domingo, julio 17, 2022

Las nubes son un algodón deshilachado

El domingo se dispersa. El viento sopla fuertemente. Las nubes rompen filas. La forma que han adoptado en el cielo parece un diente de león al que alguien le ha soplado, después de haberlo arrancado de la tierra para pasar el rato o para demostrarle su amor a un amor mal correspondido. 

El domingo se quebranta con los bramidos del motor del automóvil que pasa a lo lejos, por donde está el cementerio o por donde está el campo de futbol 7 o por donde está la iglesia o por donde está la tienda de abarrotes o por donde está la coladera con un enorme agujero que da al desagüe, mientras hago una pausa para llevarme otra vez el tarro de cerveza a la boca. 

Son las dos de la tarde. Hace sol. El sol carbura mi piel. Mi alma es el motor de un 747 que vuela a Honolulú. Estoy en la terraza de esta (enorme) casa que rentamos desde diciembre. 

Salí a correr otra vez, después de tener inflamado el tobillo, después de haber estado dos semanas en reposo, después de haber esquivado a un Pug en el jardín de perros del fraccionamiento en el que vivo, después de haberme vendado el pie y de haberme puesto gel de diclofenaco y después de haber soportado estoicamente el dolor. Siempre he sido así, y eso me ha costado que la gente crea que todo me parece bien y que todo me da igual y que nunca me duele nada; ni siquiera haber terminado en el quirófano (a lo mejor por eso preferí la cirugía con “la herida de guerra”, en lugar de la cirugía con laparoscopía).

Al correr, como cada domingo, volví a toparme con mi vecino amable. Como ocurre siempre que nos encontramos, nos saludamos. Hay otras personas que nunca saludan. Como casi cada domingo, él lavaba su auto y la camioneta de su esposa, con una manguera y con una aspiradora. 

También me topé con los vigilantes y los saludé, y me concentré en la música que escuchaba a través de los audífonos cuando llegué a los dos kilómetros recorridos, y en ese momento me topé con otros vecinos que salían del fraccionamiento en su automóvil y también los saludé, y cuando llegué a los tres kilómetros me detuve y me topé con otros vecinos que también salían del fraccionamiento en su automóvil, pero no los saludé porque son el tipo de vecinos que nunca devuelven el saludo.

Bajo los rayos del sol y con algunos mililitros del alcohol en la sangre, tostándome y perdiendo el juicio, he leído a Hunter S. Thompson, he leído a Mark Lanegan y he leído a Carlos Velázquez. (Siempre leo a varios autores al mismo tiempo; es un consejo que leí de Roberto Bolaño hace muchos años, cuando leí Los detectives salvajes, cuando una amiga que conocí en un taller de creación literaria, me dijo que él era como el Kurt Cobain de la literatura y despertó mi curiosidad.) He pasado de un avión con rumbo a Hawai, con un pasajero con un brazo azul, a un hombre atormentado por su pasado e infectado por el Covid-19 en un hospital lleno de ancianos, y he acabado en un restaurante de la Ciudad de México y en la Arena Monterrey, con un fanático de Roger Waters.

Me he bebido casi dos litros de Victoria. No es mi cerveza favorita, sino la que hay disponible. Disfruto la sensación de aturdimiento que me provoca el alcohol. Detecto sus efectos: cómo va haciendo pedazos a mi cerebro, cómo va quitándome los prejuicios y la necesidad de analizar excesivamente todo lo que quiero escribir, y cómo pone a trabajar a mi enzima alcohol deshidrogenasa. 

Miro otra vez hacia el cielo. Aunque traigo lentes de sol y aunque me he puesto bloqueador, veo cómo las nubes rompen filas otra vez (y cómo parecen un diente de león en el aire), y siento cómo los rayos del sol chamuscan mi piel y mi mente alterada por el alcohol.  

