sábado, octubre 22, 2022

dale vuelta a la página de tu existencia

despertar de un sueño confuso que ya barrió el oleaje de la conciencia, medio recordar qué soñaste, que ibas a celebrar tu cumpleaños y que tus papás te prestarían su casa y que no estabas tan seguro de invitar a nadie pero que al final te decidías y te parecía una oportunidad genial para tocar con tu banda de punk y para invitar a la gente con quien aún tienes contacto en Facebook; tener que levantarte de la cama porque las ganas de orinar aumentan, sacar los pies de las sábanas y sentir el contacto de las sábanas y brevemente aspirar la fragancia de las sábanas recién lavadas mientras te las vas quitando de encima y recordar muchas cosas felices y luego sentir el madrazo del frío, y encabronarte y aborrecer el frío y la idea de tener que ponerte varios kilos de ropa encima para hacer cualquier cosa, para desplazarte por el día, de la cama al baño, del baño a la recámara, de la recámara a la cocina, y para evitar enfermarte y terminar tumbado indefinidamente en la cama, apenas lanzando estertores, con la garganta a punto de estallar como un globo y con los ojos borrosos de lágrimas; acabar de orinar, mirarte en el espejo, reconocer de soslayo todos los defectos que aborreces en ti mismo, bostezar, sentir una opresión en el pecho, ser incapaz de pensar claramente, ser incapaz de ser un zen y ser incapaz de no odiar a toda la gente que te ha puesto un pie para que tropieces o que te ha usado como pañuelo desechable, y que ha dado vuelta a la página de tu existencia rápidamente; tener mil ideas y querer ahondar en cada una de ellas y escribir sobre cada una de ellas –te transportan a distintos lugares catárticos y te alivian, te quitan un peso de encima, y te hacen sentir menos miserable–, pero continuar orinando y sintiendo cómo se esfuma el tiempo y cómo deteriora tus huesos y cómo mata a tus células; entrar en la recámara, avanzar en contra de las ráfagas de frío que cercenan tu movimiento, sacar el glucómetro, sacar la tira reactiva, sacar la lanceta, sacar la pluma, sacar el cuaderno, y pincharte un dedo elegido al azar, aunque casi siempre es el mismo, y hacer el sacrificio de una gota de sangre, y sentir que la yema de ese dedo que casi siempre es el mismo es como la gruesa piel de un elefante que ya no siente nada, y recordar las primeras veces que te medías la glucosa y cómo sentías intensamente ese pinchazo y cómo te predisponías a sentir ese pinchazo y cómo creías que sentías que ese pinchazo liberaba endorfinas en tu torrente sanguíneo y cómo pensabas que pincharte cada día con la lanceta para hacer un sacrificio de sangre y medirte la glucosa, y que habituarte a ese pinchazo, te abriría las puertas para experimentar con otras drogas administradas por vía intravenosa, y lidiar con el espantoso frío y calcular, entre las brumas de la conciencia que, repentinamente, tiene un bajón que te permite recordar algunos detalles de lo que estabas soñando, cuántas veces te has pinchado en el último año, cuántas tiras reactivas has usado, cuántas pilas de litio has comprado, cuántas gotas de sangre has vertido en el lector del glucómetro y cuántas ideas has olvidado mientras te mides la glucosa; acabar de anotar los mg/dl de glucosa en sangre, sentirte un fracasado, un tipo incapaz de resistirse a la tentación de la comida sabrosa –una hamburguesa, unas papas a la francesa– y a los efectos alienantes del alcohol, y disponerte a anotar cuáles fueron tus alimentos del día anterior, y tener un sobresalto porque el gato noruego llega de pronto a la recámara y empieza a llamar tu atención, a maullar, a subirse al escritorio, a mover la computadora, a pasarte una de sus patas por el cabello, y saber que todo ya se fue al carajo: que bajarás a la cocina, que le darás su comida blanda, que recogerás su arena, que te lavarás las manos, que le servirás agua limpia en su plato de agua limpia, que volverás al baño, que irá saliendo el sol, que la luz del sol te despojará del estado mental que requieres para escribir, que harás algunos estiramientos para evaluar si ya no te duele la ingle izquierda y si entonces puedes salir a correr cinco o seis kilómetros –al igual que la escritura de pendejadas introspectivas, correr resulta catártico, y también es una estrategia para huir de la realidad–, que lavarás los trastes, que te resignarás, que le preguntarás a Alexa por el pronóstico del tiempo, que repararás en el madrazo del frío una vez más, que ya habrá salido el sol y que todo el vecindario ya habrá despertado, y que, tú mismo, ya le habrás dado vuelta a la página de tu existencia.  

