miércoles, noviembre 29, 2023

Subterranean Homesick Alien (Instrumental) | Molotov Cocktail Piano

Tengo los pies fríos, la cabeza me duele, es como si estuviera sumergido en una tina con hielo, y al mismo tiempo mis globos oculares son una pelota ardiente, y mi garganta es un túnel incendiándose, y tengo varios kilos de ropa encima, y apenas puedo moverme, y todo me duele; siento que mis extremidades inferiores y superiores son ligas estiradas al máximo, como me imagino que se siente pisar una bomba en un camino minado y volar en pedacitos de vísceras y de dolor, en los confines de un campo de exterminio..., y mis coyunturas son cables de alta tensión que en cualquier momento harán corto circuito, en la tempestad de mis pensamientos febriles. 

Tengo el cuerpo cortado, apenas puedo respirar, soy un animal que agoniza, soy una rata de laboratorio que va volviendo a la realidad, que nunca quedó totalmente inconsciente porque el pasante de licenciatura no sólo no le administró bien la dosis letal de pentobarbital, sino porque no la decapitó bien; soy esa pobre rata de laboratorio que jadea y que agoniza en la mesa de disección, con la mitad del cerebro cercenada, y que pide clemencia, que resuella, que lanza sus estertores y que le suplica al pasante de licenciatura que acabe ya con el sufrimiento; soy ese individuo al que un alcohólico con psicosis de Korsakoff le ha abierto la garganta de par en par, en un callejón oscuro; soy ese individuo que se desvanece poco a poco y que se despide de este mundo y que está ahogándose con su propia sangre. 

Apenas puedo moverme con tanta ropa encima, y toso y estornudo, y moqueo y escupo, y sorbo mis mocos y me trago mis flemas, y mis pulmones suenan a estertor, a resuello, a jadeo, a agonía..., y me duele mucho la cabeza, pero no tengo fiebre, lo que sí tengo son casi 140 h en abstinencia de nicotina y casi 6 días enfermo, y durante estos casi 6 días no sólo no he fumado, sino que me he tomado los medicamentos que me recetaron, pero cada día me siento peor. 

¿Es éste el fin? 

Puse “Subterranean Homesick Alien” cuando comencé a escribir estas líneas, después de darme dos o tres disparos de Afrin Lub, y primero sonó la versión original de OK Computer y ahora escucho una interpretación en piano de esa canción, una interpretación de una banda que no conozco, y creo que he escuchado cien veces, cien interpretaciones, de la misma canción, todas y ninguna suenan igual, y el ataque de tos es ya inminente, y la vorágine de flemas que ascienden desde mis pulmones hasta mi esófago son ya inminentes, y un breve episodio de ansiedad, provocado por un breve episodio de asfixia, es ya inminente..., y un calambre letal, que es un escalofrío como esos incontrolables latigazos que preceden al vómito, me recorre toda la piel: desde la punta de los dedos de mis pies fríos, hasta mi cabello más largo..., y sé que todo estará peor mañana, aunque me diga a mí mismo que no puedo ponerme peor. 

Ni siquiera me siento libre dentro de mi propio cuerpo, me siento físicamente esclavizado a los kilos de ropa que traigo encima –los kilos de ropa son cadenas que me atan a la cama, y la cama es la plancha de un quirófano o un lecho de muerte de piedra–, y tanta ropa (y tantas cadenas) me impiden moverme y acostarme y sentirme un poco cómodo (nada más durante unos cuantos segundos, ¡por favor!), y no quiero estallar, no quiero encabronarme, no quiero resistirme a toser y no quiero resistirme a levantarme de la cama para orinar, y no quiero reparar en el amargo sabor a medicamentos que tengo en el paladar, y no quiero ponerme nostálgico, pero ¡cuánto añoro la primavera y el verano!, ¡esos días en los que puedo andar ligero de ropa y quedarme dormido en cualquier lugar, y despertarme en cualquier momento de la madrugada, o cuando va amaneciendo!, y ¡cuánto extraño caminar descalzo hasta el baño y sentir que el calor de la vida se me mete por las plantas de los pies...! 

¡Cuánto añoro mi salud!

Cuando hace frío, hasta para dormir hay que ponerse ropa caliente –calcetas, pantalones, suéter, gorro, guantes– y hay que preparar ropa caliente en la cama y a veces hasta hay que encender un calefactor. Nada de esto es práctico. No quiero entrar en discusiones con la gente que ama el frío, pero, ¿por qué no tenemos tanto pelaje como los osos de la Antártida...? 

Cuando hace frío, incluso levantarse de la cama, nada más para ir al baño, es una odisea. Cuando hace frío, mi estado de ánimo se vuelve gris. 

