talento para el baile, cada vez que había algún festival en la escuela, mis maestras insistían en hacerme participar. Lo único que me emocionaba del asunto era que me pusieran de pareja con alguna de las niñas que me gustaba, pero nunca tuve suerte.


Cuando cumplí 14 años, sólo escuchaba garage punk y trataba de tocar la guitarra. Todavía salía algunas veces a pasear con mis papás, y no hacía nada extraordinario. Tampoco traía el cabello demasiado largo, ni me la pasaba comportándome como un rebelde, pero era obvio que seguía odiando bailar. Jamás bailaba con nadie en las fiestas familiares ni salía con nadie a bailar por las noches a ningún sitio. Sin embargo, tenía una prima de la misma edad que yo y que era todo lo opuesto a mí. Ella estaba enloquecida por la idea de tener una fiesta de XV años.


Mi mamá me pidió que fuera el chambelán de mi prima y se sorprendió porque me rehusé a hacerlo. No sólo odiaba bailar, sino que una fiesta de XV años me parecía de lo más patético. A pesar de todo, una tarde aparecieron en la casa mi abuelo, mi prima y otros muchachos, listos para comenzar a ensayar el vals. Le pregunté a mi mamá qué diablos estaba ocurriendo y por qué me obligaba a hacer algo que no quería hacer, pero subestimó mi opinión. Mi abuelo incluso me pidió que me cortara el cabello.

Fueron unas semanas tediosas y largas que detesté por completo. Todos llegaban a la casa a ensayar a la misma hora y yo sólo me ponía de mal humor, a hacer algo que no quería hacer y a tratar de entender por qué mi mamá no había respetado mi decisión de no ser chambelán. Lo más ridículo de todo era que con frecuencia me llamaban la atención porque no podía bailar bien.


Finalmente llegó el día más esperado para la quinceañera. Ella se veía radiante, como si toda su vida hubiera esperado ese momento. Yo tuve que peinarme, ponerme un smoking y unos horribles zapatos de señor. Me sentía un farsante. ¿Cómo alguien que escuchaba garage punk y que toda su vida había aborrecido bailar, podía terminar siendo un chambelán, en algo de lo más convencional?

Quería ponerme una máscara para que nadie me reconociera. Cerré los párpados, suspiré profundamente, y el espectáculo comenzó.


Cuando la pesadilla parecía haber terminado, los invitados pidieron que volviéramos a bailar. Cerré los párpados otra vez y repetí la rutina por segunda ocasión.

Para empeorar la situación, había varios fotógrafos, e incluso alguien que filmaba cada detalle del vals, así que todo ese espectáculo quedaría registrado. Por fortuna, mi prima tuvo un instante de lucidez al cumplir la mayoría de edad, el asunto le pareció de lo más patético, y destruyó todo vestigio de su fiesta de XV años.

Hasta la fecha, sigo sin entender por qué me obligaron a ser un chambelán.
Ya no soy un adolescente y sin embargo sigo sin tener ganas de bailar.

miércoles, agosto 24, 2011

Tienes que dejar de escuchar música punk






Apenas eran las cuatro de la tarde, pero ya había hecho todas las cosas que me gustaba hacer cuando ella no estaba en casa. Afuera llovía y la música sonaba a todo volumen en el departamento. Comencé a escuchar un zumbido. Aunque me sentía fatigado y tenía mucho sueño, encendí un cigarrillo y me senté junto a la ventana. Sentí náuseas.

A través de la ventana, vi a algunos carros patinar en el asfalto y a algunas personas que corrían para refugiarse de la lluvia. La música continuaba sonando muy fuerte en el departamento. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, y me puse sombrío. 

"He escuchado demasiada música punk", pensé. Apagué el cigarrillo en un cenicero atestado de colillas y fui a orinar, tambaleándome. Era mi último día de vacaciones y no había comido nada, pero ya me había bebido casi cuatro litros de alcohol. 

Al volver a la sala, encendí otro cigarrillo. Después me asomé por la ventana de nuevo. La lluvia había amainado. Abrí la ventana, y tomé aire. Me sentí estúpidamente ebrio, apagué la música de inmediato y corrí al baño. El zumbido no cesaba en mis oídos. 

Me arrodillé junto al water y sentí en la garganta una ráfaga caliente de ácidos gástricos. Procuré vomitar, pero no pude. 

Ella llegó a la casa justo cuando yo empezaba a hiperventilar. 

viernes, julio 22, 2011

Todas las cosas que te escribo


Ardes como una hoguera, sentada junto a mí

El reflejo de la pantalla alumbra tu rostro 
Tus ojos sedientos de luz me queman y me hipnotizan
Tu lápiz labial resplandece como una puerta cósmica

Pierce Brosnan desciende a un volcán peligroso
Mis ojos sólo quieren estrellarse en el interior de tus pupilas 
Mi corazón late con tanta fuerza que parece una bomba 

He pensado que tu boca es un túnel de infinito placer 
Y que las profundidades de tus labios son como el mar

He soñado que tú explotas cuando recorro tu piel 
Y que los pliegues de tus manos son un mapa celestial 

Ardes como una hoguera, sentada junto a mí

Resplandeces brevemente como un relámpago 
Tu cabellera es un río que cae a través de tus hombros
Tu sonrisa es una cascada que ilumina mi corazón 

Si fingiera un accidente y tocara una de tus manos
Te diría que me interesas y me dirías que tienes novio
Te diría todas estas cosas y me romperías el corazón 

He pensado que eres la cura de este aburrimiento
Y que la adolescencia sería más soportable contigo 

He soñado que en ocasiones yo también te intereso 
Y que te leo en voz alta todas las cosas que te escribo 

Lunes 28 de abril, 1997

lunes, julio 11, 2011

Albert Einstein tenía un cerebro defectuoso


Había otros de pie junto a la puerta, conmigo. 
Casi todos ellos llevaban botellas de vodka, de tequila o de vino. 
Yo sólo llevaba un six de León. 