jueves, octubre 20, 2022

Soy un mal escritor


Soñar es estar a la deriva, despertar es llegar a tierra firme, escribir es abrirte las venas y desangrarte, leer es cerrar los párpados y fingir una sonrisa o una mueca triste, escribir es salpicar una página con los esputos de todas tus frustraciones en la deshidratación de una borrachera, leer es modular tu voz para que parezca que captas el mensaje, que sufres lo que estás leyendo, fingir que las letras son marcas de hierro incandescente que chamuscan tu alma, esperar a que alguien te lea es pretender que sólo necesitas soñar para que tus sueños se hagan realidad, es como creer que el sol puede ocultarse detrás de uno de tus dedos y acabar con la luz de todo el mundo, la realidad es que no vales nada excepto si “las personas indicadas” le dicen a las personas sin criterio que eres el mejor, aunque seas pésimo en lo que haces, como cuando Joseph Goebbels decía mentiras a los alemanes y luego decía que las mentiras que se decían millones de veces acababan convirtiéndose en la verdad imperante, la realidad es que es más probable tener éxito si nunca esperas nada de la gente que conoces, esperar a que algún contacto o conocido te dé crédito simplemente porque es tu contacto o tu conocido es ingenuo, paradójicamente en el anonimato le caes mejor a la gente que te conoce, o, al menos, así la gente que te conoce no tiene razones para envidiarte o no tiene prejuicios acerca de ti, meterte a una red social es enfermizo, para qué quieres encontrar callejones sin salida y sectas intolerantes y creyentes sin autoestima, para qué quieres encabronarte con opiniones que no te van a gustar, que la tierra es plana, que la educación es irrelevante, que todos deberíamos aspirar a ser empresarios multimillonarios y lucrar con frivolidades, que lo único que debería importarnos es tener un auto del año y salir de vacaciones a lugares exóticos lo más seguido posible, meterte a una red social es enfermizo, usar las redes sociales como un cuchillo para clavárselo en la espalda a la gente que conoces, hablar mal de la gente que conoces, señalarla, humillarla, ignorarla, pretender darle una lección de moral, asumir que conoces todos sus motivos y todos sus defectos, es enfermizo, estar despierto es estar atado a las apariencias que duelen como un arañazo de gato feral en la cara, es tener que interrumpir lo que más te gusta hacer, eso que harías por el resto de tu vida aunque no te pagaran, porque tienes que comer o ir al baño prácticamente cada que llegas al clímax de algo, estar dormido es estar libre, es no tener hambre ni sed, es no padecer ni angustias ni preocupaciones, es no tener que saber mil y un contraseñas para entrar a mil y un aplicaciones que te facilitan la vida o que te fabrican necesidades o que te vuelven dependiente a ellas, no caer en una provocación en redes sociales es no tener nada qué decir, caer en una provocación en redes sociales es la oportunidad ideal para demostrar tu punto, cualquiera que sea, quedarte callado es no tener nada qué decir, decir lo que sientes es tener la razón, compartir lo que escribes, mostrar tus heridas y tus miserias, sublimar tu estrés postraumático en busca de catarsis, o en busca de retroalimentación, es estúpido, quizá encuentres la catarsis pero esperar retroalimentación es absurdo, es ingenuo, nadie lee nada que no tenga que ver consigo mismo, la gente sólo lee las cosas que refuerzan la idea (el concepto, la identidad) que tienen de sí mismas, si te metes en un muro en el que no te llaman no debes esperar una respuesta, incluso si alguien se mete en tu muro sin que lo llames, y aun cuando te pregunte algo y tú te tomes el tiempo para responder, no esperes a que te dé retroalimentación, todo está mal, todo es enfermizo, todo es contagioso, todo es automatismo, como en ese álbum de REM que supuestamente sonaba junto al cadáver de la estrella de rock que se metió a la boca el cañón de una Remington y que habla sobre cómo los humanos somos emocionales y necesitamos aceptar nuestros defectos pero siempre estamos avergonzándonos de lo que somos, aparentando que todo está bien, que no podríamos estar mejor, que amamos lo que hacemos, que no hacemos lo que hacemos porque no tenemos otra opción, y si respondes a algo que te preguntan concretamente en tu muro, en una red social, y a la gente no le gusta tu respuesta, porque, a lo mejor, inconscientemente, te tiene en un concepto muy bajo y cree que dices que escribes porque un día le escribiste un poema a tu abuelita y tu abuelita lo leyó y le gustó (o fingió que le gustaba