viernes, mayo 20, 2022
La radio toca mi canción favorita
martes, mayo 17, 2022
Bajar es lo peor | Mariana Enríquez (1995)
Cuando entro en una librería y me siento como un niño en una juguetería o como un señor debe de sentirse en una agencia de automóviles, me enloquece el aroma de los libros y husmeo por aquí y por allá, entre los estantes de novedades, de novelas clásicas, de novelas contemporáneas y de poesía, y tomo un libro de algún autor que en ese momento se me antoje leer, o busco un libro de algún autor que haya estado dándome vueltas en la cabeza antes de ir a la librería, y después de leer la sinopsis y ver el precio, lo compro o no.
Si lo compro, sé que voy a terminar de leerlo, aunque me baste leer diez páginas para encontrarme en un callejón sin salida o terriblemente decepcionado y aburrido, pensando en que la sinopsis mintió descaradamente, o en que no puedo negar que soy un mamón que aborrece los extremos: la literatura pretenciosa y la literatura fácil. Raras veces compro un libro porque alguna “voz autorizada” ha dicho que es espectacularmente conmovedor, o cosas similares. Casi siempre compro un libro porque accidentalmente he leído algo sobre él –la sinopsis de la novela, en la misma librería, o alguna referencia a la novela, en otra novela o en alguna reseña o crónica, por ejemplo– que me ha llamado la atención.
En el caso de Bajar es lo peor, ya había leído otro libro de la autora y ya había buscado información sobre ella en Internet y encontré que Mariana Enríquez publicó su primera novela en 1995, cuando la autora tenía 19 años de edad, trabajaba en un diario argentino y, supuestamente, vestía (y vivía) como punk.
Desde el 2016 ó 2017 busqué el libro en varias librerías y sólo lo encontré en Amazon: había un ejemplar, de segunda mano, de la primera edición de Bajar es lo peor, pero costaba alrededor de $3, 000 MXN. Según Amazon, no se sabía si la editorial volvería a editarlo. Aunque me había gustado Las cosas que perdimos en el fuego –un libro de relatos de suspenso y de terror que se parecen un poco a los relatos de Stephen King–, no creí que la primera edición de un libro, cuya autora apenas conocía por un libro, valiera tanto dinero.
Hace cosa de un mes fui a Gandhi y encontré la segunda edición de Bajar es lo peor. Anagrama acababa de lanzarla a la venta. Le eché un ojo a la sinopsis –más o menos ya sabía de qué trataba la novela– y me la compré, aunque el precio me pareció un poco descabellado –casi $400 MXN–, pero es lo que pasa cuando los críticos dicen que una obra es “una novela de culto”.
La acabé de leer en estos días. En resumen: no la disfruté mucho.
La trama cuenta la relación bisexual amor-odio de tres adolescentes que viven en Buenos Aires, entre drogas, sexo y rock n' roll, y tiene pasajes muy bien logrados (los diálogos a veces son un tanto fáciles, como los de los escritores jóvenes, pero son dinámicos), pero es una novela juvenil, de otros tiempos: cuando la autora tenía 19 años y leía mucha “literatura de vampiros” y había visto decenas de veces Entrevista con el vampiro y estaba obsesionada con la inmortalidad, con la belleza eterna y con Brad Pitt (en el prólogo de la segunda edición, ella misma, más o menos, lo reconoce), y cuando, aparentemente (esto lo supongo yo), también estaba obsesionada con el consumo de heroína que le había costado la vida a algunas estrellas de rock de los noventa.
Tal vez vuelva a leer esta novela en otro momento –al mismo tiempo leía a Carrère y a Klosterman, y quería acabar de leerla rápidamente– y entonces la disfrute más.
domingo, abril 24, 2022
Kiko Serratos
domingo, abril 17, 2022
Correr es yin, escribir es yang
Son las ocho y media de la mañana. Ya vuelves a la casa después de correr 6 kilómetros en 26 minutos. Es el mejor tiempo que has hecho. Todavía no cumples ni un año corriendo. Empezaste a correr en julio del año pasado. Y no corres todos los días. Es un tiempo estupendo.
Te quitas los audífonos –la música siempre te acompaña, e incluso tienes una playlist para salir a correr– y vuelves a revisar tu tiempo en la aplicación del teléfono. Todavía reverbera en tu cabeza la última canción de GN'R que sonaba en los audífonos. Y no puedes dejar de pensar “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.”
Te sirves agua en un vaso y lo tomas y lo llevas a tus labios. Mientras bebes y sientes cómo el líquido vital humedece tu lengua y tu paladar, y luego baja hasta el fondo del estómago atravesando el esófago, te sientes tan vigoroso y tan despierto que piensas que podrías correr un maratón. Y te preguntas cuáles serían tus límites, si no corrieras a 2, 260 metros sobre el nivel del mar; si pudieras dedicarte profesionalmente a correr; si, de pronto, encontraras un patrocinador y ya no tuvieras que trabajar en otra cosa; si te dedicaras a correr de tiempo completo y corrieras entre ocho y diez kilómetros diarios; si invirtieras en equipo para correr profesionalmente; si te compraras unos tenis Nike Air Zoom Terra Kiger, o unos tenis Ultraboost Web DNA –supuestamente comodísimos y ligerísimos–, de esos que cuestan entre $3, 000 y $5, 000 MXN; si te compraras unas playeras dry fit –supuestamente comodísimas y ligerísimas–, de esas que cuestan entre $1, 000 y $2, 000 MXN; si te compraras unos shorts Rebook, unos leggins Puma, cosas así.