Las nubes rompen filas. Mis ojos enceguecidos por los rayos del sol reproducen fosfenos en mi corteza occipital. Los fosfenos saltan como argamasa multicolor en mis retinas. Cierro los párpados, y una luz rojiza inunda mi campo visual reducido. No sé por qué, pero recuerdo a Superman y su vista de rayos X. No sé por qué, pero me recuerdo leyendo un cómic de Superman en mi recámara, un domingo cualquiera de 1980 y tantos, mientras mi papá lee el periódico en la sala del pequeño departamento en el que vivimos y mientras mi mamá le da de comer al pequeño pez Betta Splendens que tenemos en una pecera encima del refrigerador. 

No sé por qué, pero me recuerdo en el asiento trasero del VW de mi papá, en la época en la que era de color plateado, escuchando “Material Girl”, mientras circulamos por Fray Servando y Teresa de Mier y vamos a un Burger Boy, y mientras miro fijamente el sol durante algunos segundos y luego cierro los párpados y veo fosfenos, exactamente como ahora.

Pergeño estas palabras, y el domingo se dispersa. Escucho el tiroteo de los cohetes de las fiestas de San Mateo Atenco. El sol se esconde detrás de mi niebla mental etílica. Los motores de los automóviles refunfuñan. Escucho el aleteo de las palomas que huyen de las azoteas mientras un sujeto vino a cargar gas a alguna casa. Una mosca flota en mi campo visual, como si danzara al ritmo del repiqueteo de las campanas de las iglesias. La atmósfera tiene el olor de una droga invisible que altera los sentidos.

El domingo está muriendo. 

miércoles, junio 29, 2022

Una notificación


Los gatos pasan encima de mí en la cama, como si no pesaran más que una almohada de plumas, me despiertan, y no puedo ignorar cuánto me duele el tobillo izquierdo; siento mucho dolor, como una punzada terrible, como si los músculos estuvieran rotos, como si un nervio estuviera inflamado, como si el hueso del tobillo estuviera carbonizado; como si mi tobillo tuviera mucho sueño, como si mi tobillo estuviera resfriado, como si mi tobillo tuviera cólicos premenstruales, como si mi tobillo tuviera diarrea, como si mi tobillo tuviera tos y alergia estacional y todos los padecimientos posibles; como si yo hubiera contraído raquitismo en el Siglo XIX y las secuelas me hubieran dejado cojo y aún estuviera adaptándome a usar una prótesis de por vida que me lastima el tobillo.

Los gatos pasan encima de mí, me despiertan, miro el reloj en la pared de la recámara, son las siete de la mañana, y repaso mentalmente lo que haré hoy, y me siento culpable porque no he podido salir a correr más que un día en esta semana –hoy debería correr, y el viernes también debería correr, pero lo más probable es que el tobillo continúe doliéndome y que no saldré a correr hasta el sábado o el domingo–, y pienso en la presentación que debo terminar para la plática que daré mañana por la tarde para un diplomado de investigación y medicina del sueño; me han invitado a este diplomado desde que era candidato a doctor, sino recuerdo mal en el 2012, cuando Katz y yo vivíamos en Xola, en una colonia bonita que quedaba cerca de todo, cuando Gatusso era un minino y era nuestro único amigo felino y su cabeza cabía en la palma de una de mis manos y yo le daba su biberón –lo abandonaron en la calle, y su mamá no lo amamantó– al mismo tiempo que me fumaba inconscientemente un Camel; y en otras ocasiones en las que me han invitado a este diplomado me he sentido un poco fuera de mi hábitat, hablando de temas que no domino y que no me gustan mucho, pero que siempre disfruto, pero en esta ocasión, cuando la presidenta de la sociedad que organiza este diplomado, que ocurre cada dos años más o menos desde el 2008, se comunicó por teléfono conmigo, en diciembre, le planteé hablar sobre un tema que me fascina y ella me dijo que sí.