Cada día que pasa me siento peor. 

El miércoles, hace casi una semana, me salí a la terraza a fumarme un Camel, y llovía y hacía mucho viento; casi de inmediato, sentí un escozor en la garganta, y repetí mi mantra –Siento un escozor en la garganta, espero no enfermarme–, el que digo cada vez que presiento que puedo enfermarme, y el jueves por la mañana desperté con un ataque de tos pero fue pasajero, incluso salí a la calle, y en la calle hacía mucho frío y el escozor iba y venía, junto con las flemas, pero no era nada con lo que no pudiera lidiar. En la sala de espera, mientras Lizzie estaba en consulta y mientras me resguardaba del frío y de la soledad que imperaba en el hospital, releía un libro sobre Bowie que escribió Simon Critchley y el escozor ya parecía cosa del pasado. Después de la consulta, hasta desayunamos en un restaurante. Hacía mucho viento. Hacía mucho frío. Traía puesta una de esas chamarras estorbosas que sólo me pongo una o dos veces al año. El Nevado de Toluca, prácticamente, se veía desde cualquier parte de la ciudad. Al volver a la casa, me tomé un paracetamol y un ibuprofeno, y me tumbé en la cama. 

El viernes, comencé a tomar ambroxol y loratadina, y me sentí un poco mejor que el jueves –hasta creí que ya había pasado lo peor de la enfermedad–, pero, en la madrugada, tuve un ataque de tos que me levantó de la cama.

El sábado, durante la mañana y la tarde, me sentí mejor que todo el viernes –incluso se me antojó un Camel–, pero pasé una noche fatal: los ataques de tos me despertaron a la una, a las dos, a las tres, a las cuatro y a las cinco de la mañana... 

El domingo continué con el tratamiento y salí un rato a tomar el sol y me puse a leer a Knausgård en la terraza, y estuve allí alrededor de 40 minutos, y de pronto se ocultaba el sol y hacía un poco de viento, y luego, por la noche, ya me sentía peor: muy débil, muy cansado, con el cuerpo cortado..., y pasé una noche regular, sin tantos ataques de tos como los del sábado, pero el lunes, en cuanto puse un pie fuera de la cama, sentí la nariz tapada, un cúmulo de flemas precipitándose desde mis pulmones hasta mi garganta, los ojos hinchados, y todo el cuerpo cortado, como si alguien me hubiera hecho pedacitos con un afilado cuchillo de carnicero.

En fin, el lunes me sentí mucho peor que todos los días anteriores. 

Y, por la noche del lunes, dejé de tomar ambroxol y loratadina, y empecé a tomar celestamine, amoxicilina y dextrometorfano, y, en fin, hoy, martes, me siento peor que ayer y que todos los días anteriores: ya hasta tengo mocos y de pronto la moquera coincide con un ataque de tos, y entonces las flemas, que ascienden desde los pulmones, y los mocos, que descienden desde los cornetes nasales, convergen en mi garganta y ¡es un horror!, y no puedo respirar y me pongo ansioso... 

De la nada, mientras lamento mi suerte y me pudro en la enfermedad y me aborrezco y visualizo una noche más del carajo y que mañana voy a sentirme mucho peor que hoy, me llega a la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años –¿de cuál marca era?–, cuando nos veíamos una que otra vez, cuando recorríamos las calles de la ciudad y nos metíamos a cines y a tiendas de discos y a cafeterías, mucho antes de que conociera a Lizzie y mucho antes de que te embarazaras de tu novio y de que te pareciera tan intolerable tu vida y decidieras esfumarte de este mundo.

(Qué insignificante soy. Qué insignificantes son mis preocupaciones y mis dolores.)

Esta sensación de asfixia, de sofocamiento, esta impresión de estar a punto de morir por falta de aire, de que mis pulmones son un par de globos que alguien ha pinchado, y, sin embargo, tener en la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años, es muy extraño, es una anomalía, es mi forma de delirar, es mi estrategia para no sucumbir ante la enfermedad... 

Esta impresión de estar más cerca de la muerte que nunca antes, de hundirme en un drama existencial, y, sin embargo, tener en la mente el aroma de tu perfume, es como salir a la superficie por unos cuantos segundos, después de haber estado buceando incansablemente, llevando los pulmones al límite, con la piel tostada por el sol y llena de sales, y con el cuerpo deshidratado, a instantes de morir en un punto perdido del océano.

¿Es éste el fin?

domingo, noviembre 26, 2023

La última hoja que cae de un árbol

El escozor recorre mi garganta como una zarza ardiente, como un nombre que exige ser pronunciado, como una necesidad que no puede ser aplazada, como un grito que aparece de la nada en un oscuro callejón, como un secreto que ya no puede continuar siendo un secreto, como un reflejo que separa los límites entre la vida y la muerte. 