Le das otro sorbo al vaso con agua. Sientes otra vez cómo el agua recorre tu garganta y cómo viaja hasta el fondo de tu estómago. Piensas que tal vez no hay otro momento del día en el que el agua sea tan placentera. Piensas en que no deberías darle más vueltas al asunto cuando hablas del sistema de recompensa cerebral en clase: tomar agua cuando tienes sed es un ejemplo contundente.
Colocas el vaso en la mesa.
Exhalas e inhalas profundamente. Tus pulmones se inflan y se desinflan. Tus músculos se tensan y se relajan. El sudor cae por tu frente. Tienes el cabello húmedo. Apenas son las ocho y media de la mañana, y ya corriste. Los ruidos apenas comienzan a inundar el vecindario. La mayoría de tus vecinos apenas están despertando y comenzando sus días.
Te sientes más despierto que aquellos días en los que no salías a correr. Ya estabas despierto desde las cinco de la mañana y te levantabas de la cama, pero te sentabas a escribir. A veces estabas dos horas buscando las palabras apropiadas para escribir una idea y no pasabas de un párrafo, o te distraías en otras cosas: leyendo denuncias absurdas en Internet, leyendo quejas absurdas en twitter, leyendo notas absurdas en Facebook, viendo fotografías absurdas en Instagram, viendo bailes absurdos en TikTok... Y el resto del día estabas somnoliento y cansado, como si te hubiera pasado un tren encima. A veces, si lograbas enfocarte en los primeros cinco minutos después de haberte levantado de la cama, podías escribir horas y horas.
Correr es muy aburrido y deberías estar satisfecho. No puedes dejar de repetirte “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” Y sin embargo, no estás satisfecho. Más bien, te sientes frustrado. Siempre estás quejándote de algo, como la gente de twitter.
Piensas que siempre hay un precio que pagar, que las cosas son como lo dice Carrère con palabras mucho más elocuentes: siempre hay un yin y un yang; lo hueco es yin, lo lleno es yang; leer es yin, escribir es yang; la música es yin, la pintura es yang; yin es poesía, yang es prosa. Correr es yin, escribir es yang.
El precio que has pagado para correr 6 kilómetros en menos de media hora es dejar de escribir. Y no es un asunto trivial. Escribes desde niño, desde que aprendiste a escribir. Los fines de semana, por ejemplo, cuando tus papás aún dormían, después de haber tenido toda una semana con sus ocupaciones adultas, te levantabas temprano y te asomabas por la ventana, junto a tu cama. Tu recámara en ese departamento en el quinto piso de un edificio estaba orientada hacia el este. Veías despuntar el sol. Veías cómo el sol parecía bañar con un matiz rojizo al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl. Ese paisaje estremecía tu corazón de niño y te encantaba, y esa soledad (relativa) en tu recámara –con tus papás en la recámara contigua– también te encantaba.
Apenas habías aprendido a escribir y te sentabas en la alfombra y te ponías a escribir. También jugabas como cualquier otro niño, pero, quién sabe por qué, desde entonces escribir era un impulso, era una necesidad, era como tomar agua cuando estás sediento. Y escribías por satisfacción. No te interesaba que nadie leyera lo que escribías. No escribías para impresionar a nadie. No escribías para que nadie dijera que eras escritor.
Ahora o corres o escribes. Si corres, en lugar de escribir, alcanzas un ritmo de 6 kilómetros en 26 minutos (¡menos de 5 minutos por kilómetro!); pierdes el ritmo para escribir y tropiezas con lugares comunes, y quieres que el mundo sepa que escribes, que el mundo te ponga una etiqueta (“escritor de ciencia ficción”, “escritor de terror”, “escritor de recetas de cocina”, “escritor de cartas de amor”, “escritor de discursos de graduación para primarias y secundarias”) y que el mundo te pague por escribir.
Si escribes, en lugar de correr, estás ensimismado todo el día, como si te hubiera pasado un tren encima, como si el alcohol te hubiera puesto una venda en los ojos...
Correr es yin, escribir es yang.
martes, abril 05, 2022
5 de abril de 1994
Según los forenses, moriste a las 11: 30 am del 5 de abril de 1994. Un electricista halló tu cadáver 3 días después en el invernadero de tu casa en Lake Washington. Iba a instalar un sistema de vigilancia y te confundió con un maniquí. Estabas tumbado en el suelo, con una Remington en el pecho. Te habías metido el cañón de la escopeta en la boca y te habías disparado.
Ya perdí la cuenta de las veces que he escuchado tus canciones, de los libros que he leído sobre ti y de los rumores que he escuchado sobre tus últimos días. Nadie sabrá nunca qué pasó. Habías escapado de un centro de rehabilitación, te habían visto comiendo budín en un restaurante mexicano, te habían visto en una taberna buscando a alguien...
Lo único que sí sé es que, de no haber sido por tu música, nunca me habría interesado aprender a tocar la guitarra y que la música no sería tan importante para mí.
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