Los gatos pasan encima de mí, ya estoy despierto, y reparo en que tendré una junta a las 13: 30 por Zoom con los colegas del departamento de ciencias de la salud; allí la jefa de departamento nos presentará a una profesora temporal (como yo) que impartirá estadística avanzada durante este trimestre (yo impartiré una clase los lunes, los martes y los jueves, de las 13:00 a las 18:00, cada día, y otra clase los miércoles, de las 14:00 a las 17:00), nos hablará sobre la página de internet del departamento y sobre la necesidad de retomar los seminarios departamentales; también repaso mentalmente lo que me espera dentro de la siguiente hora: ir al estudio y pincharme un dedo y medirme la glucosa y anotar cuántos mg/dl de glucosa en sangre tengo en ayuno, bajar a la cocina y buscar los platos de los gatos y darles comida blanda, cambiarles el agua –Gatusso siempre ensucia y tira el agua– y la arena, y buscar a Jackson –raras veces baja a la cocina, a la hora del desayuno– y llevarle su plato con comida blanda, y esperar a que Yoko o Gatusso o Jackson usen el arenero justamente cuando acabo de limpiarlo y entonces tener que limpiarlo otra vez, y entonces tener que barrer otra vez el cuarto donde está el arenero y entonces tener que volver a sacar la arena, que acaban de ensuciar, al bote de basura del patio.


Los gatos pasan encima de mí y ya se dieron cuenta que desperté y comienzan a maullar –sobre todo Gatusso– y a merodear alrededor de la cama como si fueran tiburones merodeando la balsa en la que agoniza un sujeto después de varias semanas de naufragio, y pienso que debería quedarme otros minutos tumbado en la cama, pero ya no tengo sueño y los maullidos de los gatos son cada vez más insistentes. 

Me siento en un borde de la cama, escucho la respiración de Katz que continúa de visita en algún mundo onírico que olvidará apenas despierte, y estiro un brazo hacia la mesita de noche y tomo mi teléfono celular y lo enciendo, y recuerdo todas las cosas que tengo que hacer en cuanto me levante, y vuelvo a pensar que debería tumbarme en la cama otros cinco minutos, pero también vuelvo a reparar en que ya no tengo sueño y en que los gatos están cada vez más impacientes y en que Katz sigue dormida y en que no quisiera perturbar su descanso. 

Estoy en estos pensamientos que son como un torbellino, cuando suena una notificación del teléfono celular. Apenas distingo el sonido, por debajo de los maullidos de Gatusso, de Yoko y de Jackson. Puede ser cualquier cosa –un Whats que requiere una respuesta urgente, un depósito inesperado de $20 MDD en mi cuenta bancaria, un nuevo seguidor en twitter, un mensaje del messenger de Facebook de alguien que no veo desde hace más de quince años–, pero tengo la certeza de que se trata de la notificación más innecesaria de todas las aplicaciones que tengo en mi teléfono: Google Fotos. 

Y sí: la aplicación me recuerda que, hace exactamente 9 años, después de haber vivido alrededor de cinco años en el pequeño departamento de Xola, Katz y yo nos mudamos de vuelta a Pantitlán, a donde habíamos vivido, cada quien por su lado, nuestras infancias. No me cuesta mucho trabajo recordar que ese día fue sábado y que había cajas por todas partes, y que tomé un par de fotografías mientras Katz bajaba a la calle a abrirle a un sujeto que la había contactado en una página de trueques en Facebook, con quien intercambiaríamos nuestro tanque de gas por dos o tres bolsas de Scoop Away. 

Esta notificación llegó en un momento curioso: apenas el fin de semana, en la novela que estoy escribiendo –además de los mil y un relatos que escribo en varios archivos de Word y de los tres blogs en los que improviso cualquier cosa que se me ocurre, como esta entrada, esta novela es mi tercer proyecto: tengo dos versiones de una novela ya terminada que envié dos veces a un concurso “para jóvenes escritores” que resultó un fraude, y tengo otra novela más o menos avanzada, a la que no he vuelto desde que vivimos en Toluca-Lerma–San Mateo Atenco–, me quedé atrapado en un relato sobre ese día. Intentaba escribir sobre el 29 de junio del 2013, sin saber que se trataba del 29 de junio del 2013. Intentaba escribir sobre el sujeto que vimos ese día y que se llevó nuestro tanque de gas y que nos dio dos o tres bolsas de arena para gatos.