para no herir tus sentimientos) y te dijo que escribes bonito y le creíste ciegamente, o simplemente respondes y no está de humor o no le gusta tu respuesta porque tu respuesta no está en la frecuencia de lo que le gusta, o en la frecuencia de su humor, y aunque tu respuesta sea una respuesta que responde concretamente a lo que te preguntan, te sueltan el rollo de que eres ególatra (¿qué debías contestar?, ¿ahora te paso el poema que le escribí a mi abuelita?), y, en fin, si lo eres, pues lo eres, ya no tienes quince años para que estos adjetivos te pongan al borde de un colapso emocional, tampoco es que lo máximo que hayas hecho en la vida sea escribir en un blog, aunque ser ególatra es lo menos importante, lo importante debería ser que, en otros tiempos, esas personas que ahora te llaman ególatra leían este blog, este anodino blog en el que escribes (más bien, lo que haces es aporrear el teclado de una computadora con conectividad a Internet y luego las palabras van quedándose grabadas en un gadget) desde hace casi veinte años, y que esas personas te conocieron hace casi quince años en un taller de creación literaria y que salieron contigo a emborracharse varias veces, pero, en fin, eran otros tiempos, y ahora estoy en un mal momento, no soy muy tolerante en este momento, está clarísimo que mis capacidades no me aseguran nada, que la gente del presente tiene que ponerme candados para evitar que concurse y que gane una plaza de trabajo (y, aunque no lo parezca, incluso encontrándome en un mal momento, sé perfectamente qué cosas escribo), está clarísimo que a veces hago preguntas retóricas en los muros de las redes sociales de personas que no me invitan a preguntar nada en sus muros, porque sistemáticamente no comentan nada, porque estoy ocioso, harto de leer textos científicos en inglés sobre temas que no me apasionan, porque estoy harto de escribir minutas como si estuviera obligado a ser un secretario que debe ser estoico y que debe vivir de sus ahorros, y que debe resignarse a que las cosas sean así, a que la excelencia académica sea solo un eslogan, o porque, simplemente, quiero evadirme de mi realidad, y, en fin, a veces no vemos nada, ni siquiera cuando nos pasa, ni siquiera cuando somos la prueba de viviente de nuestros propios errores y fracasos, y estamos tan ensimismados en la corriente de las redes sociales y somos tan susceptibles a los reforzadores de las redes sociales –los likes, los me encanta–, que no nos damos cuenta de que también somos ególatras cuando estamos a la defensiva, cuando asumimos que alguien nos comenta cualquier tontería para poner en duda las cosas en las que creemos ciegamente, cuando alguien, tontamente, se acerca a nosotros en la virtualidad de las redes sociales, por curioso, o en busca de una opinión, sin ánimo de ofender, o nos lanza un comentario retórico, imaginando que no recibirá respuesta, como ha ocurrido otras tantas veces, incluso cuando le preguntas algo directamente (también es ególatra hacer una pregunta y pasar de largo, ignorar la respuesta a la pregunta que tú mismo hiciste, porque, simplemente, esa respuesta te vale madre, o no se ajusta con tus intereses), pero, en fin, caemos de vez en cuando en la tentación de los autómatas, y nos enfrentamos al otro lado de la moneda, descubrimos qué ocurre cuando no pasamos de largo, y no desestimamos “el debate” en redes sociales, cuando nos quedamos a ver cómo la gente alienada suelta un rollo que la haga sentirse superior a los interlocutores –les da un periodicazo en el hocico–, y así vamos todos, aportando nuestro granito de arena, remando en la corriente de las redes sociales, intoxicándonos en la inercia de las redes sociales, nunca tenemos tiempo para salir del círculo vicioso de las redes sociales, y nos alejamos del mundo real, y nos distanciamos de la gente real, y le decimos, al mundo real y a la gente real, que están enfermos porque no ven nuestro punto, porque no nos comprenden.

viernes, septiembre 23, 2022

Wah, wah, wah

A las 11 de la mañana, tal y como nos había informado, esa misma mañana, la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica –wah, wah, wah– y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar algo así como diez metros hasta la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del edificio S, y dejar lo que estaba haciendo –cargar los últimos documentos de la solicitud en la que estaba trabajando desde agosto para concursar por financiamiento en la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT– y quedarme allí durante diez o quince minutos.)