La sensación es similar a un tren en llamas que atraviesa a toda prisa mi garganta, que chamusca mi garganta, que asciende desde mis pulmones, que hace silbar a mis pulmones, que me convierte en un cuerpo que es un conjunto de vísceras y de arterias que se sofocan y que se colapsan, que es un cuerpo y un cerebro y una señal de alarma de una potencial muerte por broncoaspiración. 

He dado cien vueltas a la cama, he intentado comprender este poema de Celan que analiza Knausgård en el sexto y último tomo de Mein Kampf, y no puedo creer que este tomo haya sido publicado en el 2011 y que yo apenas me encuentre en la página 400 a la una de la mañana del domingo 26 de noviembre del 2023, y tampoco puedo creer que apenas he rebasado la mitad de este tomo (algunas novelas son tan largas que parece que uno nunca terminará de leerlas), y que, sin embargo, ya he leído alrededor de 3, 000 páginas escritas por él, y que comencé a leer La muerte del padre –el primer tomo de Mein Kampf, publicado en el 2009–, hasta noviembre del 2016 ó 2017, en las mismas condiciones en las que me encuentro ahora. 

Parece una analogía del ciclo de la vida: terminas de leer Mein Kampf en las mismas condiciones en las que comenzaste a leer Mein Kampf.

En el poema que cita Knausgård en la página 400 del sexto tomo de su novela colosal –el título que le puso no es un título cualquiera, sino uno provocativo, uno que él tomó (o que sus editores le sugirieron tomar), deliberadamente, del célebre libro de Hitler–, Celan hace un juego de palabras; a mí no me transmite nada, me parece un callejón sin salida, un conjunto de palabras que forman parte de una metáfora que está allí y que no está allí –para ser totalmente franco, me parece algo pretencioso y me hace pensar en otro escritor mexicano que alardea sobre los procesos metacognitivos de la poesía–, pero, según Knausgård –quien ha reconocido en las páginas previas ser un tipo que no comprende la poesía y que no comprender la poesía lo hace sentirse un idiota–, Celan plantea, a propósito, una situación en la que nunca se puede saber quién es “yo” ni quién es “tú” ni quiénes somos “nosotros”, ni qué está ocurriendo, y que eso es lo fascinante del poema: que puede significar cualquier cosa: todo o nada. 

Knausgård va más allá: dice que Celan está sugiriendo que las palabras existen independientemente de los humanos, pero que son un puente de comunicación entre los humanos, que el lenguaje es una creación humana, que lo social es inherente a lo humano, que las novelas de Proust, de Joyce y de Faulkner, por ejemplo, abordan lo social desde distintas perspectivas: que Proust hablaba de lo social, desde sus recuerdos, con lujo de detalle, describiendo minuciosamente a las personas que formaron parte de su círculo social, en el contexto de la aristocracia en la que vivió; que Faulkner, en El ruido y la furia, por ejemplo, hablaba de lo social pero sin entrar en detalles, sin mencionar quiénes son los personajes, obligando al lector a sentirse parte de una familia en la que todos se conocen y se reúnen a comer una tarde de domingo, una familia en la que, por lo tanto, no es necesario decir “ciertas cosas”, porque están de más, porque “todo mundo” conoce esas cosas, o porque son temas tabú; que Joyce hablaba de lo social, pero también de los griegos –quienes habitaban el mismo espacio físico que los Dioses–, y que, por eso, los nombres, comenzando por el nombre de su novela más célebre, no son un accidente en su obra, que no aparecen de la nada, pero que insinúan que es absurdo que un animal social se considere único en su especie e intelectualmente superior a William Shakespeare y que se obsesione por nombrar y ponerle etiquetas a todo aquello que va descubriendo... O algo así. 

Para ser totalmente franco, estoy en una especie de delirio, y no sé si todo lo anterior Knausgård lo escribió exactamente así, o si yo lo he modificado, si yo entendí algo totalmente distinto a lo que él quería dar a entender, y salgo de una ensoñación y de pronto me encuentro leyendo la página 404, y aquí Knausgård continúa analizando el poema de Celan, y ha escrito que el árbol representa lo efímero de la vida y que la piedra representa lo imperecedero de la naturaleza, que nosotros –los humanos– pasamos brevemente por la naturaleza y que sin embargo somos auténticos y que tenemos características que nos hacen diferentes a unos de otros, pero que las piedras siempre han estado, que ya formaban parte de la naturaleza antes de que nuestra especie apareciera, que todas las piedras son iguales, que son genéricas, que forman parte de la escenografía de la naturaleza, que nosotros las usamos para lanzarlas al fondo de un lago e impresionar a los niños. 