"¡Pasen, pasen! ¡Qué gusto que hayan venido!", dijo Gustavo, al abrirnos la puerta. 

Se veía ebrio y feliz. Tenía los ojos rojos y el rostro sonrosado. 

Era su cumpleaños veintitantos. 

Él estudiaba Física en el TEC, pero también escribía poesía. 
Nos habíamos conocido hacía unos meses en un taller de Creación Literaria en El Centro Cultural La Pirámide. 
Su poeta favorito era Xavier Villaurrutia. 

También tenía una fijación con Albert Einstein. 

En algunas ocasiones, sobre todo si estábamos ebrios, Gustavo me había hablado de la teoría de la relatividad y siempre lo había hecho con una pasión desbordante. 

Nos dimos un abrazo y le ofrecí el six. 

"Estás en tu casa... Sírvete lo que quieras...", me dijo apresuradamente, ya dentro de la casa, y se llevó las cervezas a la cocina. 


Iban a dar las seis de la tarde, pero, como Gustavo ya estaba borracho, pensé que seguramente ya estaba hablándole a otros acerca de la teoría de la relatividad. 

Tomé asiento en la sala, junto a una mujer que estaba sola. 

Me presenté. 


"Hola, me llamo Angélica", respondió y me dio un beso en la mejilla. 
Ella olía delicioso, a una mezcla de perfume caro y campos de lavanda. 
Era de aspecto caucásico y hablaba como estudiante de universidad privada. 

"¿Qué estás tomando?", le pregunté. 
Sólo bebía agua, así que me ofrecí a servirle otra cosa.

"Vodka estaría genial", me dijo. 

Me levanté del asiento y caminé hacia la cocina en busca de vodka. 

En la cocina, algunos amigos de Gustavo veían un partido de futbol por televisión. 
Jugaban Cruz Azul y Dorados en El Estadio Azul.  
Ellos estaban sentados alrededor de una pequeña mesa en la que había un montón de botellas, de vasos de plástico y de bolsas de papas. 

En esa clase de reuniones lo que menos importaba era la comida real. 

Tomé un par de vasos y una botella de Absolut y escancié el alcohol en los vasos.  


Regresé a la sala, volví a sentarme junto a Angélica y le alcancé uno de los vasos con vodka.
El otro me lo quedé yo. 

Ella me dio las gracias y empezamos a hablar de literatura. 

En un momento, ella recitó de memoria un poema de Georg Trakl.
Hablaba sobre mitología y desamor. 

Guardé silencio y Angélica me contó que ese poeta austriaco también había sido farmaceútico y que se había suicidado con una sobredosis de cocaína.

Mientras más bebía, se ponía más parlanchina y me parecía más atractiva. 

Le conté que el poeta expresionista que más me gustaba era Ernst Richard Maria Stadler y se interesó en escuchar por qué. 

Noté que estaba más ebrio de lo que había imaginado cuando intenté explicarle. 


En algún momento, nos quejábamos de Pablo Neruda y de Jaime Sabines y nos encontrábamos hablando de El Aleph y de Albert Einstein.

Angélica no me creyó que un grupo de investigadores había estudiado la anatomía del cerebro de Albert Einstein y que había descubierto que carecía del opérculo parietal. 

Iba a hablarle más al respecto, pero sorpresivamente me tomó una de las manos y me dijo que yo le gustaba. 

Tragué saliva y me quedé mudo. Mi corazón latía deprisa.

Estaba tan ebrio que me costó mucho trabajo sostenerle la mirada. 
Bajé la cabeza y entonces me di cuenta que Angélica traía puesta una blusa escotada.
Tuve que forzarme a cerrar los párpados para dejar de mirarle los pechos. 

Ella me apretó la mano y repitió lo que me había dicho y entonces abrí los párpados y sólo se me ocurrió decirle que era recíproco. 

Me sentí como un idiota por no haberle dicho simplemente que ella también me gustaba, en lugar de haber usado la palabra "recíproco", pero ella estaba tan ebria como yo y sólo sonrió. 


Acercó su rostro hacia el mío y murmuró

"Tal vez deberíamos besarnos"

y justo en ese momento tuve deseos de devolver el estómago.

Me levanté, inmediatamente. 
Había olvidado que el vodka siempre me caía muy mal. 

Llegué al baño, trastabillando y apoyándome en las paredes de la casa. 
Afortunadamente, el baño estaba desocupado. 
Muchas veces había pasado minutos terribles, esperando a que la gente saliera del baño de cualquier casa para que yo pudiera meterme y vomitar. 
Algunas veces me había sentido tan mal que incluso había tenido que meterme al baño sin esperar a que la gente lo desocupara. 

Cuando me repuse, volví a la sala y me senté en el mismo sitio de antes.

Eché un vistazo alrededor. 

La gente seguía llegando con botellas de alcohol a la casa. 
Los amigos de Gustavo continuaban en la cocina y gritaban. 
Aparentemente acababa de anotar un gol el "chelito" Delgado.
Gustavo hablaba sobre la teoría de la relatividad en el comedor.

("Einstein esto, Einstein lo otro", decía apasionadamente.)

No había rastro de Angélica. Simplemente había desaparecido.