Nos reunimos alrededor de diez personas en la zona de seguridad. La mayoría eran administrativos, pero también había estudiantes. Sin embargo, yo era el único posdoc y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc allí, sino porque ser un posdoc es, en cierta forma, estar en el limbo de la academia. 

En los pasillos de la universidad había escuchado a un par de investigadoras referirse a sus posdocs como estudiantes. Si ellas, mejor que nadie, deberían saber que un posdoc no es un estudiante más, y, sin embargo, llamaban así a sus posdocs, ¿qué podía esperar yo –que aparecí, casi de la nada, en el Departamento–, de los administrativos y de los estudiantes de grado y de pregrado...? (Claro que no tiene nada de malo ser un estudiante más, pero hay que darle su lugar a los posdocs: parece obvio, pero, cuando estás en el posdoc, ya pasaste por la licenciatura y por el doctorado, ya debiste haber publicado al menos un artículo de investigación como primer autor en una revista con peer review, y ya debiste haber impartido clases en licenciatura y en posgrado. Yo no era un posdoc estándar. Ya era primer autor en cuatro papers, era coautor en tres papers, tenía dos capítulos en libros en inglés y, durante más o menos cuatro años, ya había sido profesor de asignatura en la UNAM, y, a veces, uno que otro estudiante actuaba como si yo fuera su asistente. Me miraban de arriba abajo, como si estuvieran esperando a que les limpiara las camas de aserrín a sus ratas, o ni siquiera me contestaban el saludo. A veces, tenía tantas ganas de comportarme como un verdadero mamón con ellos, y mandarlos al carajo y presumirles todo lo que había hecho.) 

También me sentía fuera de sitio en la zona de seguridad porque estaba desvelado. 

Me había despertado de una pesadilla alrededor de las tres o cuatro de la mañana, y se me había ocurrido revisar algunas noticias en mi teléfono. Había muchas notas sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 –en 32 años no había hecho nada similar–, y esas noticias me habían afectado en un mal sentido, y tenía pensamientos catastróficos y no podía dejar de recordar detalles de mi propia experiencia durante ese terremoto. 

Durante el macrosimulacro, me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y reforzaron mi impresión de que ser un posdoc es estar en el limbo de la academia. Fue obvio para mí que ellas me veían como un estudiante más que no tenía gran cosa que contarles. Me encabronó la situación. También es obvio que algunos estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer... A veces, aunque se los digas, no funciona. Algunos estudiantes sólo escuchan lo que quieren escuchar y sólo te hablan cuando no les queda otra opción –normalmente, ni siquiera te saludan–, o cuando creen que tu obligación es facilitarles cualquier cosa que necesiten para correr sus experimentos. En fin, es difícil darles gusto. A algunos.

Después de esa interacción social desastrosa, me maldije por intentar ser alguien que no soy –no me desvivo por socializar– y por haberme puesto a leer esas noticias en Internet. No quería sentirme encerrado en mi propio mundo, ni continuar pensando en todas las cosas que me daban vueltas en la cabeza, pero acabé sintiéndome como si hubiera una barrera entre el resto de la gente agrupada en la zona de seguridad y yo. 

De las cinco personas que regularmente compartíamos el cubículo y con quienes conversaba regularmente, en ese momento, sólo estaba yo: A, como integrante de la Comisión de Seguridad, coordinaba el macrosimulacro y andaba de un lado para otro; G impartía alguna clase en otro edificio de la universidad; P, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y Q tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a trabajar al cubículo. Al cabo de unos minutos, G y P volvieron y se pusieron a platicar sobre algunas anécdotas de René Drucker, que había muerto el domingo anterior. Me hubiera gustado unirme a la plática –Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, fue “mi abuelo académico” y fue presidente del Comité de mi examen de candidatura, pero mientras fui estudiante de doctorado, siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria–, pero, digamos que, después de mi experiencia social durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar. Me concentré en completar mi solicitud para la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre. 