Knausgård también está delirando, y va más allá: insinúa que las palabras no tienen que ser mencionadas para existir, que las palabras son obvias, que son como el nombre de Dios –que todo mundo conoce y que no tiene por qué pronunciar–, y toma de ejemplo un pasaje de la Biblia en el que Job pelea con un humano durante muchas horas, casi todo un día, y luego su rival, totalmente exhausto, le pide a Job que pare la pelea y Job le dice a su rival que no parará la pelea sino hasta que el rival lo ame en lo más profundo de su corazón, o algo así, y el rival acepta amar a Job y le pregunta cómo puede llamarlo y Job le responde que el nombre de Dios no se debe pronunciar porque existe más allá de las palabras, o algo por el estilo, y entonces el rival decide llamarlo “Israel”. 

De pronto, cuando, por enésima ocasión, intento comprender el poema de Celan y ya he releído cuatro o cinco veces el mismo párrafo, avanzo al párrafo que sigue y Knausgård ya está analizando un pasaje de Heráclito, el más conocido, ese que dice que ningún ser vivo se baña dos veces en el mismo río, pero luego cita otro pasaje menos conocido, uno que mi estado mental y físico me impide memorizar, pero que, más o menos, dice que el río siempre es el mismo y que los seres vivos, aun en nuestra condición efímera, somos inconstantes y que, aunque nos bañemos dos veces, o más, en el mismo río, ya no somos la misma persona; luego, el escritor noruego salta a otro pasaje de Heráclito en el que Heráclito dice que cuando estamos despiertos vemos la muerte y que cuando estamos dormidos vemos el sueño, pero que la muerte es un sueño en vida. 

Son las dos, son las tres, son las cuatro, son las cinco... y todo sigue igual: no comprendo a Celan, divago sobre otros tomos de Mein Kampf... me duermo un rato, me despierto y permanezco despierto varios minutos. Más o menos recuerdo que soñé algo que estaba relacionado con lo que leí –intentaba convencer a alguien sobre la fuerza de las palabras, que existen aun cuando nadie las pronuncie–, pero los ataques de esta enfermedad me despertaron, parecieron durar toda una vida, y cada vez son más agresivos, y entonces me sofoco y me tumbo en la cama y me acomodo cien veces más en la cama, y vuelvo a recordar que conocí a  Knausgård en noviembre del 2016 ó 2017, en las mismas condiciones en las que me encuentro ahora que su novela colosal está agonizando en mis ojos, en mis manos y en mi mente; que, cuando lo conocí, había permanecido casi dos meses consecutivos en cama, sufriendo estos ataques y acomodándome cien veces más en la cama. 

La repetición me lleva a pensar de nuevo en la analogía del ciclo de la vida: que termino de leer Mein Kampf en las mismas condiciones en las que comencé a leer Mein Kampf. También, para refrasear a Heráclito, pienso en que soy el mismo y no soy el mismo que comenzó a leer a Knausgård, y que parece que fue ayer cuando leí La muerte del padre y me sentí abatido –por decirlo de alguna manera, así conecté con el escritor noruego–, después de leer una frase que se me quedó en la cabeza, una frase que decía algo así: la muerte es la última hoja que cae de un árbol.

martes, septiembre 05, 2023

Tengo fotofobia, déjame en paz

Es 14 de agosto. Es lunes. Y pasé una muy mala noche. 

Ya no recuerdo si anoche o si otra noche fue cuando tuve 'una discusión' con un fulano en Facebook, un tipo que tiene una edad mental de preescolar, un tipo que es famoso en redes sociales –¡Tengo varios miles de seguidores!, me escribió y dio por zanjada 'la discusión', como si, eso, tener miles de seguidores en redes sociales, fuera mi máxima meta en la vida– porque sube fotografías de Kurt Cobain y plagia todo lo que lee sobre el líder de Nirvana en libros y en entrevistas, y lo comparte en sus redes sociales como si él fuera el autor intelectual de esos temas. Si le preguntas por sus fuentes, se encabrona, trata de ridiculizarte, te dice 'para que te eduques' o 'tú puedes buscar la fuente', y es algo que, simplemente, no tolero. Tal vez se debe a mi profesión, o tal vez no, pero, para mí, el conocimiento no debe ser un secreto, debes facilitarle a la gente el acceso al conocimiento, ya sea sobre temas especializados en neurociencias o ya sea sobre cultura pop.