Serían como las diez de la mañana cuando el sujeto llegó al departamento. Mi papá había conseguido una camioneta para la mudanza y ya andaba por allí con nosotros, y mientras Katz se había encargado de empacar prácticamente todas nuestras pertenencias, además de encontrar el departamento al que nos mudaríamos y recoger las llaves y acordar con el dueño del departamento cuánto pagaríamos de renta cada mes y cuánto deberíamos depositarle en el primer mes, el papá de Katz había estado ayudándole a ella toda la semana y yo había estado, como siempre que han ocurrido estos traslados, como un inútil quejumbroso toda la semana, escudándome en el estrés que me provocaba el ambiente tóxico del laboratorio de mi tutor de doctorado. Ya no soportaba un día más en ese laboratorio. 

Mi tutor había perdido el control sobre su grupo de investigación y yo estaba a punto de quedarme sin beca doctoral –como la dueña del pequeño departamento de Xola nos iba a subir la renta y como Katz y yo tendríamos que vivir algunos meses con nuestros ahorros y con los ingresos de Katz, que entonces trabajaba en una agencia aduanal, nos mudábamos de vuelta a Pantitlán–, estaba empezando a escribir mi tesis doctoral y terminando los experimentos de mi cuarto artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada. Era obvio que había sacrificado mi estabilidad económica –que la vigencia de la beca doctoral terminara–, para publicar más artículos que los que necesitaba para titularme –como requisito de titulación el posgrado sólo exigía un artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada–, pero mi tutor lo percibía de otra forma: cuando se enojaba, nos reunía a todos los que formábamos parte de su grupo de investigación y nos decía frente a todos (o nos enviaba un correo-e masivo) todo lo que le parecía que hacíamos mal cada uno. A mí me decía que yo sólo seguía sus instrucciones y que no tenía iniciativa y que no era ambicioso. Era un ambiente muy tóxico, y yo ya no quería seguir allí.

Cuando el tipo de la arena llegó al departamento de Xola hace 9 años, Katz me lo presentó y me pidió que le entregara el tanque de gas, así que él, mi papá y yo subimos a la azotea. Mi papá y el tipo me decían algunas cosas y no podía prestarle atención a ninguno de los dos. Mientras mi papá me hablaba sobre su trabajo, sobre algún padecimiento que le molestaba y sobre algunos problemas familiares, el tipo de la arena me decía que era editor de una revista literaria y que sus oficinas estaban enfrente del Parque Hundido y que él y su chica se habían mudado recientemente a un departamento cercano a las oficinas y que los tanques de gas estaban carísimos y que nos agradecían muchísimo el intercambio.

Yo le pregunté sobre la revista literaria y allí vi una oportunidad de publicar alguno de los tantos textos que he escrito (desde niño, cuando aprendí a escribir), y entonces le dije que yo escribía, y quería contarle sobre ese aspecto de mi vida con un poco de detalle para que no se quedara con la idea de que yo escribía, tal y como millones de personas dicen que escriben, pero mi papá estaba muy angustiado por los problemas que tenían mi tía, mi prima y mis sobrinas, y necesitaba desahogarse conmigo.

Ante mi incapacidad para controlar la situación, apoyé los codos en una de las bardas de concreto de la azotea y me quedé mirando desde allí la colonia de ese edificio de tres pisos junto a Tlalpan, frente a un Sanborns, a unas cuadras de las estaciones Xola y Villa de Cortés del metro, a unas cuadras de la estación Las Américas del metrobús, en el que Katz, Gatusso y yo habíamos vivido.

Por primera vez reparé en que era una colonia bonita y bien ubicada, y en que nunca la había disfrutado. Pensé en todas las cosas que habían pasado en un lapso de cinco años, y me pregunté si algún día volveríamos a vivir en una colonia similar a esa.