Ya estaba harto. La solicitud parecía no tener fin. Tenía varias semanas trabajando en ella. Además de que habían actualizado la plataforma del CONACyT y de que había tenido que volver a cargar otra vez toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos de la solicitud eran muy latosos: entre otras cosas, tenía que redactar varias Cartas Compromiso y recabar las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

G y P continuaban hablando sobre Drucker, cuando me aburrí de la burocracia del CONACyT y me puse a leer un artículo que tenía en esa carpeta de la computadora en la que pongo todos los artículos que creo que debo leer pero que casi nunca leo. Se trataba de un artículo de restricción de sueño y de memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Cuando intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, comenzó a temblar. Se sintió como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, quería llegar a la zona de seguridad que no quedaba a más de diez metros, pero la sacudida del edificio era tan fuerte que no pude dar más de dos o tres pasos. Todas las cosas que tenía presentes desde las cuatro de la mañana, por haber estado leyendo noticias sobre el terremoto de 1985, me pasaron por la cabeza. Parecía absurdo, parecía irreal, parecía una pesadilla. ¿Quién habría imaginado que temblaría justamente ese día, cuando se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justamente unos minutos después del macrosimulacro que había servido para concientizar a la gente sobre ese terremoto...?

El movimiento se intensificó y entonces, como si un experto en condicionamiento clásico hubiera querido usarnos como sus conejillos de indias para demostrar cómo se fortalece la asociación entre un EI y un EC, si el EC ocurre mientras transcurre el EI, comenzó a sonar la alerta sísmica –wah, wah, wah–, y, casi de inmediato, se escucharon gritos y estructuras metálicas retorciéndose. A unos metros de la puerta del cubículo, a mi izquierda, había un grupo de personas que se sujetaban a una de las columnas de concreto del pasillo. 

A mi derecha también había un grupo de gente abrazándose a otra de las columnas del pasillo, y traté de caminar hacia el grupo que estaba más cerca de mí, a la izquierda, pero el terremoto era tan fuerte que ni siquiera podía mantener el equilibrio. En ese grupo de la izquierda estaba una investigadora que conocía desde hacía 10 años y que de pronto había dejado de hablarme. Más o menos sabía que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado los experimentos de sus estudiantes. No era cierto. Más bien, sus estudiantes casi no corrían experimentos y, cuando lo hacían, ocupaban todo el bioterio sin avisar y durante cuatro o cinco horas consecutivas, estropeando los experimentos de todos los que teníamos animales en el bioterio. En fin, me daba igual que ella y que sus estudiantes me hubieran dejado de hablar, pero era incómodo cuando sus amigos investigadores (con quienes yo nunca había tenido problemas) me negaban el saludo porque se habían solidarizado con ella. 

Bueno, esta investigadora estaba allí, en la columna de la izquierda, y se veía muy asustada. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos y me pareció insignificante tener un problema con ella; ni siquiera lo pensé: simplemente supe que nunca entendería por qué la gente es así; porque, pudiendo quejarse directamente contigo –o aclarar alguna situación contigo–, prefiere acusarte; por qué, aun cuando uno se concentra en su trabajo y evita los conflictos y los chismes de pasillo, siempre habrá alguien que encuentre la oportunidad de poner palabras en tu boca, de echarte la culpa de algo, de justificarse, y sacar provecho de ello.

A unos metros del grupo de la derecha, estaba G. Él también se veía muy asustado. Era una persona muy optimista y siempre sonreía, pero, en ese momento, se veía muy mal. Pensé en que no le preocupaba tanto su situación, sino que estaba preocupado por A y por sus hijas. A –su pareja–, en ese momento daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en sus escuelas, en Coapa, a kilómetros de distancia de la universidad. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y de pronto me di cuenta de que yo mismo ya me encontraba en la columna de la izquierda, sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en la universidad. La ubicaba de vista, varias veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos, precisamente, en esas condiciones tan horrendas. Deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan horrendo, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí –G, la investigadora que no me hablaba, la chica que había visto tantas veces en los pasillos de la universidad–, mientras el edificio S continuaba sacudiéndose terriblemente, de una u otra manera, habíamos pensado en cosas similares: que el edificio no resistiría el terremoto, que se caería en cualquier momento y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos continuaban, por ahí alguien rezaba en voz baja, el sonido de la alerta sísmica continuaba, y todos estos sonidos eran aterradores, pero no tan aterradores como el sonido que hacían las tuberías y las varillas del edificio. Hubo 
una sacudida más violenta que las anteriores, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales. Creí que ese era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, que esas eran las señales del principio del fin, como en los documentales sobre terremotos en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó. 