Ya no recuerdo si anoche o si otra noche tuve esta discusión, o si, como me ocurre dos de cada tres noches, en lugar de estar pensando en que ese tipo es exactamente la clase de fan que Cobain corría de sus conciertos, cuando Nirvana era la banda más famosa del mundo, estuve pensando en la incertidumbre de mi futuro, y si, por eso, no pude conciliar el sueño. 

Estoy aturdido. Siento que un boxeador me tiró un uppercut. 

Miro el reloj en la mesita de noche. Ya van a dar las seis de la mañana, y tengo la impresión de que no he pegado los párpados en toda la noche. Ya siento que mi día será difícil, que estaré menos ágil mentalmente que de costumbre, que me dolerá la cabeza, que andaré como zombie por la universidad, que me dolerán las extremidades como si hubiera corrido toda la noche sin descanso. Tengo seminario a las diez de la mañana, creo que la expositora de hoy nos hablará sobre un proyecto que parece un proyecto de Jacobo Grinberg, y debo levantarme ya. 

Apenas pongo un pie en el suelo, me siento extrañamente angustiado. No sé por qué. Estoy paranoico.

Enciendo mi teléfono celular. 

Al cabo de unos instantes, recibo decenas de notificaciones de WhatsApp. Parece que alguien ha estado buscándome con insistencia. Me pregunto qué pasa, quién, o quiénes, ha(n) querido comunicarse conmigo a esta hora, insistentemente. Estoy un poco paranoico. Casi nadie me manda mensajes por Whats, nunca nadie satura mi Whats con mensajes, excepto si se tratan de malas noticias. 

Tengo un vago recuerdo de las malas noticias que he recibido en el año por WhatsApp –la muerte del último de mis abuelos, el accidente que sufrieron mi cuñada y mi suegro, el conductor impertinente que se estrelló contra un poste de luz, el concurso de oposición que ya no fue publicado, la gatita de mis papás que enfermó repentinamente y que murió...–, y es imposible no pensar en que, en esta ocasión, no será distinto.

Comienzo a pensar en todas las posibilidades que hay. Me pregunto si, de algún modo, la mala noche que pasé y la forma en que me siento, son un presagio de lo que voy a descubrir en cuanto revise mi teléfono.

Tomo el teléfono. 

Tengo alrededor de treinta mensajes de WhatsApp. 

Alguien, a quien no conozco, me ha agregado a un chat. La fotografía del perfil del chat es de un colega que hace mucho tiempo que no veo pero que conocí hace como quince años, cuando estaba en el doctorado y asistíamos, cada año, a los congresos, a los diplomados y a los coloquios de la Sociedad Mexicana de Medicina del Sueño. A ese colega, luego, cuando estaba en el posdoc, lo traté más cercanamente. Entonces, él era profesor visitante en el Departamento al que yo estaba adscrito. Al final del posdoc, cuando él tenía una plaza de Profesor Asociado, fuimos juntos a comer algunas veces, otras veces él me invitó a dar algunas pláticas sobre marihuanas endógenas y mecanismos cerebrales del sueño a sus grupos.

También recuerdo una vez que llegué a la universidad con lentes de sol –como siempre lo hago; las gafas de sol y yo tenemos una relación simbiótica– y que me lo encontré en un pasillo y que él me preguntó ¿Dónde perdiste la playa?, y él sólo intentaba ser cordial, no lo dijo para fastidiarme, simplemente, él era de otra generación diferente a la mía, una generación en la que, quizá, sólo los Beatles o los Stones usaban gafas de sol, pero me cayó muy mal, y le sonreí pero le dije Tengo fotofobia, déjame en paz, aunque eso no era cierto, aunque, simplemente, me gusta usar gafas de sol, pero, entonces, estaba recuperándome de una cirugía, no había cumplido ni un mes de haber pasado por el quirófano, y todo me daba náuseas, tenía ataques de ansiedad constantemente, no podía comer más que dos o tres cosas, y era más intolerante que de costumbre. 

Estoy más paranoico que al principio del día, más paranoico que cualquier otro lunes, no sé de qué se tratan esos mensajes de WhatsApp, no sé de qué se trata ese chat, pero estoy seguro de que son MALAS NOTICIAS, y odio este lunes, no me gusta sentirme así, pero la verdad es que, quién sabe por qué, desde hace varios años, me siento así todos los lunes, no encuentro mi lugar en el mundo, quisiera ser libre y vivir libre y decentemente haciendo lo que me gusta hacer, sin estar cazando trabajos temporales, sin tener que empezar de cero, una y otra vez, nunca más. 