Bajamos hasta la calle, el tipo de la arena se encargó de bajar él solo el tanque de gas, mi papá y yo lo acompañamos hasta su auto, el tipo me dio un par de ejemplares de la revista en la que era editor y me dijo que le enviara uno de mis textos y que seguíamos en contacto. Yo le dije que no debía sentirse comprometido a publicarme, que me bastaba con su retroalimentación. 

Apenas acabamos de instalarnos en el departamento de Pantitlán –teníamos pocas cosas, y Katz y yo terminamos de instalarnos en menos de 24 horas–, me puse a escribir un relato para enviárselo al tipo de la arena –era un relato sobre un sujeto que llevaba a su novia ebria de vuelta a su casa, después de una fiesta, el día que la selección sub 17 había ganado el mundial de la categoría en Perú 2005– y se lo envié. Por supuesto: el tipo de la arena nunca me contestó. 

Ya pasaron nueve años desde ese día. Mi tía, mi prima y mis sobrinas continúan teniendo problemas, y me pregunto quién vivirá ahora en ese departamento de Xola, me pregunto qué será de la vida del tipo de la arena: ¿al menos habrá leído el texto que le envié?; si ahora mismo, por azares del destino, leyera esta entrada, ¿le parecería mala?, ¿sentiría curiosidad por leer aquel texto que le envié en el 2013...?

También me pregunto si alguno de los integrantes de los comités de los concursos “para jóvenes escritores” en los que participé, leyó mi novela. También me pregunto qué pasaría si un desconocido, por azares del destino, leyera esta entrada, creyendo que no la escribí yo, sino una estrella de rock de las letras: ¿le volaría la cabeza...?

domingo, junio 26, 2022

under the influence

 

EN PROGRESO

Estaba en los últimos meses del doctorado y estaba a punto de mandar a volar todo, y ya no soportaba que mi tutor me dijera en frente de todos los estudiantes de doctorado y de licenciatura que formábamos parte de su grupo de trabajo que yo sólo seguía sus instrucciones y que era un estudiante con poca iniciativa (tal vez lo decía para molestarme o porque todo se le había salido de control y quería poner el ejemplo conmigo: ya tenía dos años como profesor de asignatura en la facultad de psicología y estaba por publicar mi tercer artículo de investigación original como primer autor y a veces, sobre todo por las mañanas, era el único estudiante en el laboratorio), los fines de semana me gustaba fumar y alcoholizarme y liberarme de todo; ocasionalmente encendía el televisor (sobre todo cuando jugaba la Selección Mexicana) y me sentaba a ver partidos de futbol (supongo que en ese estado no me parecían tan aburridos); ésta era una costumbre de toda mi vida (no fumar y alcoholizarme, sino ver partidos de futbol), más precisamente desde aquella tarde del verano de 1990 cuando mi papá veía por tv un partido de octavos de final entre las selecciones de Brasil y de Argentina que se disputaba en Turín, y Diego Maradona hizo una jugada de otro planeta y le dio un pase a Claudio Caniggia y Claudio Caniggia anotó un gol y los argentinos eliminaron a los brasileños que eran uno de los equipos favoritos para ganar esa Copa del Mundo; y todo lo que transcurrió en apenas veinte o treinta segundos –la jugada entre Diego y Claudio, en ese estadio, en esa cancha de futbol, en ese césped–, capturó mi atención, me dejó impactado, y me condenó a ver otros partidos de futbol; desde entonces, muchos recuerdos de mi vida están asociados al futbol, como el partido que se disputó el 26 de junio del 2011.

Era la final de una Copa Oro, la disputaban las selecciones de Estados Unidos y de México, en el Rosebowl, en Pasadena, en el mismo estadio en el que la selección de Brasil y la selección de Italia jugaron la final del mundial de 1994, en el mismo estadio en el Roberto Baggio falló un penalti que le permitió a los brasileños ganar su cuarta Copa del Mundo. 

El Director Técnico de esa Selección Mexicana era José Manuel de la Torre, el equipo tenía jugadores talentosos que jugaban en Europa.


sábado, junio 25, 2022

¿Estrella de rock (de las letras) o bombero (académico)?