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a verme a la universidad, a la hora de la comida, y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Roma. Vivíamos en el quinto piso de un edificio de departamentos, a veinte minutos de la universidad. 

Paulatinamente todo se fue deteniendo, como cuando estás ebrio y poco a poco recuperas tu sobriedad. Volví al cubículo por mis cosas y salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. Aún nadie sabía cuáles habían sido las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. 

Miré alrededor. El mural de Arnold Belkin, el que está en la entrada principal del edificio S, el mismo mural que vi cuando visité por primera vez ese edificio de la UAM Iztapalapa, por allá del 2009, cuando apenas iba a ingresar al doctorado en la UNAM y necesitaba una firma del Dr. Javier Velázquez, que formaría parte de mi comité tutoral. El mural de Belkin tenía dos fisuras enormes. Estaba dividido en tres partes.  

Intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. 

Salí de la universidad. En la calle había mucho tráfico y mucho ruido y mucha gente. Los camiones de transporte público y los taxis y las patrullas y las ambulancias y los coches de bomberos pasaban a toda velocidad. Algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos peatones. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio del terremoto y, al menos esa parte de la ciudad, ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Con los camiones pasaba lo mismo.

Caminé como una hora hasta Rojo Gómez y luego hasta Parque Tezontle. Estaba exhausto. Una y otra vez intenté llamar por teléfono a Katz, pero el teléfono seguía sin línea. Sólo quería llegar al departamento y saber que ella y que los gatos estaban bien.

En algún punto me detuve afuera de una tienda de abarrotes en la que se escuchaba la radio. El dueño de la tienda salió y quién sabe qué semblante me vio, pero me preguntó si quería agua, y me dijo que era gratis. Le dije que no. Mientras me concentraba en las noticias, él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado peor que el de 1985. Estábamos así, cuando la locutora de la radio dijo que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. Intenté otra vez llamar a Katz por teléfono. Nada. El teléfono seguía sin línea.

Tardé casi dos horas en llegar al departamento, y ocurrieron miles de cosas más, pero esta entrada ya es muy larga, así que sólo diré que Katz y que los gatos tampoco la pasaron bien durante el terremoto –el edificio se movió de un lado a otro, los niños de la primaria junto al edificio lloraron y gritaron, los gatos se asustaron y se escondieron en la parte más alta de los clósets de las recámaras, Katz se metió a un clóset y también creyó que el edificio se caería–, pero que todos, afortunadamente, estaban sanos y salvos.

Han pasado cinco años desde ese terremoto (Katz, los gatos y yo ya ni siquiera vivimos en la CDMX), el edificio S de la UAM Iztapalapa ya no existe (sufrió daños estructurales en ese terremoto del 2017 y ya lo demolieron), este lunes 19 de septiembre del 2022 volvió a temblar a la una de la tarde, después de un simulacro, y yo estaba también en una universidad (como hace cinco años), ahora en el segundo piso de un edificio nuevo y a punto de impartir una clase, y en otro limbo académico (ya no como posdoc), pero esa es otra historia.

viernes, septiembre 02, 2022

Nunca puedo escribir cuando leo a Philip K. Dick


Llega esta hora en la que quiero escribir, en la que estoy convencido de que voy a escribir, esta hora que he esperado toda la semana, esta hora para la que me he preparado mentalmente toda la semana, esta hora que me ha permitido soportar las cosas horribles de toda la semana. 

Apagué el teléfono y me encerré en el estudio. Abrí una botella de vino y puse música para entrar en la zona. Encendí la computadora. Abrí el archivo Word. Sin embargo, mientras le doy el primer trago a la botella, se me ocurre leer a Philip K. Dick –apenas unas cuantas páginas, de un libro que voy leyendo en mis ratos libres, antes de dormir, después de correr, un libro sobre la distopía, un libro en el que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial–, y todo vale madre.

Nunca he compaginado con él. No sé por qué. Todas las veces que he leído alguna de sus obras, me cuesta mucho trabajo seguirlas. Es como si leyera, sin leer. Es como si corriera sin rumbo fijo. Me gusta su narrativa, me gustan sus ideas futuristas, me gustan sus escenarios... pero todas las veces que lo he leído me ha costado mucho trabajo escribir. 