Sólo leo dos o tres mensajes del chat en WhatsApp, y me entero que mi colega murió por la noche, tal vez cuando yo daba vueltas en la cama, repasando en mi mente ese conflicto sin sentido con el tipo 'que vive su sueño en redes sociales' –el emisario de las fotografías de Kurt Cobain–, o cuando, tal vez, estaba torturándome, pensando en que, como me ocurre cada dos de tres noches, debo darle un giro de 180º a mi vida, en que nunca voy a tener el trabajo de mis sueños en la academia, en que debo dejar la carrera, en que debo bajarme del barco.

En el último de los dos o tres mensajes que leo, me entero de que mi colega tenía varios meses pasando por quimioterapias, y me pregunto cuándo lo vi por última vez –¿en el 2019...?, ¿en el funeral de ese otro colega que él y yo teníamos en común...?–, y ya no quiero pensar en nada más. 

Trato de tomar perspectiva de mis problemas: no tengo ningún problema, todo es una invención de mi mente. Pero no dejo de pensar en aquella vez en la que él me preguntó ¿Dónde perdiste la playa?, y en que debí quedarme callado y no decirle Tengo fotofobia, déjame en paz.

viernes, agosto 04, 2023

la gente que lee, tampoco lee

Es el último viernes de vacaciones. Todas las vacaciones estuve trabajando, corrigiendo un paper que propuse escribir yo solo y que tiene más de dos años en “la congeladora” y que, el grupo de investigación al que se lo propuse, a casi última hora, después de más de 18 meses de una mala comunicación por correos-e, decidió enviar a corrección de idioma y de estilo –la correctora se tomó muy en serio su trabajo y cambió de sentido un montón de oraciones y, entre otras cosas, también cambió doce “employ” por doce “use”, y cambió un “use” por un “utilize”; después de todo, ella no sabe que tengo más de doce papers publicados y tampoco tiene por qué saber que la escritura es sagrada para mí, que escribo desde que aprendí a escribir, que he tomado un montón de talleres de creación literaria, que tengo dos novelas sin publicar y cientos de relatos, y que, aparte de éste, tengo un blog en inglés en el que no escribo nada académico; y tampoco tiene por qué saber que, en la mayoría de esos papers, soy autor corresponsal o primer autor, y que, básicamente, yo solo (con retroalimentación de mis colegas) los escribí en inglés; tampoco tiene por qué saber que, a más de la mitad de esos papers publicados, no los he enviado ni a revisión de idioma ni de estilo.

En estas vacaciones también estuve leyendo diversos papers sobre neurobiología de las adicciones y trastornos del sueño para un seminario que impartí el lunes pasado, y también corrí más de 100 km (seguramente, entre la gente que conozco, habrá alguien que se atreva a decir que nada más uso mis piernas cuando no me queda otra opción), y fui una vez al hospital –un evento muy trágico–, y vi algunos documentales en HBO –Moonage Daydream– y en Netflix –Pepsi, ¿dónde está mi avión?– y algunas películas, y también aprendí, o re-aprendí, a tocar algunas canciones en la guitarra.

En estas vacaciones, me bebí algunas cervezas y whiskys y algunas veces desperté con resaca y deshidratado, y tuve pesadillas y fiebre, y también escribí algunos capítulos de la última novela en la que estoy trabajando (algunos extractos y borradores de esa novela están en este blog), y estuve pensando seriamente en lo frustrante que es competir contra escritores que viven “su cuento de hadas” y que tienen amigos editores y amigos escritores y un montón de publicistas y promotores a su servicio –por no mencionar que, también, en su “éxito”, contribuye “el lector hormiga”, ese lector pasivo, como decía Cortázar, que no lee más que cuando le dicen (en Facebook, por ejemplo), que no lee, o que sólo ojea algunas páginas de las novelas que las vacas sagradas le recomiendan por todos los medios posibles– y, para ponerlo más claro, por escritores que viven “su cuento de hadas”, me refiero a quienes, por ejemplo, viajan a Seattle –y lo anuncian por sus redes sociales–, para escribir una novela sobre “un asesino serial que vive en Seattle”. 

También leí, o releí, a Del James –el libro que incluye el relato en el que está basado el fastuoso video de “November Rain” de Guns N' Roses–, a Karl Ove Knausgård –el último tomo de Mi Lucha–, a José Agustín –un libro de cuentos y un libro sobre periodismo de rock–, a Kim Gordon, a Simon Critchley –un libro sobre el fascinante mundo artístico de David Bowie–, y también releí American Junkie, la novela negra y autobiográfica de Tom Hansen en la que habla sobre su dependencia a opiáceos –comienza escribiendo la novela en un hospital en el que estuvo internado más de medio año–, sobre el mundo de las estrellas de rock adictas a opiáceos –él no sólo consumía opiáceos, sino que era dealer de Kurt Cobain, de Mark Lanegan y de Nick Cave–, en la primera mitad de la década de los noventa.

