Estaba despierto desde las 3 ó 4 de la mañana, había sido una de esas madrugadas en las que una pesadilla había terminado con todos mis sueños. A diferencia de otras madrugadas, en lugar de quedarme en la cama, cerrar los párpados y forzarme a volverme a dormir, me levanté de la cama y me serví un té y regresé a la cama, pero no me volví a dormir. Encendí el teléfono y de pronto me vi atrapado en la vorágine de las noticias del macabro homenaje del 19 de septiembre de 1985. Toda esa información, todas esas fotografías de edificios en ruinas, todos esos testimonios de sobrevivientes, todos esos videos y reportajes de los periodistas de la época, me hicieron recordar muchas cosas en las que no había pensado en más de 30 años. Entonces, cuando, a las 11 de la mañana, sonó la alerta sísmica, por un momento, perdí la noción del tiempo y de la realidad. Aunque la alerta sísmica no existía en septiembre de 1985 y yo apenas tenía 4 años, el sonido –wah, wah, wah–, me sobresaltó. Y me quedé en shock durante algunos segundos.
Cuando me repuse, salí del cubículo. Estaba trabajando en una solicitud para concursar por financiamiento en el CONACyT, habían actualizado el sistema y la plataforma era muy poco amigable. Ya tenía dos semanas cargando documentos y justificando recursos y recabando firmas. También, para distraerme de la parte burocrática de la convocatoria, leía a rato un paper incomprensible –de esos papers que son 80% tecnicismos y estadística– de restricción de sueño y aprendizaje en moluscos.
Seguí el protocolo del macrosimulacro. Sólo caminé unos cuantos metros desde mi lugar hasta la zona de seguridad, que estaba entre las escaleras y los baños del tercer piso del edificio S. En unos cuantos minutos, nos reunimos allí seis o siete personas. La mayoría eran administrativos y estudiantes. En el Departamento de Biología habíamos dos o tres posdocs, pero en ese momento yo era el único en la zona de seguridad. Ser un posdoc era una condición singular, como estar en el limbo: no eras estudiante –aunque algunos jefes de los otros posdocs llamaran estudiantes a sus posdocs– y tampoco eras investigador principal. Y, sin embargo, administrativos y estudiantes de pregrado, a veces, te veían como si fueras un estudiante más que no había hecho nada en su vida más que estudiar, o, peor aún, un técnico académico que debía resolverles sus problemas, incluyendo el aseo y la alimentación de sus animales experimentales. Estaba desvelado, predispuesto a que ocurriera una tragedia, y todo eso me hizo sentir fuera de sitio, que yo no pertenecía a ese lugar.
Ya no quería sentirme encerrado en mi propio mundo, así que me acerqué a un par de estudiantes, a una chica de licenciatura y a una chica que de doctorado, para platicar con ellas. Estaban en sus propios negocios, y lo que les dije les importó un carajo. Ni siquiera intentaron disimularlo. La sensación que tenía –que estaba fuera de sitio– aumentó. No pude evitar ponerme a pensar en que algunos estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos; si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer... Esperé a que terminara el macrosimulacro, a que la representante de la Comisión de Seguridad nos diera instrucciones, mientras me maldecía mentalmente por intentar ser alguien que no soy: por ponerme a platicar con personas que no me importan.
Salí del cubículo lo más rápido que pude, quería llegar a la zona de seguridad que no quedaba a más de diez metros, pero la sacudida del edificio era tan fuerte que no pude dar más de dos o tres pasos. Todas las cosas que tenía presentes desde las cuatro de la mañana, por haber estado leyendo noticias sobre el terremoto de 1985, me pasaron por la cabeza. Parecía absurdo, parecía irreal, parecía una pesadilla. ¿Quién habría imaginado que temblaría justamente ese día, cuando se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justamente unos minutos después del macrosimulacro que había servido para concientizar a la gente sobre ese terremoto...?
Los gritos continuaban, por ahí alguien rezaba en voz baja, el sonido de la alerta sísmica continuaba, y todos estos sonidos eran aterradores, pero no tan aterradores como el sonido que hacían las tuberías y las varillas del edificio. Hubo una sacudida más violenta que las anteriores, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales. Creí que ese era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, que esas eran las señales del principio del fin, como en los documentales sobre terremotos en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó.
Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a verme a la universidad, a la hora de la comida, y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Roma. Vivíamos en el quinto piso de un edificio de departamentos, a veinte minutos de la universidad.