Y así estoy hoy. Con metas, con planes, con expectativas... pero no puedo pasar de un párrafo. Y estoy pensando en tonterías. ¿Por qué comento en las redes sociales de amigos que nunca contestan? No necesito comentarles nada. No me importa lo que piensen. ¿Por qué comento algo, si no me importa? ¿Evado mis propias angustias en las redes sociales? ¿Por qué pienso en estas personas que se solidarizan con la medianía? ¿Por qué?

sábado, agosto 13, 2022

Cortada


Apenas siento una ligera punzada en el dedo, sé que me he cortado. La sangre cae a borbotones en el fregadero y todo se tiñe de un rojo diluido con agua y con cloro y con jabón para lavar trastes. El dolor es tan intenso que imagino una cortada profunda, del tamaño de un cráter. 


Me siento tan estúpido. Sabía que esto podía pasar. Mientras lavaba las treinta cucharas, los veinte tenedores y los diez cuchillos, los cuatro toppers, los dos vasos, las dos tazas, los dos platos largos y los dos platos cortos que nada más usamos Katz y yo en la comida y en la cena –y no podía creer que hubiéramos usado tantos trastes sólo dos personas, en dos comidas– y me preparaba (mentalmente) para lavar, con otra esponja, las latas de comida blanda de los gatos –separamos la basura y no nos gusta dejar residuos de comida en las latas–, me decía a mí mismo que debía ser muy cuidadoso para evitar cortarme con alguna rebaba de las latas de Royal Canin. 


Quería terminar de lavar los trastes cuanto antes –mentiría si dijera que lavar los trastes se encuentra en el top 5 de las cosas que más me gusta hacer– y continuar ensayando esa canción de Stone Temple Pilots que empecé a tocar hace dos días en la guitarra eléctrica, y tan sólo me descuidé un par de segundos, y aquí estoy, con una cortada en el índice izquierdo que parece tan profunda como un cráter, sintiéndome estúpido, y sintiendo un dolor muy intenso y terminando de lavar la lata y mi dedo al mismo tiempo, luchando por detener la copiosa cantidad de sangre que no deja de teñir de rojo el fregadero y el resto de los trastes. 


Más o menos consigo que el dedo deje de sangrar y ahora no puedo evitar enfocarme en el dolor. Es como si, al detener la pequeña hemorragia, me hubiera quitado de encima una venda de los ojos y entonces le hubiera facilitado al dolor su llegada hasta mi conciencia. 


La herida me escuece y me arde como si me hubiera mordido un feroz animal con colmillos punzocortantes –como la mordida de aquella Wistar que un descuidado compañero de laboratorio, hace muchos años, me pidió que alimentara mientras él estaba en un congreso en el extranjero, sin decirme que la rata tenía varios días sin comer–, y la sensación me hace pensar en algunas cosas que están ocurriendo para que yo tenga esta conciencia del dolor: pienso en mis receptores sensoriales de la piel y pienso en los axones que llevan la información desde los receptores hasta la médula espinal, y pienso en los axones que llevan la información desde la médula espinal hasta la corteza somatosensorial. 


Simultáneamente, veo por primera vez las dimensiones de la herida: es una línea de apenas medio centímetro que corre perpendicularmente a la unión entre la falange distal y la falange media del índice izquierdo. Ahora, más que en el dolor, me enfoco en un pensamiento catastrófico: quizá la herida me impedirá tocar la guitarra por algún tiempo. Mentalmente, repaso, de la misma forma en que hacía cuando estaba en el doctorado y ensayaba cómo tomar las pinzas Kelly con la navaja y con el hilo para suturar a las ratas después de una cirugía estereotáxica –me tomó varias semanas aprender a hacerlo, porque todas las personas que me enseñaban a hacerlo eran diestras–, cómo uso mi mano izquierda, y cómo uso cada uno de los dedos de mi mano izquierda, para tocar la guitarra eléctrica. 


Me bastan unos segundos para darme cuenta de que he exagerado: como soy zurdo, sólo debo tomar la púa con el pulgar y con el índice izquierdos –nunca he aprendido a tocar arpegios– y quizá eso me provoque cierta incomodidad, pero nada que no pueda solucionarse con una bandita que cubra la herida; si fuera diestro, la situación sería totalmente distinta. Por fin: una ventaja de ser zurdo.