Son más de las diez de la noche. Acaba de llover, y acabo de ver Seven –la película de 1995, dirigida por David Fincher, con Morgan Freeman, Brad Pitt, Gwyneth Paltrow y Kevin Spacey, y con música de Trent Reznor y de David Bowie–, pero estoy pensando en ese concierto de los Flaming Lips al que fuimos Katz y yo, en el 2008, en el Festival Motorkr. Allí también tocaron Stone Temple Pilots y NIN. Scott Weiland estuvo fatal, tambaleándose en el escenario y olvidando las letras de las canciones. Wayne Coyne se metió en una gigantesca pelota de playa y surfeó entre el público. Trent Reznor y su banda estuvieron geniales. 

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martes, julio 11, 2023

Can You Hear Me, Major Tom?

Son las 10 y algo por la mañana, y ya platiqué con Katz sobre un pasaje de la novela de Knausgård que estoy leyendo –la literatura es más que describir los hechos; implica ahondar en la individualidad de la gente... en las emociones que un individuo, incluso por su forma de andar, le transmite a quien escribe, y que, de algún modo, quien escribe, le transmite a quien lee–, y ya le dije que también leí una nota en la que Marcelo Ebrard hablaba sobre unos algoritmos de inteligencia artificial que usarán en la CDMX para detectar a delincuentes, “por su modo de andar”...; y ya le platiqué que me parece paradójico; que, mientras Knausgård le confiere algo “sublime” al andar, la inteligencia artificial lo ve como algo genérico. 

También, como cada día, desde hace muchos meses, ya me medí la glucosa, ya lavé los trastes, ya le di de comer a los gatos y ya les cambié la arena y el agua.

Me preparo para correr. 

Me froto un ungüento en las piernas y en los tobillos, y también hago algunos estiramientos, para evitar cualquier tipo de lesión. Hace un año me lastimé un tobillo y tuve que dejar de correr durante casi un mes. 

Tomo un vaso de agua, me pongo los audífonos y el protector solar y los lentes de sol; conecto el cable de los audífonos al Huawei, abro la aplicación de Amazon Music y selecciono la playlist que he creado para correr. Sería imposible salir a correr en silencio, o en compañía de otro corredor, o escuchando las “disertaciones académicas” de algún podcaster a los que todo mundo escucha. (No puedo evitar ponerme a pensar en lo que creo que son la mayoría de los podcasters académicos: personajes sin preparación académica pero con millones de seguidores, hablando de temas 'taquilleros' y de pseudociencia, haciendo correlaciones espurias; y también pienso en los personajes que tienen podcasts de comedia, y que, para defender a Chumel Torres, o causas similares, usan sus redes sociales para decirle al resto del mundo que ellos son 'el último eslabón de la evolución' porque hacen reír a la gente: ¿acaso no han analizado que el 95% de la gente que los sigue y que paga por sus shows sólo quiere pasar un rato agradable, que esa gente está predispuesta a pasar un rato agradable, y que, probablemente, no es muy exigente?).  

En los últimos días ha llovido mucho y casi no ha salido el sol, pero hoy es un día soleado. Espero que el sol no sea un enemigo. 

Estoy por completar mis primeros dos kilómetros de carrera. Ya me topé con mi cuñada, que sacó a pasear a su perro, y ya me topé con el vecino tatuado, que también sacó a pasear a su perro. Ya me topé con otros vecinos que entran y que salen del fraccionamiento en sus autos. Ya me topé con la vecina que siempre sale en pijama a pasear a su perro. Ya me topé con los vigilantes. Ya me topé con unos veterinarios que llegaron en una camioneta, a atender a algún animal. Ya me topé con la vecina adolescente que siempre que me ve, desvía la mirada y se pasa el cabello por detrás de la oreja.

Estos dos kilómetros me han costado. He estado a punto de tener un ataque de ansiedad porque he sentido que no puedo respirar y que mis pulmones nunca llegan a su máxima capacidad. Me he preguntado por qué demonios puedo correr –¿a quién le gusta correr solo?– y, sin embargo, por qué demonios soy incapaz de dejar de fumar, otra vez. 

¿Por qué volví a fumar, si ya había cumplido ocho años de abstinencia...?

Entonces, cuando estoy pensando en que nadie podría darme una lección sobre el tabaquismo, suena “Space Oddity” –la canción de David Bowie que fue estrenada el 11 de julio de 1969, a días de que Neil Armstrong y su equipo se convirtieran en los primeros humanos en llegar a la luna– y la escucho como si se tratara de una señal del más allá que me dice que me falta perspectiva y que nada más soy un ser vivo minúsculo, con sus minúsculas preocupaciones, en el majestuoso universo.