Me considero un bombero de segunda mano que apaga los fuegos de todas las cosas que se incendian en los trabajos en los que he estado, y no voy a entrar en detalles, no voy a desmenuzar nada, no voy a decir qué significa nada, sólo voy a decir que siempre he disfrutado mis trabajos, que siempre he remado contra la corriente, que nunca me he quejado de nada y que eso (aparentemente) le ha hecho creer a la gente que mi trabajo es muy fácil y que todo me da igual (no los culpo) y que mi cerebro siempre está en modo “Es lo que hay”.

En todos los trabajos que he tenido he tratado a personas con una ética intachable y con un compromiso asombroso hacia todo lo que hacen, pero también he tratado a psicópatas y a narcisistas que sólo se preocupan por ellos mismos y que no miden las consecuencias de sus actos y que se alimentan de la humillación de los demás; y también he tratado a personas falsas que sólo me hablan o me saludan cuando necesitan algo de mí, o cuando no les queda otra opción; y también he tratado a personas fabulosas, transparentes y directas, y algunas de ellas, infortunadamente, ya no están aquí.

Aunque me considero un bombero, desde niño siempre he querido ser una estrella de rock de las letras y se los he dicho a personas de mi círculo social y a algunas de ellas les ha parecido una broma y se han carcajeado en mi cara y me han dicho que es la niñopausia, y que debería preocuparme por tener un auto del año en la puerta de mi casa, o que debería preocuparme por salir de vacaciones al menos dos veces al año y conocer el mundo; a otras personas se los he contado y me han dejado la impresión de que creen que soy más bien un escribano y que, cuando les digo que escribo, me refiero más bien a que escribo poemas sobre las mujeres que me gustaban cuando estaba en la secundaria, o a que puedo escribir poemas sobre los bebés que acaban de nacer y que puedo sentir lo felices que están sus papás y que puedo escribir sobre eso.

Otras personas me han dejado la impresión de que creen que puedo escribir sobre las fiestas de graduación que les gustan a los papás y a los abuelos de los graduados, o que invento historias como las que ellos ven en Netflix, como esas historias en las que todos los protagonistas son ricos y luchan por sus sueños hasta que sus sueños (con un empujoncito de la fortuna familiar) se hacen realidad, pero no me voy a quejar más de lo necesario, sólo voy a decir que hoy no salí a correr, que desde las seis de la mañana me levanté de la cama y que encendí la Mac y que me concentré en escribir en algunos de los textos en Word que tengo abandonados en distintas carpetas en la computadora (las cosas que lees en este blog son improvisaciones que pueden tomar otro camino), y que uno de esos textos fue el de la novela que comencé a escribir en la pandemia, hace más de un año, y que ha ido tomando la forma de una novela de ficción autobiográfica y que tiene ya más de trescientas páginas, aunque no siempre puedo escribir en ella. 

Voy a decir que ya son las dos de la tarde y que he estado escribiendo desde las seis de la mañana y que la escritura ha fluido y que he escuchado cientos de veces el álbum de The Smile y que sólo interrumpí la escritura para bañarme y para desayunar, y que terminan mis vacaciones y que el lunes vuelvo a la universidad y que volveré a perderme en las responsabilidades de la academia y que volveré a perder el ritmo y que todo esto que escribo lo leeré en los siguientes meses y que me sentiré frustrado y dividido y que entonces me habré resignado una vez más a haber perdido el ritmo, y que entonces odiaré mi existencia con todo mi corazón, que me sentiré como cuando Maradona dijo que le habían cortado las piernas y que nadie comprenderá mi frustración, ni que desde niño he querido ser una estrella de rock de las letras y que siempre he remado contra la corriente y que he fungido como un bombero de segunda mano.    

viernes, junio 17, 2022

Alemania vs México

 


Nadie tenía grandes expectativas de la selección: habían clasificado al mundial sin contratiempos, pero habían perdido 7 a 0 contra los chilenos en La Copa América y 4 a 1 contra los juveniles alemanes en La Copa Confederaciones. Más allá de estas escandalosas derrotas, el equipo no parecía tener un sistema de juego claro –¿como ahora?– y los aficionados y la prensa exigían la destitución de Juan Carlos Osorio, el Director Técnico. Ya pasaron cuatro años y las cosas no han cambiado mucho.