Mientras me adentro en el tercer kilómetro, me enfoco en la letra de la canción.

¿Major Tom decidió perderse en el espacio, o la nave espacial dejó de funcionar y lo abandonó a su suerte...?, ¿Major Tom decidió perder todo contacto con la torre de control, o la nave espacial dejó de funcionar y entonces a Major Tom le resultó imposible mantener la comunicación con la torre de control...?, ¿David Bowie escribió la canción porque estaba impresionado por el primer alunizaje humano, o porque lo había impresionado la película de Stanley Kubrick...?

La canción llega a esa parte en la que la torre de control y Major Tom ya se comunicaron, cuando suenan los cuatro acordes disonantes de la guitarra, que se repiten dos veces y que son seguidos de aplausos, y también recuerdo que agregué esta canción de 1969 a la playlist que escucho mientras corro, porque hace unos días Katz y yo vimos Moonage Daydream –el documental sobre David Bowie que dirigió Brett Morgen y que está en HBO– y reconozco que, desde entonces, “Space Oddity” ha tomado otra dimensión para mí. Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que hoy cumple 54 años de haber sido lanzada al público. Ni siquiera estaba enterado. Lo supe apenas unos minutos antes de ponerme a escribir estas cosas.

La he estado escuchando muchas veces, y he estado aprendiendo a tocarla en la guitarra. Los acordes no son muy difíciles, pero la letra sí me ha resultado muy difícil de aprender –es como si David Bowie, en lugar de escribir una canción estándar, verso, coro, verso, hubiera escrito un breve relato que colinda con la realidad y la ciencia ficción–, y le he dado vueltas a cada oración de la canción –a diferencia de la mayoría de las canciones que escucho, casi ningún verso y casi ningún coro se repiten–, y me he estado haciendo preguntas sobre la clase de historia que cuenta. 

Corro mi cuarto y mi quinto kilómetros. Ya no siento que mis pulmones se quedan sin aire. Me acuerdo cuando corría regularmente cinco kilómetros y cuando compartía mi registro en Facebook. Un día sólo corrí cuatro kilómetros –tenía un esguince, y me costaba mucho trabajo correr– y uno de mis contactos, que pasaba casi siempre de largo por mi muro, me preguntó “¿no corrías ya cinco kilómetros?”, o algo así. Si es complicado entender a la gente cuando te habla de frente, es mucho más difícil comprenderla por lo que comenta en un post en redes sociales. Nunca estás seguro de cuál es el énfasis de un comentario. 

Corro mi sexto y séptimo kilómetros. Desde hace más o menos un mes, después de estar corriendo seis kilómetros durante casi medio año, subí a siete kilómetros. Estoy cansado, pero necesito más. 

Divago un poco y pienso en que estoy comprobando el error de predicción de la recompensa; o sea: cuando la dopamina que liberas ante la expectativa de algo placentero llega a un punto en el que eso que adoptaba el carácter de placentero, ya no es suficiente; cuando tienes que pasar a otro nivel, encontrar una estimulación mayor que sea capaz de liberar suficiente dopamina y que ésta te haga sentirte bien.

Pienso en que ahora debo esforzarme como nunca antes, desde que empecé a correr, hace casi dos años; que debo propiciar que mi cerebro libere más dopamina otra vez; que debo realizar un esfuerzo extra, llegar a un punto al que nunca he llegado: nueve kilómetros. En este mes, dos veces, ya corrí ocho kilómetros.

El noveno kilómetro me cuesta un poco más, pero cuando la aplicación en el teléfono me dice que acabo de completarlo, me siento muy bien, casi en éxtasis, y entonces me detengo unos segundos para descansar y miro hacia el cielo y veo que el sol se ha ocultado detrás de unas nubes y siento una brisa que refresca y que renueva cada poro de mi piel. 

Decido hacer algo que nunca antes he hecho: correr diez kilómetros. Es ahora o nunca.

Termino rendido, pero satisfecho. Miro mi reloj. Son ya casi las doce del día. Por primera vez, desde que comencé a correr, hace casi dos años, corrí diez kilómetros y no puedo creerlo. “Space Oddity” quedó atrás hace muchos kilómetros –ya escuché a Mudhoney, a PJ Harvey, a Tracy Bonham, a Pixies, a Pink Floyd, a Nirvana, a Alice In Chains, a Blind Melon, a Terry Lee Hale...–, y esto es lo que realmente me interesa escribir: que hoy corrí diez kilómetros.