Esa mañana del domingo 17 de junio del 2018, me levanté temprano a escribir en este blog. Había quedado en ir a ver el juego a casa de mis papás, con mis hermanos y con mis papás, como había hecho desde el mundial de Sudáfrica, cada vez que jugaba la selección y el juego caía en fin de semana y todos podíamos reunirnos. 

Se me fue el tiempo escribiendo en el blog y tuve que salir corriendo a casa de mis papás. Su casa no quedaba muy lejos del departamento, quedaba como a veinte minutos caminando, o como a cinco minutos en auto. Creo que la transmisión del juego comenzaba al mediodía y que ya faltaban diez minutos para el mediodía cuando salí del departamento. Quise tomar un taxi para llegar pronto a casa de mis papás, pero la calle estaba vacía y los pocos taxis que pasaban ya llevaban pasaje. No era un domingo cualquiera: era un domingo en el que jugaba la selección de futbol en un mundial. 

Caminé deprisa y llegué a casa de mis papás cuando iba a comenzar la ceremonia de los himnos. Poco tiempo había tenido para recordar otros debuts de la selección en otras Copas del Mundo, como el juego contra los noruegos en Washington DC, en Estados Unidos 1994, o en Francia 1998, contra la selección de Corea del Sur. Al igual que mis papás y que mis hermanos y que la mayoría de la afición, yo tampoco tenía muchas expectativas de esta selección –ya estaba acostumbrado a las derrotas – y, más bien, seguía la tradición de ver a la selección jugar en un mundial. 

Saludé a mi mamá, a mis cuñadas y a mis hermanos, y me subí a la sala de tv –mi vieja recámara de soltero– y me senté frente al televisor, junto a mi papá. Al ver los rostros de los futbolistas mexicanos, de pie, con una mano en el pecho y entonando El Himno Nacional, mientras los enfocaban las cámaras de video de la transmisión oficial de la FIFA que esporádicamente hacían tomas de los aficionados en el estadio (sin la burda publicidad tercermundista que satura los partidos de la selección en la televisión mexicana) y mientras estas tomas se alternaban con las tomas de las cámaras de TV Azteca en distintos puntos de la República Mexicana en los que se habían congregado los aficionados a ver el partido en pantallas gigantes, reparé en la importancia de ese partido y caí en la cuenta de que un mundial de futbol, pase lo que pase, es incomparable con cualquier otro torneo de futbol: no importa qué tan mal esté jugando tu selección; siempre estarás apoyándola y esperando a que gane el partido como sea, aunque ganar no sea lo más probable. 

Casi sentí que yo estaba en El Estadio Loujniki, entonando El Himno Nacional, a punto de disputar el partido, y me pregunté qué clase de futbolista habría sido yo si hubiera disputado un mundial; si estaría consciente de que casi todo el país estaría al pendiente de ese partido y si la emoción me desbordaría; si me sentiría totalmente conmovido y si me pondría a llorar mientras las cámaras de la FIFA me enfocaran. 

El juego comenzó de un modo que nadie esperaba: la selección mexicana se fue al frente y creó jugadas de peligro. Al cabo de unos minutos, el partido se emparejó y luego se convirtió en el juego que todos esperábamos: los alemanes buscaban un gol y la selección mexicana se defendía. 

Estaba por terminar el primer tiempo, cuando Héctor Herrera, después de un tiro de esquina a favor de los alemanes, recuperó el balón en el borde del área mexicana e inició un contragolpe que acabó con un gol de Hirving Lozano.

En la casa y en el país todos los aficionados seguimos la jugada paso a paso y deseamos que Lozano anotara y gritamos el gol. Ni el aficionado más optimista habría apostado por ese escenario.   

También era día del padre.